martes, 29 de septiembre de 2026

El islamismo y el misterio cristológico (1/2)

¿Cómo pudo surgir el Islam en medio de las tensiones cristológicas del siglo VII? ¿Qué relación existe entre las disputas sobre las voluntades de Cristo y la negación musulmana de su divinidad? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli (del cual publicamos hoy la primera parte) muestra cómo Mahoma, desconcertado por las polémicas bizantinas, rechazó la Trinidad y la Encarnación, simplificando con violencia lo que consideraba fábulas humanas. ¿No es significativo que, desde entonces, el Islam permanezca estancado en esa negación obstinada? ¿Qué fuerza sigue atrayendo a millones de personas hacia una doctrina que se opone al corazón mismo del cristianismo? Este texto invita a reflexionar sobre el misterio de Cristo frente al desafío islámico, y sobre la necesidad de una respuesta clara y firme de la fe. [En la imagen: fragmento del Cristo Pantocrator en el ábside de la catedral de la ciudad siciliana de Cefalú, mosaico de estilo bizantino].

El islamismo y el misterio cristológico

Primera Parte

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 22 de noviembre de 2015 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/islamismo-e-il-mistero-cristologico-cristo-ha-promesso-la-sopravvivenza-della-chiesa-non-delleuropa/)

Mahoma surgió en el siglo VII, en un período de fuertes tensiones en el interior de la Iglesia entre Roma y Constantinopla a propósito de la grave cuestión de si en Cristo existe una sola voluntad, la divina, como sostenían los orientales, el así llamado "monotelismo", consecuencia del monofisismo, o bien dos voluntades, una humana y la otra divina, como sostenía la tradición romana, siguiendo el dogma calcedonense de las dos naturalezas.
El monofisismo se había hecho sentir también en Roma o al menos en Roma existía una corriente cristológica, la cual consideraba una inútil sutileza distinguir dos voluntades o en todo caso consideraba que no era el caso discutir sobre este punto. Lo importante era admitir que Cristo era una sola persona, Dios y hombre. De aquí se concluía que su operación era una sola: humano-divina. Y eso parecía suficiente. Por el contrario, en Constantinopla, el partido monotelita se enfrentaba con el duotelita.
Pero el caso fue que Sergio, Patriarca de Constantinopla, que era criptomonofisita, presionó sobre el papa Honorio para que negara las dos voluntades. Y lamentablemente el Papa, con grave imprudencia o ligereza, se dejó persuadir por el astuto arzobispo y le escribió en el 634 una Carta ¹, en la cual afirmaba que el preguntarse si "en base a las obras de la divinidad y de la humanidad de Cristo se deba decir o entender que se deducen una o dos operaciones, son cosas que no deben preocuparnos" (ad nos ista pertinere non debent).
Se notas los rastros de la mentalidad romana, menos apta que la griega para la especulación, y para seguir las sutiles distinciones de la teología bizantina, distinciones que, sin embargo, en este caso, eran fundamentales y tocaban el dogma cristológico.
El papa Juan IV, sucesor del Papa Honorio, en una carta al emperador Constantino III ², trató de justificar a Honorio diciendo que él intentaba excluir en Cristo dos voluntades entre sí contrarias, lo que efectivamente debería ser excluido, en cuanto Cristo fue evidentemente obedientísimo al Padre. Por lo tanto, no es que haya en Cristo una sola voluntad en sentido ontológico, sino en sentido moral, gracias a su uniformarse con la voluntad del Padre.
El hecho fue, sin embargo, que ya el Concilio Lateranense del 649 ³, aunque sin mencionar el nombre de Honorio, condena el monotelismo. En cambio, su nombre aparece en el Concilio Constantinopolitano III del 681, bajo el Papa san León II, quien, al confirmar los decretos del Concilio, usó palabras que no ponían en duda la ortodoxia de Honorio: el Concilio, dice el Papa, "quería condenar Honorio no por haber cometido una herejía, sino por su negligencia" (Honorum propter suam neglegentiam, non ob haeresim commissam condemnatum esse voluit) ⁴. Y así se cerró la polémica.
Pero nosotros comprendemos cual fue el drama que había vivido la Iglesia de aquel tiempo y precisamente en torno al misterio central de la fe, el misterio de Cristo. Ahora bien, sorprende el hecho de que apenas diez años antes, en el 622, Mahoma en Medina había dado inicio, con sus primeros compañeros, a su religión, que había madurado en los años precedentes en La Meca y que estaba destinada a tener tanto éxito a lo largo de los siglos, hasta nuestros mismos días.

