sábado, 25 de julio de 2026

El casto matrimonio entre José y María

En este nuevo artículo del padre Giovanni Cavalcoli se nos invita a redescubrir el valor del matrimonio cristiano a la luz del ejemplo sublime de José y María. ¿Qué significa que su unión haya sido un verdadero matrimonio, aunque vivido en virginidad? ¿Cómo se concilia la fidelidad conyugal con la abstinencia sexual elegida por motivos superiores? ¿Qué enseñanzas ofrece la pareja de Nazaret para los esposos de hoy, en medio de las tensiones entre laxismo y rigorismo? ¿De qué manera su vida común, marcada por la complementariedad y la misión educativa de Jesús, ilumina la vocación matrimonial en la Iglesia? Una reflexión que nos conduce a contemplar la grandeza del matrimonio como don divino y camino de santidad. [En la imagen: fragmento de "La imposición del nombre de Jesús", óleo sobre lienzo, de alrededor de 1680, obra de Juan de Valdés Leal, propiedad de la Fundación Santander].

El casto matrimonio entre José y María

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su el 25 de marzo de 2019. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-casto-matrimonio-fra-giuseppe-e-maria.html y también en el blog Libertà e Persona, el 23de marzo de 2019: https://www.libertaepersona.org/wordpress/2019/03/il-casto-matrimonio-tra-giuseppe-e-maria/)

