En esta última parte se examina cómo la doctrina luterana de la justificación sin méritos, presentada como “medicina” para la conciencia, constituye en realidad una falsa solución que confunde la gracia con la negación del libre albedrío y oscurece la verdadera paz interior. Se muestra que la auténtica medicina no es la ilusión de continuar pecando impunemente, sino la misericordia de Dios que perdona al pecador arrepentido y lo llama a la penitencia. Se destacan los méritos de Lutero —su seriedad en la relación personal con Dios, su amor por la Escritura y su conciencia del pecado—, pero también sus graves errores doctrinales, que derivaron en la confusión entre concupiscencia y pecado mortal, la exclusión de la disciplina ascética y la vana confianza en la predestinación. La conclusión subraya que la vida cristiana es, en definitiva, súplica humilde de la misericordia divina: Kyrie, eleison. [En la imagen: detalle de "El Juicio Final", pintura al fresco, entre 1536 y 1541, obra de Michelangelo, conservado en la Capilla Sixtina, Vaticano].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 30 de julio de 2026
Sobre la cuestión del castigo divino (4/4)
Sobre la cuestión del castigo divino
Cuarta Parte (4/4)
(Traducción al español de la cuarta parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 30 de julio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/sulla-questione-del-castigo-divino_0891086522.html)
Lutero de la desesperación a la jactancia
Lo acontecido con Lutero reviste una importancia enorme para el tema que nos interesa. Se puede decir que la cuestión del castigo divino y de la ira divina son el nudo y el eje central en torno al cual gira toda la vida de Lutero. El inicial terror del castigo divino y la convicción de no poder liberarse de la culpa, convertidos en insoportables, suscitaron en Lutero, en la famosa «experiencia de la torre» de 1515 o 1516, la repentina certeza de la propia predestinación en base a una supuesta aparición de Cristo que le prometía la salvación, con tal de que creyese en esta promesa, sin preocuparse de sus propios pecados.
Como en la dialéctica hegeliana lo negativo es el resorte que hace saltar el proceso dialéctico, así para Lutero su experiencia traumática juvenil de la ira divina fue la mecha que provocó la explosión de su volcánica personalidad con su característica jactanciosa certeza de su predestinación. Lutero expulsó el terror del infierno con tal violencia que cayó en el defecto opuesto de una obstinada presunción de ser salvado, que constituyó en realidad la verdadera ocasión de perder su propia alma, salvo que Dios haya verdaderamente tenido piedad de él.
Lutero consideró luego encontrar la base bíblica de aquella su experiencia en el famosísimo pasaje de la Carta a los Romanos:
«Independientemente de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testimoniada por la ley y por los profetas; justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen. Y no hay distinción: todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención realizada por Cristo Jesús» (3,21-23).
Este pasaje importantísimo es de delicadísima interpretación. Para entender verdaderamente qué quiere decir San Pablo, es necesario insertar estas palabras en el contexto de su pensamiento y no fijarse unilateralmente en su sentido inmediatamente aparente, de otro modo se convierte en el apoyo de la herejía luterana.
De hecho, ante todo aquí Pablo con el término «justicia divina» no se refiere al poder divino de retribuir nuestras obras, a su poder de premiar y castigar, del cual Pablo habla abundantemente en otros lugares, sino que se refiere a la misericordia. Errada, por tanto, fue la interpretación de Lutero, el cual creyó encontrar aquí la confirmación de su experiencia de la torre, es decir pensó que si creemos que Cristo nos salvará y nos ahorrará el castigo por nuestros pecados, podemos tranquilamente continuar pecando, y nos salvaremos.
En segundo lugar, con la expresión «independientemente de la ley» Pablo no quiere decir que la justificación no dependa de la observancia de la ley, no quiere decir que para llegar a ser y ser justos no sea necesario obedecer a la ley mosaica, no quiere negar que la justificación sea efecto de la obediencia a la ley, pues en otros lugares Pablo es clarísimo al advertir que quien no observa los mandamientos no se salva.
Él en cambio quiere decir que Dios ha condicionado sí la justificación a la obediencia a la ley, pero, a fin de hacer efectivamente posible al hombre tal obediencia, nos ha dado a Cristo, creyendo en el cual, acogiendo la gracia del cual y poniendo en práctica la ley del cual, la ley de la caridad, obtenemos la salvación.
