miércoles, 29 de julio de 2026

Sobre la cuestión del castigo divino (2/4)

En esta segunda parte del artículo, el padre Giovanni Cavalcoli profundiza en el misterio del castigo divino más allá de la muerte, mostrando cómo la Escritura y la Tradición hablan del purgatorio y del infierno, y cómo la misericordia divina se entrelaza con la justicia. Se examina el sentido del sufrimiento del inocente, la relación entre pecado, castigo y muerte, y el papel de la providencia incluso en las desgracias. Se confronta la visión bíblica con las desviaciones modernas que silencian la palabra “castigo”, y se recuerda que Cristo mismo asumió sobre sí nuestras penas para redimirnos. Esta reflexión del docto teólogo dominico nos interpela sobre la seriedad del pecado, la pedagogía de Dios y la necesidad de recuperar la enseñanza integral sobre la justicia y la misericordia divinas. [En la imagen: fragmento de "El castigo", óleo sobre lienzo, 1850, obra de Francis William Edmonds, colección privada].

Sobre la cuestión del castigo divino

Segunda Parte (2/4)

(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 25 de julio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/sulla-questione-del-castigo-divino_0540457804.html)

Las penas post mortem

Finalmente hay que decir que si Dios envía tribulaciones para purificarnos, envía pruebas para hacernos partícipes del sacrificio de Cristo, para que nos corrijamos de nuestros defectos, nos castiga en la vida presente para hacernos hacer penitencia, y extiende este castigo purificador temporalmente más allá de la muerte en el purgatorio, el castigo por excelencia, castigo eterno puramente aflictivo, el castigo más severo, es sin duda el infierno ¹.
San Juan de la Cruz distingue las purificaciones activas de las purificaciones pasivas. Las activas son las prácticas ascéticas de la vida presente, como las prácticas penitenciales o las observancias regulares de la vida religiosa. Las purificaciones pasivas en cambio son aquellas que Dios mismo obra en nosotros y que por tanto recibimos de Dios mismo aceptando de Él, como Job y sobre todo como Cristo, pruebas y tribulaciones.
Mientras las purificaciones activas cesan al cesar la vida presente, las purificaciones divinas pueden continuar en la vida del alma más allá de la muerte en el purgatorio.
El castigo infernal en cambio consiste en la pena que sigue a la falta del bien necesario para la felicidad, falta que se ha procurado voluntariamente con el pecado, es decir a la privación del sumo bien, Dios mismo, en la unión celestial con el cual el hombre encuentra su eterna bienaventuranza, privación irreparable o irremediable, consecuente al rechazo de arrepentirse y de acoger la oferta divina de su gracia en el momento de la muerte.
Se debe tener cuidado sin embargo de no exagerar la gravedad de las penas del infierno. Jesús habla sí de un «fuego» eterno (Mt 3,12; 5,29; 25,41; Mc 9,47), de un «gusano» atormentador (Mc 9,48), habla de «rechinar de dientes» (Mt 8,12) (probablemente: dolor de dientes). En cuanto al «llanto» (Mt 8,12), no se trata de remordimiento o de arrepentimiento, sino del llanto de la experiencia rabiosa del dolor. El condenado permanece insolente frente a Dios y pone en práctica el programa de Nietzsche: «bailar en el infierno».
Se debe atenerse a estas imágenes del Señor, evitando añadir otras –como sucede en ciertas revelaciones privadas– aún más terroríficas, quizá creyendo con ello subrayar el rigor de la justicia divina. En cambio se termina por presentar un Dios cruel absolutamente en contraste con la infinita bondad.
Estas piadosas exageraciones explican en parte la actual reacción de rechazo del dogma del infierno. El infierno es semejante a una cárcel. Ahora bien, es claro que en una cárcel que respete los derechos humanos, los detenidos, por más que puedan cumplir penas severas, son tratados con humanidad.
Ahora bien, si hoy los regímenes democráticos se hacen un punto de honor en gestionar cárceles respetuosas de la dignidad humana, ¿querremos acaso que Dios, creador del hombre a su imagen y semejanza, se deje superar en materia de humanidad por la justicia humana? Por esto Santo Tomás de Aquino nota que en el infierno los condenados no son castigados tanto cuanto merecerían, así como los bienaventurados son premiados más de cuanto merecerían. Una cosa esencial que recordar, si queremos saber verdaderamente qué es el infierno, es que la misericordia divina está presente también allí.
El Evangelio, con muchas expresiones, da a entender que esta pena sigue a un doble acto: el rechazo del hombre de someterse a Cristo y el acto con el cual Cristo expulsa o aleja de sí al pecador. El pecador conoce la pena que lo espera si no obedece a Cristo. Pero su orgullo es tal, que con tal de hacer su propia voluntad, está dispuesto a sufrir la pena del infierno más bien que vivir las alegrías del paraíso en comunión con Dios.
El condenado siente repugnancia obviamente por el mal de pena, pero apegado como está al mal de culpa que juzga su bien, prefiere sufrir el mal de pena más bien que renunciar al mal de culpa y gozar así de Dios, que es su verdadero bien. Su voluntad está animada por el odio a Dios y por consiguiente al prójimo y a sí mismo. Cegado por el odio, él ve como su bien lo que en realidad es su mal y en este mal permanece fijo para siempre en la elección perversa pero para él gratificante hecha para la eternidad.
Una última observación. La pena del infierno es expresión del gobierno divino de la creación. Como tal, ella es expresión de la bondad divina y del mismo amor divino por la criatura, como nos enseña Dante poniendo en la misma puerta de entrada del infierno la motivación de su existencia: «amor me hizo». Por esto San Pablo describe grandiosamente el proyecto del Padre de que todas las criaturas rindan homenaje a Cristo Señor:
«Le ha dado el nombre que está por encima de todo otro nombre, para que en el nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en el abismo» (Fil 2,9-10).

