viernes, 3 de julio de 2026

Reflexiones sobre la eutanasia

Es necesario abordar con hondura el problema de la eutanasia y sus implicaciones morales, médicas y teológicas. ¿Es la eutanasia un acto de compasión o un homicidio? ¿Puede el médico quitar lícitamente la vida a un enfermo que ya no soporta su sufrimiento? ¿No se ha perdido hoy la visión cristiana del dolor como unión con la pasión de Cristo? ¿Qué sentido tiene prolongar artificialmente una vida meramente vegetativa? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a reflexionar sobre la dignidad inviolable de la vida humana y la necesidad de reeducar en el verdadero sentido cristiano de la vida, la muerte y el sufrimiento, frente a una cultura que parece rendirse ante el poder de la muerte.

Reflexiones sobre la eutanasia

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 7 de mayo de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/riflessioni-sulleutanasia-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Uno de los más delicados problemas morales de la actualidad, un problema que tiene referencias teológicas, antropológicas, psicológicas, sociológicas, jurídicas y políticas, es sin duda el de la eutanasia, es decir, de la licitud de facilitar o provocar, con una intervención a propósito, la muerte de un paciente que eventualmente la consiente o la solicita, cuyas condiciones físicas son desesperadas, sobre todo si el propio paciente sufre más allá de todos los límites de poder soportarlo o en los casos en los cuales durante mucho tiempo ha estado viviendo una vida simplemente vegetativa, en un estado de inconsciencia, sostenido por una asistencia externa pero tal que sólo prolongue su estado vegetativo. Tal intervención, a juicio de la Iglesia y de una sana ética médica, parece ilícita y contraria al fin mismo de la profesión médica, dirigida a incrementar la vida y no a procurar la muerte.
Es diferente, aunque aparentemente similar, la interrupción de un sustentamiento técnico-farmacológico de la vida, cuando los tratamientos podrían ser prolongados pero sin eficacia, mientras la vida del paciente está ciertamente próxima a extinguirse, a la vez que no existe ya más posibilidad de recuperación y eventualmente los analgésicos no son suficientes para aliviar los sufrimientos del enfermo.
Se considera que en este caso la continuación del tratamiento o cura constituiría una inútil por no decir cruel y obstinada "persistencia terapéutica" y por tanto no sería una verdadera cura, dado que esta tiene sentido cuando existe la posibilidad o esperanza de recuperación o al menos de disminución de la patología. Una medida de este tipo parece, en cambio, enteramente legítima y ciertamente sabia y humanitaria, suponiendo, si eso es posible, el consentimiento del enfermo.
La perfección de los actuales instrumentos técnicos para sostener una vida hasta sus extremos e irreversiblemente comprometida es hoy de tan modo alta, que tales instrumentos son capaces de estimular por largo tiempo las actividades neurovegetativas fundamentales casi hasta el punto de provocarlas en modo mecánico, de manera que al fin de cuentas, el paciente es más mantenido en vida por la presencia de estos instrumentos que por el propio principio natural interno y autónomo de estas actividades vitales.
La vida, en estos casos, aparece más como efecto de acciones mecánicas que de la propia alma del paciente. Por ello, algunos llegan a creer que los movimientos del paciente ya no son verdaderas acciones vitales, tanto es verdad que la suspensión de la estimulación conduciría inmediatamente a la muerte, en modo similar a aquello por lo cual el cesar de mover un cuerpo inanimado implica inmediatamente la cesación del movimiento de este cuerpo: señal precisamente, según dicen ellos, de que el supuesto "viviente" es en cambio ahora un cuerpo muerto. Sin embargo, tendría algunas dudas sobre este razonamiento. Pues bien, intentemos profundizar el discurso.
Es indudable que, como ya observa santo Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles, tarea esencial del arte médico no es la de causar la vida del viviente, así como un impulso mecánico causa el movimiento de un cuerpo, sino de ayudarla en cuanto ya existente para que pueda recuperarse y realizarse por cuenta propia en la normalidad, estimulando y favoreciendo los propios recursos del enfermo, en modo tal que él mismo, ayudado por la intervención del médico, recupere la salud y la fuerza gracias a la presencia indispensable y fundamental de su principio vital, que emana del alma racional, en este caso específico en sus funciones neurovegetativas. Si el paciente no tiene esperanzas de recuperarse, el trabajo del médico es en todo caso hacer todo lo posible para que al menos ese nivel de vitalidad pueda ser conservado.
La actividad vital, por consiguiente, hasta sus últimos y más débiles recursos, nunca es asimilable a la de un cuerpo inanimado que sólo puede ser movido desde fuera; característica en cambio del viviente, como ya observaron Platón y Aristóteles, es la de moverse a sí mismo desde su interior -la así llamada "acción inmanente"- gracias a la energía del alma. En efecto, la filosofía pone la existencia del alma precisamente para explicar este auto-movimiento del viviente, que no está presente en los cuerpos inanimados.
Si en el viviente las condiciones físicas y vegetativas en determinadas circunstancias desfavorables llegan a estar de tal modo comprometidas y deterioradas, de no permitir ya al alma animar al cuerpo, el alma pierde totalmente el dominio del cuerpo, no tiene ya la fuerza para animarlo y por lo tanto cesa de hacerlo: esto es la muerte.