En tercer lugar, cuando Pablo dice que la justicia de Dios se ha manifestado «por medio de la fe», no quiere decir, como ha creído Lutero, que para ser justificados sea suficiente aquella «fe» de la cual Lutero habla en referencia a la experiencia de la torre, es decir creer que Cristo nos salvará sin que sea necesaria nuestra colaboración, contrariamente a cuanto San Pablo dice expresamente (I Cor 3,9; II Cor 6,1).
En cuarto lugar, cuando Pablo, hablando de los creyentes en Cristo, dice que «son justificados gratuitamente por su gracia», no quiere absolutamente excluir, como resulta de otros textos, que la gloria celestial sea premio y corona de nuestras fatigas (I Cor 9,24; Fil 3,12; Col 2,18; II Tm 4,8), ganancia de nuestro trabajo (Fil 3,8), objeto de mérito, gloria merecida por nuestras buenas obras en Cristo (Rm 14,19; II Cor 9,8; Ef 2,12; I Tm 5,25; Tt 3,1), por cuanto nuestros méritos son sólo simple participación en los méritos de Cristo en cuanto vivimos en Cristo.
Cuando Pablo opone la fe o la gracia a las obras, es necesario prestar mucha atención para no malinterpretarlo. Cuando en la Carta a los Romanos (11,5) habla de salvación por gracia y no por las obras, no quiere decir que para salvarse no sea necesario observar los mandamientos, sino que se refiere a la «elección por gracia», es decir los predestinados, evidenciando el hecho de que si algo es donado por gracia, no puede ser adquirido por una obra, ya que es claro que aquello que se recibe gratis no lo compramos ni lo ganamos con una prestación nuestra.
Aquí San Pablo toca el aspecto aparentemente paradójico de la justificación, que es un bien al mismo tiempo don de la gracia y adquirido por nuestras obras. El reino de Dios nos es donado por el Padre, pero al mismo tiempo es la perla preciosa que el mercader compra vendiendo todos sus bienes.
¿Cómo es posible esto? Esta fue para Lutero la piedra de tropiezo que lo hizo desviarse. No logró juntar las dos cosas. No logró ver la relación entre la gracia y el libre albedrío. Pensó que debía elegir entre la acción de la gracia sola (el famoso «sola gratia») sin el libre albedrío y la acción del libre albedrío sin la gracia. Y entonces, para evitar el pelagianismo, negó el libre albedrío. No comprendió que no hay ninguna contradicción porque la gratuidad concierne al obrar divino, mientras el gasto es asunto del hombre. La justificación resulta de la convergencia del obrar divino con el obrar humano.
Lutero no entendió que la verdadera paz de la conciencia y la salvación nacen de un encuentro amoroso entre dos personas, un equilibrio entre dos libertades: la humana y la divina. No supo dosificar ante Dios el temor con la confianza. Pasó de una desconfianza hostil a una confianza presuntuosa, de una duda irrazonable a una certeza fanática. No supo conciliar en Dios la justicia con la misericordia. Remedió al Dios cruel con el Dios permisivo y buenista, que hoy tiene tanto éxito. No se advierte que el fantasma de la crueldad se esconde detrás del exceso de indulgencia porque los malhechores se creen excusados y aprovechan para aumentar su maldad.
Una pregunta que podemos plantearnos es cómo explicar por una parte la rebelión de Lutero contra el Papa y el Magisterio de la Iglesia, y por otra su fetichista apego a la Biblia, y digo fetichista, porque el verdadero y sensato amor por la Biblia no es pensable sino en el seno materno de la Iglesia cristiana originada en Israel, una, santa, católica y apostólica, que es la autora humana y la heredera de la Biblia. No tiene sentido interpretar la Biblia prescindiendo de este seno materno en el cual ella está custodiada y vive; sería como arrancar un feto del seno de la madre.
¿Cómo se explica esta actitud extraña? Muy probablemente hay una componente psicológica: Lutero se convenció de haber encontrado en Rm 3,27-28 la solución de su drama y la base bíblica de su doctrina de la justificación, puesto que la consideraba como su divina consolación y fuente de su entusiasmo. Al ver que el Papa desaprobaba su interpretación, se enfureció de tal manera que rechazó no sólo a León X, sino incluso a la entera institución del papado. Una reacción evidentemente desproporcionada, claro signo de psicopatología, además de estar sujeto a un ímpetu de irrefrenable orgullo, precisamente él, que tanto había predicado contra el orgullo.
