Este nuevo artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos lleva a la isla de Patmos, donde el apóstol Juan escribió el Apocalipsis, y desde allí ilumina la crisis actual de la Iglesia. ¿No es significativo que el exilio de Juan se convierta en símbolo de fidelidad heroica frente a persecuciones y divisiones? Este texto del docto teólogo dominico denuncia la fractura entre lefebvrianos y modernistas, ambos pretendiendo monopolizar la verdad, y muestra cómo esa oposición estéril impide la unidad que el Concilio Vaticano II quiere promover. ¿No es urgente recuperar la síntesis entre tradición y progreso, conservación y renovación, para que la Iglesia sea un testimonio creíble de salvación? La propuesta es clara: reconciliar las corrientes, aceptar integralmente el Magisterio y vivir bajo la luz del mensaje apocalíptico, que no es catastrofismo, sino esperanza y paz en Cristo. [En la imagen: fragmento de "San Juan en Patmos", óleo sobre panel de roble, hacia 1489, obra de Jerónimo Bosch, El Bosco, conservado y expuesto en la Gemäldegalerie de Berlín].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 19 de agosto de 2026
El apóstol Juan en Patmos
El apóstol Juan en Patmos
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 19 de Octubre de 2014. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/lapostolo-giovanni-a-patmos/)
Como es bien sabido, la isla de Patmos, en el archipiélago de Grecia, está ligada al exilio de Juan Evangelista, autor del libro del Apocalipsis, que comienza precisamente su escrito con las siguientes palabras: "Yo, Juan, vuestro hermano compañero vuestro en la tribulación, en el reino y en la constancia de Cristo, me encontraba en la isla llamada Patmos a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús" (Ap 1,9).
El apóstol Juan experimentó aquellos sufrimientos que Cristo prevé para los que le seguirán y que Él mismo ha sufrido dándonos el ejemplo y al mismo tiempo brindándonos coraje, paciencia, consuelo y ánimo, cuando Jesús nos advierte que los discípulos serán reprobados y sufrirán injusticias y abusos de parte de las autoridades civiles y religiosas, serán calumniados, marginados, traicionados y abandonados por familiares y amigos a causa del Evangelio. Pero ellos deben considerarse a sí mismos bienaventurados, porque padecen aquello mismo que han sufrido los profetas y el mismo Hijo del hombre (cf. Mt 5,10-12).
La figura del "exilio" en oposición a la "patria" es tradicional en la simbología cristiana: el hombre, expulsado del paraíso terrenal, vive ahora en una tierra de exilio, ciertamente creada por Dios y no privada de belleza, pero también afligida por muchos males y muchas miserias.
La vida cristiana implica, por lo tanto, la perspectiva de alcanzar la verdadera patria en el cielo aceptando serenamente el exilio y preparándonos en él para el ingreso en la verdadera patria de la vida eterna. Como sabemos, este tema por el cual vivimos ahora en un mundo "de abajo", en el cual hemos caído después de un prevaricación originaria, distanciándonos de la divinidad, no está ausente incluso en ciertas antiguas sabidurías paganas, como por ejemplo en Platón, en Plotino, en el mismo gnosticismo y en la antigua filosofía de la India.
La diferencia con el cristianismo está dada por el hecho de que mientras estas visiones paganas son dualistas, por lo cual la desgracia del espíritu humano es la de haber caído en la materia -que por tanto es necesario abandonar para alcanzar la pura espiritualidad- en la concepción cristiana, que de todos modos acoge un primado del espíritu sobre el cuerpo, incluso el mundo material presente es sustancialmente bueno y creado por Dios, por lo que no debe ser abandonado, como si fuera malo en sí mismo, sino que ante todo debe ser liberado del mal. Es eso lo que es enseñado por el dogma de la resurrección de la carne.
