lunes, 28 de septiembre de 2026

Castigos divinos, amor, misericordia

¿Es posible hablar hoy del castigo divino sin ser acusado de dureza o de falta de humanidad? ¿Cómo se concilian la justicia y la misericordia de Dios en la historia y en la vida de los hombres? Este artículo, con el que interviene el padre Cavalcoli sobre un caso particular del año 2015, recuerda que la misericordia no excluye el castigo, sino que lo transfigura, y que el amor verdadero incluye la corrección y la expiación. ¿No es acaso un error reducir la misericordia a un sentimentalismo que olvida la cruz y la justicia? ¿No deberíamos recuperar un lenguaje católico claro, capaz de anunciar tanto la ternura como la seriedad del juicio de Dios? El artículo invita a redescubrir la catequesis sobre el castigo y la misericordia, mostrando que ambos son expresión del mismo amor divino que busca salvar al hombre.. [En la imagen: fragmento de "La Justicia y la Venganza divina que persiguen el Crimen", óleo sobre tela, 1808, obra de Pierre-Paul Prud'hon, conservado en el Museo del Louvre, París].

Castigos divinos, amor, misericordia
Las razones de Roberto de Mattei

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli junto al padre Ariel S. Levi di Gualdo, en respuesta a un lector, publicado en blog L’Isola di Patmos el 30 de mayo de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/lettere-castighi-divini-amore-e-misericordia-le-ragioni-di-roberto-de-mattei/)

