domingo, 9 de agosto de 2026

La fantateología de algunos periodistas

¿Quién tiene derecho a hablar de teología en los medios? ¿Qué sucede cuando periodistas improvisados se convierten en jueces de la fe sin preparación ni criterio? ¿Por qué se reduce tantas veces la verdad a etiquetas políticas como “progresista” y “conservador”? ¿Qué responsabilidad debería asumir el periodista católico al informar sobre la Iglesia y su doctrina? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli denuncia la “fantateología” periodística y propone un camino más serio y honesto: beber de fuentes seguras, respetar el Magisterio y ofrecer al público una información que eduque, ilumine y fortalezca la fe. El texto del docto teólogo dominico, que ofrecemos aquí en lengua española, nos invita a reflexionar sobre la misión del periodismo religioso y su papel en la nueva evangelización. [En la imagen: fragmento de "Newspaper Sellers", óleo sobre tablero, 1986, obra de Andre de Beer].

"2001 Odisea en el espacio",
o sea: la fantateología de algunos periodistas

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en L’Isola di Patmos el 9 de enero de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/2001-odissea-nello-spazio-ovverosia-la-fantateologia-dei-giornalisti/)

En la vida es importante saber emprender la carrera correcta, la adecuada, conforme a las propias capacidades, sobre la base de sanos criterios de discernimiento, sin ambiciones y sin demoras. Sucede en cambio que hay quien, por diversos motivos, emprende un camino que no es el suyo, confundiendo su auténtico camino con otro, que es el que ha elegido, pero que hubiera hecho mejor en no elegir, porque así, aunque puede tener algún éxito, en realidad se hace daño a sí mismo y a los otros.
Ciertamente, algunos -acaso con títulos- se ven constreñidos a cumplir ocupaciones inferiores por no encontrar trabajo, y esta clase de personas son excusables, si es que no son más bien propiamente para compadecer. Pero sucede que cumplen bien con su deber, y ello también por el hecho de que quien sabe hacer lo más, sabe hacer también lo menos. Un graduado en medicina puede trabajar como cartero. Pero un cartero no puede curar una neumonía o una cirrosis hepática.
Aquellos que, en cambio, son de reprobar y que hacen mayor daño, son los ambiciosos y los presuntuosos, los cuales pretenden saber hacer o pensar más allá de sus reales capacidades, frecuentemente muy limitadas. Pero desgraciadamente sucede que quienes aspiran a hacerse jueces o guías de los demás, usan, como criterio para evaluarse a sí mismos y a los otros, no la sabiduría, sino la envidia y la presunción.
Los ejemplos que se podrían dar son muchísimos y tocan todo género de elección, de vocación, de profesión, de oficio, de carrera. Quiero aquí detenerme en un fenómeno que está muy extendido en la actualidad: la pretensión de ciertos periodistas de discutir o de sentenciar categóricamente, sin apelación y sin la debida preparación y competencia y por tanto sin el debido criterio de juicio, sobre teología, sobre cuestiones de fe, sobre ministerios y tareas eclesiales -por ejemplo la del Papa- o de asuntos de la Iglesia.
Ciertamente no está mal que grandes órganos de prensa presten tanta atención al Papa, a la Iglesia, a temas de doctrina y de moral, a la cuestión de los progresistas y de los conservadores, a nombres de teólogos o Cardenales famosos, a la suerte del cristianismo en relación con otras religiones, o a la relación del Concilio Vaticano II con el Magisterio precedente. Pero la cuestión es con cuánta preparación, objetividad y competencia y con cuánta exactitud de informaciones extraídas de cuáles fuentes ellos forman sus juicios, dan sus opiniones, conocen, reportan e interpretan los hechos.
¿En qué medida, por ejemplo, sobre todo aquellos que se dicen o son considerados católicos, conocen la verdadera naturaleza de la Iglesia tal como la Iglesia católica la entiende? ¿En qué medida saben distinguir, en las actividades o en el pensamiento del Papa, al Maestro de la fe del guía pastoral de la Iglesia y del doctor privado, según esos principios y criterios que recientemente hemos expuesto en este sitio a través de nuestros escritos? ¿Qué tan bien saben distinguir la doctrina de la fe de las diversas y contradictorias opiniones de los teólogos? ¿Qué tan bien pueden distinguir lo que es auténticamente católico de lo que no lo es? ¿En qué medida saben distinguir lo que es teología en el sentido científico de lo que es sólo un discurso religioso más o menos literario o mitológico?
Muy difundido, por ejemplo, está el hablar de los acontecimientos, de las iniciativas, de las obras o de las empresas de la Iglesia, creyendo decir la última palabra al considerar a la Iglesia desde un punto de vista puramente terreno o solo sociológico, e ignorando su esencia y sus finalidades sobrenaturales, como se puede hablar de una empresa multinacional o como si se tratara de una simple asociación filantrópica o humanitaria, tipo Amnesty International o Green Peace, o un partido político inmerso en los negocios de este mundo.
Es urgente aclarar de una vez por todas cuál debe ser la relación del periodista católico con el teólogo al tratar los asuntos de la fe y de la Iglesia de modo conveniente a fin de comunicarse con el mayor número posible de personas.
