viernes, 11 de septiembre de 2026

El misterio trinitario y la creación. El Dios creador y el Dios trinitario (2/2)

En esta segunda parte del artículo que el padre Giovanni Cavalcoli ha publicado en su blog pocos días atrás, se afronta el misterio de la creación y el drama de la naturaleza. ¿Qué significa realmente crear de la nada? ¿Cómo distinguir la persona divina metafísica de la persona trinitaria revelada? ¿Es legítimo hablar de “creación continua” o se trata de un equívoco peligroso? El texto del docto teólogo dominico denuncia la ingenuidad de quienes llaman a la tierra “casa común” sin considerar su hostilidad tras el pecado original, y recuerda que sólo Cristo ha transformado la naturaleza en redentora. Se plantea con fuerza la pregunta: ¿dónde está el Dios misericordioso cuando la naturaleza golpea con pandemias, terremotos o tsunamis? La respuesta cristiana, luminosa y exigente, se encuentra en la Cruz y en la fidelidad a la doctrina de la Iglesia. [En la imagen: fragmento de "La creación del mundo y la expulsión del paraíso", óleo sobre tablas, 1445, obra de Giovanni di Paolo, de la colección del Museo Metropolitano de Arte, Manhattan, New York].

El misterio trinitario y la creación
El Dios creador y el Dios Trinitario

Segunda Parte (2/2)

(Traducción de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada en su blog el 9 de septiembre de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-mistero-trinitario-e-la-creazione-il_0625328915.html)

La noción de la creación

El tema importantísimo de la creación merecía una mayor atención porque hoy es objeto de interés por parte de filósofos que, desgraciadamente, malinterpretan su sentido para conciliarlo con una visión panteísta de la realidad.
Es necesario decir que, para una adecuada comprensión de la naturaleza del acto creativo divino, se deben tener presentes y esclarecer algunas categorías que en el documento no están suficientemente puestas de relieve. Ante todo, se debe partir de la consideración de la analogicidad del ente y de los entes. Los entes se asemejan entre sí, incluso en las más abismales diversidades.
El ente es uno, ciertamente, tiene su identidad, pero al mismo tiempo se dice de muchos modos y existe de muchos modos. Existir en sí, por ejemplo, no es existir en otro o en un sujeto, aunque se trate siempre del existir. De aquí el hecho de que la noción del ente no sea unívoca, es decir, el ente no es uno solo con un único significado, el de ser y basta. En efecto, existen muchos entes que no son simplemente el ser, sino que participan del ser.
Es claro que sólo el ser basta a sí mismo, puesto que es todo, pero los entes, que participan sólo del ser, tienen una existencia que, no estando fundada en sí misma, nos induce a preguntarnos de dónde proviene o qué ente se la ha dado. Deberá ser necesariamente un ente de tal fuerza ontológica que exista por sí en virtud de sí mismo, tal, por tanto, que pueda hacer existir también a los entes creados. Y este Ente es Dios.
He aquí, pues, descubierto el concepto de creación: hacer existir lo que antes no estaba o dar el ser a lo que no lo tiene, es decir, a la nada, pero que puede existir, vale decir, al simple posible. Si el crear es un hacer existir, significa que el creador es una causa eficiente o productiva, semejante a un artífice.
Por esto santo Tomás define el crear como productio totius esse: producir no simplemente la forma accidental del producto, como hace el artífice humano, sino también la materia del producto; no un simple dar nueva forma a un compuesto presupuesto de materia y forma, sino producir tanto la forma como la materia del compuesto. El crear, por tanto, no presupone nada, o podemos decir que presupone sólo la nada ¹. Aunque provenga de la nada, la criatura preexiste en Dios como idea de aquella criatura.
Es necesario considerar, por tanto, que el productor produce según una idea o modelo que tiene en mente. Es evidente que los entes demuestran haber sido producidos según un plan inteligente y racional. Por tanto, el creador, para poder crear, debe también tener en mente la idea de lo que quiere crear. Y estas son las ideas divinas.
Por esto la Iglesia, siguiendo la enseñanza de la Escritura, dice que Dios crea de la nada. Es necesario, entonces, también el concepto de la nada y no decir, como dicen algunos, que tal concepto es una noción absurda o que la nada no existe. No es verdad. Ciertamente la nada es el no‑ser. Sin embargo, ella existe como ente de razón y es concebida sobre el modelo del ente, ad instar entis, como presupuesto al acto creativo.

