¿Es el islam un simple fenómeno religioso o un programa de conquista que busca imponerse sobre la fe cristiana? ¿Qué fuerza sostiene su expansión después de catorce siglos y qué relación guarda con el misterio de iniquidad del que habla san Pablo? Esta segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la negación obstinada de la Encarnación y de la Trinidad se convierte en motor de una ética de obediencia y sumisión que puede derivar en fanatismo y violencia. ¿No es acaso urgente que la Iglesia responda con claridad doctrinal y firmeza pastoral ante un desafío que amenaza tanto la verdad de Cristo como la paz de los pueblos? El artículo invita a reflexionar sobre el choque entre la plenitud de la revelación cristiana y la pretensión islámica de sustituirla. [En la imagen: fragmento de "Jesucristo Pantocrator", mosaico de la deesis en Hagia Sophia, Estambul].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 29 de septiembre de 2026
El islamismo y el misterio cristológico (2/2)
El islamismo y el misterio cristológico
Segunda Parte
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 22 de noviembre de 2015 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/islamismo-e-il-mistero-cristologico-cristo-ha-promesso-la-sopravvivenza-della-chiesa-non-delleuropa/)
El programa de conquista
Cualquiera que sea el caso, un constitutivo o ingrediente esencial de la inmensa obra de Mahoma, todavía viva hoy, ha sido el de ofrecer, en nombre de Dios, una misión exaltante al pueblo árabe: la de hacerse anunciador del mensaje de una salvación celestial, más allá del y contra el judeocristianismo, valiéndose simultáneamente no solo del poder de la palabra, sino también del de las armas y de la política. Mahoma se reveló así un extraordinario conductor militar y hombre de gobierno.
Así, el líder religioso decidía también acerca de los destinos de la política, en base a la ley del Corán, la famosa sharía, que se configura también como la ley del Estado, a fin de que puedan gozar de los plenos derechos civiles solo los musulmanes, como todavía es de uso en los países islámicos.
En el Islam el Estado no tiene una finalidad propia, terrena y natural, dictada por la simple razón del hombre, sino que es el ministro de Dios en la difusión del Islam, por lo cual es solo instrumento del poder religioso, destinado a asegurar a los creyentes la posesión de toda la tierra, que pertenece por derecho al Islam, incluso si pertenece por el momento a otros pueblos. Es un principio que se encuentra también en la historia de Israel: que debía expulsar a los pueblos de su territorio y ocupar su lugar.
Para los musulmanes no tiene sentido un estado laico, simplemente basado en la razón práctica, es decir, sobre los derechos y deberes naturales de todos hacia el bien común temporal, prescindiendo de las diferentes opiniones en términos de religión o de teología. Para ellos, o el Estado es islámico o no es un Estado legítimo.
Por lo tanto, no existe ningún derecho a la libertad religiosa. El Estado no permite un pluralismo religioso. Sería como un derecho al crimen, porque no creer en el Corán para la ley islámica es un crimen ante el Estado. La inquisición católica medieval es una comedia cómica comparada con la inquisición estatal del Estado Islámico.
En tal modo, el concepto de la igualdad humana, fundado en la simple posesión de la razón (animal rationale) por parte de todos, no parece asegurado. Esta posesión no es suficiente, si falta la fe coránica. Se permanece, incluso ante el Estado, en un status jurídico inferior.
Así, de hecho, la humanidad se divide en dos clases: la superior, los fieles (musulmanes) y la inferior, los infieles. Estos son sometidos o sujetos a aquellos y, por lo tanto, son inferiores. Solo el fiel es hombre en sentido pleno. Los infieles se elevan a la plena dignidad humana si se convierten al Islam.
Esta división antropológica corresponde a la funcionalidad de la política a la religión. Según la ley islámica, es imposible e ilegítima una actividad política de pleno derecho sin fe religiosa. A lo sumo, tal actividad es de nivel inferior. Por esta razón, en el Estado islámico los no musulmanes no gozan de los mismos derechos que los fieles y los Estados islámicos no reconocen los derechos universales del hombre afirmados por las cartas y estatutos de los organismos internacionales.