Un lector del blog L'Isola di Patmos, Stefano Salvitti, de Roma, escribió: "Queridos Padres de L'Isola di Patmos, encontré un video del Prof. Roberto de Mattei ¹ en el cual ciertos eventos naturales como el terremoto de Messina de 1908 se entienden conectados a un… castigo divino (!?). Me asombra que se sigan utilizando ciertos tonos y entiendo por qué el padre Ariel ha echado algún latigazo en sus artículos. Todo ello a las puertas del Jubileo de la Misericordia. Me gustaría conocer vuestra opinión".
Estimado Lector, Le respondemos juntos para explicarle por qué estamos de acuerdo con lo expuesto por el Prof. Roberto de Mattei y por qué lo defendimos cuando fue atacado por los "integralistas" laicistas en modo descompuesto y sin argumentos, como él mismo explica de manera precisa y tranquila en el video que usted nos ha enviado.
No se equivoque respecto al padre Ariel malinterpretando sus "latigazos", porque se trata de intercambios de opiniones teñidas a veces por su espíritu toscano, a través de los cuales nunca ha menospreciado a este digno académico católico, a quien ambos conocemos personalmente. Así que no confunda ciertos normales pinchazos entre estudiosos con formas de rencor que no tocan a los Padres de L'Isola di Patmos. De hecho, basta recordar que filósofos, teólogos e historiadores se pelean desde que han nacido las disciplinas filosóficas, teológicas e históricas, terminando luego por cenar juntos, porque el litigar termina por darles hambre, tantas son las energías que arden en ciertas discusiones.
En el ámbito de ciertos debates nosotros no hemos aceptado la crítica de De Mattei al Concilio Vaticano II, respecto a lo cual hemos polemizado cuando ha sido necesario. Y aquí no se trata de opiniones, sino de fidelidad al Magisterio de la Iglesia, sobre lo cual no podemos transigir, ni siquiera en el más profundo respeto por la querida persona.
A través de su pregunta, queda confirmado lo difícil que es hoy hablar un "lenguaje" católico. Por esto los Padres de L'Isola di Patmos han insistido varias veces en varios artículos sobre la "pérdida del lenguaje", o sobre el drama derivado de hablar un lenguaje que el mundo laicista, pero a menudo también un cierto mundo católico impregnado de modernismos y de sociologismos ya no está dispuesto a implementar y comprender.
La citación de Salviano di Marsiglia (cf. De Gubernatione Dei) hecha por De Mattei es pertinente y aplicable a nuestro tiempo, dada la evidente referencia bíblica a los famosos episodios de Sodoma y Gomorra. Una sociedad como la nuestra, cada vez más condescendiente, por no decir favorable, a comportamientos contrarios a la ley divina, como puede ser precisamente la sodomía, efectivamente corre el riesgo de sufrir un severo castigo divino. En efecto, si Dios, como suele decir el papa Francisco, está siempre dispuesto a acoger a los que se arrepienten, no olvida las exigencias de la justicia, que quieren el castigo del pecador arrogante, descarado y obstinado. Si no mantuviéramos este concepto de justicia común a todas las religiones y fundado en la conciencia moral natural, colapsaría todo el orden jurídico de la Iglesia y del Estado. Homo homini lupus. Los delincuentes aplastarían a los honestos, los prepotentes esclavizarían a los justos.
Es necesario tener en cuenta la importante distinción contenida en la Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre el cuidado pastoral de las personas homosexuales de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1986 ², en su n.3. Se trata de la distinción entre condición o tendencia homosexual y actos homosexuales. La inclinación, explica el documento, "si bien no es en sí pecado", porque es instintiva o espontánea, y a veces innata, "constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral", en cuanto los actos a los cuales impulsa o solicita "están privados de su finalidad esencial e indispensable", que es la procreación. Por lo tanto, constituye pecado o culpa no la simple presencia del estímulo homosexual, sino el condescender voluntariamente a esta inclinación. Condescender voluntariamente a una mala inclinación, por involuntaria que sea, no puede sino ser una mala acción. Esto deja a la pastoral eclesial y a la ley civil un justo y amplio espacio para intervenciones específicas y calibradas, según los casos, para actuar con prudencia, caridad y respeto a las personas, pues siempre es necesario recordar la distinción fundamental entre la cualificación moral objetiva de un pecado o delito en relación con la ley moral o civil y la entidad de la responsabilidad concreta, si existe y cuánto existe, en las circunstancias concretas, de la persona que los comete. Juzgar el acto en línea de principio no es lo mismo que juzgar la conciencia del individuo en esas determinadas circunstancias. Es en relación a este segundo aspecto, no al primero, que debemos entender la famosa y articulada frase del Santo Padre resumida por los periódicos en: "¿Quién soy yo para juzgar?".
