¿Qué significa que Jesús, siendo niño, se haya quedado tres días en el Templo sin avisar a sus padres? ¿Por qué responde con una contra-pregunta que parece reproche: “¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre”? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli explora el misterio de la filiación divina de Cristo y muestra cómo incluso María y José tuvieron que recorrer un camino de fe para comprenderlo. ¿No es revelador que María guardara todo en su corazón, modelo de la Iglesia que custodia el tesoro de la Palabra? ¿No es admirable que el diálogo de Jesús con los doctores sea ejemplo de comunión espiritual y búsqueda de la verdad sin polémica? Este texto del docto teólogo dominico invita a redescubrir en este episodio la pedagogía divina que alterna ocultamiento y revelación, prueba y consuelo, para conducirnos a la sabiduría y a la gracia. [En la imagen: fragmento de "El Hallazgo del Salvador en el Templo", óleo sobre lienzo, 1854-1855, obra de William Holman Hunt, conservado en el Museo y Galería de Arte de Birmingham, Reino Unido].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 27 de septiembre de 2026
Jesús y los doctores: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?"
Jesús entre los doctores en el Templo:
"Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?"
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 8 de enero de 2016. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/gesu-tra-i-dottori-nel-tempio-figlio-perche-ci-hai-fatto-questo/)
"Después de tres días, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que los oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas. Al ver, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados" (Lc 2,46-48).
Uno de los episodios de la vida de Cristo de más difícil interpretación, pero rico en enseñanzas, es el de su coloquio con los doctores en el templo de Jerusalén, después de haberse sustraído repentinamente durante tres días, sin advertencia previa, de la custodia de María y de José (cf. Lc 2,41-51). Cuando Jesús desapareció, lo primero que les viene a la mente a María y a José es buscar a Jesús entre "los parientes y los conocidos" (Lc 2,48): una idea del humano buen sentido común, pero que no está a la altura de entender dónde podría estar verdaderamente Jesús: ¡en Jerusalén, en el templo! Y de hecho, he aquí que les viene esta idea, y Jesús es rencontrado. ¿Dónde, en efecto, Cristo mayormente puede habitar sino en el templo? ¿En el Tabernáculo de la Santísima Eucaristía? Allí estamos seguros de encontrarlo. Por lo tanto, si desaparece, vamos allí a buscarlo.
La primera pregunta que podemos hacernos en este problemático episodio a propósito de la conducta aparentemente extraña y perturbadora de Jesús, es por qué Él no ha pensado en advertir a sus padres que se habría de quedar mucho tiempo (tres días) en el templo para pasar tiempo entreteniéndose con los doctores. No podemos suponer en Jesús una voluntaria incorrección o que se haya enfrentado contra sus padres, como podría hacer cualquier muchacho indisciplinado y desconsiderado. Por otra parte, las palabras de la Madre, "angustiada", huelen a reproche: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?". (Lc 2,48). Sin embargo, será mejor interpretar esta pregunta como -diría santa Catalina de Siena- una simple pero "ansiosa" petición de explicaciones. La pregunta, por lo demás, no nace de la indignación, sino precisamente de la angustia, sentimiento naturalísimo, que experimenta una madre normal ante la prolongada ausencia de su hijo que de repente ha desaparecido sin ningún aviso. Ella, conociéndolo como un hijo bueno, premuroso, atento y obediente, no piensa en un acto desconsiderado de irreverencia hacia sus padres, sino que se deja llevar por el temor de que le haya sucedido una desgracia. Por otra parte, no se puede excluir, en los genitores, un elemento de ansiedad por el temor de que al Hijo pudiera haberle ocurrido alguna desventura.
