En este artículo el padre Giovanni Cavalcoli reflexiona sobre el don singular de la fe concedido al Papa, una fe sólida, pura y fecunda que sostiene la de todos los fieles. ¿Qué significa que la fe del Papa sea infalible e indefectible? ¿Por qué los enemigos de la Iglesia buscan siempre debilitar el papado? ¿Puede el Papa equivocarse en su fe o ser corregido por otros? Este texto del docto teólogo dominico muestra cómo la fe pontificia es principio de unidad y garantía de verdad, capaz de confirmar a los hermanos, corregir errores y custodiar la doctrina de Cristo. Se examina también la relación entre el ejercicio personal de la fe del Papa y su magisterio, distinguiendo entre enseñanzas doctrinales, pastorales y jurídicas, y se advierte contra la tentación de reducir el papado a mera figura simbólica.. [En la imagen: el Santo Padre durante el rezo del Angelus del pasado 6 de septiembre de 2026].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 10 de septiembre de 2026
La fe del Papa: "Cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos"
La fe del Papa: "Cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos"
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 22 de agosto de 2016 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/la-fede-del-papa-una-volta-ravveduto-conferma-i-fratelli-nella-fede/)
Al Santo Padre: Al Santo Padre:
"Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo;
pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca.
Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos" (Lc 22,31-32).
La fe que Dios da al Papa es un don del Espíritu Santo, que, entre todos los fieles, Dios sólo le concede a él, es decir, en la máxima medida, pureza y fortaleza realizables por un cristiano; es una fe de una luminosidad, solidez y fecundidad excelsas, por encima de la fe de todos los otros fieles; es una fe que se asemeja a la piedra angular de un edificio, la cual sostiene todas las otras piedras, es decir, la fe de todos los otros fieles.
En este sentido, Cristo asigna a Pedro la tarea de ser "roca", sobre la cual Él edifica su Iglesia. La fe de Pedro es suprema promotora y moderadora de la unidad y de la universalidad de la fe de todo el pueblo de Dios, en la variedad y multiplicidad de los diferentes modos de pensar, de expresar y de comunicar la fe. Si desfalleciera la fe de Pedro, la Iglesia colapsaría. Por eso, todos los enemigos de la Iglesia, desde la extrema izquierda a la extrema derecha, desde los ateos a los panteístas, desde los gnósticos a los agnósticos, desde los masones hasta los protestantes, lo primero que tienen en mira es el derrocamiento del papado o su reducción a figura simbólico-representativa, como el Presidente de la República Italiana o la Reina de Inglaterra.
Para ello, el Anticristo emplea sus mejores fuerzas sobre todo contra el Vicario de Cristo. En toda la historia de la Iglesia, no ha habido herejía más dañina para la Iglesia y su unidad, que la de Lutero, cuando, con implacable furor, identificó hasta el final de su vida al Papa con el Anticristo. Incluso los cismáticos griegos, que también rechazan el primado petrino, sin embargo siguen considerando siempre al obispo de Roma como "Papa de Roma" y "Primado de Occidente".
Todos los herejes, de todo tipo o color, hinchados de soberbia, engañados por el demonio y siervos del Anticristo, creen y dan a entender que poseen la verdadera fe en Cristo, sin o contra el Papa, pensando que pueden cazarlo de hecho en fallo de fe o corregirlo de hecho en materia de fe y, por lo tanto, de saber mejor que él cuál es la verdad del Evangelio. Pero son ilusos e impostores, que corrompen la fe y las costumbres cristianas y pueden impulsar también a la misma apostasía de la fe.
La fe especial que el Papa recibe del Espíritu Santo le permite ver la verdad del Evangelio mejor, más alto y más profundamente que todos los demás; es una fe que sabe encontrar las mejores palabras para explicarla, para expresarla y para enseñarla; es una fe de tal modo fuerte y robusta como para sostener y corregir la fe de todos los otros fieles, los cuales se apoyan sobre esta fe y encuentran en ella luz y consuelo, así como certeza de estar en la verdad y de seguir la doctrina de Cristo; es una fe única en toda la Iglesia, no solo como virtud personal, porque aquí el Papa es superado solo por Abraham en el Antiguo Testamento y por Nuestra Señora en el Nuevo (Lc 1,45), sino también en su fuerza generadora y confirmadora.