Ante todo, es necesario que el propio periodista sea teólogo, dada la materia que tiene que tratar, aunque no en términos científicos, sino comprensibles para el gran público. Por lo tanto, lo primero que debe hacer el periodista católico es comprender exactamente de qué se trata, recurrir cuidadosamente a fuentes seguras y confiables, obrar un discernimiento a la luz del Magisterio de la Iglesia, dar a la luz del Magisterio y bajo esa guía una evaluación objetiva, inteligente, desapasionada e imparcial de los acontecimientos, exponer en términos simples y populares las doctrinas, las novedades, las discusiones, las líneas de conducta, las actividades pastorales y los problemas relacionados con ellas, sin excluir una crítica constructiva y prudente, distinguiendo lo opinable de lo cierto, de modo de desarrollar una obra informativa y formativa al mismo tiempo, una acción educativa y un estímulo cultural, que puedan ayudar a los lectores a vivir mejor su fe y su pertenencia eclesial, de forma constructiva, con espíritu de colaboración, sano optimismo, bien defendidos de la insidia del error, en el ejercicio de las virtudes civiles y cristianas, deseosos de perfección evangélica.
Si existen periodistas que improvisándose teólogos van más allá de su competencia e invaden a veces con arrogancia y vano desparpajo el campo del teólogo, esto puede suceder también porque desgraciadamente existen teólogos que no tienen suficiente estima por la elevación de su disciplina, sino que la reducen o la resuelven al nivel de simple pastoral, por lo demás con tintes sociopolíticos, a veces extremadamente parciales y subjetivos, hasta el punto de despojar al discurso teológico de su independencia, libertad y universalidad, y transformarlo, humillarlo y encajarlo como en un lecho de Procusto, casi en los límites de una tesis o programa y plataforma de partido.
No es que de una teología no pueda nacer un partido político. Baste mirar la obra de ciertos grandes hombres como Ozanam, Acquaderni, Don Sturzo, Mounier, De Gasperi o Aldo Moro. Sin embargo, ellos primeramente, en la nobleza de sus ideas, rechazaban reducir el principio teológico trascendente e inmutable a la contingencia de una simple opinión política, por muy fundada que esté en ella.
No es que, por otra parte, naturalmente, no sea lícito y normal para el teólogo expresar opiniones, preferencias o hipótesis personales o elegir una corriente o tendencia o escuela teológica en lugar de otra o un maestro en lugar de otro. Y por otra parte, es evidente que la teología moral, para tener eficacia práctica, debe traducirse en teología pastoral y la propia teología dogmática o especulativa sólo puede ser eficazmente enseñada si el docente tiene en cuenta la pastoral de la enseñanza de esa disciplina. Sólo la teología especulativa es  fin para sí misma y debe ser buscada por sí misma como supremo goce del espíritu. La teología moral y la pastoral están ordenadas a la teología especulativa. El bien práctico a realizar se ordena está ordenado al Bien divino a amar y contemplar. Quien no tiene intereses especulativos puede convertirse en un fanfarrón poseyendo poder y riquezas, gozando de prestigio y afirmándose sobre los demás; pero en realidad es un infeliz. También puede ganar el mundo, diría Cristo, pero pierde su alma hecha para Dios y no para afirmarse a sí misma.
La felicidad del hombre no está en el buscar un Dios que salva el yo humano a la manera de Lutero, un Dios funcional y subordinado al hombre. En esto Lutero fue víctima inconsciente de ese antropocentrismo egocéntrico renacentista, que él también en estado consciente rechazaba, sino ante todo en el buscar a Dios por Dios, como decía santa Catalina de Siena. El replegamiento luterano del hombre sobre sí mismo bajo pretexto de la necesidad de salvación y de humildad en el dejar obrar a Dios, es un egocentrismo más sutil pero no menos real que ese rechazado por Lutero consistente en el jactarse de las propias obras delante de Dios.
Sin embargo, es erróneo, como hace Rahner, con el pretexto de que la indagación teológica y la enseñanza de la teología requieren una praxis, reducir toda la teología a teología pastoral, suprimiendo la característica propia, la trascendencia y la autonomía de la teología especulativa, que la distinguen de la teología pastoral. Una visión similar subyace a la concepción rahneriana del conocimiento, el cual es al mismo tiempo praxis, según el módulo idealista fichtiano, de origen cartesiano, según el cual el espíritu produce o sitúa ("setzt") el ser mismo que conoce, identificándose el ser con la idea inmanente al pensamiento y producida por el pensamiento.
En realidad, si la teología moral debe tener una salida o resolución en la praxis, ya que es lógico que sea necesario poner en práctica el bien previamente conocido por la teoría, también es necesario recordar el primado de la teoresis sobre la praxis, o bien de la especulación sobre la acción en relación al fin último del hombre, que es la contemplación de la suprema Verdad. Por lo cual, si es cierto que necesitamos saber qué debemos hacer para ponerlo en práctica y se debe, como se suele decir, "pasar de las palabras a los hechos", es también cierto que la acción humana está orientada en último análisis, a la divina contemplación. En este sentido, la teología especulativa es irreducible a la pastoral. Una vida humana ocupada y orientada sólo al hacer, carece de su anhelo fundamental y supremo, que es el interés por el fin último y la conquista del supremo Bien, que es precisamente la visión de Dios.
De una teología politizada y secularizada como la modernista o la liberacionista, no es de extrañar que salga un periodismo que trata la teología como si fuera un chisme de pasillo o una maniobra de partido o una trama reaccionaria o un movimiento revolucionario o una coalición de arribistas o una expresión de poder o un desfile de modas o el desfogue de un resentimiento o una publicidad disparada por el loco de turno: parece, en estos casos desgraciados, que lo importante no sea, como en cambio debe ser, iluminar, hacer conocer, plantear cuestiones e ideas a investigar, informar sobre nuevas conquistas, reafirmar valores tradicionales, ayudar a comprender el Magisterio, profundizar, suscitar debates, animar, consolar, confortar, educar el sentido crítico, abrir el corazón a la esperanza, hacer amar a la Iglesia y a la verdad de fe, alimentar la caridad y la virtud, favorecer el diálogo y la concordia, resolver los contrastes.
