viernes, 7 de agosto de 2026

Los deberes del Sumo Pontífice y los grados de la infalibilidad (2/2)

¿En qué consiste realmente la autoridad del Papa y cuáles son sus límites? ¿Puede equivocarse en el gobierno pastoral sin comprometer su infalibilidad doctrinal? ¿Qué valor tienen los distintos grados de enseñanza pontificia, desde el dogma solemne hasta las homilías cotidianas? ¿Cómo debe ejercerse la corrección frente a teólogos indisciplinados o corrientes modernistas que se infiltran en la Iglesia? En esta segunda parte de su artículo, el padre Giovanni Cavalcoli examina los niveles de infalibilidad, las tareas del Papa como maestro y juez supremo, y las exigencias de santidad y prudencia en su ministerio. Se trata de un texto que invita a reflexionar sobre la grandeza y la fragilidad del ministerio petrino, y sobre la obediencia confiada que la Iglesia debe al sucesor de Pedro.

Los deberes del Sumo Pontífice y los grados de la infalibilidad

Segunda Parte

(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 3 de marzo de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/i-compiti-del-sommo-pontefice-ed-i-gradi-della-infallibilita/)

Según la nota explicativa de la Congregación para la Doctrina de la Fe a la Carta Apostólica Ad tuendam fidem de san Juan Pablo II de 1998, la infalibilidad pontificia en el enseñar las verdades de fe se plantea sobre tres grados de autoridad: uno máximo, uno medio, uno mínimo. Estos tres grados se justifican en relación con tres niveles de firmeza o certeza o credibilidad con los cuales un maestro puede proponer la misma verdad de fe. El Papa puede hablar o en nombre de Cristo, suprema autoridad, o bien puede hablar como mandado por Cristo a anunciar el Evangelio, o bien como intérprete del Evangelio.
La doctrina enunciada en el primer nivel es el dogma definido, es decir, la proposición de fe que es definida por el Papa ex cathedra como de fe o como contenida en la Revelación -por ejemplo, la definición del dogma de la Inmaculada Concepción o de la Asunción de María al cielo-. Tal doctrina es objeto de fe divina o teologal. Negarla es herejía.
La doctrina del segundo nivel es derivada o deducida del dogma o es necesariamente conexa al dogma, por lo cual, si viene negada, viene negado el dogma. Por ejemplo, sostener el sacerdocio de la mujer no es directamente herejía, sino que es próximo a la herejía, porque contrasta con el sacramento del Orden, que es dogma de fe. O bien cuanto el papa Francisco ha enseñado sobre la misericordia. Estas doctrinas son objeto de fe eclesiástica o de fe católica. Negarlos es error próximo a la herejía.
Mientras que en el primer grado el Papa enseña simpliciter la doctrina de Cristo no en las formales palabras de Cristo, sino bajo forma de dogma, en el segundo grado enseña, como Vicario de Cristo, su interpretación del dogma y las verdades que deben ser respetadas para salvar el dogma, verdades racionales, como por ejemplo la ley natural o la existencia del libre albedrío o de la conciencia, y verdades de hecho o fácticas, como por ejemplo la legitimidad de un determinado Pontífice: si él en efecto no fuera legítimo, colapsaría todo cuanto él ha enseñado en términos de fe.
Luego, en el tercer nivel, el Papa deduce consecuencias, ofrece explicaciones e interpretaciones de su propia enseñanza en el segundo nivel. Es comprensible, entonces, que estemos aquí en el nivel más bajo de su autoridad; sin embargo, como hace entender el comentario de la Congregación para la Doctrina de la Fe al documento pontificio, prestemos atención y tengamos cuidado de que también aquí se trata siempre de materia de fe, aunque ya no se trate de prestar un asentimiento de fe teologal. Se trata, en cambio, de un "obsequio religioso de la voluntad". Hipotetizar, por lo tanto, que al menos en este nivel la enseñanza del Papa sea falible, es impensable. Negar estas doctrinas es desobediencia a la doctrina de la Iglesia.
