¿Qué significa tocar la hostia consagrada? ¿Es un gesto de indignidad o un signo de intimidad con Dios? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli explora la función del tacto en la Sagrada Comunión, desde el temor veterotestamentario hasta la cercanía misericordiosa de Cristo que se deja tocar y sanar. ¿Qué tocamos realmente al recibir la Eucaristía: pan o el mismo Cuerpo del Señor? ¿Cómo se relacionan los sentidos con la fe en el misterio de la transubstanciación? Este texto del docto teólogo dominico nos invita a reflexionar sobre la dignidad del gesto, la pureza interior, la fuerza del signo sensible y la responsabilidad de recibir con reverencia al Dios que se oculta bajo las especies eucarísticas.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 12 de septiembre de 2026
¿Qué significa tocar la hostia consagrada?
¿Qué significa tocar la hostia consagrada?
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 10 de septiembre de 2021. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/cosa-significa-toccare-lostia-consacrata.html)
La función del tacto en la Sagrada Comunión
Como sabemos, el uso del tacto tiene un rol esencial en las religiones y por ende también en la Escritura, ya sea como representación física del acto con el cual lo divino llega al hombre (Is 6,7; Jer 1,9; Dn 10,16), ya sea como acto ritual del hombre con el cual él entra en contacto con lo divino (Mt 14,36; 28,9; Lc 24,39; Jn 20,17).
Sin embargo, si en el Antiguo Testamento el tocar lo divino es un acto temerario (Ex 19,12), dada la indignidad del hombre de entonces ante un Dios severo, con la venida de Cristo, Dios, que se ha dignado venir a morar en medio de nosotros, se deja tocar en la humanidad del Hijo, y es Dios mismo quien en Cristo se complace en tocar al hombre para sanarlo.
El tacto tiene una función esencial en los Sacramentos y en general en las acciones sagradas como ese sentido que se encuentra particularmente involucrado en la dinámica de la relación con Dios o para significar que debe estar alejado de él por humildad o viceversa como transmisor de la gracia, en el sentido de darla y de recibirla.
Mientras que en el Antiguo Testamento tocar lo sagrado parece inconveniente y peligroso (cf. Ex 19,12), porque el hombre advierte fuertemente su indignidad y su distancia de lo divino, como hombre castigado y pecador, en el Nuevo Dios en Cristo, frecuentando misericordiosamente los pecadores arrepentidos, quiere hacerse íntimo del hombre y de algún modo dejarse tocar (1 Jn 1,1; Lc 24,39) y abrazar (Mt 28,9; Jn 20,17). Él toca y sana (Mt 9,29; Mc 1,41; 7,33; 8,22) y quien lo toca sabe que puede curar (Mt 14,36).
Como sabemos, el uso de recibir la Comunión en la mano, permitido ya desde hace décadas por la Iglesia y recomendado de modo especial por la Conferencia Episcopal Italiana como medida sanitaria en este período de pandemia, ha suscitado resistencias en un cierto número de fieles y en ocasiones incluso objeciones de conciencia, a las cuales san Juan Pablo II fue amablemente a su encuentro concediendo a ellos la Comunión en la boca.
Sabemos como el uso de la Comunión en la boca tiene siglos de antigüedad, aunque en los primeros siglos ya existía el uso de la Comunión en la mano. No sabemos qué ha prevalecido durante los primeros siglos. Ya he tratado de la diferencia de significado entre los dos usos en un artículo mío reciente y no volveré a él. Aquí me gustaría detenerme brevemente en la cuestión del uso del tacto en el sacramento en general y en particular en la asunción de la Comunión eucarística.
En el sacramento en general, el tacto es ciertamente vehículo de la gracia y esencial al sacramento, dado que el sacramento es signo sensible de la gracia, que produce aquella misma gracia que él significa. El sacramento, realidad material canal de lo espiritual, fruto del misterio de la Encarnación, es así, por tanto, del todo conforme y proporcionado a la naturaleza físico-espiritual del hombre.
Por eso es un acontecimiento o un hecho que requiere una relación interpersonal concreta y directa, un verdadero y propio contacto o auricular o tangible o visible, por consiguiente no una relación a distancia o por interpósita persona, entre ministro y beneficiario del sacramento.
