viernes, 21 de agosto de 2026

Amonestar a los pecadores

El papa León XIV ha convocado un gran encuentro en el Vaticano del 7 al 14 de octubre de 2026, centrado en la familia y en la exhortación Amoris laetitia. Se trata de una reunión sinodal con presidentes de Conferencias Episcopales y jefes de Iglesias orientales para profundizar en la recepción de este documento del Papa Francisco. Los temas principales serán: la realidad y belleza de las familias actuales, los jóvenes y la vocación matrimonial, los primeros años de matrimonio como etapa decisiva, el acompañamiento en las dificultades de la vida, las familias cristianas como sujetos de misión. Como aporte de este blog a la reflexión preparatoria de este magno encuentro iremos publicando en estos meses varios artículos del padre Giovanni Cavalcoli durante los años 2014 a 2016, referentes a los dos Sínodos sobre la Familia y a la exhortación Amoris laetitia. Comenzamos por su discurso final al Sínodo de 2014. [En la imagen: el papa Francisco durante su discurso final al Sínodo de 2014].

Amonestar a los pecadores
Discurso final del papa Francisco al Sínodo

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el día 27 de octubre de 2014. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/ammonire-i-peccatori-prolusione-finale-al-sinodo-del-sommo-pontefice-francesco/)

El reciente Sínodo de los Obispos, como es sabido, ha elaborado ​​propuestas pastorales referidas a los valores y a los problemas de la familia para ser sometidas en el futuro a las decisiones del Papa. Tales propuestas están contenidas en el documento final del pasado 18 de octubre. Ellas contienen indudablemente la confirmación de la concepción católica de la familia, la alabanza y el aliento a las familias que viven honestamente, santamente y a veces heroicamente su vocación, en medio de riesgos, privaciones, sufrimientos y peligros, venciendo obstáculos y superando, con la ayuda de Dios, pruebas de diversa índole.
Se habla también de otras formas de relación o de unión varón-mujer civiles o extraconyugales e incluso de uniones homosexuales, con la intención de rastrear o recuperar también valores, posibilidades de rescate, de elevación y de mejoramiento, de comprender o excusar dificultades insuperables, de elaborar para ellos un modus vivendi adecuado a ellos, que les permita dar una contribución al bien de la sociedad y de la Iglesia, asegurando también a ellos la posibilidad de la salvación, dado que, como es sabido, Dios quiere que todos se salven y da a todos tal posibilidad, incluso a aquellos que no pueden o no quieren no por culpa de ellos sino en buena fe acceder a los sacramentos.
El examen de estas propuestas, sin embargo, para un ojo atento, revela la existencia de una grave laguna, la cual fue evidenciada el día 14 de octubre en relación con el informa o "relación Erdö" del cardenal Stanisław Gądecki, Primado de Polonia, quien tuvo que observar: "Durante el debate de hoy ha surgido el hecho de que la doctrina expuesta en el documento ha omitido por completo el tema del pecado. Como si hubiera vencido la visión mundana y todo fuera imperfección que conduce a la perfección".
El Papa, en el discurso hecho al Sínodo el 18 siguiente, ha retomado esta sabia observación y recordado: "La tentación del buenismo destructivo, que en nombre de una misericordia engañadora, venda las heridas sin antes curarlas y medicarlas; que trata los síntomas y no las causas y las raíces. Es la tentación de los 'buenistas', de los temerosos y también de los así llamados 'progresistas y liberalistas', la tentación de transformar la piedra en pan para romper un ayuno largo, pesado y doloroso (cf. Lc 4, 1-4)". Quizás el Santo Padre habría podido pronunciar el término exacto: "modernistas".
¿Qué significan estas palabras del Papa? Un principio que debería ser evidente para todos los buenos pastores, a saber, que es ciertamente necesario ante todo comprender al pecador en sus debilidades y animarlo a desarrollar sus buenas cualidades, según las palabras consoladoras del divino Maestro: "No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante" (Mt 12,20). Pero todo esto no es fin en sí mismo, sino que sirve luego para quitar el pecado y hacer frente al vicio y corregirlo. Asimismo, un buen médico, cuando se encuentra ante un enfermo, indudablemente evalúa cuáles son sus recursos sanos, pero a fin de ver cómo utilizarlos para vencer al mal.
El remedio a este laxismo irresponsable o quizás incluso culpable no son ni siquiera la rigidez intelectual y el rigorismo obtusamente anclado en el pasado, de quienes ceden, como se ha expresado el Papa, a la tentación del "endurecimiento hostil", a quienes ha llamado "tradicionalistas", donde no es difícil reconocer a los nostálgicos de los métodos educativos del preconcilio, como si en estos cincuenta años la pastoral de la sexualidad inspirada en el Concilio no hubiera hecho ningún progreso. No hay en las palabras del Papa, evidentemente, ningún ataque a la Tradición como tal, sino a un modo de concebirla, que la opone a la reforma conciliar.
Estos "tradicionalistas" de mente estrecha y de corazón frío, con el pretexto de la defensa de los valores absolutos y del dogma, descuidan, en el plano de la concreta guía de las almas, la atención al bien que se encuentra no en el pecado, sino en el pecador, y la exigencia de seguirle el paso como la madre que camina despacio para acompañar los pasitos de su bebé. Los verdaderos educadores saben cuán graduales son los caminos de perfección y de liberación del vicio y del pecado.