Como ejemplos de este último nivel podemos pensar en las consecuencias que el papa Francisco extrae de su enseñanza sobre la misericordia, en relación al deber de cada fiel de abrirse mayormente a las necesidades de los demás, sobre todo de los pequeños, de los pobres y de los que sufren, al deber de perdonar a quien se arrepiente, de tolerar a los débiles y a los incapaces. El Papa es el supremo predicador del Evangelio, supremo e infalible custodio y transmisor de la Palabra de Dios, o más bien de la divina Revelación contenida en la Escritura y en la Tradición. Él tiene la tarea de promover un conocimiento cada vez mejor de la Palabra de Dios estimulando los dones proféticos, los estudios bíblicos y teológicos y la predicación del Evangelio en toda forma, modalidad y grado. Debe afrontar y resolver las grandes cuestiones doctrinales y disciplinarias, sobre todo aquellas que puedan turbar a la Iglesia, sirviéndose de sus colaboradores, de expertos y de la Curia romana, empezando por la Congregación para la Doctrina de la Fe y, en los casos más serios, de la obra de los sínodos episcopales y sobre todo de los concilios ecuménicos.
El Papa debe prestar particular atención al trabajo de los teólogos, que parecen a veces dotados de dones proféticos, trabajo en sí preciosísimo, pero que hoy frecuentemente produce preocupaciones a los buenos fieles y a la Iglesia misma por la independencia de algunos del Magisterio de la Iglesia y, por lo tanto en último análisis, de la Palabra de Dios y de la fe misma. El teólogo puede, con su investigación, proponer nuevas interpretaciones del dato de fe, que pueden ser aprobadas por el Magisterio e incluso al nivel del dogma; pero ciertos teólogos, por su indisciplina, tienen necesidad de ser corregidos. Gran influjo tienen hoy también los periodistas tanto para el bien como para el mal: el Papa tiene la tarea de seguir e de ser informado sobre sus ideas, que pueden influir a un público vastísimo tanto para bien como para mal.
El Papa debe promover el diálogo religioso y sapiencial con todos los hombres de buena voluntad, sea cual sea la cultura o la religión a la cual pertenezcan, incluidos los no creyentes. Debe iluminar a los ciegos, acercar a los más lejanos, mejorar a los más cercanos, reconciliar entre sí a los adversarios, corregir a los que se equivocan, amonestar a los pecadores, aconsejar a los que dudan, alentar a los pusilánimes, intimidar a los arrogantes, reprender a los soberbios, consolar a los afligidos, rogar a Dios por los vivos y por los muertos.
El lenguaje del Papa debe ser digno, acorde con su dignidad, ni demasiado elevado o refinado, ni secular y vulgar, para que la gente, incluso los más alejados de la fe, se den cuenta de que están ante un hombre de Dios, un signo de la bondad y de la misericordia divina entre los hombres. Debe "expresar cosas espirituales en términos espirituales" (1 Cor 2,13).
Los grados de autoridad del magisterio pontificio aparecen de algún modo en el género de los documentos pontificios. Partiendo desde lo alto, tenemos las solemnes definiciones dogmáticas, que son eventos muy raros. Descendiendo se pasa a las Cartas Encíclicas y aún bajando encontramos denominaciones diversas como "Carta Encíclica", "Constitución Apostólica", "Carta Apostólica", hasta llegar a los discursos, las audiencias generales, los discursos de circunstancia y las homilías de las Santas Misas.
