lunes, 3 de agosto de 2026

La cuestión de la herejía y de los herejes, ayer y hoy

¿Qué significa realmente la palabra herejía? ¿Es un simple error de opinión o una traición consciente a la fe? ¿Cómo distinguir entre el hermano separado y el verdadero hereje? ¿No hemos perdido hoy la conciencia de la gravedad de la herejía, reduciéndola a una opinión más entre tantas? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli examina la naturaleza de la herejía, sus grados y consecuencias, la actitud de la Iglesia ayer y hoy, y la necesidad de recuperar criterios objetivos para discernirla. Este texto del docto teólogo dominico nos invita a hablar de la herejía con seriedad, serenidad y responsabilidad, como se habla de una enfermedad que amenaza la vida espiritual de los fieles. [En la imagen: fragmento de "Galileo ante el Santo Oficio", una pintura de 1847, obra de Joseph-Nicolas Robert-Fleury].

La cuestión de la herejía y de los herejes, ayer y hoy

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 10 de marzo de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/la-questione-delleresia-e-degli-eretici-ieri-e-oggi/)

Un término delicado pero importante del lenguaje cristiano, para usar con prudencia, en las debidas circunstancias y con conocimiento de causa, es el de "herejía", la cual consiste en general en la elección (áiresis, αἵρεσις) de una proposición falsa en el campo de la doctrina de la fe o en la supresión o negación o duda voluntarias de alguna verdad de fe. Ahora bien, dado que la fe es verdad, la herejía es una proposición falsa contra la doctrina de la fe. El hereje no acepta con verdadera fe (fides qua) todo cuanto (fides quae) la Iglesia, en varios niveles de autoridad, nos da a creer tal como está contenido en el depósito de la divina Revelación, cuyas fuentes son la Escritura y la Tradición. El hereje, en cambio, hace una selección arbitraria; es decir, considerándose quizás directamente iluminado por Dios, elige subjetivistamente entre los contenidos de la fe sólo aquellos que le agradan o le convienen o encuentra conforme a su razón. Lo que denota la falta de una verdadera fe, incluso si el sujeto acepta los otros contenidos, ya que quien cree, acepta con confianza todo lo que la autoridad le revela. Por el contrario, es precisamente cuando se trata de datos unívocos u homogéneos a la razón, que la razón tiene el derecho y el deber de hacer un examen en base a sus principios y a su método y de asumir únicamente lo que es conforme a razón y puede ser intuido o demostrado por la razón. En cambio, las verdades de fe no contrastan con la razón, sino que son sin embargo superiores, en cuanto verdades divinas, de modo que, si puede haber armonía entre razón y fe, dado que la una y la otra se fundan en Dios, tal armonía no permite a la razón hacer evidentes esas verdades, que siguen siendo certísimas, pero por ello misteriosas y trascendentes.
Esta incongruencia del intelecto del hereje con la verdad y por lo tanto su noción falsa, que por lo demás a él le parece verdadera, puede ser consciente e intencional, o bien puede ser inconsciente e involuntaria. En el primer caso, se da una culpa grave, porque suprime o falsifica la fe bajo el ángulo de esa proposición. Y dado que toda verdad de fe es necesaria para la salvación, una herejía compromete la salvación, incluso si se trata de una sola proposición, así como basta un solo pecado mortal para quitar la gracia. Así, de manera similar a un organismo, cualquier corrupción o disfunción de un órgano vital, aún cuando los demás permanecen sanos, provoca la muerte del sujeto.
En el segundo caso, el sujeto no sabe que está en el error, por lo cual no tiene culpa. Suponiendo que él ame la verdad, si viene iluminado, fácilmente se corrige. En cambio, el hereje voluntario, dado que está apegado a su error, aunque sea refutado, persiste en permanecer apegado en cuanto prefiere su juicio al de la Iglesia, que le advierte de su herejía, que él sigue profesando no por amor de la verdad, sino porque le conviene o por soberbia o por otros intereses ajenos al amor a la verdad.