Por eso no está permitida una confesión sacramental a distancia, sino que sólo es válida la llamada confesión "auricular"; en algunos sacramentos existe la aplicación de la materia al cuerpo, el cual así siente el contacto de la materia que le viene aplicada. En el matrimonio, el acto sexual asume un valor sacramental. Pero el sacramento en el cual el tacto se eleva a su máxima valoración es la Eucaristía, por la cual el fiel toca una materia sensible -las especies eucarísticas-, que custodian otra materia mucho más elevada, esta no sensible sino inteligible a los ojos de la fe: la sustancia del Cuerpo de Cristo.
Tocar la hostia es tocar los accidentes del pan. Pero ellos esconden la sustancia del Cuerpo del Señor, al cual están unidos por concomitancia la sangre, el alma y la Divinidad. Por consiguiente, en cierto modo, aunque indirecto y sacramental, tocamos a Dios, y podemos decir con la hemorroísa: "Si puedo aunque sea solo tocar su manto, seré curada" (Mt 9,20). Los accidentes eucarísticos son el manto de Cristo.
Algunos fieles habituados a la Comunión en la boca experimentan ese sentimiento de indignidad al tocar a Jesús sacramentado, que recuerda la piedad veterotestamentaria. A ellos les parece casi una profanación tocar la hostia con la mano. Consideran que solo el sacerdote sea digno de tocar la hostia con la mano. Considero que deberían reflexionar sobre el hecho de que Jesús se ha dejado tocar por los hombres. Lo importante es tocarlo con fe, amor y un corazón purificado o arrepentido.
Por otra parte, podríamos preguntarles: ¿por qué no experimentan esa reticencia hacia la lengua? Podrían respondernos porque la lengua es obviamente necesaria para comer el Cuerpo del Señor, mientras que la mano no es necesaria. Pero similar reticencia no tiene razón de ser, si pensamos que Jesús se complace en ser tocado por un corazón puro y arrepentido.
¿Se puede amar sin tocarse? Tocarse no quiere decir necesariamente ensuciar o ensuciarse, si las manos están puras. Sentimos cuánto nos cuestan las distancias obligatorias a causa de la pandemia y el deber de renunciar al signo de la paz en la Misa.
¿Qué quiere decir comer el Cuerpo del Señor?
Nos parece comer simplemente pan o tocar simplemente pan. Pero nosotros sabemos que este no es el caso. Nuestro tocar y comer es obviamente un acto físico-material-sensible. Pero, ¿qué cosa físicamente tocamos y comemos? ¿El Cuerpo del Señor? ¡No! Tocamos y comemos físicamente los accidentes del pan, los cuales por otra parte actúan en el estómago exactamente como si se tratara de verdadero pan, produciendo, junto con la actividad del aparato digestivo, los mismos efectos fisiológicos, químicos y nutritivos.
La naturaleza física y biológica no sabe nada del misterio de la transubstanciación. Para ella los accidentes del pan están con la sustancia del pan y por lo tanto ella actúa según las leyes biológicas y químicas, que Dios mismo le ha dado. Pero a la naturaleza no le interesa nada nutrirse de Cristo y ni siquiera sería capaz de hacerlo. A ella le basta obedecer a sus leyes y ya así ella está unida a Dios.
Nutrirnos de Cristo nos interesa a nosotros y sólo nos es posible a nosotros, entes espíritu-corporales, capaces de participar de la vida divina, mens capax Dei, como decía san Agustín, y por eso somos nosotros y no la naturaleza, privada de inteligencia, quienes conocemos que el pan ya no es pan, sino el Cuerpo del Señor y, por lo tanto, quienes gustamos la inefable dulzura del alimento eucarístico.
¿Pero entonces, qué quiere decir el Señor, cuando dice que debemos "comer su carne"? Cuando les ordena a los apóstoles el "comer", ¿qué es este comer? Jesús no dice "comed los accidentes del pan", sino "comed mi Cuerpo", porque no dice: "esto es pan", sino "esto es mi cuerpo". Sin embargo, ¿cómo los apóstoles no comerán los accidentes del pan?
