Desde hace pocos días atrás, el padre Giovanni Cavalcoli está publicando en su blog un nuevo e importante artículo. Ahora iniciamos su publicación traducido a la lengua española. En este ensayo se aborda con fuerza la cuestión del castigo divino, olvidada en gran parte de la predicación contemporánea. ¿Qué significa callar sobre el temor de Dios y sobre su justicia? ¿No se corre el riesgo de reducir la fe a un sentimentalismo vacío, incapaz de explicar el sufrimiento y el mal? ¿Cómo conciliar la misericordia infinita con la existencia del pecado, de la pena y del infierno? ¿No es urgente recuperar la enseñanza bíblica sobre el Dios que salva, pero también castiga, para comprender el sentido profundo de nuestra existencia? Una reflexión que interpela, sacude y devuelve actualidad a la sabiduría perenne de la tradición cristiana. [En la imagen: fragmento de la Alegoría de la Justicia, pintura al fresco llevada a tela, hacia 1551, atribuído a Paolo Veronese o a Giovanni Battista Zelotti, de la colección del duomo de Castelfranco Veneto, Italia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 29 de julio de 2026
Sobre la cuestión del castigo divino (1/4)
Sobre la cuestión del castigo divino
Primera Parte (1/4)
(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicada en su propio blog el 24 de julio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/sulla-questione-del-castigo-divino.html)
Lenguaje bíblico y pastoral moderna
Un hecho conocido por todos es que los Papas del postconcilio han dejado de hablar de un conjunto de atributos y de actos divinos, que en cambio desempeñan un papel eminente en la Escritura y también en otras religiones, y que se podrían resumir en el concepto de un Dios justo juez, airado y vengador que castiga y hace justicia castigando a los malhechores con penas temporales purificadoras o correctivas, pero también con el infierno, un Dios que envía penas incluso a los inocentes, el Dios de los ejércitos que combate, derrota y castiga por medio de los justos a los impíos sus enemigos, un Dios que con la fuerza de las armas mata a los enemigos de los justos, libera a los oprimidos de los tiranos y los vence en batalla dando la victoria al pueblo que combate en su nombre y con su fuerza.
La rica temática de los Salmos referente a la ira divina, los castigos, los reproches, las pruebas que el Señor nos envía, sus amenazas, todo ello es completamente ignorado, por lo cual sobre todo nosotros Religiosos, que recitamos el oficio divino todos los días, no podemos dejar de notar con desagrado este estridente contraste. ¿Los Salmos no son palabra de Dios? ¿Para qué los recitamos entonces?
Una tesis que aparece clara en la Biblia es que Dios puede querer el sufrimiento. Pero hoy ya no se logra comprender esto. Parece contrario a la bondad de Dios. Se toma dolorosamente nota de la existencia del sufrimiento, se reconoce que Cristo mismo ha sufrido, se está tentado de decir que Dios mismo sufre y se olvida que uno de los méritos del cristianismo es precisamente el hecho de que en Cristo nos ilumina de modo insuperablemente consolador acerca del misterio del sufrimiento.
La misma palabra «castigo» está proscrita desde hace décadas de la predicación corriente. La punición viene sic et simpliciter homologada a la venganza, o a la violencia, cosa que –ellos dicen– debe ser proscrita de la ética cristiana. De puniciones, a lo sumo, se habla en los partidos del deporte. No hablemos luego de la palabra «flagelo», que sin embargo es frecuente en el Apocalipsis ¹.
Todas las enseñanzas de Cristo sobre el infierno son ignoradas. Ya no se dice qué es el infierno, por qué existe, quién ha querido la existencia del infierno, cuáles son las penas del infierno, qué pecados merecen el infierno, por qué uno va al infierno, si en el infierno hay condenados, cuál es la diferencia entre los infiernos y el infierno. El resultado es que nadie piensa en el infierno porque todos están ciertos de salvarse gracias a la divina misericordia que quiere a todos salvos y a todos perdona.
