domingo, 16 de agosto de 2026

No matarás. Dios libera a Israel del yugo del Faraón (4/4)

La cuarta parte de este artículo se abre con una reflexión decisiva: la guerra nuclear ha mostrado que ya no existen vencedores ni vencidos, y que la paz no puede fundarse en la mera voluntad de potencia. Desde ahí se despliega un recorrido que va desde la licitud de la revolución y la insurrección, hasta la sabiduría evangélica de la mansedumbre y la no-violencia, pasando por la relación entre el Quinto Mandamiento y la paz como fruto de la vida buena. El texto culmina en la visión metafísica y teológica de Santo Tomás: la paz como nombre divino, causa final de todas las cosas, participación en la unidad de Dios. En definitiva, la paz no es un simple equilibrio político ni una estrategia diplomática, sino un misterio que toca la raíz del ser y que se revela en Cristo. La exhortación final al Papa recuerda que su lenguaje debe reflejar con claridad la tradición bíblica y eclesial, evitando equívocos con el buenismo.

No matarás
Dios libera a Israel del yugo del Faraón

Cuarta Parte (4/4)

(Traducción al español de la cuarta parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicada en su blog el 13 de agosto de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/non-uccidere-dio-libera-israele-dal_01915418598.html)

Armas atómicas y armas de fuego

Otra cosa que se debe notar en la época moderna después de la segunda guerra mundial es que el surgimiento de los armamentos atómicos en las dos grandes potencias antagonistas y dominantes en el mundo, Estados Unidos y Rusia, las ha llevado a ambas a la conciencia de que en una eventual guerra atómica no habría ni vencedores ni vencidos, porque era imposible organizar una defensa contra un ataque atómico.
Se advirtió entonces que la perspectiva tradicional según la cual la nación que puede vencer es aquella que posee un armamento más fuerte, ya no valía, por el hecho de que incluso si una de las dos potencias podía poseer un armamento atómico superior, no le servía de nada, porque de todos modos no tenía modo de defenderse de un contraataque atómico de la potencia adversaria. En el caso de guerra nuclear el concepto de victoria ya no tiene sentido.
Quedaba en cambio siempre la posibilidad y, digamos también el deber, de utilizar las armas tradicionales. Así surgió el problema de saber utilizar estas armas sin ceder a la tentación de pasar a las atómicas. Se trata de una difícil empresa de autocontrol, porque es fácil para el hombre airado, inclinado a dejarse arrastrar por las pasiones, ceder al impulso de la pasión perdiendo el uso de la razón.
Por otra parte, como he demostrado, dado el actual estado de naturaleza caída (no estamos ya en el Edén y no todavía en la Jerusalén celestial), es puramente utópico y contraproducente imaginar que para la adquisición y el mantenimiento de la paz sean suficientes las tratativas diplomáticas, por más que ellas sean siempre preciosas y, cuando ofrecen esperanza de buenos resultados, deban siempre ser usadas.
Hay además que recordar, para tener a la mano todos los elementos para resolver la presente cuestión, que la tragedia nunca antes ocurrida de la guerra atómica obligó a la comunidad internacional a una sabia reflexión, por la cual los pueblos del mundo se han dado cuenta juntos de que la concordia y la paz entre ellos no se puede basar en el principio hegeliano-nietzscheano de la voluntad de poder, que comporta la negación de la universalidad del derecho y de la ley natural ¹, y con ello han devuelto valor y autoridad a la precedente común conciencia jurídica que ya desde el siglo XVIII había producido las declaraciones de los derechos del hombre, y en base a esta recuperación de conciencia las naciones de la tierra han fundado la providencial Organización de las Naciones Unidas (ONU), a la cual corresponde, en cuanto supremo custodio del bien de la comunidad internacional, el derecho de la presidencia suprema de las fuerzas armadas internacionales, así como la tarea de vigilar que el empleo de las fuerzas armadas por parte de las singulares naciones no tenga la pretensión de sustituirse a la autoridad de la ONU, sino que esté dirigido solo al mantenimiento y a la defensa del bien de aquella nación, así como en Italia una cosa es el ejército italiano y otra cosa son las fuerzas del orden de las singulares regiones, destinadas al mantenimiento del orden público de la región, dentro de la cual son llamados a prestar su servicio.
Otro dato bíblico que queda muy oscuro y del cual la predicación corriente no habla nunca es cómo se debe entender la guerra escatológica de Cristo, con la consecuente victoria, contra las potencias del anticristo, de la cual habla el Apocalipsis (19,19-21; 20,8-10).

