martes, 11 de agosto de 2026

El fin no justifica los medios

¿Puede la política desligarse de la moral y reducirse a pura astucia? ¿Es legítimo que el gobernante engañe y manipule en pos del éxito o, peor aún, buscando sus intereses personales? ¿Qué valor tiene el axioma maquiaveliano de que el fin justifica los medios frente a la enseñanza cristiana de que ningún mal puede volverse bien? ¿Cómo distinguir la verdadera prudencia de la simple astucia que conduce a la hipocresía y al fariseísmo? En este artículo, el padre Cavalcoli examina con rigor la doctrina de Maquiavelo, mostrando sus contradicciones y su radical materialismo, y contrapone la visión católica que exige al político servir al bien común con honestidad, justicia y caridad. Un texto que interpela sobre el sentido moral de la acción política y la dignidad del servicio público. [En la imagen: fragmento de "Retrato de Niccolò Machiavelli", óleo sobre tabla, segunda mitad del siglo XVI, obra de Santi di Tito, conservado en el Palazzo Vecchio, Florencia].

El fin no justifica los medios

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 18 de mayo de 2015 en L’Isola di Patmos. Versión en italiano: https://isoladipatmos.com/il-fine-non-giustifica-i-mezzi/)

Todos conocemos el axioma que resume la doctrina de Maquiavelo sobre los deberes del príncipe: "el fin justifica los medios", aunque este principio no se encuentra en el texto maquiaveliano con estas precisas palabras. El axioma quiere significar que, si el fin es bueno, cualquier medio que sirve a la consecución del fin, es por eso mismo justo y bueno o, si es malo, deviene bueno. Sabemos también cómo esta máxima de Maquiavelo ha sido rechazada por muchos. Notable, por ejemplo, es el ensayo de Jacques Maritain "La fin du machiavelisme" en Raison et Raisons. Aquí me gustaría profundizar de manera especial en su crítica. Citamos ante todo las palabras del Secretario florentino contenidas en el famoso Príncipe:
"Ciertamente es muy laudable en un príncipe la exactitud y fidelidad en el cumplimiento de sus promesas, y que no eche mano de sutilezas y artificios para eludirle. Sin embargo, la experiencia de estos tiempos nos demuestra que entre los más que se han distinguido por sus hazañas y prósperos sucesos, hay muy pocos que hayan hecho caso de la buena fe, o que escrupulizaran de engañar a otros cuando les tenía cuenta y podían hacerlo impunemente… Me atreveré a decir que a veces sería peligroso para un príncipe hacer uso de las buenas cualidades, siéndole útil siempre hacer alarde de su posesión. Debe procurar que le tengan por piadoso, clemente, bueno, fiel en sus tratos y amante de la justicia; debe también hacerse digno de esta reputación con la práctica de las virtudes necesarias; pero al mismo tiempo ser bastante señor de sí mismo para obrar de un modo contrario cuando sea conveniente… Un hombre que quiere hacer en todas partes profesión de bueno, más le vale arruinarse entre muchos que no son buenos. Por eso es necesario aprender a poder ser no bueno, y a usarlo y no usarlo según la necesidad, mitad hombre, mitad bestia, ahora zorro, ahora león... El que ha sabido usar mejor al zorro, es al que mejor le ha ido... Pero siempre le es necesario ser tan prudente que sepa escapar de la infamia de aquellos vicios que le derrumbarían de su estado... Ya me guardaría yo bien de dar tal precepto a los príncipes si todos los hombres fuesen buenos; pero como son malos, y están siempre dispuestos a quebrantar su palabra, no debe el príncipe sólo ser exacto y celoso en el cumplimiento de la suya".
El defecto de este razonamiento de Maquiavelo no reside, como pudiera parecer, en el admitir que, para alcanzar ciertos fines, puede ser útil valerse en casos especiales de medios que en general están prohibidos. Si Maquiavelo se detuviera ahí, tendría razón. Sin embargo, esto no significa cohonestar un acto en sí malo. Pero esto no quiere decir que sea imposible revestir un acto genéricamente malo de circunstancias que en el caso específico lo vuelven bueno. En efecto, como se sabe, la misma moral tradicional, admite como legítima defensa el asesinato del injusto agresor. Asimismo también la mentira, que en su género es un mal, porque priva al oyente del derecho de saber la verdad, en ciertos casos, puede configurarse como legítima defensa contra quienes pudieran servirse de la noticia para hacer el mal, y por tanto devenir lícita, como resulta del comportamiento de Rahab, narrado en la Biblia (Jos 2,1-21), la cual mentira es premiada (Jos 6,22-25) y alabada en la Carta a los Hebreos (Heb 11,31) y por Santiago (Stg 2,25).
Existen, en cambio, actos malos que no pueden nunca volverse buenos, ni siquiera bajo ciertas circunstancias. Y es aquí donde Maquiavelo cae, porque para él no existe ningún acto absolutamente malo, mientras que por otra parte no cree que el bien deba ser siempre y absolutamente buscado. Un completo trastorno o inversión de la moral; el pecado deviene mandamiento, mientras que la virtud es despreciada.