El hereje no es simplemente alguien que niega una verdad de fe o un dogma, sino que es el católico que traiciona la fe pasando a la herejía. Por ello, aquellos sujetos, como por ejemplo los protestantes, que nacen en un ambiente protestante y reciben una educación protestante, aunque en sus doctrinas estén contenidas objetivamente las herejías, no pueden ser propiamente denominados "herejes", sino que, según la expresión acuñada por san Juan XXIII, y ya entrada en uso, son "hermanos separados". Ellos, como enseña el Concilio, pertenecen a la Iglesia, pero sin estar en plena comunión, por lo cual el decreto Unitatis Redintegratio auspicia y espera que algún día entren en la Iglesia católica.
La herejía se opone a la verdad revelada o de fe, ya sea la Palabra de Dios, ya sea el dogma o ya sea la doctrina de la Iglesia. La herejía duda de lo verdadero y sospecha lo falso; confunde lo verdadero con lo falso y lo falso con lo verdadero; la apariencia con la verdad y la verdad con la apariencia; relativiza lo absoluto y absolutiza lo relativo; hace mutable lo inmutable e inmutable lo mutable; confunde lo que es distinto; opone lo que está unido; toma la parte por el todo ("ideología") y el todo por la parte.
El Nuevo Testamento, si bien considerando inevitables las herejías a causa de la debilidad y de la malicia humanas (1 Cor 11,19), considera las herejías como "doctrinas diabólicas" (1 Tm 4,1) y advierte o pone en guardia contra los herejes (Tt 3,10). El hereje "rechaza volverse a la verdad para escuchar las fábulas" (2 Tim 4,4). Es un "anticristo" que se separa de la comunidad cristiana (1 Jn 2,19). La herejía es una sabiduría "terrenal, carnal, diabólica" (Stgo 3,15). San Juan es severo contra los herejes: hay que mantenerse alejado de ellos: "Si alguien se presenta ante ustedes y no trae esta misma doctrina, no lo reciban en su casa ni lo saluden. Porque el que lo saluda se hace cómplice de sus malas obras" (2 Jn 11).
La Iglesia desde sus inicios, en los decretos de los Papas y de los Concilios, después de una oportuna advertencia al hereje, si estos no se corregían, siempre se ha preocupado de señalar a los herejes a la comunidad y eventualmente de castigarlos, a fin de que la comunidad estuviera en guardia y evitara el error de los herejes. Un procedimiento disciplinar canónico es la excomunión, el así llamado anáthema sit, que tiene la función de aclarar que el hereje, a causa de su herejía, no puede ser considerado como miembro de esa comunidad, que está fundada en esa verdad que él rechaza. Sin embargo, la Iglesia, incluso en el caso de los herejes, no siempre recurre a la excomunión, sino que posee también otros medios y modos para estimular e inducir al pecador al arrepentimiento y a abandonar su error.
Sin embargo, si bien una excomunión puede ser levantada, cuando la Iglesia condena una herejía, como es demostrado por la historia misma, nunca retira su sentencia, porque se debe considerar que la Iglesia es infalible en este tipo de juicios, que afectan, aunque sean sutilmente contrarios, a la doctrina de la fe.
En el derecho canónico, la herejía se configura como un crimen o un delito, que por lo tanto puede ser punido después de regular proceso, iniciado a raíz de denuncia presentada ante la competente autoridad judicial eclesial, desde la episcopal hasta la romana. Hoy los procesos por herejía son muy raros. Los pastores prefieren intervenciones menos formalizadas y más suaves o flexibles, según los casos, promoviendo las buenas cualidades del hereje y apuntando más que a la punición, a la corrección. Este estilo más evangélico y más respetuoso de la persona del hereje y confiado en la capacidad de autodefensa de un pueblo de Dios debidamente informado en aquellas verdades que son negadas por el hereje, tiene su origen en la reforma pastoral y canónica promovida por el Concilio Vaticano II, el cual, aunque condenando graves errores del mundo moderno, no pronuncia nunca la palabra "herejía" prefiriendo expresiones equivalentes. Y ni siquiera existen los tradicionales cánones contra los herejes.
