martes, 8 de septiembre de 2026

Dios castiga y usa misericordia (3/3)

En esta tercera parte de su artículo, el padre Giovanni Cavalcoli profundiza en la relación entre misericordia y justicia divinas. ¿Puede la misericordia prevalecer sobre la justicia sin anularla? ¿No es ilusorio pensar que Dios perdona siempre y a todos, incluso sin arrepentimiento ni obediencia? ¿Qué significa realmente que se salva quien cree y observa los mandamientos, y no simplemente quien presume estar ya salvado? El texto denuncia el error de confundir gracia con naturaleza, de reducir la misericordia a permisividad y de negar la existencia del infierno. Frente al “misericordismo” moderno, se recuerda que la verdadera misericordia exige penitencia, lucha contra el pecado y fidelidad a la ley divina, y que la justicia eterna de Dios no puede ser abolida por un buenismo engañoso. [En la imagen: detalle de "La creación de Adán", pintura al fresco, 1509-1511, obra de Miguel Angel, conservado en la Capilla Sixtina, Vaticano].

Dios castiga y usa misericordia

Tercera Parte

(Traducción al español de la tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 18 de noviembre de 2015 y republicado el 4 de noviembre de 2016. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/dio-castiga-e-usa-misericordia/)

La misericordia prevalece sobre la justicia

La misericordia y la justicia en Dios, Dios que premia y Dios que castiga, Dios que absuelve y Dios que condena, Dios que perdona y Dios que no perdona, Dios airado y Dios clemente, por más que esto pueda repugnar al moderno buenismo, son atributos o funciones divinas indisolublemente unidas.
Pero son atributos divinos, sin embargo, no como atributos absolutos de la divinidad, independientemente del hombre, como lo son, por ejemplo, la bondad, la eternidad, la infinidad, la inmutabilidad, la omnipotencia, o la providencia, sino sólo existente el actual plan de la salvación, que implica la existencia del pecado. Si no existiera el pecado, no tendríamos ni la remisión, ni la punición de los pecados.
La justicia como virtud cardinal conlleva la voluntad de dar a cada uno lo que le corresponda, según sus derechos, sus méritos y sus necesidades, premiando a los buenos y castigando a los malos, reparando la injusticia. Sería contrario a la justicia premiar a los malos y castigar a los buenos, como dice la Escritura: "Condenar a quien no merece castigo lo consideras incompatible con tu poder" (Sab 12,15).
La misericordia (hebreo: hésed), es la miseri-cordia, la piedad, la atención, la ternura, la compasión y el interesarse por el mísero y el necesitado en el cuerpo y en el espíritu, socorriéndolo y aliviándolo de su miseria, es la prontitud para perdonarlo, el soportar sus defectos, la aceptación de sus disculpas, es el empeño en tratar de consolar y aliviar del sufrimiento, es la oración por las almas del purgatorio.
Es el "no apagar la mecha humeante y no quebrar la caña cascada" (Mt 12,20), recuperar lo recuperable, incluso en las situaciones más desastrosas, encontrar elementos de verdad incluso en las ideologías más erróneas, los lados positivos incluso en los criminales, recursos de vida en los moribundos, momentos de lucidez en los enfermos mentales, un denario perdido en un montón de inmundicia.
La misericordia divina es la voluntad poderosa y eficaz de salvar al hombre del pecado y de sus consecuencias mediante el don de la gracia, que "levanta del polvo al indigente, vuelve a alzar de la inmundicia al pobre, para hacerlo sentar entre los príncipes" (Sal 113,7-8). Es la poderosa acción que lo libera del mal y de las tentaciones contra el bien. Es la inmensa fuerza del amor divino que "levanta sobre alas de águila y hace llegar hasta Dios" (Ex 19,4).
