¿Quién es en realidad el sectario, ese hijo del "divisor" que confunde lo verdadero con lo falso y destruye la comunión? ¿Puede una comunidad cristiana subsistir sin el carisma de Pedro, como intentaron Lutero y los lefebvrianos? ¿No es acaso el sectarismo el gran vicio de los católicos de hoy, que sustituye la universalidad por la parcialidad y el odio? Esta segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo el modernismo y el pasadismo, dos formas actuales de sectarismo, dividen la Iglesia en bandos irreconciliables, ignorando la importancia de los católicos normales en plena comunión con el Papa. ¿Será posible reconocer los valores de cada uno y corregir sus errores para recuperar la unidad y la verdadera reforma conciliar? [En la imagen: fragmento de "Sibilia Cumana", fresco de Miguel Ángel, 1512, Capilla Sixtina, Vaticano].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 30 de septiembre de 2026
Secta y comunidad cristiana. Sectarismo y comunión (2/2)
La secta y la comunidad cristiana
Sectarismo y comunión
Segunda Parte (2/2)
(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada en su propio blog, el 27 de septiembre de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-setta-e-la-comunita-cristiana_01469535693.html)
La secta y el sectario
La secta es cosa distinta del partido, de la corriente, del grupo, de la sociedad de amigos, del movimiento, de la escuela filosófica y teológica, de la asociación, de la comunidad religiosa. Todas estas realidades están insertas en el contexto social, abiertas a las relaciones con las demás componentes de la sociedad, dotadas del sentido de lo universal y de los valores comunes, operantes para el bien común, conscientes de sus propios límites, respetuosas de las diversidades.
Las sectas, en cambio, reducen lo universal a lo particular, toman la parte en lugar del todo, se consideran la humanidad de los justos contra la humanidad de los impíos, se creen propietarias infalibles de toda la verdad, negando la presencia de cualquier aspecto positivo en los adversarios. Son incapaces de mediar entre extremos y entre enemigos, no saben encontrar puntos en común entre sí. No están movidas por el amor, sino por el odio, aunque puedan ser conservadoras o revolucionarias, laicas o religiosas, cultas o populares, mundiales o regionales, numerosas o escasas.
Obviamente ninguna secta se considera a sí misma como secta, dado el significado negativo actual de la palabra, la cual indica un grupo que se separa y se aísla de la comunidad eclesial y de la mayoría ortodoxa, rompe la comunión, divide a los fieles, ataca a la Iglesia con agresividad, facciosidad, intolerancia y acrimonia, presumiendo y jactándose de ser la verdadera Iglesia.
Si es conveniente por los motivos dichos renunciar al uso del término secta y del concepto correspondiente, es en cambio bueno y útil pastoralmente usar el término «sectario», porque el sectarismo, estrechamente ligado al extremismo, al fundamentalismo, al dogmatismo, a la presunción, a la parcialidad y a la facciosidad, está vinculado al mismo terrorismo, que es su expresión extrema, más horrible e inhumana.
El sectario usurpa en su provecho las palabras del Señor: «quien no está conmigo, está contra mí, y quien no está conmigo, dispersa». El sectarismo, cuyo espíritu de mentira y odio hacia Dios y hacia el prójimo, bienes supremos de nuestra vida y fuentes de nuestra paz, es inventor y creador incansable de discordia y de conflictividad, quizá bajo el pretexto del pluralismo, es la ruina del bien común y de la convivencia civil y eclesial.
El sectarismo, que hoy es una enfermedad muy difundida, que impide la serenidad y objetividad del juicio y lo convierte en expresión de intereses privados y egoístas, está arruinando a la Iglesia y a la sociedad, es un principio inextinguible de guerra por sí misma y de odio recíproco entre hermanos.
El sectarismo es el gran vicio de los católicos de hoy. Es la negación clara del catolicismo, que significa universalidad. El sectario es un presuntuoso, un sabelotodo, un pendenciero, un arrogante, un malicioso, que no excusa sino que culpa, un vengativo que no perdona, un juez inexorable, uno que nunca se equivoca, que no acepta críticas ni objeciones, un incorregible, aferrado a sus defectos, un hipócrita que sirve a dos señores, un sembrador de discordias, siempre dedicado a llevar la contraria, que siempre encuentra algo que objetar en todo; y sin embargo es el más dogmático de todos, es una persona cruel a la que le gusta hacer el mal a los demás.
