¿Puede existir un verdadero ecumenismo si se renuncia a preguntar quién tiene razón y quién está equivocado en materia de fe? ¿La unidad de los cristianos se construye relativizando las diferencias doctrinales o buscando juntos la verdad revelada por Cristo? ¿Son las confesiones de fe y las definiciones dogmáticas obstáculos para la unidad, o constituyen precisamente el fundamento indispensable de todo diálogo sincero? ¿Qué sucede cuando la preocupación por la concordia desplaza la preocupación por la verdad? En esta primera parte de su estudio, el padre Giovanni Cavalcoli somete a severo examen la propuesta ecuménica del cardenal Walter Kasper, sosteniendo que el auténtico ecumenismo no puede edificarse sobre ambigüedades doctrinales ni sobre un difuso relativismo confesional, sino sobre la confesión franca de la propia fe, el esclarecimiento de los errores y la común búsqueda de la verdad bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. [En la imagen: Cardenal Walter Kasper].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 15 de octubre de 2026
El falso ecumenismo del cardenal Kasper (1/2)
El falso ecumenismo del cardenal Kasper
Primera Parte (1/2)
(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 7 de junio de 2016. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/il-falso-ecumenismo-del-cardinale-kasper-che-invece-di-fare-teologia-in-ginocchio-rischia-di-fare-teologia-al-cesso/)
El cardenal Walter Kasper ha publicado recientemente el opúsculo Martin Lutero. Una prospettiva ecumenica ¹, en el cual resume brevemente su punto de vista, como experto en ecumenismo, acerca de la relación de la Iglesia con los luteranos.
El opúsculo trata casi exclusivamente del aspecto moral del ecumenismo, como voluntad común de resolver los contrastes, de remediar los errores del pasado, de dirimir las diferencias, de unir los ánimos en Cristo, de trabajar y orar por la unidad de la Iglesia, con confianza en la asistencia del Espíritu Santo. Pero apenas es dado espacio al problema fundamental, claramente delineado por el Decreto sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio del Concilio Vaticano II, que es el de clarificar ante todo juntos, católicos y protestantes, cuál es la verdadera doctrina de Cristo. El problema de discernir lo verdadero de lo falso es ineludible.
Kasper, en cambio, nunca se pronuncia sobre lo verdadero y sobre lo falso, sobre quién tiene razón y quién está equivocado. Por el contrario, es necesario decir que precisamente de este insuprimible anhelo de la verdad, signo y orgullo del ser humano y cristiano, ha surgido la necesidad, por entrambas partes, católicos y luteranos, en la historia subsiguiente a Lutero, de esclarecer y precisar los contenidos de la fe, elaborando, con gran empeño, los católicos, la doctrina del Concilio de Trento y el Catecismo Tridentino, y los luteranos, después de los dos Catecismos de Lutero, sus Confesiones de Fe ², preciosos documentos neciamente despreciados por Kasper bajo el nombre de "confesionalismo", al que él considera fuente de conflictos y de desgracias, e incluso de "inauditos estallidos de violencia", y por lo tanto hoy felizmente superados (p.59). Interpretando al revés el sentido de estas profesiones de fe, según él, serían causa de división, mientras que en cambio son precisamente la base del diálogo.
Ciertamente, que de hecho la proclamación de la propia fe, a causa de la debilidad y del orgullo humanos, se preste a irrazonables rigideces, fanatismos, cerrazón, intolerancias y a la agresividad, eso está fuera de toda duda, pero se trata de un hecho accidental, no vinculado a una profesión de fe como tal.
A esta confusión que hace Kasper entre lo accidental y lo esencial parece subyacer la perniciosísima idea, de carácter escéptico, hoy lamentablemente difundida, según la cual toda convicción de poseer la verdad y la manifestación verbal de esta convicción -ya sea la de Giordano Bruno o la de santo Tomás de Aquino- es un acto de violencia contra la conciencia de otros que disienten de tal convicción, cuando en cambio es verdad exactamente lo contrario, a saber, que es precisamente tal convicción, bien fundada y francamente expresada, la que debe ser la base para la solución de los conflictos ideológicos y para crear la concordia en las relaciones humanas.