Es la fuerza que reconduce de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del odio al amor, de la desesperación a la esperanza, de la soberbia a la humildad, de la impiedad a la devoción, de la rebelión a la obediencia, de la esclavitud a la libertad.
La misericordia divina sale a nuestro encuentro en dos casos: cuando no tenemos fuerzas para cumplir el bien y cuando estamos arrepentimos de nuestros pecados. Pero si pecamos voluntariamente por malicia, y sobre todo obstinadamente y arrogantemente, no existe ninguna misericordia, sino sólo la condena.
La obra más grande de la divina misericordia es la Encarnación y la Redención, con la cual Dios Padre ha tenido piedad de la miseria, en la cual había caído la humanidad a causa de la culpa original y, en Cristo, nos da la posibilidad de participar en la obra de expiación, reparación y satisfacción cumplida por Cristo ante el Padre.
Dios alterna el castigo con la misericordia, porque a veces el hombre peca y a veces actúa bien. Dios es inmutable en su amor y a todos ofrece su amor. Como dice san Agustín, Dios no abandona a nadie, sino que somos nosotros quienes lo abandonamos al pecar. Si Él castiga, es porque nosotros nos atraemos sus castigados con nuestros pecados. Si Él usa misericordia, es porque Él quiere hacer misericordia (Ex 33,19; Rom 9,15).
A veces, el mismo castigo infligido por Dios a los enemigos y a los opresores es signo de la misericordia hacia los oprimidos y los perseguidos, como repite 26 veces el Salmo 135: "Eterna es su misericordia". Dios ha tenido misericordia de Israel porque ha castigado a los egipcios. Una misericordia que no hace justicia son solo palabras.
San Juan Pablo II perdonó a Alıí Agká; pero esto no impidió que el criminal debiera cumplir su pena en prisión. A veces una gran misericordia puede ahorrarle la pena al pecador arrepentido, como hace el padre en la parábola del hijo pródigo. Pero éste se comporta con mucha lealtad y dignidad invitando a su padre a castigarlo. Cuando hemos pecado, no debemos estar demasiado dispuestos a pedirle a Dios que nos libre de la pena, sino que debemos estar dispuestos a sufrirla. Le corresponderá luego a Él, si así lo cree, ahorrárnosla. Este es el ejemplo de los santos.
La misericordia prevalece sobre la justicia. Como dice la Escritura, Dios es "lento para enojarse y de gran misericordia" (Sal 103,8), es "lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad" (Ex 34,6-9). Dios siempre está dispuesto a ser paciente, a esperar, a tolerar, a conceder gracia y perdón. Pero si ve la obstinación, la desobediencia, la deslealtad, la sordera, la impenitencia, la arrogancia y la soberbia, cambia de estilo y pasa a la severidad y al castigo.
Dios está más inclinado a dar que a exigir, porque conoce nuestra fragilidad. De esta manera nos pide que nos comportemos con el prójimo. Sabiendo que, a causa de nuestra tendencia al pecado, no seríamos capaces ni siquiera de practicar la justicia, nos da su gracia, que no sólo nos vuelve justos, sino también hijos de Dios, capaces de practicar la ley de la caridad.
Del mismo modo, la Iglesia prefiere la misericordia a la severidad, sin embargo sin excluirla del todo, cuando es verdaderamente necesaria. A diferencia de la conducta divina hacia nosotros, que siempre está marcada por infinita sabiduría, la Iglesia, hecha de seres humanos, puede implementar una falsa misericordia, que deja espacio para los malhechores, o a la inversa puede excederse en la severidad, que es falta de caridad.

