¿Quién fue realmente San Juan Bautista y por qué Cristo lo llamó el mayor entre los nacidos de mujer? ¿No es su figura un desafío para nuestra época, marcada por el relativismo y la tibieza espiritual? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli explora la misión del Precursor, su austeridad profética y su fidelidad absoluta a la verdad, incluso hasta el martirio. Se muestra cómo su grandeza no radica en el poder humano, sino en la humildad y en la preparación del camino del Señor. ¿No necesitamos hoy recuperar la fuerza de su testimonio para purificar la Iglesia y renovar la esperanza en el Evangelio? El texto invita a contemplar la vida de Juan como modelo de radicalidad evangélica y de amor incondicional a la verdad de Dios. [En la imagen: fragmento de "San Juan Bautista", óleo sobre lienzo, 1659, obra de Juan de Valdés Leal, conservado y expuesto en el Museo Nacional del Prado, Madrid].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 29 de agosto de 2026
La grandeza de Juan el Bautista (1/2)
La grandeza de Juan el Bautista
Primera Parte
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 7 de julio de 2021. Artículo original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-grandezza-di-giovanni-il-battista.html)
La misión de Juan
Jesús mismo anuncia la grandeza de Juan el Bautista en estos términos: "Os aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo. Porque todos los Profetas, lo mismo que la Ley, han profetizado hasta Juan. Y si vosotros queréis crearme, él es aquel Elías que debe volver" (Mt 11,11-14).
Está claro que esta referencia a la violencia no debe tomarse literalmente, sino que se refiere a la laboriosidad, al espíritu de iniciativa, al emprendimiento, al espíritu de sacrificio, al coraje, a la tenacidad, a veces al heroísmo, que son requeridos para obedecer a Dios en todo y, respondiendo al impulso de la gracia, para hacernos de méritos, que nos permitan conquistar el premio celestial.
Así define Jesús la misión de Juan: "¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Un profeta? Os aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: He aquí que envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. ... Todo el pueblo que lo escuchaba, incluso los publicanos, reconocieron la justicia de Dios, recibiendo el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los doctores de la Ley, al no hacerse bautizar por él, frustraron el designio de dios para con ellos" (Lc 7, 26-30).
Juan ha sido el Precursor de Jesucristo en el sentido de preparar los caminos que a Él conducen, de prepararle un pueblo bien dispuesto, de indicarlo presente en el mundo como el Cordero que quita los pecados del mundo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29).
Llamando a Jesús "Cordero de Dios", Juan intuye que Jesús es la víctima sacrificial de la Nueva Alianza, el nuevo cordero pascual, que libera verdaderamente de los pecados. Juan es el símbolo del profeta que prepara el encuentro con Cristo, que hace pasar a Israel de la Antigua a la Nueva Alianza. Como vaticina Zacarías: "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados; gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1,76-79).
El arcángel Gabriel, apareciendo a Zacarías, su futuro padre, le anuncia que Juan "estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre" (Lc 1,15). Y esto hace que Juan sea iluminado por el Espíritu Santo acerca de la identidad de Cristo desde el seno materno, como testifica Isabel en su encuentro con María: "Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno" (Lc 1,44).
El mismo Juan dice de sí mismo: "detrás de mi vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Os he bautizado a vosotros con agua, pero Él os bautizará con el Espíritu Santo" (Mc 1,7-8).
Juan mismo se ha definido como el Precursor de Cristo y el preparador de su venida: "Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor" (Jn 1,23).
Lo extraordinario de su figura profética induce a muchos a preguntarse si él no es el Mesías, pero él los corrige: "Yo no soy el Mesías, pero he sido enviado delante de él. En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. Es necesario que él crezca y que yo disminuya" (Jn 3,28-30).
¿Cómo es que ha sido confundido a Juan con el Mesías? Porque aparece como un profeta y un modelo de santo que supera el modelo del justo del Antiguo Testamento para prospectar una nueva humanidad, no ya solo sujeta a la ley mosaica, sino animada y movida por el Espíritu Santo. No ya el siervo de Dios, sino el amigo de Dios. "Ya no os llamo siervos... os llamo amigos" (Jn 15,15).
Juan representa las fuerzas de la razón y de la buena voluntad, que preparan la fe y la caridad, indican el camino de Dios que conduce a Cristo, es él quien introduce al hombre al encuentro con Dios encarnado. Como anuncia el evangelista Juan: "Será lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios... para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lc 1,15-17).
Juan enseña que no podemos sentir y gustar la paternidad de Dios, es decir, el verdadero ser hijos de Abraham, si primero no hemos "hecho dignos frutos de conversión" (Mt 3,8). Es de notar la severidad con la cual Juan apostrofa a los fariseos y a los saduceos que acuden a él para hacerse bautizar: "¡raza de víboras!" (Mt 3,7). Es la misma expresión usada por Jesús (Mt 12,34). Por lo tanto, puede darse la circunstancia en la cual sea necesario usarla para el bien mismo de la persona contra la cual la usamos.
