lunes, 7 de septiembre de 2026

Dios castiga y usa misericordia (1/3)

Hoy al común de las personas se les hace difícil comprender cómo pueda castigar un Dios que es Amor y suelen preguntarse: ¿no es acaso el castigo contrario al amor? Pero con ello, ¿no se ha terminado por difundir la imagen de un “Dios bonachón” que nunca condena? Sin embargo, la Sagrada Escritura está llena de pasajes sobre la ira divina, las puniciones y las sentencias de justicia. ¿Qué significa realmente condenar y castigar? ¿No es el castigo, más que crueldad, una advertencia medicinal y una consecuencia justa del delito? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, del cual hoy ofrecemos una primera parte, invita a reflexionar sobre la inseparable unión entre justicia y misericordia, sobre el verdadero sentido del temor de Dios y sobre el error de reducir la salvación a un perdón automático sin conversión ni obediencia. [En la imagen: fragmento de "La creación de Adán", pintura al fresco, 1509-1511, obra de Miguel Angel, conservado en la Capilla Sixtina, Vaticano].

Dios castiga y usa misericordia

Primera Parte

(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 18 de noviembre de 2015 y republicado el 4 de noviembre de 2016. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/dio-castiga-e-usa-misericordia/)

Hoy se hace difícil comprender cómo pueda castigar un Dios que es Amor. Se cree que el castigo sea contrario al amor. Un Dios que ama no puede castigar, no puede condenar; de ahí la imagen de un... "Dios bonachón". Sin embargo, hay infinitos pasajes de la Sagrada Escritura donde se habla de la ira divina, de las condenas, de los castigos, de las puniciones divinas.
¿Qué significa "condenar"? El texto griego del Nuevo Testamento contiene en la mayoría de los casos el término krinein, que significa "juzgar" en el sentido judicial. La condena en el sentido judicial es la sentencia del juez, con la cual, sobre la base de la prueba de la imputabilidad del reo, el juez irroga a un malhechor la pena por su delito.
El castigo es, por tanto, la justa consecuencia de la condena. Objeto de la condena, por lo demás, no es tanto el autor del delito, sino ante todo el delito o crimen mismo. Sin embargo, la pena afecta al criminal, a fin de que él, si bien, como se supone, contra su voluntad, sea reconducido o devuelto al orden de la justicia violada por el delito.
La Escritura distingue la condena (krisis) del castigo (kólasis), aunque a veces los toma como sinónimos. Ambos implican la irrogación de una pena o la punición por el pecado. El castigo, sin embargo, es una advertencia o amonestación por parte de Dios en la vida presente, con el propósito de corregirnos de nuestros vicios o pecados. Tiene un valor educativo y medicinal.
La condena, en cambio, se refiere a la pena eterna del infierno y tiene por tanto sólo un valor aflictivo, aunque ni siquiera en el infierno la misericordia divina esté ausente. La condena es un castigo; pero no todo castigo es una condena, a no ser que se refiera al poder judicial civil o eclesiástico.
Ya en base al derecho natural, la justicia requiere que el delito sea punido y que el malhechor sufra una justa pena. Así, en la Escritura, el paradigma del castigo divino es el del pecado original, que aflige con sus consecuencias a toda la humanidad. Todos los sucesivos castigos divinos no son más que las resonancias o ecos de este trueno primordial que fue la punición de nuestros primeros progenitores.
Por consiguiente, borrando la existencia de los castigos divinos, ¿queremos dejar de lado una tercera parte de la Sagrada Escritura, con el pretexto de que Dios es bueno y misericordioso? Quien no aprecia la justicia, no sabe ni siquiera qué es la misericordia, porque la una está indisolublemente vinculada a la otra, como repite varias veces la Escritura (Ex 34,6-9; Tob 13,2; Sal 99,8; Sal 103.8; Sir 5,6; 16,12). Quien admite en Dios sólo la misericordia y no también la justicia, concibe un falso Dios, adecuado a sus deseos, para no renunciar a sus pecados y salirse con la suya de cualquier modo.
Pero también hay que decir, por supuesto, que al mismo tiempo, ningún texto sagrado de ninguna otra religión exalta tanto la bondad y la misericordia de Dios, como la Biblia, la cual nos revela que "Dios ha amado tanto al mundo para dar a su Hijo único, para que el que cree en él no muera, sino que tenga la vida eterna. Dios no ha enviado el Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de él" (Jn 3,16-17).
Y sin embargo, inmediatamente después, Cristo señala una posible condena: "Quien cree en él, no es condenado; pero quien no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo Unigénito de Dios" (v.18). El Dios bíblico "perdona la culpa, la transgresión y el pecado, pero no deja sin punición" (Ex 34,7). Cuando Cristo dice que se salva quien cree, está claro que entiende decir quien pone en práctica aquello que cree, porque de otro modo no se salva, sino que es condenado como quien no cree.
El mensaje o anuncio de la salvación, o sea el contenido de la fe, no está en el indicativo: "Somos todos perdonados, hagamos lo que hagamos, bien o mal, a tal punto Dios es bueno, nos ama y no nos abandona", sino que está en el condicional: "somos perdonados por su misericordia si nos arrepentimos y observamos los mandamientos". Como diciendo que si no los observamos, no nos salvamos en absoluto, sino que somos condenados, aunque sea cierto que la gracia sea necesaria precisamente para arrepentirse y para la plena observancia de la ley.
El "si" en la moral cristiana es importantísimo, porque refleja la dignidad del libre albedrío, aunque debilitado por el pecado y aunque estuviera en conflicto con Dios. No es digno querer salirse con la de uno de cualquier modo, dejando a Cristo solo en la cruz, mientras nosotros seguimos disfrutando de la vida, cuando disponemos de la maravillosa fuerza del libre albedrío, con el cual, bajo la influencia sanadora, liberadora, elevante y santificante de la gracia y de la divina misericordia, merecemos la eterna bienaventuranza.

