En este nuevo artículo, apenas publicado estos mismos días en su blog, el padre Giovanni Cavalcoli nos introduce en el pensamiento de Emanuele Severino y en su progresivo alejamiento de la fe cristiana. ¿No es inquietante que un filósofo formado en la tradición católica llegue a considerar la fe como contradicción y nihilismo? En la primera parte de su artículo, Cavalcoli nos muestra cómo Severino reduce la fe a un acto irracional, instintivo y sin fundamento, subordinado a la filosofía y al poder humano. ¿No revela esto una peligrosa confusión entre el ser y el aparecer, entre la verdad divina y la mera representación idealista? La crítica expone con claridad que, al negar la naturaleza intelectual y sobrenatural de la fe, Severino termina por desconocer incluso lo que es la fe humana. ¿No es urgente, entonces, volver a la enseñanza de Santo Tomás de Aquino y del Magisterio para comprender que la fe es un acto racional y libre, fundado en la autoridad de Dios que revela? Este texto invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de la fe y a desenmascarar las ilusiones de un pensamiento que pretende juzgar a la Iglesia desde criterios puramente humanos. [En la imagen: el papa San Juan Pablo II y el padre Cornelio Fabro].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 19 de agosto de 2026
El falso concepto de fe de Severino (1/3)
El falso concepto de fe de Severino
Primera Parte (1/3)
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 16 de agosto de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-falso-concetto-di-fede-di-severino.html)
La búsqueda de la verdad
Severino recibió una buena educación católica en la familia y en la escuela y muy pronto nació en él la vocación filosófica con una fuerte necesidad de certeza y de verdad. Por lo demás, si fue admitido a enseñar en la Universidad Católica de Milán, encontrando la admiración del mismo padre Gemelli ¹, ello no se debió solo a su notable preparación filosófica, sino también al hecho de su notoria práctica de la religión católica.
Severino había sido sensible al idealismo de Giovanni Gentile; pero esto fue juzgado por los docentes de la Católica que lo acogieron como un hecho positivo en el sentido de una apertura a los valores de la filosofía moderna. Esto naturalmente no significaba que ellos fueran ignorantes del peligro del idealismo. Había nacido, sin embargo, aquella necesidad, que también había sido la de los modernistas, de modernizar y hacer progresar la filosofía asumiendo no supinamente sino críticamente los valores de la modernidad.
La Universidad Católica de Lovaina, reforzada por el Card. Mercier a fines del siglo XIX, respondía a esta exigencia. En Lovaina el jesuita Joseph Maréchal intentaba un acercamiento de santo Tomás de Aquino a Kant, del cual resultaba sin embargo un tomismo demasiado cercano a Kant. La tendencia modernista, a pesar de la severa represión operada por San Pío X, no había desaparecido del todo, porque la Iglesia no había reconocido todavía cuánto de justo había en la instancia modernista, como lo hará el Concilio Vaticano II.
En el programa de Lovaina se inspiró el padre Gemelli al fundar con Armida Barelli la Universidad Católica de Milán. De hecho, el programa preveía la práctica de la filosofía escolástica, pero con apertura crítica al pensamiento moderno. Así, uno de los más importantes resultados de esta orientación fue la obra sobre Descartes en dos volúmenes de Mons. Francesco Olgiati, mientras el padre Emilio Chiocchetti desarrollaba una crítica suave a Giovanni Gentile ², más severamente criticado por el padre Mariano Cordovani ³, Maestro del Sacro Palacio. El mundo católico estaba turbado por un áspero conflicto entre filo-idealistas y realistas, que sin embargo no lograban hacer progresar el tomismo.
De allí a pocos años Gustavo Bontadini habría de intentar una conciliación entre idealistas y realistas, que sin embargo favoreció al idealismo contra el realismo. El filósofo que en cambio logró encontrar la conciliación fue Maritain. El defecto de la Católica fue aquel, reprochado por Fabro, de tomar como maestro a Bontadini y no a Maritain.