Uno pensaría: pero al fin de cuentas, ¿qué han hecho de malo, si desean ser bautizados? Y en cambio Juan descubre y denuncia su hipocresía, por la cual ellos malinterpretan el bautismo de Juan, interpretándolo como un respaldo a su conducta perversa o pensando que el recibir ese bautismo los dispensaría de cumplir las obras necesarias para expiar sus pecados o que podrían estar exentos de los castigos divinos que merecían.
Juan prepara los caminos del Señor predicando las obras de la justicia, que son mandadas por la razón práctica (Lc 3,4-18). Ellas disponen al cumplimiento de las obras de caridad, que son dictadas por la fe.
Refiere el Evangelio de Juan: "Juan vio acercarse a Jesús y dijo: 'Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel'. Y Juan dio este testimonio: 'He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía ¹, pero el que", es decir el Espíritu Santo, "me envió a bautizar con agua me dijo: 'Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo'. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios" (Jn 1,29-34).
Jesús, dirigiéndose a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, defiende la misión de Juan de este modo: "Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él" (Mt 21,32).
Y Jesús alaba al Bautista diciendo: "Juan ha dado testimonio de la verdad. Juan era la lámpara que arde y resplandece" (Jn 5,33.35).
Juan no requiere de sus oyentes que estén dedicados al culto divino ni que sean doctores de la ley, sino que sean humildes, honestos y dispuestos al arrepentimiento, incluso si son pecadores. ¿Una prostituta, esclava del placer carnal, podría apreciar la virginidad de Juan? Sin embargo, él, con su palabra cálida, leal y persuasiva, con su sincera exhortación, con su fraternal advertencia, con paciencia, caridad y firmeza y no sin misericordia, sabe hacerla reflexionar y conducirla al arrepentimiento.
¿Los publicanos, los miserables usureros, los extorsionadores apegados a sus intereses egoístas, podrían acaso apreciar la austeridad de vida de Juan? Sin embargo, él, con su honestidad y su caridad, sabe cómo tocar y sacudir su conciencia, disipar las tinieblas, evocar nostalgias de inocencia dormida, reavivar la fe, e inducirles al arrepentimiento. Por el contrario, su palabra honesta y leal, lineal y límpida, sin duplicidad o fingimientos oportunistas, es odiosa para quien finge ser ortodoxo y religioso y mientras tanto oscila entre el mundo y Dios, entre el sí y el no.
Así resume Juan Evangelista la misión del Bautista: "Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la Luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era Luz, sino el testigo de la Luz" (Jn 1,6-8).
Naturalmente, con el término "luz" Juan indica a Dios mismo en cuanto luz de las mentes, Verdad subsistente, que revela la verdad de Dios, la verdad del Padre, el Logos que ilumina a todo hombre.
Juan es firmísimo en su fe en Cristo. Sin embargo, su certeza se ve quebrantada momentáneamente en el momento de la prueba que sufre a causa del encarcelamiento por voluntad de Herodes, por lo que siente la necesidad de enviar a decir a Jesús por medio de sus discípulos: "¿Eres tú el que debe venir o debemos esperar por otro?" (Mt 11,3). Y Jesús hace responder enumerando todas las obras que él está cumpliendo, que eran signos claros de su misión mesiánica (vv. 4-6).
¿Por qué dos genitores ancianos?
¿Por qué Juan nace de dos padres ancianos? ¿Qué sentido tiene? Hoy un hecho de este género nos pondría a reflexionar con desagrado sobre el hecho evidente de cómo una pareja de ancianos, marchita y debilitada en sus fuerzas, podría afrontar la ardua y prolongada tarea educativa de una familia normal.
Pero en la antigüedad el pensamiento se dirigía ante todo al hecho de la omnipotencia divina fuente de la vida, que hace fuerte lo que es débil, fecundo lo que es estéril, vivo lo que está muerto. Hoy concentramos más la atención en la pareja, en la dignidad del amor recíproco y en la complejidad de la obra educativa.
En el pasado, en cambio, la atención gravitaba más en la función generativa de la pareja y se le daba poca importancia al amor de pareja: lo importante era que supiera generar, hubiera o no hubiera atracción recíproca. La obra educativa, por su parte, parecía más simple que hoy y la atracción mutua pasaba a un segundo plano. Hoy el parto de la madre anciana no tiene ya ese valor apologético que alguna vez tuvo, mientras que parece estimable el parto de la mujer en edad adecuada porque parece cosa normal y razonable.
¿Por qué la soledad en el desierto?
