¿Puede el diálogo convertirse en un ídolo que termine sustituyendo a la verdad? ¿Es suficiente el intercambio cordial de opiniones cuando Cristo mandó enseñar, corregir y conducir a todos los pueblos a la plenitud del Evangelio? ¿Cuál es la verdadera finalidad del ecumenismo y del diálogo interreligioso según el Concilio Vaticano II? ¿Consiste solamente en descubrir valores comunes o también en iluminar los errores y conducir a todos hacia la plenitud de la verdad revelada? En esta quinta parte de su estudio, el padre Giovanni Cavalcoli examina críticamente las deformaciones contemporáneas del diálogo, confrontándolas con los grandes textos conciliares sobre la misión, el ecumenismo y la evangelización. Con vigor polémico y preocupación pastoral, sostiene que la Iglesia no puede renunciar a su misión de maestra de la verdad, llamada no sólo a dialogar con el mundo, sino también a anunciar a Cristo, discernir entre lo verdadero y lo falso y conducir a los hombres hacia la unidad de la fe y la plenitud de los medios de salvación. [En la imagen: el papa León XIV durante el Encuentro Interreligioso en el Centro de Congresos “Robert Schuman” de Metz, en su reciente viaje apostólico a Francia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 12 de octubre de 2026
Predicar hoy (5/5)
Predicar hoy
Quinta Parte (5/5)
(Traducción al español de la quinta parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada en su propio blog el 7 de octubre de 2026. Versión original en italiano: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/travels/2026/documents/francia-25-28settembre2026.html)
El ídolo del diálogo
La palabra «diálogo» aparece de manera casi obsesiva 156 veces, y ni una sola vez se habla de la conversión, de los dogmas, de la sana doctrina que debe promoverse y defenderse, de los equívocos que hay que disipar, de las insidias que deben evitarse, de las infidelidades y de los errores que deben confutarse y corregirse, de las falsedades y herejías que deben eliminarse, de los daños que deben repararse, de las lagunas que deben colmarse y de los obstáculos que deben superarse, como si todas estas cosas no existieran o no tuvieran nada que ver con el ecumenismo o con el diálogo interreligioso.
El diálogo evangélico no pone en juego solamente la diversidad o la reciprocidad, sino también el problema de lo verdadero y de lo falso. El verdadero diálogo evangélico no consiste en dar siempre la razón al otro y evitar siempre y en toda circunstancia desagradarlo. También es diálogo el de Cristo con los fariseos, el de Juan Bautista con Herodes, el de Samuel con David, el de los profetas con los reyes de Israel infieles a la Alianza.
Dialogar es también saber decir al hermano, con recta conciencia: tú pecas o te equivocas por este y este motivo; debes corregirte de esta manera; debes convertirte; debes arrepentirte; si no te conviertes, terminarás en la Gehena. Este es el ejemplo de los profetas, de Cristo, de los Santos Pontífices, de los Concilios, de los Apóstoles, de los Padres y Doctores de la Iglesia, de los verdaderos reformadores, de los santos y de los mártires. De lo contrario, más vale que no enseñemos a los demás el diálogo, que no aspiremos a cargos en la Santa Sede y que nos limitemos, como los ermitaños, a hacer penitencia por nuestros pecados, rezando por los vivos y por los difuntos.
El diálogo, por su propia naturaleza, es dialéctico, es decir, no resuelve las contradicciones ni los conflictos. No produce la unidad, sino que los deja en pie. Es vano esperar, por tanto, que la unidad, la certeza común y la concordia universal puedan nacer del solo diálogo. Hace falta la enseñanza persuasiva o autoritativa de la verdad y la confutación del error.
Más aún, el diálogo, si es absolutizado, hace que la dialéctica se vuelva dia-bólica, es decir, que se rigidice en la contradicción sin resolverla y no la elimine, como sucede en la dialéctica hegeliana. Cuando San Pablo, en I Tim 4,1, habla de «doctrinas diabólicas», se refiere a doctrinas inspiradas por el diablo, divisivas, creadoras de discordia, porque el diablo es el divisor por excelencia. La violencia y las guerras nacen de una dialéctica absolutizada y pueden ser eliminadas mediante un verdadero diálogo, que sabe practicar la corrección fraterna.