La herejía en el sentido más fuerte es la negación de un dogma solemnemente definido y explícitamente definido (doctrina ex cathedra). Pero dado que el Magisterio de la Iglesia enseña infaliblemente las verdades de fe o conexas a la fe también en dos niveles o modalidades inferiores de autoridad, como por ejemplo ha sucedido con las doctrinas del Concilio Vaticano II, quien no aceptara estas doctrinas de autoridad inferior, ciertamente no pecaría contra la fe divina y por lo tanto no podría ser considerado propiamente hereje; y sin embargo su error podría ser calificado como "próximo a la herejía" (haeresi proximum), en olor de herejía (haeresim sapiens) o al menos desobediente al Magisterio auténtico de la Iglesia: ofensivo para los piadosos oídos (piis auribus infensum).
Cualquier fiel bien firme en la fe, sensible al bien de las almas, estando bien informado del caso, puede pronunciar, con prudencia y después de atento examen, la nota de herejía en contra de otro fiel; puede incluso denunciarlo, si cree y si esto puede servir al bien del hereje y al bien de los fieles, al Obispo o a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Por lo tanto, no es necesario considerar herejías o herejes solo a aquellas doctrinas o aquellos que han sido explícitamente condenados por la Iglesia. Ciertamente, de estas herejías se puede tener absoluta certeza y el condenarlas por nuestra parte puede dar gran fuerza a nuestro juicio. Pero nadie nos impide, de hecho el amor Christi che urget nos, nos empuja a tomar nota de las herejías que están en circulación, y son muchas, para ver qué se puede hacer para ponerles remedio.
Indudablemente, la detección y el discernimiento de las herejías no es fácil. Es necesario tener un gran amor por la verdad y estar animados por una gran caridad: es necesario estar bien preparados en la doctrina católica y saber interpretar los dichos y los escritos de los otros. Debemos esforzarnos por interpretar en bien, a menos que el error sea evidente. Sin embargo, en principio, siempre es necesario tener en cuenta la posibilidad de equivocarse al interpretar o al juzgar: o demasiado severos o demasiado leves. Una proposición que parece herética ut littera sonat, es decir, según el significado objetivo, propio y coherente de las palabras, podría no ser herética en las intenciones y en el significado pretendido por el autor, que no se ha expresado bien ni con propiedad del lenguaje, sino que entendía decir otra cosa que, al fin de cuentas, es ortodoxa.
La Iglesia condena siempre, cuando lo hace, una herejía ut littera sonat, o sea en el significado literal, en cuanto objetivamente perjudica o causa daño a los fieles y suscita adeptos, quizás sin mencionar el nombre del autor, para no afrontar la cuestión a veces espinosa de lo que intentaba decir exactamente el autor, pero esto desde un punto de vista pastoral no interesa. Lo importante es que los fieles vengan a ser preservados del error y sepan cuál es la verdad opuesta.
La Iglesia menciona el nombre del autor, cuando se trata de una doctrina suya propia o pretende censurar al exponente principal o al iniciador de un movimiento herético o cuando los adherentes de tal movimiento eventualmente sean astutos al declinar u ocultar su responsabilidad. Hoy, sin embargo, la Iglesia a menudo evita mencionar el nombre, para impedir una exagerada oposición al hereje, que menoscabaría sus cualidades, que pueden ser también grandes y beneficiosas en otros aspectos.
Hoy, sin embargo, sobre todo -véase por ejemplo el caso del Beato Antonio Rosmini- la Iglesia, valiéndose de más avanzados métodos y medios de hermenéutica, como por ejemplo el método de la contextualización, de la historización, o de la variedad de los lenguajes y de los modos expresivos o la propia psicología del autor, trata de resaltar eventuales buenas intenciones o buena fe del autor, a fin de exonerarlo al menos de la herejía "formal", es decir, de herejía culpable, y de admitir sólo una "herejía material", inconsciente e involuntaria, que salva la inocencia del autor.