De modo que Kasper, con sus ideas, termina por acentuar los contrastes en lugar de resolverlos, creando acuerdos equívocos, que no pueden dejar de manifestar a la prueba de los hechos su ilusoriedad y deslealtad.
Kasper pasa por alto el hecho de que esta necesidad de precisar los contenidos de la propia fe y de profesarlos "con la boca" (Rm 10,9) es en sí misma sana, devota, debida, es condición de salvación, es testimonio de fe, además de ser humanamente signo de lealtad, franqueza, sinceridad, limpidez y honestidad.
Por eso, en cualquier contraste o conflicto humano, y con mayor razón aún en los contrastes religiosos, lo primero que hay que hacer para resolverlos es huir, con la franqueza y el coraje de las propias ideas, de las actitudes dobles, engañosas, astutas, tortuosas, viscosas y serpentinas. Es sagrado deber de los dos contendientes, que deben ser hombres de honor y no mezquinos calculadores ³, sobre todo como en nuestro caso, que toca los problemas supremos del destino humano, manifestar públicamente con claridad las propias posiciones.
De lo contrario, los contrastes se prolongan al infinito, hipócritamente encubiertos, por intereses ajenos a los de la verdad y del bien de la Iglesia, como está sucediendo desde hace cuarenta años con el ecumenismo promovido por el cardenal Kasper, que olvida el sabio dicho popular: "acuerdos claros, amistad larga". Es mejor chocar con la franqueza, que fingir un acuerdo que no existe. Y son exactamente estas las verdades que nos recuerda el decreto Unitatis redintegratio, cuando afirma la necesidad de que las dos partes "expongan más a fondo la doctrina de su propia comunidad y presenten con claridad sus características" (n.3).
Por consiguiente, el verdadero ecumenismo, para no tambalear sobre arenas movedizas, no pescar en aguas turbulentas, no girar en círculos, para no tergiversar, no jugar con el equívoco y entrar en acuerdos ilusorios, muy lejos de condescender a despreciables prejuicios contra las pasadas Confesiones de fe, prejuicios a los cuales cede Kasper en su opúsculo, precisamente sobre aquellas Confesiones y en los juicios emitidos por los Papas y por los Concilios el ecumenismo debe basarse y estos documentos deben ser profundizados en los diálogos y en los estudios ecuménicos, obviamente a partir de los escritos de Lutero y de los luteranos, así como de los estudios antiguos y recientes de ambos lados, y de las diferentes interpretaciones y el Magisterio de la Iglesia.
Una nota de humanidad en este librito despreciable y escandaloso es dada por la dedicatoria a su hermana Ingeborg, recientemente fallecida. Aquí Kasper, si no demuestra piedad por los vivos, al menos la muestra por los difuntos.
El fin del "confesionalismo"
Kasper habla con satisfacción del "fin" de lo que él llama la "época confesional", que habría terminado, no se entiende bien por qué, en 1918 ⁴, sin explicar con exactitud lo que entiende decir. Pero se lo puede suponer por el contexto. Ciertamente se refiere a la época en la cual, después del acontecimiento de Lutero, en los siglos XVI-XVII, tanto los protestantes (Fórmula de Concordia de 1577), como católicos (Concilio de Trento) elaboraron su respectiva confesión o profesión de fe.
Las mencionadas Confesiones, elaboradas con gran cuidado, comenzando por la de Augsburgo de 1530 ⁵ hasta la Fórmula de Concordia de 1577, enuncian aquello que los luteranos consideran ser la verdadera doctrina del Evangelio frente a aquellas que ellos consideran ser las mentiras de los católicos, es decir, aquellos a quienes ellos con desprecio llaman papistas.
