sábado, 15 de agosto de 2026

No matarás. Dios libera a Israel del yugo del Faraón (1/4)

¿Es posible hablar de paz sin antes defender la vida? ¿No hemos confundido el mandamiento “no matarás” con una vaga retórica que termina justificando la muerte del inocente? ¿Qué significa realmente promover la vida en todos sus grados, físicos y espirituales, frente a un mundo que exalta la violencia o banaliza el pecado? ¿No será que, al olvidar la justicia, hemos reducido la misericordia a una caricatura? En este artículo, en su primera parte, el padre Giovanni Cavalcoli nos recuerda que la paz verdadera nace de la lucha por la vida, que el Quinto Mandamiento exige discernimiento entre el bien y el mal, y que solo en Cristo la vida se afirma contra la muerte.reale, Italia].

No matarás
Dios libera a Israel del yugo del Faraón

Primera Parte (1/4)

(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicada en su blog el 3 de agosto de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/non-uccidere-dio-libera-israele-dal.html)

Dicen: paz. Y paz no hay
Ez 3,10  

Hay algo que no funciona

Desde hace varios años, todos los días los medios invocan la paz, se hacen continuamente manifestaciones y marchas con velas por la paz, se reza por la paz, pero nunca se aclara qué cosa es la paz. O bien, se intuye qué cosa los buenistas ¹, los principales protagonistas de estas manifestaciones, entienden con esta palabra; ellos entienden una sociedad donde todos se quieren y se llevan bien.
Ciertamente la paz es un ideal estupendo. Ella corresponde a la visión apocalíptica de la Jerusalén celestial. Pero el hecho es que por ahora estamos todavía en esta tierra, donde permanecen las consecuencias del pecado original, que nos obligan, para obtener y mantener, en cuanto sea posible, la paz, a severas medidas de emergencia, entre las cuales las operaciones militares. Por esto, aquí abajo la paz, siempre imperfecta y en peligro, muchas veces se obtiene solo con la victoria militar sobre el enemigo, se entiende enemigo de la paz, aunque de palabra hable de paz, como también hacían Mussolini, Hitler y Stalin.
El hecho es que con esta vacía exaltación de la paz, sucede que, quizá sin darnos cuenta y sin quererlo, como mostraré en este artículo, estamos poniendo la muerte en lugar de la vida. Nos hemos olvidado de que la paz nace de la lucha por la defensa de la vida. Esta vana retórica de la paz acontece en el horizonte de un vacío intelectual y por consecuencia vacío moral, que nos ha conducido a perder de vista que la falsedad, el engaño, la herejía y la calumnia, en medio de las cuales vivimos, son la muerte del espíritu. Por esto, mientras no purifiquemos seriamente nuestros pensamientos y nuestros juicios, la palabra «paz» no tendrá ningún sentido.
Hemos llegado con el aborto a justificar la matanza del inocente, con el divorcio a disolver la generación, la custodia y la educación de la vida. Con un falso pacifismo permitimos a los prepotentes oprimir al prójimo. Con un falso misericordismo damos campo libre a los criminales. Con la eutanasia hemos perdido de vista que el pecado es un mal más grande que el sufrimiento. Con la fecundación artificial pretendemos construir la vida como se construye una máquina. Cuando dejamos prosperar nuestros vicios, ¿no es esto un modo de quitarnos la vida?
Cuando nos apoyamos o nos aferramos a la criatura sin referirla a Dios, ¿no es ya esto un apego a la muerte? Con la inteligencia artificial pedimos a una máquina aquello que solo la vida nos puede dar. Hemos concedido el pase libre a todas las formas de pecados y perversiones sexuales calificadas como «diversas orientaciones sexuales», protegidas incluso por la ley. Y estas cosas son una evidente infracción al Quinto Mandamiento, aunque estén catalogadas directamente bajo el Sexto, puesto que ¿a qué cosa se refiere el sexo sino a la propagación de la vida? La consecuencia de esta corrupción de las costumbres sexuales es obviamente la disminución de los nacimientos.
La consecuencia del debilitamiento y de la extinción de la vida espiritual en la Iglesia es obviamente la decadencia de la teología y de la formación religiosa, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, la crisis de las familias, la disminución de la práctica de los sacramentos, el cierre de las casas religiosas, la fusión de las parroquias, la disminución de la actividad misionera, la disminución de las obras de religión.
Parece avanzar la muerte y apagarse la vida. Y sin embargo Cristo ha venido para donarnos la vida y para que la poseamos en abundancia. Aún hoy Cristo nos la dona por medio de su Iglesia y en su Iglesia. Ella en sus sacramentos posee el secreto, las llaves y las fuentes de la vida. A nosotros corresponde acudir a ellas, trabajar, sufrir y combatir por el crecimiento, la difusión y el triunfo de la vida.