A fin de atraer gente a la escucha de su palabra, y obtener aquella credibilidad y confiabilidad que él necesitaba para que la gente pudiera creer en él, Juan no pensó en abrazar la carrera sacerdotal, que le habría procurado prestigio, formándose una familia, cosa que habría podido hacer muy bien, siendo hijo de un sacerdote, sino que elige una vida austerísima que tiene el carácter de milagrosa, en el desierto cerca de Jerusalén.
Por lo tanto, también llama la atención que Juan, habiendo renunciado al sacerdocio, no esté interesado en el cumplimiento de los sacrificios de la Antigua Alianza, que eran también prefigurativos, según Is 53, del sacrificio del Mesías. Probablemente Juan, con esta renuncia a los sacrificios de aquella época, quería implícitamente significar que ahora estaban a punto de ser superados y sustituidos por el verdadero Cordero, que quita los pecados del mundo.
Este problema de cómo atraer a la gente es siempre actual en el evangelizador. De hecho, es necesario prestar atención a que el modelo del anunciador creíble cambia según los tiempos o los lugares y las categorías de personas, según el modo como la gente entiende y desea la relación con Dios, y los diferentes modos de concebir la felicidad humana. El predicador, si quiere tener éxito, debe ver cómo la gente concibe estas cosas y adecuarse a sus necesidades, deseos y sus ideas, suponiendo que sean correctas. Obviamente, si ciertos deseos o ciertos gustos están equivocados, también tendrá que corregirlos.
En la antigüedad, entre las religiones superiores, sobre todo las orientales, el modelo del hombre creíble y admirable es el asceta solitario, el eremita o el monje. Hoy, especialmente en Occidente, es la persona razonable, honesta, laboriosa, comunicativa, dedicada al prójimo, sociable, atenta al bien común, justa y misericordiosa, abierta al valor de la comunión entre hombre y mujer sobre base de igualdad. La vida religiosa está siempre de actualidad, incluso de especial estima, si es auténtica y no una sistematización social como cualquier otra o una religiosidad conformista y oportunista, garantía de bienestar económico, más que una sincera convicción personal.
No es que Juan, con su elección celibataria pretendiera mostrar desestima o desdén por el matrimonio, todo lo contrario: lo demuestra el hecho de que su propio martirio no estuvo motivado sino por su defensa del valor de la fidelidad conyugal. En todo caso, puede ser válida la sospecha de que él, como todo el ambiente rabínico de entonces, como todos los profetas bíblicos y como todo el mundo antiguo, fuera víctima de aquella misoginia y de aquella repugnancia por el sexo, por las cuales no había conciencia del hecho de que la sujeción de la mujer al varón y la figura de la mujer tentadora no respondían al plan originario de la creación, sino que eran una consecuencia del pecado original, el cual, además, no había sido un pecado de sexo, sino un pecado de soberbia.
Dos ideas originales fecundísimas
En cambio, Juan tuvo dos ideas originales: la de inventar el bautismo y la originalísima idea de abrazar la vida eremítica en el desierto, un género de vida del todo ignoto para el Antiguo Testamento y que sin embargo en su tiempo comenzaba a suscitar gran interés y admiración entre las almas piadosas y más amantes de la perfección y de la comunión con Dios.
Juan es el inventor del bautismo, entendido como lavamiento del cuerpo que simboliza la purificación del alma. Y la invención tiene mucho éxito, tanto que mucha gente acudía en masa a Juan para hacerse bautizar. Es posible que Juan hubiera tomado inspiración de la Comunidad de Qumran, ella también, como Juan, residente en el desierto, porque había una tradición según la cual el Mesías se manifestaría en el desierto. Sea como sea, también se practicaban ritos lustrales en Qumrán. Juan estaba yendo al encuentro de una generalizada necesidad de purificación interior. Jesús retomará este rito y le conferirá la virtud de poner en comunión con el Espíritu Santo.
Lo que nos sorprende en Juan es el hecho de que Jesús le pida a Juan el bautismo. A la pregunta del por qué Jesús cumple tal gesto, Cristo responde de una manera vaga sin dar explicaciones precisas: "conviene que así cumplamos todo lo que es justo" (Mt 3,15). ¿Cuál justicia? Es necesario entonces que seamos nosotros los que intentemos comprender. Jesús, haciéndose bautizar por Juan, quien con el bautismo quería significar la purificación de los pecadores, evidentemente acepta parecer un pecador como todos los demás, necesitado de purificación. Sin embargo, Juan había dicho claramente que solo el bautismo instituido por Jesús habría de quitar verdaderamente los pecados.
Probablemente el gesto de Jesús debe ser interpretado como una condescendencia divina a los esfuerzos humanos y de todas las religiones, para hacer algo para obtener la benevolencia y la misericordia de Dios y el perdón de los pecados. Los Padres de la Iglesia, por su parte, observan que Jesús, entrando en el agua, la convierte en instrumento de la gracia del bautismo del Espíritu.