El papa Benedicto XV fue más comprensivo con esta necesidad de modernización que San Pío X, que se había limitado a condenar los errores de los modernistas sin reconocer en ellos ningún aspecto positivo, que consistía precisamente en aquella instancia de progreso mediante un enfrentamiento crítico con el pensamiento moderno. El error de los modernistas fue el de usar como criterio de valoración no la doctrina de Santo Tomás, sino los mismos principios errados de la modernidad.
En el relato de su vida Severino narra cómo, siendo joven universitario, todavía creyente, nació sin embargo en él la convicción de que la verdad suprema provenía de la filosofía y no de la fe cristiana: «En relación al cristianismo, sobre todo pensaba: pensaba, como ya he dicho, la grandeza de este acontecimiento; la experiencia cristiana no estaba en la cima, sino que era un medio para que aquel pensamiento se desplegara. Y me resultaba cada vez más claro que el cristianismo era un gran acontecimiento, pero no el único y que sobre toda grandeza estaba la verdad de la grandeza, la verdad que solamente el pensamiento filosófico habría podido mostrar» ⁴.
Es claro que ya en el joven Severino nace la convicción sustancialmente gnóstica ⁵, reconducible a Hegel, de que no la fe, sino la filosofía da la suprema verdad. La fe, que continúa manteniendo y practicando, permanece por ahora, en el pensamiento de Severino, solo un momento preparatorio a la verdad racional. No pasará mucho tiempo para que la fe aparezca a Severino incluso en contraste con la verdad, algo contradictorio, porque, habiéndose infatuado de Parménides, llegará a la convicción de que la fe, con la doctrina del devenir y de la creación, comporta el nihilismo ⁶.
Prosigue de hecho diciendo: «Por algún tiempo he creído que mi experiencia cristiana –el encontrarse de hecho en la fe cristiana por parte de aquel ser “hombre” que soy yo– no fuese una contradicción con aquel sentido. … Con la redacción de Studi della filosofia della prassi tal configuración ha comenzado a ir hacia el ocaso. Pero debe también decirse que este progresivo ocaso no ponía en discusión el corazón de la Struttura originaria, o sea la necesidad de que todo ente sea eterno –el corazón al cual todavía mira el centro de mi discurso filosófico. Lo que estaba declinando era el creer que este corazón no fuese en contradicción con el cristianismo» ⁷.
De este modo he aquí la conclusión: «En Studi di filosofia della prassi la fe, y por lo tanto también la fe cristiana, venía ya presentada como contradicción. En aquellos Studi –mostrando precisamente que, en la fe, “lo que no es verdad es asumido como verdad”, y que la fe “no se identifica sin más, sino que incluye, como una de sus especificaciones, la fe religiosa– se dice “si la fe es contradicción, mientras se permanece en la fe, se permanece en la contradicción”» ⁸.
Y añade agravando las falsedades: «El mensaje cristiano está completamente envuelto en la persuasión de que el mundo, en cuanto creado, sale de la nada y retorna a ella –y que las cosas del mundo son a su vez esta oscilación entre el ser y la nada–, en la persuasión de que es la esencia auténtica del nihilismo, ya que pensar que los entes hayan sido nada y vuelvan a serlo significa afirmar la existencia de un tiempo en el cual el ser es nada» ⁹.
A hacer vacilar ulteriormente su fe fue el encuentro con Parménides, cuya exigencia de radicalismo metafísico le pareció superior a la de la fe cristiana. Hay sin embargo que constatar, por cómo habla de su fe en aquel período juvenil, que tal fe no fuese una verdadera fe fundada, motivada y razonada, sino que fuese una praxis habitual y meramente convencional.
