jueves, 20 de agosto de 2026

El falso concepto de fe de Severino (3/3)

En esta última parte de su artículo, el padre Giovanni Cavalcoli no se limita a refutar, sino que muestra la paradoja del pensamiento severiniano: un sistema rígido y geométrico que elimina el devenir y la historia, pero que al mismo tiempo plantea exigencias profundas sobre la eternidad, la verdad del ser y la necesidad de certezas universales. Se reconoce que esas intuiciones, aunque deformadas por el panteísmo, tocan cuestiones vitales que solo el cristianismo puede responder plenamente. El contraste entre la hostilidad de Severino hacia la fe y la fuerza de sus preguntas, revela tanto el límite de su filosofía como la urgencia de recuperar la verdad del ser en Cristo. [En la imagen: Basílica y Plaza de San Pedro, Santa Sede, Roma].

El falso concepto de fe de Severino

Tercera Parte (3/3)

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 19 de agosto de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-falso-concetto-di-fede-di-severino_0524102003.html)

6. «Para que la “historia de la salvación” se convierta en problema, el “Verbo” debe ser entonces ante todo pensado como “eternamente junto a Dios” y eternamente “junto a la carne”; y su hacerse carne debe significar ante todo que el Verbo que es eternamente junto a la carne ha entrado en el aparecer. Solo en este punto, ante la verdad del ser puede abrirse la pregunta si la palabra de Jesús, escuchada de nuevo fuera del “mundo”, es el Verbo que habla en verdad de la escondida luminosidad del Todo» (p.381).
Severino pretende juzgar «a la luz de la verdad del ser», es decir, a la luz de la visión parmenídea del ser, la palabra de Cristo. Por tanto, según él no es necesario creer en Cristo para saber quién es y para conocer la verdad de su palabra y, en consecuencia, de la interpretación que de esta palabra nos viene de la Iglesia, sino que basta nuestra razón iluminada por el ser parmenídeo.
He aquí de nuevo la razón que pretende conocer a Dios independientemente y por encima de la fe. Aquí vemos cuán justo es el reproche hecho a Severino por la Congregación, cuando le ha contestado que coloca la razón y la filosofía por encima de la fe y del dato de la revelación cristiana. Esto es puro gnosticismo, y lo curioso es que Severino, como hemos visto, osa acusar a la misma Iglesia de gnosticismo porque enseña la superioridad de la fe sobre la razón.
La carne de Cristo existe desde la eternidad en la mente de Dios, no en la efectividad de la historia, porque Dios la creó de la nada y María la generó hace 2000 años, y antes no existía en el mundo, sino solo in mente Dei. Los entes materiales de este mundo, incluida la carne de Cristo, aparte de su ser en Dios, no son entes eternos ocultos a nosotros, preexistentes ab aeterno en sí mismos a su aparecer empírico entre nosotros en un cierto momento del tiempo y lugar del espacio.
Y además su ser no consiste en ser una aparición de Dios, una teofanía, sino en ser creados por Dios. Se trata de sustancias finitas realmente distintas de la infinita y trascendente Sustancia divina y fuera de Ella, en el espacio y en el tiempo, donde nacen, perecen, se generan, se corrompen, se disuelven, mudan, se mueven, devienen, se transforman, se alteran, crecen, disminuyen, se desplazan, se unen, se oponen, se multiplican, se dividen. Las teofanías ciertamente existen, como lo atestigua la misma Biblia. Pero ella tiene cuidado de distinguirlas de las criaturas de este mundo, que igualmente son efectos, imágenes y signos de la divina potencia y bondad.
7. «La “Palabra de Dios” puede ser un acontecimiento que prepara el acontecimiento de la medida permitida por la salvación, solo en cuanto logre mantenerse como problema ante la verdad del ser. Lo que impide al cristianismo convertirse en “Palabra de Dios” es, por un lado, su estar dominado por el “mundo”, por otro, su haberse convertido en una fe. Pero los dos lados se identifican, porque el proceso en el cual el cristianismo se ha convertido en una fe es el mismo que lo ha conducido a dejarse dominar por Occidente. La voluntad de sustraer la tierra al destino es el fundamento y la esencia de la fe en cuanto tal; el mortal es, en cuanto tal, el fiel: tener fe significa estar seguros de algo que no es destino; querer ese algo como el todo con el cual tenemos seguramente que ver. El contenido de la fe –de toda fe– no es lo incontrovertible, por lo tanto es la tierra querida como el todo con el cual tenemos seguramente que ver (y quererla así significa prestar confianza a lo que no es lo incontrovertible). La fe es voluntad de poder no solo porque es una prevaricación sobre las otras fes, que pretende empujar en la nada, sino porque es la misma voluntad de apoderarse de la tierra sustraída al destino y usarla como refugio de la nada que la atraviesa. Testimoniando el aislamiento de la tierra, Occidente es por lo tanto testimonio de la fe. El nihilismo es la autoconciencia de la fe» (p.384).