Así que ya no se aclara cómo se concilia la voluntad divina de salvar a todos con el hecho de que existen condenados. La solución propuesta e impuesta por los buenistas como dogma de fe es muy simple: en el infierno no hay nadie.
La atmósfera emotiva en la celebración de los funerales ya no es la de la tristeza y de la humilde y temerosa súplica a Aquel que ve defectos incluso en los ángeles, sino la de la fiesta porque el difunto «ha vuelto a la casa del Padre», usando además sin darse cuenta, una expresión herética, porque sólo el Hijo, salido del Padre y venido al mundo, vuelve al Padre. Pero nuestra esperanza es simplemente la –y no es poco– de ir a la casa del Padre, allí donde nunca habíamos estado antes, porque nosotros no salimos del Padre, sino que somos creados de la nada.
El buenismo de hecho esconde un sutil panteísmo, por el cual todos somos buenos porque todos somos una teofanía divina y por otra parte también el mal es bien porque todo es Dios.
El callar sobre los castigos divinos no está sin consecuencias desagradables respecto a la justicia humana. Se busca sí sostener la tarea del Estado de proteger a los ciudadanos de la acción de la delincuencia, se habla sí de la tarea de la magistratura de hacer justicia, se habla sí del deber de defender la causa de los pobres, pero se descuida poner en evidencia los fundamentos y las bases teológicas y bíblicas de la actividad judicial y del derecho penal. Parece que las penas impuestas por los jueces civiles nada tengan que ver con la justicia divina. El juez no es un ejecutor de la voluntad divina, sino simplemente un representante del pueblo o un funcionario del Estado. Pero ¿estas son ideas cristianas o más bien masónicas?
El derecho penal y las prácticas judiciales parecen ser un asunto puramente humano, donde Dios no tiene nada que ver, con la consecuencia de que el juez ya no siente el deber de responder a Dios de sus juicios, queda privado de la confianza en la justicia divina y ya no se siente representante del Juez divino. Es claro que esto lo induce en la tentación de faltar a la justicia de varios modos o con la acepción de personas o con la búsqueda de ventajas personales o dejándose corromper o favoreciendo a los poderosos o discriminando a los pobres.
Por otra parte quien padece injusticia o quien recurre al juez o al abogado sin recibir satisfacción, ya no puede esperar en la justicia divina porque Dios perdona a todos, mientras que el delincuente cree que el escapar de la justicia humana no tiene ninguna consecuencia ante Dios, siempre por el hecho de que Dios a todos perdona.
Al inicio de la pandemia del covid un periodista tímidamente preguntó a Mons. Delpini, Arzobispo de Milán, si esta desgracia no se podía considerar un flagelo de Dios. El Obispo respondió indignado dando a entender que para él no era otra cosa que un problema de salud pública; mentalidad típicamente iluminista, privada de cualquier referencia a lo sobrenatural, ciertamente inconveniente en labios de un Obispo, y que ciertamente agradó a la masonería.
Cesada la piadosa práctica secular de las rogativas, con la cual, eventualmente en períodos de calamidad o de temidas calamidades públicas, se suplicaba a Dios ser liberados o ser perdonados del flagelo, en la conciencia de que de todos modos éste o era consecuencia de las culpas cometidas o servía de purificación de los pecados o era ocasión para hacer penitencia de los pecados.
Algunos quisieran que fuese abolido el Acto de contrición o de hecho lo han abolido, allí donde decimos que, habiendo pecado, hemos merecido los castigos divinos.
Se insiste además continuamente en presentar un Dios que se vuelve misericordiosamente hacia nosotros, que nos previene con su amor y su gracia, y se calla sobre la necesidad expresamente enunciada por Cristo de que para agradarle debemos observar sus mandamientos, de que para salvarnos debemos convertirnos a Él, de que la salvación está condicionada por la observancia de los mandamientos.
Se citan las dulces palabras de Cristo con las cuales nos promete la salvación y se callan aquellas severas con las cuales nos advierte acerca de las condiciones voluntarias que debemos poner para poder salvarnos, faltando a las cuales, seremos condenados (Mt 19,17; I Jn 5,2; II Jn 6; Jn 14,15; 15,10).