Sin duda, alguien me dirá: ¡pero esto le compete al Obispo! ¿No estamos esperando demasiado de un pobre reportero? Ciertamente; pero yo no estoy diciendo que todo esto debiera ser harina de su costal o debiera brotar de su mente como Minerva de la cabeza de Júpiter. Bastaría que el periodista se mantuviera sistemáticamente en contacto con buenos ambientes de la Jerarquía, en contacto con teólogos o con la misma Santa Sede, sin recoger calumnias, maledicencias, bajas insinuaciones, revelación de secretos, acusaciones no verificadas, chismes, malicias, murmuraciones, que lamentablemente también pueden provenir de prelados y Cardenales. El periodista debería tener la prudencia y el olfato para sacar de las sanas fuentes el agua saludable, que brota para la vida eterna, dejando de lado las ciénagas, los pantanos, las arenas movedizas, el fango, las fuentes envenenadas, aun a costa de renunciar eventualmente a alguna buena compensación o a algún favor.
Un grave vicio frecuente en el mundo del periodismo, efecto y al mismo tiempo estímulo de una generalizada desconfianza en la verdad, es el hecho de reconducir cuestiones de doctrina y de moral no a las categorías de lo verdadero y de lo falso, en las cuales no se cree y son relativizadas, por lo cual no se busca esclarecer dónde está la verdad y dónde está el error, a la luz de la razón o de la ciencia o de la historia o de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia. En cambio, todo parece ser resumido a dos categorías extraídas de la política: "progresistas" y "conservadores", donde el "progreso" es aprobado, admirado, glorificado, exaltado y magnificado con elogios y estima, propuesto como modelo a imitar; mientras que el "conservar" parece ser objeto de desprecio, de repugnancia, de condena, de desaprobación, de escarnio y de rechazo.
Es evidente que tales apelativos sustituyen respectivamente las nociones de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal. Pero esto quiere decir navegar continuamente en lo incierto, en la duda, en el equívoco, en la ambigüedad, en la niebla, en lo opinable, en lo subjetivo, en las apariencias, en el "se dice", en lo relativo, en lo discutible, en lo arbitrario, en lo turbio, en lo precario, en lo efímero, en lo mutable, sin llegar nunca al fondo de nada.
No hay duda de que lo opinable, el parecer, el videtur, la apariencia, el fenómeno, lo relativo, lo mutable, tienen una dignidad. Ya nos lo ha enseñado Platón. Pero el mismo gran sabio también nos ha enseñado la suprema dignidad de lo verdadero, de lo eterno y de lo inmutable, valores que han sido plenamente asumidos por la concepción cristiana del conocimiento, como aparece con evidencia, por ejemplo, en el realismo de un santo Tomás de Aquino.
La persistente rabia modernista y evolucionista contra el conservar es una gran estupidez. Probablemente son precisamente esos mismos modernistas los que conservan con esmero su capital bancario, los ricos muebles de su casa o las fotos de los nobles antepasados. ¿Y entonces? ¿Por qué no debería ser encomiable y un deber conservar el depositum fidei? ¿Con qué necedad se acusa al cardenal Raymond Leonard Burke de ser "conservador" por el simple hecho de querer conservar las verdades de fe? Por citar uno de los tantos ejemplos de una cierta teología periodística revuelta e improvisada.
Los apelativos de "progresista" y "conservador" son de por sí del todo inocentes y normales, ya que en la Iglesia, cualquiera -dentro de los límites de la ortodoxia y de la disciplina eclesiástica- es libre de preferir una tendencia conservadora o una progresista. Pero la deslealtad, por no decir la perfidia, de los modernistas, consiste en dar a un "conservador" un sentido despreciativo, mientras que se reservan para sí mismos pomposamente el título honorífico de "progresistas".
Es necesario, por tanto, que los periodistas teólogos sean dotados de una regulación, precisamente a fin de poder desarrollar mejor su preciosísima profesión, que es una verdadera misión. Por tanto, sería bueno que el periodista que trata de teología en la prensa católica y no-católica, que trata de cosas de la Iglesia, de doctrinas de fe y de moral, del ministerio del Papa, de la Santa Sede y de los obispos, de las obras de los teólogos y escritores eclesiásticos, de las relaciones de la Iglesia con la política y con las otras religiones, de sínodos y de Concilios, de sacramentos o de liturgia, de hagiografía y de historia de la Iglesia y derecho canónico, estuvieran en posesión de algún título académico en teología, tal vez diocesano, y por tanto sujetos a la autorización y al control de la autoridad eclesiástica.
De tal modo los periodistas teólogos, ya no francotiradores, que en la actualidad pueden inventar cada día una nueva, sino profundamente conscientes de su grave responsabilidad, verdaderamente libres bajo el impulso del Espíritu Santo, podrán desarrollar mejor su utilísimo servicio al pueblo de Dios y a todos los hombres de buena voluntad, como verdaderos miembros de la Iglesia, en colaboración con la jerarquía y el Santo Padre, con los buenos teólogos y con todos los fieles comprometidos en la nueva obra de evangelización proclamada por el Sumo Pontífice.
En esta batalla por el Reino es necesario terminar de una buena vez con la armata Brancaleone, y decidirse finalmente a estar unidos y concordes bajo la guía del Vicario de Cristo para la expansión del Reino de Dios y el triunfo de Cristo sobre las potencias del mal.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 2 de enero de 2015