Si no se comprende y no se aprecia este cuidado en el definir las verdades de fe, es imposible un verdadero ecumenismo, el cual debe tomar muy seriamente en cuenta el hecho de que, en su tremendo choque, tanto Lutero como el Papa han planteado enérgicamente la cuestión de la verdad de la fe, acusando de herejía a la otra parte: el Papa, como Vicario de Cristo, en posesión infalible de la verdad de fe; Lutero, convencido de estar en la verdad contra un Papa traidor del Evangelio.
Debe notarse con mucha satisfacción común que en las Confesiones luteranas viene conservado el Símbolo Niceno-Constantinopolitano. Esto es lo que el cardenal Kasper debería haber recordado. Esta es, por lo tanto, la base esencial del ecumenismo. Los disensos se refieren a la antropología y al modo de obtener la salvación, cosas no tocadas por el Símbolo. Estas últimas doctrinas habían de ser aclaradas por los Concilios de los siglos VIII-XV.
Este es el punto fundamental sobre el cual gira todo el conflicto, y no en absoluto, como Kasper quiere hacernos creer, en una necesidad luterana de "reforma de la Iglesia", aunque ello no esté absolutamente excluido y no debería ser subestimado, y de hecho contenía algunos aspectos positivos, aspectos que habrían de ser asumidos incluso cuatro siglos después por el Concilio Vaticano II.
Pero la reforma propuesta por Lutero -al margen de estos aspectos- es falsa, en la medida en que ya no es reforma, sino deformación, es decir, se apoya sobre falsas nociones del origen y del fin del cristianismo, de la naturaleza humana, del pecado, de la gracia, de la razón, de la fe, de la ley, de las obras, de la salvación y de la Iglesia. Las reformas de la Iglesia deben corregir las costumbres y no la doctrina, porque el Papa puede estar equivocado en el gobierno de la Iglesia, pero no en la doctrina. Quien pretenda corregir al Papa en la doctrina de la fe, está partiendo con pie equivocado.
El aspecto basilar del problema ecuménico
Todo esto, que es el aspecto basilar del problema ecuménico, es completamente ignorado por Kasper, quien resuelve todo el contraste entre Iglesia católica y luteranismo en un banal litigio entre dos contendientes a la par, como podrían serlo un hincha del Inter y un hincha del Milán, donde es solo cuestión de gustos, se discute en el bar tomando un café, no existe una verdad objetiva, ni existe siquiera algo de interés, o donde el error y la razón están en ambos lados.
En otras palabras, Kasper habla del problema ecuménico como si se tratara de volver a unir las partes separadas (católicos y luteranos) de un todo (la "Iglesia"), como por ejemplo los fragmentos de un jarrón roto, partes que deben volverse a unir para reconstruir y formar la "unidad" original del jarrón. El ecumenismo debería ser el pegamento para volver a unir las piezas. Ahora bien, esto es por lo menos ridículo, porque supone una concepción falsa de la unidad de la Iglesia, porque nada puede agrietar o romper su unidad. Portae inferi non praevalebunt. Puede haber división entre los cristianos; pero la Iglesia en sí es una. Los herejes no dividen la Iglesia, sino que se separan a sí mismos de la Iglesia.
Kasper, con su polémica contra las Confesiones de fe, probablemente pretende rechazar los fanatismos, las durezas, las intolerancias, las rigideces y las cerrazones. Y si es eso lo que él quiere decir, tiene razón. Pero el caso es que es ambiguo en lo que dice, porque parece rechazar una confesión o profesión de fe como tal. Y si es así, como parece, él se equivoca groseramente, yendo contra la honestidad intelectual y el explícito mandato neotestamentario (Jn 1,20; Rm 10,9 y Heb 13,15) ⁶.
De hecho, él mismo se expresa así: "La época confesional llegó a su fin en 1918 con el derrumbe de la monarquía y las subsiguientes convulsiones de los siglos XX y XXI. En nuestra situación pluralista -en la que los ambientes (Milieus) confesionales se disuelven y los miembros de las distintas confesiones viven puerta con puerta, trabajan juntos y a menudo conviven (y rezan) en la misma familia con naturalidad- y a la vista de los actuales procesos de individualización, las fronteras entre las Iglesias confesionales resultan porosas y las controversias confesionales se han tornado irrelevantes para muchos cristianos, tanto evangélicos como católicos" (op.cit. p.40).