En cambio, no se puede admitir que la Iglesia se equivoque al interpretar el pensamiento de un autor, para condenarlo erróneamente por herejía. Por lo tanto, la idea de ciertos falsos ecumenistas, según la cual el Concilio de Trento no habría entendido a Lutero, es absolutamente falsa y el intento de presentarlo como católico incomprendido es también causa absolutamente perdida, tras cinco siglos de doctísimos estudios y numerosas intervenciones del Magisterio al respecto.
El ecumenismo querido por el Concilio es ciertamente una bendición y un don del Espíritu Santo, en cuanto acuerdo entre católicos y protestantes en las verdades que han permanecido comunes; pero no lo convirtamos en el caballo de Troya para dejar entrar las herejías de Lutero en el interior de la Iglesia, porque esto ya no sería obra del Espíritu Santo, sino del demonio. Y ya tenemos prueba de esto por la confusión creada por los modernistas, los cuales, como ya observaba san Pío X en la Pascendi Dominici gregis, son discípulos de los protestantes. En todo caso, son estos falsos ecumenistas, los que no han entendido ni a Lutero ni al Concilio de Trento. Pero ellos están causando un grave daño, en cuanto impiden que hoy la autoridad nos recuerde las herejías de Lutero. Pero si circulan como circulan las herejías luteranas, bajo falsas indumentarias, sin que la autoridad intervenga, esto no impide que ellas sigan siendo herejías; sin embargo, no se puede excluir que en ciertos casos la falta de intervención de la autoridad esté motivada por razones válidas, como por ejemplo la oportunidad o el evitar un mal mayor y, sin embargo, también por motivos menos nobles, como la negligencia o el respeto humano.
Considerando los contenidos heréticos o supuestamente tales o para-heréticos, es necesario establecer la entidad o la extensión o el peso del error, hasta qué grado de autoridad de la Iglesia el error se opone, hasta qué punto se desvía de la verdad, el daño que el error provoca, aquello que tradicionalmente se llaman las "notas teológicas". ¿El supuesto error se opone a un dogma o solo a una doctrina de la Iglesia o solo a una opinión teológica? Una vez seguros de la entidad del error, es necesario, ante todo, intentar persuadir al hereje cara a cara, como prescribe el Evangelio. La denuncia pública del error debe hacerse sólo si el hereje rechaza la corrección y si su herejía seduce a muchos. Para apagar una pequeña llamarada pueden ser suficientes dos baldes de agua. Pero para un incendio, es necesario llamar a los bomberos. Por eso Cristo dice que, si el hermano no escucha en la conversación privada o en el tratar el asunto entre dos o tres, es necesario advertir a la Iglesia (cf. Lc 17,1-4; Mt 18,15-17).
La herejía no es una simple opinión contraria que afecta sólo superficialmente la unidad de la fe, sino que la herejía corrompe la fe. ¡Cuidado con tratar como hereje a quien simplemente tiene una opinión contraria o diferente! Pero también ¡cuidado con dejar correr las herejías que envían a la perdición a las almas bajo pretexto de la libertad de pensamiento o del pluralismo teológico! Certeza teológica y certeza de la fe son dos cosas muy diferentes. Hoy se tiende a reducir todo a opinión, incluso las certezas de fe: por eso, si alguien cae en la herejía, se piensa simplemente que tiene una opinión diversa. No se da peso al hecho de que tanto un cierto modernismo, como un cierto tradicionalismo obstinadamente anclado en el pasado, también son herejías. O bien sucede lo contrario, y se dice: quien piensa diferente a mí es un hereje. Es necesario recuperar los criterios objetivos para la evaluación y no dejarse llevar por los prejuicios, por la emotividad y por el sectarismo. De lo contrario, ¿qué católicos, qué “universales” somos, si todos quieren poner de su lado el sagrado nombre de católico?
