¿En qué consiste la gracia singular que Juan recibió desde el seno materno? ¿No es sorprendente que Cristo lo declare el mayor entre los nacidos de mujer y, sin embargo, menor en el Reino de los cielos? Esta segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli explora la acción del Espíritu Santo en Juan, su misión como Precursor y su papel universal en la preparación del encuentro de todo hombre con Cristo. Se muestra cómo Juan es paradigma de la relación entre conservación y progreso, entre la fidelidad a lo antiguo y la apertura a lo nuevo. ¿No es precisamente este dinamismo espiritual el que hoy necesita la Iglesia para superar la falsa oposición entre tradición y progreso? El texto invita a contemplar a Juan como patrono de la renovación conciliar y guía de la humanidad hacia la plenitud de la gracia en Cristo. [En la imagen: fragmento de "La degollación de san Juan Bautista", óleo sobre lienzo, hacia 1635, obra de Massimo Stanzione, conservado y expuesto en el Museo Nacional del Prado, Madrid].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 29 de agosto de 2026
La grandeza de Juan el Bautista (2/2)
La grandeza de Juan el Bautista
Segunda Parte
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 7 de julio de 2021. Artículo original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-grandezza-di-giovanni-il-battista.html)
La gracia excelentísima recibida por Juan
Para estar habilitado al cumplimiento de esta altísima misión, Juan fue dotado por Dios de una altísima santidad, que lo coloca inmediatamente por debajo de la de Nuestra Señora y por encima de la de todos los otros Santos, seguida solo por la de San José, cabeza de la Sagrada Familia y Custodio de la Iglesia.
Pero la santidad de Juan es superior a la de San José, porque mientras éste, aunque el mismo Evangelio lo califica como un hombre "justo", y aunque ciertamente se haya beneficiado de la compañía santísima de Jesús y María, ha debido ser purificado de la culpa original en virtud de un bautismo de deseo y ha debido sentir las consecuencias del pecado original, Juan ha sido purificado de la culpa original en el vientre de su madre por la gracia del Espíritu Santo, que lo volvió cercanísimo a la santidad de Nuestra Señora.
La gracia que Juan recibió no le servía sólo para vencer la concupiscencia, como tampoco servía a Jesús y a María, siendo libres de las consecuencias del pecado original, sino que le servía para el perfecto ejercicio de todas las virtudes naturales, como en María, mientras que en lo que respecta a las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad, Juan desde el seno materno había tenido milagrosamente la visión de fe del misterio de Cristo, a diferencia de la Virgen, quien empezó a creer en su Hijo en el momento de la Anunciación.
Por eso la abstinencia sexual de Juan, sin tener las mismas motivaciones que las de Jesús y María, del todo exentos ellos del estímulo de la concupiscencia, debía suponer en todo caso una victoria plenísima sobre ella, para distinguirse de la abstinencia ascética del común de los fieles, motivada por una mayor necesidad de espiritualidad en la lucha contra la concupiscencia. Así, el motivo de la abstinencia de Jesús, María y, en grado inferior, de Juan, fue su intimísima cercanía a Dios, purísimo Espíritu asexuado, Jesús en virtud de la unión hipostática, María en virtud de la inmaculada concepción, Juan en virtud de la plenitud del Espíritu Santo desde el seno materno.
Su especialísima misión de mediadores de Dios, Jesús como Hijo de Dios, María como Madre de Dios, Juan como Precursor de Cristo, no podía implicar el ejercicio del sexo en la formación de una propia familia, sino que debía implicar una excelsa aparición de lo divino en lo humano según aquellas modalidades que han sido propias de Jesús, de María y de Juan.
¿Qué gracia ha recibido Juan? ¿La gracia de la filiación en Cristo? No, porque Jesús afirma la pertenencia de Juan todavía al régimen de la Antigua Alianza, aunque él ya vaya más allá, hacia la Nueva, que corresponde a la condición de hijos de Dios. Por eso Cristo afirma que quien pertenece al régimen de la Nueva Alianza es más grande que Juan, no más grande en términos de santidad personal, porque en esto Juan es el más grande de todos, sino más grande porque se encuentra en un estado de vida superior: aquel de los hijos de Dios. Lo que quiere decir que Juan en vida no recibió la gracia de la adopción como hijo, aunque ahora en el cielo goce de la visión beatífica, que es la recompensa prometida a los hijos de Dios.