El pecado, el castigo y la muerte

Además hay que notar que para la Biblia existe un nexo entre el pecado, el castigo y la muerte. La ética bíblica es una ética de la vida, promotora de la vida y de la vida eterna. Dios manda al hombre lo que lo hace vivir. En consecuencia el desobedecer a Dios comporta la muerte, pero muerte no sólo en sentido físico, sino también en cierto modo muerte del alma.
Pecado mortal no quiere decir entonces extinción del alma, sino privación del alma de su vida de gracia. Por esto Cristo llama «homicida» al demonio, porque, empujando al hombre a desobedecer a Dios, lo priva de la vida, que es el vivir con Dios y de Dios.
El pecado no es sólo y no es tanto desobediencia a la ley, cuanto más bien odio a la persona, hombre o Dios. El odio en general es «una disonancia del apetito respecto de algo que se percibe como repugnante» ². Es claro que odiar el pecado es cosa buena.
Pero el odio se convierte en pecado cuando se odia el bien. Y por tanto es pecado también odiar al pecador, no en cuanto pecador, sino en cuanto persona creada a imagen de Dios. En tal sentido Cristo prohíbe odiar a los enemigos, no ciertamente en cuanto cometen actos hostiles contra nosotros, sino en cuanto poseen aspectos buenos en cuanto personas.
Si el pecado es fruto del odio, en la ética cristiana la justicia es efecto del amor, que comporta consonancia afectiva respecto de la otra persona sentida y juzgada como moralmente buena.
En el estado de pecado o de culpa el alma está muerta no en el sentido de que se extinga como la de los animales. El sujeto vive animado por el alma espiritual. Pero San Pablo la considera «muerta» en el sentido de que está privada de la gracia.
El alma es ontológicamente inmortal, puesto que es espiritual, pero si ella no vive de la gracia divina, se puede decir, como se expresa San Pablo, que ella está «muerta». Él de hecho concibe dos modos de la relación del pecado con la muerte. Él dice por una parte que nosotros estamos «muertos» a causa del pecado; pero por otra nos impone «morir al pecado» y esto sucede en el Bautismo muriendo con Cristo y por Cristo.
Por esto San Pablo concibe la justificación como resurrección de la muerte del pecado y por tanto del recobro de la gracia. Se trata de ser «muertos con Cristo» (Col 3,1) para resucitar con Él.
Con la justificación –aunque permanezca siempre la concupiscencia– nuestra voluntad de mala se hace buena y la razón pasa de la ceguera a la visión, de las tinieblas a la luz. La vida es el buen querer y la visión de la verdad. La gracia da la vida al alma. Parece que a Lutero todo esto se le escapó. Él está sólo preocupado de tener un Dios que lo disculpe y lo apruebe, sin preocuparse de hacer lo que es necesario para tener la aprobación divina.
Sin embargo, podemos observar que cuando Lutero decía que con el pecado nosotros hemos perdido el libre albedrío y la luz de la razón, probablemente quería referirse a San Pablo cuando dice que nosotros antes de haber sido bautizados éramos «tiniebla» y esclavos del diablo.
En todo caso –y esto es muy importante para entender a Lutero– él conserva a nuestra voluntad la posibilidad y el deber de acoger a Cristo rechazando las propuestas, las seducciones, las amenazas y los espantos del diablo. Es absolutamente necesario, como él dice con una expresión felicísima, «aferrar a Cristo» y mantenerse estrechamente unidos a Él con todas las fuerzas y a cualquier costo. Sólo así nos salvaremos.
Pero he aquí que esta visión celestial se enturbia por la irrupción de un elemento odioso: Lutero olvida que Cristo nos advierte que si Lo amamos, debemos observar sus mandamientos. Es verdad, como dice él, que las obras buenas son fruto de la gracia, pero son también condición para obtener gracia. La iniciativa parte de Dios, pero una vez que se está en gracia, es necesario obrar para merecer en Cristo y conseguir el premio, que permanece siempre don de la gracia.