Como es sabido, Juan escribe en Patmos el libro del Apocalipsis para confortar a los cristianos y a la Iglesia misma en sus pruebas y sufrimientos por la Palabra de Dios. ¿Qué sentido tiene, entonces, intitular este sitio web ¹ como el lugar en el cual el Apóstol y Evangelista nos ha dado el ejemplo de tal heroica fidelidad suya al Señor?
Los fundadores del sitio web: monseñor Antonio Livi, el padre Ariel S. Levi di Gualdo y yo, tenemos la intención de retomar y aplicar a la actualidad el mensaje de Juan y poner bajo su patrocinio y su intercesión nuestra iniciativa, con la comprobada certeza de que también en la Iglesia de hoy -y quizás hoy más que nunca- aquellos católicos que quieren vivir plenamente su fe y su comunión eclesial con la Iglesia y con el Sucesor de Pedro encuentran en el mensaje apocalíptico de la Palabra de Dios la luz para comprender la situación que la Iglesia está viviendo y la sabiduría y la fuerza para vivir hoy como fieles hijos de la Iglesia.
El término apocalíptico en el lenguaje vulgar evoca la idea de inmensas conmociones, calamidades y desastres; pero los biblistas saben bien que apocalíptico significa simplemente referencia al libro escriturístico del Apocalipsis, el cual ciertamente profetiza esos hechos espantosos, pero en una clave teológica muy precisa, que nada tiene que ver con el mórbido gusto derrotista por lo hórrido y los cataclismos como fines en sí mismos; y ni siquiera por un catastrofismo pesimista, que no sabe captar los valores y los lados buenos de la Iglesia de hoy y los elementos de esperanza que le son brindados por la divina Providencia.
Nada tenemos que ver, por lo tanto, con aquellos "profetas de calamidades", amargados y amargadores, aterrorizados y aterradores, desesperados y desesperantes, hacia los cuales san Juan XXIII puso en guardia a la Iglesia en su famoso discurso programático Gaudet Mater Ecclesia en la apertura del Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962.
Es cierto que el profeta bíblico y la profecía en general en la historia de la Iglesia denuncia a menudo pecados e injusticias, los cuales serán seguidos por los castigos divinos; es cierto que los males y calamidades que ellos identifican y resaltan son presentados por ellos como efectos de la infidelidad a la Alianza, sin temor a repugnar y oponerse a los poderosos, los abusadores, los responsables del gobierno civil y sacerdotal, incluso hasta llegar a pagar a veces con la vida una denuncia tan valiente. Pero es igualmente cierto que los falsos profetas son aquellos que dicen, por puro interés o por miedo, que todo va bien para no irritar a los poderosos, y para que así los delitos permanezcan impunes.
La necesidad más urgente de la Iglesia de hoy, en nuestra opinión, es la de la concordia y de la colaboración recíproca entre los católicos sobre la base de la única fe custodiada por el Sucesor de Pedro. El Concilio Vaticano II -o dice la propia palabra "concilio"- ha venido a reconciliar las opuestas facciones. Por tanto, el Vaticano II indica el camino de la unión y de la paz, en la justicia y en la verdad. Desgraciadamente, en cambio, ha sucedido que a partir del inmediato período postconciliar los católicos se han dividido en dos partidos, lefebvrianos y modernistas, en lucha entre sí y reclamando ambos la autenticidad de ser católicos.
Indudablemente la Iglesia en sí misma permanece una, en cuanto la unidad es un factor necesario de su esencia. Tal unidad se realiza en la comunión de los santos, es decir, de quienes están en comunión visible o invisible de gracia entre ellos, en la participación explícita o implícita en los mismos sacramentos de la Iglesia y en la obediencia explícita o implícita al Sumo Pontífice. Ellos rechazan los opuestos extremismos, aunque en cada uno de estos existan valores y una comunión parcial con la Iglesia. Pero el problema hoy es el de aunar y conjugar de hecho valores parciales que están hechos de por sí para crear una única síntesis y un único organismo que es precisamente la Iglesia en la plenitud de sus elementos, de sus carismas y de sus factores. En cambio, los opuestos partidos, habiendo tomado posesión de una parte de los valores de la Iglesia, oponen una parte a la otra, en lugar de unirlas en ese todo armonioso que es precisamente la Iglesia. Así, por ejemplo, la conservación debe estar unida con el progreso y lo perenne con el cambio, la Tradición con la Escritura, distinguiendo el conocimiento de fe, que continuamente progresa, del objeto de la fe que, como verdad divina, es fijo e inmutable. En tal modo se evitan tanto un rígido fijismo como un relativista evolucionismo.
