¿Puede el alma seguir mereciendo después de la muerte, o su destino queda sellado para siempre? ¿No es acaso la soberbia la raíz que lleva a elegir contra Dios y a preferir la condenación antes que la obediencia? La segunda parte de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli profundiza en el misterio de la predestinación y muestra cómo la misericordia divina se alterna con la severidad, según la justicia y la providencia. ¿Qué significa que Dios elija a algunos para la salvación y que otros se condenen por su propia voluntad? ¿No es urgente redescubrir que la misericordia sin severidad se falsifica, y que la verdadera caridad exige discernimiento, corrección y firmeza? Frente al buenismo que reduce la justicia a misericordia, se nos invita a contemplar la armonía de ambas en la obra de Dios y en la responsabilidad de la Iglesia. [En la imagen: fragmento medio de "El Juicio Final", óleo sobre lienzo, 1611-1614, obra de Francisco Pacheco, colección del Museo Goya de Castres].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 3 de octubre de 2026
Misericordia y condenación eterna (2/2)
Misericordia y condenación eterna
Segunda Parte (2/2)
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 4 de junio de 2016. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/misericordia-e-condanna-eterna-tra-il-cappuccino-della-misericordia-ed-i-cornetti-anonimi/)
Tesis IV. Con la muerte, el alma ya no puede merecer
El mérito es una consecuencia psicológica necesaria y debida del ejercicio del libre albedrío, por la cual como consecuencia del acto cumplido se espera una compensación o una retribución física o moral de parte de aquel por quien la obra o la acción ha sido cumplida.
El mérito adquiere un carácter moral, cuando se distingue un mérito al premio de un mérito al castigo. El hombre puede merecer tanto ante los hombres como ante Dios, aunque con una notable diferencia, que sin embargo no quita la analogicidad de esta noción fundamental de la moral, sin la cual no existiría el libre albedrío. Y de hecho Lutero es coherente en el negar uno y otro, aunque, quizás, al negar el mérito ante Dios, pretendía subrayar precisamente esa diferencia.
En la vida presente el hombre, con su libre actuar, elige definitivamente y para siempre, al momento de la muerte, el contenido formal de su fin último y absoluto, es decir, elige su eterno destino.
Si toma a Dios como fin y orienta hacia Él las propias acciones en el cumplimiento de su voluntad, merece el paraíso del cielo y se salva; si en cambio toma como fin su propia voluntad contra la divina, elige contra Dios, merece el infierno y se condena. En todo caso, recibe de Dios la justa recompensa por sus obras. En el primer caso, sin embargo, la recompensa es efecto de la misericordia divina, mientras que en el segundo sólo interviene la justicia.
Santo Tomás ¹ señala también que existe esta diferencia entre el mérito ante los hombres y el mérito ante Dios, que, mientras la compensación por una acción o por un trabajo cumplidos por los hombres merece una compensación a estricto rigor de justicia, considerando la igualdad de naturaleza existente entre los hombres, "entre Dios y el hombre existe la máxima desigualdad. En efecto, ellos distan infinitamente, y todo el bien que el hombre posee viene de Dios. Por lo cual no puede haber justicia", es decir, mérito, "del hombre frente a Dios según una igualdad absoluta, sino según una cierta proporción, en cuanto el hombre y Dios obran según su modo propio".
"Ahora bien, el modo y la medida de la virtud humana provienen de Dios. Y por tanto el mérito del hombre para con Dios no puede existir, sino en la presuposición del ordenamiento divino, de modo que el hombre, esto es, por medio sus obras, obtiene de Dios casi como retribución aquello en vista de lo cual", o sea el premio eterno, "Dios le ha dado la virtud de obrar" ².
Solamente Cristo ha merecido para nosotros la salvación por estricta justicia, en cuanto Hijo de Dios. Nosotros, en cambio, sólo en virtud de sus méritos podemos merecer con nuestras obras la vida eterna, no sin embargo en modo digno y proporcionado como Él, sino sólo de modo congruo y conveniente, en base a la benevolencia y a la misericordia del Padre.
Existe esta diferencia esencial entre el merecer el paraíso del cielo y el merecer el infierno, que mientras, como enseña el Concilio de Trento ³, el mérito del paraíso del cielo es don de la divina misericordia, el merecer el infierno depende exclusivamente del hombre.
