En esta tercera parte, el padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo Dios conduce a la humanidad desde la severidad de la Antigua Alianza hasta la plenitud de la gracia en Cristo, revelando los misterios de la Encarnación y de la Trinidad. Examina la crueldad de los castigos veterotestamentarios, la perfección de la ética evangélica y la necesidad de anunciar íntegramente el Evangelio, incluso el misterio de la Cruz. Asimismo, analiza los errores de Lutero y de la teología luterana en torno al pecado, la gracia y la providencia, subrayando que el castigo divino no contradice la misericordia, sino que es expresión severa de la justicia y del amor de Dios. [En la imagen: fragmento de "Cristo y la adúltera", óleo sobre lienzo, siglo XVI, obra de Rocco Marconi, de la colección de la Galería de Venecia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 30 de julio de 2026
Sobre la cuestión del castigo divino (3/4)
Sobre la cuestión del castigo divino
Tercera Parte (3/4)
(Traducción al español de la tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 27 de julio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/sulla-questione-del-castigo-divino_0660712830.html)
El paso del Antiguo al Nuevo Testamento
La Biblia concibe a Dios según el modelo de un soberano sabio y providente, que se ocupa de su pueblo educándolo a niveles siempre mayores de virtud, promoviendo su progreso moral y civil para conducirlo a una felicidad siempre mayor.
Dios, en un primer momento, indignado por la desobediencia de los primeros progenitores, decide no dejar para siempre a la humanidad en las condiciones de miseria que se merecía, sino que en Cristo la levanta de aquella condición y le ofrece un estado glorioso de vida, el de los hijos de Dios, superior a aquel que habría existido si Adán no hubiese pecado. He aquí por qué la Iglesia canta paradójicamente: o feliz culpa, que mereciste un semejante redentor.
Dios, sin embargo, purísimo Espíritu y acto puro de ser, exento de cualquier devenir, causa el desenvolverse del tiempo, la evolución histórica y el progreso humano en el tiempo. El obrar divino no es como el humano que deviene en el tiempo con actos que se suceden a actos, aunque la Biblia hace aparecer las cosas como si fuesen así. En el devenir no está Dios, sino la humanidad movida por Dios en el tiempo y en el espacio.
Es, por tanto, Dios quien, después de haber suscitado el Antiguo Testamento, suscita el Nuevo, no sin embargo en el sentido de que la acción divina evolucione en el tiempo y en la historia: es la humanidad la que recibe de Dios su mismo evolucionar bajo el influjo de la única inmutable acción divina coincidente con el mismo ser divino.
El paso del Antiguo al Nuevo Pacto comportó la institución divina por medio de Cristo de un sacerdocio verdaderamente eficaz, como demuestra la Carta a los Hebreos, para satisfacer a la justicia del Padre y obtener misericordia. En este sacerdocio es el mismo Hijo de Dios quien no sólo ofrece el sacrificio, sino que es la misma víctima del sacrificio.
Cuando se habla del obrar divino en la historia no se debe creer que Dios cambie. Él de hecho es simplicísimo y purísimo acto de ser subsistente en su infinita perfección, por lo cual el hablar que hace la Biblia de intervenciones de Dios en la historia es un lenguaje antropomórfico que no debe ser malinterpretado. Lo que en el tiempo en realidad va sujeto a sucesión y cambio son los eventos humanos causados por Dios, que en su esencia permanece inmutable.
Según la revelación bíblica Dios, que por su misericordia no ha querido que la humanidad pecadora permaneciese prisionera de los infiernos, del diablo y de la muerte, inmediatamente después de la caída decidió levantar a la humanidad de su miseria poniendo en acto un plan de salvación eterna que comportó en su ejecución dos tiempos o dos fases o etapas en progresión histórica hacia un culmen final, que está mostrado y profetizado en la Biblia por la escatología del Apocalipsis.
Dios no ha querido para la nueva humanidad resucitada del pecado solamente la simple recuperación del estado edénico, sino que ha querido una forma de vida superior, por la cual el hombre no es ya solamente enriquecido de dones preternaturales, como lo fue en el Edén, sino que se convierte en el Hijo divino, hijo de Dios mismo, es decir viviente en gracia, o sea por una participación, de la misma vida divina.
