¿Comunión en la boca o en la mano? ¿Es una orden obligatoria de los obispos o una disposición pastoral que deja libertad de conciencia? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli recorre la historia de ambas prácticas, desde la Última Cena hasta las reformas litúrgicas, mostrando cómo cada gesto encierra un simbolismo profundo: la boca expresa mejor la receptividad y la trascendencia del don divino, mientras que la mano manifiesta la participación activa del fiel y el sacerdocio común. ¿Qué hizo exactamente Jesús en la Cena? ¿Qué significa que el pan consagrado sea Cristo mismo incluso después de la Misa? ¿Cómo conjugar la reverencia con las exigencias sanitarias de nuestro tiempo? El texto del docto teólogo dominico invita a redescubrir la riqueza espiritual de ambos modos de recibir la Eucaristía, en libertad, unidad y caridad. [En la imagen: fragmento de "La Última Cena", fresco en Sant'Angelo in Formis, ubicado en las afueras de Capua, pintado entre los años 1071 y 1087 bajo el patrocinio del abad Desiderio de Montecassino].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 13 de septiembre de 2026
Comunión en la boca y Comunión en la mano
Comunión en la boca y Comunión en la mano
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el día 17 de agosto de 2021. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/comunione-in-bocca-e-comunione-nella.html)
"Abre tu boca, la quiero llenar" (Salmo 81,11)
Después de que la Conferencia Episcopal Italiana haya establecido la disposición de que los fieles, con motivo de esta pandemia, de recibir la Sagrada Comunión en la mano, escuchamos por parte de algunos fieles expresiones de desagrado, objeciones y quejas, refiriéndose a su preferencia por la Comunión en la boca.
Las disposiciones de los Obispos no deben ser entendidas como una orden taxativa o mandato perentorio como si se tratara de obedecer a la ley natural o divina. Se trata de una norma simplemente eclesiástica, de carácter indicativo, aunque respaldada por la cautela requerida para la protección de nuestra salud frente al coronavirus.
Como veremos en efecto en el pasaje de la Carta apostólica Dominicae cenae de san Juan Pablo II de 1980, que aprueba la Comunión en la mano, el Papa no desaprueba a quienes por motivos de conciencia, prefieren la Comunión en la boca.
El sabio comportamiento del celebrante o en todo caso del ministro encargado de distribuir la Comunión, entonces, no es el de presentar la Comunión en la mano como una verdadera y propia orden, así como el Obispo ordena a los fieles el cumplimiento de la ley moral natural o divina o el alcalde podría dar órdenes a los ciudadanos de que no se estacionen en un lugar determinado o los carabinieri podrían dar órdenes de mostrar los documentos en el retén.
El documento de la CEI precedente a la pandemia "aconseja" la Comunión en la mano. Ahora bien, todos saben que el consejo no es una orden, sino que deja al aconsejado libre para hacer lo contrario. Por ello, los obispos exagerados cultores del Novus Ordo, que presentan la Comunión en la mano como si fuera una orden o un precepto bajo pena de pecado, cometen un abuso de autoridad y ponen en malestar irrazonablemente la conciencia de los fieles tradicionalistas. ¹
Con motivo de la pandemia, la CEI en cambio ha prescripto la Comunión en la mano en caso de emergencia. Pero permanece siempre el mayor peso de la declaración precedente. Por ello, la imposición que ciertos sacerdotes o ministros hacen a todos los fieles indiscriminadamente de la Comunión en la mano, no con la actitud de "ministros de la Sangre", sino más bien con actitud similar a la de funcionarios de aduanas, rechazando quizás con dureza la petición de la Comunión en la boca, realizan un acto de violencia contra los fieles, precisamente en el momento místico en el que el celebrante o el ministro deberían ser más que nunca los testigos o signos vivientes de esa suprema caridad, que consiste en el actuar como ministros de la caridad de Cristo, que se ofrece a las almas como alimento de vida eterna.
