miércoles, 26 de agosto de 2026

La Comunión a los divorciados vueltos a casar. Discusión y réplica a la respuesta de Corrado Gnerre

El papa León XIV ha convocado un gran encuentro en el Vaticano del 7 al 14 de octubre de 2026, centrado en la familia y en la exhortación Amoris laetitia. Será una reunión sinodal con presidentes de Conferencias Episcopales y jefes de Iglesias orientales para profundizar en la recepción de este documento del Papa Francisco. Los temas principales serán: la realidad y belleza de las familias actuales, los jóvenes y la vocación matrimonial, los primeros años de matrimonio como etapa decisiva, el acompañamiento en las dificultades de la vida, las familias cristianas como sujetos de misión. Como aporte de este blog a la reflexión preparatoria de este magno encuentro seguimos publicando en estos meses varios artículos del padre Giovanni Cavalcoli durante los años 2014 a 2016, referentes a los dos Sínodos sobre la Familia y a la exhortación Amoris laetitia. Sin embargo, tenga en cuenta el lector que el presente artículo del padre Cavalcoli es anterior a la publicación de Amoris laetitia. [En la imagen: fragmento de "El paseo", óleo sobre lienzo, 1870, obra de Pierre Auguste Renoir, conservada y expuesta en el Getty Center, Los Angeles].

La Comunión a los divorciados vueltos a casar
Discusión y réplica a la respuesta de Corrado Gnerre

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 22 de Octubre de 2015 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/sui-divorziati-risposati-continua-la-discussione-replica-di-giovanni-cavalcoli-alla-risposta-di-corrado-gnerre/)

El profesor Corrado Gnerre nuevamente ha intervenido en mi contra en la revista telemática Riscossa Cristiana respecto al tema de la problemática moral y jurídica relacionada con los divorciados vueltos a casar ¹. Creo que nuestra discusión puede ofrecer una modesta pero sincera contribución y tal vez una ayuda para las discusiones mucho más autorizadas que tienen lugar entre los Padres sinodales. Pero, tratándose de graves temas de interés común, creo que no está mal que nosotros dos, fieles comunes, expresemos nuestro parecer en una dialéctica constructiva. Veamos entonces las principales y más significativas críticas y objeciones que me hace el prof. Gnerre.

1. ¿Es de verdad un "juicio temerario" considerar que los divorciados vueltos a casar están en un estado de pecado grave?
Respondo: es un juicio temerario, si se cree que ellos están necesaria y continuamente en un estado de culpa o de pecado, si se cree que lo están permanente e irremediablemente, las veinticuatro horas del día privados de la gracia, de modo que si debieran morir deberían precipitar en el infierno.
Sin embargo, no es este el pensamiento de la Conferencia Episcopal Italiana que, ya en 1979, emanó un importante documento "Cuidado pastoral de las situaciones matrimoniales no regulares" ², en el que se dan instrucciones, todavía hoy muy útiles, sobre la conducta cristiana, que estas parejas pueden practicar. De lo cual se deduce fácilmente que esas parejas pueden estar en gracia y por lo tanto no están en un estado continuo de pecado mortal. De hecho, se dice, por ejemplo, que los dos pueden hacer la "Comunión espiritual". Si tuvieran un pecado mortal en su conciencia, ¿acaso podrían hacerla?
2. Gnerre me hace decir que yo sostendría que uno puede ser inducido a pecar de malgrado, a pesar de uno mismo. De hecho, me objeta diciendo que, si esto fuera cierto, "Todos podrían aducir situaciones que le hubieran impulsado, a su pesar, a pecar: 'La mujer que tú pusiste a mi lado me ha dado del fruto, y yo he comido!' (Gen 3). Adán trata de disculparse en vano".
