domingo, 16 de agosto de 2026

No matarás. Dios libera a Israel del yugo del Faraón (3/4)

Son varias las preguntas que se plantean en esta tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli. ¿Qué papel tiene Europa en medio de guerras, tensiones nucleares y choques culturales globales? ¿Cómo se conjugan la herencia del derecho romano, la misión del cristianismo y la dialéctica de la historia para ofrecer un mensaje de paz y unidad? Este texto del docto teólogo dominico nos recuerda que la paz no se logra con ingenuidades, sino con realismo y discernimiento; que las guerras tienen causas profundas que deben ser comprendidas; que el riesgo nuclear exige fraternidad universal; y que Europa, con Roma como centro, sigue llamada a ser faro de unidad entre Oriente y Occidente. Una reflexión que invita a mirar más allá de la fuerza bruta y a reconocer en la verdad del ser y en la luz de Cristo el fundamento de una paz auténtica. [En la imagen: fragmento de "El encuentro de León el Grande y Atila", pintura al fresco, 1514, obra de Rafael, Stanza di Eliodoro, Salas de Rafael, Palacio Apostólico, Ciudad del Vaticano].

No matarás
Dios libera a Israel del yugo del Faraón

Tercera Parte (3/4)

(Traducción al español de la tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicada en su blog el 12 de agosto de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/non-uccidere-dio-libera-israele-dal_01736852244.html)

Para juzgar sobre la guerra se necesita un sano realismo

Las fuerzas que hoy están en guerra, y que tienen razones para usar las armas (se entiende las armas de fuego) saben que los discursos de los buenistas son inaplicables, mientras que las fuerzas beligerantes que tienen la conciencia sucia se burlan de ellos y hacen peor todavía. Así yo todos los días, ya desde hace varios años, en el diario Avvenire, sin saber si llorar o reír, debo leer la coexistencia de vanos llamamientos buenistas con las noticias sobre las guerras en curso crudamente presentadas como actos desesperados y también acciones de fuerza.
Por otra parte no se debe confundir la bondad con el buenismo. Es necesario acompañar la mansedumbre con la justa ira. Es necesario saber alternar el uso del diálogo con el uso moderado de la fuerza. Los buenistas deberían comprender que desaprobando indiscriminadamente el uso de las fuerzas armadas se provoca un sentido de culpa en las fuerzas armadas, desanimándolas de cumplir su deber, y se da campo libre al injusto agresor.
Diciendo que la paz se obtiene solo con la paz, en apariencia el dicho parece sabio, y en cambio es equivocado, mientras que parece equivocado el antiguo lema romano si vis pacem, para bellum, porque, dado que paz y guerra se oponen y se excluyen recíprocamente, parece absurdo obtener una cosa con una acción que es lo contrario de esa cosa. Nos parece que es como decir: si quieres secarte debes mojarte.
Es verdad que el obligar o el usar la fuerza contra otra persona o contra otro pueblo como se haría con un animal o para mover una silla o incluso el sacar de en medio a un individuo o el eliminar a poblaciones enteras con el genocidio porque obstaculizan los planes de una cierta nación imperialista o porque parece que desobedecen a Dios ¹, nos aparece como una ofensa insoportable a la dignidad de estas personas.