El fiel, por tanto, que en conciencia cree preferir o pedir la Comunión en la boca, no sólo no comete ningún pecado, sino que cumple un acto de religiosa piedad, conforme a su libre decisión de conciencia. Es este un campo de elección donde vale aquella "diversidad" de la cual habla tan a menudo el papa Francisco incluso a propósito de la diversidad de las religiones. Si esta diversidad, rectamente entendida y no como indiferentismo o relativismo, vale para las religiones, figurémonos si no vale con respecto a la Comunión en la boca o en la mano, de las cuales la una y la otra cuentan con una antiquísima tradición.
Nosotros no sabemos si Jesús con ese "dio" y ese "tomad" al que se refiere la narración evangélica haya dado la Comunión en la mano o en la boca. Existe un uso del siglo IV atestiguado por san Cirilo de Jerusalén, según el cual el fiel recibía la Eucaristía en la mano. Lo que entonces se prefería considerar era que la Misa había nacido en la última Cena, que precisamente fue una cena y obviamente en una cena cada uno puede servirse por sí solo, no se le da en la boca, aunque se trate de una ración de comida ofrecida por quien ocupa el lugar de honor en la mesa.
Es bueno recordar, a propósito de la historia del modo de distribuir la Comunión, que primero, con la reforma carolingia del siglo VIII y luego, con la reforma gregoriana del siglo XI, asociada con el surgimiento de la Orden Cluniacense, aumenta el culto, el interés y la reverencia por el misterio eucarístico y, por lo tanto, por la importancia de la Misa bien celebrada y bien participada por los fieles.
Es en este clima de cultura litúrgica, de alta espiritualidad, fuerte sentido de lo sacro, de la sublimidad del ministerio sacerdotal y del culto a la Eucaristía, que comenzó a extenderse la práctica de la Comunión en la boca, para significar que si bien la Comunión era una comida, era comer el Cuerpo del Señor, pero sobre todo era la recepción de un don altísimo que se recibe de las manos del Sacerdote así como Jesús había dado para comer su Cuerpo y su Sangre a los apóstoles bajo las especies del pan y del vino en la Última Cena. ¿Había entregado Jesús las sagradas especies en las manos de los apóstoles o se las había puesto en la boca? No se lo sabía. Pero se abrió camino la idea de que Jesús había hecho lo segundo.
La comunión en la boca fue prescrita por la reforma de la Misa operada por san Pío V en cumplimiento de los decretos del Concilio de Trento y el Concilio Vaticano II lo ha confirmado ².
En cuanto a la asunción del cáliz, el Concilio de Trento lo prohibió a los comunes fieles sólo por motivos prácticos, porque si dar la Comunión del Cuerpo en la boca es muy simple, entregar el cáliz para la asunción del vino consagrado es cosa laboriosa, delicada, compleja y que requiere tiempo. Hoy la Iglesia lo permite solo en circunstancias especiales, siempre para limitar al máximo los riesgos y las complicaciones asociadas a la asunción del cáliz.
Por ejemplo, si bien es muy simple levantar una hostia que se ha caído al suelo, si se vierte el vino consagrado, es un verdadero problema. La comunión bajo las dos especies es cosa fácil cuando los fieles que se acercan a la Comunión están bien educados para hacerlo, y son pocos o poquísimos, como ocurre sobre todo en las comunidades religiosas.
En cuanto a la Comunión en la mano, fue recién en 1980 que san Juan Pablo II señaló la introducción de la Comunión en la mano que había ocurrido en algunos países, obviamente con el permiso de la autoridad eclesiástica, y la aprobó, dejando sin embargo a la libertad de los fieles que prefirieran exigir la Comunión en la boca.
Deber del ministrante de la Comunión es, por lo tanto, el de satisfacer las necesidades de los fieles al respecto, salvo, en principio, en situaciones de emergencia, como ha sido y es la determinada por la actual pandemia, con aquellas cautelas sanitarias que se hayan vuelto necesarias.
Ante esta situación, la CEI ha prescrito para todos los fieles la Comunión en la mano, pero tal prescripción mantiene siempre su carácter indicativo, lo que no anula la sustancial libertad de los fieles, reconocida previamente, por motivos de conciencia, de preferir la Comunión en la boca.