En el más allá el alma ya no puede merecer. En efecto, el merecer es el hacerse digno ante la autoridad de una sanción, que puede ser honorífica o penal, premio o castigo, que se hace posible por el hecho de que el alma está ligada al cuerpo en la vida presente, en la cual el alma debe hacer su elección definitiva o por Dios o contra Dios.
Con el sobrevenir de la muerte, el alma se separa del cuerpo. Queda indudablemente dotada del libre albedrío y puede ejercerlo con respecto a las creaturas y a sí misma, pero ya no puede ejercerlo en la elección o no de Dios, porque ésta es una elección definitiva e irrevocable, que al momento de la muerte el alma hace para siempre, sin poder ya tener arrepentimiento ni retractarse de su elección, como tenía oportunidad de hacerlo en vida. En este momento, en efecto, comienza el tiempo -propiamente llamado "eviternidad" ⁴- de la retribución eterna, cielo o infierno. El purgatorio es un período de preparación para el paraíso del cielo.
El alma puede oscilar respecto a Dios durante la vida terrena, porque en esas condiciones Dios no se le aparece desveladamente e inmediatamente en su infinita amabilidad, como para obligarla a adherirse a Él en modo absoluto y sin incertezas, sino que la seducción del pecado y del demonio ejerce sobre el alma una cierta influencia, que tiende a alejarla de Dios.
De aquí la posibilidad ora de adherirse a Dios, ora de rechazarlo. En cambio, en el momento de la muerte, en el cual el alma se separa del cuerpo, Dios Se ofrece con claridad por última vez como objeto de elección. Por última vez Él ofrece su misericordia salvífica. Es la última chance. Si la misericordia es rechazada, queda la justicia, es decir, la condenación.
En este punto, el alma puede elegir para siempre con total certeza, por lo cual, de aquello que elige -o Dios o contra Dios-, no podrá no estar para siempre cierta, a diferencia de cuanto sucedía en la vida terrena, durante la cual, debido a la oscuridad de la existencia y la oscilación de la voluntad, siempre podía poner en discusión la elección hecha.
Tesis V. La soberbia lleva a elegir contra Dios
Algunos se preguntan cómo es posible que alguien elija someterse a una pena eterna. El punto no es ése. Nadie es tan tonto como para desear padecer las penas del infierno. Está claro que estos castigos son sufridos contra voluntad. Pero el hecho es que esas penas son la consecuencia necesaria y lógica de esa rebelión a Dios, que conduce al pecado mortal, muriendo en el cual se va al infierno.
Quien merece el infierno, quiere una libertad no en el ámbito de la ley de Dios, sino fuera de ella. Se hace Dios de sí mismo. Niega a Dios para sustituirse a Él. Pretende gozar de una libertad absoluta y ser ley para sí mismo como Dios. Quien merece el infierno sabe que le espera una pena eterna ⁵. Pero en lugar de estar con Dios, felíz en el paraíso del cielo, está de tal modo apegado a su voluntad que prefiere complacerla en el infierno, en lugar de someterla a Dios en el cielo. El réprobo hace prevalecer el gusto de su propia voluntad sobre el objeto mismo de la voluntad. Sentirse libre, no importa qué o independientemente de qué se es libre.
"Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes" (Stg 4,6). "Ha dispersado a los soberbios en su corazón, ...ha enaltecido a los humildes" (Lc 1,51-52). Dios no muestra misericordia a aquellos que no la quieren o piensan que no la necesitan. Con éstos es severo, pero da la gracia a los que se sienten pobres y necesitados y, arrepentidos y humildes, la desean.
Tesis VI. Dios, por misericordia, predestina o escoge a algunos
("los elegidos") para la salvación y de hecho los salva,
mientras que por justicia castiga a otros con el infierno
El Dios bíblico no es un simple principio cósmico, como podría ser una fuente de luz o de calor. Dado que es también creador de los entes personales, no puede no ser un Dios personal que, como tal, tiene un poder de elección y elige a esta persona y no a aquella. La Biblia habla de muchísimas elecciones divinas, concernientes a la misión de particulares personas. Y aquellos que son elegidos, son los "elegidos". La elección de las opciones es aquella misma de Jesucristo.
