¿Es la castidad consagrada un signo arcaico o, por el contrario, una anticipación luminosa de la vida futura? ¿Cómo entender la superioridad del celibato sacerdotal frente al matrimonio sin caer en desprecios ni exageraciones? El padre Giovanni Cavalcoli, en la primera parte de este artículo, muestra cómo el Concilio Vaticano II y san Juan Pablo II han ofrecido una visión más bíblica, espiritual y humanista de la castidad, vinculándola con la dignidad del varón y la mujer, con la vocación escatológica y con la imitación de la vida angélica. ¿Acaso no es urgente redescubrir el verdadero sentido del voto de castidad como camino de libertad, de servicio y de plenitud? ¿No exige nuestra época superar tanto el rigorismo del pasado como la secularización mundana que ha debilitado su atractivo? Este texto del docto teólogo dominico invita a contemplar la castidad como signo de esperanza y modelo de la unión perfecta en Cristo. [En la imagen: fragmento de "Abrazo de San Francisco y Santo Domingo", fresco, 1452, obra de Benozzo Gozzoli, de la colección del Museo de Montefalco, Umbría].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 6 de octubre de 2026
El voto de castidad en la vida religiosa y el celibato sacerdotal en su finalidad escatológica (1/2)
El voto de castidad en la vida religiosa y el celibato sacerdotal
en su finalidad escatológica
Primera Parte (1/2)
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 4 de febrero de 2016, en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/il-voto-di-castita-nella-vita-religiosa-e-il-celibato-sacerdotale-nella-loro-finalita-escatologica/)
En la actual situación social, en la cual la licencia sexual parece no tener limite y de hecho esta bien vista o es exaltada como progreso y conquista de libertad y civilización, el valor perenne del ideal y la práctica de la castidad consagrada de los religiosos aparece y es presentada por poderosos mass-media y publicistas como un desafío intolerable o es más que nunca objeto de denigración o de escarnio, como signo inhumano de una arcaica mentalidad masoquista y dualista, y despreciadora de la mujer y del placer.
La Iglesia, en estos últimos cincuenta años, retomando las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la vida religiosa y sobre el celibato sacerdotal, nos ha propuesto una gran cantidad de documentos dedicados a este importante tema.
La Iglesia ha reafirmado una vez más, por ejemplo en el Concilio Vaticano II, la superioridad de la vida religiosa sobre la vida laical y por tanto la primacía del voto de castidad o del celibato sacerdotal sobre el matrimonio. Esto aparece evidente a partir de los numerosos comparativos de superioridad usados por el Concilio: la vida religiosa "recoge un fruto más copioso de la gracia bautismal", implica "una consagración más íntima al servicio de Dios". "El estado religioso hace a sus seguidores más libres de las preocupaciones terrenas, ...testimonia mejor la vida nueva y eterna, adquirida por la redención de Cristo, y preanuncia mejor la futura resurrección y la gloria del reino celestial" ¹.
También por cuanto respecta al celibato sacerdotal, el Concilio muestra claramente su excelencia respecto a la vida laical o incluso a un sacerdocio conyugado. En efecto, "con la virginidad o el celibato observado por el reino de los cielos -dice el Concilio ²-, los presbíteros se consagran a Cristo con un nuevo y excelso título, se adhieren más fácilmente a Él con un corazón no dividido, se dedican más libremente a Él y por Él al servicio de Dios y de los hombres, sirven más prontamente a su reino y a su obra de regeneración divina, y en tal modo se disponen mejor a recibir una más amplia paternidad en Cristo".
En suma, para sintetizar toda la enseñanza del Concilio respecto al voto de castidad o al celibato sacerdotal, aparece evidente que este tipo de abstinencia sexual se presenta como una vía de santidad mejor o más fácil que la laical o secular, la cual ya en sí misma y sobre todo en el matrimonio es también una vocación a la santidad.
Pero el matrimonio, en cuanto unión entre varón y mujer que tiene por finalidad la procreación, está evidentemente ligado a la vida presente, pues solamente en esta vida presente se produce el aumento de los individuos de la especie, por tanto un estado de vida destinado en tal sentido a ser superado en la futura vida de la resurrección, cuando tal aumento habrá cesado.