Por esto hay que preguntarse si Severino haya alguna vez verdaderamente cumplido un camino racional que lo haya conducido a la fe, si haya alguna vez hecho una seria verificación racional acerca de la fundamentación de la fe que hasta entonces había acogido, y por lo tanto si haya alguna vez llegado a saber qué cosa es verdaderamente la fe católica, o bien si, al surgir en él una necesidad absoluta de verdad, como sucede en el ánimo de los jóvenes que no quieren jugar con la vida, en vez de examinar críticamente el valor de la fe recibida de sus educadores, se haya dejado llevar por aquel movimiento de presunción, que fue ya típico de Descartes, que lo ha conducido no a ponerse en escucha de la verdad, sino a decidir él mismo por cuenta propia las suertes de la verdad.
Así el entusiasmo por Parménides muestra ciertamente en el joven Severino un ánimo autoritario, presuntuoso e indócil, porque la misma actitud de Parménides es desmesuradamente pretenciosa en el momento en que él pretende identificar el propio pensamiento con el ser ¹⁰.
Aquella «voluntad de poder», de la cual acusará a la Iglesia por su convicción de poseer la verdad absoluta, Severino la hace suya enmascarándola con un argumentar aparentemente riguroso e incontrovertible, pero en realidad sofístico, como resulta de un atento examen. Resta por lo tanto el hecho bastante probable de que Severino no ha sabido nunca qué cosa es verdaderamente la fe católica –y esto para él es una atenuante–, aunque haya dado la apariencia de saberlo. De otro modo, no habría sido aceptado en la Universidad Católica de Milán.
Severino cree que toda forma de conocimiento cierto sea solo aquella en la cual el intelecto está necesitado a aceptar una proposición como verdadera o porque obligado por la evidencia o por la demostración racional. Él comprende sí la importancia de la fe humana, sin la cual nadie podría vivir en sociedad, pero se le escapa la importancia mucho mayor de creer en aquello que Dios mismo revela.
Él sabe que en el creer el intelecto, no estando necesitado por la evidencia del objeto, capta la verdad porque movido por la voluntad interesada en la apetibilidad del objeto y movida por la autoridad y la fiabilidad del revelante. Pero se rehúsa a cumplir este acto sabio y razonabilísimo precisamente allí donde máximamente le convendría y donde alcanzaría el máximo de verdad, o sea escuchando la palabra de Dios que le viene transmitida e interpretada infaliblemente por la Iglesia.
La noción severiniana de la verdad
Es interesante que Severino habla siempre de la verdad del ser y nunca de la verdad del juicio o del pensamiento, aunque ciertamente admite que el pensamiento capta la verdad. Él admite solo la verdad ontológica y no la gnoseológica. Esto se ve por cómo define la verdad. Él no usa, como Santo Tomás, la categoría de la conformidad (adaequatio), sino la de la aparición (apparitio), de la revelación, de la manifestación, basándose, como Heidegger, en la etimología de la palabra griega correspondiente: a-letheia, no-latencia, no-ocultamiento, desvelamiento.
Pero así sucede que el verum no solo se convierte con el ens, como en Tomás y como es en la realidad de las cosas, sino que se identifica con el ens, es decir con el ser, haciendo que el ser se resuelva idealísticamente en el aparecer, aunque sea un aparecer veraz. Lo que quiere decir que Severino no distingue el ser como ser del ser como verdadero, el ser del ser pensado o representado, sino que lo verdadero coincide con el ser, es el mismo ser o aquello que él llama «verdad del ser».
Ahora bien, ciertamente existe la verdad del ser y es cosa sacrosanta, pero Severino descuida el hecho de que si hay una verdad del ser es, como nota Santo Tomás ¹¹, porque se supone un intelecto al cual el ser aparece. Por esto la verdad ontológica o verdad del ser es el fundamento de la verdad gnoseológica, pero la noción de la verdad se basa antes en el intelecto que en el ser ¹².
