miércoles, 30 de septiembre de 2026

Secta y comunidad cristiana. Sectarismo y comunión (1/2)

¿Es la palabra “secta” todavía válida para describir las divisiones religiosas, o se ha convertido en un término superado y humillante? ¿No es acaso más fecundo hablar de parcialidad y facciosidad dentro de la Iglesia, en lugar de reducir todo a etiquetas simplistas? Esta primera parte del artículo que el padre Giovanni Cavalcoli ha publicado hace sólo unos días atrás en su blog, muestra cómo el Concilio Vaticano II nos enseñó a reconocer que ninguna comunidad humana carece de defectos y ninguna asociación religiosa está privada de aspectos positivos. ¿Qué sucede cuando los pastores descuidan la unidad y la Iglesia se ve arrastrada por el caos de opiniones y facciones? ¿No es urgente recuperar la objetividad y la imparcialidad para discernir entre comunión y sectarismo, evitando que la palabra “católico” se vacíe de su verdadero sentido? [En la imagen: fragmento de "Sibilia Líbica", fresco de Miguel Ángel, 1512, Capilla Sixtina, Vaticano].

La secta y la comunidad cristiana
Sectarismo y comunión

Primera Parte (1/2)

(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada en su propio blog, el 26 de septiembre de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-setta-e-la-comunita-cristiana.html)

¿Por qué ya no se habla de sectas?