Es necesario distinguir el error en campo teológico o exegético de la herejía. El teólogo y el exegeta se ocupan ciertamente de la doctrina de la fe o de la Iglesia, pero a través de su ciencia, la cual ciertamente está fundada sobre principios de fe y sus dogmas; pero la teología y la exégesis construyen su saber poniendo en obra y valiéndose de medios y métodos cognitivos elaborados por la razón.
Esto conlleva el hecho de que la razón, siendo falible, puede cometer errores de dos maneras: o en lo interno de su propio proceder, y entonces tenemos el error; o bien en cuanto la razón interpreta la verdad de fe, el dato bíblico o dogmático, y entonces tenemos la herejía. Si, por ejemplo, un exegeta se equivoca al ubicar una ciudad o al interpretar la naturaleza de un instrumento musical del Antiguo Testamento, sin entrar en el mérito de la doctrina de la fe, esto se trata de un simple error exegético. Si, por el contrario, afirmara que los ángeles en la Sagrada Escritura son meros personajes simbólicos y fantásticos, está claro que caería en la herejía.
Y así también, si un teólogo prefiriera dividir el ente en ente finito y ente infinito en lugar de en ente por esencia y ente por participación, esto no comprometería la doctrina de la fe. Pero si resolviera la persona humana en la relación, pondría en peligro el dogma de la Santísima Trinidad, para el cual sólo la Persona divina es relación subsistente. Y si no cae en la herejía formalmente y directamente, cae indirectamente y por consecuencia (propositio haeresi proxima).
La herejía propiamente es una tesis rebelde a la doctrina de la Iglesia intérprete infalible de la Palabra de Dios. Pero existe un error contra la fe aún más grave, el máximo grado del error: la blasfemia, que es el insulto verbal a la misma Palabra de Dios, es decir, a Dios, a Cristo y a su doctrina, con la atribución a Dios o a Cristo de epítetos o atributos despectivos, ofensivos e injuriosos. A la blasfemia, en la práctica, especialmente litúrgica y sacramental, corresponde al sacrilegio o la impiedad.
Por lo tanto, se dan cuatro grados de autoridad en la doctrina de la fe y, en contrapartida, de rebelión a la verdad de fe: el grado máximo es la Palabra de Dios, a la cual se opone la blasfemia. Por debajo de la Palabra de Dios, que sale de la misma boca de Cristo, están luego las enseñanzas de la Iglesia: el grado más elevado es el dogma definido (ex cathedra), objeto del Magisterio extraordinario (Papa y Concilios) y de solemne definición (de fide credenda).
Bajo el dogma está la doctrina próxima a la fe, objeto del Magisterio simple y ordinario (el Papa con los obispos esparcidos por el mundo); contiene las verdades lógicamente conectadas, deducidas o presupuestas, al dogma (de fide tenenda). A este grado se opone la doctrina próxima a la herejía. En el grado más bajo tenemos el simple Magisterio auténtico, que trata siempre de fe, pero de lo que la Iglesia deduce o recaba de su propia doctrina. Y por consiguiente también esto es infalible, pero se le debe el religioso obsequio de la voluntad. El error contrario es la desobediencia al Magisterio de la Iglesia.
Quien hoy se ocupa o se interesa por las herejías, quien trata de identificarlas y corregirlas, quien expresa juicios acerca de ellas, quien formula acusaciones, comentarios o notas de herejía; al límite de solo hablar seriamente de herejías que no sean las de los primeros siglos, es a menudo mal visto, sobre todo en los ambientes modernistas. Se ve inmediatamente en él con una cierta ironía o con fastidio al cazador de brujas, al inexorable cerbero, el agresor de molinos de viento, un patético residuo del pasado, el ansioso cazador de fantasmas, el rezago de la Inquisición, la mente rígida incapaz de elasticidad o ductilidad, la mente estrecha de quien ve al enemigo en lo diverso, el tradicionalista retrógrado, el presuntuoso intolerante y sin misericordia, encerrado en sus propias ideas superadas, envidioso de quien tiene éxito, el pedante que busca pelo en el huevo, el fariseo que pretende juzgar a los demás, aquel que pretende dominar las conciencias, el aspirante a obispo esquilador del rebaño.