Lo esencial a tener presente es que en un caso como este no nos encontramos frente a un verdadero y propio precepto moral fundado en la ley natural o divina, que obliga a todos y siempre sub gravi, sino a una simple disposición positiva contingente, por más autorizada que sea, porque es expedida por la autoridad competente. Esto implica que el desatender a esta disposición ya sea por parte del ministro o por parte del fiel, si esto ocurre por motivos de conciencia, no implica pecado sino que es algo loable y permitido.
He aquí el texto de san Juan Pablo II de la Carta Dominicae Cenae del 24 de febrero de 1980: "En algunos Países se ha introducido el uso de la comunión en la mano. Esta práctica ha sido solicitada por algunas Conferencias Episcopales y ha obtenido la aprobación de la Sede Apostólica. Sin embargo, llegan voces sobre casos de faltas deplorables de respeto a las Especies eucarísticas, faltas que gravan no sólo sobre las personas culpables de tal comportamiento, sino también sobre los Pastores de la Iglesia, que hayan sido menos vigilantes sobre el comportamiento de los fieles hacia la Eucaristía. Sucede también que, a veces, no se tiene en cuenta la libre opción y voluntad de los que, incluso donde ha sido autorizada la distribución de la comunión en la mano, prefieren atenerse al uso de recibirla en la boca. Es difícil pues en el contexto de esta Carta, no aludir a los dolorosos fenómenos antes mencionados. Escribiendo esto no quiero de ninguna manera referirme a las personas que, recibiendo al Señor Jesús en la mano, lo hacen con espíritu de profunda reverencia y devoción, en los Países donde esta praxis ha sido autorizada".
"Conviene sin embargo no olvidar el deber primordial de los sacerdotes, que han sido consagrados en su ordenación para representar a Cristo Sacerdote: por eso sus manos, como su palabra y su voluntad, se han hecho instrumento directo de Cristo. Por eso, es decir, como ministros de la sagrada Eucaristía, éstos tienen sobre las sagradas Especies una responsabilidad primaria, porque es total: ofrecen el pan y el vino, los consagran, y luego distribuyen las sagradas Especies a los participantes en la Asamblea. Los diáconos pueden solamente llevar al altar las ofrendas de los fieles y, una vez consagradas por el sacerdote, distribuirlas. Por eso cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo".
"El tocar las sagradas Especies, su distribución con las propias manos es un privilegio de los ordenados, que indica una participación activa en el ministerio de la Eucaristía. Es obvio que la Iglesia puede conceder esa facultad a personas que no son ni sacerdotes ni diáconos, como son tanto los acólitos, en preparación para sus futuras ordenaciones, como otros laicos, que la han recibido por una justa necesidad, pero siempre después de una adecuada preparación".
¿Qué hizo exactamente Jesús?
Está claro que el punto de referencia fundamental para esta cuestión que estamos tratando son las fuentes escriturísticas. Pero, como veremos, ellas aquí nos dejan en la incerteza. Por eso es decisivo el uso establecido por la Iglesia en los diversos tiempos y lugares.
Los Evangelios nos narran, como es sabido, la cena pascual de Jesús con sus apóstoles. Como sabemos, la institución de la Eucaristía y del modo de su distribución tiene lugar en el marco de esta cena. Jesús y los apóstoles están, pues, a la mesa (Jn 13,23; Lc 22,14.22; Mt 26,20; Mc 14,17). La reunión de Jesús con los apóstoles está motivada por la conmemoración ritual prescrita por Moisés de la liberación de Israel de la opresión egipcia.
Por lo tanto, tenemos ciertamente una cena, pero no una simple cena profana y espontánea entre amigos, sino una cena sagrada rígidamente regulada por normas tradicionales, un verdadero y propio rito religioso, aunque no en el sentido estricto de la ofrenda de una víctima sacrificial por mano del sacerdote.