Para sustentar la teología del castigo o la teología del Infierno, bastaría referirse a las numerosas veces en las cuales el Señor Jesús hace referencia al castigo en los Evangelios, indicándolo de diversos modos como "horno ardiente" y como lugar "donde existirá el llanto y el crujir de dientes" (Mt 13,42). También en el Antiguo Testamento se hacen frecuentes referencias al juicio de Dios y a su castigo hacia los pecadores. En la literatura bíblica, la ira de Dios viene puesta junto con el amor, por ejemplo por el Salmista que canta las alabanzas de Dios celebrándolo como "lento para la ira y grande en el amor" (Sal 102,8), y nuevamente "paciente y misericordioso es el Señor, lento para la ira y rico en gracia" (Sal 144,8).
El castigo divino no es siempre necesariamente un acto positivo de Dios hacia el pecador, sino una consecuencia necesaria del mismo pecado, que él comete, así como es lógico que muera el que bebe un veneno. Sin embargo, según inescrutables planes de justicia y de misericordia, Dios en la vida presente castiga en ciertos casos, y en otros no, dejando el castigo para la vida futura. Mejor sufrir el castigo ahora, porque uno se puede redimir, antes que en el más allá, donde ya no hay remedio. Por eso, es bueno aprovechar inmediatamente de la misericordia divina, haciendo penitencia por nuestros pecados, porque si no lo hacemos ahora, en el más allá, en lugar de la misericordia, existirá la justicia, cuyo rigor no se lo deseamos a nadie.
Las penas o sufrimientos de esta vida pueden afectar también a los inocentes, mientras que ciertos malhechores parecen salirse con la suya. A primera vista parecería que hubiera en Dios una falta justicia, porque no castiga a los malhechores y no defiende a los oprimidos; y parecería que hubiera en Dios falta de misericordia, pues ¿por qué deja sufrir a los inocentes? La respuesta nos viene de la fe, la cual nos dice que los inocentes vienen unidos por el Padre a la cruz de Cristo, el Inocente por excelencia, y se convierten en Cristo en instrumentos de salvación del mundo. Con respecto a estos inocentes, la justicia coincide con la misericordia, según la enseñanza paulina (Rm 3,21), en cuanto se trata de Dios que justifica por misericordia. En cuanto a los malhechores, existe la misericordia también para ellos, pero con la condición de que se conviertan. Y Dios también es justo hacia ellos, porque también les ofrece los medios para salvarse.
La ira divina en el sentido bíblico no significa entonces ceder en arrebatos, ni mucho menos significa crueldad, es simplemente la voluntad divina de hacer justicia y por tanto el justo castigo. Ser lento para la ira no quiere decir, por lo tanto, estar desprovisto de ira, porque en la inmensa gracia del amor de Dios reside también la justicia de aquella misericordia a través de la cual el Divino Juez concederá el premio de la bienaventuranza del Paraíso, asignará el destino del alma a la purgación, es decir, a la purificación en el Purgatorio, e irrogará la pena eterna en el Infierno para aquellos que en modo obstinado y pertinaz hubieran rechazado su amor, sus dones de gracia y por tanto su misericordia y su perdón.
Como sacerdotes y teólogos nos damos cuenta de que urge cada vez más urgente partir de una  precisa catequesis al Pueblo de Dios, eliminando las imposturas de un falso buenismo y de un falso perdonismo y al mismo tiempo dando una correcta formación a los sacerdotes, puesto que muchos fieles, pero lamentablemente también diversos pastores en cura de almas, tienen una idea errónea de la misericordia de Dios, que no excluye la justicia punitiva, así como la existencia del bien no excluye la existencia del mal; y la buena acción no excluye el pecado. La misericordia no es sólo don, sino también premio. No se premia lo malo, sino lo bueno.
La misericordia divina supone el castigo y la pena del pecado. La misericordia es la voluntad divina de liberar en Cristo al hombre del pecado y aliviarlo de sus miserias, consecuencias del pecado original y, a veces, de pecados personales. Ella remite el pecado, pero no necesariamente quita o alivia la pena, por lo cual por tanto, unida por amor a la cruz de Cristo, asume un valor reparador y expiatorio. La remisión del pecado mortal libera de la pena del infierno, mientras que la pena por el pecado venial es temporal, descontable o aquí abajo con la penitencia y el uso de las indulgencias, o en el Purgatorio, donde incluso las almas de los difuntos pueden disfrutar de las indulgencias.