Y aquí ruego que el lector se fije en las expresiones que he puesto en cursiva-negrita en el texto del cardenal Kasper.
El cuadro que en un tono idílico, bonachón y liberal, nos viene ofrecido en esta visión, lamentablemente parcialmente verdadera, es en sí mismo deprimente, sórdido y repugnante para cualquier espíritu leal y honesto. Sin embargo, Kasper nos habla tranquilamente de ello y casi complacido, como si se tratara de algo aceptable y normal. Se nota, por lo tanto, ante todo en él, en una temática tan seria como la del destino del hombre, la falta total de la preocupación que toque las gravísimas cuestiones de lo verdadero y de lo falso en el campo de la fe.
En estas palabras de Kasper parece que podemos rastrear algunos presupuestos del ilustre Cardenal: ninguna aprensión por quien se encuentra en el error, ningún deseo de corregir o dar testimonio de la verdad, ninguna disponibilidad a abrirse a la verdad o a corregir los propios errores. Ningún deber de enseñar o defender la verdad. Ningún deber de refutar el error. Ningún deber de fidelidad a las propias convicciones. Nada que sea perenne, universal y objetivo. No se habla de dogmas ni de herejías. Verdadero y falso, relativizados y rebajados al nivel de opiniones subjetivas, se entrelazan y se trasvasan el uno al otro como el cacao en la leche o el azúcar en el café.
Todo se confunde y todo se mezcla, como en una gigantesca ensalada rusa. Quizá Kasper, en lugar de dedicarse al ecumenismo, hubiera tenido más éxito como cocinero de hotel. En efecto, en su ecumenismo todo oscila, todo fluctúa, todo se derrite como en un yogur o en un batido frutado, todo cambia, es intercambiable, trasvasable, soluble, gelatinoso y escurridizo, y nada es sólido, sistemático, ordenado, preciso, cierto, estable y fijo. Un gran desastre. Un gran pasticho. Es lo que el cardenal Gerhard Ludwig Müller, refiriéndose a Zygmunt Bauman, llama "pensamiento líquido". Es el "pensamiento débil" de Gianni Vattimo. Son los conceptos "fluídos" ⁷, o el "delirio báquico" ⁸ de los cuales habla Hegel ⁹.
Los únicos puntos fijos e irrenunciables, sobreentendidos, como se debe deducir, son la propia ventaja del momento, el oportunismo astuto, el fácil éxito, el doble juego, el mantenerse a flote de todos modos. Todo lo demás puede ser vendido, liquidado a bajo precio, rebajado, llevado a trueque o negociado. Sobre todo lo demás, incluso los valores más sagrados, se puede ceder.
Si esto es el ecumenismo, entonces se debería decir que el ecumenismo es un error. Pero por fortuna no es esto el ecumenismo. Estoy seguro de que ante este cuadro no sólo santo Tomás de Aquino sino el mismo Lutero se indignarían y considerarían a Kasper un hipócrita impostor.
Tomás, con su lenguaje mesurado, habría dicho: "Reputo Kasperum hominem scepticum et infidelem". Mientras que Lutero, con su colorido lenguaje habría dicho: "¿Teólogo que hace 'teología de rodillas'? ¡No, teólogo que hace 'teología en el retrete'!" ¹⁰. Y esta ambigüedad de Kasper ha reaparecido con ocasión de la reciente publicación de la exhortación Amoris laetitia del papa Francisco.
El correcto enfoque o impostación del problema ecuménico
La imagen correcta del problema ecuménico, por tanto, no es la de los dos litigantes o la del jarrón roto, sino la imagen evangélica de la vid y los sarmientos o la del hijo pródigo o la de la oveja perdida o la de la dracma perdida, todas las cuales implican alguien o algo que se desprende de sus raíces o de su contexto vital y se pierde o ya no tiene suficiente vida. Y alguien que trata de encontrar, llamar, reclamar y reunir para perdonar y para salvar.