Todos se salvan

Pese a todas las advertencias de la Sagrada Escritura, confirmadas por la Tradición de la Iglesia, advertencias que algunos exegetas modernos toman erróneamente por signo de una religiosidad primitiva y superada o fuente de fundamentalismo, se desearía, sin embargo, un Dios que siempre nos excusara, un Dios que no cierra un solo ojo, sino los dos, cualquiera que sea el pecado que cometamos, aunque no hagamos penitencia y no tratemos de corregirnos. En sustancia, un Dios que nos da el permiso para pecar y no nos atormenta con sentimientos de culpa.
Se pretende, como Lutero, tener la certeza absoluta de que nos salvaremos, como si fuera una verdad de fe. De hecho, se reducen todos nuestros deberes para con Dios a esta única convicción. De lo contrario, pecaríamos contra su misericordia.
El único verdadero pecado es el temer podernos condenar. Se cita incorrectamente a san Juan: "En el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor, porque el temor supone un castigo, y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor" (1 Jn 4,18).
Juan no pretende en absoluto despreciar el temor de Dios, que es una virtud religiosa fundamental enseñada por la Escritura en una infinidad de pasajes. En efecto, el temor de Dios es precisamente el secreto para obtener misericordia, como proclama María en el Magníficat: "Su misericordia se extiende a aquellos que le temen" (Lc 1,50).
El temor de Dios no es, como creía Lutero, el terror y la angustia que nos inspira un juez injusto y demasiado exigente, un déspota despiadado, que nos culpabiliza cuando somos inocentes o nos acusa duramente de culpas que no tenemos, impidiéndonos alcanzar esa paz y esa felicidad, de las cuales tenemos necesidad y a la cuales tenemos derecho. Un Dios que nos amarga la vida, en lugar de ser fuente de alegría.
Sin embargo, el verdadero temor de Dios, inculcado por la Biblia, dictado por el sano interés por nuestra salvación, es cosa sublime y fuente de alegría, estando indisolublemente asociado con el amor de Dios, y más aún fundado sobre él, en el respeto religioso y piadoso por su infinita majestad, benevolencia, bondad y justicia, de las cuales sabemos que depende nuestra eterna bienaventuranza. Es temor delicado y premuroso de ofender a Dios, porque se Lo ama.
Es ese respeto por Dios, que no quiere aprovecharse astutamente de su bondad, como si fuera un simplón, sino que aprecia que Dios sea exigente y nos pide mucho y sabe que Dios es también justo. He aquí, entonces, la advertencia del Sirácida: "No digáis: 'su misericordia es grande; él perdonará la multitud de mis pecados', porque en él está la misericordia, pero también la ira, y su indignación recae sobre los pecadores" (Sir 5,6).
Juan, por tanto, no está hablando de un amor cualquiera, sino del amor perfecto, el cual ama a Dios por Sí mismo más que por el propio interés, el cual está ligado al temor, que en todo caso sigue siendo amor verdadero y suficiente para la propia salvación.
Lutero olvida las condiciones para recibir misericordia (el arrepentimiento y la reparación) y más allá de eso Dios le interesa sólo como fuente de su salvación. Contemplar a Dios y amarLo por Sí mismo no le interesa en absoluto.
Cristo ya ha pagado por nuestro rescate, por lo cual Lutero se siente exonerado de pagar nada. Después de todo, el ascetismo para él es inútil, porque la concupiscencia es invencible. Lo importante es ser espontáneo, poner el corazón en paz, gozar de la vida y que los impulsos sigan su curso, como luego enseñará Freud cuatro siglos después.
Es mejor, más aún, es suficiente entonces para Lutero ponerse con confianza en las manos de Cristo, que piensa en todo y nos ama siempre y en todo caso. El proverbio popular: "Ayúdate, que Dios te ayuda", Lutero lo cambiaría así: "Dios te ayuda aunque tú no te ayudes". Excepto, sin embargo, y debemos decirlo con franqueza, que esta no es en absoluto la verdadera misericordia divina. Esto es tomar el pelo al Señor y por lo tanto a nosotros mismos.
Pero en la severidad de Dios hay una perfecta lógica, en cuanto que, si Dios es Bien infinito, fuente de vida eterna y de bienaventuranza, es lógico que perder este bien, signifique la condena a una muerte eterna y a una eterna infelicidad. Excepto que hoy se tiende a poner en un mismo plano el bien y el mal, como si éste último se tratara de un bien "diferente". Por lo cual va bien santo Tomás, y va bien también Severino; va bien el heterosexual, pero es normal también el homosexual; va bien la muerte natural, pero va bien también la eutanasia; va bien el matrimonio, pero va bien también el adulterio; va bien el católico, pero va bien también el protestante, y así sucesivamente.
Este falso aperturismo, sin embargo, es lo que crea los contrastes más trágicos, porque la distinción entre bien y mal, al menos en abstracto, es insuprimible. Y faltando un criterio objetivo y seguro para establecer esa distinción en lo concreto, he aquí que aparecen los criterios más absurdos, subjetivos e irracionales.
Hoy muchos, influidos por un muelle y edulcorado buenismo, no comprenden cómo el castigo del pecado sea debida justicia; y así como la justicia es voluntad de aquello que es justo y por tanto bueno, y el querer el bien es amor, no comprenden cómo el castigo, al fin de cuenta, es dictado por el amor hacia el mismo pecador.
Claro que se reconoce de alguna manera la existencia del pecado. El pecado existe, pero no debe ser punido, porque es invencible, por lo cual sería injusto y cruel un Dios que castigara por un pecado que no alcanzamos a evitar. Al fin y al cabo, el pecado es cosa normal, como me dicen en el confesionario ciertos "penitentes": "he cometido pecados normales". El mal deviene bien e incluso se intenta justificarlo.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze 10 de noviembre de 2015
 