El Concilio de Trento, aunque condenando los errores de Lutero, supo reconocer los puntos doctrinales fundamentales en los cuales Lutero mantuvo la verdad cristiana. Por esto tales puntos fueron confirmados en 1999 por una Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación entre el Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos y la Federación Luterana mundial. Tal Declaración, tratándose solamente de un Dicasterio de la Santa Sede, no compromete evidentemente al Magisterio de la Iglesia y sin embargo recibió la aprobación del Papa.
En el documento los luteranos no corrigen casi ninguno de sus errores denunciados por el Concilio de Trento: niegan la colaboración del hombre a la obra de Cristo en su justificación (21, 23, 24), niegan los méritos (17, 19, 39), no está claro si el pecado es cancelado o sólo no imputado (22, 29). Parece sin embargo que se renuncia a la doctrina de la corrupción total de la naturaleza, por lo cual parece reconocido el poder de la razón y del libre albedrío (19). Se reconoce la necesidad de las buenas obras (22, 24, 25).
La Declaración muestra los puntos en común con la visión católica con una evidencia mayor de cuanto encontramos en el Concilio de Trento. Esto por lo demás hace un retrato de la espiritualidad luterana que permanece válido hasta hoy y de otro modo no podría ser, considerando que se trata de Magisterio de la Iglesia.
Dice el Concilio: «Aunque es necesario creer que los pecados no son remitidos ni han sido jamás remitidos sino gratuitamente por la divina misericordia a causa de Cristo, se debe decir que a ninguno que se jacta de la confianza y de la certeza de la remisión de sus pecados y que en ella sola se apoya, los pecados son remitidos o han sido remitidos, dado que entre los herejes y los cismáticos puede darse, es más, en nuestro tiempo se da y con gran aversión a la Iglesia se predica esta vana confianza ajena de todo sentido religioso (pietate).
Pero no se debe tampoco afirmar que es necesario que aquellos que son verdaderamente justificados sin nutrir ninguna duda hayan establecido de ser justificados y que nadie es absuelto de los pecados, sino aquel que cree con certeza de ser absuelto y justificado, y que por medio de esta sola fe se lleva a cumplimiento la absolución y la justificación, como si quien no cree en ello dudase de las promesas de Dios y de la eficacia de la muerte y de la resurrección de Cristo. En efecto, como ningún hombre piadoso debe dudar de la misericordia de Dios, del mérito de Cristo y de la virtud y de la eficacia de los sacramentos, así cualquiera al considerar su propia debilidad e indisposición, puede temblar (formidare) y temer, dado que nadie puede saber con certeza de fe, a la cual no puede someterse lo falso, de haber conseguido la gracia de Dios» (Denz.1534).
«Nadie, tampoco, mientras vive en esta mortalidad, debe hasta tal punto presumir del oculto misterio de la divina predestinación, que asiente como cierto hallarse indudablemente en el número de los predestinados [Can. 15], como si fuera verdad que el justificado o no puede pecar más [Can. 23], o, si pecare, debe prometerse arrepentimiento cierto. En efecto, a no ser por revelación especial, no puede saberse a quiénes haya Dios elegido para sí» (Denz.1540).
El así llamado «descubrimiento» o «medicina» de Lutero
Una cosa que causa disgusto es el hecho de que el Card. Kasper, hablando de la famosa doctrina luterana de Dios que cubre el pecado y hace como si no viera, por la cual salva al pecador no arrepentido, la llame «gran descubrimiento que liberó también a él del miedo del pecado y de los tormentos de la conciencia» ¹.
Que San Pablo en Rm 3,27-28 por «justicia» divina entienda la misericordia ya se sabía. Pero la idea de Lutero de que el pecado permanece aunque no imputado, esta no es un descubrimiento, sino un fraude vergonzoso que debería repugnar a toda conciencia honesta. ¿Cómo se puede ser tan mezquino como para pretender continuar tranquilamente pecando permaneciendo impunes, sin tener que rendir cuentas a Dios y sin remediar lo mal hecho? ¿Se cree acaso obtener tranquilidad porque se sofoca el reproche de la conciencia?