Se hace aparecer la salvación no como una posibilidad condicionada por la observancia de los mandamientos, sino como un simple dato de hecho, absolutamente cierto, un dato de fe, de modo que nace la convicción, que fue ya la de Lutero, de que, observemos o no observemos los mandamientos, de todos modos nos salvaremos, si tendremos fe de salvarnos.
Ya no se habla de la distinción entre la gracia preveniente, que nos mueve a la conversión, y la gracia consecuente, que es aquella que es efecto de las obras cumplidas en gracia. Se nos recuerda que Dios nos ha amado primero, que es Él quien convierte nuestros corazones, que es Él quien tiene la iniciativa en el camino de nuestra salvación, y ya no se habla de la gracia consecuente, es decir del hecho de que nosotros nos salvamos sólo si estamos en gracia, obrando para nuestra salvación.
Se habla continuamente de salvación, pero no se precisa de qué cosa somos salvos. Entonces saldría el discurso acerca de la esclavitud del demonio, acerca de la eventualidad de la condenación eterna, acerca de la imposibilidad de llegar a la visión beatífica de Dios, acerca de nuestra incapacidad de observar los mandamientos del Señor, todas cosas de las cuales se prefiere no hablar.
Los Papas del postconcilio ya no nos hablan del temor de Dios, de la necesidad de cuidar nuestra salvación «con temor y temblor» (Fil 2,12). Ya no se enseña que debemos temer a Dios más bien que a los hombres, como nos ordena Cristo:
«No tengáis miedo de aquellos que matan el cuerpo, pero no tienen el poder de matar el alma; temed más bien a aquel que tiene el poder de hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en la Gehena» (Mt 10,28). Cristo no se refiere al diablo, como podría aparecer a primera vista, porque también el diablo no puede imponernos la pena del infierno, sino que esto corresponde sólo a Dios.
Pero el callar acerca del temor de Dios y del castigo que Él podría infligirnos, el atender sólo a la reacción de los hombres y a contentar al prójimo, termina por favorecer el respeto humano, el oportunismo, el doble juego, el solo temor de las sanciones humanas, el miedo de ser marginados, aislados, ridiculizados, despreciados y de ser perseguidos.
Es muy importante en cambio y saludable el temor delicado y solícito de no ser agradables a Dios, es importante la percepción meditativa, como la de David, de su severidad hacia nosotros, la conciencia de que nuestras culpas Lo han ofendido.
El no hablar ya del Dios ofendido y airado con nosotros, que exige reparación y satisfacción, sino el hablar siempre de un Dios dulce, misericordioso, perdonante, tolerante, indulgente, comprensivo, benévolo, tierno, compasivo, un Dios que nos asegura que estamos salvos, que está siempre con nosotros y que no nos abandona, no digo que sea equivocado, pero es sólo una mitad de la verdad y cuando de una receta médica nosotros hiciésemos sólo la mitad de lo que el médico nos prescribe, es como si no hiciésemos nada.
Si Dios es tan dulce y misericordioso como nos lo describen los buenistas, entonces ¿por qué el sufrimiento? ¿Cómo es que Dios lo permite? ¿No es el gobernador del universo? ¿No lo sabe gobernar? ¿Cómo es que no lo remedia? ¿No lo puede impedir? ¿No depende de Él?
En suma: ¿de dónde viene el sufrimiento? ¿Quién nos manda esto tan repugnante y odioso? ¿Nos lo procuramos nosotros? ¿Viene de la naturaleza? Ciertamente repugna pensar que el sufrimiento pueda ser enviada por Dios. Sin embargo, si Dios es el creador de la naturaleza, los sufrimientos que nos vienen de la naturaleza deberán ser hechos necesariamente remontar a Dios.