La cuestión de la revolución

Hoy nadie habla ya de revolución. Recuerdo cómo sesenta años atrás, en mi Rávena, nosotros, pequeño grupo de jóvenes democristianos, discutíamos con los aguerridos jóvenes comunistas fascinados por la revolución, el derribo del capitalismo, la lucha de clases, la posesión común de los medios de producción y la dictadura del proletariado.
Y sin embargo, en 1968 el mismo San Pablo VI publicó una encíclica, la Populorum progressio, en la cual afirmaba en casos muy especiales la licitud de la revolución contra un régimen tiránico. En el fondo la moral católica siempre había admitido la licitud de la insurrección contra un tirano. Ahora está claro que la insurrección comporta casi siempre la práctica del homicidio, que en tal caso, suponiendo la liberación del pueblo del tirano, se vuelve lícito.
Sobre la revolución podríamos plantearnos preguntas semejantes a las que nos hemos planteado respecto de la licitud de la guerra: si se prevé de la acción revolucionaria un agravamiento de la tiranía, ¿no conviene renunciar a ella? Para tener esperanza de éxito, ¿no conviene estudiar bien si se poseen fuerzas suficientes para obtener el derribo del tirano?
Hoy, después de la disolución en 1989 de la Unión Soviética y las amarguísimas experiencias del régimen estalinista, aquellos mismos Rusos que durante decenios habían favorecido las revoluciones en todo el mundo, habían fomentado la terrible guerra de España de 1936-1939 y especialmente en América Latina, hoy han vuelto a sus tradiciones ortodoxas y han instaurado un régimen que ciertamente apunta a la afirmación de Rusia como gran potencia mundial, pero que ha olvidado cualquier idea revolucionaria marxista, sustituida más bien por la predicación apocalíptica de Aleksandr Dugin, promotor de una guerra santa de Rusia contra el Occidente corrompido, un proclama gnóstico-fundamentalista al cual parece haber prestado oído el mismo Cirilo, Patriarca de todas las Rusias (Rusia, Bielorrusia y Ucrania), el cual incluso ha presentado a la actual invasión rusa de Ucrania como «guerra santa».
Hoy los comunistas no hablan ya de revolución, pero remitiéndose siempre a Marx, mantienen la convicción de que el hombre pueda con sus solas fuerzas liberarse de aquello que lo oprime. Además, ellos confunden lo que nos es superior o nos trasciende con un poder que nos oprime y del cual se puede y se debe liberar. En tercer lugar mantienen el principio del uso de la fuerza en el proceso de la autoliberación. Ellos hacen coincidir la libertad con la liberación de lo que es superior. Esta concepción supone una visión de la igualdad humana en la cual la libertad no es efecto de la obediencia al superior, sino al contrario es efecto del acto revolucionario con el cual el hombre oprimido se libera de lo que le es superior, considerado opresivo. El comunista no entiende el antiguo adagio romano in lege libertas. Para el comunista la liberación y la libertad no le vienen de lo alto, sino de la explicitación de su propia fuerza, con la cual se libera de lo que está en lo alto, considerado por él opresor por el simple hecho de estar arriba por encima de él.
Entonces, si hoy los comunistas no hablan ya de revolución, permanece sin embargo siempre su convicción de que el hombre se libera por sí mismo de lo que lo oprime, y lo que lo oprime es lo trascendente. De aquí su bien conocido ateísmo, ampliamente refutado por el Concilio Vaticano II.