No se trata, como algunos dicen, de la independencia de la política respecto de la moral. La acción política, en cuanto acto humano, es simplemente un acto moral que tiene como propósito el cuidado del bien común. Moral y política no pueden ignorarse entre sí, sino que la política no es más que la aplicación del principio moral en el ámbito de las relaciones sociales. La política simplemente debe determinar en el campo social lo que la ley moral deja indeterminado; pero no puede en absoluto contradecirlo. Nadie autoriza al político a ser un villano en nombre de la política. Sino que también el político, precisamente como político, está llamado, en el cristianismo, a hacerse santo. Maquiavelo, para aprender estas cosas, tenía ante sus ojos las espléndidas enseñanzas de Savonarola; pero no supo sacar provecho alguno de ellas.
Este relativismo y oportunismo moral Maquiavelo lo revela también al confundir la prudencia con la astucia, como aparece ya evidente del uso indiferente que Maquiavelo hace de las dos palabras. Esto quiere decir que recomienda el vicio en lugar de la virtud, ya que como enseña santo Tomás de Aquino la astucia es una falsa prudencia por la cual "aliquis, ad finem aliquem consequendum, vel bonum vel malum, utitur non veris viis, sed simulatis et apparentibus".
Y esto es precisamente lo que hace el astuto: para alcanzar su fin, que por otra parte no para ser necesariamente un fin bueno -lograr "hazañas y prósperos sucesos" no quiere decir nada todavía- finge ser bueno, íntegro y honesto, pero en realidad no lo es. Por consiguiente, la astucia es compañera de la hipocresía.
Un salmo de la Escritura alaba la astucia frente al "perverso" (Sal 17,27). Pero tratándose de defenderse contra un malhechor, entonces es claro que debe entenderse en el sentido de la prudencia, de esa prudencia, en la cual Cristo dice que debemos imitar a las serpientes. Por el contrario, el príncipe de Maquiavelo no tiene escrúpulo en engañar, dañar o explotar incluso a los inocentes, para lograr sus objetivos de dominación y de poder.
Para Maquiavelo, la bondad no parece ser un fin absoluto, sino que el fin es precisamente ese hacer "hazañas", lo que puede ser simplemente una voluntad de poder o de autoafirmación. Y si, al servicio de tal fin, sirve la bondad, bien, pero si se necesita la maldad, bien lo mismo. En un ambiente de malvados, el individuo, para Maquiavelo, si quiere hacer fortuna y afirmarse o al menos sobrevivir, debe a su vez ser malvado. Maquiavelo, para dar fuerza a su razonamiento sofístico, no concibe que el deber de ser bueno, sea, para decirlo con Kant, un imperativo categórico, aparte el hecho de que difícilmente encontraremos una sociedad del puros malvados, en la cual no brille alguna luz de bondad.
Una cosa es cierta: que Maquiavelo fue absolutamente incapaz de comprender el valor del martirio. Es evidente que Maquiavelo en sus consideraciones está movido por una simple perspectiva terrena. El destino del hombre se resuelve en este mundo, perder en este mundo quiere decir perderlo todo. Ser derrotados aquí abajo por ser fieles a un ideal más allá de lo mundano para Maquiavelo no tiene sentido. De donde podemos ver su radical impostación, no digo anti-cristiana, sino incluso materialista, porque incluso los sabios antiguos como Sócrates y Platón, supieron elevar la mirada más allá de los intereses y objetivos meramente terrenales para escuchar el imperativo absoluto e incondicionado del valor moral presente en la conciencia.
Con el formidable ejemplo de un Savonarola bajo sus ojos, Maquiavelo se limitó a un modesto elogio, quizás sin darse cuenta de que el ejemplo del heroico fraile era una negación radical de su lógica de la prepotencia. Es necesario observar por otra parte que, si el medio no es absolutamente bueno, ninguna circunstancia puede hacerlo bueno, la bondad del fin no puede hacerlo bueno. Por lo tanto, el fin no puede justificar un medio malo, así como Dios justifica al pecador haciéndolo devenir bueno. Robar para dar a los pobres sigue siendo siempre un robo, incluso si dar a los pobres es encomiable. Para que el medio sea bueno no basta que alcance efectivamente el fin; debe ser bueno en sí mismo. Ciertamente, robar para dar a los pobres puede ser un medio eficaz para beneficiar a los pobres, pero el hurto sigue siendo siempre un hurto.
Asimismo, si un medio es absolutamente malo, no puede volverse bueno. Esta impresión podría darla el homicidio y la mentira. Pero no son actos malos como tales, sino solo el homicidio de un inocente y la mentira al inocente. En caso contrario, como hemos visto, puede ser lícito asesinar o engañar al malhechor. Tenemos aquí por lo tanto una distorsión de valores, por lo cual la bondad está al servicio de la maldad. En todo caso, existe el amargo presupuesto de que el bien no puede vencer al mal, sobre todo en la relación social: bien podríamos tomar entonces a propósito el camino del mal en la falsa idea de podernos así defender y hacernos valer. Dado que los demás son malvados, si quieres sobrevivir y hacerte valer, también tú debes ser malvado.
Maquiavelo parece desdoblar absurdamente la idea del bien, casi como si debiera o pudiera existir un super-bien del hombre "más allá del bien y del mal", figuras relativas y funcionales al bien supremo, indiferente al bien y al mal o síntesis de entrambos. Aquí Maquiavelo parece preceder a Nietzsche. El bien parece consistir precisamente en esta oscilación, en este jugar hábilmente entre el bien y el mal según las conveniencias. Es la duplicidad erigida como sistema, en las antípodas de la franqueza y de la linealidad evangélica del "Sí, sí, no, no". No existe un bien puro y absoluto separado del mal; sino un vínculo indisoluble entre ellos, que parece ya preceder a la dialéctica hegeliana.