Sin embargo la Biblia va aún más a fondo en la cuestión del mal: ella no se limita a responder a la pregunta sobre el origen y causa del sufrimiento, es decir del mal de pena, sino que nos habla también de un mal aún más radical y originario, aquel acto voluntario malvado, el pecado, que es aquel mal de culpa, que está en el origen del sufrimiento, de modo que, si Dios nos manda el sufrimiento como castigo del pecado, Él, bondad infinita, no ha sido y no puede ser en absoluto la causa del pecado que ha causado a su vez el sufrimiento, mientras que en virtud de su justicia puede imponer una justa pena o puede sacar del sufrimiento e incluso del pecado un mayor bien.
Pero la Biblia explica aún mejor cómo han ido y cómo van las cosas. Ella nos enseña que, en el drama cósmico del mal dos personas sobrehumanas, –aparte de la acción del prójimo– la una subordinada a la otra, la primera, creada, la segunda, increada, nos mandan el sufrimiento. No está sólo Dios, sino también el diablo. Hay sin embargo una diferencia abismal en las intenciones de las dos personas, y es que el diablo nos hace sufrir por el gusto de hacernos sufrir, mientras Dios nos hace sufrir por nuestro bien, es decir por justicia o para probarnos, para purificarnos o porque hagamos penitencia o para castigarnos o para fortalecernos.
A este respecto nos socorre y nos ilumina la sabiduría de Job, que está en los lejanos orígenes de la superior sabiduría consoladora proveniente de la fe cristiana. Se ha además olvidado de las consecuencias penales del pecado original y de cómo Cristo nos enseña a utilizar el sufrimiento para obtener la salvación.
Hay quien sostiene que el sufrimiento no es necesariamente castigo del pecado, sino que puede suceder independientemente del hecho de que se haya pecado. Y se cita el episodio del derrumbe de la torre de Siloé con las palabras del Señor: «¿creéis que eran más culpables que todos los habitantes de Jerusalén?» (Lc 13,4). Se debe notar al respecto que las víctimas del derrumbe de la torre han padecido las consecuencias del pecado original. Y por lo demás inmediatamente después Jesús reafirma el principio de que el pecado atrae sobre sí la punición.
Algunos teólogos hablan de un Dios que sufre, un Dios impotente que no es capaz de vencer el mal. Pero entonces ya no tenemos un Dios que tiene piedad, sino un Dios que da lástima. El Dios que viene en socorro del hombre sería, como dice Bonhöffer, un Dios «tapagujeros», tanto que el hombre lo logra por sí solo.
Y así ya no se da más respuesta a esta pregunta o se la reconduce a causas puramente humanas, inmediatas, psicológicas, sociales, políticas, naturales. El sufrimiento no viene de Dios, Dios no manda sufrimientos –sería cruel–, sino que él es simplemente un hecho odioso del cual no hay explicación. Sólo queda combatirlo y es censurable valorizarlo. No sufrimos por nuestros pecados o porque Dios nos ha castigado, sino simplemente o por culpa nuestra o por culpa de los otros o de la naturaleza.
Ya no se habla más de Iglesia militante, ya no se dice más que la vida cristiana es un combate, una batalla continua con la esperanza de la victoria final sobre sí mismos y sobre el mundo, que es una guerra mortal sin tregua contra las fuerzas de Satanás y del mal, guiados, iluminados y consolados por el Espíritu Santo, unidos a Cristo crucificado, sostenidos por la gracia y por la potencia invencible de Cristo Rey, el cual en su Retorno al fin del mundo derrotará definitivamente todas las fuerzas del anticristo inaugurando la Jerusalén celestial y arrojando para siempre al infierno a todos aquellos que, al seguimiento del diablo y seducidos por el diablo, no han querido el advenimiento de su reino.
Insistiendo unilateralmente y exclusivamente en el hecho de que Dios es un Dios de amor que ama a todos, quiere salvar a todos, es misericordioso y perdona, ya no se recuerda más la necesidad de la penitencia, de la reparación, del sacramento de la confesión, del esfuerzo ascético, que el Dios de la Biblia es también un Dios justo, que hace justicia, enemigo de la injusticia y que castiga, es el Dios que está airado por la ofensa del pecado.
