sábado, 12 de septiembre de 2026

Cómo convertir a los hipócritas

El pasado 18 de mayo, el arzobispo de Mendoza, mons. Marcelo Colombo, alertó a los fieles en la Circular 011/26 acerca de las fake news del blog de un sedicente católico. Al respecto, este artículo del padre Giovanni Cavalcoli puede ser útil para desentrañar la raíz del problema denunciado por el pastor mendocino. ¿Cuál es el verdadero problema de la Iglesia hoy? ¿Son las herejías, los cismas, los escándalos, la política, el ecumenismo? Este texto sostiene que la raíz más profunda es la hipocresía, esa doblez intelectual que envenena el lenguaje y corroe la honestidad. ¿Cómo desenmascarar a quienes aparentan servir a Dios mientras buscan el favor del mundo? ¿Qué actitud debemos tomar frente a los hipócritas, siguiendo el ejemplo de Cristo que fue dulce con los humildes pero severo con los fariseos? ¿Es posible convertir a un hipócrita, o su corazón endurecido lo hace inaccesible a la gracia? El artículo invita a mirar de frente este mal silencioso y a pedir al Señor el arte de convertir también a estos hermanos en peligro de muerte. [En la imagen: fragmento de "Jesús, los fariseos y los escribas", miniatura del siglo XV, del códice Leggendario Sforza-Savoia, obra de Cristoforo De Predis, conservado en la Biblioteca Real de Torino].

Cómo convertir a los hipócritas

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 20 de noviembre de 2024. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/come-convertire-gli-ipocriti.html)

"Los escribas y fariseos ocupan
la cátedra de Moisés" (Mt 23,2)