Al príncipe maquiaveliano no le interesa el servicio al bien común, sino sólo al suyo propio: mantener rigurosamente el poder, sea cual sea, y dominar a los otros. Ciertamente debe ser generoso y altruista; pero sólo cuando le conviene. Pero, de modo general, debe fingir, si quiere tener éxito y conservar el poder. Lo importante no es ser honesto, sino hacer creer a los demás de serlo. De aquí se entiende lo que propone Maquiavelo a su príncipe: lo importante no es servir al pueblo, sino sólo darle la apariencia. Lo importante es mantenerse a flote en todo momento mediante la honestidad y la deshonestidad. La historia, por otra parte, demuestra que también aquellos que siguen estas ideas no siempre hacen una fortuna y, de hecho, a menudo terminan mal, mientras que líderes políticos, jefes de Estado, soberanos honestos y valientes, también aunque no siempre todo vaya bien para ellos, sin embargo pueden tener un gran éxito, como lo demuestran los ejemplos en figuras nobilísimas, como la de un san Luis IX, un san Wenceslao, un Carlomagno, en el pasado, y en nuestros tiempos Alcide De Gasperi, Giorgio La Pira, Aldo Moro, Benigno Zaccagnini, John Kennedy, Martin Luther King, Gandhi y tantos otros. Por no hablar de los grandes Pontífices de la historia.
El príncipe maquiaveliano debe ser además un "artista", como se dice popularmente, siempre para tener en su mano el poder de dominar a los otros. A tal respecto, suscitan toda la admiración del astuto Florentino aquellos que "han sabido con astucia han sido capaces con astucia engañar los cerebros de los hombres" o como antes hemos traducido el texto de Maquiavelo: "engañar a otros cuando les tenía cuenta y podían hacerlo impunemente". Y aquí el discurso ciertamente puede extenderse a quienes aspiran a los primeros lugares también fuera de la política, en el campos de la cultura, de la ciencia, de la teología, de los cargos eclesiásticos. Y aquí tenemos la explosión del fariseísmo, triste deformación de la vida espiritual y de la vocación del teólogo y del pastor, plaga que no perdona a ningún siglo en la historia del cristianismo, escandalosa invasión y asfixia de lo espiritual por obra de intereses terrenales más o menos pecaminosos, sobre todo de poder, de dominio, de eficiencia, de prestigio, de éxito. Aquí se pone en obra la astucia más peligrosa y más cercana a la de la serpiente del Génesis (Gén 3,1), porque, si la astucia del político aprovechador daña o decepciona o engaña en los bienes económicos, la del mal pastor, la del falso profeta o la del pseudo teólogo manda el alma al infierno.
Uno de los mayores problemas o males que afligen hoy a la Iglesia es precisamente la multiplicación de estos sujetos, titulados o no titulados, diletantes o profesionales, los cuales, como me decía uno de mis Superiores dominicos, -no sé si con estas palabras se daba cuenta de que estaba repitiendo a Maquiavelo-, "distorsionan la mente de los fieles".
Otro defecto de Maquiavelo es la excesiva importancia que él da al éxito terrenal. No hay duda de que el programa político del príncipe aspira al éxito y puede estar apegado a él más de cuanto un obispo o un teólogo esperan éxito de su actividad. Sin embargo, también el príncipe cristiano no debe estar demasiado apegado al éxito y, para permanecer fiel a principios de honestidad, debe saber aceptar también el fracaso. Más vale un fracaso pero con la conciencia limpia que un gran éxito obtenido con engaños, corrupción y deshonestidad: "esa sutil astucia que tiende a inducir en el error" (Ef 4,14). Hoy, sobre todo detrás del formidable impulso que viene de la Iglesia a partir de León XIII hasta el actual Papa, muchas voces se han alzado para subrayar y exaltar la dignidad moral de la acción política al servicio del bien común y el estrecho nexo que una sana ética política debe tener con la del Evangelio.
Hoy más de una vez muchos, sobre todo jóvenes, comprenden y aprecian cuán noble y admirable es dedicar la propia vida al bien de los otros, quizás sólo por motivos humanitarios, a la rehabilitación y resaneamiento de la política, a la instauración y promoción de la justicia social, a la defensa de los oprimidos a costa de sacrificios y del fracaso e incluso a riesgo de la propia vida. Tras la amarga experiencia de las dictaduras del siglo pasado, parece que se constata una extendida repugnancia, al menos en los países occidentales no islámicos y no comunistas o de derecha, hacia el modelo maquiaveliano del jefe de Estado o del soberano o del líder político. Esto no quiere decir que el maquiavelismo haya sido derrotado tanto en la sociedad como en la Iglesia. El maquiavelismo es, por consiguiente, esas malas plantas sembradas por el pecado original, que siempre renacen si no estamos prontos y dispuestos a arrancarlas con el remedio de la honestidad, de la justicia y de la caridad.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 18 de mayo de 2015