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum diurnaria de rebus fidei exerceri possit sine formatione theologica
et sine relatione ad Magisterium

Ad hoc sic procediturVidetur quod diurnaria de rebus fidei possit exerceri sine formatione theologica et sine relatione ad Magisterium.
1. Quia diurnarius, cum sit communicator professionalis, potest de qualibet materia, etiam religiosa, referre sine studiis theologicis. Hoc videtur validum, quia libertas diurnaria ius tribuit de omnibus rebus publicis opinandi, etiam de religione.
2. Praeterea, dicitur quod exigere formationem theologicam a diurnario libertatem eius et creativitatem limitaret. Hoc videtur probabile, quia fides ad ambitum personalem pertinet et non debet imponi ut criterium professionale.
3. Item, asseritur populum quaerere informationem celerem et facilem, non tractatus doctrinales; ideo diurnarius debet simplificare et accommodare contenta, etiamsi rigor theologicus minuatur. Hoc videtur firmum, quia communicatio moderna brevitatem et sermonem popularem requirit.
4. Denique, dicitur Ecclesiam ipsam indigere vocibus criticis externis, quae eam ab extra spectent sine condicionibus doctrinalibus, ad servandam transparentiam. Hoc videtur rationabile, quia independentia diurnarii obiectivitatis esset cautio.