El sectario es aquel que San Juan llama «hijo del diablo». En efecto, la palabra diablo proviene del griego diaballo, que significa «arrojo a través», es decir, desuno, divido, contrapongo. El diablo es el Divisor. Y el sectario hace precisamente esto: divide lo que está unido, confunde lo que es distinto, pone en contradicción lo que es coherente, coloca en contraste lo que está de acuerdo, crea enemistad donde hay amistad, polemiza donde bastaría la discusión serena, impone pero no propone. Es un dialéctico refinado, que todo lo pone en cuestión, excepto sus propias ideas, dando por cierto lo que es dudoso y dudando de lo que es cierto.
El sectario no comprende el valor de la unidad, de la caridad, de la universalidad, de la comunión, de la obediencia, del verdadero y legítimo pluralismo, de la sana diversidad. Finge buscar a Dios, pero en realidad se busca a sí mismo, no crea certeza sino que difunde la duda, no se somete sino que quiere mandar, no acerca a Dios sino que aleja de Él, no atrae a Dios sino a sí mismo, no corrige sino que descuida, confunde la libertad con la rebelión y la verdad con sus propias ideas, no tolera sino que condena, no reforma sino que deforma, no mejora sino que empeora, no conserva sino que traiciona, no enriquece sino que debilita, no une sino que divide, no fortalece sino que debilita, no purifica sino que contamina, no persevera sino que desiste, no construye sino que destruye.
Lo fundamental que el sectario no comprende es que, para que una comunidad esté unida, para que los muchos puedan convivir juntos en fraterna comunión y en recíproca caridad, para que todos puedan servir al bien común en la libertad y en la diversidad, en la paz y en la concordia, se requiere un jefe que cuide del bien común, que señale en una meta común el camino de la unión, de la comunión y de la colaboración recíproca.
Apelar, como hacen los cismáticos, los herejes y los sectarios, a Cristo, al Espíritu Santo, a la Escritura o a la Tradición no es un principio suficiente de unidad y de visión común de la verdad, porque aunque sea cierto que Dios nos habla en nuestra conciencia, sin embargo la Iglesia es una comunidad visible, y ellos lo saben muy bien, de modo que es imposible en una comunidad que no está compuesta de espíritus puros sino de personas corporales, como somos nosotros los seres humanos, que aprendemos y comunicamos la verdad en proposiciones orales o escritas, que pueda existir una comunión y un acuerdo visible sobre las mismas verdades de fe sin el servicio infalible, asegurado por la asistencia del Espíritu Santo, que nos viene de una persona humana como nosotros y entre nosotros, el Sucesor de Pedro, encargado precisamente por Cristo de explicarnos, asistido por el Espíritu Santo, con la palabra y con la escritura las verdades salvíficas que Cristo nos enseñó, e informándonos y notificándonos además quiénes en este campo están en la verdad y quiénes están en el error.
Al seguir al Vicario de Cristo, el mismo Pueblo santo de Dios, la misma Iglesia, el mismo común fiel, se hacen infalibles en el conocimiento de la verdad de fe y saben distinguirla de la herejía. Y en esto consiste la sinodalidad y la santidad de la Iglesia.
Por eso los sectarios, los herejes y los cismáticos se ven obligados, si quieren de algún modo mantener unida la comunidad y conservarla en el tiempo, a crearse jefes y pastores, los cuales, sin embargo, obviamente no podrán tener la autoridad de la que goza el Romano Pontífice, aunque, como sucede en las Iglesias Ortodoxas orientales, los Obispos sean sucesores de los Apóstoles, pero se trata siempre de jefes precarios y discutibles.
Nadie dice que el Partido Fascista o el Partido Nacionalsocialista o el Partido Comunista o la Masonería sean sectas, y sin embargo ¿quién puede razonablemente negar, en base a los hechos del pasado y del presente, que sean formas feroces de sectarismo? ¿No son acaso porciones de humanidad que han seguido el ídolo de la Romanidad, del Arrianismo, de la Materia?
El problema del protestantismo
El problema insoluble de la comunidad cismática o sectaria es el de cómo y sobre qué base asegurar la unidad doctrinal y disciplinaria, faltando la asistencia del carisma de Pedro. Lutero escribió un Catecismo y en 1530 los luteranos elaboraron la famosa Confesión de Augsburgo ¹. Pero es claro que los mismos luteranos no se sienten vinculados de modo absoluto a este símbolo de la fe por ellos mismos compilado, conscientes de no poseer ningún mandato de parte de Cristo como lo posee Pedro.