El exordio de Mahoma

Mahoma, con anterioridad, había tenido contacto con el refinado pero sofisticado, litigioso y complicado cristianismo bizantino, que estaba a la cabeza de un rico y vasto imperio, que presionaba con su arrogancia y su fascinación a las puertas de los territorios de su vasta patria, constituida principalmente por una gran masa, variada y dispersa, de pobres tribus y poblaciones, todavía dadas al politeísmo pagano.
Mahoma, espíritu enérgico y emprendedor, sensible a las necesidades de su pueblo humillado y explotado por los bizantinos, de ánimo religioso, aunque no inclinado a la especulación, pero mente intuitiva y capaz de síntesis, aunque fácilmente inclinada al sincretismo, descubrió desde joven la belleza sublime del monoteísmo, probablemente a través de contactos con rabinos o monjes del desierto, herederos de los antiguos Padres, y, creyéndose inspirado por Dios, sintió que predicar el nombre de Dios era su misión a favor de su pueblo. El término mismo Alláh tiene la misma raíz hebrea El, que significa "Dios". Es posible que se haya inspirado en el ejemplo de Moisés, que en todo caso reviste un rol importante en el Corán.
Mahoma pensaba inicialmente que cada pueblo tenía su dios. Y así como los bizantinos adoraban a Cristo, mientras que los judíos adoraban a Yahvé, así los árabes habrían podido tener su Dios, Alláh. Feliz fue la idea del Dios único, porque, además de ser metafísicamente exacta y profunda ⁵, la referencia a un solo Dios podía ser factor de formación, de coágulo y de organización para todas aquellas poblaciones hasta ese momento dispersas y desorganizadas.
Se acercó a los judíos en el rechazar la divinidad de Cristo, aunque les reprochase haber dado muerte a un profeta tan grande, que para Mahoma es modelo de santidad para toda la humanidad, también para él mismo, y que retornará al fin del mundo a hacer justicia.
Sin embargo, Mahoma aceptó de los judíos la negación de la divinidad de Cristo. Concibió un cierto respeto por Él, pero prestó oídos a las fábulas mentirosas que sobre él contaban, descuidando o negando hechos esenciales de su historia, como la muerte en la cruz. Lo cual no le impidió reprochar ásperamente a los judíos por haber querido matarlo.
Ellos, sin embargo, al decir de Mahoma, habrían crucificado a un sosias de Jesús, mientras que el verdadero Jesús habría ascendido al cielo sin pasar por la muerte. Se puede notar aquí un probable influjo del docetismo, herejía cristológica de los primeros siglos, según la cual el Verbo habría asumido un cuerpo aparente, pero no real, hoy diríamos un cuerpo fenoménico, pero no ontológico.
Sea como sea, Mahoma rechaza desdeñosamente, en el Corán, la idea de Jesús Hijo de Dios, con una explicación de increíble ingenuidad, que todavía después de catorce siglos sigue siendo dando por sentada y tomada por buena por los fieles musulmanes: "Dios debería tener una esposa para tener un hijo".
Admite que Jesús tuviera una especial comunión con Dios, pero como simple hombre, como simple criatura, como profeta, pero negó absolutamente el homooúsios del Concilio de Nicea, la consustancialidad de Jesús con el Padre. Por lo tanto, juzgó imposible que Jesús fuera una persona divina, de naturaleza divina, porque esto, según él, habría implicado a otro Dios al lado de Dios, mientras que en cambio Dios es uno solo. Jesús ha tenido un pensamiento impío al considerarse igual a Dios e impíos han sido sus discípulos al hacerlo un dios.
Mahoma admite una sola persona divina, coincidente con la naturaleza divina, Dios. Por lo tanto es imposible una sola naturaleza divina en dos o tres personas, porque multiplicaría las divinidades. No alcanza a distinguir naturaleza y persona. Para él, por lo tanto, no tiene sentido hablar de dos personas divinas, el Padre y el Hijo, como creían los cristianos.
Por tanto, para él hay una sola persona divina, Dios, que no es "Padre" de un "Hijo", porque Dios es puro infinito Espíritu y el Espíritu no tiene sexo y no genera como los hombres y los animales.
Jesús, para Mahoma, es una simple persona humana, aunque habitada por Dios. Se trata probablemente de un influjo de la herejía nestoriana, que niega la unión hipostática de la naturaleza humana de Cristo con la persona divina del Verbo, definida en el Concilio de Calcedonia del 451.
Probablemente Mahoma estaba desconcertado y escandalizado por las polémicas cristológicas, que llegaron a sus oídos, ni tuvo tampoco probablemente el modo de escuchar a un buen teólogo que le explicara el dogma cristológico. Según él, el verdadero respeto por Jesús está precisamente en evitar todas aquellas discusiones sobre si es o no es Dios, si es o no persona divina, y discusiones de ese tipo.
Él, que no era un genio filosófico, en un cierto punto se indignó, creyendo estar inspirado por Dios mismo, y ya no quiso saber de los dogmas cristianos, contra los cuales, considerándolos blasfemias, comenzó a arremeter sistemáticamente con una irracional y obstinada presunción y violencia, sin escuchar más la razón. Y todavía desafortunadamente los musulmanes están firmes y estancados en este punto.