El temor de pecar es saludable porque mantiene alejados del pecado. El dolor por haber pecado es saludable porque nace de la caridad y dona la verdadera paz. La confusión que probamos por ser culpables es saludable, porque nos estimula al arrepentimiento y a la reparación. El verdadero tormento no es la confesión de pecados, sino la conciencia deshonesta y perversa, que prepara el tormento del infierno. Imposible experimentar la inefable paz de haber sido perdonados, si no queremos abandonar el pecado. No es sincero el arrepentimiento de quien no quiere hacer penitencia y no quiere pagar sus culpas. Impío es quien no ve en las desgracias que le suceden la voz de Dios que lo llama a penitencia y necio es si no aprovecha de ellas.
Igualmente causa disgusto que el Papa Francisco, hablando improvisadamente en avión durante un viaje a Armenia, haya dicho de Lutero: «él ha hecho una “medicina”». Quizás el Papa quería decir que Lutero pretendía ofrecer una medicina, sin pronunciarse sobre el hecho de que lo haya logrado. De todos modos, de la boca de un Papa, aun con todo el respeto por el ecumenismo, nunca nos habríamos esperado palabras semejantes, aunque sabemos que cuando un Papa habla fuera de la oficialidad, habla a su riesgo y peligro.
De todos modos, ha llegado el momento, después de cinco siglos de discusiones, y las indicaciones dadas por el Concilio de Trento y gracias al ecumenismo promovido por el Concilio Vaticano II, de dar una valoración global actualizada sobre Lutero reconociendo sus méritos y sus errores. Lutero nos ha dejado una preciosa herencia y al mismo tiempo nos ha sugerido la peligrosa ilusión de poder burlarse de Dios. La preciosa herencia es de origen agustiniana y en ello se explica la elección de Lutero de hacerse agustino.
Tal herencia consiste en la extrema seriedad con la cual Lutero afrontó su relación personal con Dios en Cristo. Lutero sabía que en esta relación estaba en juego el sentido de su vida y su destino eterno. Sabía que yo en mi conciencia me relaciono con Dios, puedo hablarle y puedo escucharlo. Tenía una fe firme y sólida. Amaba la palabra de Dios. Creía en la inspiración del Espíritu Santo. Tenía la conciencia de haber pecado contra Él: «contra Ti, contra Ti solo he pecado: lo que es malo a tus ojos yo lo he hecho» (Sal 150,6). Sabía que lo que puede dar paz al alma es sólo la experiencia del perdón de Dios; «sáciame por la mañana con tu gracia» (Sal 90,14). Sabía que la concupiscencia es invencible.
Sentía dolor por sus pecados y deseaba ser santo. Percibía sobre sí el castigo de Dios. Sabía que el cristiano está llamado a la libertad. Sabía que la salvación es efecto de la predestinación. Fue activísimo en lo que consideró deber hacer para la difusión del Evangelio, el bien de la Iglesia y la salvación propia y de las almas. Todo esto debe ser mantenido y conservado.
Lutero en cambio no ha hecho ningún descubrimiento y no ofrece ninguna medicina. Su descubrimiento –es decir la justificación sin méritos– es un falso descubrimiento y la fe de salvarse sin méritos es una falsa medicina. Que Dios en su misericordia nos prevenga con su gracia y que la salvación sea efecto de la gracia la Iglesia lo había siempre sabido, mientras que ya San Agustín había aclarado muy bien que, si no podemos ir al paraíso del cielo en base a méritos simplemente humanos, este es conquistado por el mérito sobrenatural, que es él mismo don de la gracia, concepto este que fue retomado por el Concilio de Trento.
Lutero habla tanto de salvación, mientras al mismo tiempo sostiene, como es sabido, la corrupción total de la naturaleza humana, según él consecuente al pecado original. Ahora bien, un salvador es evidentemente uno que obra sobre una persona viva, que simplemente es defectuosa o enferma o herida o debilitada, una persona que conserva todavía fuerzas, aunque no en su plenitud.
Ahora bien, no se entiende por qué Lutero considera que el libre albedrío está extinguido y la razón ciega, cuando en la práctica da muestra de saber usarlos muy bien, si acaso la razón para tejer sofismas y la voluntad para rebelarse contra la Iglesia. Es verdad que Cristo nos libera, nos devuelve la vida, nos hace resurgir de las tinieblas, de la muerte y de la esclavitud del pecado, pero Él es también médico, que nos pide usar aquellas fuerzas que nos quedan para colaborar en la obra de nuestra salvación.