Un hecho digno de nota es que el uso del término «secta» para designar una asociación religiosa ha desaparecido del lenguaje pastoral de la Iglesia, cuando en cambio, en los últimos dos decenios del siglo pasado hasta el primer decenio de este, se difundió un amplio uso del término, tanto que surgieron incluso publicaciones expresamente dedicadas a tratar de las «sectas», se fundaron centros de estudio sobre las «sectas», hubo sociólogos que se especializaron en este tema, se organizaron congresos y debates sobre el asunto, se publicaron incluso documentos de conferencias episcopales. Es claro que en todo este inmenso trabajo quedaron muchos datos importantes y actuales, muchos juicios correctos, muchas orientaciones útiles.
Pero ¿por qué motivo hoy los Obispos ya no tratan este tema? Porque se advirtió que el mismo concepto de «secta» corre el riesgo de ser sectario y corresponde a un modo de juzgar las asociaciones religiosas cismáticas o heréticas de manera maniquea, exclusivista y abstracta, un modo de juzgar simplista, tajante y expeditivo, que fue frecuente en el pasado, pero que ha sido superado por la pastoral iniciada por el Concilio Vaticano II, el cual nos hizo comprender que no existe asociación religiosa tan perversa y anormal que no tenga aspectos positivos, así como no existe en la historia de este mundo comunidad humana, y esto vale también para la Iglesia, que no tenga defectos que corregir o aspectos que reformar.
Definir un movimiento religioso, por más cismático y herético que sea, como secta, hoy aparece humillante para ese movimiento. Ningún movimiento está dispuesto a ser denominado como secta. La palabra secta parecería reducirlo al nivel de una mera asociación delictiva.
Ni siquiera la mafia se designa como secta, ni la organización de los traficantes de hombres, de armas o de droga. Tampoco una asociación terrorista, aunque se pueda decir que está compuesta de sectarios, por ejemplo islámicos ¹. Y si en las modernas traducciones de la Biblia encontramos todavía el uso del término ², esto es el residuo de un lenguaje hoy superado y sería mejor sustituir la palabra por «partido» o «corriente». La noción de «secta» en la Enciclopedia Católica no existe, mientras que sí existe la de herejía y la de cisma. En todo caso se podría decir que un hereje o un cismático es un sectario, como explicaré más adelante.
Es aconsejable y útil, en cambio, como veremos, el uso del adjetivo «sectario», que equivale a «faccioso» o «parcial». En efecto, el faccioso toma la parte por el todo y considera lo particular como si fuese universal. Y esto, por desgracia, es un fenómeno frecuente en la Iglesia de hoy. Los pastores no se preocupan lo suficiente de custodiar la unidad y la Iglesia se ve arrastrada por el caos y la confusión. Quot capita, tot sententiae.
La sofística reina en lugar de la honestidad intelectual, la estrechez de mente en lugar de la apertura intelectual, la miopía en lugar de la clarividencia, la superficialidad en lugar de la profundidad, la bajeza en lugar de la nobleza, el doble juego en lugar de la rectitud y la transparencia, la astucia en lugar de la prudencia, la frivolidad en lugar de la seriedad.
Aquí entran en juego el ideologismo y el fundamentalismo. Hay quien pretende en la Iglesia ser líder o profeta, quien pretende ser el centro, el vértice y el punto de referencia, quien carece del sentido de lo universal y de los valores comunes perennes, inmutables e irrenunciables. La palabra «católico» en muchos casos ha perdido su significado y ha sido sustituida por el individualismo, el subjetivismo y precisamente la facciosidad y la parcialidad, fuentes de interminables e irresolubles conflictos, quizá con el pretexto del pluralismo y de la diversidad. Cada uno pretende definir qué es católico independientemente del Catecismo de la Iglesia Católica.
Lo que hoy la Iglesia necesita de manera extrema es jueces objetivos, sabios, desinteresados e imparciales, super partes, que sepan mediar entre las facciones opuestas de modernistas y pasadistas, reconciliándolos entre sí en la concordia y en la paz, aunque dentro de la legítima diversidad, liberándolos de los excesos heréticos, creando la mutua comprensión, la colaboración recíproca y la integración. Imparcialidad no significa ser neutrales entre los dos adversarios o jugar a favor de uno y de otro, guiñando el ojo ora aquí ora allá, sino tomar a pecho la situación, estudiarla y proponer remedios eficaces para la solución del conflicto.
Ciertamente permanece la distinción bíblica entre justos e impíos, entre ovejas y lobos, entre santos y pecadores, entre fieles y herejes, entre verdaderos y falsos cristos y entre verdaderos y falsos profetas, entre hijos de Dios e hijos del diablo, entre la Iglesia de Cristo y la sinagoga de Satanás, entre el trigo y la cizaña. Sin embargo, en la vida presente, como hijos de Adán, somos todos pecadores y no existe nadie tan malvado que no posea aspectos buenos, así como no existe hombre tan virtuoso que no tenga algún vicio. Por eso, la manera dualista de designar la realidad eclesial –conservadores e innovadores, progresistas y tradicionalistas– es equivocada y refleja el lenguaje de estas dos facciones.
Si queremos ser precisos, debemos distinguir hoy en la Iglesia tres formaciones: los católicos normales, que pueden ser progresistas o tradicionalistas, fieles a los pastores y al Papa en la aplicación de la reforma conciliar, y dos movimientos cismáticos o sectarios: los modernistas y los pasadistas. Obviamente los modernistas no se designan a sí mismos como tales, sino que se denominan «progresistas», mientras que los pasadistas se consideran a sí mismos como los verdaderos católicos de la tradición.
Hoy además sabemos mejor que en otro tiempo excusar las malas acciones, porque conocemos mejor la vida interior de la conciencia y conocemos mejor el poder de la malicia porque conocemos mejor la vida del espíritu. La demonología ha progresado y hemos comprendido mejor la acción de Satanás no sólo en los poseídos, sino también en los filósofos, en los teólogos y en los Obispos. Pero también la teología del Espíritu Santo ha progresado, de modo que sabemos mejor lo que puede obrar el Espíritu no sólo en el Papa, en los Obispos y en los teólogos, sino también en los indoctos, en los sencillos, en los niños, en los no cristianos, en quienes no saben hablar de Dios.
También la eclesiología conciliar, que presenta un rostro de Iglesia más amplio que en el pasado, un ser Iglesia graduado y no en términos de sí o no, según el esquema simplista del dentro y fuera, ha contribuido a hacernos sentir reticencia a definir como «secta» un determinado grupo o movimiento religioso. En otro tiempo se veía la Iglesia como un todo y se decía: o todo o nada. Hoy se sigue viendo la Iglesia como un todo, pero un todo que puede ser participado en diversos grados y medidas. Estas participaciones son las que en el pasado se llamaban sectas.
Es claro, sin embargo, que existe un estar fuera de la Iglesia. Pero este estar fuera es fuera del grado mínimo de eclesialidad y no inmediatamente fuera de una eclesialidad entendida como un recinto, respecto al cual o se está dentro o se está fuera. Lo que una vez llamábamos secta es un modo incompleto de ser Iglesia.

¿Qué es la secta?