En cambio Lutero, por una falsa humildad y una consideración exagerada de nuestras debilidades, cree que estamos dispensados de la observancia de los mandamientos por el hecho de que la justificación es gratuita. Una buena excusa para poder pecar libremente sin el riesgo de ser castigados. Pero esto no es honestidad, no es lealtad. Es un mezquino y astuto expediente para poder obtener gratuitamente sin esfuerzo lo que debe ser merecido con las obras.
Lutero no consideraba que el proceso de la justificación no se agota en acoger la gracia, sino que requiere también las obras, las cuales no son sólo fruto de la gracia, sino que aumentan la gracia. Lo que recibimos por gracia debe unirse con lo que merecemos con nuestros esfuerzos y sufrimientos. Si Dios nos concede gracia, esto no quiere decir que no debamos merecer según la medida de nuestras fuerzas teniendo presente que el mismo mérito es fruto de la gracia.
Queriendo continuar considerando el significado bíblico de la muerte, podemos observar que en el relato genesíaco del pecado original Dios castiga con la muerte el pecado de los primeros progenitores. El demonio, inspirador del pecado original, es calificado por Cristo como «homicida». El demonio ha matado a la humanidad induciéndola a rebelarse contra Dios, creador y promotor de la vida. El demonio mata las almas con la mentira y con el odio. Él es el suscitador de todos los conflictos, los disensos, las divisiones, las discordias, las guerras. El demonio es el carcelero de los condenados.
En la vida presente, según la Escritura, existe no sólo el sufrimiento del culpable, cosa que podemos admitir fácilmente, sino también el sufrimiento del inocente, lo cual en cambio nos turba y nos empuja a pedir cuentas a Dios de este hecho.
Debemos en cambio considerar que nadie en la vida presente es del todo inocente y por tanto dispensado de estar sujeto a castigo, incluso los niños. De hecho todos, incluso el niño que no ha cometido ningún pecado personal, está sujeto a la pena del pecado original.
Sólo Jesús y María son perfectamente inocentes. Pero el Padre ha querido que el Hijo tomara sobre Sí la pena de nuestros pecados, y se ofreciera víctima de expiación por nuestros pecados en nuestro lugar, no estando nosotros en grado de pagar al Padre la deuda de nuestros pecados. Y así, como dice el Concilio de Trento, Cristo, con su santísima pasión, satisfizo por nosotros al Padre, el cual quiso ser compensado por la ofensa sufrida por nuestro pecado.
Esta descripción de la obra salvífica de Cristo se encuentra ya en Isaías, cuando él habla de un misterioso «siervo de Dios», «despreciado y rechazado por los hombres, hombre de dolores que bien conoce el padecer», el cual «se ha cargado nuestras sufrimientos y se ha echado sobre sí nuestros dolores y nosotros lo juzgábamos castigado, golpeado por Dios y humillado. Él ha sido traspasado por nuestros delitos, aplastado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da salvación se ha abatido sobre él, por sus llagas nosotros hemos sido curados…
Al Señor le ha placido postrarlo con dolores. Cuando ofrezca a sí mismo en expiación, verá una descendencia, vivirá largo tiempo, se cumplirá por medio de él la voluntad del Señor. Después de su íntimo tormento verá la luz y se saciará de su conocimiento; el justo mi siervo justificará a muchos, él se echará sobre sí sus iniquidades. Por esto Yo le daré en premio las multitudes, de los poderosos él hará botín, porque se ha entregado a sí mismo a la muerte y ha sido contado entre los impíos, mientras él llevaba el pecado de muchos e intercedía por los pecadores» (53,3-12).