Contra la Trinidad y la Encarnación

Disgustado y fastidiado ante el espectáculo de las infinitas polémicas y de los contrastes en el ámbito bizantino sobre los dogmas de la Encarnación y de la Trinidad, Mahoma consideró un deber suyo dar un corte y realizar una obra de simplificación o poda, como si se tratara de meras e impías disquisiciones humanas y no de la Palabra de Dios. Así fue como en el Corán son negados, como signos de idolatría y politeísmo, aquellos misterios fundamentales de la fe cristiana.
Mahoma pensaba que el creer en la Encarnación y en la Trinidad no solo no servía para nada, sino para alentar a la vanidad de saber cosas que no se saben, ni se pueden saber, y no solo no ayudaba para una vida buena y para una sociedad pacífica y ordenada, sino que, a parte de la impiedad de tales ideas, ello era causa de irresolubles conflictos, tales como para distraer la atención de la solución de los verdaderos problemas de las personas y de la sociedad.
De tal modo, Mahoma fue un iluminista ante litteram, precursor de las ideas de Kant y de la masonería. La única diferencia, que por otra parte no es en absoluto pequeña, es que, mientras aquellas ideologías modernas son de naturaleza racionalista, desprecian los dogmas cristianos como si fueran fábulas medievales, Mahoma creía que sus ideas le hubieran sido reveladas por el arcángel Gabriel, cosa acerca de la cual los iluministas hubieran dado una gran risotada.
Así Mahoma, en su madurez, siempre convencido de ser el depositario de una revelación divina para la salvación de la humanidad, amplió los horizontes y llegó a convencerse de que la doctrina coránica estuviera destinada a la salvación no solo de los árabes, sino de toda la humanidad, superando tanto a la religión judía como a la cristiana.
Extrajo elementos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, mezclándolos con anteriores creencias de su pueblo, pero, al mismo tiempo, se puso a denunciar supuestos errores teológicos tanto en el cristianismo como en el judaísmo, mientras que, tal vez halagado por el éxito obtenido, se convencía de que la revelación recibida por parte del arcángel Gabriel y contenida en el Corán constituye la plenitud final de la verdad necesaria para la salvación de todos los pueblos. Jesús, por lo tanto, había sido un profeta, pero no lo había dicho todo y de hecho, por el contrario, había cometido errores; sólo a Mahoma le había revelado Dios la plenitud de la verdad que conduce a la salvación.
En esto Mahoma fue impulsado por un deseo de venganza y de competición en confrontación al imperio bizantino, un tiempo opresor y explotador del mundo árabe. En esto Mahoma se asemeja a la figura de Lutero, él también convencido de haber recibido de Dios la misión de anunciar el verdadero y puro Evangelio, contra los engaños y los abusos de Roma, a fin de asegurar al pueblo alemán la primacía sobre todos los pueblos: ¡Deutschland über Alles!