Respondo: Pero yo he dicho exactamente lo contrario. He dicho que el pecado es un acto libre y voluntario, por lo cual no existe un "pecar a pesar de uno mismo". Ciertamente, yo puedo hacer una acción objetivamente mala, pero, si la cumplo involuntariamente o porque soy coaccionado o forzado o por inadvertencia o sin darme cuenta o sin un consentimiento deliberado, la acción no me puede ser imputada a culpa, al menos delante de Dios. Diferente es en cambio el caso de Adán, paradigma de aquel que ha pecado verdaderamente y voluntariamente y, en modo desleal, quiere sacudirse la culpa sobre los demás; aunque sea cierto que Adán ha sido inducido en tentación por Eva. Pero una cosa es sufrir una tentación y otra cosa distinta es ceder voluntariamente a la tentación. Yo, en cambio, me refería al caso en el cual, como por ejemplo ciertos convivientes, en situaciones objetivas insuperables o insalvables, pecan ciertamente, pero tienen atenuantes, por el hecho de que, por hipótesis, se encuentran cada día delante de la ocasión frecuente, impelente e inevitable de caer. Por eso, incluso un pecado de por sí mortal por su materia, pero con atenuantes subjetivos -falta de plena deliberación a causa de la violencia de la pasión-, puede rebajarse a nivel de culpa venial.
3. Los convivientes, dice Gnerre, tienen "la obligación de sustraerse a la condición pecaminosa, de lo contrario se corre el riesgo de 'poner a prueba' a Dios".
Respondo: La obligación existe, pero si existen las posibilidades efectivas y objetivas de interrumpir la relación. Pero existen casos complejos y complicados en los cuales la separación no es posible -al menos momentáneamente- ni con toda la buena voluntad de la pareja, que podría también haberse arrepentido de la nueva unión, pero no sabe cómo salir de ella. En estos casos la ocasión de pecar es inevitable e ineliminable, por lo cual, si es cierto que la ocasión no es la causa propia, sino sólo incentivo o estímulo externo a pecar, y si es cierto que la causa verdadera del pecado es sólo la mala voluntad, sigue siendo cierto que valen los atenuantes a los cuales se refiere el número precedente. Y si los dos pudieran caer en el pecado mortal, pueden ser perdonados por Dios, incluso sin el Sacramento de la Penitencia. Está claro, sin embargo, que cada vez que pecan, para levantarse, deben hacer el propósito de no pecar más, no obstante el persistir supuestamente involuntario o de fuerza mayor de la situación, que los empuja a pecar. Sin embargo, esta situación nunca debe ser llamada "pecaminosa", sino peligrosa. Recordemos siempre que ninguna situación es pecaminosa o culpable en sí, pero que sin embargo puede constituir ocasión de pecado o tentación al pecado. Y si luego en ciertos casos la situación puede ser evitada, debe ser evitada.
La tentación de Dios es otra cosa. Ella implica el ponerse voluntario en la ocasión o el dejar de hacer todo lo posible para evitar el pecado, con la pretensión de gozar de la protección divina o de escapar de cualquier modo del peligro. Dios no nos puede socorrer si voluntariamente nos arrojamos al precipicio.
El caso de ciertos convivientes es diferente. La hipótesis es que no tienen la posibilidad de evitar la ocasión o la tentación. Por eso, cuando ella llega, fácilmente caen en el pecado, pero la culpa disminuye, en cuanto se supone que la voluntad ceda a la violencia de la pasión. Si entonces la culpa se rebaja al nivel del pecado venial, ellos lo pueden quitar con simples prácticas penitenciales personales, obteniendo el perdón directamente de Dios.
4. "Dos convivientes, al no cambiar de vida, demuestran que su intención de no pecar es inexistente".
Respondo: Se dan casos en los cuales, al menos momentáneamente, es imposible interrumpir la convivencia, lo que conlleva la existencia de ocasiones y tentaciones inevitables y tal vez irresistibles de pecar. De ello seguirán pecados frecuentes, más o menos graves. Pero si bien su condición de vida externamente y jurídicamente es irregular e ilegítima, y es objetivamente reprobable, sin embargo ¿qué sabemos nosotros, luego, acerca de lo que la gracia puede obrar en sus conciencias? Es cierto que la buena intención se demuestra con los hechos. Pero es también cierto que si te encuentras en una situación como la de ciertos convivientes, de la cual por el momento es imposible salir, ¿qué les impide a ellos renovar continuamente y sinceramente, con todo esfuerzo, las buenas intenciones y los buenos propósitos, no obstante las frecuentes caídas?