Nadie puede corregir al Papa en su fe, porque la fe del Papa no puede tener defectos ni lagunas, es íntegra y no puede caer en el error. Es una fe infalible e indefectible, desde san Pedro hasta el último Papa de la historia, siempre idéntica a sí misma y jamás cambiada, con el debido respeto a los modernistas, porque es el espejo de la Palabra de Cristo, que no pasa. El Papa es el único fiel que tiene una fe de tal género. Todos los demás pueden errar en la fe. No él. Puede él descubrir los errores de todos, corregir a todos, pero nadie puede corregirlo a él. Es en modo especialísimo aquel "hombre espiritual", del cual habla san Pablo, "que todo lo juzga, sin poder ser juzgado por nadie" (1 Co 2,15).
Este es el privilegio único de la fe pontificia, debiendo ser fe que funda, genera, sostiene y difunde la fe en el mundo y que custodia, confirma y defiende la fe del Pueblo de Dios, corrigiendo los errores, compadeciendo y tolerando a los débiles y a los ignorantes, amonestando a los que se equivocan y a los arrogantes, llamando a retornar a los cismáticos, herejes y apóstatas, perdonando a los que se corrigen de sus errores y vuelven a la verdad. Naturalmente, incluso quien ha sido elegido Papa ha llegado a la fe como cualquier buen católico, a través de un camino a veces laborioso y accidentado, superando pruebas y dudas, y respondiendo a las solicitaciones de la gracia, en comunión con la Iglesia y los Papas precedentes. En precedencia, antes de ser elegido Papa, él pudo haber tenido defectos e incertezas en la fe; pero, una vez investido del carisma de Pedro, deviene sólido e invencible. El Papa puede ser probado en la fe, puede ser sometido incluso a las más insidiosas tentaciones, pero está protegido por la fuerza del Espíritu. El Papa no puede pecar jamás voluntariamente contra la fe, al menos en detrimento de la Iglesia.
El Papa puede tener una fe cultivada en la teología, como ha sido el caso para Benedicto XVI, o en la práctica pastoral, como lo ha sido para el Papa actual y como lo fue para san Pío X. Puede haberla cultivado en la Secretaría de Estado, como fue el caso para el Beato Pablo VI y Pío XII o en la diplomacia vaticana, como lo fue para san Juan XXIII o como Inquisidor de la fe, como lo fue para san Pío V, o en los estudios humanísticos, como fue el caso para Pío II, o en la enseñanza del derecho canónico, como lo fue para ciertos Papas del Medioevo, o en la vida monástica, como lo fue para san Gregorio Magno. En cualquier caso, uno, para ser elegido Papa, debe distinguirse en la fe, porque la principal tarea del Papa es el confirmar a sus hermanos en la fe. De aquí desciende el apacentar el rebaño de Cristo y el defenderlo de los lobos, es decir, el poder pastoral y de gobierno (potestas clavium). Y no tanto una fe docta o culta, cuanto ante todo una fe pura, sólida, inteligente y comunicativa. Pura, es decir, libre de errores; sólida, es decir, bien fundada, cierto y certificante; inteligente, es decir, dotada de aquello que santa Catalina de Siena llamaba la "santa discreción", la capacidad crítica de discernir lo verdadero de lo falso; comunicativa, es decir expresada o mediada por un lenguaje claro, apropiado, adecuado a las diversas clases de fieles.