Los ancianos recordamos bien cómo era el clima formativo y del confesionario antes del Concilio Vaticano II en el ámbito confesional de los pecados del sexo y sin ser modernistas no lo lamentamos en absoluto. Por ejemplo, existía la costumbre de que el confesor acusara fácilmente de pecado mortal a un penitente por un pequeño acto involuntario e inconsciente, realizado sin malicia y bajo la presión de un impulso imprevisto. Los jóvenes que hoy se la agarran con el Concilio quizás no sepan bien cómo eran antes las cosas. Con esto, naturalmente, estoy a mil kilómetros de aprobar los excesos opuestos y el desenfreno de hoy, que se quiere presentar bajo la égida de la "madurez afectiva", del progreso, de la libertad y de la misericordia.
El Santo Padre, por su parte, en el mismo discurso, ha indicado el camino correcto en una sabia combinación de justicia y misericordia, promoción y corrección, firmeza y flexibilidad, respeto a los principios y atención a los casos individuales, todo en un gran amor por las almas y la Iglesia, con dedicación, preparación teológica y espíritu de servicio.
Pero volviendo al Sínodo, parecería en cambio que estos buenos Obispos con sus discursos buenistas y pacifistas, no tienen experiencia del confesionario. Si viene un penitente a decirme que ha cometido un adulterio, o que se ha enamorado de otra mujer, o que va con prostitutas, o que tiene una relación extraconyugal, o que convive con otra mujer, o que es un divorciado vuelto a casar, o que es un homosexual, lo escucho benévolamente y trato de entender su situación y sus dificultades, trato de hacerlo consciente de cuanto en estas relaciones puede existir de positivo y de animarlo en este sentido, pero es evidente que mi deber de médico de las almas será luego el de hacer que el penitente sea claramente consciente de su posición irregular o del estado de pecado en el cual se encuentra o por lo menos del hecho de que cuanto él hace no está bien y es un pecado, ya sea mortal o venial, del cual es necesario que se libere. Deberé advertirle bien de las trágicas consecuencias y del castigo divino, a los cuales se enfrenta si no se corrige, así como el médico advierte a un enfermo del corazón que si no se cura, le dará un infarto. De lo contrario, ¿qué médico soy? Ahora bien, ¿dónde están estas advertencias y estas consideraciones en el documento de los Obispos? Ellos parece que les dicen a todos: "Quédense tranquilos, respeten las elecciones de los demás, sigan así y verán que todo saldrá bien".
Si un documento de este tipo quiere ser verdaderamente serio, pastoral y formativo, tal como para hacer el bien de las almas, y no sólo distribuir caramelos y dar la apariencia de ser aquiescente al mal, deberá hacerlo bien, alabando y promoviendo lo positivo, pero también deberá agregar y precisar con seriedad y premura qué deben hacer los pastores para corregir a los pecadores y qué deben hacer ellos para solucionar sus problemas, liberarse de las dificultades, salir de las situaciones irregulares y liberarse de su pecado.
De esto sin embargo, incluso en el documento conclusivo del pasado 18 de octubre, no hay palabra, o al menos el discurso es demasiado escaso y genérico, y por tanto insuficiente. Cabe preguntarse por qué nuestros Obispos no han pensado en agregar las indicaciones antes mencionadas, que siempre han sido impartidas por todos los buenos pastores. ¿Es posible que el buenismo modernista les haya influido tanto? Parecería que todos estamos en el estado edénico y que ya no existen las consecuencias del pecado original.
De ahí las justas y graves observaciones no solo del Papa y del cardenal Gądecki, o de otros cardenales y teólogos, sino de todos aquellos, incluso comunes fieles y las propias familias, que a ellos se han unido, que están de corazón por el bien de todos y de toda la Iglesia. Ciertamente, muchas de estas personas alejadas, que vislumbran la verdad y no están obstinadas ni endurecidas en el pecado, sino que advierten el malestar de la conciencia y el deseo de estar en paz con Dios y con la Iglesia, están disponibles de diversas maneras para escuchar una palabra de paterna corrección, que les indique el camino de redención y de la liberación. Algunos tendrán necesidad de ser sacudidos con algo de energía para despertar del sueño y hacerse conscientes de su responsabilidad y de los graves riesgos que corren. De los demás será necesario cuidarse como de personas peligrosas. Para otros, no quedará otra cosa que hacer más que rezar para que se conviertan.
Es cierto que la Iglesia no excluye a nadie; pero el hecho es que estos infelices son los que no quieren pertenecer a la Iglesia o si dicen pertenecer a ella o tienen un concepto falso de la Iglesia o son ellos mismos falsos e hipócritas, que en realidad no quieren servir a la Iglesia, sino servirse de ella para sus propios intereses. Y si los médicos no hablan, no intervienen, se limitan solo a mirar, no hacen diagnósticos y sobre todo no curan, ¿qué será de los enfermos? O si los engatusan minimizando sus males, ¿cómo se podrán curar? O si no les muestran su mal, ¿no podrán estos enfermos llegar a pensar que lo suyo no sea un mal sino un bien?
Este modo de proceder de los Obispos podría favorecer en alguien la idea de que después de todo, al fin de cuentas, matrimonio indisoluble o disoluble, castidad conyugal o anti-concepción, relaciones matrimoniales o prematrimoniales, relación conyugal o extraconyugal, sacramento o convivencia, monogamia o poligamia, heterosexualidad u homosexualidad, no sean tanto alternativas respectivamente entre bien-acción honesta y mal-pecado, sino que sean simplemente opciones diferentes, dejadas a la libre elección de cada uno. Surge también la inquietante sospecha de que los Obispos, condescendiendo a tales engaños, se sientan intimidados por las presiones o por las amenazas veladas o abiertas de fuertes poderes, que podemos imaginar cuales pueden ser y que quieren hacer que la Iglesia desista de su fidelidad a sus principios morales, para que acepten las máximas del mundo.