Sin embargo, si observamos la conducta de los grandes predicadores de paz buenistas, que tienen siempre en la boca el «diálogo», como una palabra mágica que resuelve todos los problemas, veremos que también ellos de vez en cuando, cuando les viene en gana, recurren al uso de la fuerza, con la agravante de que, careciendo de un criterio objetivo para saber regularse, cuando les vienen los cinco minutos, sálvese quien pueda, sobre todo si se trata de aquellos católicos que ellos llaman «tradicionalistas». Al final es mucho mejor caer en manos de sostenedores tomistas del justum bellum que caer en manos de estos prepotentes, lobos disfrazados de corderos, aparentes apologetas de la paz y enemigos de la guerra.
Es necesario además recordar la importancia del significado de la victoria militar sobre el enemigo. Ciertamente, su búsqueda puede ser vana jactancia por haber sometido al prójimo a la propia voluntad de potencia. Pero por otra parte la esperanza de la victoria es uno de los factores que justifican el emprender la guerra, además de la bondad de la causa, como lo recuerda el mismo Jesucristo:
«¿Qué rey, partiendo en guerra contra otro rey, no se sienta primero a examinar si puede afrontar con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Si no, mientras el otro está todavía lejos, le envía una embajada para la paz» (Lc 14,31-32).
Un Estado puede tener también buenas razones para emprender la guerra contra otro Estado que pisotea sus derechos. Pero es lógico que, previendo ser derrotado, renuncie a la empresa. Cuando hacía el servicio militar en Spoleto en el lejano 1964, el instructor me dijo que la tarea del soldado es volver inofensivo al enemigo. Si para obtener este fin era necesario matarlo, hay que hacerlo. Pero solo a esta condición. La victoria militar está toda aquí. Ella se puede obtener también si las fuerzas enemigas se rinden. No es siempre necesario matar; es más, si se puede evitar, es mejor.
Sin embargo, para que la victoria sea merecida, no basta poseer un ejército más fuerte, sino que es necesario combatir por una causa justa. Puede suceder de hecho que sea derrotado un ejército que combate por una causa justa, mientras que no está dicho que el vencedor, por el hecho de ser vencedor, tenga razón. Francia y Polonia fueron inicialmente derrotadas por las tropas de Hitler en la segunda guerra mundial. Es necesario tener cuidado de no reducir la fuerza del derecho al derecho de la fuerza. No está dicho que el simple dato de hecho responda a un principio de derecho, como sucede en la concepción hegeliana de la historia, por la cual el vencedor, por el simple hecho de haber vencido, tiene razón ².
¿Una guerra puede verdaderamente llevar a la paz con la solución del problema que le ha dado origen? ¿El tratado de paz al concluir la guerra entre vencedores y vencidos puede garantizar efectivamente la paz en la justicia para todos? Es necesario ver caso por caso. Ciertamente el famoso tratado de Versalles al término de la primera guerra mundial fue humillante para Alemania, tanto es así que hizo incubar en los Alemanes aquel odio hacia los vencedores, que habría de generar luego el nazismo, que fue a su vez la causa desencadenante de la segunda guerra mundial.