La vida y la muerte

Jesucristo llama al diablo el «mentiroso», el «homicida» y el «príncipe del mundo». Hay un estrecho nexo lógico entre estos tres apelativos: uno resulta del otro. Satanás es homicida porque es mentiroso, habiendo engañado a la Pareja primitiva en el Edén con falsas perspectivas de grandeza. Es lógico que quien yerra en concebir la vida, muera. Adán y Eva, escuchando a la serpiente, que les prometía una vida divina si desobedecían a Dios, justamente pierden aquella inmortalidad de la cual Dios los había adornado de modo preternatural.
Con el pecado original viene plenamente a la luz un concepto que en la Escritura tiene una enorme importancia: el concepto del «enemigo». ¿Quién es, para la Biblia, el enemigo? Es un sujeto que quiere nuestro mal, uno que, en el límite, quiere matarnos. Es un sujeto peligroso que nos odia, y del cual debemos defendernos, si es necesario, también con la fuerza. De él debemos guardarnos y mantenernos lejos (Sir 6,13). Son interesantes la descripción que hace el Sirácida y los consejos que él nos da sobre cómo comportarnos respecto a él:
«No te fíes nunca de tu enemigo, porque, como el metal se oxida, así su maldad. Aunque se humille y camine encorvado, estate atento y guárdate de él; compórtate con él como quien limpia un espejo y te darás cuenta de que su herrumbre no resiste mucho tiempo. No lo pongas a tu lado, para que no te derribe y se coloque en tu puesto; no lo hagas sentar a tu derecha, para que no busque tu silla. … El enemigo tiene lo dulce en los labios, pero en el corazón medita arrojarte en una fosa. El enemigo tendrá lágrimas en los ojos, pero si encuentra la ocasión, no se saciará de tu sangre. Si te sobreviene el mal, él estará allí el primero y con el pretexto de ayudarte, te tomará por el talón. Sacudirá la cabeza y batirá las manos, luego murmurando largamente cambiará de rostro» (12,10-18).
La Biblia no prohíbe matar a aquellos que quieren matarnos, sobre todo si no están en juego nuestros intereses personales, sino el bien de la nación y de la patria. Esto no es una infracción al Mandamiento No matarás, sino que es precisamente el modo inteligente de ponerlo en práctica, porque este Mandamiento ordena promover y defender la vida, y la vida se defiende también matando las fuerzas que le son hostiles.
Con el pecado original Dios, que es sumamente amigo nuestro, siendo nuestro creador, aparece, a causa del engaño del demonio, como enemigo, y aparece como amigo y liberador el diablo, que nos ha convencido de que Dios es un tirano envidioso, que nos ha engañado para que fuésemos impedidos de llegar a ser como Él. Ahora, según la interpretación modernista, gracias a la verdad revelada por el diablo, sabemos que nuestro existir no depende de un Dios creador, sino de nuestra propia voluntad, de modo que somos libres de vivir o no como mejor queramos según cómo vayan las cosas.
Con el pecado original se manifiesta claramente nuestro enemigo, el demonio, que en hebreo es llamado «satán», de donde el nombre Satanás. Y una consecuencia de este pecado es que se rompe la unidad de amor del género humano: los hombres se vuelven enemigos entre sí y así surgen los conflictos y las guerras. En los otros con los cuales vivimos nacen los amigos y los enemigos: quien quiere nuestro bien y quien quiere nuestro mal. Y nace en nosotros mismos el deber de distinguir a los amigos de los enemigos, para no dejarnos engañar por los falsos amigos, para aprovechar a los amigos y para defendernos de nuestros enemigos.
Seríamos tentados de odiarlos, es decir, de querer su mal, pero la Escritura y sobre todo el Evangelio nos prohíben hacerlo. Al contrario, ya el Antiguo Testamento dice: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer» (Pr 25,21). El amor al enemigo, que nos recomienda Cristo, no es algo irracional. Como creen muchos que no han entendido qué quiere decir Cristo, al contrario, el amor al enemigo es un recurso estupendo y eficacísimo para promover la paz y la reconciliación entre enemigos. Es importante saber encontrar los lados buenos incluso de nuestros enemigos, puesto que no se trata de amar al enemigo en cuanto enemigo, lo que sería suma necedad: el verdadero amor va al bien y no al mal. Se trata de «no apagar el pábilo humeante y de no quebrar la caña cascada» (Mt 12,20).
Con el pecado original el amor es sustituido por el odio, no odio por el pecado, lo cual es bueno, sino odio por el bien, lo cual es malo. En lugar del amor al prójimo surge el homicidio, permitido sin embargo por la Biblia cuando se trata de suprimir al asesino o al enemigo en guerra. También esto es un modo de practicar el Quinto Mandamiento.