El punto de la discordia entre las dos partes es la interpretación del Concilio, por la cual ambos creen encontrar una discontinuidad con el Magisterio precedente, debido al hecho que el Concilio habría asumido plenamente, in toto, esa modernidad que la Iglesia hasta entonces había combatido: por tanto -dicen- un cambio doctrinal, a tal punto de asumir lo que antes se rechazaba y condenaba.
En los lefebvrianos y en los modernistas esta interpretación causa dos efectos opuestos o se inserta en dos opuestos marcos de referencia: para los lefebvrianos el Concilio habría traicionado la Tradición, habría cambiado la esencia de la Iglesia, y asumido los errores del modernismo ya condenados por san Pío X. De ahí el rechazo por parte de los lefebvrianos de las nuevas doctrinas del Concilio juzgadas falsas, por no decir heréticas. Por tanto, ellos consideran que deben rechazarlas apelando directamente a la Tradición, que el Papado posconciliar habría abandonado para dejarse influir por los errores del mundo moderno.
Por su parte, los modernistas han reconocido la intención del Concilio de proponer un catolicismo actualizado y moderno, pero se han hecho la convicción de que la Iglesia con el Concilio ha asumido finalmente, tras siglos de clausura, insensatas condenas y estériles polémicas, los valores de la modernidad, por los cuales deben ser negados o cambiados o abandonados los dogmas definidos en el pasado. Pero esto no supone ningún problema para los modernistas, porque según ellos el Magisterio de la Iglesia no es infalible, no existe una verdad inmutable, sino que la verdad -según ellos- siempre es relativa a la evolución histórica y a la diversidad de las culturas. No existe nada fijo y estable, sino que todo cambia, todo está en devenir, todo es relativo. Dios mismo deviene. Creer que existe algo que no cambia, quiere decir -según ellos- aferrarse en vano y neciamente a lo que inexorablemente cambia y desaparece, a lo que ya no es actual, quiere decir conservar lo que ya no sirve más, lo que ya no dice nada y está superado por la historia.
Lo que era falso ayer para los modernistas es verdadero hoy y para no quedarse atrás en el camino de la historia, se debe estar en el hoy, no retornar al ayer. La verdad -según ellos- es lo que el mundo piensa hoy, no importa si contrasta con cuanto se pensaba ayer, porque hoy estamos más avanzados que ayer. No existen valores perdidos que recuperar, sino que siempre es necesario avanzar hacia nuevas conquistas. No es necesario verificar si lo nuevo refleja la verdad; lo verdadero es simplemente lo nuevo en cuanto nuevo. Por lo tanto, para los modernistas, el progreso doctrinal implica de modo totalmente normal contradicciones con las precedentes enseñanzas de la Iglesia.
Se trata en el fondo y básicamente del esquema hegeliano del devenir. Así -para los modernistas- en el pasado la Iglesia estuvo equivocada y finalmente con el Concilio ha corregido sus errores, denunciados por los reformadores del pasado, como por ejemplo Lutero. Por esto el ecumenismo es entendido por los modernistas no en armonía con la conservación integral de los dogmas católicos, sino como aceptación de las doctrinas de los hermanos separados que en el pasado, sobre todo en el Concilio de Trento, habían sido condenadas por la Iglesia. Por lo cual no se debe tener ningún escrúpulo en abandonar o al menos en relativizar esos dogmas católicos que no son reconocidos por los protestantes.
