Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a reflexionar sobre el misterio de la santidad originaria de María y su virginidad. ¿Qué significa afirmar que la Virgen nació santa y fue preservada del pecado original desde su concepción? ¿Cómo interpretar las palabras equívocas que parecen negar este dogma y que generan confusión en los fieles? ¿De qué manera se relacionan la Inmaculada Concepción, la virginidad perpetua y la maternidad divina como condiciones inseparables de su misión? ¿No es acaso la castidad de María un modelo luminoso para comprender la sexualidad humana en clave de pureza y entrega? Una meditación que nos conduce a contemplar a Nuestra Señora como “hortus conclusus”, jardín cerrado, icono sublime de la gracia y de la caridad perfecta. [En la imagen: fragmento de "La Inmaculada Concepción del Escorial", óleo sobre lienzo, pintado hacia 1660-1665, obra de Bartolomé Esteban Pérez Murillo, conservado en el Museo del Prado, Madrid].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 26 de julio de 2026
Nuestra Señora nació santa
Nuestra Señora nació santa
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 19 de enero de 2019 en su blog. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-madonna-e-nata-santa.html, y el 26 de enero de 2019 en el blog Libertà e Persona: https://www.libertaepersona.org/wordpress/2019/01/la-madonna-e-nata-santa/)
Un aspecto de la predicación del papa Francisco que suscita malestar es su aparente tendencia a contradecirse a sí mismo, causada por el hecho de que él parece concebir el mensaje del Evangelio no en la categoría de la universalidad, sino en la de la diversidad, no en la de la unidad, sino en la de la multiplicidad. Es la imagen de la Iglesia a él querida del poliedro y no de la esfera. No todos rayos iguales salen de un centro, sino una pluralidad de caras coordinadas entre sí en la diversidad.
Parece, pues, que para él predicar a todos no quiere decir predicar a todos el mismo mensaje idéntico a todos, sino, con el pretexto de predicar un mensaje adaptado a cada uno, para hacerse agradar a cada uno, y por una malentendida necesidad de contentar a cada uno, y de decir lo que le gusta, aunque entre los hombres existen contradictorias ideas o exigencias, no tiene escrúpulos en decirle a Ticio que A es B y a Cayo que A no es B.
Y así todos deberían estar contentos y satisfechos por la apertura mental y la amplitud de miras del Papa y la acogida que el Papa les reserva. "En la Iglesia, como él dice, hay lugar para todos". Pero, ¿el precio de este doble juego -que tal al menos parece ser- no es demasiado alto? ¿Dónde termina el "sí sí no no" predicado por Cristo? ¿Qué pasa con el principio de no contradicción y de la coherencia en el hablar y en el pensar? ¿Es la verdad la que debe amoldarse a nosotros, asumiendo mil caras, o somos nosotros quienes debemos amoldarnos a la única verdad, una para todos?
Esta incoherencia, esta aparente duplicidad o voluntad de contentar a católicos y herejes, este aparente considerar lo falso no contrario, sino simplemente diferente de lo verdadero, como si existiera un derecho a la falsedad como existe un derecho a la verdad, todo esto parecería inspirado por el modo rahneriano de concebir el ecumenismo, o sea, no como llamado a los hermanos separados a entrar en la plena comunión con la Iglesia católica, aceptando todos los dogmas de la fe, según el dictado del decreto conciliar Unitatis Redintegratio (n.3) ), sino como decisión de la Iglesia de exigir a todos los cristianos la adhesión a aquellos dogmas que todos ya comparten, católicos y herejes, al tiempo que se concede libertad de pensamiento respecto a aquellos dogmas que sólo son aceptados por los católicos y no por los luteranos, en el sentido de que la Iglesia, hacia los luteranos, debería contentarse con que acepten los dogmas que los católicos ya tenemos en común con ellos.
