La cuestión del matrimonio, el concubinato y la virginidad se presenta hoy como uno de los desafíos más profundos de la antropología cristiana. En esta primera parte de su artículo, el padre Giovanni Cavalcoli recuerda el plan originario de Dios en el Génesis: la complementariedad varón‑mujer, la unión indisoluble y la apertura a la vida, frente a las ideologías modernas que reducen la sexualidad a un género indeterminado. La virginidad, ausente en el proyecto inicial, aparece como don específico introducido por Cristo, pero su historia revela cómo fue deformada por concepciones dualistas y panteístas que despreciaban el cuerpo y la diferencia sexual. El texto del docto teólogo dominico nos muestra que tanto el matrimonio como la virginidad consagrada son caminos auténticos de plenitud y de salvación, y advierte contra las desviaciones que convierten la sexualidad en un mero artificio técnico o en un obstáculo para el espíritu. Esta primera parte del artículo invita a redescubrir la verdad del amor humano y la grandeza de la vocación cristiana, en medio de un mundo marcado por la confusión y el relativismo. [En la imagen: fragmento de una de las cinco pinturas sobre el "Cantar de los Cantares", obra de Marc Chagall].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 21 de agosto de 2026
Matrimonio, concubinato y virginidad (1/3)
Matrimonio, concubinato y virginidad
Primera Parte (1/3)
(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 14 de septiembre de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/matrimonio-concubinato-e-verginita/)
La compleja y grave cuestión de la relación varón-mujer emerge hoy entre los temas morales y antropológico de mayor interés y que obviamente nos involucra a todos, creyentes y no-creyentes. El tema es de enorme complejidad y tiene numerosos vínculos y presupuestos en la religión, en la espiritualidad, en la psicología, en la sociología, en la política, en el derecho, en la economía y en la historia.
En esta situación en evolución, que sugiere y denota un cambio de las costumbres, están emergiendo algunos valores, pero también se están fortaleciendo y aumentando su influjo falsas concepciones de la sexualidad, que ponen en peligro, bajo la apariencia del progreso y de la libertad, no sólo el buen orden de la sociedad, sino las mismas fuentes de la vida humana, atendiendo al hecho de que ellas dependen del correcto uso de la sexualidad.
Quiero aquí limitarme a una breve comparación entre los tres aspectos de la relación varón-mujer indicados por el título, a fin de profundizar en la realidad misteriosa de esta relación, que está fundada en la originaria voluntad de Dios, cuando ha creado a la pareja humana estableciendo en ella para siempre sus características esenciales, sus leyes y sus finalidades.
Pero a este plan originario ha sucedido el de Jesucristo, siempre en nombre del Padre; Cristo ha restaurado el plan del Padre comprometido por el pecado original, y ha elevado a la pareja humana a la dignidad de hijos de Dios, en vista de la resurrección escatológica.
Comencemos con el Génesis. "No es bueno que el hombre esté solo: hagámosle una ayuda similar a él". "Varón y fémina los creó". "El hombre se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne". "Creced y multiplicaos". "No divida el hombre lo que Dios ha unido”.
En primer lugar, los sexos son dos y sólo dos, bien definidos por características psicofísicas, que, en su colaboración recíproca, hacen posible la reproducción de la especie y se completan entre sí incluso también a los fines de la plenitud e integridad del ser humano abierto a la sociabilidad.
Está excluida por consiguiente, como contraria a la naturaleza humana y a la voluntad divina, una concepción y una práctica de la sexualidad como género (gender) indeterminado, susceptible de múltiples diferencias específicas, dependientes de la intervención técnica y de la libre elección del hombre.
En segundo lugar, no se dice: "No es bueno que los hombres estén solos, excepto algunos, que podrán vivir mejor solos y por lo tanto fuera de la unión varón-mujer". El proyecto genesíaco del hombre no conoce el voto de virginidad, o sea la vida religiosa, que aparecerá sólo con el ejemplo y la enseñanza de Cristo sobre el varón y la mujer.
La sociabilidad humana, a diferencia de la sociabilidad angélica, donde el sexo no existe, no puede ser separada de la relación varón-mujer. La pareja humana, perteneciente al reino animal (nefesh), aunque animada de un alma espiritual (rúach), es muy distinta de los ángeles (elohím), que son puros espíritus. Y con mayor razón es muy distinta de Dios mismo, supremo Espíritu.
En tercer lugar, no se dice tampoco que la relación varón-mujer deba estar dirigida o finalizada exclusivamente a la procreación, sino que, en el capítulo 2, se prospecta como fin de la dualidad varón-fémina la tarea de superar la soledad o el aislamiento, para realizar la sociabilidad y el amor. Tratemos de aclarar estas cosas.