La bofetada en la mejilla

Delante de un poder despótico y opresor, ¿qué hacer para liberarse? Cuando hay alguien que nos odia, es poderoso, quiere explotarnos y quiere dominar sobre nosotros, ¿qué hacer? Hemos visto que en algunos casos, cuando están en juego no solo nuestros intereses privados, sino los de una entera clase o un entero pueblo, se puede recurrir a la insurrección armada. Hay casos en los cuales es imposible persuadir al opresor o al tirano a desistir de su abuso, por más válidos que sean nuestros argumentos. Pero si alguien la tiene contra nosotros, ya sea como individuos o como pueblo, está cegado por el odio y no escucha ninguna razón.
En este punto podríamos recordar las famosas palabras del Señor en Mt 5,38-42, tan a menudo malinterpretadas e incluso objeto de burla, las cuales en cambio expresan una gran sabiduría práctica, útil para resolver los conflictos y hacer cesar las guerras. Ellas se asemejan a la famosa doctrina gandhiana de la no-violencia (satyagraha) ².
Al respecto digamos enseguida que la alternativa violencia-no violencia, planteada por los buenistas respecto de la cuestión del uso de las fuerzas armadas en caso de guerra, alternativa que pretende condenar como pecado todo género de guerra, es una alternativa equivocada, porque está basada en la idea equivocada que llama «violencia» al uso de la fuerza como tal.
Ahora bien, el obligar a alguien a hacer algo contra su voluntad puede ser efectivamente violencia en sentido moral y por tanto una culpa, pero no siempre necesariamente. En efecto, cuando las fuerzas del orden bloquean físicamente a un malhechor, ejercen violencia en sentido psicológico, pero lejos de cometer una culpa, se hacen meritorios delante del bien común. Aquí el malhechor es verdaderamente obligado a hacer lo que no quiere, señal de que se le ha usado violencia, pero violencia justificada, que no constituye ofensa a la dignidad del malhechor, porque se le obliga a cesar de su acción criminal.
Por el contrario, la violencia que constituye pecado, y por tanto es siempre condenable, es aquella que coincide con un acto de injusticia, como por ejemplo violentar a una mujer. Comprendemos entonces cuán grande es la confusión de los buenistas que ponen en el mismo plano la acción de los carabineros que arrestan a un terrorista con la violencia criminal de un lujurioso sobre una mujer.
Las palabras de Cristo se asemejan a las de Gandhi en predicar la mansedumbre y la paciencia. Este comportamiento de resistencia pasiva y desarmada puede constituir un llamado a la conciencia del opresor, un tácito reproche y una invitación a cesar de su acción, y puede por tanto verdaderamente llegar a desarmar al enemigo. Y de hecho con este método pacífico, Gandhi logró tocar la conciencia de los Ingleses persuadiéndolos a renunciar a sus abusos y a sus injustas pretensiones sobre la India, sin que para alcanzar tal objetivo haya sido necesaria una insurrección armada. El soportar perseverante, con ánimo sereno, a los insultos del enemigo, tuvo el efecto que no habrían podido tener las lamentaciones, las recriminaciones y las amenazas de venganza. En esto el satyagraha recuerda la mansedumbre de Cristo conducido al calvario, que calló y no amenazó venganza.