Dios, por tanto, ha obrado la salvación de la humanidad no con un simple e instantáneo acto de su omnipotencia, sino de modo sucesivo, en el tiempo y en la historia. En formas siempre más sublimes, hasta mostrar el culmen de su amor y de su misericordia en el don que nos ha hecho de su mismo Hijo unigénito Jesucristo.
Por tanto, dos intervenciones fundamentales: una primera alianza con Moisés y una segunda, mejor y definitiva alianza por medio de Cristo: «La ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Jn 1,17).
San Juan quiere decir que después de la caída de Adán, la primera cosa que Dios decidió hacer fue, además de la promesa de un salvador, instruir al hombre, cuya inclinación al bien se había debilitado a causa del pecado original, acerca de los deberes de la conducta moral. Y he aquí el decálogo mosaico y el principio moral inculcado por Dios al hombre, según el cual la justicia es el efecto del cumplimiento de las obras buenas en obediencia a la ley mosaica.
El hecho de que Cristo haya dado la gracia y la verdad no quiere decir que en la Antigua Alianza Dios no hiciese gracia y no enseñase la verdad, sino que Juan se refiere a una gracia bien precisa y a una verdad bien precisa. La gracia es la de los hijos de Dios y la verdad es la revelación de los misterios de la Encarnación, de la Redención y de la Santísima Trinidad.
Este concepto de «alianza» o «pacto» (hebreo: beríth) entre Dios y el hombre es evidentemente una expresión metafórica tomada del contrato de trabajo entre un trabajador y un empleador, como por lo demás aparece en algunas parábolas evangélicas. San Pablo traduce beríth con diatheke (II Cor 3,14), que la Vulgata traduce con testamentum, que tiene más bien el significado de «disposición». La palabra italiana o española "testamento" es equívoca porque hace pensar en las últimas disposiciones de una persona que deben cumplirse después de su muerte.
Como es sabido, en el régimen de la Antigua Alianza Dios aparece airado y enojado por la ofensa recibida del pecado. Aparece en su majestad terrible e inaccesible. Muestra, sin embargo, su paternidad y providencia, su misericordia y su voluntad de reconciliar al hombre consigo, acepta la ofrenda de sacrificios hechos con corazón puro y arrepentido, pero en un clima de austeridad y severidad, desde lo alto inaccesible de los cielos, a lo lejos, ni al hombre le es concedido acercarse a Dios, porque su impureza e indignidad no le permitirían proporcionarse a la pureza divina, por lo cual esta cercanía audaz, entrando en conflicto con la suma pureza divina, le provocaría la muerte.
Cómo se explica la crueldad de los castigos y de las guerras
en el Antiguo Testamento
Lo que todos pueden notar es la existencia en el Antiguo Testamento de procedimientos punitivos y de métodos bélicos de tal crueldad, que nadie hoy, incluso entre los más decididos sostenedores de la legitimidad del uso de la fuerza y de penas severas, se sentiría ya de sostener.
Y lo que desconcierta es la convicción de aquel tiempo de que aquellas prácticas eran queridas por Dios. Se trata, en el testimonio del pueblo hebreo, de un estadio de la humanidad creyente sí en Dios, una humanidad que conoce la ley moral impuesta por Dios, pero una humanidad pecadora de gran atraso cultural respecto de las condiciones de la humanidad moderna, corregidas y elevadas por dos mil años de cristianismo.
El Dios del Nuevo Testamento muestra ciertamente, con el envío al mundo del Hijo de Dios, una misericordia más grande que la del Antiguo. Pero no olvidemos la advertencia de la Carta a los Hebreos:
«Si pecamos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, no queda ya ningún sacrificio por los pecados, sino solamente una terrible espera del juicio y la llama de un fuego que deberá devorar a los rebeldes. Cuando alguien ha violado la ley de Moisés, es puesto a muerte sin piedad sobre la palabra de dos o tres testigos. De cuánto mayor castigo entonces pensáis que será considerado digno quien haya pisoteado al Hijo de Dios y considerado profano aquella sangre de la alianza por la cual fue un día santificado y haya despreciado el Espíritu de la gracia. Conocemos de hecho a Aquel que ha dicho: “A mí la venganza. Yo daré la retribución”» (26-30).