Para verificar la bondad de una intención, no debemos pedir al prójimo acciones que estén más allá de sus fuerzas. Dos convivientes obligados a permanecer convivientes pueden igualmente cumplir actos de buena voluntad y por tanto no estar excluidos en absoluto de la divina misericordia, tal vez incluso más que una pareja de esposos que viven en una posición regular. ¿Qué sabemos de las intenciones de los corazones? ¿Qué sabemos de las diferencias y de los contrastes que pueden surgir entre las dos conciencias? ¿Qué sabemos de la violencia con la cual ciertos impulsos al mal contrastan la buena intención y la buena voluntad del sujeto? Y si la buena intención no llega a expresarse al exterior, ¿acaso Dios no la ve y no la premia? ¿Y qué sabemos de lo que la gracia obra en las almas?
5. "Tomemos la Confesión. Para que esta sea válida, necesita de algunas condiciones, entre las cuales el estar sinceramente arrepentidos y el propósito de no volver a pecar. En el propósito entra en juego también el comportamiento futuro. Si he robado y estoy convencido que una determinada ocasión me ha impulsado a hacerlo, tengo la obligación moral de evitar esa ocasión próxima de pecado. Lo mismo vale si convivo con una mujer como si fuera mi esposa no siendo ella mi esposa. Lo repito: desde un punto de vista formal, el razonamiento del padre Cavalcoli también podría tener valor, pero no desde un punto de vista sustancial e intencional. He aquí por qué Jesús dice las palabras que he citado antes: Si miras a una mujer deseándola...".
Respondo: Nada impide a los convivientes renovar continuamente el propósito de no pecar más cada vez que pecan. Es cierto que en el Acto de contrición en el confesionario expresamos al confesor tal propósito. Pero esto no impide que a la semana siguiente caigamos en el mismo pecado, al menos venial, sin que ello implique reincidencia ni ligereza ni hipocresía, sino sólo por la debilidad de la naturaleza humana. Esto no quiere decir que no existan y no deban existir procesos de curación, pero ellos requieren su tiempo y el confesor debe saber esperar. Por lo demás, el propósito debe ser proporcionado a las propias fuerzas y a las propias posibilidades, de modo compatible con la condición de vida en la cual se encuentra y de la cual no se puede escapar.
Ahora bien, nuestra hipótesis es precisamente la de una pareja que, por motivos objetivos graves, de fuerza mayor e incluso en parte razonables, no puede interrumpir la relación. Ciertamente, esto requiere la renovación continua de los buenos propósitos. Pero no debemos creer que los dos, por el simple hecho de encontrarse en esa situación, no puedan formar propósitos sinceros, que los abran a la gracia de Dios.
6. "Los divorciados vueltos a casar no pueden acceder a la Eucaristía porque su condición es objetivamente negativa. La Familiaris Consortio (n.84) habla para los divorciados de una condición de vida que contradice "objetivamente" la verdad natural y cristiana sobre el matrimonio: "Son ellos (los divorciados vueltos a casar) los que no pueden ser admitidos, desde el momento que su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y realizada por la Eucaristía".