Y de hecho el Corán nutre admiración y veneración por Juan precisamente por su condición de profeta, que no implica esa filiación divina, que es anunciada por Cristo y que el Corán juzga imposible y blasfema, considerando impío el pensar que un hombre pueda ser hijo de Dios e imposible que Dios tenga hijos. En cambio, los musulmanes veneran a Juan porque anuncia un profeta más grande que él. Excepto que este profeta, según los musulmanes, no es Cristo, sino que es Mahoma.
Aunque probablemente, a diferencia de María, no haya estado exento del pecado venial, Juan fue purificado en el seno materno como para ser llenado del Espíritu Santo, que lo iluminó acerca del misterio de la Encarnación y de la Redención, de modo similar, si bien inferior, a como fue iluminada la misma humanidad de Cristo mismo y por eso Juan supo milagrosamente reconocerlo mientras aún estaba en el vientre de su madre y Jesús estaba en su vientre de la suya.
El Espíritu Santo santifica a Juan y desciende sobre Cristo
Es necesario distinguir la acción del Espíritu Santo enviado por el Padre en el alma de Juan, de la acción del Espíritu Santo enviado por Cristo sobre el cristiano y sobre la Iglesia. La acción del Espíritu Santo que desciende sobre Cristo al momento de su bautismo administrado por Juan consigue y sobrepasa la acción del Espíritu Santo operante en Juan desde el seno materno. Esta acción del Espíritu Santo prepara el descenso del mismo Espíritu sobre Cristo al momento de su bautismo. Cuando Cristo haya completado su obra en la tierra, he aquí un nuevo envío del Espíritu Santo: esta vez el Espíritu enviado por Cristo a la Iglesia y al corazón del cristiano.
En la santificación de Juan en el vientre de su madre, se trata de la acción del Espíritu que procede del Padre; Él procede del Padre incluso cuando desciende sobre el Hijo en su bautismo. En cambio, para la santificación de la Iglesia y del cristiano obra el Espíritu que procede del Hijo. Este es el Espíritu que conduce al Padre.
La condición de Juan habitado por el Espíritu, aunque en sí misma excelentísima, tanto que Cristo lo considera el más grande entre los nacidos de mujer, es sin embargo inferior a la condición del cristiano hijo de Dios habitado por el Espíritu Santo enviado por Cristo en Pentecostés a la Iglesia. En este sentido, Cristo dice que Juan es "mínimo", "el menor", en el reino de los cielos, es decir, en el régimen de la Nueva Alianza.
Desde este punto de vista, la condición espiritual de Juan es inferior a la del cristiano. En efecto, el cristiano está habitado por el Espíritu de Cristo y movido por el Espíritu que ha recibido de Cristo en el bautismo. En cambio, Juan está movido únicamente por el Espíritu del Padre y prepara, con el bautismo de agua, el bautismo del Espíritu de Cristo.
El plan divino de la salvación ha previsto que el hombre, al iniciar el camino de la salvación, no debía encontrarse inmediatamente con Cristo, sino que este encuentro fuera preparado por Juan. Y esto no es válido solo para la generación de aquellos que han vivido en el tiempo de Juan, sino que vale para todo hombre destinado a la salvación.
Así como para llegar a Cristo se debe pasar por María, también se debe pasar por Juan, porque él no sólo ha desempeñado un rol histórico de introducción al encuentro con el Cristo histórico, sino que también desempeña una misión universal en el encuentro de todo hombre con Cristo. De ello proviene la grandeza de este Santo excelente entre todos e inferior sólo a Nuestra Señora.
¿Y por qué motivo Juan es un pasaje obligado? Porque el hombre, así como de hecho viene al mundo, se encuentra existiendo en una condición de espíritu consecuente al pecado original, por la cual él, aunque creado para encontrar en Dios su felicidad es sordo a los reclamos del espíritu, ciego a las verdades de las cosas espirituales, esclavo de las pasiones, inclinado al pecado, frágil y voluble en la voluntad, débil en el razonar, instigado por el demonio a rebelarse contra Dios.
Por eso la venida de Cristo no solo ha sido preparada por Juan, sino por todo el Antiguo Testamento y es preparada por todas las religiones naturales, las cuales sin embargo necesitan ser liberadas de esos defectos y de esas supersticiones, que les impiden acercar al hombre a Dios.
Pues bien, entonces Dios ha querido dotar a Juan de una extraordinaria y ejemplar capacidad para sacudir la conciencia humana adormecida por el pecado, para despertar a los que duermen, para excitar a los perezosos, para atemorizar a los atrevidos, para iluminar a los ciegos, para inducir al arrepentimiento, a la conversión y a la penitencia, en la esperanza de obtener el perdón divino y en la voluntad de reformar la propia vida. Fue así como las almas pecadoras pero honestas fueron sacudidas y convertidas por la predicación de Juan, mientras que aquellos que se consideraban justos y despreciaban a los pecadores, permanecieron cerrados en su orgullo, sordos a las palabras del Bautista y por lo tanto impulsados a la perdición.