Sed contra est quod Scriptura dicit: “Qui loquitur, loquatur tamquam sermones Dei” (1 Pe 4,11). Magisterium docet communicationem de fide servire debere veritati revelatae. Ratio etiam postulat ut qui de aliqua materia iudicat, in ea sit peritus, sicut medicus in medicina vel iurisperitus in iure.

Respondeo dicendum quod diurnaria quae de rebus fidei et Ecclesiae tractat, debet illuminari a theologia et regi a Magisterio, quia eius munus non est solum informare, sed etiam formare et aedificare in veritate. Diurnarius catholicus, cum de doctrina, moribus vel ministeriis ecclesialibus loquitur, debet cognoscere naturam supernaturalem Ecclesiae et distinguere inter magisterium infallibile, doctrinam pastoralem et opinionem privatam. Officium eius est fideliter, prudenter et clare communicare, fontibus certis innitendo et vitando confusionem inter theologiam et politicam. Defectus praeparationis adducit ad “fantatheologiam”, ubi fides ad ideologiam vel spectaculum redigitur. Diurnarius debet esse quodammodo theologus popularis, qui veritatem in sermone accessibili tradere potest sine detrimento substantiae. Theologia speculativa primatum servat supra praxim, quia finis ultimus hominis est contemplatio summae Veritatis. Ideo diurnaria religiosa debet servire veritati et non moda, bono et non potestati, aedificationi spirituali et non sensacionalismo. Diurnarius debet manere in contactu cum fontibus certis, cum hierarchia et cum bonis theologis, vitando rumores, calumnias et opiniones arbitrarias. Sic tantum suum munus ut cooperans in nova evangelizatione adimplere poterit.

Ad primum dicendum quod libertas diurnaria veritatis responsabilitatem non excludit; qui de fide sine cognitione theologica communicat, in errorem inducere potest.
Ad secundum dicendum quod theologia libertatem non limitat, sed eam ordinat ad bonum et ad veritatem; sine ea opinio fit arbitraria et subiectiva.
Ad tertium dicendum quod simplificatio substantiam destruere non debet; diurnarius potest esse clarus sine superficialitate, si fontibus certis et Magisterio innititur.
Ad quartum dicendum quod critica externa utilis esse potest, sed tantum si cum reverentia et scientia fiat; independentia non est veritatem ignorare, sed eam servire sine mundanis commodis.
   
JG

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