En efecto, la simple dialéctica, como demostró Aristóteles, se sitúa en el plano de las apariencias, de lo opinable, de lo subjetivo, de lo probable, de lo incierto. No puede por sí misma convertirse en saber, revelación, visión, certeza, objetividad, verdad o ciencia. Por tanto, no puede sustituirlas, como creía Hegel. Es útil, pero no como saber, sino como simple introducción o preparación para el saber.
En el ámbito del anuncio del Evangelio, la dialéctica debe emplearse en la fase preparatoria de la apologética. Pero cuando el oyente está preparado para acoger la Palabra de Dios, es necesario pasar de la apologética a la instrucción o a la enseñanza doctrinal o dogmática, formativa o correctiva.
Por lo que se refiere al ecumenismo, es decir, al restablecimiento y a la preparación de la unidad de los cristianos, el Concilio estimula a los católicos a organizar encuentros o a participar en encuentros promovidos por los cristianos acatólicos para una toma de conciencia común de los valores compartidos. Este trabajo, después de sesenta años de confrontaciones ecuménicas, ya ha sido realizado. Pero este es sólo el primer paso querido por el Concilio.
Ahora, según las directrices del Concilio, es necesario dar y hacer dar el paso sucesivo y conclusivo, mediante el cual se recuperará o recompondrá la comunión anterior al surgimiento de las separaciones, entre las cuales las principales son la de los protestantes en el siglo XVI y la de los orientales en el siglo XI.
Es necesario, por tanto, que la Iglesia recuerde a los hermanos separados, deseosos de retornar a la plena comunión con la Iglesia católica, los puntos de doctrina que dichos hermanos deben aceptar para estar en plena comunión con la Iglesia y, por consiguiente, las tesis opuestas a esos puntos, que deben rechazar reconociendo su falsedad.
Estos puntos son conocidos desde los tiempos del Concilio de Trento para los protestantes y desde el siglo XI para los ortodoxos, y han sido esclarecidos por el posterior magisterio pontificio, especialmente por el Beato Pío IX, el Concilio Vaticano I, San Pío X y Pío XII. Además, es necesario que los hermanos que desean entrar en plena comunión acepten los desarrollos dogmáticos que la Iglesia ha realizado desde su separación hasta nuestros días.
De modo semejante, a partir de la institución del organismo eclesial para el diálogo interreligioso, hoy Dicasterio de la Curia Romana, ha surgido entre estudiosos, teólogos, misioneros y simples fieles una amplia actividad de profundización en el conocimiento de las diversas religiones, de tal modo que han aparecido especialistas en cada una de ellas, capaces de proporcionar información a los misioneros y a las Iglesias que trabajan en los territorios ocupados por los fieles de esas religiones.
Está claro que tampoco aquí puede uno detenerse en el diálogo, sino que este debe constituir la base de un entendimiento común que permita a los católicos, en un clima de confianza recíproca y mutua benevolencia, preparar y ofrecer un camino hacia Cristo a los fieles de las diversas religiones, adaptado a la situación y a las características de cada una de ellas.
Graves lagunas de la Nota
Lamentablemente, la Nota ¹ no alude en absoluto a estas grandiosas iniciativas o perspectivas históricas que, por el contrario, ya están maduras y se presentan como la realización del programa ecuménico conciliar y como la obra misionera de iluminación y purificación evangélica de las religiones del mundo para las próximas décadas.
Si Europa necesita reencontrar sus raíces cristianas, si las Américas presentan fermentos de crecimiento cristiano, si África contempla una Iglesia en expansión y Australia vive las dificultades y las esperanzas cristianas de Occidente, quizá haya llegado la hora para la inmensa Asia, donde los católicos siguen siendo una cantidad ínfima, de acoger a Cristo en el interior de sus civilizaciones milenarias, hoy mejor apreciadas por la Iglesia postconciliar y ricas en antiquísimas tradiciones espirituales, tales que pueden dar a la Iglesia un nuevo rostro místico de espléndida belleza.
Así pues, respecto del diálogo interreligioso y con los seguidores de las demás religiones, también aquí es necesario iniciar la evangelización con un momento sanamente dialéctico, esforzándose, mediante argumentos oportunos y testimonios adaptados al modo de pensar o de vivir de aquellos pueblos, para que los seguidores de esas religiones se sientan impulsados a acercarse a Cristo.