El propósito del Quinto Mandamiento

El cristianismo, por medio de la Escritura y de la Iglesia, revela a la humanidad la importancia y la necesidad del bien supremo de la paz como razón de ser y objetivo último de toda la actividad teórica y práctica del hombre, así como las vías y los modos para conseguir este bien, indicando los obstáculos que deben ser quitados y que impiden el logro de este bien.
Tratando aquí del Quinto Mandamiento, no podemos tratar de la paz en todos sus aspectos, cosa que comportaría desarrollos que irían enormemente más allá de los límites de este artículo, dada la enorme riqueza de enseñanzas que el cristianismo nos ofrece sobre el tema de la paz. Pero nos detenemos solo a señalar cuál es la relación del Quinto Mandamiento con el tema de la paz, por tanto la paz considerada en relación con el Mandamiento No matarás. Bajo este punto de vista la paz entra en relación con la vida, es efecto de la vida, pero no de una vida cualquiera, sino de una vida buena, ya que, como observa la Escritura, «no hay paz para los malvados» (Is 48,22), «no hay paz para los impíos» (Is 57,21).
La paz es el efecto del buen vivir, es decir, del vivir en obediencia a la voluntad de Dios cumpliendo en la praxis las finalidades y las leyes de la naturaleza humana. La paz es el efecto de la promoción de la vida verdadera y buena, es el efecto de quien obedece al Quinto Mandamiento, que sin embargo, como hemos visto y demostrado, no prohíbe el matar y la guerra en sentido absoluto, sino que los permite cuando se trata de eliminar lo que impide u obstaculiza la realización de la vida en sus niveles y formas superiores.
La vida está esencialmente ligada al amor, porque vivir quiere decir relacionarse con los otros y el amor es el resorte de la buena relación humana. La paz es el efecto del amor. Y puesto que el amor es querer el bien de los otros, y quien quiere el bien es bueno, la paz es el efecto de la bondad. El obrar el bien y la fruición del bien producen la alegría. Pero puesto que el obrar el bien conduce a la paz, he aquí que la paz lleva consigo la alegría.
La paz es el efecto de la conciliación o de la reconciliación obtenida por Cristo después de todas las divisiones y fracturas producidas por el pecado: es efecto de la reconciliación nuestra con Dios, de la reunificación de nuestras fuerzas interiores, de la reedificación de la comunión de los hombres entre sí, de la reconciliación del varón con la mujer y del hombre con la naturaleza.
La paz es efecto de la virtud y la virtud es la práctica de la perfección. Por tanto la paz es fruto de la perfección, que sin embargo mientras estamos en esta vida, es siempre precaria, incompleta, imperfecta y defectuosa. He aquí por qué la paz perfecta no es de la vida presente, sino de la futura.
La paz es efecto de la libertad, la cual es la armonía de la voluntad humana con la voluntad divina. Ahora bien, la paz es aquella tranquilidad del alma que nace de la unión de nuestras potencias entre sí y con Dios. La libertad dice también plenitud de realización humana y la paz es también el efecto de la perfección. Y he aquí entonces que la libertad, que es precisamente la unión plena y perfecta de estas potencias en la unión con Dios, tiene como efecto la paz.
Santo Tomás refiere una espléndida definición de la paz tomada de san Agustín: «la paz de los santos es serenidad de la mente, tranquilidad del ánimo, simplicidad del corazón, vínculo de amor y consorcio de caridad» ³.
Interesantes son las observaciones de Santo Tomás, según las cuales «la paz es la tranquilidad del orden, sobre todo en la voluntad, de modo que cada uno ocupe su puesto» ⁴; «la paz comporta una doble unión: la unión de los diversos apetentes y el mismo apetito de cada uno respecto del mismo apetecible» ⁵; «la verdadera paz está solo en los buenos y de los buenos; mientras que en los malvados es solo aparente» ⁶; «no puede haber paz entre buenos y malos porque la paz comporta una concordia, que no es posible tener con los malvados» ⁷.
Santo Tomás demuestra que la paz no es solo un valor moral, la tranquilidad del orden social o de la armonía interior de la persona, sino que tiene un fundamento metafísico e incluso teológico. Esto quiere decir que para entender hasta el fondo qué cosa es la paz es necesario usar una noción analógica del ente, porque es sólo en el horizonte de este concepto que se entiende el valor de los conceptos que concurren a formar e integrar el concepto de la paz, tales como el de conveniencia, de correspondencia, de convergencia, de consenso, de concordia, de connaturalidad, de afinidad, de proporción, de armonía, de diversidad, de semejanza, de alteridad. Por el contrario, un concepto dialéctico del ser como el hegeliano o un concepto monista como el de Severino nos enredan en la contradicción, que es lo más opuesto al concepto de paz que se pueda imaginar. La paz resuelve las contradicciones y no las mantiene, ni mucho menos las fomenta.
En su Comentario al Tratado sobre los Nombres divinos de Dionisio el Areopagita, Santo Tomás demuestra que la paz en sentido absoluto es un nombre divino, como diciendo que Dios es la misma paz subsistente, como diciendo que quien nombra la paz en sentido absoluto, nombra a Dios. El concepto de Dios corresponde exactamente al concepto de paz en sentido absoluto. Quien sabe qué cosa es la paz absoluta, sabe quién es Dios. Siendo así las cosas, podemos decir que no es imposible que tantos ateos que hoy invocan la paz y que no saben lo que he dicho, no se den cuenta de invocar al mismo Dios, que no se olvidará de ellos.
Concluimos por tanto este párrafo con la cita de uno de los pasajes más significativos del Comentario de Santo Tomás, que he citado:
«La paz divina es la causa final de todas las cosas. Es de hecho natural para cada cosa desear la unidad así como el ser y el bien, porque a causa de la división la cosa decae y se corrompe y la bondad de la cosa disminuye. Y puesto que la paz divina causa la unidad en las cosas, así Dionisio concluye diciendo que todas las cosas a su modo desean la paz divina, en cuanto ella une todas las cosas; y por esto dice que “convierte su divisible multitud a la entera unidad”, porque aquellas cosas que están en sí divididas, son reunidas en el todo, en cuanto son partes del universo; y de modo semejante, en cuanto, como ha dicho arriba, es “generativa y operativa del consenso y de la connaturalidad”, a la cual corresponde lo que aquí se añade: “y une en una conforme cohabitación lo que está naturalmente en conflicto consigo mismo (naturale rei bellum); en efecto, aquellas cosas que están naturalmente en contraste recíproco (naturaliter se invicem impugnant) por la contrariedad que tienen en su propia naturaleza, concuerdan en el orden del universo, según el cual de algún modo se unen y cohabitan en el mundo; y esto sucede por la participación de la paz divina, la cual, en cuanto es deseada por todos, tiene razón de fin» ⁸.

