¿Es la castidad la única “bella virtud”, o más bien toda virtud debe ser bella? ¿Puede la virginidad ser considerada perfección en sí misma, o lo es sólo cuando se vive como signo del Espíritu? El padre Giovanni Cavalcoli examina aquí cómo el rigorismo y el dualismo han deformado la visión cristiana de la sexualidad, reduciendo el placer a mancha y la virginidad a desprecio del cuerpo. Frente a estas desviaciones, se recuerda la enseñanza de santo Tomás de Aquino y la ética aristotélica, que muestran la superioridad de la virginidad consagrada no como negación de la carne, sino como manifestación más alta de la vida según el Espíritu. Esta segunda parte del artículo invita a redescubrir la verdadera pureza del corazón, la dignidad del matrimonio y el valor de la virginidad, en un tiempo en que la confusión amenaza con oscurecer la belleza del amor humano. [En la imagen: fragmento de una de las cinco pinturas sobre el "Cantar de los Cantares", obra de Marc Chagall].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 22 de agosto de 2026
Matrimonio, concubinato y virginidad (2/3)
Matrimonio, concubinato y virginidad
Segunda Parte (2/3)
(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 14 de septiembre de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/matrimonio-concubinato-e-verginita/)
Para una correcta visión de la sexualidad
Es claro que en este enfoque existe la justa exigencia de mortificar las malas tendencias sensibles y de dominar las pasiones carnales. Pero se mantenía que, al menos en una cierta formación corriente, sobre todo de los jóvenes y de las religiosas, la preocupación por la castidad asumía un tono exagerado. Tanto es así que, como sabemos, "pureza" se ha convertido en sinónimo de castidad, como si la pureza no debiera ser una cualidad de toda virtud en cuanto tal.
Debería ser evidente que toda virtud debe ser pura. La castidad era la "bella virtud", como si las demás no fueran bellas y no las hubiera más bellas. La "pureza de corazón", a la cual nos exhorta Jesús, era todavía la castidad, mientras que en realidad el "corazón" para el Evangelio no es la raíz sólo de la castidad, sino de todas las virtudes; así sucedía que virtudes en sí mismas más importantes, como la humildad, la justicia, la mansedumbre, la prudencia, el coraje, la misericordia, la sabiduría, la caridad, corrían el riesgo de aparecer en orden inferior. Todavía hoy en el confesionario se oyen a los ancianos acusarse de "malos pensamientos", entendiendo por ello faltas contra la castidad.
Pero el problema subyacente a estas ideas era que el ejercicio del acto sexual implicaba una contaminación, una corrupción, una mancha. De ahí la idea de que la integridad, la belleza, la perfección, la inmaculabilidad es la virginidad, sin tener en cuenta el hecho de que las facultades que Dios nos da, están hechas para ser ejercitados -"se unirá a su mujer"- y que por tanto, desde un punto de vista natural, una facultad no utilizada no puede ser más perfecta que la misma en su ejercicio.
Observamos que la corrupción será, en todo caso, un mal uso o ejercicio o funcionamiento de la facultad, pero no puede ser su simple y normal actuación según su natural finalidad. O, para expresarnos con Aristóteles, el acto es superior y más perfecto que la potencia. No tiene sentido hipotetizar que una potencia inactuada sea una cosa mejor que la misma potencia regularmente actuada. Para usar el lenguaje evangélico, los talentos recibidos de Dios deben hacerse fructificar, si no queremos sufrir el castigo amenazado por el Evangelio.
También el placer procurado por el acto sexual no es despreciable en sí mismo, sino sólo si este acto es contra la naturaleza ¹ o se cumple fuera del orden moral. El placer normalmente es un bien consecuente a la satisfacción de una necesidad o a la actuación de una tendencia natural.
El animal se siente atraído por el placer, como por lo demás también nos sucede a nosotros. El animal sano, buscando el placer, cumple instintivamente el acto vital natural a él coligado. Nosotros, en cambio, en línea de principio, aunque también poseamos el instinto, sin embargo lo podemos dominar, por lo cual, por ejemplo, advertidos por la razón o por la conciencia de que el acto no es lícito, podemos, en línea de principio, resistir a la tentación, es decir al impulso irracional del instinto, en cuanto estamos dotados de libre albedrío.