Juan es el paradigma de la relación conservación-progreso
Antiguo y Nuevo Testamento no son dos categorías teológicas que conciernen solo a Israel, sino a la entera humanidad. Todo hombre, para llegar a Dios, debe saber conjugar fidelidad y novedad, debe saber pasar del momento del deber al del amor, del momento de la Ley, que representa lo humano, al momento de la Gracia, que representa lo divino, como se expresa Juan Evangelista: "La ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo" (Jn 1,17).
Todo hombre comienza su camino hacia Dios reconociendo con la razón su existencia por medio de las obras por Él realizadas, toma conciencia de su pecaminosidad y de su separación de Dios a causa de sus pecados, experimenta el castigo divino, se arrepiente, le ofrece sacrificios de expiación, le obedece como a su Creador y Señor.
Pero no se contenta con eso: habiendo obtenido el perdón divino y habiendo cumplido la expiación, habiendo cumplido con las obligaciones de la ley, el hombre siente la necesidad de entrar en intimidad con Dios, de modo similar a como el varón desea entrar en intimidad con su mujer. Desea ver su Rostro y gozar de su inmensa bondad.
Lo que quiere decir que cuando el hombre tiene la antes mencionada reverencia hacia Dios, el temor de su inmensa Majestad y le obedece como a Legislador y Señor de su vida, Dios, que ya lo había movido a esta devoción con su gracia perdonadora, le acrecienta el amor por Él y la vida de gracia revelándole en Cristo el misterio amabilísimo de su divina esencia trinitaria y elevándolo a la condición de hijo de Dios, heredero de la vida eterna.
Pues bien, Juan es la guía para todo hombre desde la incredulidad hacia la fe en Dios y desde la fe en Dios hacia la fe en Cristo. Él estimula a lo nuevo a quien se instala en lo viejo y recuerda la necesidad de permanecer fiel a lo viejo si se desea verdaderamente lo nuevo, porque lo nuevo no es negación sino desarrollo de lo antiguo.
El pasaje de lo antiguo a lo nuevo es una ley esencial del espíritu; nosotros estamos siempre tentados o por la rigidez, que nos bloquea en el pasado con el pretexto de la fidelidad a lo inmutable; o por la infidelidad y por la traición, con el pretexto de la acogida de lo nuevo.
Pero quien no sabe conciliar la conservación con el progreso no sabe ni qué conservar ni qué renovar. Quien no edifica lo mudable sobre la base de lo inmutable, no sabe ni qué es lo inmutable ni qué es lo mudable. Quien no concibe lo inmutable en vista de la renovación, no sabe qué es lo inmutable y lo confunde con lo superado.
Quien no sabe que la vida es el cambiar de lo idéntico que permanece idéntico en el cambiar o reduce lo idéntico a lo mutable o fosiliza lo idéntico, no sabe qué es la vida y confunde el cambio con la disolución, y la estabilidad con la rigidez de la muerte.
El acontecimiento epocal, trascendental, del Concilio Vaticano II nos ha puesto a todos en esta prueba dolorosa pero estimulante, similar a un parto, de saber pasar de lo viejo a lo nuevo, evitando el conservadurismo y el modernismo, inútiles nostalgias y peligrosos utopismos, distinguiendo aquello que está superado de aquello que es insuperable, aquello que está acabado de aquello que está comenzando, aquello que se debe abandonar de aquello que se debe adquirir, aquello que puede y debe cambiar de aquello que no puede y no debe cambiar, reconociendo la continuidad de una inmutable fidelidad a Cristo, en el progreso hacia lo nuevo inspirado por el Espíritu Santo.
Poner a Cristo en contra del Espíritu es la blasfemia más grande que se pueda imaginar. Sin embargo, es en este pecado en el que caen aquellos que no saben ver la continuidad de las doctrinas del Concilio con las de la Tradición. Pero también blasfeman contra el Espíritu Santo aquellos que, con el pretexto de lo nuevo, traicionan la fidelidad al dogma y a la Palabra de Cristo que no pasa.
La Iglesia está hoy más lacerada que nunca entre estos dos partidos contrapuestos de los ultraconservadores y de los modernistas, cosa del todo antinatural para un organismo viviente hecho de continuidad y progreso, cosa que en cambio lamentablemente demuestra cuánto daño puede hacer el demonio en el interior de la Iglesia.