Si las cosas están así, entonces nos podríamos preguntar, entre otras cosas, qué sentido tiene el sacramento de la confesión. ¿Qué le vas a decir al sacerdote? Y de hecho los confesores nos estamos dando cuenta del clima que se está creando: muchas veces los que entran al confesionario no tienen pecados de los cuales acusarse, sino que hacen un elenco de buenas obras asegurando al confesor hacer todo lo posible para ser un buen cristiano. Precisamente en ese lugar sagrado, donde más que nunca los fieles deberían ejercitar "con temor y temblor" (Fil 2,12) la humildad, sin vanas autojustificaciones, acusándose de haber pecado y aprovechar de la divina misericordia, precisamente allí, a los confesores nos toca, con disgusto escuchar la impía y farisaica bravuconería de quien se proclama bueno e inocente tal vez acusando a los demás. Y si nos atrevemos a recordarles cómo debemos confesar, se ofenden como si tuviéramos la osadía de acusar a un inocente y se ponen a acusarnos de maldad.
El hecho trágico es que el concepto del pecado como culpa a remover, es decir, como acto malo consciente y libre, se está volviendo raro, porque ya no se mide a la vista de una norma objetiva, absoluta, trascendente y dependiente de la voluntad de Dios, a Quien debemos rendir cuentas, sino que cada uno construye un código moral a su antojo, según su propia conveniencia, quizás influenciado por algún teólogo de moda, no llamado al orden por la autoridad eclesiástica. Dios se convierte simplemente en un notario benévolo de todo lo que a cada uno le viene en mente. Por eso, el llamado "penitente" -sería mejor decir "bravucón" o "fanfarrón"- no tiene ningún pecado que denunciar, del cual arrepentirse y pedirle perdón a Dios. Se confunde el confesionario con la ocasión de hablar a rueda libre de las cosas más diversas, desde la charlatanería hasta las cosas serias, pero que nada tienen que ver con las exigencias y por lo tanto con la validez del sacramento.
Frecuentemente es el penitente quien ya tiene por cuenta propia, bien arraigado un evidente mal hábito, una idea equivocada de la confesión y si el confesor intenta corregirla, el buen penitente se ofende y reclama como si fuera el confesor el incompetente o una persona cruel, que crea problemas que no existen y "no sabe dar una buena palabra". Pero entonces, en estas condiciones, ¿de qué cosa debería absolver el confesor? ¿Qué correcciones, reprimendas o reclamos puede hacer? ¿Cuáles advertencias? ¿Cuáles consejos? ¿Cuáles exhortaciones? ¿Cuáles mandamientos? Parece que el llamado penitente no espera curarse de una enfermedad, sino que espera ser aprobado en su conducta y elogiado por su buena salud. Es evidente el altísimo riesgo de que el penitente carezca de las condiciones para una verdadera confesión. Pero aquí está también la gran responsabilidad del confesor, que acostumbra mal a los fieles y transgrede el sagrado deber de recordar al penitente cuál es la verdadera manera de confesarse.
Por lo tanto, son siempre válidas para nosotros los sacerdotes y para nuestros Obispos las palabras del Apóstol a su dilecto Timoteo: "Proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar. Porque llegará el tiempo en que los hombres ya no soportarán la sana doctrina; sino que, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas" (2 Tm 4,2-4). Son los días de hoy.
Por tanto, el buen pastor debe estimular no sólo el amor por la virtud, sino también el odio por el pecado y por el vicio. Existen pastores buenistas que hablan siempre dulcemente del "amor" apropiadamente e inapropiadamente y les parece que hablar de "odio" sea inconveniente o contrario a la caridad. Se trata de un equívoco gravísimo. Ya santa Catalina de Siena, de cuya caridad no se puede dudar, fina psicóloga, mujer de buen sentido común y testigo de aquella que es la más elemental convicción de la conciencia moral natural, decía: "Cuanto más se ama el bien, tanto más se odia el mal". Y nótese bien: el mal, no el malvado, el cual de por sí es una creatura, para salvar la cual Cristo ha dado su sangre. Pero precisamente por amor al pecador se debe odiar su pecado, y el pecador mismo debe ser exhortado y ayudado a abandonarlo, así como es por amor del enfermo que el médico combate la enfermedad.
Por lo tanto, no bastan en el pastor y en el educador las alabanzas del bien, si él no crea en el discípulo una oposición decidida y fuerte al pecado, mostrando toda su fealdad y odiosidad; y si de una manera especial no le indica cuál es el camino para corregirse, bajo pena de perdición eterna; de lo contrario acaba creando dobles personalidades, cobardes, oportunistas y esquizofrénicos, que aprecian el bien moderadamente, por conveniencia, pero, siempre por conveniencia, ni siquiera rechazan el mal, viéndolo no como algo prohibido, sino simplemente diferente, útil para la ocasión, para mantenerlo por así decir "en reserva" y ponerlo casi a la par del bien y en compañía del bien. Aquí radica una cierta forma falsa de pluralismo y de respeto por las elecciones de los otros, que se traduce en la abstención de quienes, atendiendo solo a sus propios intereses, no se preocupan por los males y las desgracias de los demás con la excusa de dejarlos libres.