Ahora bien, el modo kasperiano de entender el problema ecuménico denota que no se ha entendido nada de aquello que es la unidad de la Iglesia católica. La comparación adecuada no es la del "poliedro" (cit. p.65), porque, por más que ella de la idea de la belleza armoniosa y ordenada de los componentes de la Iglesia, regina amicta varietate, Sal 44,10, aquí tal imagen no viene a propósito, porque lo esencial a entender aquí es que la Iglesia está toda iluminada por esa luz de verdad evangélica -docete omnes gentes- que desde Roma, caput mundi, se difunde por el mundo en todas direcciones, desde Roma donde está la sede de Pedro -pasce oves meas- maestro, garante, custodio, fautor, difusor y defensor de la unidad de la Iglesia contra las fuerzas disgregadoras y demoledoras del mundo y de Satanás.
Pero sobre todo aquello que es grave en el discurso de Kasper, es la eclesiología que subyace en él, y esa es la imagen de la Iglesia-"poliedro" sin un principio rector o guía, es decir, sin la autoridad del Papa, que es precisamente aquello que Lutero ha suprimido, para sustituirla por el famoso "libre examen de la Escritura", naturalmente dentro de los límites permitidos por la interpretación de Lutero. ¿Queremos corregir a Lutero o queremos hacernos luteranos? La elección se impone. Si "ecumenismo" quiere decir hacerse luteranos, entonces que el cardenal Kasper nos lo diga claramente y no se vaya por las ramas.
Ahora bien, el "poliedro" representa ciertamente una multiplicidad y la Iglesia es efectivamente una multiplicidad, pero es una multiplicidad de fieles, todos gobernados por una única cabeza, por un solo pastor, que es el Papa, Vicario de Cristo. En efecto, en una multiplicidad, la unidad no se crea de por sí, si no existe uno que mande, como ya sabía Aristóteles. Por eso, Cristo ha establecido a Pedro como su Vicario en la tierra.
Por lo tanto, el problema y la tarea del ecumenismo es precisamente el de reconocer y sanar las disonancias, los conflictos, las desarmonías, hacer de ellos un preciso análisis y proponer remedios eficaces, así como eliminar el mal, el desorden y la fealdad. ¿Y quién será el árbitro y factor decisivo en la conciliación sino el Papa, a quien Cristo ha entregado las llaves del reino de los cielos, para que todos los cristianos se refieran y reconduzcan a él para estar unidos en la verdad y en la paz?
Los protestantes, por consiguiente, no pueden constituir un modo como otro de ser Iglesia, a la par, por ejemplo, como están a la par los franciscanos o los dominicos. De hecho, los protestantes no están plenamente en la Iglesia, aunque el Concilio, con espíritu magnánimo, ha reconocido que también en ellos existen "elementos" de Iglesia. Pero está claro que al hablar de "elementos", junto a "carencias", "obstáculos" e "impedimentos", el Concilio quiere hacer presente que en su propio ser Iglesia no existe todo aquello que debería existir.
La función del Papa en el ecumenismo
Roma es faro de luz evangélica que ilumina a todo el mundo. Desde Roma parte la misión cristiana. Cristo ha encomendado a Pedro, Obispo de Roma, la predicación y la custodia del Evangelio, la presidencia suprema y universal de la obra de la evangelización, y el control sobre cómo el Evangelio debe ser predicado en todo el mundo, así como con la tarea de corregir los modos equivocados de predicar el Evangelio.
A Roma llegan y con ella vuelven a entrar en comunión los perdidos, los pecadores, los cismáticos y los herejes arrepentidos. El propósito supremo del ecumenismo, como explica claramente el Decreto (n.3), no es la simple convivencia pacífica de los hermanos separados y que permanecen separados, como en cambio cree Kasper, que confunde la separación con la diversidad, sino que el fin del ecumenismo es la unidad o unión de los cristianos, y esta es lograda mediante la obra encaminada a conducir a Roma a los hermanos separados.