Isaías no se da cuenta de que un semejante Salvador no puede ser un simple hombre, sino que deberá ser Dios mismo, porque sólo Dios puede salvar a la entera humanidad, sólo Dios omnipotente infinitamente bueno puede transformar en principio constructivo el sufrimiento, que en sí mismo es corrupción. Sólo Dios puede compensar a Dios por la ofensa del pecado, pagar la infinita deuda del pecado. Es por tanto sólo Cristo quien nos hará entender que aquel Salvador es Él. Cristo nos hace entender que el castigo del pecado, pecado original y nuestros pecados personales, aceptado serenamente de las manos del Padre justo y misericordioso, y vivido con fe y amor en unión con la Cruz del Hijo, se convierte para nosotros en principio de salvación y de justificación.
La Escritura, como por lo demás la misma razón natural o derecho natural, en consideración del fin del castigo, que es el de hacer justo el mal de pena, prevén un doble tipo de castigo, el medicinal o correctivo o reeducativo y el aflictivo. El castigo correctivo es infligido para que el sujeto castigado se corrija o considerando las consecuencias de su pecado o convirtiendo su voluntad hacia aquel bien que pecando había ofendido; el aflictivo en cambio tiene el único fin de castigar el pecado.
Un castigo divino que ofrece especiales dificultades interpretativas es la pena del infierno y en particular su eternidad. Se debe considerar que el hombre está hecho para la posesión de lo eterno o la relación con lo eterno. Está en la naturaleza humana eterna entrar en relación con lo eterno y permanecer en ella.
La punición divina en la Escritura se ha convertido luego en modelo y fundamento revelado del principio moral de la matanza del enemigo en el conflicto bélico, de la pena de muerte y de la matanza del injusto agresor, es decir de la legítima defensa privada. Si en cambio el daño sufrido no es tal que requiera una defensa armada, la víctima de la injusticia está obligada a recurrir a la magistratura, que por oficio hace justicia para aquellos que a ella recurren.
La prohibición divina del homicidio no debe por tanto entenderse en referencia a cualquier homicidio, sino sólo a la matanza del inocente. El Papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti propone a los Estados la abolición de la pena de muerte. Se trata de una propuesta noble, que supone la posibilidad de proteger a la comunidad y de castigar al reo perdonándole la vida.
Sin embargo el Papa no puede imponer la renuncia a este procedimiento como si ello fuera un deber del Estado en cuanto tal. Un Estado que, después de maduro juicio, considerase deber conservar aquella institución, no podría ser acusado de faltar a la justicia. De modo semejante es lícita la matanza del enemigo en guerra, si la operación militar está ordenada por la autoridad pública, motivada por una causa justa y conducida según reglas de humanidad en el respeto del código militar. Es además lícito matar al injusto agresor, cuando no hay otros medios para impedir que sea él quien nos mate. También la fuerza pública puede matar a un terrorista que esté perpetrando una matanza o amenace con perpetrar una matanza o haya apenas perpetrado una matanza de personas inocentes.
La imagen bíblica del Dios airado que castiga está evidentemente tomada de las vicisitudes humanas, donde hierven las pasiones, pero es claro que no debemos pensar que en Dios esté presente alguna pasión, siendo purísimo espíritu. El mismo discurso debe hacerse para la misericordia, que en nosotros está asociada a la pasión de la compasión, que comporta sufrimiento.