El Concilio de Trento hace notar a Lutero que él confunde la concupiscencia, que es tendencia o inclinación al pecado pero no todavía pecado, y por esto ella puede estar junto con la gracia, con el acto o el estado de pecado, que comporta la ausencia de la gracia.
Así para Lutero, como la concupiscencia es invencible, así lo es el pecado mortal. El Concilio de Trento responderá que es inevitable el pecado venial, que no quita la gracia, pero no el mortal. Pero así para Lutero el pecado entra en el mismo proceso de la redención, mostrando que confunde el mal de culpa con el mal de pena.
Lutero está convencido de que su «fe» es aquella que, en lugar del sacramento de la Penitencia, es lo que asegura paz y serenidad a la conciencia, que de otro modo estaría atormentada por el escrúpulo, la angustia y el terror.
Él, influenciado por el voluntarismo empirista ockhamista, no distingue el sentido de culpa, que es un simple disturbio emotivo e irracional, llamado también «ansiedad», la angustia (Angst), de la cual habla Heidegger, curados por el psicólogo eventualmente con psicofármacos, de la conciencia o consciencia de la culpa, que es un acto del intelecto acompañado por la voluntad.
En base a estas premisas, es sabido a qué conclusiones prácticas llegó Lutero: es inútil la confesión periódica, tanto caigo siempre en los mismos pecados. No hay nada que hacer. La confesión es un tormento, porque cada vez te das cuenta de que no lo logras, que has fallado en corregirte, porque estamos siempre de nuevo en lo mismo. Terminas siempre con el remordimiento y un amargo sentido de frustración. No eres libre, eres esclavo del pecado.
Así para Lutero la paz no te viene de las obras buenas, porque no las tienes, considerando la corrupción de tu naturaleza. Tú crees realizar obras buenas, pero en realidad ellas son siempre pecados. Hay en nosotros un sutilísimo orgullo escondido, decía Lutero, que estropea incluso las obras más buenas. Nuestra justicia no nos viene de las obras, sino sólo de la gracia de Cristo. Confiándonos a Cristo, acogiendo con fe su gracia, nuestra justicia será la misma de Cristo. No debemos por tanto esforzarnos en cesar de pecar, todos esfuerzos inútiles, porque tanto no lo logramos. Continuemos tranquilamente pecando; basta que creamos que Dios nos perdona.
Lutero apreciaba sin duda el valor de los castigos divinos y era bien consciente del aspecto agonístico de la vida cristiana según la tradicional tríada: contra el demonio, contra el mundo, contra la carne. Él percibía con fuerza la importancia de la lucha contra el demonio, aunque lo veía también como una fuerza divina que autoriza a pecar. Lutero concibió la lucha contra el mundo como lucha contra el Papa, que él consideraba el anticristo y por tanto fue el instigador de las terribles guerras de religión que destrozaron a la Europa del siglo XVI al XVII.
Sordo en cambio permaneció Lutero al llamado paulino de la lucha del espíritu contra la carne: «castigo duramente mi cuerpo y lo reduzco a esclavitud, para que, después de haber predicado a los otros, no resulte yo mismo descalificado» (I Cor 9,24-25). Esto refleja su convicción de la invencibilidad de la concupiscencia y lo llevó a despreciar el voto de virginidad ², haciendo excepción para la Virgen. Por esto la ética luterana está privada de tensión ascética, cosa que termina por oscurecer su espiritualidad, que permanece vigorosa, a pesar de la falta de una adecuada disciplina.
Notable en Lutero es la temática de la oposición humildad-soberbia, tema de origen agustiniano, pero también bíblico. Sólo que Lutero pervierte el significado de las dos categorías morales: la humildad no es ya la propia sujeción a la Iglesia, sino la aceptación resignada de la propia laxitud moral; la soberbia no es ya la pretensión de enseñar y de corregir al Papa, sino la presentación de los propios méritos a Dios.
Entonces, he aquí aquello de lo cual nos asegura Lutero: ningún castigo o condena pesa sobre ti, sino que flota solamente consoladora la certeza de fe en tu predestinación y en tu salvación, con tal de que creas firmemente que Dios tiene piedad de ti. Y si la conciencia te reprocha, no le des importancia, sino que prevalezca la fe inconmovible de que Dios en su misericordia te ha perdonado.