La clave interpretativa, que ilumina el sentido del misterioso episodio, como es de esperarse, está dada por la respuesta de Jesús mismo en forma de contra-pregunta: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?". También estas palabras a primera vista huelen a reproche. Pero no es pensable que Jesús reproche a sus padres. Simplemente les trae a la memoria cosas que con toda probabilidad ya les había dicho y que ellos habrían podido recordar en el momento de su desaparición y durante su prolongada ausencia. Cosas de las cuales evidentemente se habían olvidado. ¿Qué cosas? Probablemente precisamente la advertencia de que habría podido suceder aquello que luego efectivamente ha sucedido con la peregrinación a Jerusalén. Entonces es como si Jesús les hubiera dicho: "No debíais buscarme. Habrías debido recordar que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre. Yo no soy sólo hijo del hombre, sino también del Altísimo. En efecto, les he advertido antes que habría podido suceder algo así. Debíais esperar tranquilamente a que yo retornara solo, por mi cuenta". En cambio, con las palabras "tu padre y yo te buscábamos" (Lc 2,48), es evidente que María no tiene en mente la paternidad celestial del Hijo. Se siente en este momento ella misma como madre y esposa. Está claro que aquí para ella ahora "tu padre" es José. Pero Jesús en este momento ignora esta paternidad humana e invoca otra: aquella que mayormente le interesa: "mi Padre", es decir, el Padre Celestial. María y José, que, al encontrar a Jesús, se quedaron "sorprendidos" (Lc 2,48), ahora quedan estupefactos. No entienden.
Este episodio muestra con claridad cómo María y José han hecho un camino de fe, por el cual, aún sabiendo que Jesús era el Hijo del Altísimo, sólo gradualmente han aprendido a descubrir el misterio de su Hijo. Aunque María había tenido del Ángel la revelación de que Ella habría de ser la Madre del Altísimo, aquí no parece estar a la altura de la situación. De tal modo María está a nuestro lado en nuestros pasos inciertos, vacilantes, débiles y dudosos; Ella nos toma de la mano y nos guía maternalmente hasta donde Ella ahora ha llegado.
De las palabras de María podemos comprender, por lo tanto, que los padres no han entendido la explicación dada por Jesús: "Pero ellos no comprendieron sus palabras" (Lc 2,50). Estemos atentos y tengamos cuidado de que ese "no comprendieron" no significa "no comprendieron nada", como podría pasarme a mí si alguien me hablara en chino o me dijera cosas sin sentido, donde no hay nada para entender. En cambio, estas palabras se refieren al misterio de la divina Filiación de Jesús: una verdad ciertamente oscura, porque trasciende los límites de la razón humana; pero, al mismo tiempo, luz salvífica de la razón. Por consiguiente, ese "no comprendieron" no es la actitud disgustada, escéptica y fastidiada, por no decir ofendida, típica de los padres ante expresiones y excusas incoherentes adoptadas por un hijo disoluto y desconsiderado, que se lanza a una escapada de casa sin previo aviso ni razonable motivo. Al contrario -y esto se desprende explícitamente del comportamiento de María- Ella, como ya era su costumbre ante los misteriosos y preciosos hechos de su Hijo (Lc 2,19), "guardaba todas estas cosas en su corazón" (Lc 2,51). María es el modelo de la Iglesia que, a lo largo de la historia, conserva fielmente el tesoro de verdad y de gracia que le ha confiado el Esposo.
Como observa santa Edith Stein, gran indagadora y maestra de las cualidades de la mujer, es virtud típicamente femenina la custodia de las cosas y de los secretos propios del varón que ama. Cuando ella es fecundada, custodia en su seno el germen recibido, hasta hacerlo devenir ese ser humano, que un día dará a luz. Análogamente a María, la Iglesia custodia en la historia y explica siempre cada vez mejor a los hombres los tesoros de la Palabra de Dios. He aquí el progreso dogmático.
En este custodiar en el corazón y meditar la Palabra de Dios, María es el modelo también del teólogo y del alma contemplativa, que se consolida en sus convicciones de fe, las profundiza, recaba nuevas conclusiones, formula nuevos propósitos y al mismo tiempo permanece abierto, como dice el papa Francisco, a las "sorpresas de Dios", que pueden en un primer momento chocar con nuestra limitación, pero luego, ante nuestra confiada acogida, manifiestan su infinita sabiduría.