Pero es claro que cuando se dice que Dios es misericordioso no podemos introducir en Él algún movimiento psíquico o algún estado emotivo o impulso afectivo. Así la Biblia presenta un Dios que, provocado a la ira, «se enciende en ira», que conserva o da curso y desahoga su ira o que aplaca su ira, justamente como sucede en nosotros. Esto significa la semejanza entre nuestra conducta moral y la divina.
La misericordia divina está representada bajo la imagen de la compasión, es decir del sufrir con quien sufre para testimoniarle la propia cercanía y comprensión. Ella está representada en la Biblia también con la imagen de las entrañas maternas (rahamím), siendo la ternura y la solicitud de la madre hacia su propio niño un ejemplo inalcanzable de dedicación y amor gratuito, oblativo y generoso. El Dios cristiano asocia por tanto en sí, aunque sea un Dios Padre, las cualidades no sólo del varón sino también las de la mujer.
La misericordia divina, sin embargo obviamente expresión de un purísimo amor espiritual, significa formalmente y simplemente la voluntad divina de socorrer al mísero y levantarlo de su miseria.
Misericordia y justicia son virtudes opuestas, porque la justicia impone el mal de pena, responde a una necesidad o a un derecho o concede una recompensa, mientras la misericordia quita la pena y dona gratuitamente incluso más allá de la necesidad, de la exigencia y de la recompensa, y por esto no pueden aplicarse simultáneamente al mismo sujeto, sino sólo en sujetos diversos y, cuando se trata del mismo sujeto, en momentos diversos.
La distribución divina de los premios y de los castigos en la vida presente puede parecer injusta, porque muchos pecados y delitos permanecen impunes y muchos actos virtuosos no son premiados. Dios premia y castiga en esta vida, pero lo hace teniendo en cuenta el estado de desorden propio de la vida presente, por lo cual no debemos pensar que Él esté obligado a premiar puntualmente cada acto de virtud y a castigar puntualmente cada pecado.
El desorden en este campo es él mismo consecuencia del pecado original, por lo cual Dios deja que aquí las cosas sigan su curso, salvo sus intervenciones especiales, con el fin de poner a prueba a los virtuosos y castigar a los viciosos justamente abandonándolos a sus disoluciones.
El mismo Kant, que sin embargo rechazaba la perspectiva de obrar bien en vista del premio y de evitar el mal por temor del castigo, sostenía luego que es necesario admitir una vida futura en la cual la virtud se concuerde con la felicidad y al vicio corresponda la infelicidad, cosas que en cambio no suceden ahora.
De hecho y curiosamente la palabra «castigo» es una palabra que hoy incomoda, por lo cual existe la tendencia a no hacer uso de ella. El mismo Card. Ratzinger llegó un día a reconocer el embarazo que sentía al usar esta palabra. El término cercano a aquel de castigo es el de «punición», usado tranquilamente en el lenguaje deportivo sin que cree ningún problema psico-emocional. Otro término cercano es el de «sanción penal» igualmente tranquilamente usado por los magistrados sin particulares aprensiones. Pero no son la misma cosa. No poseen la carga semántica, los múltiples significados, la profundidad de sentido, el horizonte histórico, el poder evocativo que proviene de la palabra castigo, no en vano contenida en los textos sagrados de las religiones y de modo excelente en la Escritura.
¿Cómo se explica este silencio después de que desde el inicio del cristianismo los Papas han hablado siempre de estos temas? ¿Qué ha sucedido? ¿Se ha advertido que la Biblia se equivoca? ¿Se trata de temas anticuados o superados, por lo cual conviene no hablar más de ellos? ¿El Dios del Antiguo Testamento es el verdadero Dios? ¿Es el mismo del Nuevo? ¿O bien es un Dios malo, que odia al hombre, como creía Marción? ¿Cristo ha mostrado falso este Dios ³ o lo ha confirmado? Veamos de responder a estas preguntas.