Es necesario, entonces, más radicalmente, recordar qué es el pecado. Los confesores palpamos en la práctica del confesionario cuantas veces quien se confiesa no se sabe confesar, porque tiene ideas equivocadas sobre el pecado o no saben qué es o niega haber cometido pecados, por lo muchas veces el primer acercamiento con el penitente requiere una previa y paciente catequesis sobre la confesión, sólo al término de la cual el penitente está en grado de decir qué pecados ha cometido. Sucede que al principio el penitente se sorprende, se irrita o no comprende, como si estuviera escuchando cosas extrañas que nunca antes había escuchado; pero con la paciencia y la caridad el confesor, quizás después de un largo coloquio introductorio, logra conducirlo a las condiciones adecuadas para hacer una buena confesión. Así como existen las catequesis prematrimoniales, así también son útiles las catequesis de introducción al sacramento de la confesión, quizás incluso en penitentes de sesenta o setenta años, "católicos" desde la infancia, pero mal habituados.
Se agrega la particular dificultad de los pecados en el sexo, donde no solo se debe vencer una pasión frecuente, impetuosa, insidiosa y muy atrayente, a menudo ornada de brillantes colores, sino que sobre todo hay que tener presente el hecho de que el pecado sexual no tiene al principio la apariencia del mal, sino al contrario parece un bien y algo del todo natural: un acto ligado a la vida, a la juventud, al placer, al amor, a la belleza, ¿cómo puede ser un mal, una mala acción? Por lo tanto, es necesario mostrar la realidad más allá de las apariencias, hacer razonar y explicar el por qué es un pecado, ya que, como es sabido, la ética sexual está sustancialmente dictada por la ley natural, antes de ser un precepto del Evangelio o de la Iglesia. Por ello, basta que el sujeto esté influido por concepciones fenomenistas, emotivistas, existencialistas, empiristas, freudianas, hedonistas o irracionalistas o falsamente místicas, hoy difundidísimas, y tendrá que hacer un enorme esfuerzo por comprender los motivos y las razones de la ética sexual. Por tanto, los Obispos también deberían corregir estas ideas. ¿Pero qué hacen ellos?
Los Obispos por lo tanto deberían recordar por qué todas las desviaciones sexuales y los pecados contra la familia son pecados, y en fin, como siempre se usa en la tradición educativa o pastoral católica, deberían recordar al menos los medios principales naturales y sobrenaturales, para evitar el pecado, no excluida la ayuda eficaz, que puede provenir de un sano temor de Dios. Está en cambio muy difundida una falsa concepción de la divina misericordia, por la cual cada uno podría seguir tranquilamente sus propios deseos en la ilusoria seguridad de salvarse, presunción de origen luterano, justamente condenada en su momento por el Concilio de Trento.
Aparte de los pastores buenistas que tratan duramente y atemorizan a los pocos buenos, que sin embargo son tímidos, los pastores de hoy se abstienen demasiado del reproche y de la corrección. Coincido a pleno con el famoso dicho de ese gran guía espiritual que fue san Francisco de Sales: "para corregir al pecador, es mejor una cucharadita de miel que un barril de vinagre"; sin embargo ese gran maestro de la vida devota, creo, estará de acuerdo conmigo aunque invierta su dicho en este sentido: Es mejor una cucharadita de medicina amarga, administrada con amor, que mil palabras dulces pero aduladoras, que dejan al enfermo en la condición de enfermo, dándole quizás la ilusión de estar bien y de ser simplemente un "diferente".
Los Obispos hablan oportunamente de "familias heridas". Ahora bien, sin embargo, donde hay un hombre herido, habitualmente también está el heridor. Por lo tanto, es correcto tener compasión y misericordia por el herido, pero para el heridor o contra el heridor se necesita justicia y tal vez incluso severidad. Se habla de "desafíos" a la familia; de acuerdo, pero recordemos que en el campo moral el desafiante es un pecador que quiere inducirnos al pecado.
Se habla de "sufrimientos" y de "injusticias sufridas". Está bien, pero recordemos el pecado de quien hace sufrir a los otros o comete injusticias. Si una pobre mujer sufre porque el marido la ha traicionado, esto sucede porque el marido ha pecado contra ella. Misericordia para la mujer, pero justicia para el marido. ¿Y entonces no será necesario tener en cuenta también todas estas cosas?
Se tiene la impresión de que los Obispos, cuando se acercan en sus discursos al tema del pecado, se detienen con una especie de puritana discreción. Esto no está bien. Es aquí donde se nota una carencia, que roza la hipocresía o el miedo a tocar a los poderosos. ¿Qué misericordia es aquella que no defiende a los débiles de los prepotentes, sino que considera a estos simplemente "diferentes", libres para continuar su vida? ¿No sería, ésta, una burla atroz para los pobres oprimidos y perseguidos? Las sanciones penales todavía se usan en la Iglesia. El problema es el de usarlas con justicia. Si hacen uso de ellas los modernistas y los buenistas, sálvese quien pueda.
Por lo tanto, esperamos que el documento final de los Obispos, rico de muchas ideas positivas y alentadoras, se complete sin embargo con estas notas y estas advertencias. De lo contrario, corresponderá al Santo Padre tomar las medidas oportunas para garantizar a este Sínodo el verdadero logro de su objetivo de incrementar ulteriormente, cum Petro y sub Petro, los valores de la familia, y de abordar y resolver los problemas a ella relacionados.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 26 de octubre de 2014