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum finis possit justificare media

Ad hoc sic procediturVidetur quod finis possit justificare media ad eum consequendum.
1. Quia princeps, secundum Machiavellum, debet curare ut potestatem conservet et res gestas magnas efficiat; et si ad hoc necesse est uti astutia vel etiam mendacio, videtur quod finis nobilis conservandi ordinem politicum talia media justificet. Hoc videtur validum, quia stabilitas Status videtur flexibilitatem moralem exigere.
2. Praeterea, dicitur quod in mundo hominum malorum, si gubernator vult superesse et se confirmare, debet ipse malus fieri; aliter destrueretur. Hoc videtur probabile, quia experientia ostendit bonos saepe a malis superari, et quod bonitas sine defensione periculosa est.
3. Item, asseritur quod quaedam actus secundum se mali possunt fieri boni sub specialibus circumstantiis, sicut homicidium in legitima defensione vel mendacium ad maleficum protegendum. Hoc videtur firmum, quia moralis disciplina exceptiones admittit in casibus concretis, et videtur quod finis possit transformare aestimationem medii.
4. Denique dicitur quod successus politicus est criterium veritatis et efficaciae, et quod gubernator debet esse artifex in usu mediorum, sive bonorum sive malorum, ad potestatem conservandam. Hoc videtur rationabile, quia politica de eventibus concretis agit et non de idealibus abstractis, et defectus inutilis videri potest.