Si de Dios tomamos el bien, ¿por qué no deberíamos tomar también el mal?

El relato de Job es extremadamente importante y útil no sólo para entender en general cómo Dios actúa respecto de nosotros y cómo nosotros debemos comportarnos cuando está en juego el sufrimiento, cosa de la cual se habla poco, sino también, y aquí no se habla para nada, para entender cuáles son las relaciones de Dios con el diablo siempre en lo que respecta a la cuestión del sufrimiento.
El concepto del Dios ofendido y airado que combate a sus enemigos y castiga a los malhechores, si no estuviésemos hoy desviados por un soporífero buenismo, debería ser de palmaria evidencia, porque es un concepto intuitivo presente en todas las religiones y en la misma conciencia ética humana universal natural.
Pero en la Biblia, con el libro de Job, aparece también la figura de un Dios que, por un designio o motivo suyo inapelable, justo pero misterioso, hace sufrir al inocente, el cual, soportando pacientemente y confiadamente, es posteriormente premiado.
Job razona de este modo: Dios es bondad infinita y todo lo que hace tiene una buena razón. Si por tanto nos envía males, no es porque alterne gestos de bondad y gestos malvados, sino que debe haber una razón ligada a su bondad, razón que yo no soy capaz de entender, por lo cual debo fiarme de Él. Job entiende que debe hacer este acto de confianza y Dios lo alaba por esta fe y lo recompensa abundantemente poniéndolo en una condición de bienestar muy superior a la precedente.
Lo que sorprende en el relato de Job es que él ignora completamente las consecuencias del pecado original, por lo cual se siente del todo inocente. Él entiende que Dios puede hacer sufrir a un inocente sin por ello faltar a su bondad o a la razonabilidad de su conducta. Entiende que la pena no es necesariamente consecuencia de un error o de una culpa. Esto ha dado a los Padres la ocasión de ver en Job una imagen de Cristo, que, inocente, sufre, se sacrifica y expía para la remisión de los pecados.
No hay duda de que muchos males, muchos dolores y muchas calamidades nos vienen directamente del prójimo, de la naturaleza, del demonio y de nosotros mismos. Sufrimos en consecuencia de los pecados o de los errores cometidos por nosotros mismos o por otros contra nosotros o a causa del odio que el diablo tiene hacia nosotros. La naturaleza no tiene ninguna culpa, porque no es una entidad personal dotada de una voluntad capaz de pecar. Los males que nos vienen de la naturaleza dependen de las mismas leyes de la naturaleza. Y puesto que Dios es el legislador de la naturaleza, se debe decir con franqueza y serenidad que Él es el primer principio de ellos como justo sancionador del pecado original y de nuestras culpas.
Sin embargo podríamos preguntarnos: la providencia divina en todas estas desgracias y en todos estos males que nos afligen, algunos causados por nuestros pecados, otros que nos suceden sin que hayamos pecado, es más, a pesar de todo nuestro cuidado por evitar desgracias, ¿qué parte tiene? ¿Qué función desempeña? ¿Tiene alguna responsabilidad? ¿Podemos culparla? ¿Todos estos males nos suceden sólo a causa de las fuerzas naturales o personales directamente autoras de los mismos males o quizá más en lo alto encontramos la acción misma de Dios? Pero una providencia que envía desgracias, ¿qué providencia es? Por esto, algunos, preocupados de salvar la divina providencia, sostienen que Dios no tiene nada que ver con las desgracias que nos suceden, sino que la culpa es sólo de la criatura.
Debemos responder que, excluyendo aquellos males que son efectos de pecados nuestros o ajenos, la causa primera de estos males es Dios mismo, es decir nos los envía Él, aunque sea por medio de las criaturas, la naturaleza, nosotros mismos y los otros. En lo que respecta al diablo, los males que nos procura son causados por su odio hacia nosotros.
Sin embargo, como aparece claramente en el relato de Job, Dios utiliza la acción de Satanás para probarnos, para purificarnos, para fortalecernos en las virtudes, para hacernos pagar nuestros pecados, para que nos ofrezcamos en reparación de los pecados del prójimo.
En la narración bíblica es fácil notar que la conducta de Dios cambia con el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, de la Antigua a la Nueva Alianza. Con el Nuevo Testamento Dios ya no es sólo el Dios de los cielos temiblemente dominante, escondido en su soberana e inescrutable y tremenda majestad, sino que viene a esta tierra entre nosotros, semejante a un hombre entre los hombres, con el cual se puede hablar confiadamente y que nos habla amorosamente con nuestro mismo lenguaje humano.