En tal modo, los luteranos serían libres de continuar rechazando aquellos dogmas que rechazó Lutero, y entre estos se encuentra precisamente el dogma de la Inmaculada. Por eso, para un luterano decir que Nuestra Señora no ha nacido santa no causa ninguna dificultad, mientras que es una herejía para el católico, salvo las precisiones que haré, pero que lamentablemente el Papa, en el contexto de esas palabras, no hace; por lo cual, para saber exactamente el verdadero pensamiento del Papa, es necesario acudir a aquellos discursos en los que testimonia claramente la fe en el dogma.
Así, hablando a los católicos el pasado 8 de diciembre, dice que Nuestra Señora es inmaculada, pero en el siguiente discurso del día 21 a los empleados dependientes de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano, en ocasión de las felicitaciones navideñas, refiriéndose a San José y la Virgen, ha dicho que "los santos no nacen, se hacen, y esto vale también para ellos". La Virgen, por lo tanto, no ha nacido santa, o sea que, en cuanto parece, no es inmaculada, y así se ha contentado incluso a aquellos que no creen en este dogma.
Si estas palabras pueden sorprender y crear desagrado o incomodar, es necesario todavía tener presente que no hay que dudar de la fe del papa Francisco en el dogma de la Inmaculada, fe que él ha expresado con perfecta claridad en varias ocasiones, por ejemplo en el Ángelus de la Solemnidad de la Inmaculada del 2015 con las siguientes palabras: "Hoy, la fiesta de la Inmaculada nos hace contemplar a la Virgen que, por singular privilegio, ha sido preservada del pecado original desde su concepción. Aunque vivía en el mundo marcado por el pecado, no fue tocada por él: María es nuestra hermana en el sufrimiento, pero no en el mal ni en el pecado. Es más, el mal en ella fue derrotado antes aún de rozarla, porque Dios la ha llenado de gracia (cf. Lc 1,28). La Inmaculada Concepción significa que María es la primera salvada por la infinita misericordia del Padre, como primicia de la salvación que Dios quiere donar a cada hombre y mujer, en Cristo. Por esto la Inmaculada se ha convertido en icono sublime de la misericordia divina que ha vencido el pecado".
O bien en el Ángelus del 8 de diciembre de 2017: "Hoy contemplamos la belleza de María Inmaculada. El Evangelio, que narra el episodio de la Anunciación, nos ayuda a comprender lo que celebramos, sobre todo a través del saludo del ángel. Él se dirige a María con una palabra que no es fácil de traducir, que significa ‘colmada de gracia’, ‘creada por la gracia’, ‘llena de gracia’ (Lucas 1,28). Antes de llamarla María, la llama llena de gracia y así revela el nombre nuevo que Dios le ha dado y que le conviene más que el que le dieron sus padres.
¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios. Y si está completamente habitada por Dios, no hay lugar en Ella para el pecado. Es una cosa extraordinaria, porque todo en el mundo, desgraciadamente, está contaminado por el mal. Cada uno de nosotros, mirando dentro de sí, ve algunos lados oscuros. También los santos más grandes eran pecadores y todas las realidades, incluso las más bellas, están tocadas por el mal: todas, menos María. Ella es el único ‘oasis siempre verde’ de la humanidad, la única incontaminada, creada inmaculada para acoger plenamente, con su ‘sí’ a Dios que venía al mundo y comenzar así una historia nueva".
Expresiones equívocas como las pronunciadas el 21 de diciembre, decididamente infelices, necesitan de una atenta interpretación, basada en una oportuna distinción referente al concepto de santidad, por la cual es necesario decir: si por "santidad" entendemos el estado de gracia, entonces ciertamente María es santa no solo desde su nacimiento, sino desde su concepción. Si, en cambio, por "santidad" entendemos la plenitud final de santidad, que cada uno debe alcanzar al final de su vida, entonces está claro que esta santidad no ha pertenecido al nacimiento ni siquiera de Nuestra Señora, quien, durante todo el curso de su vida, ha debido crecer en esta santidad, hasta llegar a la cumbre terrena final, que corresponde al momento de su asunción al cielo. Por consiguiente, está claro que tomando la santidad en tal sentido, María no ha nacido santa.