Se salva quien cree y pone en práctica los mandamientos

No es cierto, como cree Rahner, que Dios no condena a nadie. Como dice clarísimamente Cristo, Dios condena a quien no cree. Y, como dice san Pablo, "no todos tienen fe" (2 Tes 3,2). Lutero, siguiendo aquí a san Pablo, tenía razón al sostener que para salvarse es necesaria la fe. Se equivocaba, sin embargo, al determinar el contenido de la fe, que no es, como él creía, la propia salvación.
Contenido de la fe no es el hecho de la salvación, sino el poderse salvar. Depende de nosotros decir sí o no a la oferta de la salvación. El mensaje o anuncio de la salvación, o sea el contenido de la fe, no está en el indicativo: "todos somos perdonados, hagamos lo que hagamos, bien o mal, a tal punto Dios es bueno, nos ama y no nos abandona", sino que está en el condicional: "somos perdonados por su misericordia, si nos arrepentimos y observamos los mandamientos". Como diciendo que si no los observamos, no nos salvamos en absoluto, sino que estamos condenados.
El "si" en la moral cristiana es importantísimo, porque refleja la dignidad del libre albedrío, aunque debilitado por el pecado y aunque estuviera en conflicto con Dios. No es digno querer salirse con la de uno de cualquier modo, dejando a Cristo solo en la cruz, mientras nosotros seguimos disfrutando de la vida, cuando disponemos de la maravillosa fuerza del libre albedrío, con el cual, bajo la influencia sanadora, liberadora, elevante y santificante de la gracia y de la divina misericordia, merecemos la eterna bienaventuranza.
El hecho de la propia salvación como contenido de la fe, el Concilio de Trento lo ha excluido netamente ¹. Y con mayor razón tal contenido ni siquiera es, como cree Rahner, la salvación de la entera humanidad. Sino que, aunque Dios ofrezca la salvación a todos y todos puedan salvarse, de hecho no todos se salvan, sino sólo los predestinados, sin que sepamos por lo demás quiénes son ni cuántos son aquellos que no se salvan.
Así también el objeto de la esperanza, revelado por la fe, no es, como cree Rahner, que toda la humanidad sea salva, porque Cristo ya nos ha dicho que no todos se salvan. Sino que es para cada uno la esperanza de la propia salvación.
De hecho, yo puedo responder por mí mismo, pero no puedo responder por los demás, dado que cada uno toma sus propias decisiones. Esto no es, como pudiera parecer, egoísmo, porque el esperar en la propia salvación está justificado por el hecho de obrar para la gloria de Dios y para la salvación del prójimo. Yo puedo y debo anunciar a todos el Evangelio, advirtiendo de las consecuencias que encuentra quien lo rechaza, pero no puedo obligar a nadie a aceptarlo.
Además de esto, hay que decir que en verdad el contenido de la fe, en su máxima extensión, no es ni siquiera la salvación de la humanidad, sino la esperanza de cada uno de ver un día el rostro de Dios en la gloria de los bienaventurados en el paraíso del cielo. Como decía santa Catalina de Siena, debemos amar a Dios no por nosotros mismos, sino por Él mismo, porque Él, Bien infinito, es mucho más amable que nosotros mismos, bienes finitos.
Es necesario entonces distinguir al incrédulo del no-creyente. Entrambos no tienen la fe explícita en Cristo. Sin embargo, el incrédulo no quiere creer, no obstante los signos de credibilidad ofrecidos por Cristo. Y por eso peca y es amenazado por Cristo de sufrir la pena eterna.
En cambio, el no-creyente es aquel que en buena fe no conoce el deber de creer en Cristo, no ha llegado todavía a la fe explícita, pero puede poseerla ya al menos in dispositione animi o incoativamente, gracias a su apertura a la verdad. Con ellos, que también pueden ser pecadores, Cristo inicia un diálogo, esforzándose por persuadirlos a creer en Él, ofreciéndoles signos de credibilidad, y a arrepentirse de sus pecados, advirtiéndoles que, si no creen, serán condenados.
A partir del Concilio Vaticano II, el Magisterio pontificio ha devenido muy sobrio al hablar de la pena del infierno, aunque el Evangelio sea clarísimo sobre este punto, junto con toda la milenaria tradición cristiana de los mismos Pontífices, de los Padres, de los Doctores y de los Santos ².