Así, en nosotros no siempre sucede que la atracción sensible nos conduzca al verdadero bien, porque desgraciadamente el pecado original ha creado en nosotros una búsqueda del placer, independientemente del hecho de que el objeto o el fin conectado sea moralmente bueno. A nosotros nos pueden complacer también tendencias morbosas o moralmente malas. Por eso, para saber lo que es bueno y lo que es malo, no siempre basta en nosotros el impulso de la pasión, sino que es necesario razonar.
Así se explica la existencia del pecado sexual: el acto o el objeto parece un bien, porque es agradable al sentido. Por esto, no es siempre de inmediata intuición el por qué un cierto acto sexual sea malo, en cuanto somos llevados a creer que lo que gusta siempre es bueno.
Se trata entonces de descubrir la preeminencia del bien honesto, bien inteligible, bien de la razón práctica -aquello que Kant llamaba "deber"- sobre el bien deleitable, ligado a la tendencia sensible. Es éste, al fin de cuentas, el bien que nos debe interesar y guiar como seres racionales o, como decía santo Tomás, agere secundum rationem.
Entonces, la razón práctica puede saber que en realidad ese placer que nos atrae no es un verdadero bien, es decir, un bien honesto, porque ese placer no nos estimula, en la hipótesis, a poner en práctica la ley moral. De aquí la obligación de seguir la recta razón, faltando a lo cual, la acción se convierte en pecaminosa.
En la Biblia, sin embargo, el placer sensible es parangonado al placer espiritual, incluso al mismo gozo divino, de Dios puro Espíritu, que evidentemente no tiene sexo. Por eso es importante tener un concepto analógico del placer, vinculando el sensible al espiritual. Este es el modo de evitar tanto el rigorismo como el laxismo, evitar tanto a Orígenes como a Panella.
En efecto, Dios es el creador de toda forma y grado de placer. Radica en el hombre el saber gozar de un placer honesto, ya sea físico o espiritual. Quien obedece a Dios, que conoce el camino para nuestra felicidad, digan lo que digan Nietzsche y Freud, sabe gozar la vida de aquí abajo y de allá arriba. Los otros viven mal aquí abajo y al final van al infierno.
Así el profeta Isaías se atreve a representar el amor de Dios por Israel con el amor del esposo por la esposa, y tratándose de esposo y esposa, no se puede evidentemente no pensar en el placer sexual: "Como goza el esposo por su esposa, así tu Dios gozará por tí" (Is 62,5). No obviamente que Dios goza sexualmente; sino que Él, sin embargo, como creador del sexo, contiene virtualmente y eminentemente (virtualiter et eminenter) también el placer sexual en Su infinita Esencia, así como la causa contiene en sí el efecto.
Dios ha creado tanto el placer físico como el espiritual, los cuales, en su voluntad originaria, deberían ser conjugados. Lo que no quita que puedan existir opciones de vida, como la virginidad, en la cuales, a fin de una mayor libertad y de experiencia del Espíritu, el sujeto renuncia al placer sexual, sobre todo en consideración al hecho de que en la vida presente la carne se opone al espíritu: "Si tu ojo te escandaliza, quítatelo". Pero también se podría decir: "Si no te escandaliza, puedes quedártelo".
Influencia del dualismo en el cristianismo
El lector ha entendido bien que la manera dualista, antes citada, de exaltar la virginidad, no era la correcta. Sin embargo, en cierta medida está presente, al menos en el modo de expresarse, también en los Padres y en los Doctores de la Iglesia, sobre todo en mariología y en la apología de la vida religiosa.
Ha sido la introducción de la ética de Aristóteles en el pensamiento cristiano en el siglo XIII, obrada, como es sabido, por santo Tomás de Aquino, la que ha planteado las bases para una sana ética sexual, verdaderamente conforme con la Escritura. A este respecto, es necesario decir que Lutero, acusando a Aristóteles de ser enemigo de la Escritura, no ha entendido nada.
Ciertamente, Aristóteles no es un teorizador de la virginidad, a la cual por otra parte Lutero odiaba, y sin embargo la ética de Aristóteles, que conjuga la conciencia de la ley natural con el conocimiento de la debilidad de la naturaleza humana, constituye la verdadera premisa para el correcto concepto de virginidad.
La Iglesia, por su parte, ya desde los primeros siglos, definió como verdad de fe la superioridad de la virginidad sobre el matrimonio, que había sido negada por Joviniano, a quien santo Tomás, por ese motivo, considera hereje ². Lamentablemente esta herejía ha resurgido en los años del postconcilio, bajo pretexto de que el Concilio subraya la igualdad de todos los bautizados ante Dios. Sin embargo el mismo Concilio en varios lugares reafirma esta verdad ³.