Sólo así ellos dejarán de estar separados. No se trata de suprimir las legítimas diversidades, que constituye una riqueza, sino de suprimir la separación, que entraña el riesgo de la perdición. En efecto, su separación no es sólo separación de los demás hermanos, pecadores como ellos, es decir, los católicos, sino que se trata de separación de Roma, que es guardiana infalible de la verdad salvífica.
Cuando los hermanos separados se lleguen a reunir en Roma, habrá, por gracia del Espíritu Santo, numerosos sacrificios ¹¹ e intensa oración, la tan deseada unidad y concordia en la única fe y ya no habrá separación ni hostilidad. Esta es la meta que debemos tener ante nuestros ojos, este debe ser el objeto final de nuestras súplicas al Espíritu Santo, acompañadas de una digna conducta cristiana, de lo contrario el ecumenismo se convierte en una falsedad y una rueda que gira en el vacío y en lugar de atraer la misericordia divina, atraerá el castigo.
La Iglesia, nacida de un centro, Jerusalén, a la cual ha sucedido Roma, difunde esa luz salvífica en círculos concéntricos por todo el mundo. El mismo Paulo VI en la encíclica Ecclesiam suam de 1964 usa esta imagen eficaz. El papa Francisco la ha puesto en segundo orden respecto a la imagen del poliedro, evidentemente no para menoscabar el primado de Pedro, sino para subrayar el pluralismo existente en la Iglesia. Sin embargo, Kasper la usa de manera inapropiada, para referirse al trabajo ecuménico, aunque se debe reconocer que cada confesión cristiana posee sus propios valores.
El Decreto exige que el "diálogo se inicie entre exponentes debidamente preparados" (n.4), lo que quiere decir evidentemente que el primer requisito debe ser el de una perfecta ortodoxia doctrinal, cosa que lamentablemente no se encuentra en Kasper, cuya cristología está viciada por el historicismo hegeliano ¹² a través de Hans Küng ¹³. De manera similar, Ermes Ronchi y Raniero Cantalamessa están tan equivocados como Kasper, cuando sostienen que Lutero identifica la justicia divina con la misericordia. Esto es falso y es otra herejía ausente en Lutero, que distingue muy bien la justicia de la misericordia.
Siendo así las cosas, el ecumenismo promovido por el cardenal Kasper ha producido resultados desastrosos. En primer lugar, ha provocado un impresionante retorno de ese modernismo, que ya san Pío X había condenado como fenómeno herético influido por los protestantes, y que ha generado la interpretación modernista del Concilio Vaticano II.
En segundo lugar, con su tesis equívoca del "fin de las Confesiones", parece querer referirse también a los decretos contra Lutero del Concilio de Trento, cosa gravísima y dañosísima, porque, como haría el mismo Lutero, sería privar a los Concilios de la autoridad para condenar las herejías.
En tercer lugar, avalando una interpretación hegeliana y rahneriana de Lutero, lo ha presentado aún más alejado del catolicismo de cuanto resulta del Lutero histórico, y no solo no ha ayudado a los luteranos a rechazar los errores y los vicios de Lutero, sino que lo ha alabado de manera exagerada e injusta, dándole méritos que no le pertenecen, con el resultado de que muchos católicos han creído ver en Lutero ya no un hereje, sino simplemente un modo diferente y más cautivador de ser católico, que ya no toma un camino estrecho, sino por un camino ancho, olvidando que, como advierte Cristo, el camino ancho es el de la perdición.
En cuarto lugar, me pregunto cómo hace Kasper para decir que "las reformas que reclamaba Lutero perseguían la renovación de la Iglesia católica" (p.27) y que "tras de las noventa y cinco tesis contra las indulgencias... latía una aspiración por entero católica" (p.25), si en 1521 el papa León ha reprobado sus ideas, y con mayor amplitud lo ha hecho el Concilio de Trento. ¿Puede acaso la herejía renovar la Iglesia?