En cambio, todo en la Nota parece agotarse en la gozosa toma de conciencia de una comunidad de valores, en un intercambio amistoso, cordial y fraterno, en una admirada valoración de las diferencias, en el disfrute de una común buena voluntad, en una colaboración constructiva y una estima recíproca, en la certeza de todos de ser objeto de la misericordia divina.
Resulta claro que se evita afrontar la verdad desagradable y molesta. Se tiene miedo de desagradar a los poderosos de este mundo. Además, hay que observar que hoy está difundida la manía de la comunicación sin contenidos, la idolatría del diálogo. Y más que nunca nos encontramos en el diálogo entre sordos, en la incomunicación o en discursos vacíos y sin sentido, bombardeados por noticias inútiles, en la aburridísima repetición de frases hechas y de verdades consabidas, mientras de los verdaderos problemas no se habla o no se logra entenderse sobre ellos. ¿Dónde está el diálogo?
Por el contrario, las personas reflexivas y silenciosas, de pocas palabras, taciturnas, son consideradas personas insignificantes, malhumoradas o deprimidas, individuos asociales, poco comunicativos, que no saben estar en sociedad, encerrados en sí mismos.
Lo que cuenta es hablar, comunicar, no importa qué. Lo importante es mover la lengua. Muy importante es hablar de uno mismo. Así sucede que, al faltar contenidos edificantes o útiles al prójimo para su salvación, se pierde el tiempo y surgen la palabrería, la verborrea, la logorrea, la charla y los discursos vacíos. En el mejor de los casos, uno se limita a las frases hechas, a las frases efectistas, a los eslóganes repetidos hasta el aburrimiento.
Los potentísimos medios técnicos de comunicación de los que hoy disponemos, aunque en sí mismos son utilísimos para hablar a todo el mundo, terminan favoreciendo esta obsesión por comunicar, que luego no es una verdadera comunicación, sino la transmisión instintiva, acrítica y emotiva a los demás de contenidos imaginativos, excitantes, espectaculares y emocionantes, recibidos emotivamente de otros poderosos y hábiles transmisores influyentes, envolventes, entusiasmantes o impresionantes o fantásticos, imponentes, mercenarios, sugestivos, excitantes, estimulantes, arrolladores e impulsores.
Parece que los mismos Pontífices del período postconciliar se han dejado condicionar por esta importancia excesiva de la cantidad de palabras con respecto a la calidad. Una encíclica de 15 a 20 páginas del Beato Pío IX, de León XIII, de San Pío X o de Pío XII dice mucho más de lo que el Papa Francisco dice en una encíclica de 150 páginas.
No se comprende que el silencio de los Cartujos y de los Trapenses es mucho más elocuente que la conferencia o el escrito publicado en 50.000 ejemplares de un predicador, de un teólogo o de un Obispo influidos por el buenismo o por el misericordismo.
La Nota, en cambio, habría hecho bien en recordarnos las irrenunciables palabras del n. 22 de la Declaración Dominus Jesus de la CDF del año 2000: «La Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye radicalmente aquella mentalidad indiferentista inspirada en un relativismo religioso que lleva a considerar que una religión vale tanto como otra. Si es verdad que los seguidores de las otras religiones pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se encuentran en una situación gravemente deficitaria, si se la compara con la de aquellos que, en la Iglesia, poseen la plenitud de los medios de salvación».
Como si dijera: podrán estar incluso de buena fe, pero ello no quita que sus ideas deban ser corregidas y que ellos deban ser puestos en guardia frente a los males que estas producen.
La Dominus Jesus concluye sabiamente con estas palabras, que los redactores de la Nota deberían haber tenido presentes: «El diálogo, aunque forme parte de la misión evangelizadora, es sólo una de las acciones de la Iglesia en su misión ad gentes. La igualdad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igual dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo, que es Dios mismo hecho hombre, en comparación con los fundadores de las demás religiones» (n. 22).
Por ello no se puede poner en el mismo plano a Cristo, Moisés, Mahoma, Confucio, Buda, Shamkara, Mani y Zoroastro, sin negar la divinidad de Cristo o divinizar también a los demás fundadores, cosa evidentemente absurda, que ni siquiera sus respectivos seguidores se atreven a hacer.