La noción de persona

Me parece que también el discurso sobre la persona en general y sobre la divina en particular hecho por el documento necesita integración y puntualizaciones, si no alguna corrección. De la metafísica, aún mejor que de la antropología, se puede derivar la noción de persona humana y divina, que sin embargo debe distinguirse de la noción de persona divina trinitaria, que es objeto de la revelación divina.
La noción de persona está dada, como se sabe, por la famosa definición de Boecio: individua substantia rationalis naturae, nosotros podríamos decir: spiritualis naturae. Y en lugar de individua substantia, podríamos decir: individua subsistentia. La persona es una sustancia, no necesariamente compuesta de materia y forma, como en el hombre, sino que puede ser una pura forma, como en el ángel y en Dios. La persona creada es sustancia apta para subsistir, porque no tiene la subsistencia de sí, sino que la recibe de Dios. En cambio, la sustancia divina subsiste de sí por esencia.
La naturaleza divina subsiste como sustancia, según la fórmula del Concilio Vaticano I: «una singularis substantia spiritualis». Aquí Dios es purísima sustancia sin accidentes. Esta es la persona divina en sentido metafísico, que debe distinguirse cuidadosamente de la persona divina trinitaria, que es una relación subsistente, tal como se expresa el Concilio de Florencia de 1439: «In Deo omnia sunt unum, ubi non obviat relationis oppositio». Por el contrario, la persona creada está compuesta de sustancia y accidentes, donde la relación social es un accidente, obviamente un accidente propio y esencial, no ocasional, pero siempre un accidente, es decir, un ente inherente a la sustancia y no algo subsistente en sí, como en la persona trinitaria.
De este modo, el pensar y el obrar de la persona creada entran en el orden de la relación, que puede estar o no estar según que el sujeto piense u obre o no. En cualquier caso, la persona humana tiene siempre una relación esencial con aquellos accidentes que no puede perder, como el espacio, el tiempo, el hábito, la misma disposición a la acción y a la pasión, la cantidad y la calidad. Todos estos accidentes no ocurren en la sustancia divina, que siendo ser subsistente, no necesita ser completada por ningún accidente.

La cuestión de la creación continua

El acto creativo divino dona el ser al ente y lo conserva o en el tiempo o en la eternidad. Dios, si quisiera, podría anular lo que crea, pero no lo hace porque lo ama, siendo un bien, fuese incluso el demonio o el hombre condenado. Hablar, por tanto, de «creación continua», como hace el documento, es cuanto menos equívoco, aunque luego explique lo que quiere decir, es decir, la permanencia del ente en el ser asegurada por Dios. Sin embargo, hablar de «creación continua» hace pensar en el hecho de que el ente caiga en la nada en el instante siguiente al haber sido creado, de modo que tendría necesidad de ser recreado por un nuevo acto creativo.
En cambio, no hay ningún motivo para creer que pueda caer en la nada, porque Dios en su bondad y en su omnipotencia, después de haber creado el ente, lo conserva en el ser, ya que el ente por sí no es capaz de sostenerse por sí en el ser, si Dios no lo mantiene en el ser. La conservación en el ser asegurada por Dios a todas las criaturas podría compararse al fluir de una fuente de agua o a una fuente de calor o de energía eléctrica. El fluir procede ininterrumpidamente, si no hay algún factor que intervenga para interrumpirlo y hacerlo cesar, pero mientras Dios quiera, la energía dura hasta su agotamiento en los entes temporales y corruptibles, mientras dura para siempre en los entes inmortales, incorruptibles y espirituales.

La relación del hombre con la naturaleza

"O naturaleza, o naturaleza,
¿Por qué no devuelves luego
lo que prometes entonces?
¿Por qué engañas tanto a tus hijos?"
Giacomo Leopardi, A Silvia