Respondo diciendo cómo una vez más aquí Severino sostiene que la fe (la “Palabra de Dios”) debe estar sujeta a la razón: esta tiene el derecho y el deber de juzgar la verdad de la fe a la luz de la verdad del ser parmenídeo. Cuando habla de cristianismo «dominado por el mundo» quiere referirse al hecho de que el cristianismo es esclavo del nihilismo porque cree en la realidad del devenir y en el dogma de la creación.
Para Severino, si el cristianismo se dejara iluminar por la verdad del ser parmenídeo, tendría la posibilidad de decirnos la verdad. Las enseñanzas de Cristo podrían aparecer dotadas de cierta plausibilidad, una vez insertadas en un horizonte o cuadro ontológico parmenídeo ¹, aquello que Severino llama «verdad del ser».
En cuanto a las palabras «el mortal es, en cuanto tal, el fiel: tener fe significa estar seguros de algo que no es destino; querer ese algo como el todo con el cual tenemos seguramente que ver», se pueden conectar con otras según las cuales «es la fe misma la que habla de sí como controvertible» ²; «la fe reconoce su propia controvertibilidad» ³; «la fe es el acto que frente a la noche dice “tú eres el día” y lo dice y lo debe decir sin dudas» ⁴; «la locura extrema es pensar que algo sea otro y que, convirtiéndose en otro, sea otro todavía. Fe y razón piensan el ser otro de las cosas» ⁵.
Aquí caemos en los términos del simple insulto, por lo cual no vale la pena ni siquiera responder, sino que solo cabe deplorar que una mente aun elevada como la de Severino decaiga a niveles de tal bajeza.
Otra observación que hacer es que, si en Occidente existe el nihilismo provocado por los escépticos griegos o por el subjetivismo protagórico o por la negación del principio de contradicción como en Hegel, por lo demás no ausente tampoco en Oriente, es calumnioso, como ya he dicho y demostrado, acusar al cristianismo de nihilismo.
En cuanto a la tesis según la cual «voluntad de sustraer la tierra al destino es el fundamento y la esencia de la fe en cuanto tal», hay que ver qué se entiende por «destino». Si entendemos el destino en el sentido severiniano ⁶, como acto del ser de imponer necesidad a todo lo que acontece, sin dar ningún espacio al libre arbitrio, en cuanto ente contingente, ser que puede no ser, entonces ciertamente la fe tiene todas las razones de sustraer al destino así entendido la dignidad del libre querer humano. Pero si en cambio por destino entendiéramos la destinatio en el sentido tomista del querer divino ⁷, entonces no es en absoluto verdad que la fe sustrae la tierra, es decir el hombre, al destino, es decir al querer divino, sino que al contrario enseña a aceptarlo y a ponerlo en práctica.
Leyendo las obras de Severino se tiene la impresión de leer un tratado de geometría, no de filosofía. Es la misma impresión que se tiene leyendo a Spinoza. Pero él al menos lo dice abiertamente: «more geometrico demonstrata». En cambio Severino está convencido de hacer filosofía.
De hecho, en Severino todo es evidente, todo es deducido, todo es fijo, todo es certísimo, todo es firme, todo es inmóvil, todo es esquemático, todo es demostrado, todo es lógico, razonado, incontrovertible, todo es indiscutible, todo está determinado por el destino, o así parece o quiere hacernos creer.
Falta la acción, la vida, el movimiento, lo concreto, el cambio, el progreso, el devenir. ¿De qué depende esta impresión no carente de fundamento? Del hecho de que Severino considera sí la causa formal, la estructura, el orden, el planteamiento, la esencia, las relaciones, lo universal, las ideas, los conceptos, pero no la causa agente, eficiente y productiva, precisamente como se da en los entes lógicos o matemáticos. Por lo tanto no considera la realidad externa, sino un sistema de ideas o de conceptos o de proposiciones que pueden aparecer bien conectados y organizados, pero acerca de los cuales uno, en definitiva, cuando entiende algo, se pregunta: ¿a qué realidad se refiere el Autor? ¿De qué está hablando? ¿Qué quiere mostrarnos? De hecho no son conceptos y juicios que te hacen comprender la realidad, sino simplemente las ideas de Severino.