Pero, por otra parte, si Jesús no se refiere a un comer físico, ¿qué comer es? ¿De qué comer se trata? ¿Comer en qué sentido? Jesús ni siquiera explica, como lo hará el Concilio de Trento, que quiere decir: "comed la sustancia de mi Cuerpo privado de los accidentes".
¿Pero qué quiere decir que comemos la sustancia del Cuerpo sin los accidentes? Sin embargo, se trata precisamente de esto. Por tanto, es un comer espiritual, misterioso, sobrenatural, captable sólo por la fe, un comer cuya esencia supera aquello que podemos comprender con nuestra sola razón.
Se trata de comer un Cuerpo humano hipostáticamente unido a Dios. En cierto modo es un nutrirnos de Dios, aunque obviamente esta expresión no pueda ser tomada a la letra, si no sería absurda. Y sin embargo, nutriéndonos de este Cuerpo divino, recibimos una vida divina, que es la vida de gracia, participación de la vida divina que nos asimila a Aquello que comemos, o sea a Cristo mismo.
Aparte de la necesaria preparación que nos es requerida para hacer dignamente la Comunión, no nos es requerido un especial esfuerzo de la voluntad o un especial y enérgico acto de virtud, sino un acto simplicísimo, el de abrir la boca y comer, cosa que hacemos desde recién nacidos, ya sea que recibamos la hostia de la mano del ministro, o que la hayamos recibido en nuestra mano.
La función de la vista
Es importante, útil y saludable mirar devotamente por un cierto tiempo a la hostia durante la adoración eucarística. Ciertamente la vista ve un pobre disquito blanco. Pero el blanco ya es muy significativo de la pureza y de la verdad.
El blanco es la síntesis de todos los colores. El color blanco en la Misa par los Santos es el símbolo de la santidad. El bautizado está revestido de una túnica blanca. El alba para la Misa es blanca. En el Apocalipsis, los que triunfan con Cristo en la victoria final visten el manto blanco (Ap 3,4-5).
En el Evangelio los ángeles aparecen en blancas vestiduras (Mt 28,3). En la Transfiguración el Señor aparece con un manto blanco (Mc 9,3). En Japón el blanco es el símbolo de la inmortalidad. Pero más allá de esto es necesario con el intellectus fidei que nos elevemos más allá de lo sensible para considerar y adorar a Quien está escondido en ese disquito blanco. Es necesario hablarLe, interrogarLe, alabarLe, agradecerLe, escucharLe, implorarLe, como han hecho y hacen todos los Santos.
Es bueno mirar la hostia y el cáliz también en el momento de la elevación de la hostia y del cáliz. Al respecto, el celebrante haría bien en mantener en alto durante algunos instantes a las dos sacratísimas oblatas, para que así los fieles puedan contemplarlos. En ese momento el celebrante se vuelve hacia el Padre que está en los cielos y por eso sería bueno que su mirada se volviera hacia arriba como lo hacía Cristo cuando invocaba al Padre y como es costumbre de rezar en todos los pueblos, porque Dios está en lo alto y Él mismo es el Altísimo.
Ahora no ese el momento, como hacen algunos, de mirar hacia abajo. Si le ofrecemos un don a alguien, ¿no lo miramos a la cara? En todo caso, los ojos bajos se adaptarían al penitente o al meditador. Pero aquí no se trata ni de meditar ni de manifestar el propio arrepentimiento, sino de mirar con admiración y respeto al Ente sumo y supremo, con esa admiración semejante a la del escalador que, todavía en el valle, contempla extasiado la estupenda majestuosidad de la cadena montañosa, que está frente a él.
Lo que dan los sentidos y lo que da la fe
Lo que a los sentidos se presenta como cualidad sensible del pan, por ejemplo el sabor o el color, es realmente cualidad sensible del pan o, como se dice en filosofía, "accidente" del pan o en liturgia, "especie" del pan. Pero sabemos por fe en la transubstanciación que en la hostia está presente el cuerpo mismo de Cristo a modo de sustancia, o sea la sustancia de su Cuerpo sin los accidentes, por lo tanto sin el peso, las dimensiones, las cualidades sensibles o los componentes físicos.