Según la ascética cristiana el hombre se encuentra teniendo que combatir contra tres enemigos: la «carne», es decir las malas pasiones, «los deseos de la carne que hacen guerra al alma» (I Pe 2,11); el «mundo», no ciertamente en cuanto realidad creada por Dios, aquel mundo que Cristo ha venido a salvar y por el cual ha dado su vida, sino aquel mundo cuyo príncipe es Satanás, el mundo en cuanto tentador, malvado y peligroso, mundo que por tanto en este sentido no debe ser amado, sino odiado, mundo que odia a los discípulos de Cristo, mundo que por tanto Cristo ha vencido y que también nosotros debemos vencer como Él y con Él. Aquí están las razones de la guerra justa. Y también esto es un modo de practicar el Quinto Mandamiento: la defensa de nuestra vida física.
En tercer lugar el enemigo que debe ser vencido es el mismo Satanás, que quiere nuestra muerte física y espiritual. No hay vía intermedia: o seremos nosotros quienes lo venzamos o será él quien nos venza. Y también esto es un modo de observar el Quinto Mandamiento: la defensa de nuestra vida espiritual.
Dios, por su parte, bondad infinita, todo lo que hace, lo hace por amor y con amor. Por esto es importante reconocer su amor y su bondad no solo en las ternuras y en la misericordia, sino también allí donde al principio no lo parecería: en castigar con la muerte, en enviar flagelos apocalípticos, en matar a sus enemigos, en el exterminio del ejército del Faraón.
¿Qué cosa es en efecto la bondad? El amor por el bien. ¿Pero no es entonces un bien que un malvado sea castigado y que el enemigo de la vida y de la paz sea vencido? Uno podría decir: ¿pero no es aún mayor bondad que Dios cambie el corazón del pecador, de modo que pueda perdonarlo? ¿No es mayor bondad transformar a sus enemigos en amigos, cosa que Él puede hacer perfectamente? Esto, Dios lo hace, porque de otro modo nadie se salvaría. Pero hoy se insiste: ¿por qué no salva a todos? A lo cual yo respondo: no lo sabemos. Si así Él quiere, y sin embargo Él es bondad infinita, un motivo debe tener, que a nosotros se nos escapa.
Observemos además que la muerte con la cual es castigada la primera Pareja es al mismo tiempo la muerte física y espiritual. Por muerte espiritual obviamente no entiendo la muerte ontológica del alma, cosa imposible, dada su inmortalidad esencial, sino que entiendo la pérdida de la gracia y de la justicia originales, con la consecuente insuprimible tendencia a pecar, llamada «concupiscencia», que dura por toda la vida terrena.
Sin embargo la Pareja primitiva, salida del Edén y entrada en este mundo, fue perdonada por Dios, como resulta indirectamente de algunos signos de la divina misericordia: el anuncio a la serpiente de que pondría enemistad entre ella y la mujer, entre su descendencia y la descendencia de la mujer, que le aplastaría la cabeza (cf. Gen 3,15) y la solicitud de Dios de hacer para la Pareja «túnicas de pieles» (Gen 3,21) y de vestirla, símbolos evidentes de un revestimiento de gracia.
Se debe añadir que Adán y Eva fueron alcanzados también por la gracia de Cristo, salvadora de toda la humanidad, gracia que por tanto ha tenido evidentemente una eficacia retroactiva. De este modo ellos fueron iluminados sobre un sentido nuevo y superior del Quinto Mandamiento, que desde ahora en adelante no nos ordena solo amar y promover la vida natural, sino también la sobrenatural, es decir procurarnos también la vida de la gracia santificante, aquella que Cristo llama «vida eterna» ². Naturalmente en este caso la adquisición de esta vida divina no depende solo de nuestras fuerzas, sino de estas fuerzas en cuanto movidas por la misma gracia, de modo que también aquí merecemos la vida, pero nuestro mismo merecer es don de la gracia. El Mandamiento No matarás en la vida de gracia adquiere un nuevo y superior significado: no matar la vida de gracia con el pecado.
San Pablo usa al respecto una expresión muy significativa: «No apaguen el Espíritu» (I Tes 5,19). El homicidio no es sólo la matanza física, sino también aquello que contamina, enturbia, debilita, hace vacilar la vida y la luz del espíritu, la de la razón y la de la fe, con el engaño, la palabra mala, injuriosa, ofensiva, como dice justamente el proverbio: mata más la lengua que la espada. La muerte, entonces, no es sólo la muerte física, sino también la del espíritu, la falta de la gracia, aquella que el Apocalipsis llama «segunda muerte» (Ap 20,14), la muerte eterna de la condenación infernal.
Y además Satanás es el príncipe del mundo, es decir dominador sobre el hombre en este mundo en cuanto el hombre, escuchándolo a él en lugar de a Dios, se ha sometido a Satanás cometiendo precisamente aquel pecado original, al cual Satanás ha empujado a la Pareja originaria, induciéndola a desobedecer al Dios de la vida, con la consecuencia de ser castigada por Dios con aquella muerte, que precisamente Él había amenazado en el caso de que desobedeciera.
Así -para decirlo como Freud- ha nacido en el hombre un «instinto de muerte» y el hombre, de inmortal que era, se ha convertido, en cierto modo -para decirlo como Heidegger- en un «ser-para-la-muerte». San Pablo dice sin rodeos que «estamos muertos por nuestros pecados» y esclavos del diablo. Quizá Lutero entendía esto cuando decía que en nosotros el libre albedrío está «extinto».