Este es probablemente el motivo por el cual el cardenal Carlo Maria Martini, durante cuarenta años, a cada muerte de Papa, fue regularmente preconizado por la gran prensa como papable, pero asimismo regularmente el colegio cardenalicio lo descartó, porque lamentablemente Martini, más allá de su cultura, de su producción literaria y de sus cualidades humanas y pastorales, poseía una fe incierta, ambigua y oscilante, semejante a quien sirve a dos señores, que por otra parte él mismo describiera como continua discusión, en la conciencia, entre un creyente y un ateo, sin tomar nunca una decisión ni por el uno ni por el otro. Lo mínimo que se puede decir de esta fe es que ella no produce ciertamente mártires, sino solo astutísimos veletas o renegados o traidores, como Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, obispo de Autun, que pasó del Ancien Régime a la Revolución, de la Revolución al Directorio, del Directorio a Napoleón, de Napoleón a la Restauración, siempre honrado, abierto a todos y siempre permaneciendo a flote. Ahora bien, si el desconcierto y el escándalo que crea en una diócesis un Obispo de tal género, pueden de algún modo ser contenidos dentro de los límites de esa diócesis, se comprende como Dios no puede tolerar, excepto dentro de estrechos límites y por breves períodos, que algo de tal género se produzca en la Iglesia universal, porque en breve tiempo conduciría al colapso, mientras que en ella, según la promesa de Cristo, portae inferi non praevalebunt.
Por eso se puede decir que entre la consistencia de la fe del obispo, aunque esté unido al Papa, y la del Papa, en cierto sentido existe un abismo, así como existe un abismo entre lo falible (la fe del obispo) y lo infalible (la fe del Papa), incluso si al Papa hoy más que nunca le gusta actuar colegialmente con los obispos y el colegio de obispos cum Petro y sub Petro. Pero el hecho es que el Papa es infalible ex sese, independientemente de los obispos, en cuanto es principio y garante de su infalibilidad. Y la historia lo demuestra. Recientemente ha resurgido vivamente la tesis según la cual habrían existido Papas heréticos: Liberio en el siglo IV, Honorio en el siglo VII, Pascual II en el siglo XII, Juan XXII en el siglo XIV, etc. Pero la apologética ha demostrado desde hace mucho tiempo que estas no han sido verdaderas herejías. Estos historiadores vienen de hecho a llevar agua al molino de personajes discutibles muy diferentes entre sí, pero todos sustancialmente negadores de la infalibilidad pontificia, como por ejemplo Lutero, Küng y Lefebvre.
La virtud de la fe comporta o involucra tres elementos: primero, los enunciados de fe, o sea el objeto de la fe (fides quae), los contenidos conceptuales, lo que se cree, las verdades creídas, los artículos de fe; segundo, el acto del creer (fides qua) y, tercero, la profesión o expresión oral de la fe, el lenguaje de la fe (professio fidei). En el enseñar la doctrina de la fe, el Papa es infalible, es decir, no erra, no se equivoca, dice la verdad, no solo en las condiciones especialísimas fijadas por el Concilio Vaticano I, cuando el Papa define solemnemente un nuevo dogma -cosa rarísima- sino todas las veces que enseña oficialmente al pueblo de Dios la doctrina de la fe. La doctrina de la fe es aquel complejo de verdades o proposiciones dogmáticas y morales o para ser creídas por fe divina o por fe eclesiástica o con obsequio de la inteligencia, las cuales son enseñadas por Cristo en la Escritura y en la Tradición y nos son propuestas por la Iglesia en su Magisterio ordinario o extraordinario, simple o solemne, en forma definitoria como de fe o no definitoria, como próximas a la fe ¹.
A fin de discernir el nivel de autoridad, la obligatoriedad y la cualidad de las enseñanzas pontificias, es necesario prestar atención a los diversos géneros, tipos, niveles y formas de intervenciones, hoy más numerosas y diversificadas que en el pasado. Más allá de la proclamación de un nuevo dogma, cosa por lo demás rarísima y condicionada por circunstancias previstas por el derecho (Concilio Vaticano I), siguen siendo fundamentales las encíclicas; pero luego existe una serie de documentos de nivel inferior, como la constitución apostólica, la carta apostólica, la constitución pastoral, el motu proprio, el rescripto, la bula, las homilías en la Santa Misa, los mensajes para especiales manifestaciones periódicas, aniversarios o eventos, los discursos improvisados, circunstanciales o en las audiencias generales, las entrevistas con periodistas, etc.
Diálogo entre un viejo maestro y un joven filósofo-teólogo ²
Querido Padre y Maestro.