Esta superioridad está dada por el hecho de que, mientras el matrimonio, por más que pueda ser una vocación a la santidad, tiene una finalidad, como la procreación, limitada a los confines de la vida terrena, la virginidad, pensemos en la relación entre personas consagradas de diferentes sexos ⁴, constituye ya desde ahora un signo y un ejemplo de la futura humanidad de la resurrección, cuando el amor de los esposos perdurará, aunque se haya conducido a término su función procreadora.
Por lo tanto, debemos decir que la virginidad consagrada es superior al matrimonio, pero no en el sentido falso, ya visto, de que sólo la virginidad corresponde al estado de integridad y pureza de la naturaleza; de lo contrario, por lógica consecuencia, nos veremos obligados a decir que el acto sexual es impureza y corrupción, sino en el sentido de que la virginidad constituye una más alta manifestación de la vida según el Espíritu.
Probablemente la concepción dualista le era conocida a san Pablo, como parece resultar de algunas expresiones por él usadas, que tienen un vago sabor de ese tipo, como la lucha entre el "espíritu" y la "carne", la "liberación del cuerpo" (Rom 7,24), el "hacer morir las obras del cuerpo" (Rom 8,13), el deseo de ser "liberado del cuerpo" (Fil 1,23), el pasaje del "hombre animal" al "hombre espiritual". Las "obras de la carne" son una serie de vicios (Gal 5,19).
Indudablemente el ideal de la virginidad aparece con el Nuevo Testamento. El Bautista es virgen. Virgen es Juan Apóstol, el íntimo de Jesús de arriba. Virgen es la Madre del Señor. Virgen es Jesús mismo. No hay duda que Jesús es el fundador de la vida consagrada cristiana. Jesús propone el ideal de "algunos que se hacen eunucos con miras al reino de los cielos".
Sin embargo, en la ética evangélica, por más austera y espiritualista que sea, no encontramos los duros acentos contra el cuerpo y la carne, que están presentes en san Pablo. Para Jesús, "el Hijo del hombre come y bebe". Muestra un gran respeto por la mujer, incluso por las pecadoras. Él es premuroso por la salud física del prójimo, a la que restaura con numerosos milagros. Inaugura su misión participando en una cena de bodas. "Pueden los amigos del esposo ayunar mientras el esposo está con ellos?". En la Última Cena consagra su Sangre, siguiendo la costumbre del banquete pascual, a la tercera copa. Por consiguiente se había dado una buena bebida. Refiriéndose a la Eucaristía, san Agustín exclama: "Caro te excaecaverat? Caro te sanat!".
En Jesús está ciertamente el tema de la renuncia: "si tu ojo te escandaliza, quítatelo"; pero nunca muestra desprecio por el cuerpo o alaba el deseo de dejar el cuerpo. Los discípulos deben, sí ciertamente, estar al reparo del mal, pero en el mundo. El mal, o sea el pecado, no viene de afuera, del mundo material, sino del corazón, del espíritu, de la malicia de la voluntad. El mundo es malo en cuanto está bajo el signo del pecado; pero en sí mismo es bueno y creado por Dios.
El matrimonio
Para el Evangelio, como para el Génesis, el cuerpo, masculino y femenino, no es en absoluto malo, tanto es esto verdad que debe resucitar. Este tema, por lo demás, como es bien sabido, también está presente en san Pablo; lo que nos hace comprender, no obstante algunos de sus puntos pesimistas y antifeministas, la perfecta adhesión del Apóstol a la doctrina de Cristo y que sus ataques contra el cuerpo o la carne no tienen nada que ver con el dualismo indio y significan simplemente el rechazo del cuerpo, no en cuanto tal, sino en cuanto esclavo del pecado. "Cuerpo de muerte" no quiere decir que el cuerpo procura la muerte, sino que el cuerpo, herido por el pecado, es mortal.
El acto sexual fisiológicamente normal es siempre genéricamente bueno, aunque no está dicho que lo sea siempre desde el punto de vista moral. Es moralmente malo y por lo tanto pecaminoso, cuando viene ejercido, bajo el impulso de la concupiscencia, fuera o antes del matrimonio, y entonces se tiene la fornicación, y en modo especial en esa unión o convivencia moralmente ilícita entre varón y mujer, que es llamada "concubinato": una convivencia que puede tener la apariencia de la convivencia legítima, o sea el matrimonio, sin ser, sin embargo, un verdadero y completo matrimonio.