Hoy a muchos ya no les aparece clara la diferencia

1) En el plano de las relaciones físicas entre la matanza del inocente y la matanza del culpable, entre matar a los amigos de la paz y matar a los enemigos de la paz, entre un pueblo que hace la guerra en nombre de la libertad y uno que hace la guerra para oprimir a otro pueblo, entre la guerra atómica y la guerra tradicional, entre guerrear para restablecer la justicia y guerrear para pisotear el derecho, entre combatir para obtener justicia y paz y combatir por el gusto de combatir, entre combatir porque no se tiene confianza en el diálogo y combatir porque el diálogo no obtiene nada, entre el hombre de paz y el desertor, quien se niega a combatir por amor a la paz y quien lo hace por miedo o por propia conveniencia, entre el soldado que se sacrifica por la patria y el soldado que diviniza la patria, entre la crueldad y la severidad, entre la violencia y el uso justo de la fuerza, entre la venganza y la reivindicación, entre la conflictividad por principio y el conflicto finalizado en (u orientado a) la paz.
2) En el plano de las relaciones jurídicas y sociales entre el derecho del Estado a hacer la guerra o a la defensa armada y el Estado totalitario y tiránico belicista, entre el juez que inflige la pena de muerte o el privado que pretende matar al infiel ³, entre la magistratura y la facción política, entre el odio por el pecado y el odio por el pecador, entre la punición del hereje y quien oprime la libertad de pensamiento, entre el amor por el enemigo y el amor por el pecado.
3) En el plano de la convivencia y de la comunicación verbal entre el respeto de la persona y la renuncia a corregir al delincuente o al pecador; entre el respeto de las ideas ajenas y el silencio delante de la mentira; entre la discusión y la riña, entre el pluralismo y la facciosidad; entre el insulto y la observación crítica.
4) En el plano de la religión entre el Dios que castiga y el Dios cruel, entre el Dios que mata a sus enemigos y el Dios asesino, entre la religión que promueve la justicia y la religión que promueve la violencia.

