Si hablamos de la belleza de María: ¿qué significa decir "tota pulchra es, Maria"? ¿Es su hermosura solo física o también moral, espiritual y sobrenatural? ¿Cómo se entiende la virginidad como plenitud y no como carencia? ¿Por qué la belleza de la Virgen se nos muestra velada en esta vida y solo se revelará plenamente en la visión escatológica? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli explora con profundidad teológica y estética el misterio de la belleza de María, mostrando que su atractivo no es meramente sensible, sino signo de su inmaculada integridad y modelo de la verdadera belleza que conduce a la santidad. [En la imagen: fragmento de "Tota pulchra", óleo sobre lienzo, 1620, obra de Baltasar de Echave Ibía, conservada en el Museo Nacional de Arte, Ciudad de México].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 20 de julio de 2026
La belleza de María. Tota pulchra es, Maria
La belleza de María. Tota pulchra es, Maria
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en la revista La Madonna di Fontanellato de noviembre-diciembre de 2014, n.6, pp. 5-7. Versión original en italiano: https://www.santuariofontanellato.com/wp-content/uploads/2019/02/Novembre-Dic-2014-06.pdf)
La belleza es la propiedad de lo que es perfecto. Lo perfecto no carece de nada. Por lo tanto, es un todo. En él todas las partes están ordenadas en torno al principio de su unidad. Siendo uno, está determinado, y siendo determinado, es distinguible. Siendo distinguible, es inteligible, por lo tanto verdadero. Siendo verdadero es objeto del apetito: es bueno. Lo bello, sin embargo, es bueno para el intelecto, no para la voluntad: id quod visum, placet.
La voluntad goza, pero goza porque está ante el bien del intelecto, no ante el de la voluntad, que es el fin del acto moral. Lo bello agrada al verse, no en cuanto es un bien a realizar o un acto a cumplir o un fin a alcanzar o un bien a poseer.
La belleza de María es la belleza de una mujer. Es la belleza de una persona humana. Es la belleza de una creatura santísima. La suya es una belleza física, moral, espiritual, sobrenatural. Ella agrada al verse. Agrada a los sentidos, agrada a la imaginación, agrada al intelecto, agrada a la voluntad, agrada al espíritu, agrada a la fe.
La belleza está ligada al carácter de inmaculado. La belleza es la cualidad del ente que tiene todo aquello que debe tener, sin adiciones y sin reducciones o disminuciones. La belleza en efecto significa integridad, ausencia de defectos o carencias, total pureza y ausencia de impurezas. A lo feo en la estética corresponde el pecado y el mal en la moral. El pecado es feo y la virtud es bella.
María agrada no como una novia o esposa, sino como una virgen, una madre, una hermana, una amiga. Aún con todo esto, la novia no está sin relación con María, que también fue y es esposa de José. Sin embargo, sabemos la configuración moral y jurídica del matrimonio de María. En él se salva ciertamente la esencia radical del matrimonio, en cuanto pacto de amor entre un varón y una mujer con el cual uno se compromete a mantenerse indefectiblemente fiel al otro, aunque por razones de fuerza mayor o por motivos razonables los dos se abstengan de la relación sexual, de modo que no tengan hijos.
María, por lo tanto, es modelo de las esposas y de las viudas y es amable como esposa solo en relación con el aspecto espiritual de la unión conyugal. Sin embargo, no debemos pensar que Ella sea extraña o ajena al aspecto sexual, en cuanto el matrimonio, en la grandísima generalidad de los casos, debe ser entendido no solo como pacto de amor, sino también como amor fecundo, por el cual fin natural del matrimonio ordinario es la generación y la educación de la prole.
La belleza de María se sitúa evidentemente también en el plano sexual, pero en virtud de su virginidad, no ejerce la normal atracción sexual, que forma parte en la propensión y vocación ordinaria de la esposa. Por eso María agrada solo estéticamente, pero no sexualmente, aunque su sexo sea obviamente el sexo femenino y en su más alta perfección: tota pulchra es, Maria.
La belleza física de María no es por tanto exactamente la belleza de la novia/esposa, sino la de la virgen. Ella es sexualmente bella porque es mujer, pero no atrae sexualmente, porque es virgen. Tampoco su esposo san José se ha sentido atraído por ella sexualmente. Tampoco a él la belleza de María le ha agradado sexualmente, sino solo espiritualmente.