Añadamos, por tanto, que el Papa Francisco, al indicar las religiones como caminos diversos para llegar a Dios, no pretendía situarse en el plano de la distinción entre lo verdadero y lo falso, y por consiguiente no quiso en absoluto excluir que, mientras en el catolicismo se encuentra la totalidad de las verdades salvíficas, en las demás religiones existen, junto a verdades, lagunas y falsedades; sino que quiso simplemente poner de relieve el hecho de que las religiones, en cuanto expresiones de la religión natural universal, presentan diversidades legítimas, que muestran la variedad de los dones que Dios ha concedido a cada una de ellas. Todas las religiones proceden de Cristo y todas conducen a Cristo. La religión católica es aquella en la cual resplandece de la mejor manera esta relación con Cristo. Este es el razonamiento que la Nota debería haber desarrollado.
Para permanecer luego en el ámbito de las relaciones de la Iglesia con los luteranos, es necesario señalar que los errores y las herejías de Lutero, señalados por el Concilio de Trento y por los Papas de los siglos XIX y XX, siguen siendo, por desgracia, considerados verdades por los luteranos de hoy. Salvo algún signo de rectificación manifestado recientemente ², ellos mantienen sus convicciones heréticas, y no es pensable que sea la Iglesia la que se retracte de sus condenas; sino que, si estos hermanos quieren estar en plena comunión con la Iglesia católica, serán ellos quienes deberán corregirse. La Iglesia es maestra de verdad. Todas las naciones están llamadas a su escuela.
Ciertamente no puede decirse que la Nota nos haga particularmente evidente esta verdad; pero recordemos que la Nota no constituye Magisterio, sino que es un documento únicamente pastoral, aunque haya sido firmado por el Papa y esté implicado el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Pero, como sabemos, en el ámbito pastoral la Iglesia puede equivocarse, como hemos visto ad abundantiam en la infausta experiencia de la Inquisición.
Se trata de un documento pastoral, aunque haya participado en él el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. En la pastoral la Iglesia no decide acerca de la verdad que debe enseñarse, sino acerca de qué debe hacerse o cómo debe actuarse en determinadas circunstancias de tiempo y de lugar, para guiar a los fieles del mejor modo posible y para expandirse en el mundo.
Cristo le aseguró la infalibilidad en todos los niveles de autoridad pontificia en la enseñanza de la verdad y en la definición de los dogmas de la fe. En cambio, no le garantizó la impecabilidad en la conducta pastoral, que requiere diversas virtudes morales, donde el Papa y los Obispos pueden faltar en diversos modos y grados: caridad, discernimiento, justicia, misericordia y prudencia. Así fue posible durante seis siglos la institución de la Inquisición con la correspondiente pena de la hoguera, algo que hoy nos horroriza y nos lleva a preguntarnos cómo pudo darse en Pastores que, por otra parte, eran santos.
Hoy, sin embargo, se ha pasado de una severidad excesiva a una tolerancia o indulgencia excesivas, comúnmente llamadas «buenismo». Así como ayer los Pastores no admitían ni advertían que estaban equivocándose, así también hoy la Iglesia encuentra dificultad para admitir esta debilidad o falta de valentía. Y, sin embargo, mirando atentamente el ejemplo de Cristo, siempre es posible encontrar el medium virtutis.
Hoy la Iglesia corre el riesgo de pasar de un extremo al otro: del rigorismo al buenismo. La Iglesia de ayer elevaba demasiado la voz. Hoy la mantiene demasiado baja. Debe aprender del pianista cuando toca el piano: saber utilizar ora los tonos suaves ora los fuertes. La Iglesia ha producido sus mejores frutos cuando ha sabido unir y alternar, según las circunstancias, la justicia con la misericordia.
Es necesario que la Iglesia, aún hoy, haga saber a sus hijos y a los mismos luteranos que sigue esperando su rectificación, porque, si calla, se difunde entre católicos y luteranos la convicción, difundida por los modernistas, de que hoy la Iglesia se equivocó al condenar a Lutero y que, con el Concilio, nos ha hecho comprender que Lutero tenía razón y que ella ha comprendido haberse equivocado al juzgar a Lutero como hereje, cuando en realidad no era más que un católico que propuso una reforma de la Iglesia hoy aceptada por el Concilio.