De hecho, Jesús no pertenecía a la casta sacerdotal levítica, aunque en última instancia fuera Él el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza en su sangre. Él, ordenando a los apóstoles sacerdotes de esta Alianza, la estipuló con el Padre precisamente en aquella cena, prefiguración y al mismo tiempo efecto del sacrificio cruento de la cruz, sacrificio que Jesús habría de consumar al día siguiente, precisamente en el mismo día en el que en el templo se sacrificaba el cordero pascual.
Jesús, por lo tanto, eligió esta circunstancia del día precedente a la ofrenda del cordero pascual, extremadamente significativa para la historia de la salvación de Israel, para instaurar la Nueva y definitiva Alianza, que debía confirmar, superar y a la vez sustituir a la Antigua Alianza mosaica: confirmarla en cuanto no venía a menos el pacto del hombre con Dios; superarla porque era una alianza mejor, sustituirla en cuanto en ella había prácticas prefigurativas de Cristo, venido el cual, debían ser abandonadas.
Al término de la cena, Jesús, por lo tanto, tomó "un pan" (Lc 22,19) o "el pan (Mt 26,26) y, pronunciada la bendición, lo partió y lo dio (Mt 26,26-27; Mc 14,22-23; Lc 22,19) a los discípulos diciendo: 'Tomad y comed (Mc 14,22; Mt 26,26): esto es mi cuerpo' " (Mt 26,26; cf. Mc 14,22; Lc 22,19).
"Del mismo modo, después de haber cenado, tomó el cáliz diciendo: 'Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros' (Lc 22,20; cf. Mc 14,24). 'Bebed todos de él. Porque esta es mi sangre de la Alianza, derramada por muchos, en remisión de los pecados' " (Mt 26, 27-28). Del cáliz Jesús dice: "Tomadlo y compartidlo entre vosotros" (Lc 22,17).
En este clima de alta religiosidad y confidencial amistad de Jesús con los apóstoles, aparece, estridentísima y perturbadora, la revelación de Jesús que precisamente uno de los Apóstoles lo traiciona. En el desconcierto y en la sorpresa general, Juan narra que a su pregunta, solicitada por Pedro, sobre quién es el traidor, Jesús responde: "aquel para quien mojaré un bocado y se lo daré" (Jn 13,26). "Habiendo tomado el bocado, él" (Judas) "salió inmediatamente" (Jn 13,30). Juan no precisa si el anuncio de la traición ocurre antes o después de la institución y de la distribución de la Eucaristía, porque él no narra la institución de la Eucaristía.
Por otra parte, no está claro en Juan si la institución de la Eucaristía tuvo lugar después de la salida de Judas, por lo cual, si las cosas fueran así, Judas no habría hecho la Comunión. De cualquier modo el "bocado" no es ciertamente la Eucaristía.
Mateo y Marcos presentan el anuncio de la traición antes o en el curso de la institución de la Eucaristía: "Aquel que ha metido conmigo la mano en el plato, me entregará" (Mt 26,23; cf. Mc 14,20). Después de eso, se lleva a cabo la institución. Lo que hace pensar que Judas también haya recibido la Comunión.
Lucas, en cambio, parece presentar el anuncio de la traición después de la institución: "el que moja conmigo en el plato" (Lc 22,21). Pero incluso en este caso se puede pensar que Judas haya hecho la Comunión.
Sin embargo, permanece el hecho de que Juan es el único que narra la salida de Judas y, como no nos narra la institución de la Eucaristía, no tenemos modo de saber si Judas ha hecho o no ha hecho la Comunión, es decir, si ha salido antes o después de la institución de la Eucaristía. Cabe señalar, sin embargo, que, según la narración de Juan, Jesús inicia su largo discurso de despedida tras la salida de Judas (Jn 13,31). Esto hace pensar que la Comunión ya había tenido lugar y que, por lo tanto, Judas también hubiera hecho la Comunión.
Los Sinópticos, por su parte, vinculando el anuncio de la traición a la institución de la Eucaristía, hacen pensar que Judas estuviera presente y que, por lo tanto, haya hecho la Comunión. Jesús le habría dado el bocado después de la Comunión.