En el caso del hombre, entonces, el alma, cesando de animar el cuerpo, no retorna a la potencialidad o virtualidad de la materia corpórea, como ocurre en las plantas y en los animales, sino que, siendo una forma inmaterial y espiritual -y esto es también un dato de la fe católica ¹- creada inmediatamente por Dios ², continua subsistiendo incluso después de la muerte, aunque separada del propio cuerpo, el cual, ahora en el estado de cadáver, no siendo ya vivificado por su alma, pierde gradualmente, salvo que la muerte haya sido causada por hechos traumáticos devastadores, su apariencia humana, que está sujeta a un proceso de descomposición, corrupción o disolución, por lo cual los elementos químicos que previamente eran organizados y coordinados por el alma para formar un solo todo, el cuerpo vivo, ahora se separan los unos de los otros y actúan cada uno según su propio dinamismo y sus propias leyes de evolución y de interacción, prescindiendo de su función previamente desarrollada en el cuerpo viviente.
El problema de la licitud moral de la eutanasia surge en consideración del deber del médico de restaurar y repotenciar o al menos proteger y mantener en el ser la vida y la salud y no debilitarla, suprimirla u obstaculizarla. Entonces se repropone la cuestión en estos términos simples: ¿la eutanasia es un homicidio? ¿Y el paciente que pide la eutanasia es un suicida? ¿La deontología médica permite la práctica de la eutanasia?
Demos un paso atrás, en base a cuanto se ha dicho antes. También nos hacemos esta pregunta: ¿es la eutanasia una verdadera supresión de la vida o es un dejar que la vida se apague naturalmente cediendo a los factores de muerte que actúan ahora en el paciente irreversiblemente, utilizando eventualmente expedientes técnico-farmacológicos destinados a hacer de este proceso degenerativo el menos doloroso y traumático posible? ¿Puede el médico quitarle lícitamente la vida a un enfermo que ya no puede soportar su enfermedad? Hemos esbozado ya la respuesta antes, pero volvamos a examinar la cuestión en la esperanza de arrojar más luz.
La cuestión de la eutanasia se ha vuelto hoy día, por así decirlo, explosiva, debido a dos cambios ocurridos recientemente en nuestra sociedad: primero, la concepción cristiana tradicional del sufrimiento, de la vida y de la muerte, se ha vuelto muy rara en la gente: el sufrimiento ya no es visto en unión con la pasión expiatoria y redentora de Cristo, sino como una mera desgracia, de la que sólo hay que liberarse; la vida ya no es vista como precioso don de Dios que se debe conservar no obstante las desgracias y los sufrimientos, sino como un bien que si se transforma en un peso excesivo, es mejor rechazar; la muerte no es ya considerada en unión con el sacrificio de Cristo y como pasaje a una futura vida beata, sino, a causa de la difusión del hedonismo, del materialismo y del ateísmo, los cuales no creen en la superioridad del espíritu sobre la materia, en la inmortalidad del alma y en una vida después de la muerte, la muerte es vista simplemente como la anulación o la pérdida definitiva de la vida, por la cual, siendo la vida presente la única vida que existe, esta vida debe disfrutarse a más no poder ³ sin tener jamás en cuenta un más allá o sin tener en cuenta leyes divinas, visto que Dios no existe, sino en el modo que más nos place, rechazando esta vida cuando ya no nos parece grata o se vuelve inaceptable, como haríamos con un alimento que resulta disgustoso al paladar. A causa de estas ideas se ha perdido la fuerza para soportar el sufrimiento, ¡y pensar que hubo un tiempo en que no existían ni los analgésicos y anestésicos que existen hoy!
El segundo hecho es la presencia en la actualidad de instrumentos médicos y fármacos aptos para prolongar por muchísimo tiempo una vida meramente vegetativa de la persona, como ciertos estados comatosos. Dada la concepción materialista y secularista de la vida mencionada anteriormente, muchos se preguntan entonces qué sentido tiene una vida de ese tipo, considerando también el hecho del enorme compromiso asistencial que ella requiere.
Se ha perdido la fe de que incluso una vida así tiene el sentido que Dios la ha dado como medio de salvación en Cristo para la humanidad. A falta de esta fe, es comprensible que uno se pregunte si es mejor cesar de alimentar una vida así, que es considerada no vida, sino que ya es una muerte de hecho.
Sabemos cómo la Iglesia hoy nos exhorta insistentemente sobre todo a los católicos, pero también a todos los hombres de buena voluntad, a evitar la práctica de la eutanasia, por más que ella pueda parecer motivada por fines humanitarios y por piedad para con el paciente, cuando no se invoca una falsa libertad para quitarse la vida.
Es necesario reeducar en el sentido cristiano de la vida, de la muerte y del sufrimiento. Se habla muy poco de estos temas en el modo correcto, incluso en los ambientes católicos, a veces contaminados por espíritu pagano. Al mismo tiempo, puede ser útil, en el diálogo con los no creyentes, revisar cuanto la propia cultura clásica nos ha dejado sobre estos temas decisivos de nuestra existencia. Pensemos sólo en un Sócrates, un Platón, un Séneca, un Catón, un Cicerón, o un Marco Aurelio, por hacer sólo unos pocos nombres.
Dado que se trata de un problema universalmente humano, es urgente garantizar que la eutanasia, en el sentido de una verdadera y propia supresión intencional de la vida, cualquiera que sea el motivo aducido, esté proscrita no solo en la conducta moral, sino también en la legislación civil, ciertamente no en nombre de una posición confesional, sino de la misma dignidad de la vida humana sagrada e inviolable.
Se debe devolver la fuerza, el vigor y la esperanza a una humanidad que parece rendirse ante el poder de la muerte y nada en este sentido es más eficaz que el impulso a la vida que proviene de la fe cristiana y de sus santos.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 7 de mayo de 2013