Un llamamiento al Papa

Sabemos cuánto el Santo Padre está trabajando por la paz en el mundo y por la Iglesia. Sus informadores le proporcionan de todo el mundo informaciones de las cuales nosotros en nuestro pequeño no disponemos. Sin embargo tenemos en nuestras manos la Escritura, obviamente interpretada por la Iglesia pre y postconciliar. Pues bien, el Lector que me ha seguido hasta aquí se habrá dado cuenta de la semejanza de ciertas expresiones del Papa sobre la guerra y la paz con las de los buenistas. Naturalmente tal semejanza puede inducir a error, porque mientras las palabras de los buenistas se apartan de las de la Escritura y de la Iglesia, las palabras del Papa deben interpretarse en conformidad con ellas. Sin embargo me permito exhortar filialmente al Santo Padre a usar un lenguaje que, con claridad y sin equívocos, remita al de la Escritura y de la Iglesia y no al de los buenistas.

Fin de la Cuarta Parte (4/4)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 9 de agosto de 2026

Notas

¹ Reginaldo Pizzorni, Il diritto naturale dalle origini a S.Tommaso d’Aquino, Edizioni della Pontificia Università Lateranense-Città Nuova, Roma 1978. La famosa tríada de libertad, fraternidad e igualdad que aparece en la encíclica Fratelli tutti del Papa Francisco no debe, por supuesto, entenderse en un sentido masónico, sino en un sentido evangélico. Expresa en tres puntos el contenido de la ley natural, que a su vez es la expresión de la razón práctica, posesión común de todo hombre como hombre, animal racional. Por el contrario, la visión hegeliana de la ley no puede en absoluto establecer la paz entre las naciones ni prevenir la guerra; de hecho, en Hegel, como sabemos, la guerra es un factor esencial del progreso histórico, mientras que la armonía social es imposible, dado que para él, sobre la base de su dialéctica de la contradicción, las relaciones humanas se basan en el conflicto. Véase Lineamenti di filosofia del diritto, Edizioni Laterza, Bari 1990.
² Véase J. Maritain, La dottrina del «satyagraha» esposta da Gandhi, en Strutture politiche e libertà. Edizioni Morcelliana, Brescia 1968, pp.163-170.
³ Comentario al Evangelio de San Juan, cap. 15, lectura VII.
 Summa Theologiae, I-II, q. 70, a. 3.
 Summa Theologiae, II-II, q. 29.
Summa Theologiae, II-II, q. 29, a, 2, ad 3m.
Del comentario al cap. 12 de la Carta a los Romanos.
In libro Beati Dyonisii De divinis nominibus expositio, c.XI, lect.I, n.886. Edizioni Marietti,Torino-Roma 1950, p.331. 

