El diablo y el pecado original: ¿mito arcaico o verdad revelada? ¿Es el límite humano simple condición creatural o consecuencia de una culpa transmitida? ¿Podemos reducir el pecado original a un “estigma” psicológico o a una metáfora de fragilidad? ¿No es más bien la raíz de la miseria y de la muerte que afligen a toda la humanidad? Este nuevo y breve artículo del padre Giovanni Cavalcoli examina con rigor teológico las objeciones modernas y muestra cómo la doctrina católica, desde la Escritura hasta Santo Tomás de Aquino y el Magisterio, enseña que el pecado original es real, que el diablo engañó a los progenitores, y que sólo la gracia de Cristo nos libera de su herencia. [En la imagen: fragmento de "Pecado original y expulsión del Paraíso", pintura al fresco, entre 1509 y 1510, obra de Michelangelo, conservada en la Capilla Sixta, Vaticano].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 20 de julio de 2026
El diablo y el pecado original
El diablo y el pecado original
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 19 de julio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-diavolo-e-il-peccato-originale.html)
Un lector ha comentado mi comentario al artículo de la Prof. Perroni con algunas consideraciones, a las cuales he considerado responder, pensando con ello hacer cosa útil para los Lectores.
Este es el texto del Escritor: "Como escribo en el libro reciente Mi riprendo il vangelo (pp. 80-81): «La Biblia, en realidad, no atribuye a Dios la precariedad, el sufrimiento y la muerte. Estos límites se conectan más bien a la libertad humana y a la condición creatural. No una culpa que expiar, sino un límite que habitar. Un límite que sentimos estrecho y que nos empuja todavía hoy a buscar un culpable fuera de nosotros: Adán, el diablo o cualquier otra figura sobre la cual proyectar la fatiga de existir».
Observo que si Dios no comete el mal de culpa, su justicia impone el mal de pena. Así la pareja primitiva fue castigada con la muerte por haber desobedecido a Dios con el pecado original. Ciertamente nosotros no expiamos la culpa del pecado original, que nos es borrada por el Bautismo. Debemos en cambio expiar nuestras culpas personales.
Buscar un culpable fuera de nosotros es un acto de hipocresía y de fuga de las propias responsabilidades, como hizo Eva acusando a la serpiente de haberla engañado y como hizo Adán acusando a Eva o quizá acusando a Dios de haberle puesto al lado a Eva.
Esta deslealtad de los progenitores, por otra parte, no deroga en nada la culpa de la serpiente de haberlos engañado e inducido a pecar. Por esto Dios castiga también a la serpiente, es decir, al diablo, obligándolo a «comer el polvo», vale decir a ser cegado por la materia y a convertirse en esclavo de la materia, gran humillación para un espíritu hecho para las cosas espirituales.
Continúa el Escritor: «Ya santo Tomás, en el siglo XIII, fue obligado a una compleja relectura para hacer conciliable este dogma (pecado original) con el estado de justicia originaria presente en el proyecto divino».
Observo que Santo Tomás no tuvo que conciliar nada, sino simplemente constatar y describir, porque entre la condición feliz del estado edénico y la de las penas consiguientes al pecado original hay ciertamente un contraste, pero del todo lógico, en una consecuencialidad del todo lógica, ya que es lógico que la comisión de una culpa comporte el paso del pecador de una situación de justicia a una condición de miseria e infelicidad.
Continúa el Escritor: «Santo Tomás escribe que tal “estado de justicia originaria” fue concedido al primer hombre no como individuo, sino como principio base de la naturaleza humana, y como tal transmitido junto con ella a los descendientes. Una solución teológica que intenta armonizar fe y razón, recurriendo a una relectura que hoy definiríamos más creíble y mejor conciliable con la ciencia. A los descendientes de Adán, junto con la naturaleza animal, habría sido transmitido un “estado de justicia original”. Viene sin embargo a preguntarse: ¿por qué en cambio la llamada “culpa” personal de Adán debería recaer sobre nuestras espaldas hasta el fin de los tiempos?».
Como enseña el dogma del pecado original, las penas consiguientes al pecado, que afligen a toda la humanidad, no tienen nada que ver con la culpa personal de Adán, por la cual fue castigado solo Adán, sino que se refieren al hecho de que la culpa de Adán, que se transmite con las relativas penas por generación a toda la humanidad, debe considerarse también como culpa de todo el género humano o, como se expresa el Aquinate, un peccatum naturae.
Continúa el Escritor: «Seguramente existe un límite objetivo debido a nuestro ser criaturas y, como tales, “finitas” en todos los sentidos, desde el primer vagido del primer ser humano, con la consecuencia de que nuestro obrar se mueve continuamente entre cosas buenas y cosas malas, entre egoísmo y altruismo. Este “límite original” que todos llevamos encima no significa sin embargo que se trate de una “culpa o pecado original” que expiar, si no entendido como estigma».
El pecado original no se expía, porque él es remitido por el Bautismo y no es un pecado personal, el cual solo debe ser expiado por quien lo ha cometido. El límite no es necesariamente un «estigma», un defecto que «llevar encima». Existen límites defectivos, pero existen también límites naturales. Mientras que los límites defectivos los causamos nosotros o son consecuencia del pecado original, los límites naturales los establece Dios en su sapientísimo designio con el cual ha querido instituir y crear la naturaleza humana.
En efecto, hay algunos teólogos que sostienen que la naturaleza humana de por sí no tiene límites, sino que corresponde al hombre establecerlos: un buen pretexto para consentir al hombre una falsa libertad de decidir lo que es bueno y lo que es malo, desobedeciendo a la ley divina. Que yo no pueda saltar tres metros o ver una hormiga a un kilómetro de distancia, ciertamente es un límite, pero no es un defecto.