¿Cómo instituyó Jesús la Eucaristía? Partió una hogaza en doce pedazos. ¿Y luego qué hizo? ¿Cómo les ha hecho llegar los pedazos a los apóstoles? ¿Los apóstoles se han servido a sí mismos por turno tomando de un plato en las manos de Jesús, o bien de un plato puesto sobre la mesa por Jesús? ¿O bien ha pasado Jesús mismo a distribuirlos sosteniendo los pedazos sobre un plato? ¿Él se los ha dado en la boca o en la mano? ¿Los apóstoles se le acercaron por turno? ¿Se han dejado dar en la boca o han tomado el pedazo en la mano? No lo sabemos.
Esto quiere decir que desde los inicios del cristianismo ha sido facultad de la autoridad eclesiástica establecer el modo de recibir la Comunión, ya sea en la boca o en la mano. Al inicio, allí donde es posible tener informaciones, encontramos la prevalencia de la Comunión en la mano, como es atestiguado por san Cirilo de Jerusalén en el siglo IV, pero nada nos impide pensar que existiera ya la Comunión en la boca, sugerida por el gesto de Jesús de darle a Judas un bocado, aun cuando en ese caso no se trataba de la Eucaristía.
Cabe señalar, por otra parte, que las palabras de la consagración y los gestos hechos por Jesús al distribuir la Comunión reflejan cuanto sustancialmente Jesús ha dicho y hecho. Pero los relatos evangélicos que poseemos, incluida la narración de san Pablo (1 Co 11,23-25) son elaboraciones explicativas y explicitativas posteriores de la comunidad litúrgica de los orígenes, aunque estemos seguros que se trata de interpretaciones absolutamente verdaderas, porque están garantizadas por la asistencia del Espíritu Santo. Esto, sin embargo, debemos decirlo para hacer presente que no podemos retroceder antes de los textos para conocer más, respecto a cuanto la Tradición litúrgica eclesial nos narra y nos garantiza con valor dogmático y de fe.
La simbología de la boca y de la mano
El recibir la Eucaristía en la boca directamente de la mano del sacerdote ofrece una mejor idea de que la Eucaristía es un don de Dios a través del sacerdote. No se trata de un simple alimento terreno, que nosotros tomamos con la mano y nos llevamos a la boca. Es cierto que incluso en tal caso la recibimos del sacerdote. Sin embargo, el recibirla directamente en la boca expresa mejor nuestra incapacidad para procurarnos el alimento eucarístico por nuestra cuenta, por nosotros solos, sin la mediación del sacerdote.
El recibir la Eucaristía en la boca representa mejor nuestra receptividad ante Dios; expresa mejor su sublimidad, su trascendencia, su divinidad. No es algo que viene desde abajo, sino desde lo alto: Panem de caelo praestitisti eis. No es algo funcional a nosotros, sino que es algo respecto a lo cual somos relativos, subordinados, funcionales. No es solo un alimento que nos hace crecer, sino que, como dice san Agustín, es un alimento para prepararnos a recibir lo que nosotros debemos cultivar, hacer crecer. Es el "alimento de los fuertes".
Esto no quita, como ha dicho el papa Francisco, que la Eucaristía sea el alimento de los pecadores, en cuanto que todos aquí abajo somos pecadores. Y de hecho ella, aunque sea dada a quien está ya en gracia, es tradicionalmente llamada "remedio o fármaco de inmortalidad".
El recibir la Comunión en la boca recuerda mejor que la Comunión en la mano que la hostia, más que ser alimento para consumir, aunque sea divino nutrimento, es objeto de adoración, es Cristo mismo bajo las especies del pan y del vino. Más que ser esa vida divina, vida de gracia que yo asumo nutriéndome de Cristo, es Cristo mismo, mi Dios que está ante mí, un Tú divino al cual mi yo está llamado a unirse en mística unión, como el esposo con la esposa. Yo permanezco yo y Él permanece Él: sin embargo, el divino nutrimento me asimila a Él, haciéndome, más allá de mi ser natural y creatural, hijo de Dios.