Las guerras tienen causas profundas
Para obtener la paz es necesario actuar sobre ellas

A propósito de las causas de las dos guerras mundiales, sé que expreso una voz fuera del coro, pero no puedo dejar de expresar lo que pienso, dispuesto a ser corregido por quien sepa más que yo, pero estoy convencido de que también aquellas dos guerras en el fondo han sido guerras de religión, en el sentido de que han involucrado y puesto en juego dos contrarias concepciones del hombre y, en consecuencia, de Dios.
Europa en ambos casos ha mostrado haber perdido aquella leadership mundial que creía tener y ha debido enfrentarse con el Occidente Americano y el Oriente Soviético. ¿Y qué cosa es la confianza americana en los derechos del hombre sino una religión? ¿Qué cosa es el comunismo ateo sino una religión?
Desagrada que los Papas de aquellos tiempos no hayan sabido indicarnos el significado espiritual bueno y malo, los factores humanos en juego y las causas profundas y los objetivos profundos de los dos conflictos mundiales, y se hayan limitado a discursos ciertamente válidos pero demasiado genéricos, y a deplorar la guerra como hecho inhumano y insensato.
San Pío X murió de dolor al estallar la primera guerra mundial; cosa ciertamente conmovedora, pero quizá nos habríamos esperado que nos hubiese explicado qué estaba sucediendo. Benedicto XV se limitó a hablar de «inútil matanza»; Pío XI se limitó a condenar comunismo y nazismo y Pío XII se limitó a citar la invocación bíblica «dispersa los pueblos que aman la guerra», sin nunca tomar posición entre las partes en conflicto, ni explicarnos sus raíces espirituales, buenas o malas que fueran.
Ahora bien, no hay duda de que a menudo existen guerras cuya cesación deja secuelas de odio o de rencor, que suscitan otras guerras. Pero cuando los tratados de paz son razonables, cuando el vencedor ha sido movido por justa causa, como sucedió para Italia al concluir la primera guerra mundial, y como sucedió para los Aliados en la segunda guerra mundial, se puede afirmar que la acción de los vencedores ha sido resolutiva y benéfica.
En efecto, a diferencia de la conclusión de la primera guerra mundial, que humilló excesivamente a Alemania, los vencedores de la segunda, advertidos por lo que había sucedido con el final de la primera, han sabido tratar con humanidad a los vencidos, de modo que desde entonces el mundo no ha vuelto a conocer los horrores de las dos guerras mundiales. Pero esto no significa, como vemos cada día, que no existan siempre las chispas que pueden hacer estallar el incendio, que esta vez sería el último no porque no podría ser apagado por alguien, sino porque se apagaría por sí mismo reduciendo a ceniza todo el material combustible.
Debemos entonces decir que para hacer cesar una guerra en curso es importante indagar sus causas, y examinar atentamente tanto los errores como las razones de ambas partes, excavando también en el pasado de los dos adversarios. Cada guerra, desde este punto de vista, es distinta de la otra. Existen guerras, como aquellas que ocurren en África, claramente provocadas por los apetitos de dominio o de riqueza de las grandes potencias internacionales o por el expansionismo islámico o por las rivalidades entre los pueblos africanos.
En cambio, un conflicto como el de Ucrania y Rusia ³ no podrá ser resuelto sino en la escucha de las razones de ambas partes, con los debidos relevamientos críticos, más allá de las discutidas reivindicaciones territoriales, sobre la base de profundos conocimientos históricos de la espiritualidad, de las costumbres y de las instituciones de los dos países, en el contexto del milenario enfrentamiento entre Occidente y Oriente, teniendo en cuenta las instancias ecuménicas, en vista de una unificación de Europa desde Portugal hasta los Urales, sin descuidar la Rusia siberiana, sin reducir todo el problema al retiro de las tropas rusas del territorio ucraniano con el debido desdén por los crímenes cometidos por los Rusos, los cuales por otra parte han tenido curiosamente un número de muertos enormemente mayor que el tenido por los Ucranianos.
Podemos preguntarnos si Ucrania, dotada de fuerzas militares muy inferiores a las rusas, espera vencer la guerra. El Papa Francisco, con el sano realismo que lo caracterizaba, propuso a Ucrania rendirse, cosa que provocó el desdén de la misma Ucrania y de la Unión Europea. Pero el Papa quería simplemente recordar el valor de las palabras de Cristo en Lucas 14 que he citado, palabras dictadas por el buen sentido. Si en cambio la Unión Europea continúa abasteciendo a Ucrania de armas, ¿dónde iremos a parar?
Una ulterior consideración. En mis tiempos existía la leva militar obligatoria y la objeción de conciencia era castigada por la ley. Hoy el servicio militar es voluntario. Considero que es mejor así. Un amigo mío que participó en la segunda guerra mundial me dijo que fue llamado a las armas sin que él, con muchísimos otros no fanatizados por el régimen, supiera el porqué. Era necesario confiar en Mussolini. Hoy el pueblo italiano sabe decidir por sí mismo si entrar o no entrar en guerra. ¿Queremos también nosotros mandar armas a Ucrania? ¿Es este el modo de construir Europa o es la vía de la catástrofe?