Jesucristo confirma de varios modos el atributo de la justa severidad de Dios y de la justa coerción en los procedimientos judiciales y mantiene la legitimidad del uso de las fuerzas militares, pero al mismo tiempo perfecciona la norma de la justicia pidiendo al hombre una actitud de mayor benevolencia hacia el prójimo en imitación de la misma bondad divina: el enemigo no se convierte en amigo. Él por tanto debe ser combatido en aquello en que es enemigo, pero debe ser amado en aquello que en él es amable. Cristo no abole el justo castigo y la justa operación militar, no abole las fuerzas armadas, pero exige que su uso esté animado por el amor.
La ética evangélica es más delicada, más exigente y por tanto más perfecta y elevada que la mosaica. El castigo del pecado permanece y es también severo, pero el mismo pecado que viene castigado es menos grave, como resulta claro de las palabras del Señor en Mt 5,22: homicidio no es sólo la matanza física, sino también el insulto, la injuria, la contumelia, la difamación, la denigración, la falsa acusación, la calumnia:
«Quienquiera se enoje con su propio hermano, será sometido a juicio. Quien luego diga al hermano: estúpido, será sometido al sanedrín y quien le diga loco, será sometido al fuego de la gehena».
El mandato del Señor no se refiere al uso indiscriminado de estos títulos, sino al uso inmotivado o hecho porque se está movido por pasión incontrolada o por odio o por envidia. Ciertamente, si uno es verdaderamente un mentiroso, un soberbio, un impío, un hereje, un hipócrita, un ladrón, un lujurioso o la acusación está fundada, puede ser no sólo lícito, sino también obligatorio y saludable, puede tener incluso efecto benéfico correctivo el uso de estos títulos, hecho a tiempo y lugar, en el debido modo, y con un moderado enojo. Tenemos el ejemplo en Jesús mismo.
En la ética evangélica aún más severo castigo merecen las palabras venenosas que matan el alma poniéndola en peligro de perderse eternamente, como el fraude y el engaño en materia de fe o de moral, la herejía, la falsa doctrina, o aquellas que San Pablo llama «doctrinas diabólicas» (I Tm 4,1).
En cuanto a los famosos preceptos en Mt 5,38-48, Cristo, con expresiones enfáticas, que deben ser bien entendidas, no quiere abolir el orden judicial, no quiere negar los deberes de los jueces y de los tutores del orden público, no quiere negar las virtudes y los deberes de los militares, ni el derecho de recuperar lo que nos ha sido robado, o de obtener justicia contra quien nos ha ultrajado o nos ha hecho un daño, sino que quiere inculcar actitudes de disponibilidad, de mansedumbre, de tolerancia, de generosidad, de magnanimidad.
Los famosos «pero yo os digo» de Mt 5 parecerían a primera vista contradecir la ley del Antiguo Testamento, pero en realidad nos guían a una realización superior y plena, como dice el mismo Jesús: «No penséis que yo he venido a abolir la Ley o los Profetas: no he venido para abolir, sino para llevar a cumplimiento» (v.27).
Los Papas del postconcilio, como es comprensible, han asumido el tono de la pastoral iniciada por el Concilio, el cual, al reaccionar contra los excesos de severidad del pasado, ha caído en el defecto opuesto del buenismo, que con el pretexto de la misericordia, descuida la justicia falseando la misma misericordia. Sin embargo, parece que ellos han estado demasiado ligados a la pastoral buenista conciliar, que por su naturaleza no es ni infalible ni irreformable, diversamente de las doctrinas del Concilio, que son por su naturaleza ciertamente verdaderas, aunque no haya dogmas definidos.
De todos modos hay que recordar que el anuncio del Evangelio en línea de principio debe ser integral. Salvo circunstancias particulares, en las cuales la prudencia y la caridad piden callar, porque el oyente o el destinatario del anuncio no estaría en grado de entender, la Iglesia en línea de máxima no puede omitir, callar, descuidar ninguna de las palabras de Cristo, es decir aquella colección ordenada de verdades de fe, que la misma Iglesia ha recogido e interpretado en los dogmas y en los artículos del Símbolo de la fe y recoge en los Catecismos, perfeccionando y profundizando cada vez más en el curso de la historia el conocimiento de la doctrina de Cristo.