Oremos por el papa Francisco, odiado por los unos e instrumentalizado por los otros, él, que posee de Cristo el encargo de edificar y custodiar la unidad, a fin de que pueda estar a la altura de esta ardua tarea, sin parcialidad, sin propender o inclinarse hacia una sola parte, sino por encima de las partes, capaz de ver y promover la complementariedad recíproca y de reprochar los errores de los unos y de los otros, como verdadero Padre común de todos, que sabe crear el acuerdo entre los hermanos.
Juan, por lo tanto, con su carisma de conciliación entre lo antiguo con lo nuevo, es hoy de más actualidad que nunca. Él también enseña a la humanidad de hoy este dinamismo del espíritu, cómo pasar de lo antiguo a lo nuevo sin abandonar cuanto de actual existe en lo antiguo. He aquí por qué Cristo le da tanta importancia a Juan. He aquí por qué ha querido hacerse preceder por Juan, por qué ha querido que no un simple hombre, sino el hombre de Dios, anticipara, anunciara y preparara la venida del hombre-Dios. Tomemos a Juan como Patrono de la renovación conciliar.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 27 de junio de 2021
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum magnitudo Ioannis Baptistae consistat
in conservatione veteris vel in apertura ad novum
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod magnitudo Ioannis Baptistae consistat in conservatione veteris.
1. Quia ipse Christus affirmat quod qui pertinet ad regimen Novae Testamenti maior est Ioanne, quod videtur indicare Ioannem manere in veteri et non attingere novum.
2. Praeterea, praedicatio eius versabatur circa paenitentiam, obedientiam Legi et sacrificia expiationis, quae videntur propria Veteris Testamenti et non novitatis gratiae.
3. Item, baptismus eius erat aquae, inferior baptismo Spiritus, et ideo videtur quod eius ministerium limitetur ad vetus et non inducat novum.
4. Denique, eius conditio spiritualis, quamvis excellentissima, erat inferior conditioni christiani filii Dei, inhabitati a Spiritu Sancto missus a Christo in Pentecoste, quod videtur ostendere Ioannem non participare novum.
Sed contra est quod dicit Evangelium Ioannis: “Lex per Moysen data est, gratia et veritas per Iesum Christum facta est”. Praeterea Patres docent Ioannem esse Praecursorem qui coniungit Vetus cum Novo Testamento, et doctrina catholica affirmat gratiam praeparare plenitudinem veritatis in Christo.
Respondeo dicendum quod magnitudo Ioannis Baptistae consistit in hoc quod est paradigma relationis inter conservationem et progressum. Ipse non se limitat ad vetus nec se figit in novum, sed docet transire a Lege ad Gratiam, ab obedientia ad amorem, a paenitentia ad occursum cum Christo. Eius missio universalis est praeparare cor omnis hominis ad recipiendum Salvatorem, excitando conscientias sopitas, illuminando caecos, inducendo ad conversionem et paenitentiam. Sic ostendit quod novum non est negatio veteris, sed eius evolutio, et quod fidelitas ad immutabile coniungitur cum apertura ad Spiritum renovantem. Ideo Christus voluit se praecedere per Ioannem, ut humanitas discerneret componere traditionem et progressum in continuatione veritatis.
Ad primum ergo dicendum quod, quamvis Ioannes pertineat ad Vetus Testamentum, eius missio eum projicit ad Novum, praeparando viam Christi. Magnitudo eius est esse pontem inter utrumque, et ideo Christus eum vocat maiorem inter natos mulierum.
Ad secundum dicendum cum maiori subtilitate: praedicatio paenitentiae et obedientiae Legi non est mera repetitio veteris, sed praeparatio ad gratiam. Ioannes concutit conscientias et disponit corda ad recipiendam novitatem Christi, ostendens Legem ducere ad Gratiam.
Ad tertium dicendum cum extensione: baptismus aquae est inferior baptismo Spiritus, sed propter hoc ipsum praeparat eius adventum. Magnitudo Ioannis est esse ministrum transitionis, qui ducit a signo exteriori ad rem interiorem. Eius baptismus non est finis in se, sed praeparatio ad baptismum Christi.
Ad quartum dicendum breviter: conditio christiani est superior, sed hoc non minuit missionem Ioannis, quae manet necessaria tamquam gradus obligatus ad omnem occursum cum Christo. Magnitudo eius consistit in hoc quod est dux universalis humanitatis ad plenitudinem gratiae.
JG
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