No porque le haya desagradado, dada la sublime belleza de María, sino simplemente porque en ella, no obstante su belleza, en virtud de su virginidad como plena donación y disponibilidad al proyecto divino, estaba ausente su atractivo sexual. Mientras que José, por su parte, tuvo de Dios un don especial de templanza en ámbito sexual. Por eso, de María, en la iconografía tradicional aparece descubierto solo el rostro, a diferencia del uso musulmán, en el que se oculta también el rostro.
Es obvio que también en el rostro aparecen las características sexuales. Sin embargo, el pudor cristiano no llega hasta la exageración islámica de ocultar también el rostro, como si éste pudiera estimular la concupiscencia. Por lo demás, también en la tradición cristiana, el cuerpo de María está totalmente cubierto, a diferencia del hábito menos oculto de la mujer consagrada y de la secular. Queda el hecho de que el cuerpo de María es un cuerpo femenino, testimoniado por la historia y por el mismo enunciado del dogma de la Asunción al cielo.
De Adán y Eva recién creados por Dios, antes del pecado original, la Escritura dice que "estaban desnudos y no sentían vergüenza" (Gén 2,25). Sin embargo la belleza física de María en esta tierra no se muestra sino velada, ya sea porque el hábito acentúa la dignidad de la persona, sea porque nuestra mirada tendiente a la concupiscencia también en los santos no sabría sostenerse sin pecar en el esplendor edénico de esta sublime belleza.
María no conoce el pecado, pero no se muestra en esta vida sino a pecadores, aunque purgados y santificados por la gracia. Por lo cual sería ilusorio creer, en base a una falsa escatología, el poder desde ahora tener esa mirada totalmente pura que podremos tener solo en la futura resurrección.
Uno de los propósitos o de los significados del voto de castidad está precisamente en esta conciencia que debemos tener de que esa belleza femenina, que de por sí debería elevarnos, fuera también la de la Virgen, aunque vista en su santidad, dada la impureza de nuestra mirada, de hecho, no nos beneficiaría, sino que nos sería peligrosa. De ahí la renuncia y la abstinencia.
Debemos prestar atención para entender bien la belleza de la virginidad de María en relación a su carácter inmaculado. A menudo, la virginidad viene llamada "pureza" y también está bien. Pero es necesario prestar atención a no pensar que la relación sexual sea en sí una cosa impura.
Así también existe un antiguo himno mariano, por lo demás muy bello, en el cual se alaba a María, "inviolada, intacta y casta", óptimas expresiones si se refieren a la naturaleza inmaculada o inocencia moral de María; sin embargo, si se refieren a su sexo, es algo que podría hacer pensar que la unión sexual sea una violación o corrupción de la naturaleza o podría hacernos mirar mal el sentido del tacto.
En realidad, desde un punto de vista natural o fisiológico, debería ser evidente que la potencia generativa no actuada es algo de menos y de incompleto respecto a su actuación. Lo que obviamente no deroga en nada del altísimo significado de la virginidad de María, significado, sin embargo, que no es ascético como en nosotros, que sentimos el conflicto entre el espíritu y la carne, sino que es solamente teológico y escatológico: teológico, en cuanto María es fecunda del Espíritu Santo; y escatológico, en cuanto ella es la mujer de la resurrección, donde ya no existe la procreación.
La unión entre el varón y la mujer, de la cual habla el capítulo 2 del Génesis, es cosa más radical que la separación entre varón y mujer, exigida por el voto de virginidad, cosa indudablemente noble y útil, pero en definitiva, una práctica de emergencia, relativa sobre todo a las condiciones pasajeras de la naturaleza caída y no a la salvación o santidad final del hombre en cuanto tal. Por eso no debemos tener temor de ver en la Virgen María el modelo también de la casta unión entre los esposos.