¿Qué queda de Severino?

Hay que decir que el éxito de Severino, más allá de su panteísmo y de sus blasfemias, es en parte merecido. La exigencia de fondo que él plantea, la de la eternidad y de la verdad del ser, y la de la totalidad, de la unidad, de la gloria y de la alegría infinitas, son en sí mismas urgentísimas e importantísimas, y de importancia vital para la subsistencia del mismo cristianismo y por lo tanto de la Iglesia, en un contexto histórico y cultural como el actual, caracterizado por una difundida mentalidad historicista, evolucionista, donde la mirada no supera el horizonte de lo finito, de lo mortal, de lo terreno y de lo contingente, donde lo falso y el mal parecen triunfar, esclava de lo opinable, de la apariencia, de lo efímero, de la corrupción, de la animalidad, de la precariedad, de la vanidad, en la cual el no-ser coincide con el ser, el ser oscila entre el ser y el no-ser, no se da el tercero excluido sino el tercero incluido ⁸, donde la duda acompaña a la fe, donde es indiferente ser o no ser, donde cada uno se considera el absoluto, donde nada es obvio, cierto y definitivo, sino que todo es discutible y puesto en discusión, donde no existe una verdad primera, originaria, firme, universal, innegable, cierta y necesaria.
Es por lo tanto paradójica en Severino la coexistencia de un odio contra la fe, la Iglesia y el cristianismo que llega hasta la blasfemia, con el planteamiento de exigencias sacrosantas del espíritu, que solo el cristianismo puede satisfacer en plenitud. Se entiende que un Barzaghi haya querido acercarlo a Santo Tomás.
Sin embargo, quien lo ha entendido verdaderamente, a mi juicio, con una crítica adecuada, no ha sido Barzaghi, el cual compromete a Santo Tomás para seguir a Severino, sino que ha sido el padre Fabro, tanto que el mismo Severino le ha dicho que lo había entendido ⁹, y el padre Fabro no se las ahorra, habiendo expresado sobre él un juicio severísimo. Mientras no me resulta que Severino haya nunca alabado al padre Barzaghi por el acercamiento que él hace de Santo Tomás a su pensamiento.
Deseo por lo tanto aquí enumerar algunos puntos que pueden atraer nuestro interés por Severino. En primer lugar hay que observar que en un mísero clima de sopor intelectual, como el actual, relativismo gnoseológico y pastoralismo agnóstico, Severino con claridad, decisión y coraje, deshaciéndose con el soplo de sus labios de todos los «pensamientos débiles», pone en primer plano vigorosamente la cuestión vital de la distinción entre lo verdadero y lo falso acerca del significado de la verdad, de la metafísica, del ser y del destino eterno del hombre, así como de la posibilidad y necesidad en este campo de poseer certezas fundadas en razón, absolutas, perennes y universales.
En segundo lugar, ¿qué puede significar la eternidad de todos los entes? El hecho es que efectivamente esto acontece en la esencia misma de Dios, como el mismo Santo Tomás reconoce ¹⁰. En tal sentido el Concilio de Florencia de 1439 enseña que en Dios todo es uno, donde este todo no son solo los atributos divinos, sino también todos los entes reales y posibles. Es necesario precisar, sin embargo, que el Concilio no dice sic et simpliciter que uno es todo, como hace Severino, porque esto sería panteísmo; sino que todo es uno en Dios: in Deo omnia sunt unum.
Es necesario, sin embargo, admitir que los entes reales creados, en cuanto creados, se encuentran fuera de Dios (opus ad extra), mientras en Dios existen como por Él ideados –y este es el aspecto de verdad del idealismo– y como esencias idénticas a la esencia divina. Aquí tenemos el aspecto de verdad del panteísmo.
El tercer punto interesante del pensamiento severiniano es consecuencia del primero y es que, como se expresa Barzaghi, «todo es ahora», no sin embargo en el sentido panteísta severiniano, sino en el sentido tomista, que de Severino, que no cree en Dios, se puede deducir, es decir que para Dios el futuro y el pasado son presente.
Ahora bien, nos sugiere Barzaghi, probemos también nosotros a ponernos desde el punto de vista de Dios, aunque sea en nuestra pequeñez. Nos daremos cuenta, por medio del ejercicio de la memoria, que todo nuestro pasado se convierte en presente y, mediante un acto de esperanza, el futuro también se convierte en presente. Nada se pierde. Todo es eterno. Todo es salvo. Todo es presente. ¿Y esto no es ya la vida eterna? Ciertamente, aquí estamos solo en el plano intencional; pero nosotros que sabemos con los realistas que el devenir, la corrupción y la muerte existen realmente, sabemos también que se dará la resurrección. Todo retornará. Nada se pierde.
El cuarto punto es el tema bellísimo de la soledad, no aquella melancólica de las personas que se sienten solas, sino la de la interioridad del espíritu y de la autoconciencia. En el cristianismo tenemos la soledad del monje y del ermitaño. Quizás así se explican las amistades que Severino cuenta haber tenido con monjas de clausura. Ciertamente, debemos liberar este concepto de la impostación panteísta y considerarlo en su pureza metafísica, que también se puede deducir de la teoría severiniana.
Del ser absoluto uno y único severiniano se deduce un solipsismo absoluto, un yo único y solo, un yo que soy todo, único ente «en una inmensa soledad», como dice Barzaghi. Es necesario, sin embargo, como he dicho, liberar este yo del panteísmo y obtendremos un yo habitado por la Eternidad, habitado por los «eternos», como dice Severino, consolación y consuelo para las personas marginadas y despreciadas, que en cambio disfrutan de la alegría inefable de la experiencia de lo Eterno, que para el creyente es Dios mismo.
Añadamos para terminar que un metafísico que afronta la cuestión del ser, no puede no afrontar también la cuestión de la nada. Y Severino ciertamente no se ha sustraído a esta grave responsabilidad, sino que la ha afrontado con gran empeño y profundidad de pensamiento.
Es muy interesante, por ejemplo, su estudio sobre el nihilismo de Leopardi, por el cual ha tenido el mérito de afrontar con gran seriedad la desconcertante cuestión de la nada y del no-ser, donde nuestra razón parece enredarse en contradicciones conceptuales y terminológicas de las cuales cuesta mucho salir. Él, sin embargo, a pesar de sus esfuerzos y de sus distinciones, no logra salir de la contradicción. De este modo Severino, por una falta de concepción del devenir del ente contingente y una errada concepción del mismo principio de no-contradicción ¹¹, ha visto la contradicción donde no la hay y no ha comprendido el dogma cristiano de la creación.
De hecho, por una parte sabe qué es la nada y se ve cuando condena el nihilismo, aunque toma erróneamente por nihilista la concepción cristiana del ser, pero por otra parte entifica la nada cuando identifica el pensamiento con el ser, y considera eternos también lo falso, el mal, el pecado, el sufrimiento, la corrupción y la muerte. Así todo es ser, pero por ello mismo todo es nada. Por otra parte, reduciendo todo a pensamiento, que no pertenece a lo real sino a lo no-real, cae en el nihilismo. Se equivoca además al rechazar el ex nihilo de la creación negando la existencia de la nada. No tiene en cuenta el hecho de que la nada existe en cuanto ente de razón.