Notas

¹ Concilio Lateranense V del 1513.
² Como enseña Pio XII en la encíclica Humani Generis, continuando una tradición que se remonta a los primeros siglos de la Iglesia.
³ Cf. el dicho pagano citado por el mismo san Pablo: "¡Comamos y bebamos, porque mañana moriremos!" (I Cor 15,32).

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum euthanasia sit moraliter licita

Ad hoc sic procediturVidetur quod euthanasia sit moraliter licita.
1. Quia aegrotus ultra omnem modum patiens, qui euthanasiam petit, debet posse liberari a dolore. Negare hanc facultatem esset imponere dolorem inutilem et crudelem, contra compassionem.
2. Praeterea, videtur quod sic, quia prolongare artificiose vitam mere vegetativam mediis technicis et pharmacologicis constituit pertinacem persistentiam therapeuticam, quae non est vera cura, sed modus mechanice conservandi corpus sine vera vitalitate.
3. Item, videtur quod sic, quia libertas individui includit ius de propria vita et morte decernendi. Si vita fit pondus intolerabile, videtur iustum quod medicus voluntatem aegroti respiciat et eum adiuvet ad finem suae existentiae.

Sed contra est quod Sacra Scriptura docet Deum esse Dominum vitae et mortis, et solum Ipsum habere potestatem super utramque. Sanctus Augustinus affirmat quod sibi vitam auferre est peccatum contra mandatum divinum. Magisterium Ecclesiae instanter hortatur vitandam praxim euthanasiae, memorans vitam humanam esse sacram et inviolabilem.

Respondeo dicendum quod euthanasia, inquantum intentionalis vitae suppressio, est illicita et homicidium constituit. Aegrotus qui eam petit fit suicida. Officium medici est restaurare, tueri et conservare vitam, non debilitare nec supprimere. Vita, etiam in statu vegetativo, sensum suum retinet tamquam donum Dei et medium salutis. Dolor non est mera calamitas, sed potest coniungi cum passione redemptoria Christi. Cultura hedonistica et materialistica vim perdidit ad dolorem tolerandum et vitam considerat tamquam bonum quod reicitur cum grave fit, sed haec visio est erronea.
Perfectio instrumentorum technicorum hodiernorum permittit artificialiter prolongare functiones neurovegetativas, sed vita non reducitur ad mechanismum externum: quamdiu anima corpus animat, etiam in ultimis viribus, vita manet. Officium medici non est causare vitam sicut impulsus mechanicus, sed eam adiuvare quatenus iam existit, excitando vires aegroti. Etiam cum nulla spes recuperationis est, officium est conservare illum gradum vitalitatis. Actio vitalis numquam assimilatur corpori inanimato, quia vivens se movet ab interiori per animam. Si anima omnino amittit dominium corporis, cessat animare et mors supervenit. Sed quamdiu anima subsistit, vita dignitatem et sensum suum retinet.

Ad primum dicendum quod compassio non potest consistere in vita supprimenda, sed in dolore levando mediis proportionatis et in aegroto caritate comitato.
Ad secundum dicendum quod interrumpere pertinacem persistentiam therapeuticam est legitimum, quia non est vera cura, sed hoc non est euthanasia, cum vita non intentionaliter supprimatur, sed curatio inutilis vitetur.
Ad tertium dicendum quod libertas non includit ius vitam propriam destruendi, quia vita non est absoluta proprietas individui, sed donum Dei, et eius dignitas reverentiam exigit.
   
JG

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