¿Qué cosa manda y qué cosa prohíbe el Quinto Mandamiento?

Los mandatos del Decálogo son expresión de la voluntad de un Dios creador, providente, bondad infinita y Dios de la vida. Dios no quiere la muerte de nadie, porque ama lo que crea y quiere que exista. La idea fija de Severino según la cual Dios anularía los entes no corresponde al dato bíblico, sino que es un monstruoso fantasma que lo persigue durante todo el curso de su pensamiento.
El Mandamiento No matarás en su aparente obviedad no está privado de dificultades interpretativas, porque, como veremos, hay un matar que es precisamente el verdadero respeto de este mandamiento y hay un hacer vivir que es un matar.
El Quinto Mandamiento podría ser expresado en forma positiva como mandato fundamental de la ética bíblica: promueve lo más posible la vida en todos sus grados, sobre todo los más altos. Para saber en efecto qué cosa no debemos hacer, es necesario saber qué cosa debemos hacer. De otro modo no se entiende por qué motivo una determinada acción debería ser prohibida.
Uno se siente inclinado a evitar el mal solo si sabe cuán precioso es el bien que pierde pecando. Cuanto más, por tanto, se ilustra la preciosidad y la belleza de la vida, y de la vida sana y honesta, tanto más se ofrecen razones, estímulos e incentivos para evitar ofenderla o suprimirla, aunque debiera costar esfuerzo, renuncia y sacrificio. Parece una paradoja, pero para afirmar la vida superior del espíritu, es necesario o es aconsejable en ciertos casos evitar actividades inferiores, como por ejemplo la actividad sexual. Es aquello que en ascética se llama «mortificación», según la recomendación de San Pablo: «Mortificad aquella parte de vosotros que pertenece a la tierra: fornicación, impureza, pasiones, deseos malos y aquella avaricia insaciable que es idolatría» (Col 3,5). En este sentido San Pablo recomienda «hacer morir las obras del cuerpo» (Rm 8,13), evidentemente no en el sentido de abolir las acciones físicas como tales, sino en cuanto pueden obstaculizar la vida del espíritu. Aquí vemos cuál es la manera inteligente de entender el Mandato No matarás.
Además hay que notar enseguida que el precepto «no matarás» no debe ser entendido en sentido absoluto, sino que se refiere solo a la salvaguardia de los valores vitales más altos. Es necesario en efecto tener presente que las formas de vida inferior que dañan a las superiores no tienen derecho de existir y por tanto deben ser suprimidas. Existen en efecto vivientes que matan y de cualquier modo causan daño o hacen mal.
Para la Biblia en efecto el concepto del bien está estrechamente ligado al concepto de la vida. Por esto, hacer el bien quiere decir promover la vida. Pero hay que tener en cuenta el hecho de que la misma vida es buena sí ontológicamente, pero el viviente de esta vida puede hacer el bien como el mal. Es decir, existe una vida buena y una vida mala. La vida mala debe ser suprimida para que quede la vida buena. Es necesario además distinguir una vida física, mortal, de una vida espiritual, que es inmortal.
El Quinto Mandamiento ordena promover tanto la vida física como la espiritual y por tanto no matarla, matando aquello que se le opone. Ordena ordenar los grados inferiores de la vida a los superiores, renunciando a los inferiores, donde estos obstaculicen a los superiores.
Ordena no suprimir tanto la vida física como la espiritual. La primera, siendo corruptible, puede ser suprimida realmente. La espiritual, siendo inmortal, puede ser suprimida en el sentido de que la quitamos de nuestra mente. Así por ejemplo nos es posible borrar el pensamiento de nuestros deberes porque nos parecen objetos odiosos, o bien es posible alejar el recuerdo de personas buenas que hemos conocido o que conocemos, o ciertos datos de nuestra conciencia o ciertos recuerdos. Podemos borrar ciertos juicios o ciertos conocimientos, podemos borrar el mismo pensamiento de Dios. En tal sentido podemos matar a Dios, como dice Nietzsche, no ciertamente en sí mismo, sino en cuanto pensado por nosotros. Podemos borrar –pero esta es una matanza benéfica y obligatoria– los malos pensamientos y suprimir los malos sentimientos y las tentaciones al pecado.