Es un Dios que bendice, manda y apoya a los ejércitos que combaten por la justicia o por la libertad. Por esto Él es el Dios «de los ejércitos». Es un Dios potente que derrota a sus enemigos, un Dios que exige reparación y satisfacción por las ofensas que Le son infligidas, un Dios que quiere que Le sea hecha justicia, que Le sea pagada la deuda del pecado, un Dios que quiere recobrarse lo que Le ha sido robado.
Es sin embargo también un Dios redentor, que, gracias al sacrificio de su Hijo, Verbo encarnado, redime, recompra (re-d-emptio), con su sangre, lo que Le pertenece, es decir el hombre, su criatura preciosísima y amadísima, arrancándolo de la esclavitud del demonio.
En la predicación corriente se insiste hasta el infinito en las parábolas de la misericordia y del perdón, como aquellas del buen samaritano o de la adúltera arrepentida y no se habla nunca de las parábolas que ponen en evidencia la necesidad de los méritos y la perspectiva de la recompensa, como aquella de los talentos (Mt 18,24; 25,15), de los viñadores pérfidos (Mt 21,33s) o de los obreros contratados por jornada (Mt 20,12).
Por temor de disgustar a los luteranos, cuando se trata de la salvación, se insiste sólo en la gracia y no se habla nunca del mérito y de la necesidad de las buenas obras. Se ha llegado al punto de rechazar a la Virgen el título de corredentora, usado también por Pontífices del pasado.
Se insiste continuamente en cuando el Señor dice que «Dios no ha enviado al Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que se salve por medio de Él» (Jn 3,17). Y se omite añadir las palabras que siguen: «Quien no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito Hijo de Dios».
Se repiten hasta el infinito las palabras del Señor: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados» (Lc 6,37), descuidando citar las palabras siguientes que aclaran todo: «con la medida con que medís, se os medirá a vosotros en cambio» (v.38).
Pero este buenismo daña también a los órganos del Estado, a la correcta administración de la justicia, al respeto y a la defensa de los derechos de los ciudadanos. Cristo no pretende en absoluto invalidar el orden judicial o el valor de la magistratura o el oficio nobilísimo del juez, dado que Él mismo es el sumo Juez de los justos y de los impíos, ni prohíbe usar la nobilísima facultad que Dios nos ha dado de discernir y de evaluar, de distinguir lo justo de lo injusto, el criminal del hombre honesto, el bien de lo mejor, el mal de lo peor. Tanto es verdad que Cristo justamente proporciona el criterio para juzgar con justicia: el criterio de la equidad y de la imparcialidad, que evita los favoritismos, las discriminaciones y las acepciones de persona, porque la ley es igual para todos.
Se habla continuamente de la confianza en Dios y nunca del temor de Dios, que sin embargo para la Escritura es el inicio de la sabiduría. El temor de Dios es uno de los siete dones del Espíritu Santo. Nos inspira el sentido de lo sagrado y de la majestad divina y por tanto el sumo respeto por su santísima voluntad. Hace que tomemos en serio nuestra relación con Dios haciéndonos conscientes de que de Él depende nuestro destino eterno. Confianza y temor deben ir juntos, porque la confianza sola genera presunción, mientras el temor solo lleva a la desesperación de salvarse.
Cuando San Juan dice que «el amor expulsa el temor» (I Jn 4,18), se refiere al temor servil, a aquel temor que atiende sólo al propio interés, no al temor filial, dictado por el amor, aquel temor que atiende al temor no del castigo, sino de ofender al amado, aunque es obvio que la consideración del castigo ayuda a evitar el pecado. El castigo sigue al pecado y el pecado pone en juego la cuestión del mal.
Evitando hablar del castigo, sucede que se evita aclarar la esencia del pecado y la esencia del mal, todos temas en cambio en los cuales la Escritura nos da mucha luz, es más revela cosas que sólo la Biblia conoce en cuanto revelación divina. Se trata de cosas que nos hacen comprender a fondo el sentido, el origen y el fin de nuestra existencia, quién es verdaderamente Dios y qué hace por nosotros, mientras nos dice qué debemos hacer por Él para poder salvarnos.