Sin embargo, permanecerá el aspecto espiritual de la unión conyugal, esa unión espiritual que es ya vivida en el presente por las personas consagradas de ambos sexos. Por eso los esposos de aquí abajo están llamados a mirar hacia ellos como modelo, de esa vida futura, que constituye la perfección escatológica de todos los creyentes.
El aporte de san Juan Pablo II
Debemos mencionar aquí, aunque sea brevemente, sobre todo las preciosas y ricas intervenciones de san Juan Pablo II, que han dado una notable contribución a un mejor conocimiento y fundamentación del voto de castidad, y en general de la relación varón-mujer, poniéndola en conexión no sólo con las condiciones de la actual naturaleza caída y redimida, sino también con el estado edénico y con la prospectiva de la futura resurrección, con el valor bíblico de la unión del varón con la mujer, con la dignidad del matrimonio, de la familia y de la mujer, con el modelo eclesial mariológico, con el significado de la vida ascética y del servicio generoso al prójimo.
Para apreciar del modo debido las enseñanzas del Papa sobre el voto de castidad sin exageraciones y sin desvalorizaciones, en su alcance innovador y al mismo tiempo en su fidelidad a la tradición, es necesario tener presente el contexto antropológico, bíblico y moral sobre la relación varón-mujer en general, que nos viene presentado con vigorosas argumentaciones y profundas intuiciones por san Juan Pablo II, que abre, como verdadero Maestro de la Fe, a la Iglesia y a la teología, nuevos horizontes sobre el destino del varón y de la mujer en la visión de fe que nos es propuesta del cristianismo.
Sin embargo, podríamos preguntarnos con cierto desánimo cuál ha sido la recepción eclesial en lo interno del mismo Magisterio pontificio subsiguiente a san Juan Pablo II, de esta rica doctrina suya, que no sólo merece ser acogida con gratitud al Vicario de Cristo, sino también bien entendida y ampliamente difundida, más allá de prestarse para ser ulteriormente profundizada y explicitada ³.
Desgraciadamente, estos estímulos de san Juan Pablo II no han sido suficientemente recogidos. Estamos divididos entre un ambiente de moralistas modernistas laxistas por una parte, mientras que por la otra se mantienen rémoras, temores y mojigaterías en ambientes sustancialmente sanos, pero incapaces de actualizarse y de ampliar la mirada como lo sugiere el Papa.
La antigua concepción de la castidad
Estamos saliendo -esto lo saben todos- de siglos de ascética católica rigorista y atormentada de modo exorbitante, sobre todo para la vida religiosa femenina, por la culpa sexual, hasta el punto de llegar a temer usar la misma palabra "sexo", por lo cual el pecado sexual parecía ser el pecado por excelencia; la "bella virtud" era simplemente la castidad, como si no existieran virtudes todavía más bellas; los "malos pensamientos" eran necesariamente los pensamientos lujuriosos, como si no hubiera peores pensamientos.
La "pureza" era simplemente la castidad, como si no existiera ninguna otra forma superior de pureza moral. El pecado venial en hecho de sexo asumía los contornos del pecado mortal; pero al mismo tiempo los directores del espíritu, para poner de acuerdo el hecho de que todos somos pecadores con la idea de que el buen religioso no podía tener culpas sexuales, habían inventado para los religiosos la categoría del pecado venial "involuntario", de modo que el pecado, que de por sí es un acto voluntario, era privado de un carácter esencial suyo, como si dijera una culpa sin culpa. Este pecado, que no era pecado, era el máximo de culpa que se podía admitir para un buen religioso, cosa que, sin embargo, era de todos modos valorada con mucha severidad.
La reforma conciliar
La reforma de la vida religiosa promovida por el Concilio Vaticano II ha puesto fin a esta distorsión que en ciertos casos provocaba las psicosis y a menudo un exceso de escrúpulos, haciendo disminuir de importancia pecados mucho más graves. Pero, como frecuentemente sucede en la historia, la corrección demasiado drástica o imprudente de un exceso, provoca por reacción el desencadenarse del exceso opuesto.
