jueves, 13 de agosto de 2026

Amor y dolor. Algo más sobre el cardenal Cantalamessa

¿Es el sufrimiento algo bueno en sí mismo, o debe entenderse siempre en relación con el pecado y la justicia divina? ¿No se corre el riesgo de presentar un Dios que disfruta haciéndonos sufrir si se olvida el vínculo entre dolor y castigo? ¿Puede hablarse de misericordia sin la base previa de la justicia? ¿Qué imagen de Dios transmitimos cuando reducimos su bondad a un sentimentalismo vacío? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli analiza críticamente la homilía del padre Cantalamessa y las interpretaciones contemporáneas del dolor, recordando que sólo la conjunción de justicia y misericordia, iluminada por la Cruz de Cristo, permite comprender el misterio del sufrimiento sin caer en caricaturas blasfemas de la divinidad. [En la imagen: fragmento de "El Gólgota", óleo sobre lienzo, 1883, obra de Mihály Munkácsy, perteneciente a la colección del Déri Museum, Debrecen, Hungría].

Amor y dolor. Algo más sobre el padre Cantalamessa

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 4 de mayo de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/amore-e-dolore-ancora-su-padre-cantalamessa-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

La reciente discusión desarrollada en los medios acerca de la cuestión de los castigos divinos pone en juego una enorme riqueza de temas que nos afectan a todos de cerca y sobre todo constituyen un desafío y una invitación para los católicos a manifestar nuestras convicciones como hombres y como creyentes con espíritu de servicio, con modestia pero también con coraje, en absoluta fidelidad, sobre temas de tal importancia, al sagrado depósito de la fe católica, tal como resulta de las enseñanzas de la Escritura y de la Tradición, en la interpretación del Magisterio de la Iglesia, que hoy encuentra expresión autorizada y oficial en el Catecismo de la Iglesia Católica y, en particular, en los documentos recientes del Magisterio pontificio.
A tal respecto, consiéntaseme volver de nuevo sobre la homilía del padre Cantalamessa que ha pronunciado el pasado Viernes Santo, para sugerir ulteriores consideraciones que pienso son útiles al lector, todas para ser entendidas no por obstinación polémica, sino simplemente para aclarar conceptos, cuya veracidad y credibilidad desde el punto de vista de la doctrina de la fe cualquiera puede verificar haciendo referencia a los textos oficiales, con lo cual no excluyo naturalmente mi falibilidad en la interpretación de los mismos textos, por lo cual pido al lector anticipadamente que en tal caso me disculpe, y estoy dispuesto a revisar mis concepciones.
Quisiera concentrar la atención sólo sobre este pasaje central del discurso del padre Cantalamessa2: "No se puede decir que 'la pregunta de Job todavía permanece sin respuesta', o que tampoco la fe cristiana tiene una respuesta que dar al dolor humano, si de entrada se rechaza la respuesta que ésta dice tener. ¿Cómo se hace para demostrar a alguien que una cierta bebida no contiene veneno? ¡Se bebe de ella antes que él, delante de él! Así ha hecho Dios con los hombres. Él bebió el cáliz amargo de la pasión. No puede estar por tanto envenenado el dolor humano, no puede ser sólo negatividad, pérdida, absurdo, si Dios mismo ha decidido saborearlo. En el fondo del cáliz debe haber una perla".
La observación que debo hacer es que al decir que el simple hecho de afirmar que el cristianismo nos enseña que el sufrimiento es algo bueno porque Dios lo ha hecho suyo, negando -como lo hace el padre Cantalamessa en otra parte de su discurso- que las desgracias pueden ser castigos de Dios, ¿no nos conduce acaso a concebir el sufrimiento como algo separado del pecado y como algo divino?
Por supuesto, como cristianos, cuando Dios nos manda un sufrimiento, decimos que nos ama. Pero si no precisamos que el sufrimiento tiene un vínculo con la justicia antes que tenerlo con el amor, ¿no corremos el riesgo de llegar a la aterradora conclusión de que amar significa hacer sufrir? Pero entonces, ¿adónde va a terminar la bondad de Dios? ¿No venimos a decir que el pecado no tiene consecuencias y que el sufrimiento viene de Dios?
Notamos entonces que una manera incorrecta de presentar la bondad de Dios obtiene el efecto exactamente contrario de concebir a un Dios que disfruta haciéndonos sufrir al hacernos entender que el sufrimiento es algo "bueno". A tal punto de necedad llega hoy el fideísmo buenista, por el cual el Dios "bueno" es el Dios que no castiga, porque el castigar es maldad, injusticia y falta de misericordia, olvidando que si Dios no hace misericordia, eso no depende de Él -infinita Misericordia-, sino de la impenitencia del pecador, el cual por tanto permanece bajo el peso del justo castigo divino.