Redescubramos el valor del matrimonio

Una necesidad de nuestro tiempo es la re-evaluación del matrimonio cristiano no solo en referencia a la presente condición de la naturaleza humana caída y redimida, sino ampliando la mirada, como lo hizo san Juan Pablo II en sus catequesis sobre el matrimonio, hacia las condiciones proto-lógicas y a las escatológicas de la pareja humana.
Sólo así, en efecto, aparece en toda su grandeza y belleza la dignidad de la sexualidad humana, liberada de los opuestos extremos del laxismo y del rigorismo, en los cuales se cae inevitablemente, si la mirada está limitada sólo a las miserias y a las ilusiones de la vida presente. En efecto, se oscila entre el origenismo que frustra la sexualidad y el freudismo que la hace ídolo. Entre una castidad sofocante y una lujuria legalizada. Por lo demás, estas dos fuerzas contrarias se provocan entre sí en una dialéctica maldita y angustiosa, fuente de neurosis y de bestialidad.
La Iglesia continúa ofreciéndonos maternalmente la verdad sobre el matrimonio y siempre estamos invitados a aceptar sus enseñanzas para salir de este satanismo sexual, en el cual estamos atrapados. Fundamental en esta obra de restauración y re-saneamiento intelectual y moral del valor del matrimonio es para nosotros los creyentes, la referencia al matrimonio de San José y de la Santísima Virgen.
Comencemos, por lo tanto, por decir que según el magisterio actual de la Iglesia, la unión sexual conyugal es expresión del recíproco amor entre los esposos e incrementa el amor entre ellos, conforme a la voluntad divina genesíaca de que hombre y mujer sean "una sola carne" (Gén 2,24). Sin embargo, como aclara santo Tomás ¹, la unión entre José y María fue un verdadero matrimonio, a pesar de su abstinencia sexual.
En efecto, Santo Tomás, para explicar este hecho, parte del hecho de que en una cosa puede haber una doble perfección: el ser y el actuar; y aclara diciendo que la perfección sustancial y esencial de una cosa no comporta necesariamente el actuar o el producir, sino que puede resolverse simplemente en su ser. Luego aplica esta distinción al caso del matrimonio. Leamos sus palabras:
"La perfección de una cosa es doble: primera y segunda. La primera consiste en la misma forma de la cosa de la que obtiene su especie; la segunda se concreta en la operación de tal cosa mediante la cual alcanza de algún modo su fin. Ahora bien, la forma del matrimonio consiste en una cierta unión indivisible de las almas, en virtud de la cual cada uno de los cónyuges se compromete a guardar indivisiblemente fidelidad al otro.
Pero el fin del matrimonio es la procreación y educación de los hijos. Lo primero se logra por medio de la cópula conyugal; lo segundo, mediante otras obras del marido y de la mujer, con las que se ayudan mutuamente para criar a los hijos.
Por tanto, hay que decir que, en cuanto a la primera perfección, el matrimonio de la Virgen Madre de Dios con José fue del todo verdadero, porque consintieron ambos en la unión conyugal, aunque no expresamente en la cópula carnal, sino a condición de que eso pluguiese a Dios. Por eso el ángel llama a María esposa de José cuando le dice a éste, en Mt 1,20: 'No temas recibir en tu casa a María, tu esposa' (Mt 1,20). Exponiendo este pasaje Agustín, dice en su libro 'De nuptiis et concupiscentia': 'Se llama cónyuge ² en virtud de la fidelidad inicial de los desposorios, a la que no había conocido, ni había de conocer, por la cópula carnal' ³.
En cuanto a la segunda perfección, que se logra por el acto del matrimonio, si éste se refiere a la unión carnal mediante la que se engendran los hijos, aquel matrimonio no fue consumado. Por lo que dice san Ambrosio: 'no te inquiete el que la Escritura llame a María esposa. La celebración de las bodas no es una declaración de la pérdida de la virginidad, sino un testimonio del matrimonio' " ⁴.
De estas palabras de santo Tomás resulta que el matrimonio es esencialmente una unión espiritual indisoluble exclusiva entre un hombre y una mujer, que no necesariamente se expresa en la unión sexual, aunque ordinariamente el fin específico del matrimonio sea la generación y la educación de la prole. Entonces, se puede decir que si se da una legítima generación y educación de la prole, quiere decir que existe el matrimonio: pero lo contrario no es cierto; se puede dar un matrimonio válido y santo, como el de José y María, que por motivos superiores se vive en la abstinencia sexual ⁵, muy similar a aquello que para los Religiosos es el voto de castidad.
Sin embargo, es necesario aclarar bien el significado de la virginidad de María y José, porque, como es evidente, no pertenece al matrimonio común, sino a un matrimonio especialísimo, más único que raro, que, aparte de los casos rarísimos de matrimonios virginales, en cuanto virgen, no es propuesto por la Iglesia como modelo de matrimonio común. En efecto, la teología moral también ve bien la unión sexual de los cónyuges ancianos no generativos, debido al hecho de que la unión sexual es en todo caso en ellos expresión e incremento de su amor, aunque no sea generativo, y es precursora de la escatológica unión de amor.
En este sentido, quizás no esté fuera de lugar aquí una referencia a la cuestión de los divorciados vueltos a casar, aunque un tema tan profano y embarazoso puede parecer en contraste cuando se trata de un tema tan sublime como el matrimonio entre José y María. Pero debemos recordar que la máxima misericordia es hecha a propósito para hacer resurgir de la máxima miseria. En la exhortación Familiaris consortio, san Juan Pablo II dice que los divorciados vueltos a casar son admitidos a los sacramentos a condición de que vivan como hermano y hermana. La exhortación Amoris Laetitia del papa Francisco confirma esta enseñanza, pero muestra mayor realismo.
Hemos visto que una convivencia de una pareja sexualmente abstinente por motivos ascéticos es un don rarísimo del Espíritu Santo. Nos podemos preguntar cómo puede vivir así una pareja que presumiblemente no dispone de una gracia tan sublime. Naturalmente, esto no quiere decir, como algunos han malinterpretado, que el Papa actual ⁶, por tanto, dé el permiso de Comunión a las parejas que tienen relaciones sexuales. La famosa nota 351, de hecho, no da ningún permiso efectivo y en vigor, sino que solo insinúa una hipótesis de permiso. Por lo tanto, sigue siendo válida la disposición n. 84 de la Familiaris consortio de san Juan Pablo II, que excluye de los sacramentos a los divorciados vueltos a casar ⁷.