Teología y moral islámicas

El Dios de Mahoma posee prácticamente todos los atributos divinos que encontramos en el Antiguo Testamento, y por eso el Concilio Vaticano II admite que los musulmanes reconocen al verdadero único Dios, creador del cielo y de la tierra ⁶.
El problema, que se viene arrastrando desde hace catorce siglos, es cómo es posible que ellos, a pesar de tener un concepto correcto de Dios, no se abren a la fe cristológica y trinitaria, como lo han hecho y hacen muchos otros innumerables pueblos, por más bárbaros, rudos e ignorantes que sean, quizás provenientes del politeísmo, del maniqueísmo, de la magia, del agnosticismo, del hinduismo, del ateísmo, del panteísmo, del animismo, del totemismo, de la idolatría, los cuales, en estos dos mil años han acogido la fe cristiana ⁷.
¿Qué es lo que, después de catorce siglos, continúa atrayendo a cientos de millones de seres humanos a Mahoma? ¿Qué tiene Mahoma mejor respecto de Cristo? ¿Cuál es la fuerza que impulsa hacia adelante al Islam? Ésta es una pregunta tremenda, para la cual parece no haber respuesta, excepto aquello que san Pablo llama mysterium iniquitatis. El choque apocalíptico del Dragón con la Mujer.
La ética islámica dispone sin duda de un impulso formidable, similar a aquel de la ética bíblica; la firme convicción de actuar en nombre de Dios, para su gloria, por mandato divino, con la fuerza de Dios, como instrumentos de Dios, por un fin divino, en obediencia (islam) y sumisión a Dios.
Por eso, el ideal ético islámico es el del muslìm, el del musulmán, el del obediente, que al mismo tiempo es el fiel, porque pone en práctica la voluntad divina expresada en el Corán. De ahí la seguridad, el coraje, el esfuerzo (jihád), la tenacidad, la perseverancia, la intolerancia, la agresividad, la intransigencia, el heroísmo o el fanatismo, según exista la recta o mala intención.
Es una ética diferente a la aristotélica, basada en el razonamiento, y hecha propia por el cristianismo, que considera la naturaleza humana y su fin, y de aquí deriva la ley moral y el ideal de la virtud. Aquí el sujeto actúa reflexionando sobre su conciencia y llegando a una conclusión. En el Islam, la cuestión básica es tener un líder a quien seguir e imitar, que represente a Alláh.
La ética cristiana somete la razón a la fe, es decir, a la obediencia, y llega a conseguir una conducta, que sabe combinar el momento de la reflexión racional con el del entusiasmo de quien se siente instrumento de Dios. Por el contrario, el musulmán, con su actitud fideista, se arriesga al fatalismo de quien demasiado rápido en las situaciones ve la voluntad de Dios, resignándose perezosamente e indolentemente, cuando podría reaccionar, o bien viceversa, se arriesga a convertirse en ingenuo instrumento de impostores y de aprovechadores, creyendo que está haciendo la voluntad de Dios.