El bautismo de Juan significa que solo una razón purificada puede ser capaz de someterse al bautismo del Espíritu, que no se limita a purificar la razón, sino que la eleva al conocimiento sobrenatural de fe, eleva la razón desde el conocimiento de Dios al conocimiento de Cristo, del Dios Trinitario. Juan es el heraldo de la espiritualidad natural, que prepara la espiritualidad sobrenatural de los dones del Espíritu Santo.
En el bautismo de Cristo se oye la voz del Padre, aparece el Espíritu Santo en forma de paloma, que desciende sobre Jesús Verbo encarnado: "Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección" (Lc 3,21-22).
Y de hecho, su elección fue acertada, porque, como relatan los Evangelios, a él acudieron multitud de personas piadosas o que en todo caso aguardaban al Mesías, tanto que en un momento determinado, siempre según los relatos evangélicos, muchos, impresionados por su vida austera, desde la perfecta adhesión de su enseñanza moral a la tradición mosaica, desde el coraje profético en el denunciar las injusticias y los pecados de los poderosos, tan excelente por santidad respecto a todos los anteriores profetas, comenzaron a creer que el Mesías fuera él (cf. Lc 3,15; Jn 3,28) y a Juan le fue necesario algo hermoso y bueno para convencerlos que el Mesías no era él, sino un hombre inmensamente superior a él, quien habría de bautizar en el Espíritu Santo.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 27 de junio de 2021
Notas
¹ Probablemente Juan quiere decir que ha encontrado a Jesús solo en el momento en que Jesús ha venido a ser bautizado por Juan, porque de hecho Juan ya había reconocido a Jesús desde el vientre de su madre, cuando María hizo la visita a Isabel.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum magnitudo Ioannis Baptistae consistat in potestate humana
vel in fidelitate ad veritatem divinam
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod magnitudo Ioannis Baptistae consistat in potestate humana.
1. Quia a multitudinibus sequebatur et magnam auctoritatem apud populum Israel exercebat, quod videtur esse signum potestatis humanae et praestigii socialis.
2. Praeterea, eius vita austera in deserto et figura prophetica ei dederunt singularem agnitionem, qua ab aliis hominibus distinguebatur, et hoc videtur esse causa magnitudinis eius.
3. Item, eius baptismus in Iordane multos attraxit, etiam Pharisaeos et milites, quod videtur indicare magnitudinem eius consistere in facultate convocandi et persuadendi.
4. Denique, a populo habitus est propheta, quod videtur esse humanum testimonium magnitudinis eius, fundatum in admiratione contemporaneorum.
Sed contra est quod Christus dicit in Evangelio: “Inter natos mulierum non surrexit maior Ioanne Baptista; tamen minor in regno caelorum maior est illo”. Praeterea Patres docent Ioannem non esse magnum ex seipso, sed quia est Praecursor Christi, et sanctus Thomas affirmat veram magnitudinem consistere in unione cum veritate divina et in praeparatione adventus Salvatoris.
Respondeo dicendum quod magnitudo Ioannis Baptistae non consistit in potestate humana, sed in fidelitate absoluta ad veritatem et in eius missione praeparandi viam Domini. Eius austeritas prophetica, humilitas et promptitudo vitam dare pro veritate ostendunt magnitudinem eius esse spiritualem et divinam. Non quaesivit honores humanos nec praestigium mundanum, sed Christum demonstravit tamquam Agnum Dei et laetatus est minui ut ille cresceret. Eius martyrium confirmat magnitudinem eius consistere in veritate et amore Dei, non in potestate humana. Sic ostenditur veram magnitudinem non esse in vi exteriori, sed in radicalitate evangelica et fidelitate ad missionem acceptam.
Ad primum ergo dicendum quod multitudo quae eum sequebatur non est signum potestatis humanae, sed virtutis veritatis quam proclamabat. Auctoritas eius a Deo proveniebat, non a seipso.
Ad secundum dicendum cum maiori subtilitate: vita eius austera in deserto non erat quaesitio praestigii, sed signum abnegationis et praeparationis spiritualis. Magnitudo non est in apparentia, sed in fidelitate ad missionem acceptam.
Ad tertium dicendum cum extensione: baptismus in Iordane non erat opus persuasionis humanae, sed praeparatio adventus Christi. Efficacia eius proveniebat ex gratia Dei, non ex arte Ioannis. Magnitudo huius ministerii consistit in eo quod corda hominum disponeret ad recipiendum Messiam.
Ad quartum dicendum breviter: agnitio populi quod esset propheta vera est, sed non explicat ultimam magnitudinem eius, quae consistit in eo quod est Praecursor et testis Christi usque ad mortem.
JG
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