Mientras compaginaba este su artículo para nuestro blog L'isola di Patmos, me han surgido algunas preguntas que son fruto de cuestiones que cada vez más a menudo recibimos de nuestros lectores y que por ello me gustaría dirigírselas a Ud... Ante todo, ¿Cómo se regula el Papa en su fe?
El Papa solo tiene a Jesucristo por encima de él. Por eso apela directamente a Él, teniendo en cuenta a los Papas y al Magisterio que le han precedido. En caso de duda, le pide luz al Espíritu Santo. Tiene en cuenta las necesidades de las almas y de la Iglesia.
¿Qué es lo que lo empuja o puede empujarlo a proponer nuevas enseñanzas o nuevos dogmas?
Por cuanto respecta a nuevas enseñanzas en general, puede ser impulsado por sus descubrimientos personales o por sus lecturas teológicas o por amigos teólogos. La proclamación de un nuevo dogma, en cambio, es una cosa mucho más exigente, que involucra a la Iglesia entera. Puede justificarse bien para confirmar una nueva doctrina, porque parece comúnmente ser de fe, quizás desde hace mucho tiempo, o bien para alejar e impedir ciertos graves errores difundidos acerca de materia tratada por el dogma, calculando que este evento solemne pueda ser de gran beneficio para la Iglesia.
¿Cómo y con cuáles criterios podemos discernir cuando el Papa habla como "maestro de la fe" y cuando, en cambio, como simple teólogo u opinador?
Es necesario observar con atención y competencia la materia tratada y el modo de tratarla. Está claro que él habla como maestro de la fe, cuando trata verdades de fe ya conocidas y sobre todo si da a entender, por cómo se expresa, que se trata de verdades de fe. En el otro caso, se refiere a opiniones teológicas ya conocidas o suyas personales. Sobre todo en este caso él no deja de hacernos saber con apropiadas expresiones, como por ejemplo: "me parece", "según los teólogos", "según pienso", "se dice", "soy de la opinión que..." y expresiones similares.
¿Qué consideración debe tenerse hacia sus opiniones, juicios o directivas, que no toquen directamente a la fe, como por ejemplo la reforma de la Curia Romana, el juicio sobre la situación actual de la Iglesia, la prohibición de la Comunión a los divorciados vueltos a casar, su polémica contra el legalismo y el rigorismo, la insistencia constante en la misericordia, que parece dejar en la sombra otras virtudes, aún más importantes, la ausencia de advertencias acerca de la existencia del infierno, la denuncia de las injusticias en el mundo, su opinión sobre ciertos teólogos, el problema de los inmigrantes, de la ecología, del Islam, de la economía internacional, del ecumenismo, del diálogo con los no creyentes, de la política?
En el caso de que la relación con la verdad de fe o de moral sea necesaria o lógica o evidente, es necesario aceptar estas doctrinas, opiniones o normas casi como si fueran de fe (fidei proximae). Si en cambio, como en la mayoría de los ejemplos mencionados, falta este nexo y simplemente estas intervenciones no son contrarias a la fe, entonces también podemos disentir o disociarnos, pero siempre con prudencia, modestia y respeto, prontos y dispuestos a corregirnos.
¿Cómo distinguir su lenguaje pastoral de su lenguaje doctrinal?
Depende de los contenidos. Si indica los deberes del pastor o bien da nombre a normas prácticas o juicios sobre la conducta de individuos o grupos, es pastoral; si en cambio enseña el dogma o la verdad de fe o los principios de la moral o los misterios de la fe, es doctrinal. Pero incluso contenidos doctrinales o dogmáticos pueden ser expresados en estilo pastoral, es decir, no en una forma científica o escolástica, sino adaptados a la comprensión común de la gente.
¿Cómo distinguir sus enseñanzas morales (munus docendi) de las jurídicas (potestas clavium)?
Es necesario verificar respectivamente si los contenidos se vinculan directamente o al menos necesariamente, universalmente o deductivamente o con la ley natural o con la ley divina, y estas son las enseñanzas morales; o bien si, incluso basándose en esas leyes, son una aplicación contingente, particular y mutable, susceptible de diversas modalidades (leyes eclesiásticas), y estas son las enseñanzas jurídicas. Por ejemplo, las enseñanzas sobre la dignidad del matrimonio y de la familia son normas morales; en cambio, las normas relativas a los divorciados vueltos a casar o las normas relativas a quien pertenece a la Fraternidad San Pío X o a la masonería o a la mafia son medidas jurídicas.