La cuestión de la guerra nuclear

Una cuestión importantísima y vital que se debe resolver es la de aclarar la relación entre el uso de las armas tradicionales y las atómicas. Esta es una cuestión que ha nacido solo desde que han surgido las naciones dotadas de armamentos nucleares. El uso de la bomba atómica por parte de los Estados Unidos puso fin a la segunda guerra mundial en cuanto mostró la evidente superioridad de la potencia de los Aliados respecto de las potencias germano-niponas. Es claro de hecho que la nación que se da cuenta de tener que vérselas con un enemigo que le es superior no tiene otra vía para obtener la paz que rendirse, aceptando las condiciones de paz impuestas por el vencedor, suponiendo que sea clemente y no movido por la voluntad de ensañarse contra el enemigo vencido.
Gracias a Dios, los Aliados han tratado con clemencia a los vencidos sin excluir la justicia, que han manifestado con la pena de muerte para los mayores dirigentes del régimen nazi. Desde entonces el mundo no ha vuelto a conocer aquel flagelo que fue la última guerra mundial, de la cual sin embargo ha emergido el primado militar de los Estados Unidos, al cual ha seguido después de pocos años el surgimiento de la potencia atómica de la Rusia soviética, que fue aliada de los Estados Unidos en la victoria contra el nazi-fascismo. Posteriormente también China ha entrado en posesión de un armamento atómico.
Hoy el riesgo es que también el mundo islámico, bajo la fascinante hegemonía de Irán, nación donde la antiquísima cultura se une al prestigio del Corán ⁴, entre en el grupo de las potencias atómicas. Sabemos cómo desde hace 14 siglos el islamismo con inflexible determinación está convencido de su deber de difundir, por encima de toda otra religión, el culto del verdadero Dios, practicando a tal fin el uso mismo de la fuerza bajo el famoso concepto de la «guerra santa» (jihád).
Este concepto se encuentra también en la Biblia (Jl 4,9), porque para la Escritura Dios puede querer una guerra (1 Cr 5,22), pero al mismo tiempo es el «Dios que destruye las guerras» (Jdt 16,2; cf. Sal 76,4). Las quiere cuando son justas; no las quiere si son injustas; y además, siendo bondad infinita, prepara para aquellos que creen en Él un mundo en el cual la guerra no existirá más (Is 2,4). Sin embargo, el Dios islámico es un Dios que ordena hacia los no creyentes un comportamiento agresivo, porque el Corán parte del presupuesto de que el no creyente es un «infiel», es decir, no alguien en buena fe a persuadir con argumentos plausibles, sino un rebelde contra Dios a obligar a la fe bajo la amenaza de las armas. Ciertamente también el cristiano advierte al incrédulo de las consecuencias de su conducta, pero se trata de consecuencias ultraterrenas y no de medidas represivas inmediatas de orden físico o político. Si la Iglesia ejerce un poder punitivo o coercitivo respecto de los hombres, lo hace hacia aquellos que son ya sus hijos y no para difundir el Evangelio.
En este contexto histórico y político de peligro que todavía el islamismo presenta para la civilización, podemos de algún modo comprender o explicar la reciente acusación de debilidad hecha por Trump al Papa, aunque con un lenguaje toscamente irrespetuoso de la Persona a la cual se dirigió. En efecto, la mansedumbre del Papa León no recuerda lo que evoca el nombre que él lleva, y puede parecer ineficaz para persuadir a Irán a renunciar a procurarse un armamento atómico.
Trump está convencido en cambio de que Irán será inducido a tal renuncia solo porque presionado por aquella fuerza militar convencional (no atómica), a la cual Trump se refiere, fuerza que el Papa León parecería desaprobar. ¿Quién de los dos tiene razón? No es fácil responder. Entretanto Irán intenta doblegar a Occidente sirviéndose del Estrecho de Ormuz.