El Papa actual tiene mucha inventiva en el adoptar nuevos medios de predicación que antes eran impensables para un Pontífice, como la entrevista, el teléfono, twitter y otros. Prestemos atención a que la novedad y la modestia del medio no nos haga olvidar la importancia del magisterio pontificio. Por cuanto respecta al gobierno de la Iglesia ("pasce oves meas") -poder de santificación, poder pastoral, jurisdiccional y administrativo- el Papa posee ciertamente un carisma a este propósito, pero no es infalible, ni es impecable, aunque se debe presuponer, en principio, que normalmente actúa con caridad, prudencia y justicia. Fortuna grandísima es cuando tenemos Papas santos. Los lefebvrianos, que se declaran a sí mismos tan religiosos, no son en esto excusables ni justificables en su injusta polémica contra los Papas del Concilio y del postconcilio. Pero en este campo, incluso un Papa con óptimas intenciones y óptimos principios puede estar mal informado, mal aconsejado, estafado. Como se ha puesto de manifiesto a lo largo de la historia de la Iglesia, él mismo puede tener defectos morales, como apego al poder, arrogancia, ambición, parcialidad, impetuosidad, deslealtad, favoritismo, terquedad, desconfianza, indecisión, molicie, tergiversación, timidez, astucia, respeto humano, etc.
El Papa es el promotor y el custodio supremo e inapelable de la unidad y de la concordia en la Iglesia, en el pluralismo de las legítimas tendencias. Él debe difundir la Iglesia en el mundo, debe sostenerla ante los poderes terrenales y defenderla de los ataques de los enemigos. Pero no está dicho que todas sus iniciativas sean necesariamente las mejores; de hecho, a veces puede cometer verdaderos y propios errores o puede descuidar su deber o no estar a la altura de las circunstancias o carecer de imparcialidad.
El Papa, como supremo juez y magistrado de la Iglesia visible, está obligado a hacer respetar el orden y la ley por parte de todos los fieles. Por lo tanto, tiene la facultad de excomulgar a los cismáticos, los desobedientes, los rebeldes, los herejes. Hoy el uso de la excomunión es muy raro. Pero no es que no sean muchos los que, según la ley, merecerían ser excomulgados ya sea por sus ofensas al Papa o a la Iglesia o por sus infracciones a la disciplina eclesiástica o por su falsificación de la doctrina de la fe. Pero los Papas, sobre todo a partir del postconcilio, prefieren comúnmente afrontar la grave cuestión de los merecedores de excomunión, que hoy son muchísimos, incluso en los altos puestos de la Iglesia, con medios más de carácter pastoral que canónico, con gestos suaves pero significativos, que no tienen una configuración jurídica, pero que de todos modos nos hacen comprender la desaprobación del Papa, como la corrección fraterna, desplazamientos, degradaciones, aislamiento, reducción de los cargos, suspensión de la docencia, alejamientos, promoveatur ut amoveatur, interrupción o enfriamiento de las relaciones. Nada canónico; pero quien tiene orejas para entender, entiende; se trate de los fieles o del interesado.
Es interesante notar como los papas del postconcilio no han mencionado jamás ni a Rahner ni a los rahnerianos, aunque esta corriente modernista está muy extendida incluso en los altos puestos; pero el Pontífice no pierde la ocasión de refutar con gracia y agudeza los errores del rahnerismo.
El Papa también puede imponer una excomunión injusta y por tanto inválida y nula. Este es el caso de la excomunión infligida por Alejandro VI a Savonarola. Durante mucho tiempo ha habido dudas sobre si Savonarola tenía razón al hablar de excomunión "subrepticia". El padre Giacinto Scaltriti, que durante cincuenta años se ha dedicado al estudio de este intrincado caso, ha llegado a la conclusión, sobre la base de pruebas seguras, que Savonarola tenía razón. Por este motivo, la Orden Dominicana desde hace algún tiempo se ha hecho promotora de la causa de beatificación del mártir dominico.
El Papa, como todo buen cristiano, debe hacerse santo y, en efecto, como Papa, ser ejemplo para los demás fieles. Este deber aparece aún más claro, si pensamos en el oficio que tiene el Papa, como sacerdote y obispo, de santificar a los fieles. Y este oficio aparece aún más, si pensamos que él, siempre como Papa, es el sumo liturgo y supremo moderador en la Iglesia de la administración y de la disciplina de los sacramentos.