Sed contra est quod Scriptura dicit: “Fides, si non habet opera, mortua est” (Iac 2,17). Apostolus Paulus monet: “Non faciamus mala ut veniant bona” (Rom 3,8). Sanctus Thomas docet astutiam esse falsam prudentiam, quia aliquis, ad finem consequendum, non veris viis utitur, sed simulatis et apparentibus. Concilium Tridentinum affirmat actionem politicam, ut actum humanum, ordinari debere ad bonum commune et legem moralem non posse contrariare.

Respondeo dicendum quod finis non potest justificare media, quia actio politica, ut actus humanus, semper subiecta est legi morali. Sunt actus qui secundum se absolute mali sunt et nullo modo boni fieri possunt, sicut furtum vel mendacium in innocentem. Bonitas finis non sufficit ad medium bonum faciendum; medium in se bonum esse debet. Error Machiavelli est negare actus absolute malos et prudentiam cum astutia confundere, vitium pro virtute commendans. Ratio eius revelat relativismum et opportunismum moralem, ubi peccatum fit mandatum et virtus contemnitur. Praeterea, perspectiva eius est radicaliter terrena et materialistica, incapax intelligendi valorem martyrii et fidelitatis ad idealem ultra successum mundanum. Sic bonitas subicitur potestati et successui, et duplicitas erigitur ut systema, contra evangelicam simplicitatem “sit autem sermo vester: est, est; non, non” (Mt 5,37). Historia ostendit duces honestos et fortes, etsi non semper vincant, posse magnum successum habere et nobile vestigium relinquere, dum astuti et corrupti male finiunt. Ergo politica a morali separari non potest, sed debet esse applicatio legis moralis in ambitu sociali, et politicus, ut politicus, vocatur ad sanctitatem.

Ad primum dicendum quod conservare potestatem est legitimum, sed non per media mala; potestas debet esse ad bonum commune, non ad astutiam. Gubernator qui innocentes fallit fiduciam destruit et societatem corrumpit.
Ad secundum dicendum quod malitia aliorum propriam non justificat; officium boni faciendi est imperativum categoricum, et bonitas potest vincere malum. Praeterea, vix invenitur societas pure malorum, et semper aliqua lux bonitatis fulget quae iustitiam sustinere potest.
Ad tertium dicendum quod quaedam actus, sicut homicidium vel mendacium, non sunt mali secundum se, sed in determinatis circumstantiis; actus autem absolute mali numquam boni fieri possunt. Homicidium innocentis vel mendacium in innocentem semper illicita sunt, etiam si per finem justificari videantur.
Ad quartum dicendum quod successus politicus non est criterium moralitatis; melior est defectus cum conscientia pura quam triumphus cum mendaciis et corruptione. Nimium studium successus revelat prospectum materialisticum Machiavelli, incapacem intelligendi valorem martyrii et fidelitatis veritati.
   
JG

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