En este cuadro, la idea de la virginidad está totalmente ausente, de hecho parece formalmente excluida. En efecto, Lutero se apoyaba en el Génesis para argumentar que la práctica de la virginidad es contraria a la naturaleza humana tal como Dios la ha creado y estaría originada por una influencia del platonismo en la Iglesia. Veamos qué puede haber de cierto en estas ideas de Lutero y donde en cambio él está equivocado. Comencemos por lo tanto por preguntarnos de dónde trae su origen la práctica de la virginidad.
Origen del ideal de la virginidad
En la época de Lutero no se tenían en Europa los conocimientos que tenemos hoy sobre la espiritualidad del extremo Oriente y sobre las influencias por ella ejercidas en el pasado sobre Occidente. Sin embargo, Lutero intuyó indudablemente una parte de verdad en esta cuestión, hablando con desprecio del cristianismo "platonizante", aún cuando más tarde esta polémica deviene un pretexto para rendirse delante de las dificultades que encontraba en el ejercicio de la castidad. De aquí, a fin de justificarse a sí mismo, su negación in toto de la vida religiosa ¹, ignorando sus bases evangélicas, él, que se consideraba contra Roma el redescubridor de la verdad del Evangelio.
Digamos entonces que el ideal de la abstinencia sexual como vía de perfección y de ascenso al Absoluto ya era un camino perseguido desde hacía muchos siglos en la India, pero inspirado en una antropología de tipo panteísta, despreciativa del cuerpo, y por tanto mediante un ascetismo, que, sobre la base de una concepción sobrecargada del espíritu humano, y al mismo tiempo de una idea de la materia como principio del mal, apuntaba a un autopotenciamiento ascético y mágico del yo espiritual ² y a su liberación del cuerpo, en nombre de la pertenencia y del retorno del espíritu humano (atman) al Espíritu absoluto (Brahman) ³, después de la caída del Espíritu y desde el Espíritu en la esclavitud de la materia.
El Espíritu aparece al hombre como materia y queda engañado y asustado: se trata de descubrir que la materia es pura apariencia e ilusión y que la verdadera y única realidad es el Espíritu. Como recita un proverbio indio: "lo que parece una serpiente, en realidad es una cuerda".
Esta concepción grandiosa y aparentemente sublime podría suscitar interés entre los cristianos por tres motivos: primero, la admisión de un Absoluto espiritual, eterno, infinito y omnipotente, origen y fin de todas las cosas; segundo, el hombre, espíritu en el mundo, dotado de voluntad y sediento de Absoluto y de liberación; tercero, la convicción de que el hombre es una chispa divina separada en el pasado del Fuego eterno y caída en este mundo de tinieblas, miserias y sufrimientos, y por tanto la exigencia de liberación, de recuperar el propio Yo absoluto y retornar a la propia condición originaria, dejando el cuerpo y el mundo del mal. El hombre o el "alma" parecía poderse comparar al Hijo de Dios, que desciende desde el Padre, entra en el mundo, permanece en él y lo deja para retornar al Padre ⁴.
Sin embargo, existían dos graves impedimentos para que esta visión pudiera ser asumida integralmente. Primero, la concepción de Dios no como un Tú trascendente, creador del mundo de la nada, sino como Uno-Todo, Yo absoluto, universal y cósmico, del cual el yo humano y el mundo son la manifestación o aparición empírica contingente.
En este sentido, clásicas son las imágenes de la gota salpicada por la ola del océano, la cual recae confundiéndose con el agua del océano, o de la chispa arrojada por el fuego y que retorna al fuego, o bien la imagen del Entero que se hace añicos y se recompone. Tal sería la relación del alma con Dios.
Segundo, la salida o la caída desde Dios o de Dios mismo, pero todo en el fondo sucede en Dios. Dios de todos modos entra en el mundo (avatár) bajo apariencias mundanas (maya), mundo opuesto al espíritu, o sea que el Espíritu cae en el mundo del mal, del cual el asceta (yogui), puro espíritu, intenta liberarse, lo que quiere decir liberarse, mediante las sucesivas reencarnaciones, del mundo de la materia, que es precisamente el mundo del mal.
Es evidente cómo llegará a ser vista la realidad de la diferencia sexual: no como componente esencial en sí bueno de la naturaleza creada por Dios, destinado a resucitar después de la muerte, sino como elemento contingente y accidental, destinado a extinguirse con la muerte.