Continúa: «Pero puesto que sentimos esta condición estrecha respecto a nuestras aspiraciones a una vida y a un mundo mejores, hoy como entonces buscamos el culpable fuera de nosotros: por una parte Adán con el pecado original, por otra el diablo con sus tentaciones».
Que tengamos la tendencia a descargar nuestras responsabilidades sobre factores diversos de nuestra voluntad, es verdad, con tal de que sin embargo esto no se convierta en el pretexto, como parece hacer el Escritor, para poner en duda la existencia del impulso al mal que viene de las consecuencias del pecado original y del demonio.
Ciertamente no podemos dar a ellos la culpa de nuestros pecados, pero es verdad que los obstáculos al bien y las tentaciones al pecado que nos vienen de esas dos realidades pueden provocar en nosotros atenuantes de nuestras culpas. De aquí nuestro deber de entablar una batalla cotidiana para vencer estas fuerzas y no ser vencidos por ellas.
Sobre este tema del pecado original y del demonio, consultar el Catecismo de la Iglesia Católica (CCC) del n. 345 al n. 421, Parte Primera – La Profesión de Fe – Sección Segunda: La Profesión de Fe Cristiana – Capítulo Primero – Creo en Dios Padre - Artículo 1 - «Creo en Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra» - Párrafo 7, La caída.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 18 de julio de 2026
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum peccatum originale et actio diaboli
sint realitates obiectivae quae totam humanitatem afficiant
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod peccatum originale et actio diaboli non sint realitates obiectivae quae totam humanitatem afficiant.
1. Quia Scriptura non attribuit Deo precarietatem, dolorem et mortem, sed haec limitia coniunguntur libertati humanae et conditioni creaturae. Concluditur igitur quod nulla culpa est expianda, sed tantum limitatio inhabitanda, et quod loqui de peccato originali esset indebita proiectio laboris existendi super figuras externas sicut Adam vel diabolus.
2. Praeterea, dicitur quod status iustitiae originariae concessus est ut principium naturae humanae et transmissus ad posteros, sed culpa personalis Adae non debet in eos redundare. Si hoc ita est, peccatum originale non esset nisi symbolum finitudinis humanae, et non culpa realis generatione tradita.
3. Item, quidam tenent quod id quod vocamus peccatum originale est simpliciter limitatio obiectiva ex nostra conditione creaturarum finitarum, et quod non significat culpam, sed stigmatem vel conditionem naturalem. Sic inclinatio ad malum esset solum effectus fragilitatis nostrae, sine necessitate admittere hereditatem culpae.
4. Denique dicitur quod inclinatio quaerendi culpabiles extra nos, sicut Adam vel diabolus, est tantum modus effugiendi nostras responsabilitates. Ergo non debet admitti ut explicatio obiectiva inclinationis nostrae ad malum, sed interpretari ut hypocrisis et evasio.
Sed contra est quod Scriptura docet: Deus punivit progenitores morte propter inoboedientiam, et punivit etiam serpentem cogendo eum pulverem comedere. Augustinus docet cor hominis inquietum esse donec requiescat in Deo. Sanctus Thomas affirmat culpam Adae transferri ut peccatum naturae. Catechismus Ecclesiae Catholicae docet peccatum originale esse dogma fidei et diabolum verum tentatorem. Concilium Vaticanum I in constitutione Dei Filius declarat nullum errorem esse posse in magisterio ordinario, quod veritatem de vita aeterna et de lapsu docet.
Respondeo dicendum quod peccatum originale et actio diaboli sunt realitates obiectivae quae totam humanitatem afficiunt. Inter statum felicem paradisi et poenas consequentes peccato originali est contrarietas, sed omnino logica, quia logice sequitur quod commissio culpae inducat transitum peccatoris a iustitia ad miseriam. Peccatum originale non est mera limitatio naturalis, sed culpa generatione tradita, quae totam humanitatem affligit poenis suis. Baptismus tollit culpam, sed poenae manent. Diabolus progenitores decepit et a Deo punivit, et actio eius adhuc est causa tentationum et impedimentorum ad bonum.
Non potest peccatum originale reduci ad stigmatem psychologicum nec ad metaphoram fragilitatis, quia limitatio naturalis a Deo statuta non est defectus, dum limitationes defectivae proveniunt ex peccato originali. Conatus negandi hanc realitatem ducit ad libertatem falsam, in qua homo sibi arrogat definire quid sit bonum et quid malum, inoboediens legi divinae. Iustitia divina infligit malum poenae, et propter hoc tota humanitas patitur consequentias peccati originalis. Inclinatio quaerendi culpabiles extra nos est realis, sed non tollit existentiam obiectivam inclinationis ad malum quae provenit ex peccato originali et diabolo. Ergo oportet agnoscere has vires existere et officium nostrum est eas vincere gratia Christi, quae nos liberat ab hereditate peccati.
Ad primum dicendum quod precarietas et mors non sunt solum conditio creaturalis, sed poenae a iustitia divina inflictae propter peccatum originale.
Ad secundum dicendum quod culpa personalis Adae punita est in ipso solo, sed peccatum eius traditur ut peccatum naturae toti humanitati cum poenis suis.
Ad tertium dicendum quod limitatio naturalis non est peccatum, sed limitatio defectiva ex peccato originali est, et propter hoc requiritur gratia ad eam superandam.
Ad quartum dicendum quod, quamvis non possimus tribuere Adae vel diabolo culpam peccatorum personalium nostrorum, tamen debemus agnoscere quod consequentiae peccati originalis et tentationes diaboli sunt realitates obiectivae quae inclinationem nostram ad malum afficiunt, et non admittere hoc esset negare doctrinam constantem Ecclesiae.
JG
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