Todos pueden salvarse, pero no todos se salvan

Algunos, como Rahner, han pensado y han convencido a muchos que la exégesis moderna haya dejado en claro que la existencia de condenados en el infierno es una creencia obsoleta y que una fe cristiana moderna sabe que todos se salvan.
Pero esta tesis no ha sido en absoluto aceptada por la Iglesia, la cual -no es de extrañar- sigue enseñando, fiel a su mandato de maestra de la verdad evangélica, la doctrina tradicional, como por ejemplo en el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 1033-1037). Para rebatir esta falsedad, bastaría citar el Concilio de Trento, donde el texto habla de los "predestinados a la salvación" ³, haciendo claramente entender que no todos se encuentran en este estado.
Por lo demás, el Concilio advierte que "aunque Cristo 'haya muerto por todos' (2 Cor 5,15), no todos reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a los cuales es comunicado el mérito de su pasión" ⁴.
Esta convicción de que todos se salvan es consecuencia, en Rahner, de su tesis según la cual todos, siempre y necesariamente, están en gracia. La gracia no se adquiere y no se pierde, porque es constitutiva de la existencia humana. La gracia no anula el pecado. El pecado no anula la gracia, sino que el pecado coexiste con la gracia. Es el luterano "iustus et peccator", que Rahner retoma explícitamente de Lutero.
La idea de que en el infierno no hay nadie es fuertemente de-responsabilizante y quita un freno a los pecados. En cambio, ese sano temor al castigo, que es dictado por el amor de Dios como nuestro sumo Bien, lo encontramos también en los Santos, aunque no sea todavía ese amor perfecto que ama a Dios por Sí mismo.
La tesis de algunos, según los cuales los divorciados vueltos a casar están siempre en un estado de pecado, no impresionaría mucho a Rahner, porque eso para él vale para todo cristiano, el cual, sin embargo, gracias a la "opción fundamental", está simultáneamente también en estado de gracia, cosa que vale naturalmente también para los divorciados vueltos a casar.
La gracia, para Rahner, en efecto, es "una orientación necesaria hacia la realidad de la verdad absoluta" ⁵; es la "ordenación inevitable y obligatoria del hombre al fin sobrenatural" ⁶; "es una determinación de la trascendentalidad del conocimiento y de la libertad del hombre como tal" ⁷; es "la constitución trascendental del hombre, a la que se le da cima existencial permanente a través de aquello que llamamos gracia divinizante en virtud de la auto-comunicación de Dios" ⁸.
La gracia "es siempre inherente a la naturaleza y a la historia del hombre, como su dinámica y su finalización. Es un objeto espiritual a priori" ⁹; "el don de la gracia está inserto inevitablemente y siempre en todo espíritu" ¹⁰; "la comunicación de la gracia es un carácter esencial, permanente e inseparable de la creatura espiritual" ¹¹.
El Evangelio y la tradición del Magisterio de la Iglesia no presentan en absoluto la gracia en estos términos. Por el contrario, para la Iglesia la gracia es una cualidad accidental sobrenatural del alma, una vida divina, sí, necesaria para la salvación, pero no en el sentido de que exista constitutivamente, necesariamente e inevitablemente en nuestro espíritu, como si fuera un dato de naturaleza, intrínseco a la naturaleza, como si la naturaleza estuviera incompleta sin ese dato. La gracia no se confunde con la naturaleza del animal racional, pero la libera del pecado, cura su conducta moral (gratia sanans) y eleva la naturaleza a la filiación divina (gratia elevans).
Ella es la vida divina en lo íntimo del hombre, pero infinitamente por encima del hombre. Rahner la llama de hecho "sobrenatural", pero en él es una mera palabra. En realidad, él confunde la gracia con la naturaleza, diciendo que no se añade a la naturaleza ¹², sino que sería intrínseca a la naturaleza, es una "radicalización" ¹³ de la naturaleza.
La llama "gratuita", salvo para decir luego que es debida y necesaria para el cumplimiento o realización del hombre. Ahora bien, por el contrario, la gracia está en armonía con las aspiraciones del hombre, pero las trasciende infinitamente. Es una posesión del hombre, pero recibida como don de Dios y don confiado al libre albedrío de su poseedor.
La Iglesia nos enseña cómo y con cuáles medios adquirir la gracia, cómo conservarla, cómo custodiarla, cómo hacerla crecer, cómo administrarla, cómo difundirla, cómo hacerla fructificar, cómo defenderla de los peligros, cómo se puede perder por nuestra culpa, cómo recuperarla, si fuera perdida. Nada de todo esto se halla en la teología de Rahner, dado que la gracia es un "a priori" constitutivo, fijo y estructural, que no se adquiere y no se pierde.