El por qué de la virginidad de José y María

La virginidad de José es elegida como consecuencia de la virginidad de María. Pero existe una gran diferencia entre los dos tipos de virginidad, porque mientras la virginidad de María tiene un fundamento teológico, la de José tiene un fundamento ascético. Expliquémonos. María es esposa de Dios, Quien es purísimo Espíritu asexuado. Por lo tanto, en la esponsalidad de María no puede entrar el ejercicio de su sexo. El Hijo de Dios encarnado no nace por consiguiente de una unión sexual, sino por obra del Espíritu Santo. Por otra parte, la condición de la naturaleza humana de María es la del estado de inocencia, en el cual no existía la rebelión de la carne al espíritu, por lo cual no era necesario, a fin de asegurar la libertad del espíritu, renunciar a la actividad sexual, como está prescrito por el voto de castidad.
Por lo tanto, Nuestra Señora, teniendo pleno dominio de su espíritu sobre su sexo, no tuvo ninguna necesidad de hacer voto de castidad, como no habían tenido necesidad Adán y Eva en el paraíso terrenal. Ella, sin embargo, quiso seguir siendo virgen porque, en cuanto llena de gracia, y deseosa, como Inmaculada Concepción, de una unión con Dios más que cualquier otra mujer, y por eso "bendita entre las mujeres", se dio cuenta de que esta unión con Dios requería , por el motivo antes mencionado, la virginidad, sin ni siquiera sospechar ni remotamente de atraer de tal modo la mirada de Dios sobre sí misma y encontrar tanta gracia en Él, que la ha querido su esposa, madre de su Hijo encarnado.
En cuanto a José, vivía en el estado de naturaleza caída consecuente al pecado original, por lo cual él aceptó la virginidad según la función que ella desarrolla en el estado de naturaleza caída, como freno a la concupiscencia y ayuda a la naturaleza redimida para liberarse progresivamente de las consecuencias de la naturaleza caída y de la rebelión de la carne, para así sustituir progresivamente, con la gracia del bautismo y por la práctica de las virtudes, a las fuerzas corruptas del hombre viejo mortificado, por las energías del hombre nuevo de la resurrección.
El hecho de que María no imaginara o ni siquiera esperara mínimamente poder convertirse en Madre de Dios, lo atestigua el hecho de que estaba normalmente comprometida con un joven que le agradaba, José, como cualquier chica de este mundo. Y es en este punto que María y José pueden ser ejemplo para los prometidos. He aquí sin embargo, lo sorprendente en ella: que tuvo de Dios la idea de hacer el propósito de permanecer virgen, como emerge claramente de las palabras que dirige al Ángel: "no conozco varón" (Lc 1,34).
De ahí la inaudita voluntad de unir el matrimonio con una unión tan íntima con Dios, como para requerir la virginidad. ¿Pero ya estaba de acuerdo con José? Es posible, porque no es pensable que dos prometidos que se aman lealmente no estén de acuerdo en el proyectar su vida de esposos, tanto más si se trataba, como resulta del propósito de María, de un matrimonio tan excepcional y ciertamente inaudito.
En cambio, lo que no era en absoluto esperado ni se planeaba en los dos prometidos era que María pudiera devenir Madre de Dios. Difícil saber por qué motivo María no revela a José el encuentro con el Ángel y deja que José incluso llegue al punto de meditar en abandonarla, habiendo descubierto, imaginamos con qué angustia e indignación, que María estaba encinta. Incluso hizo falta una revelación angélica para que José conociera, e imaginamos con qué alivio y sorpresa, la verdad. Quizás María pensó que si le hubiera dicho a José lo sucedido, no la habría creído. Ella prefirió ser juzgada mal antes que aparecer como una exaltada contando hechos increíbles.
Un aspecto del matrimonio entre José y María que debe proponerse para nuestra imitación es, ciertamente, la complementariedad recíproca entre los esposos en el compromiso común de cuidar del Hijo Jesús. No podemos imaginar en la pareja aquella triste herencia del pecado original que lleva al hombre a dominar sobre la mujer y a la mujer a seducir al hombre, aun cuando indudablemente los esposos debieran adaptarse a las costumbres de la época, que preveían para la mujer una limitadísima actividad social, a lo más dentro de la familia y ciertos ritos humillantes, como por ejemplo la llamada "purificación", un largo período de días después del parto, como si parir fuera algo impuro.