En nombre de un malentendido ecumenismo, de una falsa libertad religiosa, y de un diálogo a todo nivel, hemos perdido la conciencia de la universalidad objetiva de la verdad como bien vital común. Seguimos siendo sensibles, gracias a Dios, a la sofisticación de las comidas, al peligro de las epidemias, a la falsificación del dinero, y con razón todos juntos intentamos remediar estos males, conscientes de su objetividad. Cuando en cambio se trata de ideas, de doctrinas, de contenidos inteligibles, de verdades de razón o de fe, he aquí que aparece el monstruo agradable del subjetivismo y del relativismo y, por tanto, la indiferencia, el menefreghismo, ante los peligros propios y ajenos.
Por el contrario, cuánta conciencia tenía la cristiandad medieval del daño que causaba a todos la herejía. No en vano se hablaba de "plaga herética". Y santo Tomás de Aquino no dudaba en absoluto en comparar la falsificación de la fe con la falsificación de la moneda. ¡Qué sentido del peso de las realidades espirituales tanto para el bien como para el mal! ¡Qué percepción más vívida de la importancia de la fe en nuestra vida! ¡Qué conciencia de la fe como bien común! Se habla mucho de verdad y de fe. Y esto ciertamente es bueno. Pero se habla poco o no se sabe hablar en el debido modo de herejía. Aún no nos hemos liberado de los fantasmas del pasado, que pesan sobre esta fatídica palabra. Algunos a menudo quisieran eliminarla del vocabulario; pero es equivocado. La Iglesia la usa todavía y la usará siempre. Se trata de aprender o volver a aprender a usarla. De hecho, es del todo deseable que la Iglesia organice centros de investigación, para la recolección de datos y para el tratamiento de las herejías, así como en el campo médico existen poderosas organizaciones y estructuras que estudian y resuelven en equipo y científicamente los problemas de la salud.
¿Por qué notamos el progreso más halagador, con la presencia de personal altamente especializado, en el campo de la salud física, para lo cual existen tantas estructuras, tanta seriedad y competencia, mientras que en el campo de la vida espiritual y en particular de los problemas referentes a la verdad y a sus falsificaciones parecen reinar la indiferencia, el amateurismo y la chapucería? No solo en la Santa Sede y en las grandes instituciones académicas, sino en cada diócesis, en cada parroquia, en cada instituto religioso, en cada centro cultural laico católico, debería haber oficinas y servicios bien provistos, para ayudar a los fieles en el discernimiento y para defenderse o para defender a los demás del veneno de la herejía. Ha llegado el momento de hablar de la herejía con seriedad, con serenidad, con objetividad, con sentido de responsabilidad, con pastoralidad, en un clima de caridad y de servicio fraterno, sin ironías, sin ansiedad y sin histerismos, un poco como habla el médico de la influenza o de la vacuna contra el sarampión.
Ciertamente la herejía es una cosa seria, pero precisamente por ello, es necesario volver a hablar de ella con seriedad, calma y conocimiento de causa, sin dejarla en manos de las sectas o de los extremistas, que descalifican y distorsionan su significado, si es que no lo usan para devorarse entre ellos y para afirmar una mezquina dominación sobre la conciencia de los otros. Trabajar contra la herejía por la victoria de la verdad y, por tanto, por la salvación de las almas, no es un asunto trivial.
Se necesita un fuerte equipamiento, no solo cultural, sino también espiritual, porque, además de tener que luchar contra la ignorancia, la malicia y la credulidad humanas, se trata también de hacer frente a las insidias del padre de la mentira; por lo que es muy aconsejable, si no necesario, recurrir a la intercesión de María Santísima, vencedora de todas las herejías.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 6 de marzo de 2015

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum haeresis sit simpliciter opinio vel corruptio fidei

Ad hoc sic procediturVidetur quod haeresis sit simpliciter opinio.