También en lo que respecta a la propiedad de los bienes económicos, debemos hacer un discurso similar al de la propiedad del territorio. Nosotros, los cristianos, distinguimos la propiedad de la Iglesia de la del Estado. En cambio, en el Islam la comunidad religiosa (umma) tiende a constituirse en entidad estatal, de modo de poder formar un Estado islámico, regido por la sharía. Sería como si para nosotros los cristianos todos los bienes pertenecieran a la Iglesia constituida en Estado católico.
La umma, por lo tanto, no concibe, en principio, tener sus propiedades dentro de un Estado secular, en cuyo territorio residen otras comunidades, como por ejemplo la Iglesia, comunidades que tienen sus posesiones. Si esto sucede, esta es para el Islam solo una situación provisoria, en cuanto la comunidad se encuentra de hecho residiendo entre los infieles.
Pero su objetivo es hacer que todos se hagan musulmanes, para así fundar el Estado islámico, propietario de todos los bienes. Y entonces la Iglesia, eventualmente residiendo en su territorio, debería ser necesariamente expropiada de sus posesiones, en cuanto asociación ilegal de infieles.
Cómo se difunde el Islam
El expansionismo musulmán, por lo tanto, es muy diferente de la difusión del cristianismo y de la Iglesia, difusión que no implica en absoluto que los creyentes se apoderen del territorio, arrebatándolo a sus legítimos propietarios, y convirtiéndolos en sus súbditos, sino al contrario, poniéndose ellos mismos al servicio del bien de los habitantes del lugar, sin despojarlos en absoluto de sus propiedades, trabajan por su bien espiritual, con miras a alcanzar el reino de Dios, que no es de este mundo. Serán los propios creyentes, una vez evangelizados, quienes libremente pondrán a disposición de la Iglesia, si así lo creen, los bienes poseídos.
El expansionismo islámico, después de haber experimentado una pausa tras la batalla de Viena en 1683, ha tenido una reanudación con la predicación de Khomeini en Persia en 1979, y ahora está en plena actividad en varios países del mundo con persecuciones a los cristianos, y está amenazando a Occidente con el terrorismo. Durante décadas, los musulmanes han estado penetrando en Europa y están presentes por millones, mezclados con la población local y conservando sus prácticas y creencias.
Esta forma de expansión no parece llamar la atención. Pero precisamente aquí radica la astucia de los islámicos: ellos pretenden convertirnos por las buenas o por las malas. De hecho, por una parte desarrollan una presión psicológica por medio de esta penetración, pero por otra, al mismo tiempo, algunos Estados islámicos poseen armas nucleares.
Ahora bien, es de temer que esta penetración, por la cual ellos vienen ya en cierto modo a constituir un estado en el Estado, les permitirá, en el momento que lo estimen oportuno, manifestarse violentamente contra los Estados seculares y por tanto contra el mundo cristiano, acaso por medio del terrorismo, y conquistar el poder.
¿Qué hacer? Es necesaria una mayor vigilancia con respecto al flujo migratorio. Si se trata de acoger refugiados, perseguidos o desesperados, entonces es obra de misericordia y humana solidaridad; pero si se trata de elementos eficientes de fe islámica, es necesario imponerles a ellos, con intransigencia y vigilancia, condiciones muy precisas para ser acogidos: se debe permitir aquella predicación que respete las leyes del Estado y prohibir en cambio aquella que pone en peligro la seguridad del Estado, como por ejemplo la promoción del Estado islámico o la incitación a la guerra santa o al terrorismo. Es necesario rastrear en estos gestos los extremos de apología del crimen. Los transgresores deben ser expulsados.
La predicación pública de los propias opiniones religiosas es derecho de libertad religiosa. Pero tal predicación no debe incitar a la subversión del Estado anfitrión. El Islam también conoce el valor de dicha predicación. Y esto es ciertamente estima por la dignidad de la persona y de la conciencia.
En efecto, como en el cristianismo, la propuesta religiosa también se da en el Islam por medio de la predicación, del ejemplo, de la instrucción, de la exhortación, del arte, de la literatura y de la demostración de signos de credibilidad, y el uso de argumentaciones.