Fin de la Segunda Parte (2/4)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 23 de junio de 2026


Notas

¹ Véase mi libro «L’inferno esiste. La verità negata», Edizioni Fede&Cultura, Verona, 2010; y «L’inferno e dintorni. È possibile un’eterna dannazione?», Actas del congreso organizado por los Franciscanos de la Inmaculada en 2008, editadas por el padre Serafino Lanzetta, Edizioni Cantagalli, Siena, 2010.
² Sum. Theol., I-II, q. 29, a. 1.
³ Cuando en 2016, en Radio María, afirmé que el terremoto de Umbría podía considerarse un castigo divino, un obispo me acusó de basar mi declaración en un concepto de Dios «precristiano». Como si quisiera decir que, según sostiene Kasper, el Dios del Nuevo Testamento no castiga.

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum passio et poena divina misericordiae Dei contradicant

Ad hoc sic procediturVidetur quod sic.
1. Quia infernus, cum sit poena aeterna et pure afflictiva, videtur esse incompatibilis cum infinita bonitate Dei, qui non potest velle dolorem sine fine.  
2. Praeterea, misericordia et iustitia videntur esse virtutes oppositae: iustitia infligit poenam, misericordia eam tollit. Si Deus est misericors, non potest esse iustus puniendo.
3. Item dicitur quod providentia divina non potest esse causa calamitatum quae nobis accidunt, quia esset contradictorium quod Deus, fons omnis boni, mala mitteret.
4. Denique consideratur quod passio innocentis, sicut in Iob, est iniusta et rationi contraria, cum poena non debeat cadere super eum qui nullam culpam commisit.

Sed contra est quod Scriptura docet: Christus ipse loquitur de igne aeterno, de verme cruciante et de fletu ac stridore dentium. Apostolus Paulus proclamat quod omne genu flectatur ad Christum Dominum, agnoscendo eius dominium etiam in poena. Liber Iob ostendit quod Deus potest facere innocentem pati sine defectu bonitatis suae, et Patres in Iob imaginem Christi vident, qui innocens patitur et expiat pro peccatis. Sanctus Thomas docet quod in inferno damnati non puniuntur quantum merentur, dum beati plus praemiantur quam merentur.

Respondeo dicendum quod passio et poena divina non contradicunt misericordiae Dei, sed eam manifestant cum iustitia et providentia. Deus tribulationes mittit ad purificandum, probationes ad participandum sacrificium Christi, poenas in vita praesenti ad movendum ad paenitentiam, et purgationem prolongat in purgatorio. Infernus est poena gravissima, consequens ex voluntario hominis recusatu subiciendi se Christo et ex privatione irreparabili summi boni. Misericordia divina etiam in inferno adest, quia damnati non recipiunt totum quod merentur, dum beati plus praemiantur quam merentur. Providentia divina etiam utitur actione Satanae ad probandum, purificandum et virtutes roborandum, et passio innocentis, sicut in Iob, fit occasio fidei et mercedis. Iustitia et misericordia non simul applicantur eidem subiecto eodem tempore, sed concordantur in gubernatione divina creationis. Poena et passio sunt expressio bonitatis et amoris divini, qui corrigit, purificat et salvat.

Ad primum dicendum quod aeternitas inferni non contradicit bonitati Dei, quia homo factus est ad aeternum et electionem suam in perpetuum figit.
Ad secundum dicendum quod iustitia et misericordia sunt oppositae in obiecto immediato, sed concordantur in providentia divina, quae punit et salvat secundum tempora et subiecta.
Ad tertium dicendum quod providentia potest mittere mala ut probationem et purgationem, manens tamen fons boni.
Ad quartum dicendum quod passio innocentis non est iniusta, sed pars mysteriosi consilii Dei, qui eam convertit in principium salutis et abundanter remunerat.
   
JG

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