Ahora bien, en cambio hay que decir que el aparecer al sujeto cognoscente no pertenece necesariamente al ser, sino que es representación del ser que aparece al sujeto, por lo cual al final es un acto que es relativo al sujeto y no al ser real. De aquí la confusión idealista del pensamiento con el ser. De hecho, para el idealista el ser es solo aquello que le aparece a él como ser. Para él el ser que no le aparece, fuera de su mente, no existe.
Cómo entiende Severino la fe cristiana y la Iglesia
Así, para Severino la fe cristiana es una convicción puramente subjetiva, falsa y sin fundamento, que parece responder a nuestra búsqueda de salvación y necesidad de verdad, pero que en realidad engaña, porque es extraña a la verdad del ser y por consecuencia a la dignidad y al destino eterno del hombre.
Severino niega que la fe cristiana sea un tomar por verdaderos, en la luz de la gracia divina, por medio de la Iglesia, los contenidos de la divina Revelación enseñados por Cristo Dios en la Escritura y en la Tradición, sobre la base de un previo examen racional de los motivos de credibilidad del mismo dato revelado, tal como enseña la Iglesia Católica en especial en el Concilio Vaticano I.
Severino niega que la fe cristiana sea un conocimiento intelectual de la verdad divina y eterna, un certísimo y racionalmente fundado creer que es verdadera, decidido por la libre voluntad movida por el Espíritu Santo, la doctrina que nos es revelada por Jesucristo y que la Iglesia propone creer bajo forma de dogmas.
Para él la fe no es un conocimiento conceptual infalible de la verdad divina mediado por un previo diligente examen de las razones históricas y teóricas de creer, en base a los testimonios y a los signos de los cuales estamos en posesión, examen que ha dado resultado favorable, sino que es un acto de iniciativa del sujeto que tiene por objeto algo agradable al sujeto.
Para Severino la fe es el poner una proposición sin fundamento real, apta para suscitar maravilla, la aspiración a una grandeza humana desproporcionada y la creencia ilusoria de poseer un poder sobrehumano con el fin de dominar a los demás.
Para Severino la fe cristiana es el acto irrazonable de un necio crédulo, que bebe todo lo que el cura le enseña para dominar su conciencia y hacerle hacer todo lo que él quiere presentándolo como voluntad divina bajo la amenaza del infierno.
La fe, por lo tanto, no es un acto intelectual, movido por la voluntad atraída por la bondad de las promesas divinas, acto que sigue a una previa investigación racional bien fundada, como enseña la apologética católica, sino que es un acto instintivo racionalmente inmotivado, dictado por una necesidad mal colocada de poder, certeza y seguridad, acto que suscita una afirmación auto-certificada que da prestigio social y poder sobre los demás.
Para Severino la fe es un acto de iniciativa del creyente o respuesta instintiva al estímulo proveniente del predicador o de la Biblia o de la Iglesia o de un impulso psicológico interior subjetivo, un acto psíquico no precedido y confirmado por investigaciones y conclusiones racionales y demostradas de los motivos de credibilidad y de credendidad, sino de un acto inmediato de adhesión a un contenido conceptual –el dogma– no propuesto sino impuesto por el cura, es decir por la Iglesia.
Se trata, para Severino, de un contenido que nada tiene que ver con la verdad del ser, sino de pura fantasía o imaginación mitológica gratificante o aterrorizante según la táctica comunicativa y los intereses de poder del cura o de la Iglesia.
Severino, cuando habla de fe «cristiana», muestra claramente, por cómo habla de ella, que, lejos de saber qué cosa es verdaderamente la fe cristiana, no sabe ni siquiera qué cosa es la fe humana. De hecho, no menciona mínimamente el hecho de que cualquier acto de fe, sea humano o divino, está motivado por el valor del testimonio, por la credibilidad y por lo tanto por la autoridad del predicador fiable o del escrito autorizado, en los cuales el creyente cree.