Los frutos del matrimonio

Ejemplar en la unión de José con María es el hecho de que ellos han aceptado su unión, con las alegrías y los sufrimientos que ha comportado, como un don de Dios y como voluntad divina ("lo que Dios ha unido"), sin que esto haya excluido del todo, sino que más bien ha implicado, el haberse elegido mutuamente y libremente sobre la base de una honesta atracción física y espiritual, que era precisamente el signo de la voluntad de Dios.
Ejemplar para nosotros en esta pareja es su constante unión con Dios mediante una comunión cotidiana, íntima, ferviente y confiada con Jesucristo. Para nosotros esto significa concretamente la vida sacramental, la comunión con la Iglesia y sus pastores, la práctica de los mandamientos divinos y de las buenas obras, teniendo presente que, cada pareja, siguiendo el ejemplo de la pareja de Nazaret, tiene una propia y concreta, particular e irrepetible forma querida por Dios, diferente de pareja a pareja, así, junto con esta forma, cada pareja recibe de Dios una correspondiente misión especial al servicio del mundo y de la Iglesia.
En lo respecta al bien de la prole, es evidente que la pareja de Nazaret es para nosotros inspiradora y modelo, aunque debamos hacer las oportunas adaptaciones dejando a un lado lo que les pertenece exclusivamente a ellos, que para nosotros es solo objeto de admiración y de veneración. Los privilegios de la pareja de Nazaret constituyen fuerzas divinas, por las cuales debemos pedir su intercesión. Digamos, por tanto, algunas cosas sobre este tema.
Ante todo, no debemos sentirnos distantes de la pareja de Nazaret por el hecho de que tuvieron un único hijo. Basta con que nos preguntemos quién es este único Hijo. En tal modo, también las familias numerosas pueden tomar ejemplo de la Familia de Nazaret, aunque José y María tuvieron un único Hijo. Pero debemos considerar la intensa vida social de las familias de la época y en las pequeñas villas o caseríos, por lo cual ellos compartían y casi se intercambiaban sus hijos, los cuales desde pequeños se acostumbraban a una fuerte sociabilidad, mientras los padres también acogían a los niños de otros padres. Así que ciertamente Jesús niño debió haber fraternizado con niños de su edad, hijos de parientes y de amigos de sus padres, aunque no sabemos casi nada de su infancia, que nos es narrada por los Evangelios apócrifos, pero con poca confiabilidad, de lo contrario habría sido incluidos en el Canon.
En segundo lugar, debemos tener presente que Jesús no tuvo hermanos ni hermanas, excepto en el sentido semítico de primos de primer y segundo grados. Sin embargo, también debemos tener presente la personalidad de Jesús. En efecto, hay que pensar que, en cuanto Verbo Encarnado, su personalidad humana fuera de una tal riqueza que pareciera de alguna manera múltiple, como ocurre en las más grandes personalidades de la historia, siendo Él el Creador de todos los hombres. Por lo tanto, tener que vérselas con Jesús, para sus padres, debía ser una experiencia extraordinaria, como si debieran vérselas con una multiplicidad de hijos.
La pareja de Nazaret también es modelo para nosotros en cuanto respecta a la misión educativa de los padres, aunque aquí también debemos marcar algunas diferencias. Está claro que Jesús, en cuanto Hijo de Dios, poseía una humanidad la cual, salvada su determinación como individuo particular de la especie humana, en virtud de la unión hipostática, era absolutamente inocente y dotada de una suprema ciencia y virtudes infusas, aunque, como cada ser humano, extrajera su saber de la experiencia sensible y del aprendizaje, saber y virtudes que estaban sujetos a progreso (Lc 2,40 y 52), y estuviera sujeta esta naturaleza a las necesidades físicas, al sufrimiento y a la muerte.
¿Qué parte han desarrollado José y María hacia un Hijo tan excepcional? ¿Han estado a la altura de su tarea? ¿Cómo han impostado su labor educativa? ¿Han comprendido desde el principio su identidad divina o han comprendido solo de a poco cada vez y nunca exhaustivamente la grandeza paradojal del Misterio de este Hijo?
El único episodio narrado por los Evangelios que nos da algo de luz es el famoso triduo de Jesús permaneciendo entre los doctores del templo, donde vemos cómo María todavía no había comprendido plenamente quién era su Hijo, si ella, volviéndose hacia Jesús, llega a llamar a José "tu padre" (Lc 2,48), aunque ella sabía muy bien que no lo había obtenido de una unión con José, sino de una intervención del Espíritu Santo.
Este episodio es también una enseñanza para los padres comunes, en cuanto les recuerda que en cada hijo se esconde un misterio divino, una divina llamada, de los cuales acaso al momento ni siquiera él es consciente, pero que depende de los padres descubrir gradualmente y favorecer, sin imponer por lo tanto al hijo un plan preestablecido, por más bonito que pueda parecer a los padres.
Sin embargo, también Jesús, como todo niño sobre esta tierra y también como adulto, aunque dotado de la ciencia infusa y de la misma visión beatífica ⁸, pasaba del no saber al saber, como es atestiguado por muchos episodios del Evangelio, en los cuales Jesús hace preguntas para estar informado ⁹. El no saber o desconocimiento en Jesús, propiamente llamado "nesciencia", no debe confundirse con la ignorancia como pena del pecado original, es decir, como ignorancia de las cosas que se deberían saber, sino que se trata de la natural ausencia de contenidos de la mente que no ha comenzado a conocer una determinada cosa cognoscible o por experiencia, o por aprendizaje o por razonamiento. Como es sabido, Aristóteles compara esta mente vacía de contenido con una "tablilla en la que no hay nada escrito", la famosa tabula rasa.
María y José (y en esto son ejemplo para todos los padres) han instruido, pues, gradualmente a Jesús desde la más tierna infancia enseñándole a hablar y a leer las Escrituras, así como las nociones y las normas de la Ley del Señor, los buenos hábitos y las virtudes, los usos de la casa y de la convivencia social, la asistencia al Templo y la plegaria, mientras que José le ha enseñado el oficio de carpintero sin imaginar lo que Jesús habría dicho y hecho como Hijo de Dios, aunque ciertamente Jesús desde muy tierna edad ha mandado algún destello de su divinidad y ha realizado obras de caridad, que han maravillado a la gente.
En cambio, los padres de Jesús, a diferencia de aquellos de cualquier otro hijo en este mundo, excluyendo a Nuestra Señora, han estado dispensados de otra grave obligación, que vincula a todos los padres de esta tierra y que es el corregir a sus hijos en sus malas inclinaciones, con la ayuda de esa gracia que nos llega precisamente de Jesucristo.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 20 de marzo de 2019