Viceversa, la sangre del Señor se encuentra bajo las especies del vino. Sin embargo, en la hostia está el Cuerpo glorioso del Señor, ese mismo Cuerpo que está en el cielo. Pero mientras aquí este Cuerpo tiene sus accidentes, en la hostia sólo existe la sustancia en la cual, en virtud de la consagración, se ha convertido la sustancia del pan.
¿En la hostia está el Cuerpo físico del Señor? Es necesario ver qué entendemos por "físico". Si entendemos físico en el sentido de la física experimental, la cual experimenta y mide los cuerpos físicos de este mundo, entonces ciertamente se debe decir que no está el Cuerpo físico, en el sentido de que el Cuerpo no está allí con sus dimensiones y cualidades sensible, que solo tiene en el cielo.
Pero si por físico entendemos físico en el sentido de material, entonces está claro que se trata del Cuerpo físico, ya que un cuerpo inmaterial no existe. Un cuerpo es por definición una sustancia compuesta de materia y forma. Sustancia inmaterial es solo el espíritu. Pero el cuerpo de Jesús en la hostia es su verdadero Cuerpo, aunque sea a modo de sola sustancia. Y, sin embargo, se trata de sustancia material.
También encontramos en algunos fieles la convicción de que sólo las manos del Sacerdote sean dignas de tocar la Eucaristía. La idea tiene un cierto fundamento, en cuanto es el Sacerdote quien consagra el Cuerpo de Cristo. Por otra parte, la Eucaristía es un alimento: ¿y por qué un alimento no podría ser tomado con las manos? Sin embargo, no se trata de un alimento como cualquier otro, porque no es un alimento subordinado a nosotros, sino que somos nosotros los que estamos subordinados a este alimento, que bajo las especies del pan esconde el Cuerpo del Señor.
Medidas sanitarias contra el covid
Sabemos cómo nuestros Obispos recomiendan la Comunión en la mano sobre la base de las indicaciones provenientes del ambiente médico. De todos modos, ya san Juan Pablo II, en su momento, hizo saber que cualquier persona que tenga serios problemas de conciencia para seguir esta práctica, puede recibir la Comunión en la boca.
¿Por qué es mejor en la mano que en la boca? Porque es más fácil que la mano del sacerdote toque la lengua de los fieles que la mano. Y la lengua es un medio de contagio mucho más eficaz que la mano. Por otra parte, hay que recordar que es fácil para el sacerdote tocar la lengua del fiel, mientras que para él es mucho más fácil evitar tocar la mano.
Si entonces el fiel es un portador sano, puede suceder que la mano del sacerdote, tocando la lengua, quede infectada, por lo cual la mano del sacerdote, tocando la lengua de otro fiel, puede transmitir el virus a ese fiel. Indudablemente, se supone que el sacerdote está inmunizado. De esta forma él está defendido en caso de que toque la lengua o la mano de un fiel portador sano.
Si, por el contrario, él fuera un portador sano, podría contaminar la hostia. En cuyo caso los fieles, al ingerir la hostia, podrían quedar infectados. El uso del desinfectante antes de la distribución de la Comunión actúa para impedir la transmisión del eventual virus.
Según algunos, la hostia no puede ser contaminante porque está protegida contra el virus por el Cuerpo del Señor. Pero esta es una idea del todo irrazonable, porque nada impide que el virus se adhiera a las especies eucarísticas. Por consiguiente, contar con la presencia real del Cuerpo del Señor evitando las adecuadas precauciones profilácticas es un acto de tentación de Dios. De hecho, no es lícito, como nos enseñan las tentaciones de Cristo en el desierto, pretender de Dios un milagro donde está en nuestras manos obtener con nuestras fuerzas lo que esperaríamos obtener con el milagro.
El fiel que recibe la Comunión en la mano debe controlar atentamente que no queden fragmentos en la mano. Si los encuentra, recójalos con la lengua, sin exageradas indagaciones. Es suficiente con remediar según lo que se ve a simple vista. Fragmentos invisibles pueden existir, y Cristo también está presente en ellos. Pero, evidentemente, Él no nos pide que lo remediemos. Nemo ad impossibilia tenetur.