Claro que, sin embargo, si el catequizando insiste en no quererse convertir, y es residente en un Estado islámico, puede ser obligado en fuerza de ley, incluso hasta llegar a la pena de muerte.
El Credo islámico está contenido en el Corán, explicado e interpretado por los teólogos y por los doctores de la ley (uléma), según la tradición de los sabios. Ellos juzgan sobre quién es o no es fiel a la verdad de fe. Ellos pueden emitir también sentencias de muerte (fatwa) contra los herejes. El Estado tiene la tarea de hacer respetar las sentencias de los ulemas.
Asimismo, el Corán ordena no hacer guerra a los cristianos, a menos que sean ellos quienes inicien las hostilidades. Acerca del terrorismo no se menciona palabra alguna, pero está claro que está prohibido. El Corán tiene un sentido caballeresco de la guerra, aun cuando no ignora la crueldad. Pero la hostilidad debe ser abierta y declarada.
Pero si en un país infiel, que no quiere convertirse, se impone el Islam, está permitida la guerra contra los infieles, llamada "guerra santa" (jihád), santa porque es querida por Dios. Y los fieles que debieran morir en combate son considerados mártires y van inmediatamente al cielo.
Pero el expansionismo islámico puede hoy verse favorecido por la fragilidad y por la debilidad de las convicciones doctrinales y morales del Occidente cristiano a causa de falsas doctrinas y virus debilitantes, que eliminan de nuestro espíritu aquellos anticuerpos y aquellas defensas inmunológicas, que nos permitirían resistir a la agresión o a la seducción islámica, respondiendo o contraatacando con adecuadas fuerzas, tales como para repeler los ataques del adversario y tocar su conciencia para inducirlo a someterse realmente a Dios.
La debilidad de Europa
Una personalidad fuerte, decidida y segura de sí misma, puede influir en otra, débil e insegura, incluso independientemente del valor de lo que propone. Sabemos lo que significa el bombardeo de la publicidad televisiva sobre los ánimos conformistas. Sabemos cuántos pregoneros o dictadores, en la historia, sedientos de poder, han hecho creer puras tonterías y mentiras a enormes multitudes solo porque se presentaron con mucha seguridad y astuta retórica a masas crédulas necesitadas de certezas o privadas de capacidad crítica. El código civil italiano prevé el delito de "abuso de la credulidad popular". ¡Cuántos publicistas, teólogos, exaltados o autodenominados profetas podrían hoy ser acusados de este crimen!
La seguridad, por no hablar de la arrogancia, con la cual hoy el Islam se propone a sí mismo, y el aparente rigor moral y religioso, del que presume, hacen impresión a muchos ingenuos y también a cristianos llenos de dudas o inseguros de su fe. Por lo tanto, esta presuntuosa superioridad puede influir o socavar a un Occidente que ya no cree en sus raíces cristianas, aunque siempre sigue siendo verdadera la superioridad del Evangelio sobre el Corán.
Y siempre sigue siendo verdadera la promesa de Cristo que portae inferi non praevalebunt. Sin embargo, Cristo no ha dicho que Europa no colapsará, sino que la Iglesia no será destruida. No son la misma cosa.
Pero es más fácil creer una mentira agradable propuesta con seguridad por un habilidoso impostor, que una alta verdad difícil y costosa propuesta por un predicador vacilante y confundido. Y muchas veces nuestros teólogos son personajes de este tipo, cortesanos, que hacen todo aquello que quiere el patrón o como esos moluscos, que carecen de espina dorsal, alabados como hombres del "diálogo" y de la tolerancia.
No están ellos convencidos antes, y transmiten su incertidumbre a los demás, quitando la certeza a quienes la poseen o enseñándoles a hacer el doble juego, de modo de mantenerse siempre a flote, como el famoso obispo Charles-Maurice de Talleyrand, quien pasó de la monarquía a la Revolución, de la Revolución a Napoleón, y de Napoleón a la Restauración, espléndido ejemplo de pastor dialogante.
Cristologías, por ejemplo, como la de un Schillebeeckx o la de un Rahner, no se encuentran entre las más adecuadas para responder al desafío del Islam ofreciendo sólidos argumentos, tales como para orientar o estimular a la comprensión y a la apreciación del misterio de Cristo.