En particular el anuncio del misterio de la Cruz, que es suma sabiduría, puede parecer necedad a los ojos de quien no tiene la fe suficiente para comprenderlo. Puede suscitar escándalo, porque puede parecer aprecio morboso del sufrimiento como tal, mientras en cambio es aprecio del sufrimiento como sacrificio y medio de expiación y de reparación, así como medio de liberación del mismo sufrimiento.
Es necesario además recordar que el Evangelio debe ser anunciado por grados, comenzando por las verdades más evidentes y de buen sentido, o de común sabiduría humana, como ha hecho el mismo Jesucristo, que ha comenzado a enseñar verdades morales de razón natural compartibles por cualquier hombre honesto y razonable. Desde este punto de vista es bueno callar al inicio las verdades que podrían parecer repugnantes, como el misterio de la Cruz. Sólo en un segundo tiempo de hecho Cristo ha revelado el misterio de la Cruz por el cual y en el cual el dolor y el castigo se transforman y se transfiguran en medios de penitencia, de expiación y de salvación.
De hecho, si por una parte las doctrinas del Concilio son intangibles por su naturaleza, un Concilio puede cometer errores en la pastoral. Y este es precisamente el caso del Concilio Vaticano II, como señaló Benedicto XVI en un discurso a la Fraternidad San Pío X, cuando reconoció que la parte pastoral del Concilio puede ser «discutida», como diciendo que puede ser corregida.
Es necesario por tanto que la Iglesia, cuidándose de no repetir los excesos de severidad del pasado y manteniendo y desarrollando las conquistas doctrinales del Concilio y los mismos lados buenos de su pastoral, recupere cuanto de justo hay en la vía justa precedente.
Se trata de una pastoral que necesita volver a usar en plenitud el concepto bíblico de Dios y de su providencia en beneficio del hombre. Es necesario ante todo aclarar de una vez por todas, poniendo fin a nefastos equívocos, inútiles y pretextuosas polémicas y protestas, como verdad de razón y de fe, que el castigo divino no implica en Dios ninguna maldad o crueldad o injusticia o falta de misericordia o acepción de personas o voluntarismo arbitrario o, peor aún, predestinación al infierno, sino al contrario, es efecto de un acto de su bondad y de su amor y está siempre atenuado por la misericordia.
Es necesario volver a mostrar que el castigo divino no contradice la bondad divina ni su misericordia, sino que es la manifestación severa de su justicia. Es necesario volver a mostrar que las penas de la vida presente son consecuencia del pecado original y de los pecados cometidos por los hombres. Es necesario volver a enseñar que Dios castiga personalmente tanto como juez, como sirviéndose de la naturaleza.
Es necesario volver a enseñar que Dios, sirviéndose de eventos dolorosos e incluso del demonio y de las personas malvadas, envía sufrimientos expiatorios a los buenos para purificarlos y a los pecadores para corregirlos y llamarlos a penitencia aprovechando la cruz de Cristo, que, inocente, ha pagado por nosotros la deuda del pecado, y ha tomado sobre sí el peso de nuestros pecados para liberarnos del sufrimiento y del pecado y conducirnos a la vida eterna.
¿Por qué Lutero acusó al Papa?
Vendría casi ganas de hacer como hizo Lutero, de reprochar al Papa por callar verdades salvíficas contenidas en la Escritura. También Lutero, como es sabido, hombre de fe, sentía vivísimo el problema de su relación personal con Dios, el problema de la propia salvación, de cómo liberarse del castigo, de la culpa y del pecado, el problema de cómo encontrar la paz de la conciencia, de cómo ser consolado en el sufrimiento, de cómo ser grato a Dios, de cómo y qué hacer para sentir su gracia, y recibir misericordia.
Lutero estaba espantado del Deus absconditus del Antiguo Testamento. Formado en la teología de Guillermo de Ockham, no lograba ver una analogía entre los criterios de lo verdadero y de lo bueno divinos y los humanos. Por esto, el juicio divino sobre él lo espantaba y lo irritaba porque no lograba ver ningún nexo entre nuestro pensamiento y el pensamiento divino, ningún nexo entre nuestra justicia y la justicia divina, de modo que puede ser falso lo que para Dios es verdadero y puede ser bien lo que para Dios es mal. Si Dios te premia no sabes el porqué y si Dios te castiga no sabes el porqué. De los mandatos divinos no sabes el porqué y de las prohibiciones no sabes el porqué.