¿Tiene necesidad el Papa de colaboradores o de asesores consejeros en el ejercicio y en la enseñanza de la fe?
Ciertamente, dados sus límites humanos y la gravedad e inmensidad de la tarea que tiene por delante para iluminar y gobernar a la Iglesia entera. Por supuesto, él enseña la fe y gobierna junto con los cardenales y los obispos. Pero al fin de cuentas, le toca a él velar por la fe de los propios cardenales y obispos, ayudado por los colaboradores de la Curia Romana y por todos aquellos de los cuales quiera servirse, aunque estén privados de cargos oficiales. Entre estos colaboradores institucionales desde hace siglos encontramos en primera línea a los Dominicos y a los Jesuitas, caballeros de la fe, co-hermanados a las órdenes del Santo Padre; los primeros, dedicados a mostrar la verdad de la fe; los segundos, a mostrar la fuerza de la fe. El Papa es ciertamente servus servorum Dei, pero también y precisamente por ello episcopus episcoporum. Ciertamente él es un obispo entre los obispos y con los obispos, pero no se deja llevar de la mano por los obispos. La ambición, como en los tiempos de los fariseos del Evangelio, bajo el velo del celo por la Iglesia, es la ruina de quien quiere ascender a las órdenes sagradas. Aún cuanto el Papa haya sido elegido por el colegio cardenalicio, se trata evidentemente sólo de una simple designación al oficio petrino, aunque este acto de los cardenales se deba suponer, por norma general, basado criteriosamente en la estima por la virtud de fe presente en el elegido. Pero por cuanto respecta al ejercicio de la fe, es el Papa quien nombra y convoca junto a él como obispos a aquellos candidatos, en los cuales verifica en primer lugar la autenticidad y la excelencia de la fe ³, teniendo facultad de alejar, si es el caso, de la comunión con él y por lo tanto con la Iglesia, a quien fallara en la fe. Por lo cual, corresponde al Papa confirmar en la fe al colegio episcopal y a los individuales obispos, y en este sentido él puede repetirles las palabras de Cristo: "Vosotros no me habéis elegido a mí, sino que yo os he elegido a vosotros" (Jn 15,16).
¿Qué pensar de la ausencia de intervención del Papa contra las doctrinas heréticas?
El Papa usa muy raramente el término "herejía", pero no deja de denunciar errores, que pueden ser definidos como "herejías", como por ejemplo el ateísmo, el gnosticismo, el idealismo, el panteísmo, el materialismo, el odio religioso, el fundamentalismo, la corrupción moral y política, la prepotencia hacia el prójimo y la naturaleza.
¿Puede el Papa equivocarse en algunos de sus discursos o documentos oficiales?
Puede utilizar involuntariamente expresiones equívocas o impulsivas o frases efectistas, que pueden ser malinterpretadas y maliciosamente instrumentalizadas por los enemigos de la Iglesia o por falsos amigos; puede pronunciar algunas bromas desafortunadas o infelices, puede elogiar a figuras políticas o eclesiásticas que no lo merecen, puede minimizar el problema del Islam, puede ser demasiado severo hacia los tradicionalistas, demasiado indulgente hacia los protestantes, todo lo cual no afecta su responsabilidad de maestro de la fe. También puede excederse al hablar, con aumentado riesgo de cometer alguna gaffe o que le salga alguna frase impulsiva.
¿Puede el Papa equivocarse en la elección de sus colaboradores en el campo de la custodia y defensa de la fe?
Ciertamente, pero debemos ser cautos al juzgar y estar bien informados. Los fanfarrones son aquellos que tocan la trompeta, lanzando advertencias al Papa y avisando a los canales de TV cuando se suenan la nariz. Son naturalmente los más buscados por la prensa mundana y modernista, mientras que los verdaderos colaboradores trabajan fielmente en la modestia y en el silencio, como el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, y el cardenal Gerhald Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sin buscar lucirse. Estos son las verdaderas ayudas del Santo Padre y los servidores de la Iglesia, junto con varios otros trabajadores silenciosos.