En efecto, Schillebeeckx no ve en Cristo su divinidad, sino solo, como él dice, el "profeta escatológico", para quien la vida cristiana no es una participación en la divinidad de Cristo, sino simplemente la fruición de la gracia del Padre, que Cristo nos obtiene no con un sacrificio expiatorio, en obediencia al Padre, sino simplemente proponiéndose como modelo del hijo de Dios ¹.
Similarmente, también la cristología de Rahner ², inmerecidamente famosa, presenta una falsa imagen de Cristo, viciada por el idealismo hegeliano, por lo cual la trascendencia del Dios bíblico, presente también en el Corán, es sustituida por un Dios como vértice y "horizonte de la trascendencia humana", de modo que Dios no está más allá del horizonte del hombre, sino que se disuelve en el hombre ("giro antropológico"), mientras que el hombre a su vez se infinitiza y se transforma en Dios.
Todos están en gracia y todos se salvan gracias a la “fe atemática preconceptual trascendental" ("cristianos anónimos"). El Evangelio o el Corán, poniéndose en el plano "categorial" de lo incierto, de lo relativo y de lo mutable, no tienen incidencia en el camino de la salvación, de todos modos asegurado por la "experiencia trascendental". Por consiguiente, cada uno puede continuar creyendo conceptualmente o doctrinalmente lo que quiera, porque en cualquier caso la salvación está asegurada para todos. Nos podemos preguntar qué esperanza podemos tener de vencer con estas ideas el desafío del Islam.
Hoy hemos llegado a la confrontación hostil de dos certezas: o Cristo o Mahoma, y está en juego la cuestión de la verdad sobre el destino eterno del hombre. Ciertamente, a quien vive como un animal o está lleno de la propia soberbia, no le preocupa ni le interesa ni Cristo ni Mahoma. Para darnos cuenta de lo que está en juego, es necesario al menos tener algún sentido de la dignidad de la persona humana. Pero eso no es todo, la cuestión no se acaba aquí. Es necesario elegir: ¿cuál de las dos certezas tiene razón?
Si los cristianos nos presentamos al desafío islámico con campeones como Schillebeeckx y Rahner, ciertamente no podemos razonablemente esperar obtener válidos resultados, sino que, de hecho, obtendremos resultados contraproducentes.
Es necesario, por el contrario, mostrar a los islámicos que no somos veletas ni traidores, sino que tenemos el coraje de nuestras ideas. Es necesario mostrarles la vera sapienza cristiana y no sus fraudulentas imitaciones, sus falsificaciones, sus dulzonas y melifluas mitigaciones, sus frutos podridos, o el presuntuoso ensombrecimiento sofisticado de un pensamiento decadente, que ya no encuentra un ubi consistam y, no obstante lo cual, pretende dominar en el campo de la cultura católica.
Los sofismas de una teología debilitada, ablandada, y degenerada, que se jacta de ser "progresista" y "postconciliar", no pueden satisfacer las exigencias críticas de una indagación rigurosa, como la que el Islam tiene el derecho y el deber de realizar de una buena vez sobre el cristianismo, abandonando su seguridad excesiva, fideísta y excesiva prisa, para encontrar la verdadera seguridad, meditada y mucho más sólida, que solo Cristo puede ofrecer.
Es necesario presentar al Islam una nueva apologética finalmente seria, científica, bien argumentada y sapiencial, fruto de una colaboración internacional entre estudiosos académicos, la cual, sin altanería ni arrogancia, pero también sin adulación, en el apreciar los valores del Islam, según las indicaciones del Concilio, y teniendo en cuenta los resultados del diálogo islámico-cristiano de estos últimos cincuenta años, no sin elevar una oración común al Altísimo, demostrar que no es Cristo quien prepara a Mahoma, sino que es Mahoma quien, liberado de sus errores, conduce a Cristo.
Y la Iglesia, por su parte, debe elaborar un amplio y articulado plan o programa pastoral a largo plazo para la evangelización de los musulmanes ³, fruto, si es el caso, o bien de un sínodo mundial de obispos o incluso de un nuevo Concilio ecuménico, a propósito convocado, invitando a musulmanes de buena voluntad.