Con todo esto, es necesario que nosotros cristianos no perdamos la confianza en que la Providencia ha conducido las relaciones entre cristianos y musulmanes a un giro histórico, señalado por la convención de Abu-Dhabi entre el Papa Francisco y el Imam Ahmad al-Tayyib, que, en la común conciencia de los riesgos de una guerra atómica, pone fin a los seculares conflictos sangrientos que marcan la historia pasada de las relaciones entre ellos, gracias al común reconocimiento, sellado por aquel documento, del valor absoluto e insuprimible de la fraternidad universal bajo los ojos de Dios.
Si el mundo puede ver con preocupación el armamento atómico americano y el ruso, el chino preocupa más, en cuanto es reflejo de un régimen ateo y materialista ⁵. Sin embargo también en China, heredera de la antiquísima sabiduría confuciana, el comunismo aparece mitigado por una actitud hacia la búsqueda de la coexistencia pacífica entre las naciones, mientras que hay que señalar la aparición consoladora entre los filósofos chinos de un interés incluso por la filosofía tomista ⁶.
La nación china no puede dejar de suscitar nuestra admiración. Causa maravilla la historia milenaria de este pueblo pacífico y industriosísimo, hoy tan numeroso, mantenido en su identidad y en su cultura desde hace tanto tiempo. ¿No es esta la prueba de un pueblo que ama la vida? Desagrada la limitación de los nacimientos impuesta por el gobierno en estos últimos decenios, aunque parece que hoy estas medidas injustas se estén mitigando. ¿No tienen acaso los chinos la posibilidad de emigrar a todo el mundo? Por otra parte no puede dejar de suscitar admiración un gobierno que gobierna sobre un pueblo tan numeroso. Desgraciadamente, después de 2000 años de cristianismo, son todavía muy pocos los cristianos en China. ¿Qué los detiene de acoger a Cristo?
Si pensamos en cuánta rapidez se han convertido los pueblos de América Latina ⁷, al margen de los delitos cometidos por los colonizadores del siglo XVI, nos preguntamos cómo un pueblo tan rico de buenas cualidades como el pueblo chino resiste todavía al Evangelio de Cristo. Se trata de un fenómeno semejante al de la India, también dotada de una antiquísima cultura. Probablemente es necesario pensar en las palabras de Cristo cuando dice que Dios ha escondido sus misterios a los sabios y a los inteligentes y los ha revelado a los pequeños. La cultura indígena de América Latina ⁸ no resiste la comparación con las culturas asiáticas, pero los indígenas sudamericanos han sido humildes.
Es interesante cómo mientras los católicos, las sectas protestantes, los ortodoxos y los musulmanes se preocupan de procurarse discípulos, los judíos, los chinos confucianos y los indios seguidores del yoga no tienen esta preocupación, pero atraen almas sedientas de absoluto porque se crean la fama de estar en posesión, mediante una rigurosa disciplina ascética, de una sabiduría suprema e inefable, una gnosis superior a todas las religiones de la tierra.
Y lo que sorprende es que también entre nosotros en Occidente, en el Occidente opulento, voraz y bien alimentado, esclavo de la tecnología y sexualmente gozoso, el ascetismo indio panteísta atrae la atención en restringidos y elitarios ambientes intelectuales, que se consideran la aparición empírica finita de lo Eterno y de la Totalidad y por tanto la luz que muestra el daño hecho por la Iglesia y hace consciente al Occidente cristiano de su nihilismo. En todo esto obviamente no es ajena la masonería.
En este entrecruzarse de fuerzas mundiales, catolicismo, ortodoxia, anglicanismo, protestantismo, masonería, islamismo, comunismo, judaísmo e hinduismo, podríamos preguntarnos qué papel pueden tener América Latina, África y Oceanía. Ellas están abiertas a estos varios influjos y concurren con las riquezas de sus culturas a la edificación de la comunidad internacional, en la cual la figura del Papa emerge como centro de unidad entre todas las demás figuras mundiales de la cultura, de la política y de la religión. Esto se nota en los viajes apostólicos de los últimos Pontífices.

