¿Puede la sátira convertirse en arma contra la fe y la dignidad humana? ¿Qué significa que comunistas y musulmanes, aunque enemigos entre sí, coincidan en rechazar el misterio trinitario? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, escrito en 2015, tras el caso de la revista Charlie Hebdo, analiza la masacre de París como un episodio paradigmático de la crisis actual, donde la impiedad atea y el fanatismo religioso se entrecruzan en un ataque frontal contra el cristianismo. ¿No debería el Estado poner límites a las expresiones que ofenden la religión natural y amenazan el orden civil? ¿No es urgente que la Iglesia, en diálogo con musulmanes y no creyentes, trabaje por la evangelización y la defensa de la fe? Este texto invita a redescubrir el valor de la tradición cristiana como fundamento de la civilización y a reconocer que el testimonio del martirio sigue siendo semilla fecunda para el futuro de la Iglesia. [En la imagen: fragmento de "Entrada de Cristo a Bruselas", óleo sobre lienzo, 1889, obra de James Ensor, conservado en el Museo Getty, Los Ángeles, USA].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 28 de septiembre de 2026
Musulmanes y comunistas
Musulmanes y comunistas
El caso de la revista Charlie Hebdo y los límites de la "sátira"
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 21 de enero de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/musulmani-e-comunisti-il-caso-della-rivista-charlie-hebdo-ed-i-limiti-della-satira/)
La tragedia de la masacre en París de los redactores del periódico comunista Charlie Hebdo por obra de terroristas islámicos nos sugiere algunas reflexiones. Ante todo nos preguntamos qué juicio o valoración moral debemos dar, como católicos, sobre el impactante hecho; cuáles pueden ser el sentido o las consecuencias de un hecho tan horrendo por muchos motivos, un hecho que marca un paso más en la escalada de las fuerzas anticristianas y antihumanas contra el cristianismo y la civilización. En segundo lugar, nos preguntaremos cuáles pueden haber sido las causas próximas y remotas. En tercer lugar, nos preguntaremos qué podemos hacer para evitar que tales hechos se repitan.
El primer sentimiento que nos surge en el ánimo es el de una profunda conmoción por los muertos, por los redactores, por los atacantes, por las víctimas inocentes tomadas como rehenes, por los policías agentes del orden. De hecho viene al pensamiento, para hablar con franqueza, que los redactores se han echado semejante desgracia sobre sí mismos, conociendo la susceptibilidad de los musulmanes. Un pensamiento, por tanto, por los muertos: indignación por los terroristas, piedad por las víctimas, admiración por el heroísmo de los agentes de policía. Invocamos para los terroristas al Dios de la justicia y de la misericordia. En cuanto a los cristianos, ellos también tomados de modo repugnante como blanco de la sátira sacrílega, obviamente se sienten heridos. Pero sacan de este episodio sólo un incentivo para testimoniar con mayor claridad y persuasión su fe, orando por la conversión de los impíos. Deseamos que los órganos judiciales competentes puedan operar con sabiduría y eficacia para restablecer en este lamentabilísimo y dificilísimo caso los derechos de la justicia lesionada y puedan aplicar la ley con equidad en relación a las personas involucradas de una y de otra parte.
Lo primero que siento que debo decir es que en la masacre de París me parece constatar un entrecruzamiento de dos poderosos factores anticristianos, que se han ido reforzando hoy a nivel internacional contra el cristianismo, para los cuales parecen hoy valer más que nunca las palabras del Salmo: "Los reyes de la tierra se levantan y los príncipes conspiran a una contra el Señor y contra su Mesías" (Sal 2,2). Tomo como punto de referencia para las reflexiones que propongo la viñeta blasfema contra la Santísima Trinidad, viñeta que, tras el atentado, ahora todos conocen, ya sea porque ha sido zarandeada en la cara por los medios de comunicación o porque se han dedicado morbosamente a buscarla, por lo cual ha recorrido el mundo, para la convicción en muchos difundida de que aquí esté en juego la defensa de la libertad de expresión.
Al mismo tiempo, el infame periódico ha aumentado enormemente las ventas, lo que atestigua el nivel de los intereses culturales de muchos de nuestros contemporáneos, edificados sobre el testimonio heroico de los mártires comunistas. Por otra parte, los católicos sabemos cómo el sublime misterio trinitario está en el corazón y en la cumbre del cristianismo y lo caracteriza con respecto a todas las demás religiones y culturas de la humanidad. Por consiguiente, golpear o burlarse de este augustísimo Misterio universal de salvación, significa atentar contra la esencia más propia y más profunda del cristianismo y, para quien lo hace conscientemente y voluntariamente, conlleva el atraerse los rayos fulmíneos de la ira divina, así como ofender la fe de todos los cristianos.