Esta visión equivocada de la bondad de Dios, que lamentablemente puede desprenderse de las palabras expresadas por el ilustre Predicador franciscano, encaja bien con las otras necedades pronunciadas recientemente por Massimo Cacciari en un debate público, cuando, en presencia de un obispo complaciente del que no da el nombre, ha resucitado con ese tono oracular que lo caracteriza la antigua herejía de Marción, quien veía en el Antiguo Testamento un Dios de "justicia" a rechazar (con lo cual, por otra parte, ofende así también al Pueblo de la Antigua Alianza), mientras que en el Nuevo Testamento nos quedaría solo el Dios cristiano de la "misericordia", todo dulzura, perdón y ternura, salvo para luego permitir los diversos tsunamis y las masacres stalinistas o el exterminio de los judíos.
Estamos completamente descaminados y yo me pregunto por qué motivo un cualquier Massimo Cacciari debería establecer en última instancia la doctrina católica por encima y en contra de cuanto la Iglesia ha estado enseñando durante dos mil años.
En cambio, debemos recordar, como han hecho siempre todos los grandes apóstoles y evangelizadores, obispos, teólogos o predicadores, que la doctrina católica, en sus aspectos más paradojales, debe ser propuesta con sabiduría y con esas mediaciones racionales que ella misma nos ofrece, para no obtener resultados opuestos a aquellos que ella espera, es decir, la aceptación por parte del hombre racional.
Ahora bien, la concepción católica del dolor es precisamente uno de esos temas que más que otros -dada su delicadeza-, para poder ser aceptado por los hombres de buena voluntad, tiene necesidad de ser introducido y explicado con la temática de la justicia, valor éste proporcionado también para la mente sana del no creyente. Lo que conduce inevitablemente al concepto de "castigo divino". De hecho, la justicia quiere que el pecado sea castigado.
Si yo no doy muestra al evangelizando de mi amor por la justicia -premios y castigos debidos a la libre elección de la creatura- e inmediatamente le arrojo en la cara el sagrado Misterio de la Cruz, muestro ser un despreciador de la Cruz y un irresponsable que acaba por perturbar la buena voluntad de quien está frente a mí, y llevarlo a blasfemar contra Dios.
Es la justicia humana la que es falible, no ciertamente la justicia divina. Y si Dios permite los errores de la justicia humana, también estos padecimientos de quienes son víctimas de ellos deben en todo caso remontarse, si no a culpas personales, en todo caso a las consecuencias del pecado original.
Es cierto que también la doctrina del pecado original es de fe, pero incluso los sabios paganos de oriente y occidente habían entendido, sin embargo, que las desgracias de esta vida no pueden ser atribuidas a la divinidad, sino que deben ser la consecuencia de una caída originaria de la humanidad desde un estado inicial de perfección y felicidad, mientras que es competencia de la divinidad, justa y clemente, la de purificarnos y ayudarnos a volver a la felicidad originaria.
Si esto lo habían entendido los paganos, nosotros, después de dos mil años de cristianismo (y nosotros, los teólogos del postconcilio) ¿queremos volver a un estado bárbaro precedente al de estos mismos sabios? La misma doctrina de la reencarnación y en particular del karma, aunque incorrecta en relación con el origen del individuo, tiene algo de verdad rastreando las desgracias hasta la precedente existencia de la especie humana.
En realidad, la enseñanza de la Escritura y de la Iglesia acerca del sufrimiento es mucho más amplia y esclarecedora que la sola doctrina, aunque fundamental, según la cual Dios hace sufrir a los que ama. Si nos detenemos en esto y no vemos que el mal es consecuencia del pecado, surge un Dios injusto con un rostro monstruoso, mientras que el pecador parece no ser responsable del sufrimiento que padece.
El buen teólogo o predicador, especialmente si es confesor o guía de almas, debe conocer a la perfección toda la sutil y delicada trama conceptual de la doctrina católica acerca del sufrimiento, y proponerla con gradualidad, suma caridad y prudencia -esto quiere decir ser el buen samaritano-, así como un hábil cirujano conoce a la perfección todas las operaciones que debe cumplir para curar al enfermo, y no debe caminar como un elefante en una cristalería ni hacer alarde de su dialéctica para demostrar lo bueno que es o refugiarse en el "misterio" para ocultar su ignorancia de la teología.