Sin embargo, si bien Cristo ha asegurado al Papa, como maestro de la fe ("confirma fratres tuos") la inerrancia o la infalibilidad, no le ha asegurado, aunque no le falte la gracia, la impecabilidad, que no pertenece a nadie, ni siquiera al más santo de los hijos de Adán. El Papa, por lo tanto, puede pecar tanto en su conducta moral personal, como en su modo de gobernar la Iglesia ("pasce oves meas"). Como supremo pastor del rebaño de Cristo, como juez y magistrado en las causas de la Iglesia, y en las relaciones de ésta con los poderes mundanos, puede cometer imprudencias, injusticias, abusos, infracciones a la ley.
El Papa es la cabeza del Colegio Cardenalicio y del Colegio Episcopal. Desde el punto de vista sacramental, es el obispo de Roma y, por lo tanto obispo como todos los demás. Sin embargo, solo el obispo de Roma es el Romano Pontífice. Su primado sobre los obispos no es un primado sacramental, sino de magisterio, de santificación y de jurisdicción y consiste en el confirmarlos en la fe y apacentarlos como parte elegida del rebaño de Cristo. De hecho, como sucesores de los apóstoles, ellos son sus estrechos colaboradores en el anuncio del Evangelio y en la guía de la Iglesia. El colegio episcopal unido al Papa, en su ministerio doctrinal, es infalible.
Cristo ha conferido a Pedro un poder espiritual, obviamente sin prohibirle ejercer una administración terrena, como lo testimonia el hecho de que Judas "guardaba el cofre". Así, desde los primeros siglos, la sede romana ha comenzado a administrar una serie de territorios paulatinamente en aumento ya sea porque fueron donados a los Papas por los poderosos de la tierra o por particulares o porque espontáneamente se ofrecieron a estar bajo la dirección temporal del Papa. Así nacieron los Estados de la Iglesia o Estados Pontificios, que asumieron su máxima extensión y poder en el siglo XVI. Entonces sucedió que el papado se ha encontrado gradualmente y cada vez más comprometido en un gobierno temporal tan absorbente que terminaba por impedir al gobierno espiritual una más amplia libertad y, en ciertos aspectos, si ofrecía a la Santa Sede una independencia de los otros Estados europeos, constituía un contra-testimonio a causa del hecho inevitable de proponerse y de actuar como fuerza terrena contra otras fuerzas terrenas, entre otras cosas con medios bélicos o guerreros, que bien poco recordaban el reino de Cristo que no es de este mundo.
La reforma tridentina ciertamente dio al papado un nuevo impulso espiritual, pero no puso en cuestión la tarea de tener el deber de gestionar inmensos territorios por aquel tiempo, por consiguiente siempre con el renovado riesgo del temporalismo y la excesiva implicación en los asuntos terrenos y políticos.
Todavía hoy el Papa es un jefe de Estado, la Ciudad del Vaticano, entidad estatal minúscula, cuya guía por otra parte el Pontífice confía a una especial gobernación dirigida por laicos, lo que evidentemente deja al Papa toda la libertad para dedicarse en plenitud a su ministerio espiritual de pastor universal de la Iglesia.
Lo que recordamos con nostalgia del Medioevo de un Inocencio III o un Gregorio IX es aquella unidad religiosa, que lamentablemente ha sido rota con la reforma luterana. Solo durante aquel breve período el papado logró ser el señor espiritual de Europa utilizando su poder temporal para el bien de Europa. En tal modo, la Santa Sede pudo conquistar de toda Europa una estima que desde entonces no ha llegado a reconquistar.
El Concilio Vaticano II programa una renovación también en el ejercicio del ministerio pontificio, presentándole una más estrecha comunión con el episcopado (colegialidad) y una impronta más misionera y evangelizadora, abierta a todos los hombres de buena voluntad, creyentes y no creyentes, sobre todo aquellos que buscan la verdad y la justicia y tienen necesidad de la divina misericordia. Es el programa del papa Francisco, al que deseamos pleno éxito y al cual prometemos plena obediencia, confiándolo a María Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia.