Fin de la Primera Parte (1/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 6 de junio de 2016
Notas
¹ Queriniana, Brescia 2016. Edición en lengua española: Martín Lutero. Una perspectiva ecuménica, ed. Sal Terrae, Maliaño 2016.
² Cf. Corrado Algermissen, La Chiesa cattolica e le altre chiese cristiane, Edizioni Paoline 1960, pp.656-658; Ernst Hammerschmidt, Sommario storico delle Confessioni, Edizioni Paoline, 1957, pp.143-154; Il protestantesimo ieri e oggi, a cargo de A. Piolanti, Libreria Editrice Religiosa F. Ferrari, Roma, 1958, pp.583-615; J.Lortz- E.Iserloh, Storia della Riforma, Edizioni Il Mulino, Bologna 1990, pp.287-291.
³ Como por ejemplo los adversarios de Jesús en Mt 21,23-27.
⁴ Similarmente para los lefebvrianos, la fidelidad del Magisterio a sí mismo habría terminado en 1962, con el desastre -según ellos- del Concilio Vaticano II. Se ponen los números en el lugar de los conceptos.
⁵ La Confessione Augustana, a cargo de M. Bendiscioli, Marzoirati Editore, Como 1943.
⁶ Cf. Summa Theologiae, II-II, q.3.
⁷ La fenomenologia dello spirito, La Nuova Italia, Firenze 1988, I, p.27.
⁸ Ibid, p.38.
⁹ Sobre el tema, me remito al último artículo de Jorge A. Facio Lince, Il simbolo e lo svuotamento del reale storico nel Cristianesimo, L’Isola di Patmos, 22.05.2016: https://isoladipatmos.com/8021-2/
¹⁰ Es bien conocida la vulgaridad del lenguaje de Lutero. Por otra parte, uno de los motivos del éxito popular de Lutero, a pesar de que era doctor en teología, ha sido el repudio hacia la artificiosidad y las abstrusidades del lenguaje escolástico y el uso de un lenguaje accesible al pueblo. Ciertamente, este hecho ha tenido como contrapartida el desprecio por la precisión y por la propiedad y corrección del lenguaje escolástico, cosa que nos ha hecho a todos mucho daño. El buen teólogo debe saber moverse en ambos registros según las circunstancias, siempre con dignidad, evitando tanto la vulgaridad y la grosería, como la afectación y el preciosismo.
¹¹ Pensemos en la oblación de sí misma hecha por santa Maria Gabriella Sagheddu por la Unidad, para la causa del ecumenismo.
¹² Sobre la cristología de Hegel, véase mi estudio La dialettica nella cristologia di Hegel, en la revista Sacra Doctrina, 6, 1997, pp.87-140.
¹³ Cf. mi libro Il mistero della Redenzione, Edizioni ESD, Bologna, 2004, pp.318-329. Kasper niega la inmutabilidad e impasibilidad divinas, herejías en las que ni siquiera ha caído Lutero. Para la cuestión de la inmutabilidad, cf. mi artículo La questione dell’immutabilità divina, en Rivista teologica di Lugano, 1, 2011, pp.71-93; Il mistero dell’impassibilità divina, en Divinitas, 2,1995, pp.111-167. Incluso Rahner, que se hace pasar por un maestro del ecumenismo, cae en la herejía de negar la predestinación, cosa que Lutero ni siquiera ha soñado con hacer. Véase mi artículo La negazione dell’inferno nella teologia di Rahner e di Schillebeeckx, en Inferno e dintorni, a cargo de S. Lanzetta, Cantagalli, Siena 2010, pp.223-251.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum unitas christianorum obtineri possit
sine declaratione differentiarum doctrinalium circa veritatem fidei
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod unitas christianorum obtineri possit sine declaratione differentiarum doctrinalium circa veritatem fidei.