Respondo: El Papa expresa aquí la condición de su irregularidad, en fuero externo o, como él se expresa, "objetivamente"; pero se cuida bien de no decir que ellos estarían, subjetivamente o en el fuero interno, en continuo estado de pecado mortal, porque esto, como ya he dicho, sería un juicio temerario, que pretende escrutar lo íntimo de las conciencias y las secretas operaciones de la gracia. En segundo lugar, esta enseñanza del Santo Pontífice no debe ser tomada como si fuera una doctrina de fe inmutable, sino sólo como disposición pastoral, como tal mutable, aunque de antiquísima tradición. Pero no se trata de Sagrada Tradición, que es la única depositaria del dato revelado, sino sólo de tradición canónica. En efecto, desde los años en que fue escrita esta Exhortación apostólica, la cuestión de los divorciados vueltos a casar se ha hecho bastante extensa, complicada y agravada, tanto que el actual Pontífice ha decidido volverla a examinar para ver si se mantiene la actual disciplina, o bien se decide adoptar soluciones diferentes a las del pasado. Para esto el Papa ha convocado al Sínodo. La cuestión pone en juego dos valores de fe, que corresponde a la Iglesia vincular con sabia pastoralidad: por una parte, el respeto a los sacramentos, medios inmutables de gracia y de salvación, instituidos por Cristo; por la otra, el cuidado de las almas, alimentadas por la gracia sacramental, la cual es administrada por la Iglesia.
Según donde esté la balanza, por así decirlo, la Iglesia puede hacer prevalecer el Sacramento; y entonces de aquí brota la actual disciplina; o bien puede enfatizar o poner en mayor relieve la salus animarum; y entonces la actual disciplina puede ser cambiada. Esperamos y acogemos las decisiones del Santo Padre, sean cuales que sean, sin el alarmismo de un estrecho conservadurismo y sin la facilonería de los modernistas.
7. "El padre Cavalcoli cae en la herejía de hoy: el pecado de por sí no existe, más bien debe ser considerado como un bien demediado, parcial, incompleto. El padre Cavalcoli debería saber que si existe el bien absoluto, no existe el mal absoluto, pero no por esto el mal no es y no sigue siendo mal".
Respondo: El prof. Gnerre me atribuye cosas horribles que no he dicho nunca, ni se pueden en absoluto derivar de mis afirmaciones. ¿Por qué una semejante ceguera? ¿Qué le ha sucedido? Gnerre cree poder recabar este juicio de estas palabras mías: "El pecar de los convivientes, por mucho que pequen, no es necesariamente coextensivo a su convivir. No es que todo su vivir sea pecado. Bien pueden poseer buenas cualidades en otros aspectos, cualidades que ellos pueden y deben valorizar, sin por ello pecar en esos ámbitos".
Por cuanto respecta al "bien demediado", es necesario entenderse. Si yo solo cumplo la mitad de mi deber, ciertamente cometo pecado. Pero si yo corto por la mitad una manzana, no hago nada malo en comer media manzana. Demediar un bien, o cumplir la mitad de un bien, es pecado, si ese bien debe ser entero: si corto a una persona humana por la mitad, ciertamente hago mal, o sea pecado.
El adulterio es un mal, es un pecado, porque destruye un matrimonio, fuente de la vida humana. Pero la nueva pareja que surge del adulterio, una vez cometido este pecado, no está dicho que en el curso de la vida siguiente ella esté siempre en pecado, privada de la gracia, aun si perdura un estado de vida reprobable. En efecto, los dos pueden arrepentirse de cada pecado cometido y recuperar la gracia cada vez, incluso si la unión sigue siendo ilegítima o reprobable.
Quizás el prof. Gnerre, con su referencia al buenismo, pretendía referirse a la teoría del pecado como "imperfección", teoría ideada por los modernistas para ser aplicada a los convivientes bajo el pretexto de que los dos poseen cualidades humanas, para minimizar sus culpas. En cambio, la imperfección moral es muy distinta del pecado, en cuanto que la imperfección está en la línea del bien, es una acción sustancialmente buena, aunque esté privada de su plenitud, pero no por mala voluntad del agente, sino más bien sólo por los límites de su voluntad Es, por tanto, fruto de la buena voluntad. El pecado, por el contrario, es un acto malvado, efecto de la mala voluntad. Es una imperfección voluntaria, es una reducción voluntaria o demediar voluntario del bien debido.
Por lo tanto, ¿yo diría que el pecado de por sí no existe? ¿Existe el mal absoluto? Digo simplemente que los convivientes, como cualquier ser humano hijo de Adán, mezclan las obras buenas con las malas acciones. He recordado también que, si no se está en gracia, incluso las buenas obras no sirven para la salvación. También he dicho y repetido, que el pecado es un acto malo voluntario cumplido con advertencia y deliberado consentimiento.