Notas

¹ Santo Tomás, Summa Theologiae, III, q.29, a.2.
² Se refiere a la Virgen.
³ L.I, cap.11, PL 44, 420.
 Comentario al Evangelio de San Lucas, 1,27, libro II, PL 15,1635.
 El matrimonio virginal siguiendo el ejemplo de José y María es un don rarísimo, como son todos los dones más preciosos del Espíritu Santo. De este don se han beneficiado algunas parejas santas, como san Enrique II Emperador de Alemania y santa Cunegonda, en el siglo XI. Probablemente sea un don del cual también disfrutaron los esposos Jacques y Raissa Maritain, aunque ellos no hablan nunca de él, ni siquiera a modo de principio. Pero el hecho de no haber tenido hijos, llevando una vida moral convivida durante 50 años, fecundísima en valiosas obras literarias, teológicas y filosóficas, de fama mundial, es un indicio cierto de tal hecho de que tiene algo de prodigioso. (N.T.: Como sabemos, este dato acerca del matrimonio virginal de Raissa y Jacques Maritain ya ha sido confirmado históricamente. JG).
 Evidentemente, el padre Giovanni Cavalcoli se refiere aquí al papa Francisco, en la Amoris Laetitia. JG
 Como sabemos, hoy tenemos certeza de lo contrario, como ha aclarado ya el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. JG
 Santo Tomás, Summa Theologiae, III, q.9, art.2 e q.10, art.1.
 Por ejemplo, cuando pregunta dónde fue colocado Lázaro (Jn 11,34) o cuando interroga a los dos discípulos de Emaús (Lc 24,17) o cuando interroga a Pilato (Jn 18,34).