Lutero veía a Dios como un Dios que culpa y nos castiga sin decirnos el porqué, un Dios con el cual no logramos entendernos, porque lo que dice no tiene un significado analógico, sino sólo equívoco respecto a lo que entendemos nosotros. Es un Dios del cual no se puede fiar, que no suscita confianza, sino desconfianza porque nunca se sabe qué rayo puede hacerte caer encima. Pero sabía muy bien que también el Dios del Nuevo manda al paraíso y al infierno. Esto le permitía hablar del Papa como «anticristo», tanto que no tenía dudas sobre el hecho de que los Papas fuesen al infierno entre las garras de los demonios.
Ha sido Schleiermacher en el siglo XIX quien retomó la teoría origeniana de la salvación de todos que niega la existencia de condenados. Lutero se decía cierto de salvarse y aseguraba a sus seguidores la posibilidad de tener esta certeza, pero reservaba el infierno a sus enemigos. En cambio Schleiermacher extiende a toda la humanidad la predestinación a la salvación.
Él de hecho, advirtiendo que en Lutero el mal no es vencido porque está también en Dios, intentó una solución radical retomando la idea origeniana de la desaparición total del mal al final de los tiempos. Pero así pasó de un exceso al otro, porque, si es verdad que Dios no quiere el mal de culpa, sin embargo ha querido no impedirlo y quiere el mal de pena.
Sea como sea, Lutero, y aquí era un buen cristiano, no tenía dudas sobre el hecho de que Dios premia y castiga y que combate y vence a sus enemigos. Sabía muy bien que no existe sólo el paraíso del cielo, sino también el infierno. Era perfectamente consciente de que la vida cristiana es una lucha contra el demonio. Sabía bien que Cristo es hostigado por el anticristo. Él no tenía dudas sobre el hecho de que la vida cristiana es una batalla contra la carne, el mundo y Satanás para el triunfo del reino de Dios, que la palabra de Dios es una espada de doble filo, que derrota la mentira y anuncia la verdad, que Cristo ha vencido a Satanás.
Aunque Lutero haya sido un hereje, sentía fortísima la necesidad de combatir las herejías, que naturalmente para él eran las del Papa. Y en esto encontramos una curiosa semejanza con la actitud de los pasadistas de nuestros días, que acusan de herejía a los Papas del postconcilio.
Es verdad que Lutero no aceptaba por principio la interpretación de la Escritura hecha por el Papa y por los Concilios. Pero aquí no se trata de cómo interpretar ciertas enseñanzas oscuras o susceptibles de ser malentendidas. Que Dios castigue, es una verdad claramente enseñada por la Escritura, verdad que, además de ello, por ciertos aspectos es también una verdad de razón, conocida y compartida también por los antiguos paganos y por las religiones no cristianas.
Donde Lutero se equivocó es en el hecho de que creía que Dios predestinaba no sólo al paraíso, sino también al infierno. Él llegó a decir: «Dios es tanto la causa de la conversión de Pablo como del pecado de David». Por esto él tenía dificultad en distinguir a Dios del demonio, puesto que creía que no sólo el demonio, sino también Dios empuja a pecar.
De este modo Lutero mantenía con el demonio una relación extraña, turbia y ambivalente: por una parte intentaba rechazarlo como enemigo de Cristo y se angustiaba cuando no lograba entender si una inspiración venía de Dios o del demonio. Pero por otra parte, puesto que se había hecho la convicción de que Dios salva cubriendo el pecado, terminaba por ver en las sugerencias del demonio una ayuda en conseguir la salvación. En este sentido él veía en el demonio un intérprete y un colaborador de Dios en obrar la salvación, por lo cual llegó a decir con orgullo que había sido el demonio quien lo convenció a no decir más la Misa ¹.
Observo que no hay duda de que el demonio puede tentar al sacerdote a no decir más Misa. Pero que en ello él actúe por mandato divino tengo alguna duda, aunque es verdad que de todos modos Dios se sirve del demonio para probarnos, purificarnos, castigarnos, fortalecernos y corregirnos, como resulta claramente del relato de Job.