Fin de la Tercera Parte (3/3)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 24 de julio de 2026

Notas

¹ Es lo que ha intentado hacer el padre Giuseppe Barzaghi, pero la operación no ha tenido éxito porque, como he demostrado en mis estudios críticos sobre él, el resultado es el panteísmo.
² La ragione, la fede, Edizioni Albo Versorio, Milán 2008, p.27.
³ Ibid., p.32.
 Ibid., p.33.
 Ibid., p.36.
 Véase Il destino della necessità, Adelphi Edizioni, Milán 1980.
 Véase Summa Theologiae, I, q.23.
 Chiara Giaccardi – Mauro Magatti, La scommessa cattolica, Il Mulino, Bolonia 2019, p.21.
 Carta de Severino a Fabro publicada por Fabro en la introducción a su libro L’alienazione dell’Occidente (Ed. Quadrivium, Génova 1981).
¹⁰ Summa Theologiae, I, q.15, a.3; q.18, a.4.
¹¹ Del cual quiere excluir el tiempo, es decir el simul: imposible que el ente y el no-ente sean al mismo tiempo. Se responde que es imposible que el ser sea el no-ser, pero no es imposible el paso del no-ser al ser y viceversa.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum exigentiae de aeternitate et veritate entis impleantur in Christo et in fide christiana,
vel reducantur ad systema Severiniani quod tollit fieri et historiam