Eligiendo a la persona, la destina a una misión. He aquí la predestinación ⁶. Asignándola a una misión, la llama para revelarle esa misión. He aquí la vocación. Una vez que el elegido está en la presencia de Dios, Él le revela su voluntad. "Habla, Señor, que tu siervo te escucha".
Pero como la misión estaría por encima de las fuerzas humanas, he aquí que Dios la justifica, y glorifica al elegido con su gracia y con sus dones. Este esbozo lo encontramos en la Carta a los Romanos: "A aquellos que ha predestinado, a éstos también los ha llamado; a los que ha llamado, a éstos también los ha justificado; a los que ha justificado, también los ha glorificado" (Rom 8,30). Nótese que Pablo usa un pronombre partitivo ("aquellos que"), lo que hace claramente entender que no todos los hombres están predestinados, como podría parecer de otros pasajes del Apóstol.
La Iglesia ha enseñado repetidamente que no hay predestinación divina para el infierno. Tal cosa significaría que Dios es causa del pecado, lo cual es absurdo si reflexionamos sobre el hecho de que Dios es bondad infinita. Quienquiera que vaya allí, solo carga sobre sí la culpa de tal elección. En cambio, por cuanto respecta a la salvación, indudablemente el elegir a Dios por parte del hombre, es auténtica elección responsable. Y, sin embargo, el acto de esta elección, sostenido por la gracia, es obra divina. Y precisamente en esto radica la predestinación.
El Concilio de Trento nos recuerda el misterio de la predestinación en dos lugares: primero ⁷, cuando enseña, contra Lutero, que no podemos estar ciertos por fe de estar en el "número de los predestinados", sino que podemos sólo esperarlo, en base a las actuales buenas obras; segundo ⁸, cuando enseña que la predestinación concierne sólo a "aquellos que están predestinados a la vida eterna" y no en absoluto a los condenados, los cuales se condenan sólo por su propia voluntad y no por voluntad divina.
Tesis VII. Es necesario alternar el uso de la misericordia con el de la severidad
Misericordia y severidad son dos virtudes que dependen de la caridad ⁹, que preside las virtudes teologales (fe y esperanza), en el plano de la gracia, y de la prudencia ¹⁰, que preside las virtudes morales o cardinales (justicia, fortaleza y templanza) en el plano de la razón práctica. En Dios esas dos virtudes son la expresión de su providencia ¹¹, con la cual Él sabiamente provee al orden y buen funcionamiento del universo, que implica la existencia del paraíso del cielo, del infierno y del purgatorio.
Mientras caridad y prudencia deben ser practicadas en todo momento y circunstancia del actuar consciente, natural y sobrenatural, porque son su alma, la misericordia y la severidad deben ser practicadas, en el debido modo y medida, en las circunstancias oportunas, es decir, cuando las diversas situaciones lo requieren.
Con la caridad nosotros ponemos en práctica las verdades de fe concernientes al amor de Dios y del prójimo. Con la prudencia, ordenamos razonablemente nuestras acciones (recta ratio agibilium).
La misericordia es aquella virtud por la cual Dios o el hombre ofrecen ayuda, sin suponer méritos por una obra cumplida ni exigir compensaciones, a las necesidades físicas y espirituales de los pobres, de los míseros, de los arrepentidos y de los que sufren.
La severidad es aquella parte de la justicia, con la cual, utilizando una ira moderada ¹², defendemos el honor de Dios o nos defendemos o defendemos a los otros encomendados a nuestro cuidado, de una injusta agresión o nos levantamos con parresía y coraje profético contra la injusticia.
Otra cosa a considerar. Una cosa es la misericordia divina, considerada abstractamente, como mera posibilidad dependiente de la omnipotencia ¹³, de potentia Dei absoluta; y otra cosa es la misericordia, como de hecho Dios, según la Revelación, la practica en la historia de la salvación. En el primer sentido ella es infinita. En cambio, en el segundo sentido, ella encuentra un límite a su libre fluir de Dios, en el obstáculo que de hecho pone la creatura con su cerrazón a la misma misericordia, provocada por el pecado.
Sin embargo, también se puede hablar de una misericordia divina de facto infinita, en el sentido de que cualquier acto suyo debe atravesar esa distancia ontológica infinita, que desde el creador va a la creatura. Por lo tanto, ella es infinita en sí misma como acto divino, pero finita, en relación con nuestra finitud y nuestra pecaminosidad.