Y también quedará claro en qué se convierte en esta visual la unión o comunión entre varón y mujer, implique o no implique la unión sexual: en modo alguno una unión destinada a la procreación, será entendida como bendición divina, sino considerada con desprecio como multiplicación de los cuerpos y por lo tanto del mal y de los infelices, aun cuando tal multiplicación venga a ser tolerada por el sabio a los fines de la reproducción la especie y por lo tanto de la posibilidad dada a los individuos -puros espíritus- de alcanzar el Absoluto.
Pero en esta visual, la sabiduría está en el extinguir, como diría Schopenhauer, gran admirador de la sabiduría india, con la "noluntas" esa "voluntad de vivir", para tomar conciencia de ser lo Absoluto. Superar la "representación" para convertirse en "Voluntad".
Algo de esta visión dualista probablemente penetró en Grecia ya con Pitágoras y Parménides, fue mitigada por Platón y Plotino, e influyó en el ascetismo monástico con Orígenes. Lo encontramos en la tradición monástica disidente oriental, como por ejemplo en el Monte Athos, cuyo acceso está prohibido no solo para las mujeres, sino también para los animales de sexo femenino.
Tal visión apareció en toda su fuerza con los cátaros del siglo XIII en Francia ⁵, provenientes o descendientes de los bogomilos de Hungría, herederos a su vez del maniqueísmo persa, hijo del dualismo gnóstico indio.
En el campo del sexo, la moral cátara oscila entre el rigorismo de una abstinencia sexual inhumana, al laxismo bestial de toda aberración sexual, en cuanto que para los cátaros no existen leyes morales naturales, dictadas por Dios, que disciplinen la relación varón-mujer, pues según ellos esta relación concierne a ese plano coartador, contingente y pasajero de la corporeidad, en el cual se está constreñidos a vivir en la vida terrena, cuyas modalidades concretas están sujetas a la libre decisión de los individuos, que en la libertad del espíritu buscan la unión con Dios.
También aquí el principio-guía o rector es el de la pureza (katharós, puro) del espíritu libre de la experiencia sensible: algo que recuerda extrañamente el ideal kantiano de la razón pura, ella también en el plano práctico ligada a un deber absoluto superior e indiferente al plano de las tendencias y de las inclinaciones sensibles, donde también parece que la razón práctica se abstenga por principio de ordenar o legiferar o asignar finalidades naturales o racionales a la relación varón-mujer.
Contrariamente a la ética evangélica, que sitúa el origen del mal en el pecado y por lo tanto en el espíritu (véase la temática del "corazón"), el dualismo insistía acentuadamente sobre la prospectiva de liberarse del "cuerpo de muerte" a fin de que el alma, libre del cuerpo, pudiera volar al paraíso del cielo. De ahí la práctica de la cremación.
Todavía con san Francisco, cuyo maravilloso vínculo con santa Clara es por lo demás bien conocido por todos, el cuerpo es "fraile burro". No parece aquí rastrearse el cuerpo "templo del Espíritu Santo", del cual habla san Pablo. De nuevo con santa Catalina, deber de la mujer es ser "viril", mientras que el "placer femenino" es el sinónimo de la lujuria. Y los ejemplos en la historia de la espiritualidad cristiana se podrían multiplicar hasta nuestros días.
Fin de la Primera Parte (1/3)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 25 de Agosto de 2015
Notas
¹ E.Denifle, Lutero e luteranesimo nel loro primo sviluppo, Desclée, Lefebvre & C. Editori, Roma 1905.
² Cf. Yoghi Ramacharaka, La suprema sapienza, Fratelli Bocca, Milano 1950; L.Gardet, Esperienze mistiche in paesi non cristiani, Edizioni Paoline 1960; Mahendranath Sircar, Hindu mysticism according to the Upanishads, New Delhi 1974; Daniel Acharuparambil, La spiritualità dell’induismo, Edizioni Studium, Roma 1986; L.Gardet-O.Lacombe, L’esperienza del sé. Studi di mistica comparata, Editrice Massimo, Milano 1988; René Guénon, Introduzione generale allo studio delle dottrine indù, Adelphi Edizioni, Milano 1989.
³ Cf. O. Lacombe, L’Absolu selon le Vedanta, Vrin, Paris 1937.
⁴ La representación de la muerte como un "retornar al Padre", hoy difundida, aparentemente tan piadosa y sublime, en realidad refleja esta mentalidad panteísta, confundiendo al cristiano con Cristo.
⁵ Cf. el tratado cátaro-maniqueo De duobus principiis, edición crítica editada por A. Dondaine OP, Instituto Histórico Dominicano de Santa Sabina, Roma 1939; Anne Brenon, I Catari. Storia e destino dei veri credenti, Nardini Editore, Florencia 1990.
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