La "re-velación" quiere decir desvelamiento, quitar un velo que cubre y oculta. Nosotros quisiéramos ver más allá; pero ¿con qué mirada? ¿Estaríamos preparados para una experiencia de tal género? Ver la verdad inmediatamente, sin mediaciones, en su desnudez, de por sí debería ser natural y benéfico, y en cambio sucede en el presente estado de naturaleza caída que lo que debería hacer bien es peligroso. Así, a un enfermo le hace mal lo que le hace bien a un sano. De ahí el por qué la belleza física de María en la vida presente se nos oculta. María se esconde precisamente porque aquí abajo la podemos ver mejor con el ojo de la fe.
Ella, inocente, tiene piedad de aquellos que no son inocentes. Ella, sin pecado, tiene en cuenta a aquellos que tienden al pecado, a fin de que no pequen en este estado presente de naturaleza corrupta, nosotros que, no estando como ella en un estado de inocencia, no podemos permitirnos ni podemos alcanzar ese estado de pureza y libertad que solo ella puede poseer.
Por eso, la belleza de María no le pide renuncias, a las cuales ella, por su inocencia, no está obligada, pero que en cambio nos hacen bien a nosotros. María no nos pide a nosotros pecadores lo que podríamos lograr si nos hubiéramos quedado, como ella, en el estado de inocencia. El ascetismo necesario para la vida presente es ciertamente incómodo pero útil.
En efecto, aquí abajo estamos en las condiciones similares a las de quien, por haberse roto un brazo, lo hubiera enyesado. Ciertamente, estar en estas condiciones no es bello, no es agradable y no es el ideal del bienestar y de la salud; sin embargo, lo hacemos con gusto, sabiendo que, si queremos curarnos, debemos aceptarlo pacientemente, con vistas a quitarnos un día el yeso.
Así, ahora vemos velada la belleza de María bajo los velos de la fe. Un día, en el cielo, cuando hayamos recuperado la mirada pura como la de Adán en el paraíso terrenal, podremos verla en su edénico y escatológico desvelamiento, aunque no sepamos cómo.
En efecto, es difícil imaginar cómo podrá ser el cuerpo celestial de la Virgen María: cómo, en cuáles aspectos o en qué condiciones lo podremos ver y cuánto y cómo nos agradará su belleza. Solo podemos repetir el ingenuo pero profundo canto popular: "Iré a verla un día en el cielo patria mía, iré a ver a María, mi alegría y mi amor".
También este cuerpo inmaculado de María naturalmente viene concebido o imaginado como revestido de una espléndida vestidura real, que lo recubre y lo embellece. Vestida mucho más bella y espléndida que el pobre hábito que María vistió en su vida modesta y oculta de este mundo, ahora, en el cielo, será una vestidura celestial, como también vemos en las apariciones marianas y está representado habitualmente en la gran iconografía mariana clásica.
La belleza de María es la belleza del ideal de la mujer, que se podría parangonar con aquella belleza de la cual Adán ha gozado, cuando Dios le ha presentado a Eva y que le hizo exclamar: "He aquí, por fin, el hueso de mis huesos y la carne de mi carne" (Gén 2,23).
Es propio de la inocencia primitiva saber gozar de la belleza de la desnudez en vista de un casto amor y sin estímulos al pecado, a diferencia de cuanto sucede en la presente naturaleza caída, por eso la belleza de la mujer tentadora empuja a pecar al hombre de mirada impura.
Por el contrario, en el Edén todo parece puro a la mirada pura (Tit 1,15), y también en el estado presente, en virtud de la gracia sanante de Cristo y del ejercicio de la virtud, es posible de algún modo y hasta cierto punto, aunque imperfectos, gozar de las "primicias" (Rm 8,23) o de la "caparra" del Espíritu.
Ciertamente, la mujer fea puede ser buena. Es más, sucede quizás que solo en la vejez la mujer adquiere esa sabiduría que la hace bella espiritualmente. Por lo demás, de poco vale la belleza física, si no va acompañada de la belleza de la virtud. Sin embargo, la fealdad física es indudablemente el signo de la triste presencia en el hombre de las consecuencias del pecado original. En el cielo todos son bellos y en la plenitud del vigor físico.