Existe tiempo para la misericordia y existe el tiempo para la severidad. Es necesario ver de momento en momento cuáles son las necesidades de las almas. Misericordia y severidad son para usar en el momento correcto y adecuado, con quien las merece o las necesita, porque, si son usadas en el momento equivocado, con la persona equivocada, se obtiene un efecto contraproducente. "No es bueno mostrar respeto al impío" (Prov 18,5). Pero también es necesario no ser severo con aquellos que merecen piedad y comprensión.
Severidad y misericordia están vinculadas y conectadas entre sí. La una requiere de la otra. Por ejemplo, Israel ha sido objeto de misericordia porque Dios ha sido severo con los Egipcios. Si queremos liberar a un pueblo oprimido, tenemos que ser severos con el dictador. En la duda si ser severos o misericordiosos, es mejor ser misericordiosos. Es fácil equivocarse al juzgar; y sin embargo es necesario hacerlo, cuando tengamos competencia y elementos suficientes; siempre dispuestos a corregirnos, si nos damos cuenta del error.
Si el lector benévolo quisiera aceptar la comparación y si el parangón no parece inapropiado, obviamente mutatis mutandis, permítaseme comparar la relación entre misericordia y severidad respectivamente con los tonos altos y bajos del teclado de un piano. Como Dios, el gran Pianista, debemos imitarlo sabiendo dosificar ora los primeros tonos, ora los segundos, según las exigencias de la partitura. Siempre y en cualquier caso, se debe tocar bien el piano. Pero esto implica precisamente la habilidad en el dosaje de los tonos. La belleza de la sonata surge sólo de la armonía o mutua conciliación o compensación de los diferentes tonos entre sí.
Por tanto, si bien siempre y en todo lugar se debe ser caritativos y prudentes con todos, no se puede ser misericordiosos siempre, con cualquiera, en cualquier circunstancia. La misma caridad y la misma prudencia nos piden saber ser ora misericordiosos, ora severos. Existe quien está en buena fe y quien está en mala fe. Existe quien tiene recta intención y quien es perverso. Existe quien es corregible y quien es incorregible. Existen quienes están excusados y quienes no son excusables. Existe la malicia y la debilidad. No podemos comportarnos del mismo modo con los unos y con los otros.
Quien no sepa desenvolverse en estas cosas, mejor que no sólo no permita que lo hagan obispo, sino ni siquiera llegue a ser padre o maestro de escuela primaria. Ciertamente no podemos separar el trigo de la paja en sentido escatológico; pero esto no nos exime del deber de asumir nuestras responsabilidades operando un prudente discernimiento y actuando en consecuencia.
Es necesario evitar el relativismo oportunista y simulador de quien, manteniéndose al margen ya sea por miedo o por motivos de conveniencia, no corrige a los desviados, confundiendo sus acciones con una simple "opción diferente", y haciendo la figura o dando la apariencia de una persona abierta y liberal. Así como debemos evitar el absolutismo rígido e intolerante de quienes nunca aceptan excusas y juzgan apresuradamente culpables a quienes pueden quizás estar en buena fe o a quienes se regulan según distintos criterios de acción.
La reducción de la justicia a la misericordia, como hemos tenido modo de ver en el desarrollo de este artículo, las falsea a ambas. Presentamos como ejemplo de esta desafortunada confusión algunas afirmaciones hechas por Raniero Cantalamessa en la predicación del Viernes Santo de 2016, pronunciada en la basílica de San Pedro: "La justicia de Dios es el acto mediante el cual Dios vuelve justos, agradables a él, a aquellos que creen en su Hijo. No es un hacer justicia, sino un hacer justos. Lutero ha tenido el mérito de traer de nuevo a la luz esta verdad, después de que durante siglos, al menos en la predicación cristiana, su significado se había perdido. Es sobre todo por esto que la cristiandad está en deuda con la Reforma". Ante estas palabras se podría decir: "¡La abominación de la desolación en el lugar santo!".
El grave error de Cantalamessa consiste en pretender definir en modo general la justicia divina como si fuera siempre sólo misericordia, derivando de manera totalmente incorrecta, con una ilícita extrapolación, del famoso pasaje de la Carta del Apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 3,21), donde efectivamente el Apóstol presenta la misericordia divina como "justicia", una falsa coincidencia sic et simpliciter entre justicia y misericordia, negando el valor propio de la justicia.