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum pastoralis cura debeat limitari ad comitatum et comprehensionem peccatoris,
vel etiam debeat eum admonere et corrigere ad liberationem a peccato

Ad hoc sic procediturVidetur quod sufficiat comitari et comprehendere peccatorem.
1. Quia Christus misericordiam ostendit dicens quod arundinem confractam non confringet nec linum fumigans exstinguet, et ideo correctio videretur contraria teneritati evangelicae.
2. Praeterea, Ecclesia neminem excludit, et si instetur de peccato et de eius consequentiis, multi possent se sentire reiecti et magis elongari, quod esset contrarium spiritui inclusionis.
3. Item, in mundo hodierno requiritur sermo positivus qui loquatur de amore et misericordia, quia loqui de peccato et de poena videtur durum et parum pastorale, et posset videri rigorismus.
4. Denique, documenta recentia loquuntur de familiis vulneratis et de doloribus, et ideo sufficit comitari et consolari, sine necessitate instandi de peccato, quod esset sermo negativus et parum constructivus.

Sed contra est quod Apostolus docet: praedica verbum Dei, insta opportune importune, argue, increpa, exhortare, in omni patientia et doctrina (2 Tm 4,2-4). Papa commemoravit tentationem bonismi destructivi, quae consistit in vulnera ligare antequam sanentur. Sancta Catharina Senensis affirmat: quanto magis amatur bonum, tanto magis odium habetur contra malum.