No es que Cristo esté presente momentáneamente en el pan, como creía Lutero, de modo que en un momento subsecuente, finalizada la Misa, deja el pan, sino que la hostia es Cristo mismo bajo las especies del pan, aunque ciertamente no el Cuerpo del Cristo celestial, sustancia con sus accidentes, y sin embargo su Cuerpo está presente bajo las especies del pan a modo de sustancia. Por eso, mientras duren las especies del pan, dura la presencia de Cristo bajo las especies del pan. No es conveniente en cambio conservar las sagradas especies del vino, y por eso ellas son totalmente consumidas en cada Misa.
Cabe señalar, por otra parte, que no es que, finalizada la Misa, aquel Cristo que estaría presente en el pan -al decir de Lutero- se va y el pan sigue siendo pan. No. El pan consagrado es Cristo y permanece siendo Cristo, aunque bajo el velo de las apariencias eucarísticas. Por eso, incluso después de que la Misa haya finalizado, la hostia consagrada, conservada en el tabernáculo, sigue siendo Cristo y puede ser adorada como nosotros adoramos a Cristo. Adoro Te devote, latens Deitas.
Por otra parte, el recibir la Eucaristía en la mano puede significar la parte activa que el fiel desarrolla en el asumir el Sacramento. La iniciativa humana es factor esencial en la obra de nuestra santificación, aun cuando, naturalmente, tal iniciativa sigue siendo efecto de la moción divina.
La Comunión en la mano, por otra parte, puede ser símbolo del ejercicio del sacerdocio común de los fieles. La hostia es un don de Dios, de hecho es Dios mismo que se hace don, pero las sagradas especies siguen siendo siempre "fruto de la tierra y del humano trabajo". En ellas Dios mismo se complace en cierto modo de humillarse haciéndose manejable por las manos del hombre.
Ciertamente, el pan eucarístico es pan sólo en sentido metafórico y, sin embargo, Jesús mismo ha querido definirse como "pan de vida eterna". En la Eucaristía, aun cuando ya no esté el pan y esté el Cuerpo del Señor, sigue siempre siendo el símbolo del pan, de ese pan que nosotros tomamos de la mesa o de quien nos lo ofrece y que nosotros nos ponemos en la boca.
Algunos piensan que debe ser solo el sacerdote quien toque la Eucaristía. Ciertamente es el sacerdote quien confecciona la Eucaristía con las palabras de la consagración in persona Christi. Sin embargo, esta idea de que el no-sacerdote no puede tocar la hostia no tiene ningún fundamento teológico y muestra un injustificado desprecio por el no-sacerdote.
Es muy cierto que las manos sacerdotales están consagradas por la gracia del sacerdocio, y es igualmente cierto que ellos son especiales instrumentos de la gracia. ¿Pero, por qué no deberían estar purificadas por la gracia también las manos del fiel y no ser por lo tanto dignas de tocar el Cuerpo eucarístico del Señor? ¿Para qué vale la preparación para la Comunión si no es para volver puras y santas esas manos?
Esto no quita el hecho de que la mano del sacerdote sea la mano que da y la del fiel la mano que recibe; pero si la primera mano toca el don, ¿por qué no podría tocarlo aquella que lo recibe? No se debe tocar algo con la mano sucia para no ensuciarlo. ¿Pero acaso el fiel no puede purificar su propia mano para no ensuciar lo que toca?
Por otra parte, ¿por qué no sospechar que también la lengua sea impura, tal como para no ser digna de tocar el alimento eucarístico? ¿Por qué debería serlo solo la mano? Uno podría responder: de la mano el fiel puede prescindir, pero no de la lengua. De acuerdo: ¿pero no queda siempre el problema de la purificación de la lengua? ¿Acaso los pecados cometidos con la lengua son inferiores a aquellos cometidos con la mano?