Ciertamente, el católico se hace una serie de preguntas: ¿me he confesado bien? ¿He sido sincero o reticente al confesar mis pecados? ¿Dios me ha perdonado o estoy en deuda con Él? ¿He pecado mortalmente o sólo venialmente? ¿Estoy en culpa o soy inocente? ¿Lo he hecho a propósito o sin querer, porque vencido por la pasión? ¿Sabía lo que hacía? ¿Me he arrepentido verdaderamente? ¿Amo verdaderamente a Dios o no soy sincero con Él? ¿Sé siempre distinguir a Dios del diablo?
Lutero no daría importancia a estas preguntas, porque las consideraría sin respuesta. Lo importante para él es la elección fundamental por Cristo perdonador y el obrar según conciencia en la libertad a la luz de la palabra de Dios y a disposición de los impulsos del Espíritu.
Seamos sinceros y hablemos seriamente: ¿quién verdaderamente nos libera de los tormentos de la conciencia, quién nos da la verdadera medicina que alivia nuestros sufrimientos, quién da paz a nuestra alma, quién nos cura de nuestros pecados, quién nos hace gustar verdaderamente la dulzura de la divina misericordia, quién alimenta la esperanza de la salvación, quién nos da consuelo en el sufrimiento, quién nos libera de los venenos que nos matan?
No son Lutero con sus seguidores, no son las «iglesias» luteranas, enredadas siempre en interminables contrastes entre ellas, como ya notaba Bossuet, sino que son las mismas palabras de Cristo, son los Salmos de la Escritura, son las enseñanzas de los Santos y de los Doctores de la Iglesia, son una Santa Teresa del Niño Jesús, una Santa Teresa de Jesús, una Santa Catalina de Siena, un San Buenaventura, un San Bernardo, un San Agustín, un San Tomás, un San Francisco de Sales, un San Francisco de Asís, un San Juan Pablo II.
El gran castigo escatológico está descrito en el Apocalipsis. Aquí el plan divino prevé, como es sabido, el triunfo final descrito de Cristo a la guía de los justos sobre las potencias de Satanás a la guía de los impíos. Así, según San Pablo, Dios Padre ha confiado a Cristo la tarea de la «recapitulación» (anakefaláiosis) de todas las cosas, operación divina conclusiva de la historia terrena que debe ponerse en relación con el juicio final universal de Cristo que separa definitivamente a los justos de los injustos, operación que en cambio desgraciadamente Orígenes ha reconducido malinterpretando a su famoso concepto de la «apocatástasis» (apokatastasis), que tiene el diverso significado de «reintegración», como si Dios devolviese el mundo al estado originario en el cual el mal no existía.
Pero la revelación cristiana no es esta. Si en los inicios el mal no existía, Dios ha querido que la plenitud final de la historia del mundo hiciese desaparecer, ciertamente, el mal de culpa, pero no el mal de pena para los réprobos y para los demonios.
Lutero, a diferencia de los buenistas de hoy, creía en estas verdades. Sabía que hay bienaventurados y hay condenados. Hay premio y hay castigo. Sus últimas palabras, recogidas por testigos presentes en el tránsito ³, no fueron las palabras jactanciosas del Lutero cierto de salvarse, sino que fueron palabras inspiradas en humildad, fueron palabras de súplica a Dios y de abandono en sus manos: «Somos mendigos, Wir sind Bettler». Una reminiscencia evidentemente agustiniana y, más en raíz, un sentimiento evangélico.
Lutero nos ha enseñado que al fin de cuentas la vida cristiana no debe ser otra cosa que una súplica a Dios para que tenga piedad de nosotros ⁴. Kyrie, eleison, como imploramos al inicio de la Misa. Y aquí Occidente se encuentra con Oriente, si recordamos la importancia que la espiritualidad rusa da a la llamada «oración de Jesús» ⁵: «Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador», una oración letanica que los ascetas rusos repiten continuamente con el mismo ritmo de la respiración.
Fin de la Tercera Parte (3/4)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 23 de junio de 2026
Notas
¹ Misericordia. Concetto fondamentale del Vangelo – Chiave della vita cristiana, Editrice Queriniana, Brescia 2013, p.121.
² Denifle documenta ricamente este aspecto reprobable de las ideas y la conducta de Lutero en Lutero y el luteranismo en su primer desarrollo, Roma 1905.