La santidad originaria de María se designa con el término "inmaculada", partiendo de la metáfora del pecado como mancha o como suciedad, es decir, como algo extraño y añadido, que se agrega al sujeto accidentalmente, ofuscando su belleza o poniendo en peligro su salud o sus condiciones higiénicas. El agua es símbolo intuitivo de la gracia bautismal, que purifica y quita la mancha del pecado. María no ha tenido necesidad de ser lavada, porque estaba limpia desde el momento de la concepción.
Es perfectamente cierto que María, durante todo el curso de su vida terrena, ha crecido o ha progresado continuamente en la santidad, sin jamás detenerse ni retroceder, como en cambio nos pasa a nosotros. Su santidad ha aumentado de día en día hasta la cima alcanzada al término de su vida mortal. Esto no contrasta en absoluto con su origen inmaculado.
María, así, ha pasado de una santidad inicial a una santidad final, mucho más rica que la primera. Y en esto su santidad se asemeja a la nuestra, con la diferencia de que nosotros partimos de un estado de culpa heredado del pecado original, culpa que debe ser removida por el bautismo, y nacemos con miserias y con malas inclinaciones consecuentes al pecado original, mientras que María ha partido con todas las inclinaciones buenas y desde un estado de gracia, la cual gracia no hizo más que crecer durante todo el curso de su vida.
Y si María ha estado sujeta al sufrimiento, que es de por sí consecuencia del pecado original, esto Dios no lo ha querido como consecuencia, sino sólo -así como ha hecho con su Hijo- para que ella, inocentísima, pudiera ser partícipe y colaboradora de la Cruz redentora de su Hijo y colaboradora del Padre.
Una cosa a tener en cuenta es que la concepción inmaculada de María está íntimamente unida a su virginidad y a su maternidad divina. La una y la otra, inmaculada concepción y virginidad, son las condiciones de su maternidad. Para estar cerca de Dios, Ser santísimo, el "Santo de los santos", fuente y culmen de toda santidad, es necesario ser santos, así como es sólo lo cálido que está cerca del fuego y algo es cálido porque ha sido calentado por el fuego. Ahora bien, entre todas las creaturas, excluyendo la humanidad de Cristo, ninguna está más cerca de Dios que María, siendo la Madre, y siendo de todas las creaturas la más cercana al fuego divino, es la más ardiente, es decir, la más santa. Pero estar cerca de Dios quiere decir asemejarse a Él, como ya había intuido Platón, confirmado por san Juan (I Jn 3,2).
La santidad tiene su máxima expresión en la caridad. El horizonte en el cual se ejerce la caridad de María es la virginidad y la maternidad. Quiero aquí concentrar la atención sobre la castidad de María, considerando la extrema actualidad de la problemática y de la temática atinente hoy a la sexualidad humana.
La castidad, en general, es templanza, dominio de sí, control racional del instinto sexual, que puede actuarse o bien en la abstinencia, como los religiosos y los sacerdotes, o bien en el sano ejercicio del acto sexual, como en el matrimonio, ser "una sola carne", "diálogo corpóreo", como decía san Juan Pablo II. La castidad es amor, es pureza, integridad, incorrupción, plenitud, armonía, perfección, entrega, don de sí, signo escatológico.
La virginidad de María, como resulta claramente de su propósito expresado al Ángel (Lc 1,35), no es una simple "virginidad espiritual". Ciertamente, en primer lugar es esto; pero no es sólo esto, como algunos deliran, sino que es una verdadera y propia virginidad física, ante partum, in partu e post partum ¹. Ésta es la verdad de fe.