Hoy Europa corre el riesgo de presentar al Islam el cuadro de una civilización en decadencia moral y cultural, que, habiendo olvidado sus raíces cristianas y la solidez de la sabiduría greco-romana, ha retornado a costumbres bárbaras y paganas disolventes, peores que las que precedieron a su conversión a Cristo.
La corrupción del cristianismo (corruptio optimi, pessima) es peor que el peor paganismo. Europa sabe algo al respecto, si va con el recuerdo de lo que sucedió en las dos guerras mundiales, una lucha fratricida entre naciones que alguna vez fueron cristianas, guerras de las cuales el mundo islámico sabiamente se mantuvo alejado.
La actual presunción gnóstico-masónica de haber "superado" el cristianismo como mitología medieval, presunción no ausente en el actual modernismo católico, ya actualmente da señales a los ojos de todo hombre razonable, del colapso de la civilización y pone en peligro la existencia misma de la especie humana ⁴.
Hoy Europa corre el riesgo de sufrir la vergüenza de ser colonizada por la civilización de Mahoma. El terrorismo islámico es el odio exasperado -el odio de quien ama- de una pequeñísima porción del mundo islámico, que quiere castigar a Occidente, ciertamente de un modo bárbaro e intolerable, por haber abandonado a Dios. Sin embargo, es necesario advertir que se puede matar legalmente en nombre de Dios, cuando se trata de hacer o de defender la justicia, pero no para desahogar el propio odio.
Si queremos salir de este círculo maldito, entonces debemos levantarnos del barro y de la inmundicia, en los cuales hemos caído, recuperar la conciencia moral, hacer penitencia, readquirir la sabiduría y presentar al Islam los frutos de una fe cristiana sincera y convencida, en el hoy y en la historia antigua y moderna, en el campo del pensamiento, de la religión, de la ciencia, de la filosofía, de las instituciones jurídicas, de las artes, de la literatura, de la cultura, de la moral, de las costumbres, de la civilización, de la virtud, de la mística, de la santidad.
La civilización musulmana ha tenido y tiene en la historia indudablemente sus esplendores y sus méritos. Pero los fieles honestos y objetivos del Corán no pueden ignorar que, si Occidente ha asumido los valores de la civilización del Corán, mucho más ésta ha asumido de la civilización del Evangelio, no obstante las traiciones de la Europa actual.
Esto hará reflexionar y hará comprender a los islámicos honestos que la fe en el misterio de Cristo no es un absurdo, no es impiedad. La actual disolución moral y crisis doctrinal nada tienen que ver con Cristo.
Si en cambio la fe cristiana vivida, como demuestra la historia de dos mil años, ha producido tantos frutos copiosos y maravillosos, evidentemente en el misterio de Cristo, religiosamente y humildemente abordado, debe esconder fuentes de agua viva que brotan para la vida eterna.
Fin de la Segunda Parte (2/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 20 de noviembre de 2015
Notas
¹ Cf. L. Iammarrone, La cristologia di E.Schillebeeckx, Edizioni Quadrivium, Genova 1985; G.Cavalcoli, La cristologia di Schillebeeckx, Sacra Doctrina, 1, 1987, pp.65-80.
² G. Cavalcoli, Karl Rahner. Il Concilo tradito, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2009, c.IV.
³ Esta idea de evangelizar a los musulmanes siempre ha sido un objetivo de la Orden Dominicana desde sus inicios. En este sentido, sigue siendo famosa la obra apologética de santo Tomás Contra Gentes, escrita específicamente por el Aquinate por invitación de san Raimundo de Peñafort. Indudablemente, se notamos la escasez y superficialidad, por no decir parcialidad, de la información, de la cual disponía Tomás sobre el complejo tema. De ahí lo inadecuado de sus juicios, como por ejemplo el prejuicio corriente de la irrefrenable sensualidad musulmana. Hoy es necesario reexaminar la cuestión, reasumiendo los principios y los métodos del Aquinate, pero valiéndonos de las informaciones enormemente más amplias y exactas de las cuales hoy disponemos, mientras que resulta inutilizable la teología escéptica y relativista de Schillebeeckx, que parece ser hecha específicamente para otorgar derecho de ciudadanía a los errores del Corán.