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 22 de junio de 2016
Notas
¹ Cf. Apéndice de la Congregación para la Doctrina de la Fe a la Carta apostólica del papa Juan Pablo II Ad tuendam fidem, del año 1998.
² Apéndice a la publicación anterior, con preguntas formuladas al padre Cavalcoli por el editor de L’Isola di Patmos, Jorge A. Facio Lince, publicada el 22 de agosto de 2016.
³ El título de "excelencia" dado a los obispos, como el de "eminencia" dado a los cardenales, se refieren ante todo a la excelencia y eminencia de su fe, además del hecho de que, en la plenitud de su sacerdocio apostólico, el obispo es un sacerdote por excelencia.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum fides Papae possit deficere vel ab aliis corrigi
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod fides Papae possit deficere vel ab aliis corrigi.
1. Quia Papa est homo sicut ceteri, tentationibus et infirmitatibus obnoxius, et ideo videtur quod possit errare in fide et correctione indigere.
2. Praeterea, historia ostendit casus Pontificum haereseos accusatorum, ut Liberii, Honorii vel Ioannis XXII. Ergo videtur quod fides pontificia non sit indefectibilis.
3. Item, Papa potest errare in sermonibus suis, uti locutionibus aequivocis vel laudare indignos. Ergo videtur quod fides eius defectus pati possit.
4. Denique, quidam tenent veram fidem posse exsistere sine Papa, et fideles posse eum iudicare vel corrigere si a veritate discedat.
Sed contra est quod Christus dicit: Ego rogavi pro te ut non deficiat fides tua; et tu, conversus, confirma fratres tuos. Apostolus docet: spiritualis homo omnia iudicat, ipse autem a nemine iudicatur. Concilium Vaticanum I affirmat infallibilitatem pontificiam in rebus fidei et morum. Traditio constans Ecclesiae agnoscit in Papa petram super quam Ecclesia aedificatur.
Respondeo dicendum quod fides Papae, donum singulare Spiritus Sancti, est infallibilis et indefectibilis, et constituit fundamentum ac cautionem fidei totius Ecclesiae. Est fides solida, pura, fecunda et communicativa, fratres confirmans et unitatem populi Dei sustinens. Nemo potest Papam in fide corrigere, quia defectus vel lacunae in ea esse non possunt. Tentari quidem potest et probari, sed virtute Spiritus roboratur. Fides pontificia est unica, omnibus aliis fidelibus superior, et est principium unitatis et veritatis. Quamvis Papa errare possit in iudiciis prudentiae, in locutionibus humanis vel in electione cooperantium, fides eius ut magister Ecclesiae integra et invicta manet. Historia ostendit accusationes haereseos contra aliquos Pontifices non fuisse veras haereses, et fidem pontificiam semper eandem permansisse. Munus Papae est fratres confirmare, errores corrigere, doctrinam custodire et unitatem Ecclesiae defendere contra impetus Antichristi et haereticorum.
Ad primum dicendum quod Papa homo est et tentari potest, sed voluntarie contra fidem in detrimentum Ecclesiae peccare non potest, quia Spiritu Sancto sustentatur.
Ad secundum dicendum quod casus historici Pontificum haereseos accusatorum non fuerunt verae haereses, ut apologetica demonstrat. Fides pontificia semper integra permansit, nec Papa umquam in errorem doctrinalem lapsus est.
Ad tertium dicendum quod Papa potest errare in locutionibus humanis vel in iudiciis contingentibus, sed hoc integritatem fidei eius ut magistri Ecclesiae non laedit. Verba eius male interpretari vel ab hostibus instrumentari possunt, sed fides eius invicta manet.
Ad quartum dicendum quod vera fides sine Papa exsistere non potest, quia ipse est petra super quam Christus Ecclesiam aedificat. Fideles errare possunt, sed Papa omnes in fide confirmat et nemo eum in ea corrigere potest. Reducere papatum ad solam figuram symbolicam esset unitatem Ecclesiae destruere et ruinam parare.
JG
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