Esta virginidad representa el hecho de que el espíritu, al comunicarse con otro espíritu, penetra y atraviesa la materia, supera su impenetrabilidad física y el obstáculo interpuesto por la materia. La comunión espiritual crea una interpenetración entre los dos comunicantes, para así formar, en el límite, al menos intencionalmente, una sola cosa. Por el contrario, los cuerpos, incluso cuando se unen íntimamente en perfecta correspondencia recíproca, como por ejemplo en la unión sexual o en los compuestos químicos, no pueden fusionarse completamente entre sí, lo uno siempre permanece fuera de lo otro.
Está claro, por lo tanto, que cuando Jesús habla de la unión entre el hombre y la mujer como de "una sola carne" (Gen 2,24), no quiere decir que Antonio no siga siendo Antonio y Catalina no siga siendo Catalina. En cambio, cuando le pide al Padre que los discípulos "sean uno" (Jn 17,21-22), pide una unidad intencionalmente absoluta, aunque manteniéndose, obviamente, la distinción real de los individuos entre sí y respecto a Dios.
Así los Padres han observado que Cristo emerge del seno de María (in partu) dejando íntegro e intacto su himen (post partum), porque en precedencia (ante partum) en ese seno había ya entrado el Espíritu Santo para fecundarla, sin tocar nada ni cambiar ni corromper. Similarmente, Jesús Resucitado entra en el cenáculo pasando a través de la puerta cerrada.
Por eso María es llamada "hortus conclusus" (Ct 4,12), jardín cerrado. Ella abre a Dios y no al hombre, no porque desprecie el contacto con el hombre, sino porque lo estima tanto que, en su insuperable cercanía a Dios y en su virginidad, quiere hacerse mediadora y santificadora de la recta relación hombre-mujer. No ha querido conocer hombre, para obtener para todos un amor casto. Como su divino Hijo, Nuestra Señora no ha necesitado purificarse a sí misma, sino que purifica a los otros.
Por otra parte, cuando Cristo dice que Dios es Padre, no entiende decir que es varón; por lo cual, para generar el Hijo -aquí Mahoma se ha equivocado-, el Padre no tiene necesidad de unirse físicamente a una mujer, y sería blasfemo de solo pensarlo, ya que Dios es purísimo Espíritu sin materia ² y genera el Hijo solo espiritualmente. Por lo cual, María es ciertamente fecundada, pero sólo por obra del Espíritu Santo, que es el Germen fecundante del Padre.
Aquí está la explicación radical de la elección virginal de María: "no conozco a ningún hombre" (andra u ghinosko, Lc 1,35). María abraza la virginidad porque siente en ella fortísimo el deseo, el "ardiente deseo", diría santa Catalina, de unión con ese Dios Espíritu, que pueden ser comprendido, gustado y acercado sólo por los amantes del espíritu, independientemente del sexo.
La virginidad de María es ciertamente modelo de la abstinencia sexual consagrada, ya sea el voto de castidad del Religioso o el celibato sacerdotal. Pero mirando las cosas más de cerca, nos daremos cuenta de que hay una gran diferencia de motivación entre las dos elecciones. Mientras que, como he dicho, María está motivada por su necesidad de Dios Espíritu -es la Mujer del Espíritu Santo-, en un estado de vida santa, que continúa al estado edénico, la castidad consagrada de quien vive en el estado de naturaleza caída, está motivada por la necesidad de una superior libertad espiritual, que, a la inversa, se ve obstaculizada por la rebelión de la carne. De ahí la necesidad del pudor, de la cautela, de la disciplina, de la penitencia, de la austeridad, de la renuncia, de la ascesis, del sacrificio, de la mortificación, de la huida de las ocasiones.
Debemos prestar mucha atención de no malinterpretar la virginidad inmaculada de María. Un antiguo himno mariano alaba a Nuestra Señora con estas palabras: "Inviolata, intacta et casta es, Maria". La impresión que pueden sugerir es que ellas se refieren a una idea, según la cual la unión sexual entre hombre y mujer implicaría algún cierto tipo de impureza, violación o corrupción, mientras que la virginidad sería signo de pureza, carácter inmaculado, incorruptibilidad e inviolabilidad.