La misión de Europa

Esto está evidentemente conectado al papel de Europa, donde todavía el cristianismo constituye un factor unificador, una luz irradiadora, y un faro orientador y un polo de atracción para la entera humanidad. En Roma el Oriente se encuentra con el Occidente en la universalidad de lo humano y de lo divino. La verdad del ser, para citar la importante instancia de Severino, desagradecido con aquel Occidente que lo ha formado, brilla en Cristo en Roma más allá de Occidente y de Oriente. Este es todavía el mensaje de Europa al mundo: «muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos» (Mt 8,11).
Es necesario aquí recordar el mérito de la Roma pagana en la edificación de Europa gracias a la edificación del Imperio Romano, nacido de la conciencia que los Romanos tuvieron de la universalidad del derecho, aquello que llamaban jus gentium, en base al cual concibieron el plan o proyecto grandioso, luego realizado, de someter y gobernar los pueblos consintiendo a cada uno vivir según los principios del jus gentium, cosa que fue magistralmente expresada por Virgilio con las famosas palabras: Tu regere imperio populos, Romane, memento: parcere subjectis et debellare superbos. Parece oírse el eco de las palabras del Magníficat: Ha derribado a los poderosos de los tronos, ha exaltado a los humildes.
Es por tanto equivocada la acusación que Hegel hace a Roma de haber querido crear un imperio para satisfacer su sed de dominio y hacer esclavos a los pueblos sometidos. No, Roma quiso dominar recurriendo también a la fuerza de los ejércitos, no para aplastar o explotar, sino para civilizar y para consentir en todos los pueblos el disfrute del jus gentium, con las relativas obligaciones y deberes morales de promoción de la vida y la prohibición de suprimirla. Por este motivo la Iglesia, al fundar el derecho canónico, no ha encontrado nada mejor que utilizar el derecho romano, en perfecta sintonía con el derecho mosaico.
Más bien ha sido el encuentro con los Germanos lo que ha detenido a la Roma imperial en su conquista de los pueblos, por lo cual ella no ha logrado someterlos, porque ellos han sido siempre refractarios a apreciar el valor liberador del derecho romano y del principio romano in lege libertas. Y esto, por su tendencia a concebir la libertad no como efecto de la obediencia a un superior y del respeto de un deber y de un derecho universales, reflejo de la ley natural, sino como independencia absoluta, casi como si el hombre fuese un dios.
Los Alemanes se han vanagloriado siempre de haberse negado a entrar a formar parte del Imperio Romano y cuando en el siglo VIII fueron convertidos por San Bonifacio, no lograron nunca del todo liberarse de su precedente mitología pagana, que concebía la divinidad no según la categoría de la universalidad, sino de la conflictividad. De tal modo la discordia y la contradicción aparecían en el interior mismo de lo divino.
La misma dialéctica hegeliana tiene sus raíces históricas en esta concepción de la divinidad. La conflictividad viene ligada al concepto de la vida, por lo cual el antiguo Germano no logra concebir una vida divina que no sea lucha y guerra. La divinidad para él no tiene nada que ver con el derecho o con la razón o con la justicia, sino que es pura potencia terrible, irresistible, devastadora y destructora, Sturm und Drang, como dirán los Románticos alemanes del siglo XIX. De aquí se comprende la dificultad de hacerse una idea de la paz, que al antiguo Germano aparece como sopor, flojedad y falta de vida.

Fin de la Tercera Parte (3/4)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 9 de agosto de 2026

Notas

¹ Considérese la famosa masacre del Día de San Bartolomé de 1572.
² Véase la aguda crítica de Maritain a esta concepción en La filosofia morale. Esame storico e critico dei grandi sistemi, Edizioni Morcelliana, Brescia 1971, pp.233-241.
³ Véase mi libro Dona a noi la pace. Il significato della presente guerra, Chora Books, Hong Kong 2022.
 Cf. Henry Corbin, Corpo spirituale e terra celeste, Dall’Iran mazdeo all’Iran sciita, Adelphi Edizioni, Milano 2002.
 Cf. Una breve storia della Repubblica Popolare Cinese, a cargo de Zhangingxing, Anteo Edzioni, Cavriago (RE) 2024. En cualquier caso, los recientes acuerdos de la Santa Sede con el régimen para el nombramiento de obispos ofrecen cierta esperanza, aunque el hecho de que sean secretos genera temores de que el Papa no tenga plena libertad para consentir su ordenación. Al mismo tiempo, no se puede decir que se haya resuelto el problema de aquellos católicos que desean que los obispos tengan libertad para criticar al régimen, como ocurre en todos los países democráticos.
Por esta razón, el teólogo dominico Antonio Olmi, residente en Bolonia, lleva años cultivando fructíferas relaciones culturales con los católicos chinos, relaciones que están dando frutos prometedores. Un ejemplo de ello es el interesante artículo en chino de Min Xinye, titulado Crisis of faith: Joseph Ratzinger’s perspective, publicado en la revista teológica Sacra Doctrina, 1, 2017, pp. 74-95, también con sede en Bolonia. Otro artículo, también en el mismo número de la revista, es el de otro autor chino, Ambrose Ih-Ren Mong, Gustavo Gutiérrez: a traditional theologian, págs. 96-120, en el que intenta defender al famoso fundador de la teología de la liberación de las acusaciones de herejía.
 Ya en el siglo XVII, Latinoamérica era capaz de producir santos que posteriormente fueron canonizados por la Iglesia.
 La figura de Pachamama es ridícula. Sin embargo, ha habido quienes han visto en ella una imagen de la Virgen María.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum pax obtineatur sola renuntiatione virium, vel requirat realistico iudicio de bello