Esta afinidad que los modernistas tienen con los protestantes los lleva, a imitación de Lutero, a promover el conocimiento de la Escritura y del mensaje cristiano, así como el progreso teológico sin tener en cuenta el Magisterio, sino apelando directamente a la Biblia o a los exégetas modernos, incluidos los protestantes, así como los lefebvrianos critican el Magisterio conciliar apelando directamente a la Tradición. Por lo tanto, unos y otros pasan por alto el Magisterio y se sitúan por encima de él y lo juzgan, en lugar de aceptar dócil y confiadamente por la mediación del Magisterio la interpretación de la Escritura y de la Tradición -como sin embargo deberían hacerlo si fueran verdaderos católicos.
Existe, sin embargo, esta diferencia entre los lefebvrianos y los modernistas, que mientras estos últimos no tienen escrúpulos en impugnar ciertas doctrinas del Concilio que ellos consideran superadas o atrasadas, así como cualquier otra enseñanza de la Iglesia sobre la base de su evolucionismo dogmático, los lefebvrianos al menos saben conservar con diligencia los dogmas del pasado, pero sólo hasta el Concilio Vaticano II, después del cual, según ellos, el Magisterio habría degenerado, de modo que ellos se sienten en el deber de custodiar la "Tradición" contra el mismo Magisterio.
Que en la Iglesia puedan existir dos corrientes, una sanamente tradicionalista, más sensible a la conservación de los valores más sagrados y perennes, como por ejemplo los de la liturgia, y otra, más atenta al elemento histórico, al desarrollo del dogma y al progreso de la vida cristiana, corriente que podríamos llamar "progresista", es algo del todo normal, útil y, de hecho, necesario para la integridad y la buena marcha y funcionamiento de la Iglesia en su aspecto humano y social. De hecho, estas dos corrientes, si se mantienen en el ámbito de la ortodoxia y de la disciplina eclesiástica, están hechas a propósito para complementarse entre sí y para colaborar entre sí en la promoción de la única fe y de la única caridad.
En cambio, se vuelven enemigas entre sí y dividen a la Iglesia cuando, por ambición, presunción o necesidad de protagonismo, se desmadran de la recta fe, de la común obediencia al Papa y de la observancia de la misma disciplina y caridad eclesial. Es necesario, pues, trabajar a fin de que lefebvrianos y modernistas, como buenos hermanos en la fe, lleguen a un acuerdo sobre la base común de ese catolicismo que todos quieren profesar. Es por lo tanto, urgente, mediante la verdadera implementación del Concilio, poner de relieve lo que puede favorecer el diálogo y el acuerdo, factor que en último análisis se puede resumir, por decirlo brevemente, en una aceptación sincera e integral del Magisterio de la Iglesia, tomando nota en particular del hecho de que las doctrinas del Concilio actúan un progreso en la continuidad.
Los modernistas deben, por lo tanto, amar una sana modernidad renunciando al modernismo, mientras que a los lefebvrianos no se les prohíbe en absoluto -de hecho es en gran medida recomendable- mantener una especial estima por la Tradición, a condición, sin embargo, de que comprendan que el Concilio no la traiciona en absoluto, sino que la confirma, la interpreta y la desarrolla. También es necesario que cada una de las dos partes reconozca los valores presentes en la otra y renuncie a considerarse como el único modo de ser Iglesia excluyendo o despreciando a la otra.
Esta nuestra revista telemática ² pretende, modesta pero sinceramente, contribuir a esta preciosa obra de acercamiento recíproco y de pacificación, a fin de hacer de la Iglesia de hoy un testimonio más creíble al mundo de la salvación que Cristo nos ha dado.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 1° de Octubre de 2014
Notas
¹ El padre Cavalcoli se refiere aquí al website L'Isola di Patmos, en el que escribió este artículo a fines de 2014, su primer artículo de una larga serie de ensayos en ese sitio web. JG
² Siempre el padre Cavalcoli se está refiriendo al blog L'Isola di Patmos. JG
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum unitas Ecclesiae conservetur
per integralem receptionem Magisterii Concilii Vaticani II
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod unitas non possit per Concilium Vaticanum II conservari.