1. Ecumenismus enim principaliter consistit in communi voluntate componendi controversias, remediandi erroribus praeteriti temporis, animos in Christo uniendi, simul operandi atque pro unitate orandi. Ergo videtur quod concordia practica et mutua caritas sufficiant ad unitatem christianam obtinendam.
2. Praeterea, confessiones fidei a catholicis et protestantibus post Reformationem elaboratae frequenter occasionem praebuerunt conflictuum, divisionum et contentionum. Ergo videtur quod insistere definitionibus doctrinalibus magis impediat unitatem quam promoveat.
3. Praeterea, in hodierna condicione pluralistica controversiae confessionales multis christianis irrelevantes factae sunt. Ergo videtur convenientius doctrinales dissensiones in secundum ordinem relegare, ad pacificam fidelium convictum fovendum.
4. Praeterea, mutua inter christianos intelligentia requirit ut veteres simultates superentur et vitentur iudicia circa eos qui recte vel perperam sentiunt. Ergo videtur quod ecumenismus doctrinali controversia carere debeat atque ad mutuam tantum comprehensionem promovendam limitari.
Sed contra est quod Decretum de Oecumenismo Concilii Vaticani Secundi docet partes debere doctrinam propriae communitatis penitius exponere atque eius proprietates clare manifestare. Ergo declaratio doctrinalis essentialiter pertinet ad authenticum dialogum oecumenicum.
Respondeo dicendum quod unitas christianorum neque in indifferentia doctrinali neque in relativizatione veritatis fidei fundari potest.
Problema enim fundamentale ecumenismi consistit in eo ut communiter clarificetur quae sit vera doctrina Christi. Discretio veri et falsi vitari non potest. Ideo inquisitio unitatis ante omnia communem inquisitionem veritatis requirit.
Confessiones fidei a catholicis et protestantibus post schisma saeculi decimi sexti elaboratae non constituunt ex se obstacula unitatis, sed ipsam dialogi basim repraesentant, quia continent explicitam formularum doctrinalium expositionem quae examinandae, intelligendae et conferendae sunt.
Profecto professio propriae fidei accidentaliter comitari potest rigiditatibus, intolerantiis vel fanaticis affectibus. Huiusmodi tamen defectus ex humana fragilitate procedunt, non ex confessione veritatis ut tali. Immo clara propriarum convictionum manifestatio condicionem indispensabilem constituit cuiuslibet dialogi sinceri.
Quapropter verus ecumenismus non consistit in dissensiones occultando, sed in eisdem agnoscendis, examinando atque ad lumen veritatis revelatae resolvendis. Ambigua pacta vel ex aequivocatione fundata apparentem tantum unitatem producunt, quae tempore dissolvitur.
Unitas christiana non oritur ex confusione inter veritatem et errorem, sed ex communi adhaesione veritati a Christo traditae et ab Ecclesia custoditae. Hac de causa ecumenismus simul requirit caritatem et veritatem, concordiam et doctrinalem claritatem.
Ad primum ergo dicendum quod communis oratio et caritas fraterna elementa quidem essentialia sunt ecumenismi, sed per se non sufficiunt ad divisiones doctrinales componendas. Plena enim unitas etiam consensum in veritate fidei requirit.
Ad secundum dicendum quod conflictus historici non ex confessionibus fidei secundum se consideratis processerunt, sed ex abusibus et passionibus humanis quae eas comitatae sunt. Confessiones tamen manent instrumenta necessaria ad vera consensuum et dissensionum puncta recognoscenda.
Ad tertium dicendum quod imminutio studii circa controversias doctrinales non constituit progressum oecumenicum. Indifferentia enim erga veritatem non unitatem producit, sed confusionem et fidei debilitamentum.
Ad quartum dicendum quod caritas reverentiam quidem erga personas requirit, non tamen postulat renuntiationem iudicii circa veritatem vel falsitatem doctrinae. Immo dialogus authenticus tunc solum recte explicari potest, cum utraque pars clare et sincere exponit quod verum esse existimat.
JG
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