Ad hoc sic procediturVidetur quod pax obtineatur sola renuntiatione virium, nec requirat realistico iudicio de bello.
1. Christus enim proclamat beatos pacificos (Mt 5,9). Si pax est fructus mansuetudinis, omnis recursus ad bellum videtur Evangelio contrarius.
2. Praeterea, usus armorum, praesertim nuclearium, constituit crimen contra humanitatem, quia totos populos destruit et dignitatem humanam offendit. Ergo numquam potest esse legitimus.
3. Item, Europa amisit suum historico principatum et ideologiis ac saecularizatione divisa est. Non potest iam nuntium unitatis offerre nec esse lumen pacis.
4. Denique, dialectica Hegeliana ostendit bellum inevitabile esse in historia, quia ipsa vita est conflictus. Ergo omnis conatus pacis stabilis est illusorius.

Sed contra Sacra Scriptura docet: “Non credas inimico tuo” (Sir 6,13), ostendens necessitatem defensionis. Apostolus monet: “Induite loricam iustitiae” (Ef 6,14), indicans pacem fortitudinem requirere. Roma Europam super jus gentium aedificavit, principium universalitatis iuris, et Christus annuntiat: “Multi venient ab oriente et occidente et recumbent cum Abraham, Isaac et Iacob in regno caelorum” (Mt 8,11).

Respondeo dicendum quod pax non obtinetur sola renuntiatione virium, sed realistico iudicio quod iustitiam, culturam et fidem integrat. Bonismus, qui indiscrete bellum damnat, favet aggressori et legitimas vires desanimat. Victoria militaris potest esse iusta si pro causa recta et cum moderatione pugnatur, criminibus bellicis vitatis et dignitate inimici servata. Bella causas profundas habent, saepe religiosas, quia implicant contrarias conceptiones hominis et Dei; ideo non sufficit eas deplorare, sed necesse est radices spirituales intelligere. Quaestio nuclearis ostendit periculum destructionis totius, sed etiam necessitatem fraternitatis universalis, sicut pactum Abu-Dhabi commemorat. Europa missionem historicam servat: esse lumen unitatis inter Orientem et Occidentem, innixam iuri Romano et christianismo, contra conceptiones conflictivas sicut Germanicam et Hegelianam, quae divinitatem ad pugnam et bellum redigunt.

Ad primum dicendum quod Christus pacificos benedicit, sed non excludit legitimam defensionem nec bellum iustum, sicut patet in exhortatione ad induendam armaturam spiritualem.
Ad secundum dicendum prolixius quod arma nuclearia sunt quidem periculum gravissimum, sed eorum existentia ab anno 1945 bella mundana impedivit; problema non est mera possessio, sed usus iniustus. Praeterea, clementia ab Alliedis post secundum bellum mundanum ostensa probat quod etiam post usum virium iustitia et humanitas esse possunt.
Ad tertium dicendum quod Europa, quamvis debilitata, in Roma et christianismo centrum unitatis servat quod humanitatem adhuc attrahit, sicut ostendunt apostolici itineres Pontificum et universalis Ecclesiae missio.
Ad quartum dicendum cum maiori subtilitate quod dialectica Hegeliana exprimit conceptionem Germanicam divinitatis ut conflictum, sed revelatio christiana ostendit veram vitam divinam esse pacem in iustitia et gratia. Ideo Europa missionem habet superandi hanc visionem per universalitatem iuris et lucem Christi, quae Orientem et Occidentem unit.
   
JG

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