La Iglesia, en cambio, partiendo de la enseñanza del divino Maestro y Esposo, siempre nos ha dicho que para obtener la gracia y su aumento, don sublime de la divina misericordia, debemos hacer penitencia por nuestros pecados, orar, darnos a las obras de la justicia, de la caridad y de la misericordia, corregirnos de nuestros vicios y ejercitarnos en las virtudes, combatir contra el pecado, contra Satanás y contra las tentaciones.
No debemos creer, por consiguiente, que la misericordia divina nos alivie y nos perdone de cualquier modo y siempre, aunque permanezcamos perezosamente y cómodamente apegados al pecado y renunciemos a la lucha y al sacrificio. Ciertamente, la misericordia divina siempre nos espera y está siempre dispuesta a venir a nosotros, pero a condición de que nosotros respondamos y hagamos lo que está en nosotros, por débiles que seamos.
No sería de personas sinceras, serias y leales, sino comportamiento mezquino, de parásitos y de inconscientes, confiar en la divina misericordia a la ciega o negligentemente, ​​como sostiene neciamente Rahner, sin saber con certeza cuáles son nuestros pecados y sin una diligente indagación de los mismos, a fin de hacer de ellos una enmienda adecuada.
Para nada, en absoluto. Por el contrario, debemos tener sólidas, meditadas y fundadas razones para tener confianza en la misericordia, siguiendo el ejemplo de los Santos, dándonos a una diligente, premurosa y continua enmienda de nuestras culpas. Confiar en Dios, sin estas condiciones no nos atrae sus bendiciones, sino que sólo suscita su ira, como contra siervos hipócritas y perezosos.
Es aquí donde Lutero se ha equivocado y se equivoca Rahner al seguir a Lutero. Es verdad que el arrepentimiento y las buenas obras son efectos de la gracia y de la misericordia, pero sigue siendo siempre verdad que, si no obedecemos la ley divina, no nos salvamos y no obtenemos ninguna misericordia. Debemos hacer nuestra parte y eso depende de nuestras elecciones.
En nuestra vida moral puede ocurrir en ciertos casos, sobre todo para sucesos de un lejano pasado, que no sepamos si hemos hecho bien o hecho mal, si tenemos o no tenemos culpa. En estos casos, suponiendo que se haya realizado una indagación, que sin embargo nos deja en la incertidumbre, sería nocivo insistir atormentando inútilmente la conciencia. En este caso es cosa sabia volver a ponernos en las manos de la misericordia divina.
Pero sería una gravísima impostura, peligrosísima para la salvación, creer con Rahner y al fin de cuentas con Lutero, que tal sea siempre el caso y que no podamos nunca tener la certeza del valor moral de nuestras acciones realizadas, hayan sido buenas o malas. Todo por un astuto y desleal recurso a la divina misericordia. De tal modo no podremos nunca acusarnos de nada, pero ni siquiera tendremos el consuelo de haberlo hecho bien. Una vida a la vez de presuntuosos y de desesperados. Viene a la mente la inanis fiducia haereticorum, de la cual habla el Concilio de Trento ¹⁴.
Por lo tanto, prestemos atención a nuestra correcta relación con Dios. Tratemos de mantener una posición de sabio equilibrio entre una actitud rigorista de excesivo escrúpulo, que estaba más difundida en los tiempos del preconcilio, y una actitud de irresponsable ligereza buenista y laxista, más característica de los tiempos actuales.
El hecho de que Dios sea en última instancia nuestro Juez y de que a Él debamos encomendarnos con confianza, no nos exime del deber y de la responsabilidad de reconocer y confesar nuestros pecados y de hacer penitencia, como nos advierte una vez más el Concilio de Trento ¹⁵.
Quiera el Señor en la inminencia del Año de la Misericordia, que confesores y penitentes mejoren la práctica del sacramento de la penitencia, en obediencia al Magisterio de la Iglesia y siguiendo el ejemplo de los Santos, rechazando absolutamente los errores de Rahner.
No es verdad que todos seamos buenos y que Dios no castiga a nadie. Es necesario cultivar el santo temor de Dios, vigilar por nosotros mismos, tener los ojos abiertos, defendernos y defender de los malvados, y hacer respetar la justicia. Pero no por esto estamos autorizados a renunciar a las conquistas de la espiritualidad del Concilio Vaticano II, inspirada en la dorada máxima "probadlo todo; quedaos con lo que es bueno" (I1 Tes 5,21).