El pecado de hipocresía es muy grave y difícilmente remediable, porque surge de una voluntad decidida, determinada, consciente y obstinada, surge de una precisa elección y concepción de la vida y vuelve ciego al pecador que cae en ella.
El hipócrita está extremadamente seguro de sí, y da la apariencia de vivir tranquilo en esta convicción, se muestra afable con sus cómplices, tiene el favor del mundo. Él está seguro de tener razón y por lo tanto no escucha ninguna advertencia ni ningún reproche. Desprecia al justo que se da cuenta de su hipocresía, le muestra el camino recto, le reprende y le desenmascara y expone sus engaños. Lo ridiculiza o lo ignora como si éste fuera un estúpido o un envidioso al que no hay que tener en cuenta en absoluto. Y teniendo la posibilidad, para poder desembarazarse de él adosándole una mala fama, lo calumnia y le da un puñal en la espalda o, parecido a una serpiente, se acerca suavemente y lo muerde con su veneno.
El problema fundamental de la Iglesia de hoy no es el de las herejías y de los cismas, no es el de la inclusividad o del pluralismo, no es el de los escándalos, no es el problema moral, no es el conflicto modernistas-indietristas, no es el de evaluar el comportamiento del Papa, no es el de la relación con la política, el de la sinodalidad, del ecumenismo, del diálogo o de la evangelización, sino que es el problema de la honestidad intelectual y del lenguaje, es el problema de la doblez y de la hipocresía. Es el espíritu de Protágoras, el de los escribas y de los fariseos, que al prolongarse en Lutero, Descartes, Hegel y Nietzsche, llega hasta nosotros en los modernistas y en los indietristas.
Esta atmósfera sutilmente envenenada ya empaña a toda la Iglesia y está difundida por todas partes como hábito mental ya obvio y normal, sin que nos demos cuenta o queramos darnos cuenta que ella es el origen de todos nuestros males.
La desgracia de la Iglesia no es el Concilio Vaticano II y no son los exiguos indietristas: la verdadera desgracia es este fascinante espíritu de mentira y de falsedad dictado por la soberbia e inspirado por el demonio, presente desgraciadamente en algunos ambientes intelectuales y dirigenciales de la Iglesia, los cuales creen que para ser eficaces y modernos, abiertos, dialogantes, acogedores, fraternos, misericordiosos e inclusivos, se debe modificar el Evangelio, quitarle aquellas puntas que desagradan al mundo y dejar, con el pretexto de la exégesis moderna y de la inculturación, campo libre para el buenismo, el relativismo moral y el indiferentismo religioso.
Para hacer frente a esta situación es necesario considerar la conducta de Cristo y tomar ejemplo de él. Como sabemos, Cristo es muy dulce, tierno, comprensivo y misericordioso, prontamente dispuesto a perdonar a los pobres, los humildes, los pequeños, los frágiles, los que sufren, los poseídos por el demonio, los humillados, los marginados, las prostitutas arrepentidas.
Pero con los escribas, los fariseos, sumos sacerdotes y doctores de la ley, es muy severo y amenazador, apostrofándolos con apodos que, si no salieran de su boca, parecerían insultos: "serpientes, raza de víboras, sepulcros blanqueados". Los acusa del pecado de soberbia, de hipocresía, de vanagloria, de respeto humano, de acepción de personas, de ficción, de avaricia, de malversación; los acusa de tener por padre al demonio y de hacer sus obras, les advierte que morirán en sus pecados.
Podríamos preguntarnos en qué se funda esta actitud, qué propósito y resultado se propone, cómo juzgarlo, y si podemos considerarlo como ejemplar para nuestra conducta hacia los hipócritas. El hipócrita no es simplemente alguien que quiere salvar las apariencias; esto no es de hecho malo, si no fuera porque él finge para adquirir el consenso social. Pero el verdadero pecado del hipócrita es que no le interesa salvar las apariencias en general -lo cual no sería del todo malo- sino solo aquellas apariencias que son de agrado al mundo, prescindiendo de referencias morales saludables.
El hipócrita es, por tanto, aquel que quiere servir a dos amos, es decir, por una parte quiere servir a Dios y por la otra tiene temor y reverencia hacia el mundo, se aferra al buen nombre o buena fama y al éxito ante el mundo, incluso a costa de desobedecer la ley de Dios; el mundo le atrae pero sabe que Dios es importante, por eso quisiera gozar tanto de Dios como del mundo.
Indudablemente Cristo sabía leer en los corazones a una profundidad que a nosotros no nos es concedida. ¿Cómo podemos saber si una persona que muestra mucho celo religioso y cumple buenas obras hacia el prójimo es sincera o es un hipócrita? ¿Cómo sabemos si obra verdaderamente por Dios o para un éxito humano? ¿Cómo sabemos si tiene una fe auténtica o si la suya es una práctica religiosa para tener éxito en un ambiente religioso?
¿Cómo sabemos si esa persona se toma verdaderamente en serio las cosas de Dios o lo que le interesa seriamente es su propio yo y el consenso social? ¿Cómo sabemos si está en culpa o es sólo débil en el resistir a las seducciones del mundo? ¿Cómo sabemos si esa persona está involuntariamente engañada por el demonio o tiene por padre al diablo? ¿Cómo sabemos si ella quisiera liberarse de los lazos del mundo o bien si le gusta regodearse en los placeres mundanos? ¿Es la suya una incoherencia involuntaria e inconsciente o está estudiada y es deliberada e intencional?
Por ejemplo, un sacerdote o teólogo celantes y activos en su ministerio, en sus buenas obras, en su práctica religiosa, reconocidos y estimados por el ambiente eclesial, pero que luego se burlan de un Siervo de Dios y de sus devotos, se burlan de los que han refutado los errores de Schillebeeckx o de Rahner, ¿se pueden considerar sinceros y lineales en su religiosidad? Son personas que toman verdaderamente en serio los valores sagrados del catolicismo o tienen un pie en dos estribos y son personas para las cuales la fama de católicos solo sirve para afirmarse a sí mismos?

¿Jesús ha convertido a algún hipócrita?