Cantalamessa, mostrando una exégesis capciosa, no tiene en cuenta el hecho de que es sólo en ese pasaje que se tiene identidad de significado. Pero en otros mil pasajes de la Escritura está clarísima la diferencia entre justicia y misericordia.
El Concilio de Trento enseña que nosotros debemos tener ante nuestros ojos tanto la misericordia como la severidad de Dios: "Puesto que pecamos en muchas cosas" (Stg 3,2), cada uno debe tener ante nuestros ojos tanto la misericordia y la bondad, como la severidad y el juicio, ni debe juzgar de sí mismo, aún cuando no sea consciente de nada, porque toda vida humana no debe ser examinada y juzgada con humano juicio, sino por Dios, que "iluminará los secretos de las tinieblas y manifestará los consejos de los corazones y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios" (1 Cor 4,4s), el cual, como está escrito, "pagará a cada uno según sus obras" (Rm 2,6).
Los Obispos, en nombre de la caridad, de la prudencia, de la justicia y de la misericordia, deben ayudarnos a distinguir a los creyentes de los herejes y a los justos de los impíos. Es cierto que la clara separación entre el trigo y la paja, entre el grano y el lolio, sólo ocurrirá al final de los tiempos. Pero esto no debe ser un pretexto para que las autoridades huyan de sus responsabilidades.
El hereje no es un "creyente diferente", como el enfermo no es un diferente sano. El pecador no es simplemente alguien que ha hecho una elección diferente, sino alguien que se arruina a sí mismo y arruina a los demás. El hereje es el hereje y el enfermo es el enfermo. Nuestro lenguaje "debe ser sí, sí, no, no, el resto es del maligno".
De cualquier manera, no hay duda que la misericordia debe prevalecer sobre la severidad. Al final, toda la obra divina de la salvación se resuelve en la misericordia, como nos dice a menudo el papa Francisco, haciéndose eco de san Pablo: "Dios ha encerrado a todos en la desobediencia, para tener misericordia de todos" (Rm 11, 32).
Lo que no quiere decir que la desobediencia no permanezca en algunos y, como tal, según ha dicho Cristo mismo, no deba ser castigada. Pablo simplemente quiere decir que la misericordia también ha sido ofrecida a aquellos que la han rechazado y por lo tanto se han perdido.
Queda sin embargo que Dios hace prevalecer la misericordia sobre la severidad, y quiere que nosotros hagamos lo mismo, porque sabe bien que nosotros solemos pecar más por fragilidad e ignorancia, que por malicia y mala voluntad. Por esto Dios dice a Moisés: "Yo, el Señor, soy tu Dios, un Dios celoso, que castiga la culpa de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación, para los que me odian, pero que demuestra su favor hasta mil generaciones, para aquellos que me aman y observan mis mandamientos" (Ex 20,5-6).
Estas cosas los Santos siempre las han sabido y no existía necesidad de que llegara el Concilio Vaticano II para enseñárselas, aunque el Concilio nos ha hecho conocer la misericordia divina mejor de cuanto hasta entonces la Iglesia la había conocido.
El defecto de hoy, como ya es evidente, también por los daños que produce, es la negación de la severidad, en nombre de una misericordia que, precisamente por esa negación, se falsifica a sí misma y genera una severidad peor que la del pasado. En el pasado, al menos se perseguían los herejes; hoy se persigue a los católicos.
No debemos escandalizarnos por los tonos severos del "Jesús dulce, Jesús amor", porque también esos tonos severos de Jesús provienen de su infinita caridad. Y recordemos antes que nada sus palabras: "bienaventurados aquellos que no se escandalizan de mí" (Mt 11,6).
Fin de la Segunda Parte (2/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 1° de junio de 2016
Notas
¹ Summa Theologiae, I-II, q.114, a.1.
² Ibid.
³ Denz.1548.
⁴ Cf. Summa Theologiae, I, q.10, a.5.
⁵ La parábola de Mt 25,21-46 sobreentiende que todos saben, al menos implícitamente, que existe el infierno, habiendo tenido la posibilidad de evitarlo. Cualquiera que sepa que está cometiendo un delito, debe saber cuál pena le espera. Incluso los rahnerianos saben a-temáticamente que existe el infierno y que el negar su existencia merece indudablemente el infierno.