Por eso en la historia del protestantismo tenemos un sucederse interminable e irresoluble de divisiones y contrastes internos acerca del número y la calidad de las verdades de fe. Los mismos dogmas de los primeros Concilios, a los cuales Lutero adhería, no son hoy aceptados por todos. No hablemos de la infinidad de controversias acerca de la interpretación de los textos bíblicos.
Podemos decir que exista un mínimo doctrinal, un núcleo esencial doctrinal luterano que reúna a todos los luteranos en cuanto tales, un mínimo que nos permita reconocer al luterano como tal y que justifique la denominación de luterano. Ciertamente, si no, los historiadores no hablarían desde hace cinco siglos de luteranismo, ni un luterano podría ser calificado como tal. Y sin embargo, incluso examinando estos puntos fundamentales, no faltan las incertidumbres entre los mismos luteranos y con mayor razón para nosotros los católicos, que deseamos hacer luz entre contradicciones y ambigüedades.
Es interesante cómo en clima luterano, con Kant, nació la teoría de la «dialéctica trascendental», retomada luego y perfeccionada por Hegel, según la cual la razón está naturalmente en contraste consigo misma, sin que sea posible alcanzar una quietud definitiva en la verdad. Lutero creía con su doctrina haber asegurado la paz de la conciencia, pero en realidad no quitó el tormento, lo cubrió solamente con la vana ilusión de ser perdonados, puesto que no puede haber perdón sin arrepentimiento, y de arrepentimiento parece que Lutero no quiso hablar.
El Espíritu Santo, en cambio, por un milagro de su misericordia, conserva en las Iglesias ortodoxas orientales la sucesión apostólica episcopal, a pesar de que falte el respeto de la sucesión apostólica petrina. Pero es obvio que se trata de una situación anormal, contraria a la voluntad de Cristo, a la cual es necesario poner remedio.
Debemos recordar que el verdadero jefe, pastor y guía en la Iglesia, por voluntad de Cristo, es Pedro. Entonces, ¿qué sentido puede tener reformar la Iglesia o conservar la tradición sin y contra Pedro, como quisieron hacer Lutero y Miguel Cerulario? ¿Han podido organizar una comunidad cristiana sin el jefe? Evidentemente no. Y entonces ¿a quién han puesto como jefe? A sí mismos y a sus sucesores. ¿Cómo han podido conservarse estas comunidades en los siglos hasta hoy sin disolverse? Es un puro don de la misericordia de Dios, porque separándose del Romano Pontífice, que es como Vicario de Cristo el principio y el garante de la unidad de la Iglesia, habrían debido hasta hoy disolverse en una multitud de sectas o en un total individualismo.
Ya Bossuet, en el siglo XVII, notaba cómo el luteranismo se había dividido en una multiplicidad de sectas. Y de hecho todavía hoy no existe un luteranismo unitario, sea porque el mismo Lutero cayó en contradicciones consigo mismo, sea porque los mismos luteranos, imitando el espíritu cismático de Lutero, se toman la libertad de tomar de Lutero lo que les agrada.
Y así vemos entre los luteranos enormes contrastes, que ellos llaman eufemísticamente «diferencias» o «diversidad». Y así se pasa entre ellos de teólogos admiradores de Santo Tomás como Kierkegaard y Pannenberg a teólogos que se adentran en el idealismo como Kant, en el egologismo como Fichte, en la mitología como Schelling, en el panteísmo como Hegel o en el existencialismo como Bultmann.
Los dos sectarismos de hoy
Hay dos modos de separarse de la Iglesia: o bien dejarla porque se la juzga corrompida, modernista e irrecuperable, para formar la verdadera Iglesia de la tradición; o bien considerarse pertenecientes a la Iglesia querida por el Concilio Vaticano II, pero interpretada según un modelo de Iglesia modernista, separado por tanto de la verdadera Iglesia querida por Cristo.
Existe esta diferencia entre los dos sectarismos: en el primero, el católico que podríamos definir pasadista es plenamente consciente de separarse de una Iglesia guiada por pastores que, a su juicio, la han corrompido por haber puesto en práctica las directivas modernistas del Concilio; mientras que en el segundo caso el sectario no se percibe como tal, sino que al contrario, se siente miembro de pleno derecho de la Iglesia, y más aún de aquella Iglesia progresista que ha nacido del Concilio. Pero en realidad también él, aunque no se dé cuenta, está separado de la verdadera Iglesia, que es la que realiza auténticamente la reforma conciliar.