La palabra secta proviene del latín secta, a su vez derivada del verbo sequor, sigo. Se trata de hacer una elección, de seguir eligiendo: seguir a tal líder, a tal político, a tal doctrina, a tal maestro, a tal teólogo, a tales ideas, a tal comunidad, practicar tal conducta.
La secta, entendida como grupo de personas, corresponde a una extensión del significado originario de seguimiento. Pero a su vez el seguimiento es efecto de una elección. Por eso la Vulgata de San Jerónimo traduce con «secta» (secta) el término griego airesis, de aireo, «elijo», que inmediatamente significa «elección». La traducción italiana de la Conferencia Episcopal Italiana traduce airesis a veces con herejía, a veces con secta, a veces con división. El airetikón anthropon, haereticum hominem de Tt 3,10 traduce con «hombre faccioso», por lo cual podríamos decir sectario.
El seguidor de una secta ¿qué elige? ¿A quién o a qué sigue? A un fundador, a un iniciador, a un maestro, a un iluminado, a un sabio extraordinario y carismático, a un guía maravilloso, eficaz y confiable, que propone una doctrina, un método, un camino, un ejemplo sumamente atractivo, con signos milagrosos, en orden a la realización del fin de la propia vida o del universo entero.
Naturalmente uno puede elegir un buen maestro y uno puede elegir uno malo. Y no está dicho que se permanezca siempre fiel al maestro elegido. Se puede encontrar uno mejor. O puede suceder que el maestro elegido proponga una conducta mejor o una doctrina más alta y el discípulo ya no se sienta capaz de seguirlo o lo traicione porque se siente atraído por un falso maestro.
La adhesión a una secta es el efecto de una elección individualista, es decir, no dictada por verdaderos intereses comunes, sino por intereses individuales hechos pasar por universales. Y también el objeto de la elección no es una doctrina verdaderamente universal, sino el apego absoluto a la personalidad del fundador, del maestro, del guía, del führer, aún más que a su doctrina. En cambio, al elegir a Cristo, el apego a la doctrina coincide con el apego a la Persona, porque aquí la persona es Dios mismo.
Añadamos que, dado que el objeto de la elección, con el progreso de la experiencia histórica, apareció, sobre todo en clima cristiano, cada vez más como alguna mala doctrina o alguna idea falsa, elegida en contraposición a la verdad enseñada por la Iglesia, la secta, que originariamente tenía el significado neutro de haber elegido un determinado guía o una determinada doctrina, comenzó cada vez más a asumir el significado negativo de una tendencia separatista, censurable, disgregadora, divisiva.
La airesis comenzó a convertirse en la herejía, la elección de una falsa doctrina de fe, por lo cual con el término secta se comenzó a significar un movimiento o una comunidad herética. Así, con el surgir del luteranismo, se comenzó a hablar en el ámbito católico en tono despectivo de secta luterana, porque efectivamente Lutero quiso separarse de la Iglesia Romana y en la doctrina de Lutero están contenidos errores contra la fe, aunque Lutero estaba convencido de no salir de la Iglesia, de no crear ninguna secta, sino de reencontrar el sentido auténticamente evangélico del ser Iglesia.
La Escritura usa varias veces el término secta, por ejemplo hablando de los fariseos y de los saduceos, según el significado antiguo, que no supone necesariamente un reproche o sentido negativo, sino que significa lo que hoy diríamos un partido o una corriente política, religiosa o de pensamiento. La Escritura habla de herejes que se separan de la Iglesia y respecto de los cuales es necesario estar en guardia hasta llegar a quitarles el saludo.