Dios quiere hacer a todos misericordia. Si por tanto de hecho -y esta es verdad de fe- algunos son premiados y objeto de misericordia, mientras que otros son condenados y castigados, tal diferencia no depende de Dios, sino de la oscilación típica del libre albedrío humano, capaz de obrar ora el bien ora el mal. Por eso es justo que los buenos sean premiados y los malos sean castigados. De hecho, sería injusto que Dios premiara a los malos. Sería como autorizarlos a realizar el mal. ¿Podría Dios permitir una cosa semejante? Por otra parte, si el hombre quiere evitar el castigo, no tiene más que cumplir el bien, para lo cual Dios lo socorre infaliblemente y sobreabundantemente con su gracia y su misericordia.
El castigo no contradice ni niega la misericordia, la cual se actúa sin límites, así como la existencia de los malos no excluye la de los buenos. Si alguien es castigado y rechaza la misericordia, no es porque Dios haga acepción de personas, sino que es solo culpa del pecador. Somos sólo nosotros, con nuestro pecado, los que ponemos freno a la misericordia divina, la cual, de por sí, como torrente inagotable, fluiría sin cesar.
La divina misericordia quita el castigo o lo transfigura. Nuestros primeros progenitores ​​han recibido un castigo que ha repercutido en toda la humanidad. Pero Dios ha tenido piedad de nosotros al darnos a su Hijo, para que mediante la cruz seamos perdonados de nuestros pecados y transformemos el castigo en expiación. Y no sólo eso, sino que también somos hechos hijos de Dios. Si alguien, en cambio, no recibe misericordia, no es porque Dios no quiera dársela, sino porque él es el que no se arrepiente de sus culpas, de modo que el castigo, en lugar de ser expiación, permanece como castigo en toda su severidad.
Tanto la misericordia como el castigo son dictados por el amor. De hecho, ¿qué es lo que pide el amor? Querer el bien del otro. Si, por tanto, es bueno que el malhechor, si merece el castigo, sea castigado, y eventualmente obligado a reparar el mal hecho o a resarcir los daños, para al mismo tiempo eventualmente hacerle reflexionar, se sigue que el castigar, por parte de la autoridad competente (Dios, Papa, obispo, juez, superior, padre, educador, etc.) es un acto de amor, por más extraño que esto pueda parecer a quienes tienen sólo un concepto emotivo-sentimental del amor. En efecto, podemos llegar a decir que los mismos condenados del Infierno siguen siendo amados por Dios, que los mantiene en vida en el orden de la ciudad infernal y -como cree santo Tomás de Aquino- no los castiga tanto como merecerían. Por eso la misericordia divina se hace sentir incluso en el Infierno.
Es erróneo creer que alguien que castiga odia al castigado. Por el contrario, quien castiga debe dar un juicio lúcido, prudente, objetivo, desapasionado e imparcial, en la aplicación de la ley, como el juez de un tribunal, para la reeducación si fuere posible del propio castigado, para la salvaguardia del bien común, así como para la defensa y la satisfacción de quienes han recibido agravios, sin dejarse llevar por intereses privados o por la pasión, pues de lo contrario no aplicarían la justicia.
Este es el espíritu con el cual os invitamos a participar en el Jubileo de la Misericordia, abiertos a acoger la gracia y el perdón de Dios, que nos son concedidos a condición de nuestra conversión y del repudio de nuestros pecados, sinceramente dedicados a las obras de la justicia y de la misericordia, velando por nuestra salvación "con temor y temblor", pero también con gran confianza en la misericordia divina. "¡He aquí el momento favorable!" -diría san Pablo-. "¡He aquí la hora de la salvación!" (2 Cor 6,2).
Si Dios permite desastres naturales es sólo para amonestarnos en esta tierra, no para desatar sobre nosotros su venganza, sino para dar a los hombres su misericordia, tanto desea nuestra conversión para arrancarnos del castigo eterno. Pero para rescatarnos del "horno" donde "será el llanto y el rechinar de dientes", Él tiene necesidad de nuestro consentimiento, porque libres nos ha creado, libres nos quiere.
El problema es que hoy ya no somos capaces de leer las cada vez más numerosas señales: alteraciones climáticas insólitas, sequías, terremotos, maremotos... y si alguien en todo esto invita a leer aunque sea las advertencias o admoniciones divinas, acaba bajo el fuego cruzado de quienes han desalojado a Dios de la historia y de la experiencia humana. Y precisamente ellos, que en todos los modos posibles quieren despojar a la humanidad de Dios, si es necesario incluso a golpes de leyes injustas, acaban luego por acusarnos de falta de humanidad, cosa esta que también le ha sucedido a Roberto de Mattei agobiado en su momento por insultos, pero también a nosotros, cuando predicando ciertas páginas del Evangelio o recordando a los fieles ciertas advertencias del Señor Jesús, hemos escuchado responder, incluso por parte de ciertos hermanos sacerdotes, que "el infierno es una contradicción en términos de la Misericordia de Dios que es amor" y que como tal "jamás permitiría la condena del hombre a la eterna perdición". Y todo esto, en el lenguaje doctrinal de la Iglesia, se llama herejía, solo y nada más que herejía.