⁶ Summa Theologiae, I, q.23.
⁷ Denz.1540.
⁸ Denz.1567.
⁹ Cf. Summa Theologiae, II-II, q.23.
¹⁰ Ibid., q.47.
¹¹ Ibid., q.22.
¹² Ibid., q.123, a.10.
¹³ Ibid. I, q.25.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum misericordia divina excludat iustitiam et severitatem in iudicio aeterno animae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod sic excludat.
1. Quia misericordia est infinita et Deus semper offert suum veniam, videtur inconcipibile quod anima, etiam post mortem, non possit ulterius mereri et salutem adipisci. Arguitur quod esset contrarium bonitati divinae definitivam poenitentiae possibilitatem claudere.
2. Praeterea, irrationale esset quod aliquis eligeret se subicere poenae aeternae, cum nemo velit pati. Ergo videtur quod superbia non possit ducere ad eligendum contra Deum definitive, cum homo semper quaerat proprium bonum.
3. Item, si Deus praedestinat aliquos ad salutem, videtur quod etiam praedestinet alios ad damnationem, alioquin electio eius esset partialis et arbitraria, nec intelligeretur quomodo quidam eliguntur et alii non.
4. Denique, misericordia est superior iustitiae, et ideo videtur quod semper debeat praevalere, sine necessitate alternandi cum severitate. Reductio iustitiae ad misericordiam esset, secundum nonnullos, vera revelatio Evangelii.
Sed contra est quod dicit Apostolus: “Deus superbis resistit, humilibus autem dat gratiam” (Iac 4,6). Et Paulus: “Quos praedestinavit, hos et vocavit; quos vocavit, hos et iustificavit; quos iustificavit, hos et glorificavit” (Rom 8,30). Et Concilium Tridentinum docet praedestinationem solum ad vitam aeternam, non autem ad infernum. Et Scriptura: “In ipso misericordia et ira, et indignatio illius super peccatores requiescet” (Sir 5,6).
Respondeo dicendum quod misericordia divina non excludit iustitiam neque severitatem, sed ambae concorditer se componunt in providentia Dei. Cum morte anima iam non potest mereri, quia electio definitiva in vita terrena completa est. Deus offert ultimo sua misericordia, sed si reicitur, manet sola iustitia et damnatio. Superbia ducit ad eligendum contra Deum, quia reprobus mavult affirmare propriam voluntatem quam se submittere Summo Bono, etiam sciens se poenam aeternam passurum. Praedestinatio refertur tantum ad salutem: Deus eligit aliquos ad vitam aeternam, sed nemo praedestinatur ad infernum, quia damnatio pendet exclusive ex voluntate hominis Deum recusantis. Misericordia et severitas alternari debent secundum circumstantias, quia caritas et prudentia exigunt discretionem: misericordiam exhibere humilibus et paenitentibus, severitatem superbis et obstinatis. Reductio iustitiae ad misericordiam falsificat utramque et ducit ad graves errores, sicut cum quis simpliciter identificare vult iustitiam et misericordiam. Auctor monet defectum hodiernum esse negationem severitatis nomine misericordiae male intellectae, quod peiora damna parit et severitatem deteriorem quam praeteritum. Vera caritas exigit scire quando misericordia et quando severitas applicanda sit, sicut pianista alternat tonos altos et bajos ut sonata sit harmoniosa.
Ad primum ergo dicendum quod misericordia est infinita in se, sed invenit terminum in clausura hominis. Ideo post mortem anima iam non potest mereri, quia electio eius est irrevocabilis et definitiva.
Ad secundum dicendum quod nemo vult pati, sed superbus mavult affirmare libertatem extra legem Dei, etiamsi hoc implicet poenam aeternam. Reprobus non quaerit dolorem, sed propriam voluntatem, et ideo damnatur.
Ad tertium dicendum quod praedestinatio numquam refertur ad infernum, quia Deus non est causa peccati. Electio divina est semper ad salutem, dum damnatio est fructus exclusivus voluntatis humanae Deum recusantis.
Ad quartum dicendum quod misericordia praevalet super severitatem, sed eam non tollit. Utraque exercenda est tempore opportuno, quia iustitia correctionem exigit et caritas discretionem. Misericordia sine severitate falsificatur et severitas sine misericordia fit crudelis.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.