_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum poena divina sit contraria amori Dei

Ad hoc sic procediturVidetur quod poena divina sit contraria amori Dei.
1. Quia Deus est amor, et amor excludit poenam. Deus qui amat non potest damnare nec punire, et ideo idea Dei puniendi videtur esse incompatibilis cum infinita bonitate. Diffunditur sic imago Dei benigni, qui numquam damnat.
2. Praeterea, Ioannes dicit quod amor perfectus timorem expellit, quia timor poenam supponit. Ergo poena contradicit plenitudini amoris, et timor Dei esset sensus servilis et indignus.
3. Item, peccatum est invincibile, et iniustum ac crudele esset Deum punire pro peccato quod vitare non possumus. Si peccatum est normale, sicut dicunt quidam paenitentes, punire illud esset contrarium misericordiae.
4. Denique, Christus venit non ut iudicet mundum, sed ut salvet mundum. Ergo poena contradicit missioni salutiferae Christi, qui proponitur ut pura misericordia.

Sed contra est quod dicit Scriptura: Deus remittit culpam, praevaricationem et peccatum, sed non relinquit impunitum. Magnificat proclamat quod misericordia eius se extendit ad eos qui eum timent. Paulus docet quod stipendium peccati est mors. Siracides monet quod in Deo est misericordia, sed etiam ira. Sanctus Thomas affirmat quod iusti gaudebunt videndo damnationem malorum, quia iustum est ut malum puniatur.

Respondeo dicendum quod poena divina non est contraria amori, sed est expressio iustitiae inseparabilis a misericordia. Poena est iusta consequentia delicti, et habet valorem medicinale atque correctivum in hac vita, et valorem afflictivum in damnatione aeterna. Qui iustitiam non aestimat, nescit quid sit misericordia, quia ambae indissolubiliter coniunguntur. Amor verus non est permissivitas, sed voluntas boni, et ideo includit correctionem mali. Timor Dei non est terror servilis, sed reverentia amorosa pro maiestate eius, et est fons misericordiae. Liberum arbitrium, quamvis peccato debilitatur, dignitatem suam servat, et ideo “si” moralis christianae est decisivum: remittimur si paenitemus et mandata observemus. Poena divina, longe ab eo quod sit contraria amori, dictatur ab amore erga peccatorem, ut reducat eum ad ordinem iustitiae.

Ad primum dicendum quod Deus est amor, sed amor eius includit iustitiam. Poena non est odium, sed correctio et admonitio. Negare poenam est concipere falsum Deum, aptum desideriis humanis.
Ad secundum dicendum quod Ioannes loquitur de amore perfecto, qui Deum amat propter se ipsum. Timor Dei, longe ab eo quod sit contrarius amori, est virtus religiosa fundamentalis et conditio ad obtinendam misericordiam, sicut docet Scriptura.
Ad tertium dicendum quod, quamvis peccatum difficile sit vitare, non est invincibile, quia gratia dat nobis virtutem paenitendi et mandata observandi. Dicere peccatum esse normale et non puniendum aequivalet iustificare malum et confundere illud cum bono, quod destruit moralem christianam.
Ad quartum dicendum quod Christus venit ad salvandum, sed etiam ad iudicandum. Qui credit in eum non est damnatus, qui autem non credit iam damnatus est. Missio salutifera includit officium iudiciale Christi ut iudicis eschatologici, qui separat oves ab haedis. Ergo poena non contradicit saluti, sed eam complet in iustitia.
   
JG

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.