La partícula puede caer accidentalmente tanto en el caso de la Comunión en la mano como en la boca ya sea por descuido del sacerdote o de los fieles. Puede ser algo bueno, si el piso ofrece suficientes garantías higiénicas, que el sacerdote o el fiel la recogieran y asumieran esa partícula. De lo contrario, corresponderá al sacerdote proveer.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 8 de septiembre de 2021
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum non simus digni tangere hostiam consecratam
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non simus digni tangere hostiam consecratam.
1. Quia in Veteri Testamento tangere divinum erat temerarium et periculosum, sicut praecipitur in Exodo: ne appropinquent monti nec tangant eum, ut non moriantur. Ergo videtur quod homo peccator non possit tangere sacrum sine profanatione.
2. Praeterea, quidam fideles existimant solum sacerdotem esse dignum tangere hostiam manu, quia ipse est qui consecrat Corpus Christi. Ergo videtur quod laicus tangens hostiam irreverentiam committat.
3. Item, natura physica et biologica nescit transsubstantiationem, et tangendo hostiam tangitur simpliciter panis, qui operatur in stomacho sicut cibus ordinarius. Ergo videtur quod gestus careat sensu spirituali et redigatur ad actum materialem indignum.
4. Denique, si hostia potest contaminari virus et fragmentari, videtur quod tangere eam manu augeat periculum profanationis et amissionis particularum, quod esset indignum sacramento.
Sed contra est quod dicitur in Evangelio: mulier sanguinis fluxum patiens dixit quod si vel vestimentum Christi tangeret, sanaretur; et Dominus se permisit tangi et sanari ab his qui ad eum accedebant. Sanctus Augustinus docet hominem esse mentem capax Dei, idoneum ad participationem vitae divinae. Concilium Tridentinum affirmat in hostia esse substantiam Corporis Christi, et Ecclesia permittit Communionem in manu ut legitimum usum.
Respondeo dicendum quod non est indignum tangere hostiam consecratam, sed est verus contactus sacramentalis cum Deo. Sacramentum est signum sensibile gratiae, et tactus est vehiculum essentiale illius gratiae. Tangere hostiam est tangere accidentia panis, quae tamen occultant substantiam Corporis Domini, cui per concomitantiam uniuntur sanguis, anima et divinitas. Ergo, licet indirecte et sacramentaliter, tangitur Deus. Praecipuum est tangere eum fide, caritate et corde purificato. Indignitas veterotestamentaria superata est per Incarnationem, in qua Deus complacuit se tangi ab hominibus. Gestus tangendi hostiam, cum reverentia et cura peractus, non est profanatio, sed participatio intimitatis Christi.
Ad primum ergo dicendum quod in Veteri Testamento tangere sacrum erat temerarium propter distantiam hominis peccatoris a Deo severo. Sed in Novo Testamento Deus factus est proximus in Christo et se permisit tangi, amplexari et sanari. Ergo gestus non est profanatio, sed signum intimitatis.
Ad secundum dicendum quod sacerdos quidem consecrat, sed Eucharistia est cibus omnibus. Non est cibus nobis subordinatus, sed nos illi subordinamur. Ergo fidelis potest tangere eum manibus puris, sine indignitate, quia Christus delectatur tangi a corde paenitente.
Ad tertium dicendum quod natura physica transsubstantiationem ignorat, sed homo spiritus‑corporalis eam cognoscit. Per fidem scimus panem iam non esse panem, sed Corpus Domini. Ergo gestus tangendi et comedendi, licet materialis, elevatur per fidem ad contactum spiritualem cum Christo.
Ad quartum dicendum quod periculum contagii vel fragmentorum non tollit gestum sacramentalem. Ecclesia commendat Communionem in manu propter rationes sanitarias, et monet de cura colligendi fragmenta visibilia. Praetendere hostiam non posse contaminari esset tentare Deum. Ergo gestus tangendi hostiam, cum reverentia et diligentia peractus, non est indignus, sed conformis fidei et caritati. JG
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