Fin de la Segunda Parte (2/2)

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 17 de febrero de 2015

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum doctrinae Papae in variis gradibus auctoritatis possint esse fallibiles

Ad hoc sic procediturVidetur quod doctrinae Papae possint esse fallibiles.
1. Quia quidam tenent solas definitiones sollemnes ex cathedra esse infallibiles, dum ceterae doctrinae errorem continere possunt. Hoc videtur validum, quia Concilium Vaticanum I condiciones sollemnes ad dogmata definienda statuit, et extra eas videretur nulla absoluta veritatis cautio dari.
2. Praeterea, dicitur doctrinas connexas dogmati non esse proprie dogmata, et ideo posse disputari. Hoc videtur probabile, quia negare veritatem connexam non est formaliter haeresis, et ideo aliqua fallibilitas admitti posset in eius doctrina.
3. Item, asseritur doctrinas tertii gradus, sicut interpretationes vel applicationes pastorales, ex circumstantiis historicis et culturalibus pendere, et ideo posse esse fallibiles. Hoc videtur firmum, quia Papa potest in iudiciis practicis vel in applicationibus particularibus errare, et sic eius auctoritas doctrinalis in dubium vocaretur.
4. Denique, dicitur Papam, in regimine pastorali et disciplinari, posse committere errores, iniustitias vel imprudentias, et ideo non esse infallibilem in omnibus quae docet. Hoc videtur rationabile, quia assistentia Spiritus Sancti non praestat impeccabilitatem moralem nec perfectionem in gubernatione.

Sed contra est quod Scriptura dicit: “Confirma fratres tuos” (Lc 22,32). Christus Petro promittit assistentiam Spiritus Sancti ad fratres in fide confirmandos. Concilium Vaticanum I affirmat Papam, cum de fide et moribus ut magister universalis docet, infallibilem esse. Congregatio pro Doctrina Fidei exponit quod etiam in gradibus inferioribus doctrinae requiritur religiosum obsequium voluntatis et intellectus. Sanctus Augustinus ait: Roma locuta, causa finita.

Respondeo dicendum quod doctrinae Papae, in variis gradibus auctoritatis, semper sunt infallibiles quoad veritatem fidei, licet non omnes eundem assensus modum exigant. In primo gradu Papa dogmata ex cathedra definit, quae sunt obiectum fidei divinae et theologalis, et quorum negatio est haeresis. In secundo gradu Papa docet doctrinas connexas dogmati, quarum negatio est error prope haeresim, quia indirecte ipsum dogma laedit. In tertio gradu Papa interpretationes et applicationes doctrinae suae proponit, quae religiosum obsequium voluntatis requirunt, licet non fidem theologalem. Negare eas est inobedientia doctrinae Ecclesiae. Infallibilitas pontificia igitur ad hos omnes gradus se extendit, quia semper agitur de materia fidei, licet cum diversis certitudinis et assensus gradibus. Papa est praedicator Evangelii supremus, custos Revelationis et unitatis Ecclesiae. Promovere debet cognitionem Verbi Dei profundius, corrigere theologos indisciplinatos, fideles dirigere et concordiam tueri. Licet errare possit in regimine pastorali, in vita personali vel in decisionibus disciplinaribus, numquam potest errare in doctrina fidei, quia hoc esset contra promissionem Christi et assistentiam Spiritus Sancti. Etiam cum humilibus mediis utitur, sicut colloquiis vel nuntiis brevibus, eius magisterium auctoritatem Verbi Dei retinet.

Ad primum dicendum quod condiciones Vaticani I summum certitudinis gradum ostendunt, sed alios infallibilitatis gradus non excludunt; etiam extra definitiones sollemnes Papa infallibilis est in materia fidei.
Ad secundum dicendum quod doctrinae connexae dogmati necessariae sunt ad ipsum dogma tuendum; negare eas indirecte fidem laedit, et ideo infallibiles sunt.
Ad tertium dicendum quod doctrinae tertii gradus, licet ex circumstantiis historicis pendeant, tamen ad materiam fidei pertinent et religiosum obsequium requirunt; earum fallibilitas est impensabilis, quia Papa in fide errare non potest.
Ad quartum dicendum quod Papa potest in regimine pastorali vel in vita personali errare, sed hoc infallibilitatem doctrinalem non tangit; promissio Christi praestat ut numquam veritatem fidei cum errore confundat, et eius magisterium cum fiducia et obedientia recipiendum est.
   
JG

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