Esta separación no es tan visible como la de los pasadistas, porque los modernistas han alcanzado tal posición de poder que se sienten ellos el movimiento de vanguardia de la Iglesia, mientras que los católicos normales, que acogen el Concilio sin las falsificaciones modernistas, son ellos la verdadera Iglesia, de la cual los modernistas de hecho se han separado, aunque se opongan al resto de la Iglesia, donde reúnen tanto a los católicos normales como a los pasadistas bajo la común denominación de «tradicionalistas», cuando en realidad sería conveniente distinguir un sano tradicionalismo, que se une al progreso promovido por el Concilio, de un falso tradicionalismo, que se opone al progreso y que gira en torno a los lefebvrianos. De modo semejante sería conveniente distinguir un sano progresismo, respetuoso de la tradición y verdadera realización del Concilio, como por ejemplo el de los maritainianos, de un falso progresismo, el de los modernistas, entre los cuales los más significativos son los rahnerianos.
En cuanto a los pasadistas, también ellos, de modo semejante a los modernistas, dividen la Iglesia en dos partidos: ellos y sus enemigos, que resultan de la suma de los católicos normales y de los modernistas. Al final es necesario decir que la Iglesia, formada por los católicos normales dedicados a la reforma conciliar entendida sanamente, tiene hoy y desde hace sesenta años el grave problema de llamar al seno de la Iglesia, o mejor dicho, a la plena comunión con la Iglesia, a los dos partidos cismáticos y sectarios de los modernistas y de los pasadistas.
Los rahnerianos entienden la Iglesia a la manera hegeliana como autoconciencia trascendental divinizada de la humanidad (los «cristianos anónimos») o como pueblo de Dios en la praxis de liberación mundana de inspiración marxista («Iglesia desde abajo» o iglesia popular). Los pasadistas, en cambio, permanecen fijos en la Iglesia de Pío XII y rechazan la Iglesia del postconcilio como modernista.
Tanto uno como otro sectarismo ignoran la importancia esencial, para la definición de la Iglesia y del catolicismo, del ámbito de los católicos normales, en plena comunión con el Romano Pontífice, y en lugar de remitirse a ellos para la edificación de la Iglesia, se pierden en una estéril, incesante y ruinosa polémica entre sí, como si fueran sólo ellos los protagonistas de la Iglesia, reduciendo a los católicos normales al partido opuesto.
¿Qué hacer? A unos y a otros es necesario reconocer los valores que poseen: la sensibilidad hacia la modernidad en los modernistas, el respeto de la tradición en los pasadistas. En los modernistas es necesario corregir los errores ligados a la modernidad; en los pasadistas es necesario corregir los errores derivados del hecho de que no aceptan el magisterio pontificio a partir de San Juan XXIII.
A los ojos de los dos sectarismos el católico normal aparece como una persona apagada, insignificante, insípida, tímida, despreciable, una figura de compromiso que pretende colocarse en medio entre lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto, el bien y el mal.
Las categorías de amigo y enemigo, de justo e impío, de santo y pecador, de culpable e inocente, de bienaventurado y condenado, de buena y de mala fe, son indudablemente categorías bíblicas fundamentales irrenunciables, no sólo desde el punto de vista de la fe, sino también de la sana razón y de la honestidad natural. Por eso el discurso buenista de todos salvos, todos buenos y todos perdonados no es conforme al lenguaje de la Biblia, aunque luego en la práctica quien no les da la razón es despreciado y marginado.
Además es necesario observar que los dos sectarismos son demasiado fáciles en aplicarse a sí mismos esta contraposición que en la vida presente, aunque sea real, permanece en su mayor parte oculta, mientras que aparecerá en perfecta claridad sólo en la batalla escatológica final apocalíptica (Ap 19-20) y en el Juicio universal (Mt 25).
La modestia y la prudencia quieren que en la vida presente tengamos presente que no hay pecador que no pueda convertirse y no hay santo que no pueda desviarse. En todo hombre, por más malvado que sea, hay algo de bien, y en todo santo, por más perfecto que sea, en esta vida hay defectos. Nadie posee aquí todas las virtudes o está en plena luz, y nadie está sólo inmerso en los vicios o en las tinieblas.
Por tanto, somos libres sí de seguir a alguien que nos parezca maestro, guía o profeta, una escuela, un movimiento, una espiritualidad, pero siempre con la mirada atenta a que ello nos sirva para mejorar nuestra comunión con Dios, con la Iglesia y con los hermanos.