Desde hace unos cuarenta años los Pontífices, siguiendo el impulso dado por el Concilio, insisten en recordarnos nuestro deber de respetar la naturaleza física que nos rodea, de utilizarla con sobriedad y sabiduría para la satisfacción de nuestras necesidades razonables, de perfeccionarla mediante el ejercicio de la técnica, de aprovechar sus riquezas y recursos mediante las prácticas laborales, de utilizar sus beneficios para socorrer las necesidades de los demás, nuestro deber de evitar contaminarla y de no destruirla, de evitar despilfarros y derroches, hasta el punto de que, como es bien sabido, ha nacido incluso una disciplina moral específica, la ecología, que prevé culpas contra la naturaleza, no ciertamente como si la naturaleza fuese una persona, sino en cuanto la naturaleza es creada por Dios y debe ser utilizada para nuestro bien y el del prójimo. Por esto, el mal uso de la naturaleza viene a ser un pecado contra Dios, contra el prójimo y contra nosotros mismos.
Estas exhortaciones las hemos escuchado infinidad de veces y el documento no ha querido ser menos en esta tradición. Pero entre todos estos loables discursos hay una cosa importante que falta y no se entiende por qué motivo, una cosa que nos involucra profundamente y dramáticamente a todos cada día mirando la precariedad y fragilidad de nuestra existencia.
El defecto de este documento es que ignora la amargura, el desconcierto y el turbamiento de tanta gente, sobre todo de los golpeados por la desgracia, al constatar la peligrosidad, la agresividad y la hostilidad de la naturaleza hacia nosotros. Ciertamente algunas manifestaciones catastróficas de la naturaleza son provocadas por la incuria del hombre. Pero otras, las más numerosas, provienen exclusivamente de la naturaleza. ¿Cómo es esto posible? La gente se hace esta pregunta. Y sucede que es engañada por las explicaciones más absurdas. Nosotros los cristianos tenemos la respuesta a esta pregunta angustiada. ¿Y por qué no la proponemos?
El documento alude sí de modo genérico a las consecuencias penales del pecado original, pero no habla en absoluto de la hostilidad de la naturaleza entre estas consecuencias, cuando en cambio la Escritura es clarísima sobre este punto (Gen 3,17‑18). Entender que los beneficios de la naturaleza provienen de Dios no es difícil para quien sabe razonar. Pero lo difícil es entender que de Dios, por medio de la naturaleza, provienen también las calamidades naturales. Y sin embargo es precisamente esto lo que se debe entender para poder liberarse del mal, y es esto lo que el cristiano –aquí se ve su virtud– debe saber hacer entender a los que sufren y se interrogan sobre el porqué de los sufrimientos y sobre el porqué la naturaleza es tan cruel hacia nosotros. Hay que saber responder a la pregunta de Leopardi.
Si nosotros los cristianos sobre esto callamos o damos una respuesta equivocada, ¿dónde está nuestro testimonio? ¿Cómo seremos luz del mundo y sal de la tierra? ¿Cómo consolaremos a la humanidad sufriente?
¿Cuál es el saber del cristiano si no es saber estas cosas? Si el cristiano debe limitarse a decir sólo lo que dicta el sentido común, ¿dónde está la novedad del mensaje evangélico?
¿Qué dice san Pablo? No saber otra cosa sino «Cristo crucificado». Ciertamente este mensaje parece necedad y locura; y sin embargo, mirado bien, es sabiduría y potencia divinas. Ciertamente parece paradójico que el sufrimiento produzca la eliminación del sufrimiento. Pero es el sufrimiento de un hombre que es Dios. Se trata de una medicina amarga. Si el médico logra hacer entender al enfermo que se trata de una medicina amarga, el enfermo está dispuesto a aceptar la amargura.
Ciertamente el que sufre debe ser preparado por una previa obra de caridad y de solidaridad hacia él, tal que lo haga disponible para recibir el anuncio del misterio de la Cruz. Cristo crucificado es un anuncio que debe proponerse sólo a aquellos que están preparados para aceptarlo; de lo contrario, si no hay esta disponibilidad para creer, provocaremos una reacción de rechazo, por lo cual el remedio agrava el mal en vez de quitarlo.
Por esto, el anuncio de la Cruz no debe hacerse al inicio de la predicación, sino sólo cuando el predicador se da cuenta de que el oyente está preparado, cosa que puede incluso no suceder nunca, pero en todo caso después de que con nuestro testimonio hayamos ofrecido al oyente suficientes pruebas de credibilidad, de modo que merezcamos confianza, para hacerle aceptar un mensaje que parece irrazonable y en cambio es de suma sabiduría.
Por el contrario, los redactores del documento hablan tranquilamente de la tierra como nuestra «casa común», quizá pensando en el valle del Rin o en el valle del Misisipi o en el valle padano o en el valle del Jordán, pero no piensan que existe también el desierto del Sahara o existen los hielos polares. ¿Cómo es que existen? Los redactores ignoran que con el pecado original la naturaleza, aunque permaneciendo madre, se ha convertido en castigadora (Gen 3,17‑18). Se han olvidado asimismo de que gracias a Cristo la naturaleza se ha convertido en redentora, según las bellísimas palabras de san Agustín: «Caro te excaecaverat? Caro te sanat». El leño maldito del Edén se ha convertido en el leño de la Cruz. La serpiente venenosa se ha convertido en serpiente sanadora. ¿Por qué nuestros pastores no nos dicen estas cosas?
Del 2019 al 2021 la humanidad ha sido atormentada por la terrible pandemia del covid. Han sido incontables los llamamientos a la solidaridad, se ha elogiado a los médicos y enfermeros heroicos que han asistido a los enfermos, se ha exhortado a estos a la paciencia, se ha luchado contra la enfermedad. Todas cosas óptimas.
Pero ¿cuál de nuestros pastores ha hecho de esta calamidad una lectura de fe? ¿Quién ha sabido ver en ella el llamamiento de Dios a la penitencia y a la conversión? ¿Quién ha sabido consolar con la consolación que viene de la conciencia cristiana del valor del sufrimiento? ¿Quién ha aprendido de esta lección que Dios nos ha impartido? Yo he escrito un libro sobre este tema ². Pero ¿cuántos pastores conmigo se han esforzado en este sentido?
¿Cómo no pensar en dar una respuesta a la pregunta angustiada o airada que tantísimos, golpeados por estas desgracias, se plantean y nadie les da una respuesta, mientras ella nos viene, luminosa y confortante, precisamente de nuestra fe?
Nuestros pastores deberían darse cuenta de que la gente razona y no se la puede mantener tranquila con simples frases hechas, fuesen incluso verdades de fe, sino que es necesario saber argumentar, explicar, resolver los problemas, disipar los equívocos; de lo contrario, la gente justamente, sintiéndose burlada, terminará con razón por mofarse de ellos y de creyente se convertirá en incrédula, por no decir blasfema.
«Misericordia» es una palabra sagrada, pero hoy se hace de ella tal abuso, que provoca una gravísima reacción de rechazo. O bien se hace uso de esta palabra para cubrir los propios pecados, como hacía Lutero. Misericordia de por sí significa levantar de la miseria y del sufrimiento. ¿Cómo se hace para predicar cada día un Dios misericordioso, si luego cada día suceden desgracias y calamidades? ¿Dónde está este Dios misericordioso?
Sólo teniendo en cuenta que Dios es también justo y exige reparación en Cristo, se entiende en qué sentido Dios es misericordioso y se aprecia verdaderamente la misericordia divina. Cuando sucede un terremoto, ciertamente nuestro pensamiento va lógicamente a las leyes de la naturaleza. Pero ¿quién ha creado la naturaleza con sus leyes? ¿La naturaleza no depende de Dios? ¿O es una diosa como Pachamama, que actúa por cuenta propia? ¿Dónde está el Dios misericordioso que provoca un tsunami con 150.000 muertos? ¿Queremos darnos cuenta de que los fieles no son tan ingenuos como para tragarse todo sin hacerse preguntas? Salvo que acepten la misericordia en el sentido luterano.
¿Qué son los flagelos divinos de los cuales habla el Apocalipsis? ¿El residuo de una divinidad cruel arcaica, hoy desmitizada por el Dios misericordioso del Evangelio, como creen Karl Rahner, Walter Kasper, von Balthasar y Enzo Bianchi, o existen todavía y, por más que esto pueda parecer paradójico, tienen un sentido salvífico para nosotros, son también ellos llamados de la divina justicia y misericordia? ¿Por qué Dios los manda? O bien, si no es Él quien los manda, ¿quién los manda? ¿La diosa Naturaleza? ¿Queremos de una buena vez, nosotros que nos jactamos de acudir cada día a la Escritura, retomar en mano el Apocalipsis y escuchar en serio la Palabra de Dios?