Una pregunta que nos podemos plantear es cómo interpretar con mayor precisión, incluso desde un punto de vista psicológico, este detenerse de Jesús entre los doctores del templo. ¿Qué pudo haber sucedido exactamente? ¿Y por qué? Leemos: "Lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, mientras los escuchaba y los interrogaba. Y todos aquellos que le oían estaban llenos de estupor por su inteligencia y sus respuestas" (Lc 2,46-47).
Como sucede en los fenómenos místicos de alta intensidad, Jesús en el templo ha quedado probablemente intensamente atraído y embelesado por la belleza de los misterios de su Padre y se ha olvidado incluso de sus genitores y de que pasaban no sólo las horas, sino los días. ¡Qué estima la de Jesús por los doctores de la ley! Aquellos mismos, aunque probablemente no las mismas personas, que un día pronunciarán su condena. Del mismo modo, el encanto y fascinación divina de este misterioso muchacho debió haber impactado e impresionado profundamente a aquellos buenos, honestos y sabios doctores, por lo cual al contacto recíproco entre estas almas santas y enamoradas de Dios, se disparó, si puedo expresarme así, una divina chispa, que desató un incendio místico de divino amor. Se desencadenó así una abrumadora e irrefrenable dialéctica, una circularidad espiritual, por la cual Jesús y los doctores competían en estimularse recíprocamente en las elevaciones celestiales. ¿Quién hubiera podido prestar ya atención al tiempo y a la realidad circunstante?
Jesús mostraba signos de una inteligencia extraordinaria y bien se lo puede comprender. En cambio, nos cuesta entender cómo Él pudiera hacer preguntas a los doctores, precisamente Él, Sabiduría encarnada. ¿Acaso es que ya desde entonces los estaba poniendo a prueba, como habría de hacer en edad adulta? ¿O tal vez fuera que precisamente estaba deseoso de conocer su opinión? ¿O quizás se deleitaba en ver en aquellas mentes elegidas un reflejo de la divina sabiduría? ¿O acaso es que pretendía instarles a reconocer al Mesías? Una cosa nos parece segura y cierta: que en este sagrado coloquio no emerge ninguna polémica, como en cambio aparecerá en los enfrentamientos del Jesús adulto con los fariseos y los doctores de la ley.
En la sobriedad del lenguaje del relato lucano, ¡qué maravilloso ejemplo encontramos de diálogo espiritual reducido a lo esencial: la pregunta y la respuesta! ¡Quiera Dios que también en nuestros debates teológicos y religiosos se respirara este clima de profunda comunión y al mismo tiempo de libre diferenciación en la atmósfera enriquecedora, serenadora, entusiasmante, pacificadora y beatíficante de la verdad! El episodio misterioso, que ha puesto a prueba a María y a José, se concluye en la cotidiana normalidad: Jesús "regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos" (Lc 2,51). Como cualquier buen muchacho obediente en vías de formación, "iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres" (Lc 2,52).
La divinidad vuelve a esconderse detrás de la humanidad, después de que la humanidad ha desaparecido ante la divinidad, en una continua alternancia de momentos infinitamente distantes entre sí, tanto que parecen contradictorios e incompatibles, un fenómeno único en toda la humanidad, característico en cambio de la persona y de la vida terrena de Cristo. También en nuestra vida cristiana sucede que Cristo imprevistamente e inexplicablemente se retira y parece desaparecer, sin que podamos comprender ni imaginar dónde Él pueda estar y por tanto cómo buscarlo y cómo alcanzarlo, ni saber cuándo, cómo y dónde reaparecerá.