En el hecho de París, hemos asistido a un ataque descarado, frontal y bárbaro contra el cristianismo por parte de dos fuerzas que en ocasiones han estado unidas, por más que ambas, en cierto modo, sean feroces enemigas: el comunismo y el islamismo. Ataque conjunto, porque ambos rechazan el misterio trinitario. Hay, sin embargo, una notable diferencia, que mientras el musulmán rechaza la Trinidad en nombre de Dios o en nombre de como él concibe a Dios, y por tanto en nombre de la religión, el comunista ateo rechaza la religión como tal, ya sea cristiana o musulmana. Para el musulmán, la religión ennoblece y salva al hombre; para el comunista lo engaña y lo vuelve esclavo. Por tanto, la impiedad del comunista es más grave que la del musulmán. El musulmán al menos acepta a Dios, aunque no crea en Cristo, y rinde culto a Dios; el comunista, en cambio, como es bien sabido, niega la existencia de Dios y odia la idea misma de Dios y por lo tanto se niega a adorarlo y obedecerlo, sustituyéndose a Dios mismo. Con el musulmán nos es posible estar de acuerdo en el diálogo interreligioso, y en el culto a ese Dios del cual todos los hombres razonables saben captar su existencia, aunque no tengan la gracia de aceptar el misterio trinitario.
Desafortunadamente, con los comunistas, ni siquiera podemos estar de acuerdo en la existencia de Dios y a nosotros, los católicos, solo nos queda la esperanza de que al menos ellos sean capaces de comprender algo de la dignidad humana. Para el diálogo con los comunistas, sólo queda la razón, que nosotros y ellos poseemos como seres humanos (animal racional). Lo cual, a decir verdad, no es poca cosa, suponiendo en ellos la buena voluntad. Aparte del hecho de que muchos de ellos pueden estar en buena fe y servir implícitamente a Dios a través del servicio al prójimo.
¿Cuál es el sentido, el significado de lo que han hecho los asesinos? ¿Qué pretendían hacer, al menos hasta donde podemos entender o conjeturar, los protagonistas de la tragedia, donde por una parte se habla de mártires de la libertad y por otra de mártires de Alá? ¡Quiera Dios que todos aquellos que se han visto involucrados en el hecho sangriento, aunque objetivamente impíos o asesinos, hubieran actuado en buena fe, para así encontrarse todos en el paraíso del cielo, como Pablo se encontró con Esteban! Pero tengo mis dudas, porque lamentablemente estamos muy lejos de las dimensiones gigantescas de esos dos héroes del cristianismo. Pero no es de esto de lo que quiero hablar, pues esto es algo misterioso, por lo cual me remito al juicio de Dios.
Lo que en cambio me gustaría subrayar es que, con motivo de este episodio extremadamente significativo y casi paradigmático de la situación epocal que estamos viviendo, emergen con claridad dos graves culpas objetivas, prescindiendo de la buena o mala fe de los actores: una, de matriz liberal, efecto de una gnoseología escéptica y relativista, la cual no pone límites a la libertad de opinión en materia de religión, al punto de permitir el vilipendio, el desprecio, la burla, la irrisión, la impostura, la difamación, la mentira, la injuria, el insulto. En esta concepción, hoy autoritaria a nivel del ordenamiento constitucional de los Estados occidentales y del derecho civil, el credo religioso o la fe religiosa, ya sea cristiana o musulmana o judía o de cualquier otro tipo, no conciernen a la verdad ni a la justicia, ni al bien público, sino que son simples opiniones privadas, a lo máximo son fábulas y quizás supersticiones, superadas en todo caso por la ciencia, a las cuales, si se les diera espacio público, se convertirían en fuentes de fanatismo y de intolerancia.
También es de destacar la hipocresía y la astucia de los comunistas, que operan en países democráticos sin estar en el gobierno. Mientras ellos no están en el poder, defienden el derecho a la libertad de expresión para sus burlas y campañas de calumnias y para difundir sus mentiras en materia de religión. Pero basta que ellos lleguen al poder, como lo demuestra la historia, y ya no toleran ningún disenso con la ideología marxista y comienzan una feroz y sistemática lucha contra la religión, que sofoca con la violencia cualquier tentativa de autodefensa por parte de los creyentes. ¡Al diablo con la libertad de expresión!, que ellos defienden con marchas de protesta y cortes de la vía pública, cuando aún no están en el poder. Pero hoy gana cada vez más terreno la arrogancia y el fanatismo islámicos, los cuales, tras catorce siglos de intentos fallidos, al darse cuenta de la crisis en el seno de la Iglesia, del declive de muchas de las certezas de fe, y del abandono de las costumbres cristianas, ven por ejemplo el declive de la práctica religiosa o la crisis de la familia o la corrupción sexual, creen que se acerca el momento de dar el golpe de gracia al cristianismo, eventualmente con la conquista de Roma, como hicieron en su momento con Constantinopla, para someter finalmente al mundo entero al Corán.