Jesucristo, que fundó su Iglesia separándose del judaísmo farisaico, aunque en continuidad con la religión mosaica y abrahámica, dio al principio la impresión de fundar una secta, hasta que los cristianos mostraron la continuidad de la religión de la Nueva Alianza con la religión de la Antigua Alianza.
La secta, en cambio, surge de una religión preexistente, separándose de ella con la convicción fanática de ser la verdadera Iglesia, de realizar mejor el ideal de la Iglesia de la cual se separa, convencida de ser una comunidad superior y de realizar mejor el fin de la Iglesia, salvándola de la corrupción o de la destrucción.
Para comprender qué son las sectas, puede ser útil partir de algunas parábolas del Evangelio. Cristo compara la Iglesia al territorio cercado en el cual habitan las ovejas, es decir, el redil, dentro del cual pueden encontrar alimento y reposo para la noche. El pastor se ocupa de ellas, las alimenta, las guía al pasto fuera del cercado, constituido por una barrera que debe impedir la entrada de los lobos. Puede suceder, sin embargo, que un lobo logre entrar; en tal caso, el buen pastor se apresura a expulsarlo para impedir que devore alguna oveja. Puede suceder también que una oveja, quizá en el pasto, se extravíe, por lo cual es necesario que el pastor vaya en su búsqueda para encontrarla y devolverla al redil. El pastor debe vigilar para que no sea admitida en el rebaño una falsa oveja, es decir, un lobo disfrazado de cordero.
Las ovejas devoradas por los lobos son las víctimas de los cismáticos, de los herejes y de los sectarios, mientras que los lobos disfrazados de corderos son los falsos profetas y falsos cristos que son fomentadores de los cismas o, si queremos, de las sectas. Ellos parecen estar en la Iglesia, parecen pertenecer a la Iglesia o incluso ser los mejores, los más avanzados, pero en realidad están fuera, como la oveja que, salida del cercado o apartada de las demás en el pasto, se extravía y corre el riesgo de ser también devorada por los lobos. Es claro cómo los lobos son símbolos de los sectarios, que atraen a los fieles hacia su falsa Iglesia, donde los devoran.
La oveja o las ovejas que se separan del rebaño son comparadas por la tradición cristiana con aquellos que se separan de la comunión eclesial, ya sea por rebeldía o por seducción. Son los cismáticos, los herejes o los apóstatas. Son los excomulgados. Pueden ser fieles descontentos de la Iglesia o que incluso la rechazan. Quieren cambiar la Iglesia con el pretexto de reformarla o quieren abandonarla porque han perdido la fe.
Estos personajes seductores e impostores pueden ser de marcada personalidad, dotados incluso de cualidades extraordinarias, pero que emplean sólo en su propio interés fingiendo servir al prójimo o dar gloria a Dios. Pueden tener ideas originales, correctas o erradas, ser arrastradores, fascinadores, seductores, atractivos, hábiles persuasores, espíritus polémicos y divisivos. Son personajes que, quizá bajo el pretexto de la búsqueda de la verdad, bajo las apariencias de humildad y de querer el bien de la Iglesia y del prójimo, en realidad quieren hacerse notar, aspiran a sobresalir, están sedientos de gloria humana, desean que se hable de ellos, quieren imponer a los demás sus propias ideas aprovechando los bajos instintos de la gente o la tendencia a la soberbia, que a todos, más o menos, nos tienta.
En tal caso hacen una enorme publicidad de sus ideas, aparentan una vida austera y virtuosa, reúnen en torno a sí seguidores, discípulos, admiradores que los siguen, es decir, que eligen sus ideas, programas y propuestas, que están en contraste con la Iglesia, la comunidad de la cual se han separado, juzgada perdida e irrecuperable, para fundar otra comunidad considerada, según su juicio, mejor y más conforme al modelo de Iglesia querido por Cristo. Son los fundadores de sectas, los sectarios.