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, Fiesta de la Sagrada Familia,
27 de diciembre de 2015
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum mansio Iesu in templo sine nuntio parentibus fuerit impropria
vel manifestatio missionis divinae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod mansio Iesu in templo sine nuntio parentibus fuerit impropria.
1. Quia dicitur quod Iesus, per triduum absens sine praemonitione parentibus, eos exposuit angustiae et timori calamitatis, quod videretur defectus considerationis erga eos. Arguitur quod filius obediens non dispareret sine nuntio, et quod actus Iesu assimilaretur puero indisciplinato.
2. Praeterea, verba Mariae: “Fili, quid fecisti nobis hoc?” ostendere videntur legitimum reprehensum, quia actus Iesu fuisset similis filio inoboedienti. Angustia parentum probaret quod Iesus non recte egisset.
3. Item, responsio Iesu: “Nesciebatis quia in his quae Patris mei sunt oportet me esse?” videretur reprehensio adversus parentes, quod esset improprium filio obedienti. Arguitur quod Iesus ignorat paternitatem Ioseph et duriter respondet.
4. Denique dicitur quod parentes “non intellexerunt verba eius”, quod indicaret Iesum obscure et confuse locutum esse, sine auxilio ad intellegendum missionem suam, quod non congrueret claritati veritatis divinae.
Sed contra est quod dicit Evangelium: “Nesciebatis quia in his quae Patris mei sunt oportet me esse?” (Lc 2,49). Sanctus Lucas affirmat quod Iesus “proficiebat sapientia et aetate et gratia apud Deum et homines” (Lc 2,52). Apostolus Paulus docet: “Deus non est auctor confusionis, sed pacis” (1 Cor 14,33). Ecclesia agnoscit Mariam exemplar illius quae “conservabat omnia verba haec in corde suo” (Lc 2,51).
Respondeo dicendum quod mansio Iesu in templo non fuit actus improprius, sed manifestatio missionis divinae. Voluit ostendere quod vera habitatio eius est domus Patris, et quod filiatio divina transcendit paternitatem humanam Ioseph. Hoc eventum revelat Mariam et Ioseph, licet scirent Iesum esse Filium Altissimi, debere iter fidei percurrere ad plene comprehendendum mysterium eius. Angustia Mariae non oritur ex indignatione, sed ex amore materno; quaestio eius non est reprehensio, sed anxia petitio explanationis. Responsio Iesu non est desconsideratio, sed recordatio missionis divinae. Articulus ostendit Ecclesiam, sicut Mariam, debere custodire in corde mysteria Christi, etiam si plene non comprehendit, et quod vera sapientia est accipere fide quod rationem superat, exspectando Dei mirabilia. Praeterea ostenditur colloquium Iesu cum doctoribus fuisse dialogum spiritualem sine contentione, exemplum communionis in veritatis inquisitione, et vitam Christi alternare inter occultationem et revelationem, probationem et solatium, ad nos ducendos ad gratiam.
Ad primum ergo dicendum quod Iesus non egit sine consideratione, sed attrahitur a pulchritudine mysteriorum Patris. Angustia parentum fuit probatio fidei, non effectus defectus obedientiae.
Ad secundum dicendum quod verba Mariae exprimunt angustiam, non reprehensionem. Sciebat Filium suum bonum et oboedientem esse, et quaestio eius nascitur ex timore naturali matris, non ex indignatione.
Ad tertium dicendum quod responsio Iesu non est reprehensio, sed recordatio filiationis divinae. Non negat paternitatem Ioseph, sed affirmat primatum Patris caelestis. Maria et Ioseph mirantur quia mysterium rationem superat, non quia Iesus eis defuit reverentia.
Ad quartum dicendum quod “non intellexerunt” non significat reiectionem nec culpabilem confusionem, sed incapacitatem plene capiendi mysterium filiationis divinae. Maria, exemplar Ecclesiae, omnia in corde suo custodit, ostendens quod fides accipit etiam quod non plene intelligit.
JG
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