Tanto en la Comunión en la boca como en la Comunión en la mano, el sacerdote debe tener una actitud muy digna, de modo que a cada fiel que se presente él le muestre primero la hostia pronunciando con calma y sin prisa las palabras del rito: "el Cuerpo de Cristo", mirando a la hostia sostenida elevada, para que el fiel también mire a la hostia.
Luego de lo cual procede a dar la Comunión. No debe actuar como ciertos sacerdotes que parecen ser el cabo que reparte las galletas a los soldados o como el abuelo que reparte los regalos de Navidad a sus nietos, sino que, con actitud solemne y hierática, debe mostrar al fiel la hostia a fin de que, antes de comerla, haga un acto de adoración.
Ventajas y desventajas
La práctica de la Comunión en la mano es mucho más compleja que la de la Comunión en la boca y por lo tanto esto conlleva riesgos y desventajas en comparación con la muy simple Comunión en la boca.
De hecho, en el primer caso, el fiel se presenta de pie y extiende sus dos manos abiertas la una sobre la otra. El sacerdote posa la hostia en la mano abierta y el fiel la toma y se la lleva a la boca. Pero no está terminado: el fiel debe ingerirla frente al celebrante para evitar casos en los que el fiel se vaya sin haber mostrado que la ha ingerido, eventualmente, como lamentablemente se puede verificar, para usarla para prácticas supersticiosas o en todo caso impropias.
La hostia debe ser posada sobre la palma abierta de la mano sin que la mano del sacerdote toque la mano del fiel. Es esta una precaución recomendada en este tiempo de pandemia. La palma abierta ofrece amplio espacio para la colocación de la hostia sin que haya riesgo de que el sacerdote toque la mano de los fieles o que la hostia caiga al suelo.
El fiel debe, por lo tanto, evitar otros modos menos seguros de tomar la hostia, como, por ejemplo, mantener las manos juntas o sujetar la hostia apretándola entre el pulgar y el índice y el medio, porque son métodos que no evitan del todo el riesgo de que la hostia pueda caer al suelo.
En cuanto a la Comunión en la boca, es necesario que el fiel abra la boca haciendo extender ligeramente la lengua, de modo que el celebrante tenga toda la facilidad de poner la hostia sobre la lengua. Solo así, de hecho, las cosas van bien.
Ocurre, en cambio, que hay fieles que se limitan a abrir la boca manteniendo dentro la lengua, de modo que los dedos del ministro que agarran la hostia se ven obligados a entrar en la boca del fiel. Puede ocurrir entonces que los dedos del ministro toquen la lengua del fiel, con evidente riesgo de contagio en esta pandemia en un doble sentido: primero, en el sentido de que los dedos del sacerdote pueden quedar infectados en el caso que el fiel sea positivo, y con el consiguiente riesgo de transmitir el virus a otro fiel, que el ministro debería tocar con los dedos. En un segundo sentido, el riesgo del contagio podría provenir del hecho de que el propio ministro sea positivo o transmisor sano, contaminando así al fiel.
Por lo tanto, considerando la actual emergencia sanitaria, la ventaja de la Comunión en la mano respecto a la de la Comunión en la boca está dada por el hecho de que ella protege mejor del contagio. Pero, en principio, la ventaja de la Comunión en la boca está dada por el hecho de que ella es más simple y más fácil sobre todo por parte del fiel.
Para el ministro no existe diferencia. Puede solo encontrarse en dificultades cuando se dan aquellos fieles que no respetan las reglas ni de la Comunión en la boca ni de la Comunión en la mano.
Lo importante, en todo caso, es hacer bien la Comunión y que el sacerdote dé ejemplo de la más alta estima y devoción hacia el augustísimo Misterio de la Eucaristía, educando con cuidado al pueblo en su culto y en su práctica; y sepa, respecto a la distribución de la Comunión, salir al encuentro de las legítimas exigencias de los fieles. Vale aquí el dicho áureo de san Agustín: "in dubiis libertas, in necessariis unitas, in omnibus caritas".