1. Quia quidam tenent quod qui aliter sentit in re theologica non facit nisi opinionem diversam exprimere, nec unitatem fidei laedit. Hoc videtur rationabile, cum pluralitas opinionum dialogum ditare possit et communionem non impediat.
2. Praeterea, dicitur quod oecumenismus requirit doctrinales differentias lenire, ita ut doctrinae Lutheri videri possint ut incomprehensiones historicae et non ut verae fidei proditiones. Hoc videtur validum, quia unitatem christianorum quaerit in communibus, relicto eo quod dividit.
3. Item, affirmatur quod libertas cogitandi et pluralismus theologici permittunt varias interpretationes accipere, etiam si contrariae videantur, sine hoc quod haeresis sit. Hoc videtur probabile, quia ratio humana fallibilis est et errare potest sine intentione rebellandi contra fidem.
4. Denique, dicitur quod Ecclesia hodie vitat vocem haeresis et praeferit locutiones aequivalentes, quod videretur indicare haeresim iam non habere pondus quod olim habuit. Hoc videtur firmum, quia stilum pastoralem mitiorem et minus condemnatorium exprimit.

Sed contra est quod Scriptura docet: haereses sunt doctrinae daemoniorum et haereticus est antichristus qui se separat a communitate christiana. Sanctus Ioannes monet ne recipiatur nec salutetur qui doctrinam veram non affert, quia qui eum salutat communicat operibus eius malis. Sanctus Paulus commemorat oportere esse haereses ut manifestentur fideles veri. Sanctus Thomas comparat falsificationem fidei cum falsificatione monetae, ostendens gravitatem damni quod communitati infert.

Respondeo dicendum quod haeresis simpliciter opinio esse non potest, quia fidem corrumpit et salutem perdit. Fides est integralis acceptatio omnium quae Ecclesia docet ex divina Revelatione. Haereticus autem electionem arbitrariam facit, eligens quod sibi placet et recusans quod non accipit, quod ostendit defectum verae fidei. Una sola propositio haeretica sufficit ad fidem destruendam, sicut unus peccatus mortalis sufficit ad gratiam tollendam. Ecclesia ab initio haereses ut littera sonat damnavit, fideles ab errore servans. Quamvis hodie stilus pastoralior praeferatur, haeresis manet pestis spiritualis quae discernenda est et caritate fraterna ac amore veritatis expugnanda. Non est venatio phantasmatum nec intolerantia, sed officium pastorale et doctrinale. Ecclesia distinguit inter haeresim formalem, culpabilem, et haeresim materialem, insciam, sed numquam potest admittere haeresim esse solam opinionem. Vera attitudo est de haeresi serio, tranquille et scienter loqui, sicut de morbo qui vitam spiritualem minatur. Sicut centra medica contra epidemias exstant, optandum est ut Ecclesia instituta habeat ad haereses investigandas et sanandas, quia haeresis est malum quod bonum commune fidei laedit.

Ad primum dicendum quod opinio diversa in quaestionibus theologicis potest esse error, sed non est haeresis nisi fidem contradicit; haeresis est corruptio fidei, non mera varietas opinionum.
Ad secundum dicendum quod verus oecumenismus unitatem in veritate quaerit, non errores accipit; doctrinae Lutheri haereses manent, etiam si sub novis formis proponantur.
Ad tertium dicendum quod libertas cogitandi non potest iustificare negationem veritatum revelatarum; pluralismus legitimus est in opinionibus theologicis, non in dogmatibus.
Ad quartum dicendum quod, etsi Ecclesia hodie vocem haeresis propter rationes pastorales vitet, errores contra fidem adhuc damnat, et haeresis totam gravitatem suam retinet.
   
JG

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