Ignorando la diferencia entre fe humana y fe cristiana, Severino no sabe tampoco cuál es la relación entre las dos formas de fe, por lo cual resulta que según él la fe cristiana no capta en absoluto una verdad divina, no capta la verdad del ser, sino que forma solo fantasmas, que son disipados a la luz de la razón, la cual, ella sola, capta la verdad del ser. Por lo tanto, para Severino no es la fe, que a la luz de la verdad del ser que es Cristo, juzga los actos de la razón, sino que es la razón la que a la luz de la verdad del ser muestra las invenciones y las contradicciones de la fe.
Severino reduce la fe cristiana a una simple fe humana, basada en la autoridad humana. No reconoce que existen verdades tan sublimes que solo Dios puede saber, y que por lo tanto podemos acoger solo en base a su autoridad. Por esto piensa que el creer cristiano se reduce a creer en la Iglesia, de la cual por otra parte no percibe la autoridad, por lo cual pretende juzgar lo que ella propone creer como un cualquier conjunto de afirmaciones a someter al examen de la razón, que sería capaz en base a sus principios de distinguir lo verdadero de lo falso. Severino no ve por qué motivo deba creer en la Iglesia como mediadora de una divina revelación.
Tengamos además presente que Severino, aunque como creyente suponía una gnoseología realista, habiendo acogido el idealismo de Gentile, se encontró en la imposibilidad de ejercer el acto de la fe cristiana, el cual supone una gnoseología realista, por la cual la realidad y por lo tanto la persona revelante está fuera del alma. Si el idealista fuese coherente, debería renunciar también al ejercicio de una simple fe humana, pero no lo hace, porque evidentemente se da cuenta también él de las consecuencias a las cuales iría al encuentro.
Severino además considera poder saber la verdad sobre Dios mejor que la Iglesia. Las observaciones que le son hechas por la Congregación para la Doctrina de la Fe no las considera observaciones que descienden de una verdad divina revelada o son verdades racionales confirmadas por una divina revelación, superior a la capacidad de comprensión de la razón humana, sino que las considera como simples tesis filosóficas elaboradas por los redactores de las censuras, que él por lo tanto no entiende en absoluto tomar en consideración como relativas a datos de fe, sino como simples sentencias humanas que reflejan ideas filosóficas de pésima calidad, por lo cual él se siente capaz de demostrar su falsedad.
Fin de la Primera Parte (1/3)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 24 de julio de 2026
Notas
¹ Il mio ricordo degli eterni. Autobiografia, Rizzoli, Milán 2011, pp.75-76.
² La filosofia di Giovanni Gentile, Società Editrice Vita e Pensiero, Milán 1922.
³ Cattolicismo e idealismo, Società Editrice Vita e Pensiero, Milán 1928.
⁴ Il mio ricordo degli eterni. Autobiografia, Edizioni Rizzoli 2011, p.70.
⁵ Es interesante cómo Severino pretende acusar de gnosticismo a la doctrina de la Iglesia, cuando si hay un gnóstico que absolutiza el saber humano, es precisamente él. En el gnosticismo descrito y condenado por el Papa Francisco es fácil ver las ideas de Severino.
⁶ Il mio ricordo degli eterni, op. cit., pp.70.
⁷ Ibid., pp.71-72. Este gravísimo error ha arraigado desgraciadamente entre los mismos teólogos católicos. Véase por ejemplo la acusación de nihilismo hecha al dogma de la creación con el vano intento de elaborar un concepto de creación inspirado en la filosofía de Severino en Antonino Postorino, Il concetto di «creatio ex nihilo». Ipoteca nichilistica e rigorizzazione metafisica, en Sacra Doctrina, 1, 2017, pp.199-269.
⁸ Ibid., p.72.
⁹ Ibid., p.73.
¹⁰ Como resulta del famoso to autó to noein kai to einai.