Respondeo dicendum quod vera pastoralis cura consistit in sapienti coniunctione iustitiae et misericordiae, promotionis et correctionis, firmitatis et flexibilitatis. Necessarium est peccatorem in infirmitatibus suis comprehendere et eum in bonis qualitatibus animare, sed hoc non est finis, sed medium ad liberationem a peccato. Bonus pastor debet excitare non solum amorem virtutis, sed etiam odium peccati et vitii. Si omittitur admonitio de peccato, periculum est falsi pluralismi, ubi bonum et malum apparent sicut simplices optiones diversae. Multos paenitentes ad confessionale venire sine conscientia peccati, et confessoris est eos patienter instruere, ostendendo foeditatem mali et necessitatem conversionis. Peccatum sexuale, propter apparentiam boni, requirit catechesim profundam ad ostendendam veram malitiam. Advertitur etiam quod falsa conceptio misericordiae ducit ad praesumptionem salutis sine conversione, quod est error a traditione damnatus. Ergo misericordia sine correctione est fallax, et correctio sine misericordia est hostilis; vera pastoralis cura utrumque coniungit in amore animarum.

Ad primum dicendum prolixius quod Christus quidem arundinem confractam non confringet, sed propter amorem peccatoris ostendet ei peccatum ut convertatur, sicut medicus curat infirmum pugnando contra morbum.
Ad secundum dicendum latius quod Ecclesia neminem excludit, sed qui corrigi noluerit seipsum excludit. Correctio non est reiectio, sed vera caritas, quia quaerit salutem peccatoris. Multos remotos paratos esse ad audiendam paternam correctionem, et aliquos indigere etiam vehementer excitari ad evigilandum de somno.
Ad tertium dicendum breviter quod loqui solum de amore et inclusione sine mentione peccati est gravissimum aequivocum, quia verus amor odit malum et quaerit liberationem. Si pastores abstinent a correctione, male assuefiunt fideles et transgrediuntur officium animarum ducendarum.
Ad quartum dicendum amplius quod comitari familias vulneratas est necessarium, sed etiam peccatum laedentis est indicandum, quia aliter relinquit victimam sine iustitia et reum sine correctione. Misericordia pro muliere tradita requirit iustitiam pro marito qui contra eam peccavit.
   
JG

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