¿Qué es el castigo divino?
En vez de callar sobre esta palabra fatal, que no se puede callar sin descuidar un factor o ingrediente esencial del destino del hombre, la Iglesia hoy haría mejor con su autoridad infalible, y su milenaria sabiduría basada en la palabra de Dios, en retomar en mano esta cuestión vital, donde sólo ella puede darnos una luz definitiva y una orientación práctica segura.
No se trata sustancialmente de decir algo nuevo que no sea lo que Dios ya ha dicho en la Escritura y en la Tradición y que sabemos ya por la misma razón natural. Se trata sólo de disipar equívocos y malentendidos promoviendo una verdadera lealtad y honestidad delante de Dios sin la voluntad de salir airosos con la excusa de la gratuidad de la gracia o creyendo poder burlarse de Dios.
El concepto de castigo se aplica a Dios analógicamente como se habla de castigo humano. Como la justicia humana requiere un oficio encargado de la punición de los delincuentes, así la Escritura y las religiones atribuyen a Dios, sumo juez y custodio de la justicia, el poder de premiar a los buenos y castigar a los malvados.
El castigo en general y el divino en particular es una pena requerida por el orden de la justicia con el fin de reconstituir el orden quebrantado por la mala acción y reponer coercitivamente al transgresor en aquel orden que él voluntariamente ha quebrantado con la mala acción.
El concepto de castigo está conectado con el de pecado. El castigo es el castigo del pecado. El pecado se podría definir como el acto que merece castigo. Castigo y pecado son correlativos: el uno llama al otro. Disociarlos sería injusticia.
Se debe distinguir la culpa del pecado del castigo del pecado. La culpa puede ser perdonada; la pena debe ser normalmente cumplida, pero, salvo que no sea una pena natural sino judicial, puede ser remitida por el juez.
Para entender entonces qué es el castigo debemos tener claro qué es el pecado y para saber qué es el pecado, puesto que el pecado es un mal, es necesario que aclaremos qué es el mal, de dónde toma origen, cuál ha sido su primera causa, y cómo se puede remediar al mal, todos temas de suma importancia, sobre los cuales ahora no podemos detenernos, por lo cual sólo los menciono.
El castigo comporta un doble aspecto: uno activo y uno pasivo. En el primer sentido es el acto de castigar; en el segundo sentido es el efecto penoso de este acto en el castigado. En otras palabras, es o un acto de justicia penal doloroso infligido por el castigante humano o divino al castigado según justicia, o un estado penoso o doloroso del castigado según justicia.
El castigo divino es siempre justo. El humano puede ser justo o injusto según que sea conforme o no conforme a las normas de la justicia divina. Oficio divino es el de inspirar la justicia humana y de remediar las injusticias humanas, haciendo justicia allí donde la justicia humana ha errado.
Además se debe distinguir el castigo natural del judicial. El primero sigue naturalmente del acto malo cumplido: por ejemplo, los primeros progenitores han sufrido un castigo natural, intrínsecamente dependiente de la desobediencia cometida, han sido castigados con la pérdida de los dones preternaturales, el debilitamiento de la naturaleza, la concupiscencia, el sufrimiento y la muerte. En este caso el transgresor es castigado incluso si desobedece a la ley sin saberlo.
Por ejemplo, quien toca los cables de alta tensión, sin darse cuenta de lo que hace, muere de todos modos, aunque en este caso no se pueda hablar de verdadero y propio castigo, sino más bien de desgracia, dado que aquí la muerte no ha sido merecida, porque el transgresor no ha querido suicidarse.
Además hay que considerar que Dios, si quiere, puede también quitar milagrosamente la pena naturalmente provocada por una acción nociva natural, como por ejemplo el fuego, como vemos en el episodio bíblico de los tres jóvenes arrojados al horno (cf. Dn 3,12-95).