La pluralidad de las religiones

Es interesante ver la diferencia entre las sectas religiosas y las religiones. Estas, por lo general, nacen autónomamente, por cuenta propia, ya sea por iniciativa del fundador o por iniciativa popular, de modo que en este segundo caso los iniciadores permanecen desconocidos, como en el caso de la religión india y la religión hebrea. De una religión puede nacer otra sin la ruptura de tipo sectario, sino por evolución y adaptación a las condiciones de otros pueblos, así como el budismo surgió del hinduismo, el Tao nació en China, el Zen nació en Japón a partir del budismo.
De la pluralidad de las religiones, considerando que nacen por sí mismas o de la simple religión natural universal, no decimos que son sectas, aunque tengan todos los caracteres típicos, aunque esté presente un cierto exclusivismo, fanatismo, dogmatismo y una cierta presunción; aunque carezcan de aquel pleno sentido de universalidad y de aquella apertura a todos los hombres, que está presente sólo en el catolicismo (katholikós = universal).
Las religiones no cristianas tienden a absolutizarse a sí mismas sin tener derecho a ello. Tienden al sectarismo, en cuanto tienden, aunque posean sólo algunas verdades religiosas y sin tener el mandato divino como en la religión cristiana, a querer conquistar a toda la humanidad. Tal derecho, en efecto, corresponde sólo a la religión cristiana, la única entre todas en haber sido fundada por Dios mismo, Jesucristo.
Sin embargo, la moderna historia de las religiones nos instruye acerca de inmensos valores espirituales y morales, hasta la teología y la mística, presentes en estas enormes formaciones humanas milenarias, por lo cual, sin ignorar los errores y defectos presentes en ellas, podemos llegar a decir con el Papa Francisco que la pluralidad y variedad de las religiones, en cuanto contienen en el plano del verdadero bien valores diversos (al margen de la comparación verdadero-falso), son verdaderamente queridas por Dios y –podemos añadir con el Concilio– todas convergen hacia Cristo y provienen de Cristo.
Pero hoy, si debemos todavía hablar de herejías, ya no hablamos de secta herética. Ya no decimos que los luteranos son una secta, sino una formación eclesial –se habla también de Iglesias protestantes– formación eclesial imperfecta e incompleta de hermanos separados, llamados a entrar en plena comunión con la Iglesia católica, pero no decimos ya que están fuera de la Iglesia o que tienen un concepto falso de Iglesia, sino que tienen uno incompleto y necesitado de ser integrado por aquellos elementos que se encuentran sólo en la Iglesia católica. En otro tiempo se habría dicho que el lefebvrismo y el modernismo son dos sectas. Hoy los vemos como dos formaciones de hermanos que poseen sus valores, pero que deben liberarse de sus errores para alcanzar en plenitud, junto con los católicos normales, la vida normal y sana de la Iglesia.
Ciertamente, se requieren unas mínimas condiciones, se requiere el vestido de bodas para pertenecer a la Iglesia. No podemos utilizar sus servicios si no cumplimos suficientemente las condiciones para pertenecer a ella. Hoy se ha olvidado que la pareja «honores y deberes» es una pareja inseparable. Se querría gratuitamente lo que es necesario merecer y se pretende obtener por sí mismos lo que no se puede obtener sin la gracia. Se querría gozar de los derechos sin cumplir los deberes o, como dice el Catecismo de San Pío X, se querría salvarse sin méritos. Ciertamente, quien no tiene este vestido es arrojado fuera en las tinieblas, es decir, entra en la sinagoga de Satanás.
Hoy decimos que los cristianos no católicos son nuestros hermanos, decimos que están dentro aunque en los márgenes de la Iglesia. Ellos constituyen dos partidos extremistas, pero no carecen de valores eclesiales, como la tradición y el progreso. Ellos necesitan corregir su concepto parcial de Iglesia, cesar de su litigiosidad y de su presunción; deben asumir en plenitud la verdad católica, reconciliarse y acordarse entre sí para convertirse en católicos normales, sobre la base de la plenitud de la verdad católica y de la plena y sincera comunión con la Iglesia y con el Papa, en la verdadera aplicación de la reforma conciliar.
La secta es un movimiento separatista, que se aparta de una comunidad más amplia porque considera que ha traicionado su fin y su ideal, o bien quiere constituir una nueva comunidad que juzga capaz de elevarse a un ideal superior al de la comunidad de la cual se ha separado. Así, por ejemplo, quiso hacer el Buda, separándose del brahmanismo. Así creyó hacer Lutero separándose de Roma. Recordemos el famoso llamamiento luterano «los von Rom!».
Los cismas, que son sectas, nacieron muy pronto en la Iglesia. De ellos habla el mismo San Pablo citando las palabras de los sectarios:
«Yo soy de Pablo», «yo en cambio de Apolo», «y yo de Cefas», «y yo de Cristo». ¿Acaso Cristo ha sido dividido? ¿Acaso Pablo fue crucificado por vosotros o es en el nombre de Pablo que habéis sido bautizados?» (1 Cor 1,12-13). «Cuando uno dice: “yo soy de Pablo” y otro: “yo soy de Apolo”, ¿no os mostráis simplemente hombres? Pero ¿qué es Apolo? ¿Qué es Pablo? Ministros por medio de los cuales habéis llegado a la fe, y cada uno según lo que el Señor le ha concedido. Yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien hizo crecer. Ahora bien, ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios que hace crecer» (1 Cor 3,4-7).
Las sectas cristianas hoy asumen como marco de fondo de su acción la lucha entre la Mujer del Apocalipsis y el Dragón, es decir, la lucha, diría San Agustín, entre la ciudad fundada en el amor Dei usque ad contemptum sui y la ciudad del amor sui usque ad contemptum Dei. Y hasta aquí todo bien. Sólo que la secta se siente encarnada en la Mujer apocalíptica en lugar de la Iglesia, por lo cual considera su lucha contra la Iglesia como si fuese la lucha contra la sinagoga de Satanás.
Las sectas cristianas tienen un programa escatológico. Se consideran la realización final de la Iglesia: el ejército de los justos bajo la guía de Cristo, triunfador sobre los impíos bajo la guía de Satanás en la batalla final anunciada por el Apocalipsis. Alexander Dugin, el consejero filosófico de Putin, fundador del Partido Euroasiático, ha escrito que la guerra de Rusia contra Ucrania es sólo el inicio de la guerra escatológica de la Ortodoxia y de las culturas orientales, japonesa, china e india contra el Occidente corrompido, patria de los impíos.