Sin embargo, no debemos olvidar, si nos fuera necesario, que la castidad consagrada no supone la idea platónica de que el alma debe liberarse del cuerpo, sino que, por el contrario, la abstinencia es practicada precisamente en vista o con el fin de preparar las condiciones morales y psicológicas de la resurrección. Por ello estamos ciertos de encontrar el "céntuplo" (Mt 19,29), el ciento por uno, de aquel uno que por amor de Cristo ha sido dejado.
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 19 de enero de 2019
Notas
¹ Cf. II Concilio de Costantinopla del 553 (Denz.422, 427) y el Catecismo de la Iglesia Católica, n.499.
² Aquellos que, como por ejemplo Teilhard de Chardin, no admiten la existencia del puro espíritu sin materia, no pueden tener un concepto justo y correcto de Dios, y conciben un dios que es propio de la mitología pagana.
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Maria nata sit sancta et immaculata ab ipsa conceptione
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non nata sit sancta.
1. Quia dictum est sanctos non nasci sed fieri, et hoc valere etiam de Maria. Si sanctitas est fructus processus, videtur quod Maria non fuerit sancta ab initio, sed plenitudinem attigerit in fine vitae.
2. Praeterea, sanctitas plerumque intelligitur ut perfectio finalis, per viam profectus spiritualis acquisita. Hoc modo nec Maria nata esset sancta, sed in sanctitate profecisset usque ad Assumptionem.
3. Item, quidam tenent virginitatem et maternitatem divinam non necessario implicare sanctitatem originariam, sed esse dona successive recepta in historia vitae eius.
4. Denique, si Maria communicavit cum dolore humano, videtur quod etiam communicaverit cum consequentiis peccati originalis, et ideo non nata esset immaculata.
Sed contra est quod Evangelium docet: “Gratia plena” (Lc 1,28). Concilium Tridentinum affirmat gratiam baptismalem tollere peccatum originale, et dogma Immaculatae Conceptionis docet Mariam ab eo fuisse praeservatam ab ipso primo instanti existentiae. Ioannes Paulus II eam appellat “oasis semper viridis” humani generis. Sanctus Thomas docet sanctitatem originariam Mariae esse singulare privilegium divinum.
Respondeo dicendum quod Maria nata est sancta, quia praeservata fuit a peccato originali ab ipsa conceptione. Sanctitas originaria designatur vocabulo immaculata, quod significat absentiam maculae. Maria non indiguit purificatione, quia ab initio pura fuit. Per totam vitam in sanctitate crevit, transiens ab sanctitate initiali ad sanctitatem finalem multo ditior, numquam retrocedens nec cessans. Dolor eius non fuit ex culpa, sed ex voluntaria participatione Crucis redemptoris Filii. Virginitas perpetua Mariae, ante partum, in partu et post partum, intime coniungitur cum maternitate divina, quia sola Mater immaculata potuit Filium Dei suscipere. Maria est hortus conclusus, qui aperit Deo et non homini, mediatrix amoris casti et exemplar castitatis consecratae. Electio virginalis eius respondet ardenti desiderio unionis cum Spiritu Sancto, et sanctitas eius exprimitur in caritate perfecta, exercita in virginitate et maternitate.
Ad primum dicendum quod sententia de sanctis qui fiunt refertur ad plenitudinem finalem sanctitatis, non ad sanctitatem originariam; hoc sensu Maria nata est sancta.
Ad secundum dicendum quod plenitudo finalis non excludit sanctitatem initialem; Maria a gratia profecta est et in ea crevit usque ad culmen vitae.
Ad tertium dicendum quod virginitas et maternitas divina inseparabiles sunt a sanctitate originaria, quia sola Mater immaculata potuit esse Mater Dei.
Ad quartum dicendum quod dolor Mariae non provenit ex peccato, sed ex voluntaria cooperatione in opere redemptorio Christi.
JG
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