El error de Lutero en su confrontación con el demonio ha sido el de pretender poder obrar con sus solas fuerzas sin recurrir al ángel custodio, a la Virgen y a los Santos, los cuales lo habrían ayudado en el discernimiento.
Lutero por tanto pensaba que si el hombre peca, es Dios quien lo hace pecar. En este punto el pecado viene en cierto modo justificado, se convierte en un bien. Para hacer el bien, es necesario pecar. Así él confunde el mal de pena, el sufrimiento, con el mal de culpa, el pecado. De aquí viene su interpretación de la vida cristiana: la cruz de Cristo para él es al mismo tiempo un sufrir y un pecar. No es el pecador el que es justificado, sino el pecado. O bien podemos decir que para Lutero la justificación del pecador y la justificación del pecado son la misma cosa.
Lutero, como se sabe, admitía el sacramento del Bautismo, que dona la gracia de vivir como cristianos, pero no capta la doctrina paulina del Bautismo como gracia que nos hace nueva criatura y por la cual hemos resucitado desde ahora (Col 3,1), resucitados, naturalmente, en sentido interior, es decir libres de culpa, en cuanto la resurrección del cuerpo está reservada a la futura Venida de Cristo.
Esto comporta que en la teología de Lutero falta el concepto cristiano de la resurrección final gloriosa, de la cual desde ahora podemos tener una pregustación, entendida como vida humana perfecta, libre del pecado, de la culpa y del castigo y viviente de una vida eterna bajo nuevos cielos y en una nueva tierra donde habita la justicia.
En la ética luterana tenemos el aspecto soteriológico, es decir el problema del perdón de los pecados y de cómo evitar el castigo eterno, pero falta el aspecto doxológico, es decir la perspectiva de la filiación divina y de aquella gloria que es participación de la misma gloria del Hijo, como Cristo mismo pide al Padre en la oración de Jn 17.
De hecho en Lutero, incluso en la condición de salvados y de justificados, incluso en la vida de gracia, la sombra tétrica de la culpa y del pecado no se disipa, sino que permanece impidiendo una verdadera alegría por haber sido perdonados. Pero si Dios mismo peca y cubre el pecado, ¿qué perdón podrá jamás conceder?
Esto está conectado con el famoso principio luterano simul iustus et peccator. Este podría recibir también una interpretación aceptable si se quisiera decir que en la vida presente, incluso si estamos en gracia, permanece en nosotros la tendencia o inclinación a pecar, que es llamada concupiscencia, por lo cual, como enseña el mismo Concilio de Trento, dado que el pecado venial es inevitable, este puede coexistir con el estado de gracia.
Si en cambio por «pecador» se entiende, como entendía Lutero, un alma en estado de pecado mortal, entonces debería estar claro que quien está en gracia no está en estado de pecado y viceversa, así como uno no puede estar vivo y muerto al mismo tiempo.
Pero el defecto de la ética luterana es que Lutero aconseja hacer deliberados aquellos pecados de fragilidad que se repiten y que no logramos quitar. Este es el sentido del otro famoso principio Pecca fortiter et crede firmius: peca libremente, no intentes corregirte, y si la conciencia te reprocha, hazla callar con la fe de que has sido perdonado. Pero esta es una verdadera impostura y una burla al Señor.
Maritain nota agudamente en la espiritualidad luterana la presencia de una melancolía de fondo, que yo considero que puede haber estado caracterizada por el remordimiento al pensar en haber traicionado a una persona amada inocente o en haber perdido irremediablemente un bien que habríamos podido conservar.
El cristianismo luterano es un cristianismo sustancialmente trágico. La cruz prevalece sobre la resurrección. La muerte no cede a la vida. No se da una plena y definitiva victoria de la vida sobre la muerte. Este cristianismo está bien reflejado en el pantragismo hegeliano. Por lo demás el mismo Hegel llegó a decir que quería dar un fundamento filosófico a su fe luterana. Sin embargo Hegel no conduce la razón a la fe, como sucede en el catolicismo, sino que somete la fe a la razón, a la manera gnóstica. El fideísmo luterano en Hegel es sustituido por una razón concebida como revelación conceptual divina originaria e inmediata.