1. Quia lefebvriani tenent quod idem Concilium Traditionem prodidit, essentiam Ecclesiae mutavit et errores modernisticos iam a sancto Pio X damnatos assumpsit. Unde censent novas doctrinas reiciendas esse, directe ad Traditionem appellando.
2. Praeterea, modernistae affirmant Concilium mutationem doctrinalem radicalem intulisse, infallibilitatem Magisterii negando et veritatem relativam atque mutabilem statuendo. Secundum eos, quod heri falsum erat hodie verum est, et progressus doctrinalis contradictiones cum praeteritis doctrinis implicat.
3. Item, utrique directe ad Traditionem vel ad Scripturam appellant, Magisterium praetermittendo. Si Magisterium non accipitur ut necessaria mediato, videtur impossibile concordiam obtineri, quia utraque pars supra Ecclesiam docentem se ponit.
4. Denique, quidam tenent duas partes esse irreconciliabiles, quia una perennia conservat et altera novum quaerit, et unire eas esset contradictorium. Oppositio inter fixismum et evolutionismum videtur insuperabilis.
Sed contra est quod Dominus noster Iesus Christus oravit ut omnes unum sint (Io 17,21). Concilium Vaticanum II, ex ipsius verbis, venit ad factiones oppositas reconciliandas, viam unionis et pacis in iustitia et veritate ostendens. Unitas Ecclesiae est factor necessarius eius essentiae et efficitur in communione sanctorum sub obedientia Summo Pontifici.
Respondeo dicendum quod Ecclesia manet una in sua essentia, sed hodie patitur divisionem dolorosam inter lefebvrianos et modernistas. Utraque pars possessionem valorum partialium Ecclesiae sumpsit, eos inter se opponendo potius quam in totum harmonice componendo quod est Ecclesia. Vera solutio est integraliter accipere Magisterium Concilii Vaticani II, quod Traditionem non prodidit, sed eam confirmat, interpretatur et evolvit, progressum in continuitate operans. Modernistae debent sanam modernitatem amare modernismo relicto, et lefebvriani Traditionem aestimare intellegentes Concilium eam non negare. Sic conservatio cum progressu, perenne cum mutatione, Traditio cum Scriptura coniungitur, distinguendo cognitionem fidei quae proficit ab obiecto fidei quod est fixum et immutabile. Hoc modo vitantur tam rigidus fixismus quam relativisticus evolutionismus. Urget igitur fovere dialogum et concordiam super communi fundamento sincerae et integralis receptionis Magisterii, ut Ecclesia sit testimonium credibile salutis.
Ad primum dicendum quod Concilium Traditionem non prodidit, sed eam confirmavit et evolvit. Reiectio lefebvriana ex falsa interpretatione nascitur quae Traditionem et Magisterium opponit, cum revera ambo coniungi debeant.
Ad secundum dicendum prolixius quod modernismus infallibilitatem negat et fieri absolutizat, sed Concilium docet progressum in continuitate, non rupturam. Veritas revelata fixa et immutabilis est, quamvis eius intellectus proficiat. Schema igitur hegelianum fieri ad doctrinam catholicam applicari non potest.
Ad tertium dicendum latius quod tam lefebvriani quam modernistae supra Magisterium se ponunt, directe ad Traditionem vel Scripturam appellando. Sed verus catholicus debet humiliter et fideliter per Magisterium, quod est mediato a Christo volitum, utriusque interpretationem accipere.
Ad quartum dicendum amplius quod duae partes, si intra orthodoxiam et obedientiam Papae manent, ad complementum et cooperationem in unica fide et caritate sunt ordinatae. Contradictio oritur solum cum a recta fide et disciplina discedunt, sed in se ipsae utiles et necessariae sunt ad integritatem Ecclesiae.
JG
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