Así, si en la Iglesia pre-conciliar la propuesta de la castidad consagrada, en una sociedad cristiana desde hacía mucho tiempo habituada, desde el ambiente familiar, al sacrificio y a la renuncia, atraía a numerosos jóvenes, aunque en su exagerado énfasis de la castidad, ligada a una subestimación de la mujer, una falsa interpretación de la reforma conciliar ha causado una caída en el extremo opuesto de una vida religiosa secularizada y mundana, que, si bien ha remediado los escrúpulos exagerados de antes y la visión pesimista de la mujer, sin embargo, ha terminado por quitarle a la castidad ese encanto y ese aura de heroísmo y de perfección, de los cuales antes estaba circundada, tal como para atraer a jóvenes generosos a la búsqueda de una total dedicación de sí mismos a Dios. Y en tal modo el resultado infelíz ha sido una caída impresionante de las vocaciones y un número igualmente impresionante de defecciones, es decir, de abandonos de la vida sacerdotal y de la vida religiosa.
El ideal de castidad propuesto hoy por la Iglesia, sobre todo por las palabras de san Juan Pablo II, es indudablemente más bello, más generoso, más humanista, más espiritual y más bíblico que el del pre-concilio, pero también es de más difícil comprensión y realización, pasible de ser equivocado o malentendido por una interpretación mundana.
La abstinencia sexual propia del voto de castidad tiene un triple propósito: primero, permitir al espíritu en las condiciones de naturaleza caída una mayor libertad para la oposición a la carne a los fines de una vida espiritual más elevada, más profunda, más amplia, más intensa y más fecunda; segundo, preparar el estado escatológico de reciprocidad entre varón y mujer, por el cual ellos, recuperando y sublimando el estado edénico, son "una sola carne"; tercero, una mejor imitación de la vida angélica y divina donada por la gracia.
El primer propósito del voto de castidad
El primer propósito es relativo al estado presente de naturaleza caída. Es, por así decir, un propósito terapéutico de emergencia, así como escayolar un brazo no es un deber absoluto, sino sólo en relación con el hecho de que se ha fracturado. No se trata de permanecer enyesados para siempre, sino solo hasta que se esté curado.
De hecho, en el estado edénico, el cuerpo está perfectamente sometido al espíritu, por lo cual el ejercicio de la actividad sexual no sólo no obstaculiza y no perturba la actividad espiritual, sino que la favorece y la incrementa, según el plan originario del Creador. En el Edén no había necesidad de ningún voto de castidad. Nuestros primeros progenitores, como lo recordó el mismo san Juan Pablo II, "estaban desnudos y no se avergonzaban de ello".
Con el pecado original esta armonía entre varón y mujer se ha roto: la inclinación sexual del uno hacia el otro ha devenido desordenada y excesiva, y ha nacido la concupiscencia; pero al mismo tiempo el egoísmo y el contraste han sustituído al amor. La inclinación sexual con el placer que ella conlleva permanece en sí misma buena y creada por Dios; pero su ejercicio tiende a ser desquiciado e irrazonable. El remedio para esta situación establecido por Cristo es triple: la continencia laical, el matrimonio y el voto de castidad.
La continencia laical es el dominio del instinto sexual practicado por los laicos no desposados. El matrimonio en el estado presente rencuentra en cierto modo la armonía primitiva entre los dos y el ejercicio del sexo como amor y no como egoísmo. El voto de castidad conlleva la abstinencia sexual, el "hacerse eunuco con miras al reino de los cielos".
La ascética propia del primer propósito del voto de castidad es aquella más tradicional, de la cual podemos tener analogías también en otras religiones, sobre todo orientales, las cuales sin embargo suponen a menudo una concepción dualista del hombre, por la cual la abstinencia sexual es motivada por la prospectiva de liberar al espíritu del cuerpo, considerado cárcel del espíritu, no confiable, traicionero, malvado e incentivo del pecado.