Es necesario, por lo tanto, recordar que el concebir la pena como castigo del pecado responde a un normal, instintivo y universal sentido de justicia que es patrimonio también de los no creyentes honestos, y por esto no debe escandalizar en absoluto la idea de un Dios que castiga o la idea de la desgracia como castigo del pecado. En efecto, el castigo no es iniquidad, sino que es justicia, y Dios es sumamente justo.
Indudablemente, el cristianismo no se detiene ahí, sino que parte de aquí y no puede ignorar esta implementación elemental de la divina justicia. Que ella luego venga superada por la misericordia, por el amor y por el perdón, es cierto: pero este hecho estupendo y misterioso sería imposible y no tendría sentido, de hecho tendría el rostro de la trágica burla, si no se produjera en el presupuesto de la realización de la justicia divina con la obra anexa de la Redención de Cristo, a la que también nosotros en Cristo estamos llamados.
Dios, a raíz del pecado original, podría, si lo hubiera querido, perdonar a toda la humanidad instantáneamente. Si no lo ha hecho, es porque ha querido dar curso a su justicia, para luego dar modo al hombre, en Cristo, de reparar el mal hecho e incluso devenir hijo de Dios.
Por otra parte, cabe señalar que el amor como tal no está de por sí en absoluto unido al sufrimiento. El amor no hace sufrir, sino que más bien sufre por la persona amada. Y también este sufrir por la persona amada no es esencial para el amor, sino que supone situaciones de emergencia que requieren la renuncia o el sacrificio por la persona amada. En el paraíso celestial, donde está la perfección del amor, no existe ningún sufrimiento.
Por esto Dios, que es Amor infinito, beatísimo, benevolísimo y subsistente, no sufre en absoluto. Ha sufrido ciertamente Jesús, pero como hombre, para expiar nuestras culpas. Por eso Él dice que no hay amor más grande que dar la propia vida por los amigos. Pero es el hombre Jesús quien se ha sacrificado por nosotros, no su divinidad, cosa absolutamente privada de sentido y de hecho blasfema. La divinidad, precisamente por su impasibilidad y poder benéfico, da en cambio significado y fuerza expiatoria y salvífica a los sufrimientos de Cristo y en Él a los nuestros.
El amor sufriente siguiendo el ejemplo de Cristo, el Inocente que no merece el castigo y sin embargo carga sobre sus espaldas los castigos por nosotros merecidos, para obtenernos perdón y salvación, esta concepción sublime del amor es sin embargo una noción revelada y sobrenatural, que supone y no destruye la normal y natural noción del amor, que de por sí está ligada sólo al bien y a la alegría pero no en absoluto al dolor o a la desgracia.
Por otra parte, ya a nivel natural y racional, el amor no puede ignorar la justicia, que implica el castigo del pecador y el premio al virtuoso. Pero también la justicia se funda en el amor y en la bondad. Perder estas nociones fundamentales de la sabiduría natural de todos los pueblos en nombre de una concepción morbosa y malsana del amor que se hace pasar por cristiana es la mejor manera de descalificar el cristianismo a los ojos de las personas honestas y psíquicamente normales.
La impresionante, irracional y descompuesta agitación de polémicas, blasfemias e insultos que ha ocurrido a continuación de la ya famosa intervención del valiente y sabio profesor Roberto de Mattei, con la escandalosa suma de ataques contra él incluso desde el mundo católico, sin la intervención de significativas refutaciones por parte de los ambientes del episcopado, demuestra el estado de gravísima crisis de fe en la cual se debate hoy el mundo católico, sin que de tal crisis parece que nos demos cuenta, llenándose la boca de palabras como "evangelización", "diálogo", "misión", "testimonio", "solidaridad", "justicia y paz", "renovación conciliar", cuando luego, a la prueba de los hechos, emergen espantosas lagunas o burda y altiva ignorancia de los valores fundamentales del cristianismo.
Comencemos por arreglar las cosas en nuestra casa y después podremos tener cara para presentarnos al mundo con un mínimo de dignidad y de credibilidad, sin adulaciones, sin oportunistas acomodamientos y sin miedo, si no queremos hacer del cristianismo el hazmerreir de las personas inteligentes y la caja de resonancia del fracaso del hombre.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 3 de mayo de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum dolor sit immediate signum amoris Dei