Fin de la Primera Parte (1/4)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 29 de julio de 2026

Notas

¹ El buenismo es una herejía que se resume en los siguientes puntos: 1. El pecado de malicia no existe; 2. Dios no castiga a nadie; 3. Dios salva a todos. Ver mi opúsculo: L’eresia del buonismo, il buonismo e i suoi rimedi, Edizioni Chora Books, Hong Kong, 2017. (Nota del traductor: hay versión española de este libro en este mismo blog).
² Véase mi libro La vita eterna. I punti fermi della nostra speranza, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2015.
³ Por ejemplo, el Corán permite al privado asesinar al infiel.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum praeceptum “Non occides” prohibeat absolute omnem formam occidendi

Ad hoc sic procediturVidetur quod praeceptum “Non occides” prohibeat absolute omnem formam occidendi.
1. Quia Deus est bonitas infinita et non vult mortem cuiusquam, cum amet quod creat et velit illud existere. Ergo quaelibet forma occidendi esset contraria voluntati eius. Hoc videtur validum, quia Scriptura affirmat Deum esse Deum vitae et non delectari in morte peccatoris.
2. Praeterea, dicitur quod vita est bonum ontologicum et quod eam supprimere semper esset malum. Hoc videtur probabile, quia vita est fundamentum omnium aliorum bonorum et sine ea nihil subsistit.
3. Item, asseritur quod pax obtinetur vitando omnem formam violentiae, et ideo occidere, etiam in legitima defensione vel in bello, esset transgressio praecepti. Hoc videtur firmum, quia pax proponitur ut summum ideal et ut horizon Ierusalem caelestis.
4. Denique dicitur quod misericordia divina omnem iustitiam superat, et ideo praeceptum debet intelligi ut absoluta prohibitio auferendi vitam, etiam culpabili. Hoc videtur rationabile, quia multi fideles abhorrent ideam Dei qui punit.

Sed contra est quod docet Siracides: “Non credas inimico tuo” (Sir 6,13), ostendens necessarium esse defendere contra eum. Apostolus dicit: “Mortificate membra vestra quae sunt super terram” (Col 3,5), ostendens esse quoddam occidere conforme praecepto. Vetus Testamentum permittit supprimere homicidam vel inimicum in bello. Concilium Tridentinum docet Christum pro nobis iustitiam divinam satisfecisse, et quod misericordia iustitiam praesupponit.

Respondeo dicendum quod praeceptum “Non occides” non est absoluta prohibitio omnis occidendi, sed mandatum promovendi vitam in omnibus gradibus, physicis et spiritualibus, et supprimendi ea quae illi opponuntur. Est enim occidere quod est verus respectus praecepti, sicut supprimere homicidam vel inimicum in bello, vel mortificare passiones quae vitam spiritus destruunt. Et est quoddam vivere concedere quod est occidere, sicut permittere vitia, perversitates vel mendacia quae vitam corrumpunt. Praeceptum iubet discernere inter vitam bonam et malam: prima promovenda est, secunda supprimenda. Ideo praeceptum intelligitur in sensu positivo: promove quantum potes vitam, praesertim vitam gratiae, et noli eam occidere peccato. Textus commemorat quod etiam vita spiritualis potest “supprimi” quatenus ex mente deleri, sicut cum eliminatur cogitatio Dei vel recusantur officia conscientiae; et quod est etiam suppressio benefica, sicut eliminare malos cogitatus et tentationes.

Ad primum dicendum quod Deus non vult mortem innocentis, sed permittit mortem culpabilis ut iusta poena, et hoc non contradicit bonitati eius, sed eam manifestat.
Ad secundum dicendum quod vita est bonum ontologicum, sed vivens potest facere bonum vel malum; vita mala supprimenda est ut vita bona permaneat.
Ad tertium dicendum prolixius quod pax non obtinetur vitando omnem violentiam, sed defendendo vitam contra eos qui eam destruunt; ideo bellum iustum est modus praeceptum exercendi.
Ad quartum dicendum cum maiori subtilitate quod misericordia iustitiam non destruit, sed praesupponit: sine iustitia misericordia esset ludibrium. Ideo praeceptum includit etiam legitimam defensionem et correctionem peccatoris, ut vita in plenitudine promoveatur.
   
JG

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