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 14 de agosto de 2021
Notas
¹ Tenga en cuenta el lector que este artículo, escrito en agosto de 2021, se inscribe en el contexto de la pandemia del coronavirus, y además era reciente el motu proprio Traditionis custodes, de actual plena vigencia, con el cual el papa Francisco prescribía que el Novus Ordo Missae, o sea la modalidad de celebrar la Misa nacida de la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II, es la única lex orandi de la Iglesia, por lo cual ya no existen dos formas de celebrar la Misa de Rito Romano, sino una sola. En la fecha de publicación de este artículo del padre Cavalcoli, eran, pues, numerosas las polémicas, nacidas no sólo de las normas sanitarias surgidas por la pandemia del covid, sino también de aquellos fieles obstinados pasadistas que seguían oponiéndose a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. JG
² Constitución Sacrosanctum Concilium, n.55.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Communio necessario in ore recipienda sit
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Communio necessario in ore recipienda sit.
1. Quia recipere eam in ore melius exprimit sublimitatem et transcendens donum divinum, ostendens quod non est cibus terrenus quem homo sibi ipse procurat, sed donum quod desursum venit. Ergo videtur quod Communio in ore sit sola forma digna.
2. Praeterea, traditio liturgica a reformatione Carolingia et Gregoriana, et confirmata a sancto Pio V adimplente decreta Concilii Tridentini, instituit Communionem in ore ut praxim universalem. Ergo videtur quod Communio in manu sit indebita novitas.
3. Item, Communio in manu secum fert pericula practica: hostia cadere potest, retineri sine sumptione, ad superstitiones adhiberi, et tempore pandemiae augere periculum contagionis nisi cum cautela fiat. Ergo videtur quod excludenda sit.
4. Denique, manus sacerdotis consecratae sunt ad tangendum Corpus Christi, manus autem fidelis non sunt consecratae. Ergo videtur quod solus sacerdos possit hostiam tangere, et fidelis eam in ore recipere debeat.
Sed contra est quod docet sanctus Ioannes Paulus II in epistola Dominicae Cenae: Communio in manu approbata est a Sede Apostolica, et fideles servant libertatem eam in ore recipere si ita malint. Sanctus Cyrillus Hierosolymitanus testatur saeculo quarto Communionem in manu. Sanctus Augustinus docet: in dubiis libertas, in necessariis unitas, in omnibus caritas.
Respondeo dicendum quod Communio legitime recipi potest tam in ore quam in manu, quia neutra forma constituit praeceptum morale absolutum, sed est dispositio ecclesiastica quae libertatem conscientiae relinquit. Utraque antiquissimam traditionem et proprium symbolum habet: os melius exprimit receptivitatem et transcendens donum divinum, manus autem manifestat participationem activam fidelis et sacerdotium commune. Impositio indiscriminata unius formae est abusus auctoritatis et violentia contra conscientiam fidelium. Essentiale est cum fide, reverentia et corde purificato accipere, et ut minister cum dignitate et caritate agat, ostendens hostiam ut obiectum adorationis antequam sumatur.
Ad primum ergo dicendum quod Communio in ore quidem exprimit transcendens, sed Communio in manu exprimit participationem activam fidelis et eius sacerdotium commune. Ergo utraque est legitima et complementaria.
Ad secundum dicendum quod traditio Communionis in ore se confirmavit in Medio Aevo, sed in primis saeculis etiam Communio in manu exstitit. Ecclesia auctoritate potest unum vel alterum modum statuere secundum circumstantias.
Ad tertium dicendum quod pericula practica in utraque forma exsistunt, sed possunt vitari per educationem et diligentiam. Tempore pandemiae Communio in manu melius protegit a contagione, tempore ordinario Communio in ore simplicior est. Ergo nulla forma excludenda est.
Ad quartum dicendum quod manus sacerdotis quidem consecratae sunt, sed etiam manus fidelis purificari possunt ad digne recipiendum Corpus Domini. Nullum fundamentum theologicum est ad eas excludendas. Lingua quoque non caret immunditia. Ergo decisivum est interior puritas et exterior reverentia.
JG
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