Ad hoc sic procediturVidetur quod exigentiae de aeternitate et veritate entis impleantur in systemate Severiniano.
1. Quia in systemate Emanuele Severini omnia sunt manifesta, deducta, fixa, incontrovertibilia et a destino determinata, quod praestat certitudines universales et tollit incertitudinem mundi contingentis.
2. Praeterea, affirmatio quod omnia sunt nunc et omnia sunt aeterna videtur respondere necessitati humanae superandi corruptionem, mortem et precarietatem, praebens solatium in experientia aeterni et in solitudine interiori ab aeternitate inhabita.
3. Item, idea quod in Deo omnia sunt unum, etiam entia realia et possibilia, confirmaret aeternitatem entium veram esse et panteismum Severinianum habere fundamentum, cum omnia identificentur cum essentia divina.
4. Denique, studium Severinianum de nihilismo ostendit magnam gravitatem et profunditatem, aggrediens quaestionem non‑entis et nihili, ubi ratio humana offendit contradictiones, et ideo eius systema videtur solidius quam conceptio christiana creationis ex nihilo, quam ipse reputat contradictoriam.

Sed contra est quod Concilium Florentinum docet in Deo omnia esse unum, non autem quod unum sit omnia, vitans panteismum. Sanctus Thomas affirmat entia creata existere extra Deum ut substantiae finitae, et fieri, corruptionem et mortem esse reales, licet destinatas ad resurrectionem. Scriptura proclamat: In ipso vivimus, movemur et sumus (Act 17,28). Sanctus Augustinus docet Deum esse aeternum praesentem, creaturas autem nasci et mori in tempore.

Respondeo dicendum quod exigentiae de aeternitate, veritate entis et necessitate certitudinum universalium sunt legitimae et urgentes, sed non implentur in systemate Severiniano, quod negando fieri et historiam destruit ipsam possibilitatem salutis. Veritas entis est Christus, qui illuminat tam rationem quam fidem. Aeternitas entium non significat quod sint aeterna in seipsis, sed quod in Deo omnia sunt unum, dum ut creata existunt extra eum. Idea quod omnia sunt nunc impletur sensu Thomistico, quia Deo praeteritum et futurum sunt praesens, non autem sensu panteistico. Solitudo interior potest esse vera experientia spiritus, sed tantum liberata a solipsismo Severiniano. Studium de nihilismo ostendit conatum, sed entificando nihilum et reputando aeterna malum et corruptionem, Severinus incidit in contradictionem nec intellegit dogma creationis. Textus commemorat quod, reducens omnia ad cogitationem et negans ex nihilo, Severinus confundit ens rationis cum ente reali et tandem tollit historiam et salutem.

Ad primum dicendum prolixius quod certitudo Severiniana est apparens, quia fundatur in systemate logico clauso quod tollit actionem et vitam, dum vera certitudo invenitur in Christo, via, veritate et vita, qui dat sensum fieri et historiae.
Ad secundum dicendum latius quod affirmatio omnia esse nunc et aeterna potest consolari, sed solum in Deo vere impletur, quia ipse conservat creaturas et promittit resurrectionem. Systema Severinianum, negando fieri, tollit historiam et cum ea salutem, dum fides christiana asseverat nihil perire et omnia redire in resurrectione.
Ad tertium dicendum breviter quod Concilium docet omnia esse unum in Deo, non autem quod unum sit omnia. Entia creata existunt extra Deum ut substantiae finitae, et confundere hoc cum panteismo est error.
Ad quartum dicendum amplius quod studium de nihilismo est meritorium, sed Severinus incidit in contradictionem entificando nihilum et reputando aeterna malum et corruptionem. Creatio ex nihilo non est contradictio, quia nihilum existit ut ens rationis, et Deus dat esse ei quod prius non habebat.
   
JG

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