Es evidente que en estas visiones una perspectiva de resurrección del cuerpo o de vida post-mortem que contemple una relación varón-mujer, es una absurdidad, ya que todo el programa de la salvación no es cómo rencontrar el cuerpo, sino cómo liberarse de él para siempre para hacer desaparecer el alma en el Absoluto.
En cuanto al cristianismo, tiene la percepción realista de la dificultad que presenta el dominio de las pasiones y es muy consciente de que desgraciadamente en la vida presente ya no existe aquella armonía entre varón y mujer que era prerrogativa del estado edénico, sino que al contrario, el uno frente a la otra puede ser ocasión de pecado o incentivo al pecado. Donde antes el encuentro o la relación era medio para acercarse a Dios y realizar la virtud, ahora el uno aparece como peligro, obstáculo o tentación en el camino de una total entrega de sí a Dios.
De aquí todas las separaciones, las cautelas, las distancias, las barreras, las protecciones, los ocultamientos, los encierros y clausuras, por no hablar de la desconfianza y la frialdad recíprocas, que vienen a ser adoptadas, quizás a regañadientes, para limitar los contactos, evitar peligros o tentaciones y poder vivir con mayor seguridad y serenidad la propia vida espiritual, libres de tentaciones o vanos deseos.
La castidad en el pasado es así vista como un problema estrictamente personal de auto-control y auto-defensa. No se advertía que en realidad, y en su significado más profundo, la castidad es cuestión de una sana, honesta, constructiva y gratificante relación entre los dos sexos. El ascetismo y la renuncia ciertamente son necesarios, pero con miras a lograr una colaboración y una amistad recíprocas.
El horizonte moral que se mantenía bajo la mirada era exclusivamente el de esta mísera vida terrena, que tiene ante los ojos la conflictualidad entre varón y mujer y el dominio explotador del varón sobre la mujer, mientras que no se pensaba en ampliar la mirada, como en cambio nos ha enseñado a hacer san Juan Pablo II, al modelo edénico y más aún al modelo escatológico.
A ello hay que añadir la bien conocida y antiquísima desestima por la mujer, considerada un ser débil e inferior, mas occasionatus, como para decir varón "incompleto", según el esquema aristotélico, como si fuera un menor simplemente a tutelar, mantener a raya y, si es necesario, corregir y castigar, sin esperarse de la mujer ayudas o contribuciones originales o de relieve, que el varón no esperaría de otro varón en lugar de una mujer.
La función de la mujer era mantenida dentro de los límites de sus competencias, aunque preciosas e insustituibles, procreativas y familiares, aunque en clima cristiano todo esto fuera visto con gran respeto, con referencia al modelo mariológico. Sin embargo, se disociaba la feminidad de la maternidad: estima y veneración por esta segunda, desestima y desconfianza por aquella primera, olvidando que no se puede ser esta segunda sin aquella primera, y que María es madre porque es mujer, de hecho es más, ella es el ideal de la mujer.
Y en cambio no. María, la perfectísima entre todas las creaturas, era ciertamente Madre, pero no podía aparecer como "mujer", con el verdadero y propio aspecto físico de la mujer, que era visto como seducción y defecto. Su cuerpo, en las imágenes de la Nuestra Señora, debía permanecer oculto entre abundantes ropajes, de modo similar al chador de las mujeres musulmanas.
En esta visión de la feminidad de María, al promover la reforma del hábito religioso femenino, el Concilio propone un armonioso equilibrio entre las exigenciass de religiosa dignidad y las de conformidad con el aspecto físico y las características propias de la vestimenta de la mujer. Por consiguiente, chocan con las disposiciones del Concilio Vaticano II tanto el uso por parte de ciertas religiosas o incluso de ciertos institutos de discontinuar el hábito, como el de conservar los defectos del hábito de estilo pre-conciliar abolidos por el Concilio.
Fin de la Primera Parte (1/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 4 de febrero de 2016
Notas
¹ Constitución dogmática Lumen Gentium, n.44.
² Decreto Presbyterorum Ordinis, n.16.