La belleza de María es modelo también para las mujeres feas, a fin de que puedan embellecerse y no descuidar su decencia física. Así como María se inclina misericordiosamente no solo sobre los feos para embellecerlos, también y más se inclina sobre todos los míseros para levantarlos, sobre los pobres para enriquecerlos, sobre los que sufren para hacerlos gozar, sobre los necesitados para satisfacerlos, sobre los oprimidos para liberarlos, sobre los defectuosos para corregirlos, sobre los rebeldes para amonestarlos, sobre los pecadores para convertirlos, sobre los ciegos para iluminarlos, sobre los que dudan para aconsejarlos, sobre los débiles para defenderlos, sobre los humillados para compensarlos, sobre los enfermos para curarlos, sobre los afligidos para consolarlos, y nos recuerda que la verdadera e importante belleza no es tanto la del cuerpo, sino la del espíritu y la de la santidad.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, noviembre de 2014
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum pulchritudo Mariae sit exemplar supremum verae pulchritudinis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod pulchritudo Mariae non sit exemplar supremum verae pulchritudinis.
1. Quia pulchritudo est proprietas perfecti, et solus Deus est perfectus. Ergo non potest attribui creaturae humanae perfectio pulchritudinis. Praeterea, si pulchritudo est integritas sine defectu, videtur quod nulla creatura eam plene possidere possit.
2. Praeterea, pulchritudo corporalis mulieris frequenter est occasio concupiscentiae et peccati. Ergo non convenit quod Maria sit exemplar pulchritudinis, quia hoc posset inducere homines ad peccandum, sicut factum est cum Eva in Paradiso, cuius pulchritudo fuit occasio ruinae.
3. Item, virginitas est carentia potentiae generativae actuatae. Ergo non potest reputari plenitudo pulchritudinis, sed magis incompletudo, quia quod non actuatur imperfectum videtur.
4. Denique, pulchritudo corporalis est transitoria et senectute amittitur. Ergo non potest esse exemplar supremum verae pulchritudinis, quae debet esse aeterna et incorruptibilis.
Sed contra est quod Scriptura dicit: Tota pulchra es, Maria. Genesis refert de Adam et Eva ante peccatum quod erant nudi et non confundebantur. Paulus docet quod iam possumus frui primitiis Spiritus. Augustinus affirmat cor hominis inquietum esse donec requiescat in Deo. Dogma Assumptionis proclamat Mariam in caelum assumptam esse cum corpore et anima, iam participem gloriae eschatologicae.
Respondeo dicendum quod pulchritudo Mariae est exemplar supremum verae pulchritudinis. Pulchritudo est integritas, absentia defectuum, pura munditia. Maria, immaculata, possidet omnia quae debet habere, sine additionibus et diminutionibus. Ipsius pulchritudo est corporalis, moralis, spiritualis et supernaturalis. Ipsa placet sensibus, imaginationi, intellectui, voluntati, spiritui et fidei. Virginitas eius non est carentia, sed plenitudo theologica et eschatologica: fecunda Spiritu Sancto et figura resurrectionis, ubi iam non est generatio.
Pulchritudo Mariae in hac vita velata ostenditur, quia nostra oculata peccatrix non posset eam sustinere sine concupiscentia. Ideo Maria sub velis fidei se abscondit, et solum in visione eschatologica poterimus contemplari eius splendorem edenicum. Pulchritudo Mariae non est tantum corporalis, sed praecipue spiritualis et sanctitatis, exemplar etiam mulieribus deformibus, pauperibus, patientibus et peccatoribus. Ipsa misericordia sua decorat et admonet quod vera pulchritudo non est tam corporis quam spiritus et virtutis.
Ad primum dicendum quod, quamvis solus Deus sit perfectus absolute, Maria participat perfectionem divinam per gratiam et per immaculatam conceptionem, et ideo eius pulchritudo est exemplar.
Ad secundum dicendum quod pulchritudo Mariae non inducit ad concupiscentiam, quia virginitas eius tollit attractionem sexualem et puritas eius elevat aspectum ad Deum.
Ad tertium dicendum quod virginitas non est incompletudo, sed plenitudo theologica, quia Maria est fecunda Spiritu Sancto et figura vitae aeternae.
Ad quartum dicendum quod pulchritudo corporalis Mariae non est transitoria, quia corpus eius in caelum assumptum est et iam participat gloriam eschatologicam, ubi omnes sunt pulchri in plenitudine vigoris corporalis.
JG
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