¿Dónde encuentra aquí el prof. Gnerre motivo para sus desatinadas acusaciones en mi contra? Gnerre más bien, con su teoría del pecado a tiempo completo -"situación de pecado"- se acerca horriblemente a la concepción maniquea del mal y manda inexorablemente al infierno a los pobres pecadores ignorando la obra de la gracia.
Por cuanto luego concierne a la cuestión del bien absoluto y del mal absoluto, lo que siempre yo he sostenido es que existe el bien absoluto y no existe el mal absoluto, porque, mientras el bien puede estar totalmente libre del mal, el mal no es otra cosa que una carencia o una privación de carácter accidental, porque tiene necesidad una sustancia o un sujeto, en el cual inherir. El mal total, absoluto o sustancial, por lo tanto, no existe, porque, en el momento en cual se destruye toda sustancia, el mal se anula a sí mismo.
El pecado, sin embargo, no es un mal que se destruye a sí mismo, como piensa Karl Rahner; en efecto, en el caso del pecado, el sujeto es el alma, la cual, por muy grave que sea el pecado, no puede ser destruida por este mal, que permanece en el alma. ¿Cómo se elimina este mal? Es Dios mismo quien lo quita en Cristo, suscitando el arrepentimiento o donando la gracia, y esto sucede también en los divorciados vueltos a casar, aunque cuando no tengan la posibilidad de interrumpir su relación.
8. Decir que el Papa no puede hablar nunca contra la Tradición, aunque tenga que ser su custodio o guardián, significa de hecho considerarlo infalible en todo. Graciano en su Decreto escribe del Papa: "A nemine est judicandus, nisi deprehenditur a fide devius", que significa: "no debe ser juzgado por nadie, a menos que se desvíe de la fe".
Respondo: El Papa es infalible como intérprete de la Tradición, no en todo. ¿Quién ha sostenido que en todo el Papa sea infalible? Si el Papa habla del partido Milán-Inter, no es infalible. Graziano hace un razonamiento hipotético puramente formal y abstracto, donde vale la consecuencia, no el consecuente. Es como si yo dijera: si me tirara desde el quinto piso, me mato. Pero no tengo en absoluto la intención de tirarme desde el quinto piso.
El Papa, como Maestro de la Fe, supremo intérprete de la inmutable verdad salvífica, revelada a nosotros por Cristo y contenida en la Sagrada Escritura y en la Sagrada Tradición, como Vicario de Cristo al enseñarnos la doctrina del Evangelio, los contenidos del dogma y de la moral, las exigencias de la ley divina y de la ley natural, aun cuando no pronuncie solemnemente -lo que es muy raro- una nueva definición dogmática, según las condiciones de la infalibilidad pontificia establecidas por el Concilio Vaticano I, en su enseñanza pública ordinaria, oral o escrita, una encíclica, una exhortación o carta apostólica, un motu proprio, una audiencia general o una homilía de la Misa cotidiana o un discurso público a cualquiera o a cualquier nivel o una entrevista con un periodista o una conversación con personalidades destacadas, goza del carisma de Pedro, a quien Cristo ha dicho: "confirma fratres tuos" ("confirma a tus hermanos en la fe", Lc 22,32) y por eso no se engaña y no nos engaña, no se equivoca y no es falible, sino que siempre nos dice con certeza la verdad, que, si no es inmediatamente verdad de fe, es en cualquier caso conexa con la fe o deriva de la fe.