Fin de la Primera Parte (1/2)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 3 de septiembre de 2026

Notas

¹ El terrorismo es rechazado por el mismo Corán.
² Por ejemplo, Hch 5,17 o 15,5.

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum conceptus sectae debeat retineri in sermone Ecclesiae
vel substitui per sectarismum

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod debeat retineri.
1. Quia Scriptura pluries utitur vocabulo sectae, referens ad Pharisaeos et Sadducaeos, et ideo videtur legitimum illud conservare in sermone ecclesiali. Tenetur quod, si Biblia hoc utitur, non potest esse vocabulum inaptum.
2. Praeterea, vocabulum sectae in praeterito servivit ad designandas consociationes religiosas devias, et instituta sunt centra studiorum, publicationes et conventus de sectis, cum fructibus utilibus et directionibus validis. Concluditur quod relinquere vocabulum esset amittere instrumentum analysi iam fructuosum.
3. Item, appellare sectam aliquem motum religiosum videtur efficax modus admonendi fideles de periculo incidendi in doctrinas falsas vel in communitates ab Ecclesia separatas. Arguitur quod sermo fortis est necessarius ad fidem protegendam.
4. Denique, si vocabulum sectae relinquitur, periclitatur ne iudicium de erroribus mitigetur et ne claritas amittatur in distinctione inter veram Ecclesiam et communitates schismaticas vel haereticas. Affirmatur quod confusio hodierna in Ecclesia provenit ex sermone nimis molli.

Sed contra est quod docet Concilium Vaticanum II: nulla communitas humana caret defectibus et nulla consociatio religiosa est privata aspectibus positivis. Apostolus Paulus docet: “Caritas omnia suffert, omnia credit, omnia sperat, omnia sustinet” (1 Cor 13,7). Sanctus Augustinus commemorat quod etiam in communitatibus deviantibus possunt esse elementa veritatis et boni.

Respondeo dicendum quod conceptus sectae in pastorali Ecclesiae superatus est, quia respondet modo iudicandi simplicistico, manichaeo et exclusivistico, qui reducit motum religiosum ad gradum consociationis delictivae. Definire ut sectam aliquem coetum schismaticum vel haereticum est humilians et non adiuvat communionem. Utilius est loqui de sectarismo, intellecto ut partialitas et factiositas, quia sectarius partem pro toto sumit et particulare tamquam universale considerat. Hoc phaenomenon hodie in Ecclesia invenitur, ubi pastores unitatem non satis custodiunt et communitas trahitur in chaos et confusionem. Sophistica substituit honestatem intellectualem, myopia prudentiam, superficialitas profunditatem, et vocabulum catholicum amittit suum sensum, repositum per individualismum et subjectivismum. Auctor monet Ecclesiam indigere iudicibus obiectivis, imparcialibus et sapientibus, qui inter factiones medientur et concordiam creent, liberantes ab excessibus haereticis et communionem foveant. Ideo necessarium est recuperare impartialitatem et unitatem, vitando sermonem sectarium et fovendo communionem in legitima diversitate.

Ad primum ergo dicendum quod Scriptura utitur vocabulo sectae in sensu antiquo, aequivalente parti vel currenti, sine sensu negativo hodierno. Ergo non cogit ad illud retinendum in sermone pastorali hodierno.
Ad secundum dicendum quod studia de sectis protulerunt fructus utiles, sed ipsum vocabulum est inaptum et debet substitui per notiones magis accuratas sicut haeresis, schisma vel sectarismus. Fructus illorum studiorum possunt servari sine retentione vocabuli.
Ad tertium dicendum quod admonere fideles de periculo doctrinarum falsarum est necessarium, sed non per vocabulum sectae, quod humiliat et confundit. Melius fit per doctrinam claram de communione ecclesiali et per denuntiationem sectarismi, qui magis precise describit habitum partialitatis et exclusivismi.
Ad quartum dicendum quod relinquere vocabulum sectae non significat mitigare iudicium de errore, sed exprimere illud cum maiore iustitia et aequilibrio, agnoscendo tam aspectus negativos quam positivos cuiuslibet communitatis. Sermo pastoralis hodiernus permittit distinguere cum precisione inter id quod est communio et id quod est sectarismus, vitando tam manichaeismum quam indifferentiam.
   
JG

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.