La cosa no aparece clara. Lo que es cierto es que por culpa de los hipócritas ha sido alzado en la cruz. Advertir a los pecadores es siempre un llamado a su conciencia y puede servir para causar en ellos un saludable temor, aunque luego no se arrepientan. Al menos saben que han sido advertidos.
Leyendo los Evangelios, no aparece que Jesús haya convertido a algún hipócrita. Pero no sabemos. Los Evangelios no nos dicen todo. Es muy posible que haya convertido a muchos. ¿Acaso no ha venido para la salvación de todos? Pidámosle a Él que nos enseñe el arte maravilloso de convertir también a estos nuestros hermanos en peligro de muerte.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 2 de agosto de 2024

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum hypocrisis sit maximum malum Ecclesiae

Ad hoc sic procediturVidetur quod hypocrisis non sit maximum malum Ecclesiae.
1. Quia ab initio haereses et schismata discerperunt unitatem Corporis Christi, et Patres ea gravissima pericula existimaverunt. Ergo videtur quod illa sint nocentiora quam hypocrisis.
2. Praeterea, scandala moralia et abusus destruxerunt credibilitatem Ecclesiae coram mundo, provocantes amissionem fiduciae fidelium. Ergo videtur quod problema morale sit gravius quam hypocrisis.
3. Item, conflictus doctrinales et pastorales inter modernistas et indietristas, synodalitas, oecumenismus et evangelizatio directe afficiunt missionem Ecclesiae. Ergo videtur quod haec problemata sint magis decisiva quam hypocrisis.
4. Denique, Christus venit ut omnes salvos faceret, etiam hypocritas. Sed Evangelia non ostendunt quod aliquem eorum converterit. Ergo videtur quod hypocrisis non sit malum centrale, sed peccatum inter alia.

Sed contra est quod dicitur in Evangelio: Scribae et Pharisaei sedent super cathedram Moysi; Christus autem eos appellat serpentes, progeniem viperarum et sepulchra dealbata, accusans eos quod patrem habeant diabolum et opera eius faciant. Sanctus Augustinus docet hominem esse capacem Dei, et ideo posse elevari ad veritatem divinam; hypocrisis autem claudit cor contra illam veritatem.

Respondeo dicendum quod hypocrisis est maximum malum quod Ecclesiam corrodere solet, quia est peccatum duplicis animi et falsitatis, quod venenum infundit in linguam et destruit honestatem intellectualem. Non est simpliciter de servandis apparentibus, sed de fingendo ad placendum mundo, etiam cum lege Dei contempta. Hypocrita vult servire duobus dominis: Deo quidem, sed etiam mundo, quaerens favorem socialem et bonam famam. Haec aura subtiliter venenata iam totam Ecclesiam obumbrat et est origo multorum malorum. Calamitas Ecclesiae non est Concilium Vaticanum II nec indietristae, sed iste fascinans spiritus mendacii et falsitatis a diabolo inspiratus. Contra hoc Christus dulcis et misericors est erga humiles, sed severus et minax erga hypocritas, quos detegit et monet quod morientur in peccatis suis. Ergo exemplum Christi nos docet quod debemus esse patientes et compassivi erga infirmos, sed firmi et severi erga hypocritas, ut saltem moneantur et conscientia eorum tangatur.

Ad primum ergo dicendum quod haereses et schismata quidem sunt gravia, sed saepe oriuntur ex hypocrisi, quae superbiam et mendacium sub specie veritatis occultat. Ergo hypocrisis est radix eorum.
Ad secundum dicendum quod scandala moralia credibilitatem laedunt, sed hypocrisis est gravior quia ipsam veritatem linguae et fidei destruit, et Evangelium in inanem speciem convertit. Scandalum potest esse ex infirmitate; hypocrisis est ex electione deliberata et obstinata.
Ad tertium dicendum quod conflictus doctrinales et pastorales magni momenti sunt, sed hypocrisis eos alit, quia qui videntur veritatem defendere, revera favorem mundi quaerunt. Ergo hypocrisis est magis decisiva.
Ad quartum dicendum quod, etsi Evangelia conversionem hypocritae non narrant, Christus tamen venit ut omnes salvos faceret, et possibile est quod multos converterit. Quocumque modo, monere eos est iam actus caritatis, quia saltem sciunt se detectos esse. Ergo hypocrisis est malum centrale, et officium christianorum est eam oppugnare veritate et exemplo Christi.
   
JG

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.