El Papa, en cambio, no es infalible y de hecho puede equivocarse o engañarse o ser engañado o pecar en todo lo demás, puede ser injusto o imprudente en su conducta moral, en el tomar una medida o procedimiento, en el gobierno de la Iglesia, en el emanar o abrogar o cambiar una ley canónica o una norma litúrgica, en el expresar una opinión teológica, en los discursos o comportamientos privados, en la elección de los colaboradores, en el nombramiento o promoción o destitución de obispos o de prelados, en el tratar con los poderes políticos o en hacer juicios políticos. Puede ser depuesto ya sea por indignidad o por incapacidad o por gravísimos motivos que afecten el bien o la paz en la Iglesia, pero no podrá nunca ser culpable de herejía, cosa que por lo demás nunca ha sucedido. Él mismo, como bien sabemos hoy, puede hacer acto de renuncia al sagrado ministerio por motivos graves, más o menos libremente.
La única hipótesis válida del Papa hereje es el caso de manifiesta demencia, cosa que por lo demás nunca se ha verificado, o bien por constricción sufrida, caso, este último, que sí se ha verificado; pero el Papa, habiendo retornado a la libertad, ha anulado el acto inválido, cumplido en estado de necesidad.
Es por lo tanto una idea muy vergonzosa e inconcebible la de ciertos católicos o sedicentes católicos, los cuales, falsos sostenedores de la Tradición, se atreven a plantear la posibilidad del Papa "hereje", con la transparente intención de sentar una base "jurídica", para acusar al actual Pontífice, mientras que algunos llegan a la audacia de acusarlo abiertamente, tomando ocasión, un ejemplo entre muchos, de su decisión de permitir que en el Sínodo se discutiera la posibilidad de admitir a la Comunión a los divorciados vueltos a casar, como si esto constituyera un atentado a la "Tradición" y la dignidad de los Sacramentos.
Por otra parte tenemos la más compacta y peligrosa facción modernista, arrogante, escéptica, liberal, subjetivista, historicista, evolucionista y relativista, la cual, negadora como es de cualquier certeza o evidencia universal y objetiva -llamada con deprecio "abstracta"- y por tanto de la inmutabilidad no sólo del dogma, sino también de la verdad de razón, promueve, con el pretexto del "progreso", de la "libertad", de la "misericordia" y de la "modernidad", un cambio en la disciplina, no para adecuarla mejor al dogma o a la ley divina, para que ellos pueden tener una mejor aplicación, sino porque no cree en ningún valor absoluto.
Hacerse pasar por católicos y no serlo es una grave estafa o una operación puramente política, mucho peor que la del que pretende curar a los enfermos sin título habilitante. Católico no es alguien que pretende encargarse de vigilar la ortodoxia del Papa, para controlar que sea fiel a la Tradición, ni el que, creyendo tener línea directa con el Espíritu Santo o con la Biblia, actúa según su conciencia subjetiva, en absoluta autonomía, como si fuera el fichtiano "Yo absoluto", le guste o no le guste al Papa, que para él es un creyente a la par de todos los demás, con sus propias discutibles y hasta atrasadas opiniones, como hubo de decir el cardenal Carlo Maria Martini, poco antes de morir, que "la Iglesia de Benedicto XVI está atrasada dos siglos", y que afortunadamente "hoy tenemos grandes teólogos como Rahner".
El católico se distingue entre todos los demás cristianos -y se enorgullece de ello- precisamente por su leal obediencia al Papa, que no es la obediencia supina, sino la de personas inteligentes y responsables, que gozan de la libertad de los hijos de Dios, y que por tanto saben cuándo el Papa debe ser obedecido y cuándo puede ser criticado, en base a criterios de discernimiento que el mismo Papa ofrece, y no los que nos vienen de mons. Marcel Lefebvre o de Hans Küng.
Incluso si el Papa no fuera perfectamente imparcial entre los dos partidos en lucha, no debemos perturbarnos demasiado: es una de esas cosas en las que él no es infalible y puede corregirse. Expresamos lealmente nuestro disenso, allí donde nos es permitido, pero miramos en él sobre todo al Sucesor de Pedro. Estemos cercanos a él en la lucha y en el sufrimiento, invoquemos para él la asistencia del Espíritu Santo y la intercesión de la Virgen, a fin de que "se forme un solo rebaño con un solo pastor".

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 22 de Octubre de 2015

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