Fin de la Segunda Parte (2/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 3 de septiembre de 2026
Notas
¹ Véase la publicación a cargo del editor Marzorati, Como 1943.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum sectarismus modernistarum et passatistarum destruat communionem catholicam
et debeat corrigi ad unitatem Ecclesiae recuperandam
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non destruat communionem.
1. Quia modernistae se existimant membra pleno iure Ecclesiae natae ex Concilio Vaticano II, et ideo non sentiunt se separatos a vera Ecclesia. Asserunt suum progressismum esse authenticam realizationem Concilii et se ipsos esse avantgarde ecclesialem.
2. Praeterea, passatistae tenent se veros custodes traditionis, et Ecclesiam hodiernam corruptam per modernismum. Affirmant suam separationem esse legitimam defensionem fidei, cum Ecclesia idealem suum prodidisset.
3. Item, tam modernistae quam passatistae valores possident: primi sensum ad modernitatem, secundi reverentiam ad traditionem. Ergo videtur quod eorum habitus non sit destructivus, sed complementarius, et quod ambo vitam ecclesialem ditent.
4. Denique, historia ostendit communitates separatas sicut protestantismum per saecula subsistere, quod videtur indicare sectarismum non necessario destruere communionem, sed posse novas formas Ecclesiae generare.
Sed contra est quod dicit Apostolus: “Obedite praepositis vestris et subiacete eis” (Heb 13,17). Et Christus Petro: “Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam” (Mt 16,18). Et Concilium Vaticanum II docet Ecclesiam esse populum Dei in plena communione cum Romano Pontifice.
Respondeo dicendum quod sectarismus est hodie magnum vitium catholicorum, quia negat universalitatem propriam catholicismi et substituit communionem per partialitatem. Sectarius dividit quod est unitum, confundit quod est distinctum, inimicitias creat ubi est amicitia, et movetur non ex amore sed ex odio. Tam modernismus quam passatismus sunt formae sectarismi: primus separatur a vera Ecclesia interpretando Concilium secundum exemplar falsificatum, secundus separatur ab Ecclesia iudicando eam corruptam et irreparabilem. Ambo Ecclesiam ad proprium partitum reducunt et alios inimicos reputant, ignorantes essentialem momentum catholicorum normalium in plena communione cum Papa. Vera Ecclesia est quae reformam conciliarem sanam efficit, et ideo necesse est corrigere errores utriusque sectarismi: in modernistis, errores ad modernitatem pertinentes; in passatistis, errores ex recusatione magisterii pontificii a Sancto Ioanne XXIII derivatos. Auctor monet quod tam hi quam illi se perdunt in polemica sterili et perniciosa, quasi soli essent protagonisti Ecclesiae, cum vera aedificatio pertineat ad catholicos normales qui communionem vivunt. Sic tantum recuperatur unitas et communio catholica.
Ad primum ergo dicendum quod modernistae se existimant membra Ecclesiae, sed non sunt in plenitudine, quia interpretatio falsificata Concilii eos separat a vera communione. Apparens eorum pertinencia est illusoria, quia opponuntur Ecclesiae quae authentice reformam conciliarem efficit.
Ad secundum dicendum quod passatismus non est legitima defensio traditionis, sed recusatio magisterii pontificii, quod contradicit voluntati Christi qui Petrum voluit principium unitatis. Eorum adhaesio Ecclesiae Pii XII et recusatio postconcilii eos extra communionem ponit.
Ad tertium dicendum quod verum est ambos valores possidere, sed hi valores obscurantur erroribus gravibus. Sensibilitas ad modernitatem et reverentia ad traditionem debent integrari in communione catholica, non absolutizari in factionibus separatis. Expedit distinguere progressismum sanum, traditioni reverentem, a falso progressismo modernistico, et traditionalismum sanum, concilio progressui unitum, a falso traditionalismo passatistico.
Ad quartum dicendum quod subsistentia communitatum separatarum sicut protestantismus non est signum vitalitatis, sed fructus misericordiae Dei, quae eorum existentiam permittit non obstante separatione. Sed eorum divisio interna ostendit sectarismum inevitabiliter ducere ad disgregationem et amissionem unitatis. Sic etiam modernismus et passatismus, nisi corrigantur, in polemica interminabili et destructiva desinent, incapaces Ecclesiam aedificandi.
JG
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