En cambio el castigo judicial es la imposición de la pena al reo conforme a la ley por parte del juez. En este caso el transgresor no viene inmediatamente castigado en virtud del acto mismo cumplido, sino, puesto que aquí la imposición de la pena depende de la voluntad del juez divino, éste a su discreción puede postergar la punición a otro momento, también para dar tiempo al pecador de arrepentirse y de reparar el pecado cometido. Aquí tenemos el ejemplo de la historia del rico epulón, que no viene castigado inmediatamente cada vez, sino sólo al término de su vida.
Fin de la Primera Parte (1/4)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 23 de junio de 2026
Notas
¹ Ap. 9,18; 11,6; 15,1; 16,9; 18,8; 22,18.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum expediat tacere de castigo divino in praedicatione christiana
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod expediat tacere de castigo divino in praedicatione christiana.
1. Quia dicitur quod loqui de castigo contradicit bonitati Dei et obscurat eius misericordiam. Si Deus est amor, videtur quod tacere de castigo servet veram eius imaginem.
2. Praeterea, tenetur quod verbum castigi confunditur cum vindicta vel violentia, quae excludendae sunt ex ethica christiana. Ergo tacere de eo vitat errores et fovet pacem.
3. Item, dicitur quod insistere de inferno et poenis divinis generat timorem et tristitiam, dum tacere de eis fovet spem et fiduciam in misericordia. Sic videtur magis pastorale non loqui de castigis.
4. Denique, censetur quod certitudo salutis universalis, sine mentione castigi, magis congruit misericordiae divinae quae omnes salvos vult et omnes ignoscit. Ergo tacere de castigo confirmat fidem in salutem.
Sed contra est quod Scriptura docet: Psalmi loquuntur de ira divina, de castigis, de probationibus et de minis Domini. Christus ipse docet de inferno et admonet quod qui mandata eius non observat damnabitur (Mt 19,17; Io 14,15). Apostolus Paulus hortatur curare salutem cum timore et tremore (Phil 2,12). Sanctus Thomas docet veritatem esse adaequationem intellectus ad rem, et quod iustitia divina poenam peccato exigit. Magisterium commemorat quod negare castigos est proprium modernismi, qui realitatem substituit idea.
Respondeo dicendum quod tacere de castigo divino non fovet veritatem fidei christianae, sed eam obscurat, quia castigus est elementum essentiale de destino hominis secundum Scripturam et Traditionem. Verbum castigi proscribitur ex praedicatione hodierna, sed effectus est quod iam non intellegitur quomodo conciliatur voluntas divina omnes salvandi cum existentia damnatorum. Dicitur quod in inferno nemo est, sed hoc contradicit doctrinam Christi de poenis aeternis. Silentium de castigo parit pastoralem bonismum qui fidem ad sentimentalismum reducit, timorem Dei et conscientiam iustitiae divinae tollit, et opportunismum ac respectum humanum fovet. Veritas est quod Deus potest velle dolorem, non ex crudelitate, sed ad purificandum, probandum, corrigendum et salvandum. Riche thema Psalmorum de ira divina, de reprehensionibus et de probationibus quas Dominus mittit, ostendit quod castigus est pars eius paedagogiae. Christus ipse docet quod infernus existit, quod damnati sunt, quod peccatum poenam sibi attrahit, et quod misericordia iustitiam non tollit. Ideo recuperare doctrinam de castigo divino est conditio necessaria ad praedicationem fidelem et ad comprehensionem mysterii salutis.
Ad primum dicendum quod bonitas Dei non excludit eius iustitiam, et castigus est expressio iustitiae misericordiosae.
Ad secundum dicendum quod castigus non est vindicta, sed poena iusta quae restituere debet ordinem peccato fractum.
Ad tertium dicendum quod vera spes fundatur in misericordia et iustitia; sine timore Dei fit praesumptio.
Ad quartum dicendum quod misericordia divina non tollit existentiam inferni, sed offert gratiam ad vitandum; negare castigos est negare veritatem revelatam.
JG
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