Fin de la Primera Parte (1/2)

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 20 de noviembre de 2015

Notas

¹ Denz. 487.
² Denz. 496.
³ Denz. 500.
⁴ Denz. 561-563.
⁵ La teología islámica del siglo XII, por ejemplo la de Avicena, sirvió de estímulo a santo Tomás y al beato Duns Scoto para una visión metafísica de la naturaleza divina.
⁶ Nostra aetate, n.3.
⁷ El Islam en el Medioevo ha tenido grandes filósofos, como Averroes, Al-Gazzali, Avempace, Al-Kindi, Alfarabi, Avicenna. Sin embargo, ninguno ha podido apreciar los dogmas cristianos.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum islamismus mysterium christologicum agnoscat vel neget

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod agnoscat.
1. Quia admittit existentiam unius Dei, creatoris caeli et terrae, quod est veritas fundamentalis fidei christianae. Arguitur quod hic monotheismus est metaphysice exactus et profundus, et ideo sufficiens ad salutem.
2. Praeterea, ostendit reverentiam erga Iesum, quem prophetam et sanctitatis exemplar existimat, et affirmat eum in fine mundi venturum ad faciendam iustitiam. Ponitur quod haec recognitio sufficiat ad eum honorandum sine necessitatibus dogmatum subtilium.
3. Item, dicitur quod islamismus possidet ethicam validam, similem biblicae, quae impellit ad obedientiam et submissionem Deo. Concluditur quod haec ethica, fundata in voluntate divina, est probatio authenticitatis religionis.
4. Denique dicitur quod islamismus per quattuordecim saecula attraxit innumerabiles homines, quod esset signum veritatis et virtutis spiritualis, etiam superiorem fidei christianae in sua vi cohaesionis.

Sed contra est quod dicit Evangelium: “Ego et Pater unum sumus” (Io 10,30). Concilium Nicaenum docet Filium consubstantialem Patri. Concilium Chalcedonense definit unionem hypostaticam naturae humanae cum persona divina Verbi. Apostolus Paulus monet: “Mysterium iniquitatis iam operatur” (2 Th 2,7).

Respondeo dicendum quod islamismus mysterium christologicum non agnoscit, sed negat. Mahometus, perturbatus controversiis byzantinis de voluntatibus Christi, Trinitatem et Incarnationem reiecit, eas fabulas humanas reputans. Explicatio eius ingenua, quod Deus uxorem habere deberet ut Filium generaret, ostendit incomprehensionem dogmatis christiani. Islamismus Iesum ad simplicem prophetam reducit, negans eius consubstantialitatem cum Patre et unionem hypostaticam. Sic figitur in visione incompleta Dei, naturam et personam distinguere nesciens, et in illa negatione obstinata permanet. Quamvis agnoscat attributa divina similia Veteris Testamenti, ad plenitudinem revelationis in Christo non aperitur. Vis islamismi non provenit ex veritate christologica, sed ex ethica obedientiae et submissionis, quae in fanatismum et fatalismum degenerare potest. Ideo islamismus est provocatio permanens christianismo, cui respondendum est claritate doctrinali et testimonio fidei.

Ad primum ergo dicendum quod admittere unum Deum non sufficit, si Trinitas et Incarnatio negantur, quae sunt cor fidei christianae. Monotheismus islamicus est incompletus, quia communionem personarum in unica natura divina non agnoscit.
Ad secundum dicendum quod reverentia erga Iesum ut prophetam non est agnitio eius ut Filii Dei. Negare eius mortem in cruce et divinitatem est negare essentiam christianismi. Veneratio islamica Iesu est apparens, quia eum vera identitate privat.  
Ad tertium dicendum quod ethica islamica, quamvis valida, in obedientia caeca fundatur et in fanatismum labi potest. Ethica christiana vero rationem et fidem, libertatem et obedientiam coniungit, plenitudinem veritatis ostendens. Islamismus periculum habet credentem in instrumentum impostorum convertendi, putantem se voluntatem Dei implere.
Ad quartum dicendum quod successus historicus islamismi non probat eius veritatem, sed mysterium iniquitatis manifestat, quod multos a Christo attrahit. Ecclesia firmiter annuntiare debet solum in Christo plenitudinem salutis esse, et negatio eius divinitatis esse impedimentum insuperabile ad veram fidem.
   
JG

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