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze 10 de noviembre de 2015

Notas

¹ Sess.VI – Decretum de iustificatione, cap.9, Denz. 1533-1534.
² Cf. mi libro L’inferno esiste. La verità negata, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2010.
³ Sess.VI - Decretum de iustificatione, cap.12, Denz.1540-1541.
 Sess.VI – Decretum de iustificatione, cap.3, Denz.1523.
Nuovi saggi, III, Edizioni Paoline, Roma 1969, pp.58-59.
 Saggi di antropologia soprannaturale, Edizioni Paoline, 1969, p.68.
 Sacramentum mundi, vol.VIII, en la voz “Teologia trascendentale”.
 Anotaciones sobre el concepto de Revelación, en J.Ratzinger-K.Rahner, Rivelazione e Tradizione, Morcelliana, Brescia 1970, p.14.
 Nuovi saggi, V, Edizioni Paoline, Roma 1975, p.689.
¹⁰ Annotazioni, op.cit., ibid.
¹¹ Corso fondamentale, op.cit., p.174.
¹² Teologia dell’esperienza dello Spirito, Edizioni Paoline, Roma 1978, p.719.
¹³ Sacramentum Mundi, vol.VIII, en la voz "Teologia trascendentale".
¹⁴ Sess. VI – Decretum de iustificatione, cap.9. Denz.1533-1534.
¹⁵ Sess.VI – Decretum de iustificatione, cap.16, Denz.1549.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum misericordia divina praevaleat super iustitiam eam abolendo vel conservando

Ad hoc sic procediturVidetur quod misericordia divina praevaleat super iustitiam eam abolendo.
1. Quia Deus tardus est ad iram et magnus in misericordia, semper paratus ad ignoscendum et gratiam largiendum. Ergo videtur quod misericordia iustitiam tollat et poena locum non habeat.
2. Praeterea, si Deus est amor, non potest aliquem damnare. Misericordia infinita videtur esse incompatibilis cum poena aeterna, et ideo iustitia aboleretur.
3. Item, si gratia est constitutiva naturae humanae, tunc numquam amittitur, etiam in praesentia peccati. Ergo iustitia officium non haberet, quia homo semper esset in gratia.
4. Denique, multi tenent quod omnes salvantur, quia Deus neminem deserit. Ergo misericordia praevalet super iustitiam usque ad eius abolitionem.

Sed contra est quod Scriptura docet: qui non credit condemnabitur. Psalmista proclamat quod Deus ignoscit, sed etiam punit. Concilium Tridentinum damnat inanem fiduciam in misericordia sine paenitentia. Patres urgent quod misericordia sine iustitia sunt tantum verba. Sanctus Augustinus docet quod Deus neminem deserit, sed nos ipsi eum deserimus peccando.

Respondeo dicendum quod misericordia divina praevalet super iustitiam, sed eam non abolit. Utraque inseparabiliter coniunguntur in consilio salutis. Misericordia est voluntas potens salvandi hominem a peccato per gratiam, sed si homo peccat voluntarie cum malitia et obstinatione, nulla est misericordia, sed sola damnatio. Maxima operatio misericordiae est Incarnatio et Redemptio, quibus Pater misertus est miseriae humani generis et in Christo dat nobis facultatem participandi expiationem. Deus alternat poenam et misericordiam secundum opera nostra, et interdum ipsa poena est signum misericordiae erga oppressos. Misericordia divina requirit paenitentiam et obedientiam mandatorum; non est permissivitas nec caeca indulgentia. Omnes possunt salvari, sed non omnes salvantur, quia pendet ex libera hominis responsione. Gratia non est constitutiva naturae, sed donum supernaturale quod acquiritur, servatur vel amittitur secundum electiones nostras. Vera misericordia manifestatur in remissione oblata peccatori paenitenti, sed etiam in iustitia quae punit obstinatum.

Ad primum dicendum quod Deus magnus est in misericordia, sed misericordia eius includit iustitiam. Semper ignoscere sine punitione esset iniustum et contrarium Scripturae, quae ostendit Deum puniendo Aegyptios liberasse Israel.
Ad secundum dicendum quod Deus est amor, sed amor eius includit damnationem eorum qui fidem respuunt. Misericordia infinita poenam aeternam non tollit, sed praesupponit ut manifestationem iustitiae.
Ad tertium dicendum quod gratia non est constitutiva naturae, sed donum supernaturale. Potest amitti per peccatum mortale et recuperari per paenitentiam. Confundere gratiam et naturam inducit illusionem quod numquam amittatur, quod contradicit doctrinae Ecclesiae et neutralizat responsabilitatem moralem.
Ad quartum dicendum quod, quamvis Deus salutem omnibus offerat, non omnes salvantur. Fides et obedientia sunt condiciones necessariae. Idea quod omnes salvantur est de‑responsabilizans et periculosa, quia tollit sanctum timorem Dei et pugnam contra peccatum. Vera misericordia requirit paenitentiam, conversionem et fidelitatem legi divinae, nec potest converti in callidum et infidelem refugium ad excusandum peccatum.
   
JG

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