Notas

¹ El mencionado video, aquí: https://www.youtube.com/watch?v=nCCJ3MXHZ50

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum poena divina misericordiae contradicat vel eius expressio sit

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod poena divina misericordiae contradicat.
1. Quia dicitur misericordiam esse remissionem infinitam, et ideo poena esset negatio amoris. Arguitur quod Deus, qui est amor, non potest damnare nec pati dolorem, quia hoc esset contra eius essentiam.
2. Praeterea, dicitur quod calamitates naturales, quae innocentes afficiunt, ostendunt defectum iustitiae et misericordiae in Deo, quia non punit nocentes et permittit iustos pati. Concluditur quod loqui de poenis divinis est iniustum et crudele.
3. Item, dicitur quod idea Inferni est incompatibilis cum misericordia divina, quia Deus qui amat non posset permittere damnationem aeternam. Arguitur quod Infernus est contradictio in terminis misericordiae.
4. Denique dicitur quod loqui de poenis divinis est sermo antiquatus et durus, mundo moderno incomprehensibilis, et quod solum fovet timorem et aversionem a fide, debilitando evangelizationem.

Sed contra est quod dicit Evangelium: “Ibi erit fletus et stridor dentium” (Mt 13,42). Psalmista cantat: “Misericors et clemens Dominus, patiens et multum misericors” (Ps 102,8). Apostolus Paulus docet: “Iustitia Dei manifestata est per fidem Iesu Christi” (Rm 3,21). Congregatio pro Doctrina Fidei commemorat misericordiam non excludere iustitiam punitivam.

Respondeo dicendum quod poena divina misericordiae non contradicit, sed eius expressio est. Ira Dei in sensu biblico non significat impetum nec crudelitatem, sed voluntatem faciendi iustitiam. Poena est consequentia peccati, sicut qui venenum bibit moritur. Deus, in consiliis iustitiae et misericordiae, aliquando punit in hac vita et aliquando differt poenam ad vitam futuram. Melius est nunc pati, quia est possibilitas redemptionis, quam in futuro ubi nulla est remedia. Innocentes qui patiuntur a Patre uniuntur cruci Christi et fiunt instrumenta salutis. Iustitia cum misericordia coincidit, quia Deus misericordia iustificat. Poena et misericordia ex amore dictantur: punire peccatorem obstinatum est actus amoris, quia correctionem quaerit et bonum commune tuetur. Etiam in Inferno misericordia sentitur, quia Deus non punit quantum mererentur. Misericordia divina peccatum remittit, sed non semper poenam tollit, quae potest esse expiatoria. Poena fit occasio conversionis et satisfactionis. Ideo sermo de poena est necessarius ad catechesim authenticam, quae vitat falsum bonismum et ostendit misericordiam non esse sentimentalismum, sed gratiam quae conversionem requirit.

Ad primum ergo dicendum quod misericordia non est negatio iustitiae, sed eius plenitudo. Amare peccatorem non significat peccatum praemiare, sed corrigere.
Ad secundum dicendum quod passio innocentium non est iniustitia, quia cum Christo uniuntur et in opere redemptionis participant. Apparens defectus iustitiae solvitur in unione cum cruce, ubi iustitia cum misericordia convenit.
Ad tertium dicendum quod Infernus misericordiae non contradicit, quia Deus semper gratiam offert, sed peccator obstinatus eam recusat. Damnatio aeterna est consequentia liberi arbitrii, non defectus amoris divini. Misericordia offertur, sed non imponitur.
Ad quartum dicendum quod sermo de poena non est antiquatus, sed biblicus et doctrinalis. Negare eum est haeresis, quia contradicit doctrinam Christi et Ecclesiae. Catechesis debet hunc sermonem recuperare ad veritatem Evangelii plene ostendendam et vitandum falsum perdonismum, qui misericordiam cum permissivitate confundit. 
   
JG

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