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum matrimonium virginale Ioseph et Mariae fuerit verum matrimonium

Ad hoc sic procediturVidetur quod matrimonium virginale Ioseph et Mariae non fuerit verum matrimonium.
1. Quia finis matrimonii est procreatio et educatio filiorum, quod requirit unionem sexualem. Si haec deest, videtur deesse essentia matrimonii. Praeterea, copula carnalis videtur esse signum manifestissimum fidelitatis coniugalis.
2. Praeterea, virginitas pertinet ad statum religiosum et non ad statum matrimonialem. Ergo matrimonium virginale videtur esse contradictio, cum votum castitatis excludat unionem coniugalem.
3. Item, unio Ioseph et Mariae fuit unica et irrepetibilis, mysterio Incarnationis coniuncta. Ergo non potest proponi ut exemplar communium matrimoniorum, et si pro matrimonium habeatur, periculum est confundendi fideles.
4. Denique, si matrimonium ad unionem spiritualem sine consummatione reducitur, periculum est contemnendi sexualitatem et incidendi in rigorismos contrarios doctrinae Ecclesiae, quae unionem sexualem agnoscit ut expressionem amoris.

Sed contra est quod Evangelium docet: “Noli timere accipere Mariam uxorem tuam” (Mt 1,20). Sanctus Augustinus affirmat coniugem vocari ex fidelitate initiali desponsationis, etsi copula carnalis defuerit. Sanctus Ambrosius docet celebrationem nuptiarum esse testimonium matrimonii, etsi virginitas servetur. Sanctus Thomas explicat perfectionem primam matrimonii consistere in indivisibili animarum unione, quae plene in Ioseph et Maria facta est.

Respondeo dicendum quod matrimonium inter Ioseph et Mariam fuit verum matrimonium, etsi in virginitate vivitum, quia essentia matrimonii consistit in unione spirituali indissolubili exclusiva inter virum et mulierem. Consummatio carnalis est secunda perfectio matrimonii, ordinata ad generationem filiorum, sed non est necessaria ad validitatem vinculi. In Ioseph et Maria data est prima perfectio, quia consenserunt in unionem coniugalem, etsi non in copulam carnalem, et fidelitatem suam in plena communione cum Deo vixerunt. Virginitas Mariae fundamentum theologicum habet, ut sponsa Dei et Mater Verbi incarnati; virginitas Ioseph fundamentum asceticum habet, ut auxilium ad concupiscentiam domandam in statu naturae lapsae. Eorum unio exemplaris fuit in complementarietate et in missione educativa erga Iesum, ostendens quod unusquisque filius mysterium divinum continet quod parentes debent gradatim detegere et fovere. Ergo, etsi matrimonium eorum est unicum et extraordinarium, illustrat dignitatem matrimonii christiani et missionem coniugum in Ecclesia.

Ad primum dicendum quod procreatio est finis proprius matrimonii, sed non eius essentia; essentia est unio spiritualis, quae plene in Ioseph et Maria facta est.
Ad secundum dicendum quod virginitas potest in matrimonio servari propter rationes superiores, sine contradictione naturae eius, sicut ostendit casus eximius Ioseph et Mariae.
Ad tertium dicendum quod, etsi matrimonium eorum est unicum, tamen docet fidelitatem, complementarietatem et missionem educativam, quae ad matrimonia communia applicari possunt.
Ad quartum dicendum quod Ecclesia agnoscit valorem unionis sexualis ut expressionem amoris, sed etiam admittit matrimonia valida in abstinentia spirituali vivenda, sine rigorismo.
   
JG

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