⁴ Téngase el cuenta la teoría del gender.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum islamismus sit vera religio universalis
vel programma conquestus quod mysterium christologicum negat
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod sit vera religio universalis.
1. Quia praedicat unum Deum creatorem caeli et terrae, quod est veritas fundamentalis et communis omnibus religionibus monotheisticis. Arguitur quod hic monotheismus sufficit ad salutem et ad cohaesionem populorum, et ideo islamismus potest haberi pro religione authentica.
2. Praeterea, dicitur quod islamismus reveretur Iesum ut prophetam et exemplar sanctitatis, et agnoscit eius missionem eschatologicam in fine temporum. Concluditur quod haec recognitio sufficit ad eum honorandum sine dogmatibus christologicis, vitando inutiles controversias.
3. Item, dicitur quod ethica islamica, fundata in obedientia et submissione, est formidabilis et similis ethicae biblicae, potens dare virtutem, heroismum et cohaesionem innumerabilibus credentibus. Arguitur quod haec disciplina est probatio authenticitatis religionis et superioritatis practicae.
4. Denique dicitur quod successus historicus islamismi, qui per quattuordecim saecula centena milia hominum attraxit, probat quod continet veritatem et virtutem spiritualem, etiam superiorem fidei christianae in sua vi cohaesionis et expansionis.
Sed contra est quod dicit Evangelium: “Ego sum via et veritas et vita” (Io 14,6). Concilium Chalcedonense docet Christum esse verum Deum et verum hominem in una persona. Apostolus Paulus monet: “Nemo potest ponere aliud fundamentum praeter id quod positum est, quod est Christus Iesus” (1 Cor 3,11). Sanctus Augustinus docet extra Christum non esse salutem, quia solus Ipse est plenitudo revelationis.
Respondeo dicendum quod islamismus non est vera religio universalis, sed programma conquestus quod mysterium christologicum negat. Mahometus, scandalizatus controversiis byzantinis, Incarnationem et Trinitatem reiecit, eas idolatriam reputans. Doctrina eius Iesum ad simplicem prophetam reducit et eius consubstantialitatem cum Patre negat. Islamismus, quamvis agnoscat attributa divina similia Veteris Testamenti, ad plenitudinem revelationis in Christo non aperitur. Vis islamismi provenit ex ethica obedientiae et submissionis, quae in fanatismum et fatalismum labi potest, et quae motorem expansionis politicae et militaris praebuit. Est ethica fideistica, quae credentem periclitatur in instrumentum impostorum converti, putantem se voluntatem Dei implere. Ideo islamismus est provocatio permanens Ecclesiae, quae respondere debet claritate doctrinali et testimonio fidei, ostendens solum in Christo plenitudinem salutis esse.
Ad primum ergo dicendum quod monotheismus islamicus est incompletus, quia Trinitatem et Incarnationem negat, quae sunt cor fidei christianae. Admittere unum Deum sine agnitione Filii et Spiritus Sancti est mutilare veritatem revelatam.
Ad secundum dicendum quod reverentia erga Iesum ut prophetam non est agnitio eius ut Filii Dei. Negare eius divinitatem et mortem in cruce est negare essentiam christianismi. Veneratio islamica Iesu est apparens, quia eum vera identitate privat et ad creaturam reducit.
Ad tertium dicendum quod ethica islamica, quamvis valida, in obedientia caeca fundatur et in fanatismum degenerare potest. Ethica christiana vero rationem et fidem, libertatem et obedientiam coniungit, plenitudinem veritatis ostendens. Islamismus periculum habet credentem in instrumentum impostorum convertendi, putantem se voluntatem Dei implere, dum christianismus docet discretionem et libertatem gratia illuminatam.
Ad quartum dicendum quod successus historicus islamismi non probat eius veritatem, sed mysterium iniquitatis manifestat, quod multos a Christo attrahit. Ecclesia firmiter annuntiare debet solum in Christo plenitudinem salutis esse, et negatio eius divinitatis esse impedimentum insuperabile ad veram fidem.
JG
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