Ad hoc sic procediturVidetur quod dolor sit immediate signum amoris Dei.
1. Quia dicitur quod Deus ipse calicem amarum passionis bibit, et ideo dolor non potest esse negativitas, sed debet continere bonum occultum. Hoc videtur validum, quia fides christiana docet Christum dolores nostros portasse et in Ipso dolorem fieri viam salutis.
2. Praeterea, dicitur quod dolor est probatio quod Deus nos amat, quia nos participes crucis Christi facit. Hoc videtur probabile, quia Scriptura affirmat Dominum corripere quem amat et dolorem posse esse occasionem unionis cum Christo.
3. Item, asseritur quod negare indolem amatoriam doloris esset reducere fidem ad visionem rationalisticam, quae fideles consolari non valet. Hoc videtur firmum, quia multi fideles indigent videre in suis poenis signum bonitatis divinae.
4. Denique dicitur quod loqui de poena divina scandalizat et misericordiae contradicit, et ideo melius est praesentare dolorem ut purum amorem Dei. Hoc videtur rationabile, quia praedicatio debet ostendere Dei teneritudinem et non severum vultum qui homines abigat.

Sed contra est quod Scriptura dicit: “Perditio tua, Israel”, ostendens malum ex peccato hominis provenire. Praeterea, sanctus Thomas docet peccatum originale totam humanitatem afficere et poenas huius vitae esse consequentias illius peccati. Sanctus Leo Magnus affirmat divinitatem esse impassibilem, ita ut dolor Deo ut tali attribui non possit. Magisterium etiam commemorat misericordiam iustitiam non destruere, sed eam praesupponere.

Respondeo dicendum quod dolor non est immediate signum amoris Dei, sed consequentia peccati et obiectum iustitiae divinae. Amor Dei non consistit in hoc quod nos pati faciat, sed in hoc quod nobis in Christo offert facultatem dolorem in expiationem et salutem transformandi. Si dolor ut bonum in se praesentatur, periculum est concipiendi Deum qui delectatur nos pati facere, quod est blasphemum. Dolor intelligendus est in relatione ad iustitiam: peccatum poenam exigit, et Deus adversitates permittit ut consequentias peccati originalis. Sed in Christo, Innocente qui poenas pro nobis meritas portat, misericordia poenam in redemptionem convertit. Ergo solum coniuncta consideratione iustitiae et misericordiae mysterium doloris comprehenditur et vitantur caricaturae Dei iniusti vel crudelis.

Ad primum dicendum quod factum quod Christus calicem bibit non significat dolorem bonum esse in se, sed quod Deus eum ut instrumentum salutis usus est.
Ad secundum dicendum quod dolor potest esse occasio unionis cum Christo, sed non est immediate signum amoris divini, sed consequentia peccati originalis; misericordia tamen eum in redemptionem convertit.
Ad tertium dicendum prolixius quod vera consolatio non est in attribuendo dolorem Deo, sed in ostendendo quod Deus, impassibilis existens, dat virtutem et sensum doloribus nostris in Christo, vitando imaginem Dei qui nos illudit.
Ad quartum dicendum cum maiori subtilitate quod loqui de poena divina misericordiae non contradicit, sed eam praesupponit: misericordia iustitiam superat, sed non destruit. Negare poenam est negare iustitiam, et sine iustitia misericordia fit ludibrium. Ideo praedicatio debet primo iustitiam et postea misericordiam proponere, ut homo rationalis mysterium crucis sine scandalo nec blasphemia accipere possit.
   
JG

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