Peor todavía es la convivencia de dos sujetos del mismo sexo, porque allí no sólo se transgrede la finalidad espiritual de la unión varón-mujer, sino que se compromete la misma función fisiológicamente normal del sexo. Lo que naturalmente no excluye el deber de tratar con respeto también a estas personas. Pero no es este el lugar para desarrollar este delicadísimo tema.
El verdadero matrimonio es un pacto o contrato consciente, libre y voluntario, socialmente y jurídicamente reconocido, entre un varón y una mujer fisiológicamente sanos y normales, en suficientes condiciones económicas, que se agradan y se aman, con el cual delante de Dios ellos se comprometen para siempre (indisolubilidad), según un amor exclusivo (monogamia) a ser una cosa sola, en fidelidad recíproca, en la prosperidad y en la adversidad, abiertos a la generación y a la educación de la prole y al bien de la sociedad, ayudándose el uno al otro en la adquisición de la virtud. Como se sabe, Cristo ha elevado a sacramento, o sea a medio de salvación, este contrato natural.
El matrimonio polígamo concedido por el Corán supone una grave desestima por la mujer y contrasta con el proyecto bíblico "su mujer", es decir, "a cada uno la suya", y por tanto una sola ⁵, principio, éste, ligado a la reciprocidad varón-mujer. Esta reciprocidad, entiéndase bien, no se justifica sólo en relación con una adecuada educación de la prole, sino que es radicalmente ⁶ requerida por la plenitud del ser humano, que por su esencia ha sido creado con esta propensión y esta necesidad.
Como es bien sabido, todo esto no impide las segundas nupcias. Lo que quiere decir que sólo en el cielo será superado el elemento de la exclusividad, pero no evidentemente en el sentido musulmán con las riendas sueltas, porque la doble relación celestial está fundada en dos matrimonios monógamos sucesivos que se contraen regularmente en la tierra.
La necesidad de un partner, que tanto se siente y a veces atormenta a los jóvenes, no es tanto la necesidad de desahogar el instinto sexual, cuanto la de tener una compañía para toda la vida. Es la voz del Génesis que se hace sentir, incluso si el joven no ha leído nunca la Biblia y un día se hará sacerdote o religioso.
Lo que obviamente no quiere decir que todos lleguen o puedan tener su partner, se trate o no se trate del matrimonio ⁷. Sin embargo, se mantiene que esto es requerido por la plenitud de humanidad del individuo, como por ejemplo en el caso del peso corpóreo, que, en línea de principio, como dicen los médicos, debe ser tanto como exceda el metro: 70 kg para 1,70 m.
Lo cual, naturalmente, no quiere decir que también los grasos y los magros no puedan llegar al paraíso del cielo. No encontrar una mujer adecuada precisamente como amiga o como esposa, puede ser un sufrimiento; pero ello no debe convertirse en una tragedia. Tampoco debemos creer que esto pueda ser el signo de que Dios nos quiere o para la vida religiosa o para la vida sacerdotal. También aquí, en efecto, más que nunca, es necesario instaurar una relación honesta y fructífera y una sana confianza entre los sexos, sin que vengan a menos los compromisos asumidos.
Por otra parte, es necesario evitar la codicia de los musulmanes con la acumulación o colección de las concubinas, como si se tratara de coleccionar automóviles. La experiencia de la partnership no puede limitarse al campo de las relaciones que prevean la relación sexual y no es imposible, de hecho es deseable, tener más amigos en el otro sexo.
Fin de la Segunda Parte (2/3)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 25 de Agosto de 2015
Notas
¹ Es decir, deforme o bien defectuoso con respecto a la integridad o a la finalización procreativa fisiológica.
² Summa Theologiae, II-II, q.152, a.4.
³ Perfectae caritatis, n. 5; Lumen Gentium, nn. 42, 44.
⁴ Cf. mi libro La coppia consacrata, Edizioni Vivere In , Monopoli (BA), 2008.
⁵ "Una sola es mi paloma", dice el texto de Cant 6,8. Cristo tiene una sola esposa, aunque hoy ciertos ecumenistas descriteriados hablan de una multiplicidad de "iglesias".
⁶ Aquí tenemos el verdadero radicalismo, no el de Pannella y el de Bonino.
⁷ Esta reciprocidad también se nota en muchas parejas de santos religiosos. Es suficiente para todos el ejemplo de san Francisco y santa Clara.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.