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum pax sit solum valor humanus,
vel sit bonum supremum cum fundamento metaphysico et theologico

Ad hoc sic procediturVidetur quod pax sit solum valor humanus.
1. Dependit enim a tractatibus diplomaticis et politicis compromissis. Si fundatur in pactis inter nationes, non potest habere fundamentum altius quam voluntatem hominum.
2. Praeterea, pax identificatur cum absentia belli. Ergo sufficit vitare usum armorum, praesertim nuclearium, ut pax adsit.
3. Item, Quintum praeceptum prohibet occidere. Si pax cum hoc praecepto connectitur, tunc consistit solum in abstinentia a vita tollenda.
4. Denique, pax est effectus socialis conviventiae ordinatae. Ergo est valor moralis et politicus, sed non potest esse nomen divinum nec radicem habere in Deo ipso.

Sed contra dicit Scriptura: “Non est pax impiis” (Is 48,22). Sanctus Augustinus definit pacem ut “serenitatem mentis, tranquillitatem animi, simplicitatem cordis, vinculum amoris et consortium caritatis”. Et Sanctus Thomas docet pacem esse tranquillitatem ordinis et quod in sensu absoluto est nomen divinum, ostendens Deum ipsum esse pacem subsistentem.

Respondeo dicendum quod pax non est solum valor humanus, sed bonum supremum cum fundamento metaphysico et theologico. Experientia historica ostendit solam diplomaticam insufficientem esse, quia homo vivit in statu naturae lapsae et non sufficit bellum vitare ad pacem obtinendam. Quintum praeceptum, longe ab absoluta prohibitione virium usus, permittit removere quod impedit vitam in formis superioribus. Ideo pax est effectus vitae bonae, obedientiae voluntati Dei et promotionis verae libertatis, quae est harmonia voluntatis humanae cum divina. Pax est fructus amoris, reconciliationis a Christo effectae, virtutis et perfectionis. In hac vita est semper imperfecta, sed in futura erit plena. Praeterea, Sanctus Thomas docet pacem absolutam esse nomen divinum: Deus ipse est pax subsistens, causa finalis omnium rerum, quae unit quod est divisum et facit concordare etiam naturaliter contraria. Sic qui pacem invocant, Deum revera invocant, etiamsi nesciant.

Ad primum dicendum quod tractatus humani utiles sunt, sed non sufficiunt. Pax vera non fundatur in voluntate potentiae, sed in lege naturali et universalitate iuris, sicut ostendit institutio ONU post tragediam atomicam.
Ad secundum dicendum prolixius quod absentia belli pacem non praestat, quia odium et rancor latere possunt. Pax est fructus boni vivendi et amoris, non solum carentiae armorum. Ideo Gandhi potuit conscientiam Anglorum tangere per resistentiam pacificam, et Christus ostendit mansuetudinem posse hostem exarmare.
Ad tertium dicendum quod Quintum praeceptum non prohibet absolute occidere, sed iubet vitam promovere. Ideo pax cum vita bona connectitur et non reducitur ad solam abstinentiam a vita tollenda.
Ad quartum dicendum prolixius quod pax est quidem valor moralis et politicus, sed radix ultima eius est theologica. Sanctus Thomas demonstrat pacem absolutam esse nomen divinum, et Deum ipsum esse pacem subsistentem. Ideo invocare pacem est, in ultima ratione, invocare Deum, et etiam atheos qui eam desiderant huius mysterii participes esse.
   
JG

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