¹¹ Summa Theologiae, I, q.16, a.1; Quaestio disputata De Veritate, q., a.1, en I Sent., D.19, q.5, a.1.
¹² Por lo tanto, la verdad no está solo en el intelecto, como creía Descartes, porque también este principio conduce al idealismo.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum fides christiana sit actus rationalis fundatus in auctoritate divina
vel sit illusio subiectiva sine fundamento
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod fides christiana sit contradictio.
1. Quia in ea quod non est verum assumitur ut verum, et dum manetur in fide, manetur in contradictione. Praeterea, nuntius christianus involvitur in persuasione quod mundus, in quantum creatus, egreditur ex nihilo et ad illud redit, quod constituit essentiam nihilismi.
2. Praeterea, fides christiana non esset nisi actus instinctivus irrationalis, dictatus desiderio potentiae et securitatis, ab Ecclesia impositus sub comminatione inferni. Esset actus psychicus immediatus, sine examine rationali motivorum credibilitatis, et ideo incapax certitudinis.
3. Item, fides christiana reduceretur ad simplicem fidem humanam, fundatam in auctoritate humana, incapacem capere veritatem entis vel transmittere veritatem divinam. Esset tantum phantasia vel imaginatio mythologica, gratificans vel terribilis secundum tacticam praedicatoris.
4. Denique, fides christiana esset impedimentum veritati, quia ratio, in lumine entis, ostenderet inventionem et contradictiones fidei. Ergo philosophia, et non fides, daret supremam veritatem.
Sed contra est quod Dominus noster Iesus Christus dixit: qui credit in me habet vitam aeternam (Io 6,47). Concilium Vaticanum I docet fidem esse actum intellectualem, voluntate motum sub gratia, per quem cum certitudine creditur in veritates a Deo revelatas. Sanctus Thomas affirmat veritatem entis fundari in relatione ad intellectum, et fidem esse assensum rationalem veritati divinae.
Respondeo dicendum quod fides christiana non est illusio subiectiva nec actus irrationalis, sed actus intellectualis et liber, voluntate motus a bonitate promissionum divinarum et fundatus in auctoritate Dei revelantis. Fides supponit gnoseologiam realistam, per quam res et persona revelans sunt extra animam, et innititur motivis credibilitatis rationaliter examinatis. Reducere fidem ad instinctum subiectivum vel ad impositionem externam est ignorare eius veram naturam. Confusio inter ens et apparere inducit ad negandum dimensionem gnoseologicam veritatis et ad considerandum fidem ut contradictionem, sed revera fides illuminat rationem et ducit ad veritatem entis, quae est Christus. Textus commemorat Severinum, non intellexisse quid sit vere fides christiana, adeo ut ignoraverit etiam quid sit fides humana, et propterea eius critica caret fundamento.
Ad primum dicendum quod fides non est contradictio, quia ea suscipit veritates a Deo revelatas, auctoritate eius garantitas. Doctrina creationis nihilismum non importat, sed affirmat dependentiam radicalem entis creati a Deo, qui vocat illud ex non‑esse ad esse.
Ad secundum dicendum prolixius quod fides non est actus irrationalis ab Ecclesia impositus, sed actus liber et rationabilis, praecedens examen motivorum credibilitatis et gratia divina sustentatus. Comminatio inferni non est manipulatio, sed admonitio de consequentia recusationis Dei.
Ad tertium dicendum latius quod fides christiana non reducitur ad fidem humanam, quia obiectum eius sunt veritates divinae quas solus Deus potest cognoscere et revelare. Ecclesia non proponit opiniones humanas, sed dogmata revelata, et eius auctoritas est mediato revelationis divinae.
Ad quartum dicendum amplius quod philosophia fidem supplere non potest, quia etsi ratio capit veritatem entis, sunt veritates sublimiores quas solus Deus revelare potest. Fides non est impedimentum rationi, sed eam perficit et ad plenitudinem veritatis ducit.
JG
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