Siendo así las cosas, en el luteranismo, donde la conciencia –con buena paz del Card. Kasper– no está en absoluto libre de tormentos, falta la alegría inocente y cristalina de los Santos, espejo de su pureza de conciencia, y está en cambio la risa gruesa, la burla, la risa sardónica, descompuesta, grosera y vulgar de los hedonistas y de los hombres del mundo.
Fin de la Tercera Parte (3/4)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 23 de junio de 2026
Notas
¹ Esto es referido por Maritain en su ensayo sobre Lutero en Tres Reformadores, Ediciones Morcelliana, Brescia 1964.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum transitus ab Veteri ad Novum Testamentum ostendat
quod poena divina misericordiae Dei contradicat
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod transitus ab Veteri ad Novum Testamentum ostendat quod poena divina misericordiae Dei contradicat.
1. Quia in Veteri Testamento poenae et bella tanta crudelitate apparent ut hodie nemo eas sustineret, et videtur quod Deus iratus et terribilis se ostendat, quod misericordiae contradicit. Posset enim allegari quod Deus qui exterminia et mortes sine misericordia praecipit non potest esse idem qui ut amor revelatur.
2. Praeterea, Christus ipse videtur legem Mosaicam abolere suis verbis: “ego autem dico vobis”, quod indicare videtur severam iustitiam Veteris Testamenti esse contrariam misericordiae evangelicae. Posset putari quod ethica evangelica, delicatior et sublimior, duritiam legis antiquae reiciat.
3. Item, pastoralis recentior, misericordiam extollens, censuit quod de poena loqui bonitati Dei contradicit et ideo silendum est. Arguitur quod insistentia in poena obscurat imaginem Dei ut Patris misericordis.
4. Denique, theologia Lutherana ostendit poenam divinam esse incomprehensibilem et arbitrariam, et quod Deus ipse ad peccandum impellat, quod omni misericordiae contradicit. Si Deus etiam ad infernum praedestinat, poena iniusta et crudelis esset.
Sed contra est quod Scriptura docet: Epistola ad Hebraeos affirmat quod qui voluntarie peccat postquam veritatem recepit maiorem poenam meretur quam qui legem Moysis violavit. Christus ipse declarat se non venisse legem abolere sed adimplere. Apostolus Paulus docet verbum Dei esse gladium ancipitem quod mendacium vincit et veritatem annuntiat. Patres severitates Veteris Testamenti interpretantur ut paedagogiam ad plenitudinem gratiae.
Respondeo dicendum quod transitus ab Veteri ad Novum Testamentum non ostendit quod poena misericordiae contradicat, sed revelat paedagogiam divinam progressivam. Deus, purissimus actus essendi, non mutatur, sed humanitatem per gradus historicos ad plenitudinem gratiae in Christo ducit. Vetus Testamentum iustitiam inculcat per legem et sacrificia in severitatis clima, dum Novum Testamentum iustitiam cum misericordia perficit, revelans mysteria Incarnationis et Trinitatis. Poena divina non implicat crudelitatem nec arbitrium, sed est effectus bonitatis eius et semper misericordia mitigatur. Christus confirmat legitimam poenam et usum militiae, sed exigit ut amore animetur. Mysterium Crucis ostendit quomodo dolor et poena transfigurentur in media expiationis et salutis. Pastoralis debet aequilibrium recuperare, vitando et excessus severitatis et bonismum qui misericordiam falsificat. Erroribus Lutheri, qui malum culpae cum malo poenae confundit et spem resurrectionis obscurat, ostenditur necessitas Evangelium integre annuntiandi, nec iustitiam nec Crucem silendo.
Ad primum dicendum quod crudelitas veterotestamentaria culturale stadium retardatum repraesentat, sed Deus eam permisit ut paedagogiam ad futuram plenitudinem.
Ad secundum dicendum quod verba “ego autem dico vobis” legem non abolent, sed in Christo perficiunt, ethicam ad superiorem gradum elevando.
Ad tertium dicendum quod pastoralis quae poenam silere vult misericordiam falsificat, quae cum iustitia concordatur et sine ea in sentimentalismum vertitur.
Ad quartum dicendum quod interpretatio Lutherana erronea est, quia Deus non ad peccandum impellit, sed malum culpae permittit et malum poenae vult ut medium correctionis et purificationis, dum gratia hominem in filium Dei transformat et ad resurrectionem gloriosam ducit.
JG
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