Si la Iglesia no habla con claridad sobre esta grave cuestión, sucede que los luteranos, creyendo que la Iglesia les da la razón, mantendrán sus herejías, mientras que los católicos creerán que Lutero ha sido rehabilitado, con lo cual permanecerán católicos de nombre, pero se convertirán de hecho en luteranos.
San Juan Pablo II indica con claridad cuál es el objetivo del diálogo ecuménico: «La plena unidad se realizará cuando todos participen de la plenitud de los medios de salvación que Cristo ha confiado a su Iglesia», evidentemente la Iglesia católica, como resulta claramente de las palabras del Decreto conciliar Unitatis redintegratio (n. 3), de las cuales el Papa las tomó.
En efecto, el Decreto observa cómo las iniciativas del diálogo ecuménico «contribuyen a promover la equidad y la verdad, la concordia y la colaboración, la caridad fraterna y la unión, de modo que por este camino, poco a poco, superados los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos, en una única celebración de la Eucaristía, se reúnan en aquella unidad de la una y única Iglesia que Cristo otorgó desde el principio a su Iglesia y que creemos subsistir, sin posibilidad de perderse, en la Iglesia Católica» (n. 4). Estas son las verdades que la Nota debería haber recordado.
¿Qué ha sido de las enseñanzas del Concilio?
El Decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II, dedicado a enseñarnos cómo difundir la fe cristiana entre los pueblos y, por tanto, también entre los seguidores de las demás religiones, nos hace ver que ciertamente es necesario comenzar con el diálogo, pero este no es un fin en sí mismo. Por el contrario, mediante el acuerdo en la verdad común y la refutación del error, debe ordenarse al anuncio, a la enseñanza y a la instrucción, para que los pueblos alcancen aquella plenitud de verdad que sólo el cristianismo, única religión fundada por Dios mismo, posee:
«Así como Cristo mismo escrutó el corazón de los hombres y los condujo a la luz divina mediante un diálogo verdaderamente humano, así también sus discípulos, profundamente animados por el Espíritu de Cristo, deben conocer a los hombres entre los cuales viven e imprimir a sus relaciones un diálogo sincero y paciente». Pero no deben detenerse aquí. En efecto, el Decreto continúa y expone el FIN del diálogo: «para que conozcan qué riquezas ha dado Dios en su munificencia a los pueblos; pero al mismo tiempo deben procurar iluminar estas riquezas con la luz del Evangelio, liberarlas y referirlas al dominio de Dios Salvador» (n. 11).
Además, el Decreto presenta magnífica y eficazmente la actividad misionera, en tono apocalíptico, como la obra misma de la Iglesia vencedora escatológica con Cristo vencedor del poder de las tinieblas y de las fuerzas del demonio: «Todo cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya por una oculta presencia de Dios entre las naciones», en las culturas, las sabidurías y las religiones de la humanidad, «la Iglesia lo purifica de las escorias y lo devuelve a su Autor, Cristo, que derriba el reino del demonio y aleja la multiforme malicia del pecado. Por consiguiente, cuanto bien se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres o en los ritos particulares y en las culturas de los pueblos, no sólo no se pierde, sino que es sanado y perfeccionado para la gloria de Dios, la confusión del demonio y la felicidad del hombre» (n. 9).
No podía decirse mejor. ¿Por qué estas sapientísimas palabras y estas magníficas enseñanzas, perfecto reflejo de la voluntad y de la doctrina del divino Maestro Salvador, no han sido citadas por la Nota?
Además, ¿cuál es el contenido de la esperanza de los católicos de la que habla la Nota? No se dice. Pero la cosa debería ser evidente: que los no católicos, como desea Unitatis redintegratio, puedan un día llegar a Cristo, conducidos por la predicación católica del Evangelio y por el testimonio de las obras. Es necesario que la Iglesia continúe comportándose así, como lo ha hecho durante estos dos mil años en su actividad evangelizadora y misionera, obteniendo la conversión de los pueblos y la difusión de la Iglesia hasta los confines del mundo.
Sí, con frecuencia escuchamos en los encuentros ecuménicos la oración común unida al deseo de Cristo ante el Padre de que haya un solo rebaño bajo un solo pastor. Pero ¿quién, entre los católicos que participan en tales encuentros, es capaz de hacer ver con claridad y parresia a los no católicos que con estas palabras el Señor quiere decir que todos los pueblos de la tierra, todos los fieles de todas las religiones, están llamados a entrar en la Iglesia católica guiada por el Papa?