Así, si por una parte tenemos la impiedad que se ríe sacrílegamente, propia de los comunistas, por otra asistimos al celo religioso violento y cruel de los musulmanes, los cuales continúan de algún modo anacrónicamente el estilo de los profetas o líderes de el Antiguo Testamento, sobre el ejemplo de un Matatías, el cual, como narra la Escritura, habiendo presenciado un acto de culto idólatra de uno de sus compatriotas, "ardió en celo; se estremecieron sus entrañas e hirvió de justa indignación. Se abalanzó y mató al judío en el altar; al mismo tiempo también mató al mensajero del rey, que obligaba a sacrificar, y destruyó el altar. Actuaba movido por celo hacia la Ley" (1 Mac 2,24-26). Es evidente que nosotros cristianos, con todo el debido respeto por la Biblia, hace tiempo que hemos superado estas actitudes, aunque alabadas por el Antiguo Testamento. Cristo nos ha enseñado, sí, la justicia para con los impíos, pero sobre todo, siguiendo su ejemplo, la mansedumbre, el sacrificio y la confianza en la divina misericordia, siendo todos llamados a la salvación.
Sin embargo, cabe preguntarse si no sea el caso de que la ley del Estado, sin imponer o prohibir una determinada religión, para lo cual no tiene competencia, ponga un límite a las expresiones extremas del ateísmo, cuando éstas claramente ofenden no esta o aquella religión, positiva o revelada, ya sea cristiana, musulmana, judía u otra, sino la religión natural como tal. Ciertamente, el Estado no puede entrar en materia específica de las diversas religiones positivas y de sus dogmas y no tiene competencia para juzgar de sus controversias, que deben ser afrontadas y resueltas por sus respectivas comunidades creyentes. Sin embargo, el Estado, sin por ello ser confesional, debería tener consciencia de la importancia fundamental del teísmo, no importa cual, sea cristiano, judío o islámico, precisamente para garantizar o asegurar el bienestar, el orden y la justicia en la sociedad, así como el bien común, la paz, la libertad y la seguridad del mismo Estado. De hecho, la historia muestra que tanto el Estado oficialmente ateo, como por lo demás el Estado expresamente confesional, es fuente de totalitarismo, de intolerancia, de agitación económica, de injusticia y desorden social, que luego conducen a la subversión, a la supresión de la libertad y a la anarquía.
Aparte del valor del derecho a la libertad religiosa, el ciudadano puede tener efectivamente el derecho, en los ordenamientos civiles modernos, a no ser religioso o a no profesar ninguna religión; sin embargo, el Estado debe velar con oportunas disposiciones para que el simple agnosticismo o indiferentismo religioso no se transforme en lucha positiva, ofensa o irrisión de la religión, porque ello amenazaría contra el bien mismo del Estado y el orden civil. El Estado ateo, que pretende destruir la Iglesia y la religión, firma su propia condena, como lo ha demostrado la historia. En cambio, el Estado teocrático o cesaropapista, que se diviniza a sí mismo, como se encuentra en Hegel y en la masonería, con la pretensión de asegurar al hombre la civilización, la justicia, la libertad y la felicidad, reemplazando a la Iglesia o esclavizando a sí a la Iglesia, también está condenado al fracaso, como también está demostrado por la historia, véase el fascismo y el nazismo. Pero incluso el Estado luterano, que pretende organizar la Iglesia, y el propio Estado islámico que pretende guiar al hombre al paraíso del cielo, son ilusiones nefastas, que acaban por causar todo tipo de conflictos, de abusos y de injusticias, como siempre lo ha demostrado la historia. El Estado debe ser el promotor de lo humano, mientras que la Iglesia crea a los hijos de Dios. Pero si el Estado no respeta a la Iglesia y no colabora con ella en la edificación de lo humano, se vuelve contra el hombre y lo destruye.