³ He intentado modestamente un trabajo de ese tipo en mi libro La coppia consacrata, Edizioni Vivere In, Monopoli (BA), 2008.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum votum castitatis et caelibatus sacerdotalis
matrimonio superiores sint propter finem escatologicum
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non sint superiores.
1. Quia matrimonium etiam est vocatio ad sanctitatem, fundata in unione viri et mulieris et in procreatione, quod est bonum a Deo ab initio volitum. Ergo videtur iniustum statum, qui gratiae et vocationis divinae participat, inferiorem reputare.
2. Praeterea, coniugalis unio mysterium Christi et Ecclesiae repraesentat, et ideo videtur aequalem dignitatem habere cum consecratione religiosa, cum ambo sint signa sacramentalia communionis cum Deo.
3. Item, castitas consecrata a multis in societate hodierna exhibetur ut signum arcaicum, inhumanum et naturae contrarium, quod videtur ostendere eam non posse censeri superiorem, sed potius incomprehensibilem et nocivam.
4. Denique, abstinentia sexualis videtur esse renuntiatio quae plenitudinem humanam limitat, cum matrimonium permittat vitam pleniorem in communione coniugum, in procreatione et in educatione filiorum, quod videtur magis convenire naturae humanae.
Sed contra est quod dicit Concilium Vaticanum II: “Status religiosus fructum uberiorem gratiae baptismalis colligit et melius praenuntiat resurrectionem futuram et gloriam regni caelestis” (LG 44). Et Dominus: “Sunt eunuchi qui seipsos castraverunt propter regnum caelorum” (Mt 19,12). Et Ioannes Paulus II docet castitatem consecratam esse signum escatologicum unionis perfectae inter virum et mulierem in resurrectione.
Respondeo dicendum quod votum castitatis et caelibatus sacerdotalis matrimonio superiores sunt, non quia matrimonium non sit sanctum, sed quia consecratio in virginitate et caelibatu anticipat condicionem escatologicam resurrectionis, ubi iam non erit procreatio nec unio carnalis, sed perfecta communio in Christo. Concilium docet vitam religiosam et caelibatum sacerdotalem praebere intimiorem consecrationem in servitium Dei, cor indivisum et maiorem libertatem ad regnum dedicandum. Textus explicat matrimonium ad vitam praesentem pertinere, dum castitas consecrata melius testificatur vitam novam et aeternam, et constituit exemplar coniugum, qui ad eam respicere debent tamquam ad signum perfectionis futurae. Ioannes Paulus II hanc doctrinam ampliavit ostendens castitatem coniungi cum statu edenico, cum dignitate matrimonii et mulieris, et cum prospectiva futurae resurrectionis, praebens horizontem magis spiritualem et biblicum quam rigorismus praeteritus et sublimiorem quam mundana secularizatio. Abstinentia sexualis propria voti castitatis triplicem habet finem: liberare spiritum in conditione naturae lapsae, praeparare reciprocitatem escatologicam inter virum et mulierem, et imitari vitam angelicam et divinam.
Ad primum ergo dicendum quod matrimonium sanctum est et vocatio legitima, sed ordinatur ad vitam praesentem et ad procreationem, dum castitas consecrata vitam futuram anticipat, et propter hoc est superior ut signum escatologicum.
Ad secundum dicendum quod coniugalis unio mysterium Christi et Ecclesiae repraesentat, sed virginitas et caelibatus plenius illud testificantur, quia Christo cum corde indiviso adhaerent et totaliter eius servitio se dedicant, ostendentes iam in hac vita condicionem futuram resuscitatorum.
Ad tertium dicendum quod criticae hodiernae quae castitatem arcaicam putant ex mentalitate secularizata oriuntur, quae licentiam sexualem extollit. Revera castitas est via libertatis, servitii et plenitudinis spiritualis, nec naturae negatio, sed eius elevatio per gratiam.
Ad quartum dicendum quod abstinentia sexualis plenitudinem humanam non limitat, sed eam dirigit ad communionem definitivam cum Deo. Matrimonium est via sanctitatis in vita praesenti, sed castitas consecrata est via directior ad perfectionem escatologicam, quia praeparat plenam unionem spiritualem quae propria erit resurrectionis.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.