Y, sin embargo, ¿qué mandó Cristo a los Apóstoles? Lo sabemos todos: «Enseñad a todas las naciones» (Mt 28,19), «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15); encargó a Pedro guiar a la Iglesia en esta obra evangelizadora, salvífica, universal y escatológica. ¿Qué significa «a toda criatura»? A los judíos, a los paganos, a los no creyentes, a los musulmanes, a los hinduistas, a los fieles de todas las religiones.
Por lo que se refiere al derecho a la libertad religiosa, este es un derecho civil que concierne a la organización del Estado, no a la organización de la Iglesia, que está regulada por el derecho canónico. Y, sin embargo, el Decreto Dignitatis humanae dice claramente que está fundado sobre la Revelación. Si el ciudadano es libre de ser católico o no católico, creyente o no creyente, el derecho canónico no permite al católico abrazar la herejía. El derecho canónico no concede ninguna libertad religiosa a los católicos, sino que obliga a todos los católicos a ser católicos. La Iglesia, por tanto, no tiene facultad para castigar a los judíos, a los ortodoxos, a los protestantes ni a los musulmanes, aunque tengan ideas falsas; pero no puede tolerar que supuestos o autoproclamados católicos pongan en peligro con sus mentiras la salud de las almas.
De aquí deriva el deber de los predicadores de diagnosticar y refutar las herejías, así como el deber, en principio, de los Obispos de tomar medidas disciplinarias, salvo en aquellos casos en los que prevean que el cismático o el hereje empeorará, o en los casos de herejes que, sin embargo, conservan grandes valores y saben difundirlos. En cualquier caso, el Obispo no debe omitir la refutación de la herejía ni dejar esta tarea a los teólogos, a los Religiosos, al clero secular o a los mismos laicos.
El Sumo Pontífice es el supremo maestro y predicador del Evangelio y es el juez supremo en materia de herejía. Desde el período postconciliar ya no hemos oído a los Papas intervenir o advertirnos contra las herejías precisando sus contenidos, como habían hecho siempre los Papas anteriores, enumerando las proposiciones heréticas.
¿Significa esto que las herejías ya no existen? ¡Todo lo contrario! Nunca como hoy han circulado tantas herejías dentro de la Iglesia. Los daños causados por este fenómeno son evidentes. ¿Cómo poner remedio? Con los remedios que he sugerido en este artículo, remedios que no son hallazgos personales míos, sino aquello mismo que Cristo y la Iglesia enseñan, recordándonos que también hoy nosotros no estamos sustraídos al peligro de caer en la herejía y que no somos nosotros, pecadores, sino el Espíritu Santo quien guía a la Iglesia hacia la plenitud de la verdad.
Es necesario, por tanto, que la Iglesia, llevando a la práctica lo mejor del mensaje conciliar, retome plenamente el oficio que Cristo le asignó de ser luz de las gentes, enviada por Él a evangelizar a todos los pueblos, maestra infalible de la verdad salvífica, purificadora y liberadora de las mentes y de los corazones para someter todo entendimiento al pensamiento de Cristo.
La Iglesia debe volver a comprender que la evangelización no es siempre un tranquilo y agradable intercambio de opiniones o un diálogo amoroso y cortés en el que unos se integran con otros, complaciéndose en las diferencias recíprocas y en los valores comunes; sino que es también la lucha apocalíptica y dramática de la Mujer contra el Dragón en vista de la victoria final de Cristo sobre las fuerzas de la mentira y del mal. Es arriesgar la vida en el enfrentamiento con las fuerzas de la falsedad y del pecado.
Para que las actividades ecuménicas y el diálogo interreligioso sean fructuosos, como el mismo Concilio desea, para que se acerque aquel día querido por Cristo en que haya un solo rebaño y un solo pastor, aunque sabemos que en el Día del Juicio los justos serán separados de los impíos, es necesario que la Iglesia retome con valentía y parresia su tarea magnánima y materna, magisterial y profética, dictada por una ardiente caridad, de decirnos, respecto de las doctrinas de los hermanos separados y de las demás religiones, qué es verdadero y qué es falso. Debe indicarnos, como siempre ha hecho y como siempre deberá hacer, cuáles son las verdades que deben aceptarse y cuáles son las falsedades que deben evitarse.