Si Europa posee valores universales y beneficiosos para toda la humanidad, se lo debe a dos mil años de cristianismo. Dudar de estos valores en nombre de una falsa modernidad o de un falso progreso, renegando de las sanas tradiciones, significa reabrir las puertas a la barbarie y a tragedias del pasado, que se pensaban ya superadas. Significa volver a caer en manos de ese comunismo, que algunos ilusoriamente pensaban acabado y condenado por la historia, y de ese Islam que, constatando la debilidad, la inercia y la pasividad de Europa, cree que ha llegado el momento de hacernos sus esclavos. Recuerdo que hace unos veinte o treinta años, tras la caída del muro de Berlín, se hablaba con cierta satisfacción del "fin de las ideologías". ¡Piadosa ilusión! Ellas hoy están más vivas, feroces, intransigentes, que nunca, y hasta han entrado en la Iglesia con la lucha despiadada entre lefebvrianos y modernistas. El Estado, por su parte, conserva siempre una tarea preciosísima: por una parte, debe garantizar el orden y la libertad mediante métodos pacíficos; pero también debe saber intervenir en el momento justo para oponerse a las fuerzas de la violencia, de la opresión, del terrorismo, de la subversión o del fanatismo, a fin de defender y proteger los intereses, la incolumidad y los derechos de las personas y de la población, sobre todo de los más débiles y de los más indefensos. Esto vale tanto para los daños sociales provocados por el islamismo, como a aquellos provocados por el comunismo ateo.
No es el caso de recordar aquí, aunque sea brevemente, las causas históricas del islamismo y del comunismo. Solo recordemos, sin embargo, que para remover eficazmente un mal, es necesario ir a las raíces. Las raíces más profundas están en esa diabólica tendencia a odiar a Cristo, llamada por el Nuevo Testamento "anticristo", consecuencia del pecado original, que siempre en la historia empuja al pecado y a la injusticia. Hoy hemos llegado a esta dramática crisis humanitaria y eclesial porque en siglos pasados la Iglesia no ha trabajado adecuadamente por la evangelización de los musulmanes y de los comunistas. Se ha detenido demasiado a condenar los errores y se ha hecho demasiado poco para favorecer el diálogo. El riesgo de hoy es lo inverso: el de un diálogo como fin en sí mismo que se detiene en los puntos comunes y no invita al interlocutor a corregirse de sus errores. Una cosa importante a hacer para resolver esta difícil situación es que la Iglesia, en concierto con los organismos internacionales por la paz y los derechos humanos, aborde o estudie acuerdos con las comunidades religiosas islámicas para hacer avanzar el diálogo interreligioso en el tema del monoteísmo, a fin de eliminar el ateísmo comunista. También se necesitan acuerdos entre los Estados democráticos y los Estados islámicos, a fin de que ellos también concedan el derecho a la libertad religiosa renunciando a la religión islámica del Estado.
Por cuanto respecta al elemento sobrenatural o revelado de la religión, como por ejemplo en el cristianismo se da el misterio trinitario, este es el ámbito de competencia de la Iglesia. Es necesario al respecto que la Iglesia, sobre la base de los puntos en común entre el cristianismo y el islam, señalados por el Concilio, organice una acción evangelizadora o una pastoral evangelizadora a favor de los musulmanes, la cual les ayude a liberarse de los errores contenidos en la Corán -sobre todo la oposición al misterio trinitario-, para así poder acercarse, con la ayuda de la gracia, al misterio trinitario y en general a las verdades de la fe cristiana. Finalmente, es necesario hacer avanzar el diálogo con los no-creyentes y los comunistas, a fin de persuadirlos con pruebas y testimonios convincentes a reconocer la existencia de Dios y remover los obstáculos que se oponen a la religión. Con los comunistas es necesario dialogar sobre la base de la simple razón, patrimonio propio de todo hombre. Los Estados democráticos fundados en los derechos universales del hombre reconocidos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con el apoyo diplomático de la Iglesia, tienen el deber de defender, también con la fuerza de las armas o la coerción, la democracia, la justicia, la paz, la libertad y el bien común, puestos en peligro por la violencia comunista o islámica. Por cuanto respecta luego a los cristianos, recordemos el preciosísimo testimonio del martirio, que ha sido y es siempre un factor determinante de la difusión del cristianismo entre los pueblos, como dice Tertuliano: sanguis martyrum, semen christianorum.