³ Ver Ricardo Garcia-Villoslada, Martin Lutero, Istituto Propaganda Libraria, Milán 1987, vol.II, p. 776.
⁴ Probablemente lo que dijo el Papa Francisco, después de leer el libro que he citado sobre la misericordia del Card. Kasper, que el Cardenal era un teólogo que hace teología de rodillas, se refería a lo que Kasper dice en ese libro de la confianza de Lutero en la misericordia divina.
⁵ Véase Tomás Spidlik, I grandi mistici russi, Edizioni Lipa Lipa Roma 2016, c.XII.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum doctrina Lutheri de iustificatione sine meritis vera medicina sit pro conscientia christiana
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod doctrina Lutheri de iustificatione sine meritis vera medicina sit pro conscientia christiana.
1. Quia Lutherus, metu poenae divinae vexatus, in experientia turris certitudinem praedestinationis invenit et credidit solam fidem sufficere ad salutem, sine operibus nec confessione. Hoc videtur pacem dare et ab angore liberare, cum qui se praedestinatum scit iam damnationem non timeat.
2. Praeterea, quidam theologi moderni hanc doctrinam “magnum inventum” vel “medicinam” appellaverunt, quasi liberaverit a scrupulo peccati et tormentis conscientiae, viam consolationis praebens contra anxietatem.
3. Item, Lutherus tenuit quod opera nostra semper corrupta sunt per superbiam occultam, ita ut iustitia ex eis oriri non possit, sed solum ex gratia Christi. Hoc videtur concordare cum doctrina Pauli de gratuitate salutis, et ideo rationabile esset merita humana excludere.
4. Denique, Lutherus docuit sufficere firmiter credere in remissionem Dei ad certitudinem salutis obtinendam, quod videtur fiduciam et securitatem dare contra timorem inferni, vitando frustrationem confessionum iteratarum et inutilium.
Sed contra est quod docet Concilium Tridentinum: quamvis peccata gratuita misericordia Dei propter Christum remittantur, nemo potest certitudinem absolutam praesumere se iustificatum esse, nec potest excludere necessitatem cooperandi cum gratia per opera et sacramenta. Sanctus Augustinus docet merita supernaturalia esse fructum gratiae et participationem meritorum Christi. Apostolus Paulus admonet quod qui mandata non observat non salvatur.
Respondeo dicendum quod doctrina Lutheri de iustificatione sine meritis vera medicina non est, sed falsa illusio. Ecclesia semper scivit salutem esse effectum gratiae, sed etiam merita supernaturalia, fructum cooperationis liberi arbitrii cum gratia, esse necessaria ut participatio meritorum Christi. Error Lutheri fuit confundere concupiscentiam cum peccato mortali et negare liberum arbitrium, fidem ad actum mere subjectivum redigens qui sacramentum paenitentiae substituit. Sic conscientiam culpae in anxietatem psychologicam transformavit et putavit sufficere reprimere reprehensionem interioris ad pacem obtinendam. Sed vera pax nascitur ex sincero paenitentia, ex confessione et ex satisfactione. Timor peccandi salubris est quia a peccato arcet; dolor peccati salubris est quia ex caritate oritur et pacem veram confert; confusio culpae salubris est quia ad paenitentiam et ad emendationem stimulat. Vera medicina est misericordia Dei quae peccatorem paenitentem absolvit, non illusio impune peccandi. Doctrina Lutheri, asceticam disciplinam et tensionem inter iustitiam et misericordiam excludens, spiritualitatem obscurat et laxitatem moralem fovet.
Ad primum dicendum quod experientia turris deceptio subiectiva fuit, cum certitudo praedestinationis sine operibus doctrinam apostolicam contradicat et ad superbiam inducat.
Ad secundum dicendum quod improprium est iustificationem sine meritis “medicinam” appellare, quia conscientiam non sanat sed sopit, reprehensionem interiorem suffocans sine culpa expiata.
Ad tertium dicendum quod, quamvis opera nostra fragilitate notentur, in Christo vera merita fiunt, ut docet Augustinus et confirmat Tridentinum, gratia libertatem humanam elevans.
Ad quartum dicendum quod certitudo fanatica salutis vana fiducia est, cum nemo scire possit certitudine fidei se gratiam adeptum esse nisi per revelationem specialem, et conscientia christiana humilis, vigilans et paenitens manere debet.
JG
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