Debe imitar la diligencia y la competencia con las cuales los médicos prescriben el tratamiento que se debe seguir, o el cuidado con que las casas farmacéuticas adjuntan a un medicamento las ventajas del mismo, las normas detalladas sobre su uso, así como las cosas que deben evitarse, los riesgos y las contraindicaciones. El Evangelio es el Medicamento para toda enfermedad del espíritu contra los venenos del demonio. Esto significa, según la voluntad de Cristo, preocuparse verdaderamente por la salud de las almas y conducirlas, libres del mal, a la santidad.
Fin de la Quinta Parte (5/5)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 20 de septiembre de 2026
Notas
¹ Véase aquí: https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20260916_nota-cammino-speranza_sp.html
² Véase, por ejemplo, la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación entre el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y la Federación luterana mundial del 31 de octubre de 1999.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum dialogus oecumenicus et interreligiosus
ordinetur ad evangelizationem et ad plenam communionem in veritate
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod dialogus oecumenicus et interreligiosus sit finis in seipso.
1. Sufficit enim quod homines mutuo se agnoscant, valores communes communicent et fraterne cooperentur, ut finis ab Ecclesia intentus assequatur.
2. Praeterea, respectus diversis religionibus debitus exigere videtur ut vitetur iudicium quo quaedam doctrinae verae, aliae autem falsae habeantur. Ergo dialogus non debet ordinari ad errores corrigendos neque ad superiorem veritatem conducendum.
3. Praeterea, dialogus mutuam intelligentiam, pacificam conviventiam et concordiam inter populos producit. Ergo non videtur necessarium ei ulteriorem evangelizationis finalitatem addere.
4. Praeterea, si omnes religiones valores et elementa veritatis continent, inconveniens videtur unam ex eis tamquam possidentem plenitudinem veritatis et mediorum salutis praesentare.
Sed contra est quod Decretum Ad gentes docet discipulos Christi cognoscere debere divitias quas Deus populis concessit, sed simul eas luce Evangelii illuminare, purificare et ad dominium Dei Salvatoris referre. Similiter plena unitas perficietur, cum omnes participabunt plenitudinem mediorum salutis quae Christus Ecclesiae suae concredidit.
Respondeo dicendum quod dialogus magnam et necessariam functionem habet in missione evangelizatrice Ecclesiae, non tamen constituit finem in seipso. Eius munus est praeparare viam ad Evangelii annuntiationem per agnitionem valorum qui in populis, culturis et religionibus reperiuntur, relationes fiduciae, intelligentiae et mutuae benevolentiae constituendo.
Dialogus tamen non debet sistere in simplici opinionum commutatione neque in mera agnitione valorum communium. Debet potius ad illuminationem eorumdem valorum per lucem Evangelii, ad purificationem errorum atque ad incorporationem omnis boni ad dominium Christi Salvatoris conducere.
Unde tam in oecumenismo quam in dialogo interreligioso ultimus finis non consistit tantum in pacifica conviventia aut mutua cooperatione, sed in eo quod omnes homines ad illam plenitudinem veritatis et mediorum salutis perveniant quae subsistit in Ecclesia a Christo fundata.
Sic dialogus subordinatus manet missioni universali ab ipso Christo Ecclesiae commissae, videlicet omnes gentes docendi, Evangelium omni creaturae praedicandi atque omnes populos ad unitatem fidei et ad plenam communionem in Christo conducendi.
Ad primum dicendum quod cooperatio et agnitio valorum communium sunt quidem bona authentica; constituunt tamen solummodo initium itineris ab Ecclesia voliti, non autem eius terminum.
Ad secundum dicendum quod respectus erga personas et traditiones religiosas non tollit officium distinguendi inter veritatem et errorem neque obligationem annuntiandi plenitudinem veritatis revelatae.
Ad tertium dicendum quod dialogus concordiam et mutuam intelligentiam fovet; per se tamen neque unitatem fidei neque plenam communionem ecclesialem efficit.
Ad quartum dicendum quod in diversis religionibus inveniri possunt elementa veritatis et boni; plenitudo tamen mediorum salutis atque plenitudo veritatis revelatae in Ecclesia Christi inveniuntur, ad quam ordinantur ipsa elementa veritatis extra eam reperta.
JG
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