Finalmente, una cosa importante a tener en cuenta es el misterio de la Parusía. Cristo predice que en la inminencia del fin del mundo la Iglesia será duramente perseguida: "Seréis odiaos por todos los pueblos a causa de mi nombre. Muchos quedarán escandalizados y ellos se traicionarán y se odiarán unos a otros. Surgirán muchos falsos profetas y engañarán a muchos; por la propagación de la iniquidad, el amor de muchos se enfriará". Parecen ser los tiempos de hoy. Sin embargo, hay una diferencia. El Señor continúa: "Mientras tanto, este Evangelio del reino será anunciado en todo el mundo, para que sea testificado a todos los pueblos" (Mt 24,9-14). A decir verdad, existen áreas humanas inmensas, a las cuales todavía no se ha predicado el Evangelio: pensemos en la China comunista, en la India hinduista, en las inmensas zonas animistas o idólatras del África o de Oceanía, los mismos países islámicos. Por eso, los Papas del postconcilio, tomando impulso del mismo Concilio, invitan urgentemente a la evangelización, para cumplir el mandato de Cristo y preparar, cuando el Padre quiera, su Venida.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 15 de enero de 2015
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum satira blasphema et violentia Parisiensis anno 2015
sint libertas legitima vel oppugnatio contra christianismum
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod sint libertas legitima.
1. Quia dicitur satiram esse ius absolutum expressionis, etiam cum religionem ridiculizat, et quod limitare eam esset intolerantia. Arguitur quod democratia requirit tolerare etiam blasphemiam, cum religio sit mera opinio privata.
2. Praeterea, affirmatur redactores ephemeridis fuisse martyres libertatis, et quod eorum mors probat valorem defendendi criticam irreverentem contra omnem religionem. Ponitur quod defensio libertatis expressionis iustificet etiam derisionem sacrilegiam.
3. Item, dicitur quod musulmani, violenter reagentes, ostenderunt zelum religiosum similem prophetis Veteris Testamenti, et quod actio eorum potest interpretari ut defensio fidei. Arguitur quod fanaticismus est probatio authenticitatis religionis.
4. Denique dicitur quod Status non debet intervenire in quaestionibus religiosis, et quod permittere satiram, etiam blasphemam, est cautio pluralismi et democratiae, cum religio non pertineat ad bonum commune.
Sed contra est quod dicit Psalmus: “Convenerunt in unum adversus Dominum et adversus Christum eius” (Ps 2,2). Apostolus Paulus docet: “Deus non est auctor confusionis, sed pacis” (1 Cor 14,33). Concilium Vaticanum II commemorat libertatem religiosam non esse licentiam ad destruendam veritatem nec bonum commune. Et Tertullianus ait: “Sanguis martyrum, semen christianorum”.
Respondeo dicendum quod caedes Parisiensis et satira blasphema contra Trinitatem non sunt libertas legitima, sed oppugnatio directa contra christianismum. Libertas opinionis non potest converti in licentiam blasphemiae et iniuriae, quia religio non est mera opinio privata, sed fundamentum ordinis socialis et dignitatis humanae. Mysterium trinitarium est cor christianismi, et illud irridere significat ipsam essentiam fidei offendere. Eventus ostendit coniunctionem duarum virium anticristianarum: communismi atheistici, qui Deum negat et omnem religionem ridiculizat, et islamismi fanatici, qui Trinitatem recusat in nomine conceptionis suae de Deo. Utraque pars Ecclesiam oppugnat, licet ex diversis positionibus. Responsio non debet esse violentia nec indifferentia, sed testimonium clarum veritatis, dialogus interreligiosus de monotheismo, et evangelizatio quae musulmanos ad plenitudinem fidei ducat et communistas ad existentiam Dei persuadere conetur. Status vero debet imponere limites expressionibus quae religionem naturalem destruunt, quia sine ea destruitur ordo civilis. Crisis hodierna requirit valores christianos, qui Europam formaverunt, iterum recognoscere et resistere tam impietati atheisticae quam fanaticismo religioso.
Ad primum ergo dicendum quod libertas expressionis non est absoluta: non potest converti in ius blasphemiae. Vera libertas ordinatur ad veritatem et ad bonum commune.
Ad secundum dicendum quod redactores non sunt martyres libertatis, quia satira eorum blasphema non defendebat veritatem, sed offendebat mysterium trinitarium. Verum martyrium est testimonium Christi, non derisio sacrilega.
Ad tertium dicendum quod zelus violentus musulmanorum non est legitimus, quia Christus mansuetudinem et fiduciam in misericordia divina docuit. Violentia religiosa Evangelio contradicit et non potest iustificari exemplis Veteris Testamenti.
Ad quartum dicendum quod Status non debet esse confessionalis, sed nec potest permittere ut religio ridiculizetur et destruatur. Debet protegere religionem naturalem tamquam fundamentum ordinis socialis, sine impositione dogmatum, sed cum cautione reverentiae erga sacrum.
JG
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