Conclusión

En conclusión, duele tener que decir que quien conoce a Aristóteles, san Agustín, santo Tomás y el idealismo moderno, fácilmente se da cuenta de que los teólogos autores de este documento han tenido en demasiada escasa consideración a estos grandes maestros, mientras se siente dañinamente la influencia del falso tomismo de Rahner, así como del idealismo de Kant, Hegel, Schelling y Heidegger.
Pero lo más grave y sorprendente es que algunas de las tesis sostenidas en este documento se apartan de la doctrina dogmática de la Iglesia. Exhorto, por tanto, a estos mis ilustres colegas a recordarse la grave responsabilidad que se han asumido al aceptar formar parte de esta Comisión, que debe reunir las mentes teológicas más selectas de toda la Iglesia, dando un fulgido ejemplo de fidelidad a la doctrina de la Iglesia y de amor por la salvación de las almas.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 4 de septiembre de 2026

Notas

¹ Algunos metafísicos, como Antonio Postorino, temen que la noción dogmática de creatio ex nihilo sufra de un latente nihilismo, por lo cual se sienten en el deber de “rigorizar” esta noción liberándola, según ellos, del “nihilismo”. Postorino, con este proyecto suyo, demuestra simplemente no haber entendido qué es la creación desde la nada, tal como he explicado arriba, porque parte de la concepción severiniana del ser, según la cual el concepto de la nada y del devenir son contradictorios. El ser es eterno y todo ente es eterno. Véase Il concetto della «creatio ex nihilo». Ipoteca nichilistica e rigorizzazione metafisica, en Sacra Doctrina 1, 2017, pp. 199‑269.
² Perché peccando ho meritato i tuoi castighi, Un teologo davanti al coronavirus, Edizioni Chorabooks, Hong Kong 2020.

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