Este nuevo artículo del padre Giovanni Cavalcoli, que hoy brindamos a los lectores de habla española, examina la acción de las fuerzas malignas colectivas en la historia y en la vida de la Iglesia, mostrando cómo el demonio actúa no solo sobre individuos sino también sobre pueblos y culturas enteras. ¿No es acaso el odio irracional de masas una señal de la influencia del maligno? ¿No se disfraza a menudo Satanás de ángel de luz para seducir con apariencias de bondad? ¿No se ha malinterpretado la apertura del Concilio Vaticano II como si la Iglesia hubiera perdido sus límites doctrinales? ¿No es urgente recuperar el equilibrio entre tradición y progreso, fidelidad y reforma? Este texto del docto teólogo dominico invita a discernir con sabiduría los espíritus, conservar la identidad de la Iglesia y rechazar las falsas imágenes modernistas o pasadistas que la desfiguran. [En la imagen: fragmento de "Dante y Virgilio se enfrentan a los demonios", grabado de "El Infierno" de Dante Alighieri, en la Divina Comedia, ilustrado por Gustave Dore, en la edición francesa de 1861: "¡Que ninguno de vosotros sea rebelde!" canto 21, v.72].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 3 de julio de 2026
Las fuerzas malignas colectivas
Las fuerzas malignas colectivas
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 2 de julio de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/le-forze-maligne-collettive-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
De las narraciones de la Sagrada Escritura, de la historia de la humanidad, de la historia de las naciones, de los imperios y de las religiones, así como de la historia de la santidad y de la perversión humanas, considerando las acciones colectivas más crueles e inhumanas suscitadas por ideologías aberrantes, inmorales, impías, antirreligiosas o desconsideradas, aquello que la Biblia llama "doctrinas diabólicas", el desencadenarse irracional del odio de masas contra inocentes indefensos y denigrados, no es difícil adivinar, reconocer o deducir la influencia, no solo sobre individuos sino también sobre gobiernos, líderes religiosos o militares, movimientos políticos, culturales o fuerzas armadas, de aquel misterioso, potente y malvado agente espiritual, a veces colectivo, que la tradición cristiana, en base a la enseñanza bíblica y evangélica, llama "diablo", "demonio" o "Satanás", el "maligno" por excelencia.
Debe notarse que, según la Biblia, este personaje no es, como algunos creen, un símbolo mítico del "mal", y tanto menos es el "mal" entendido como sustancia: ya san Agustín de Hipona, liberándose del dualismo maniqueo, había comprendido bien que el mal no es una sustancia, sino un accidente contingente y precisamente un defecto o carencia o privación del bien.
En cambio, y siempre según la Escritura, el demonio es una verdadera y propia persona, similar a nosotros, con la diferencia que es puro espíritu, mientras que nuestra naturaleza implica una unión sustancial de espíritu y cuerpo.
Este agente espiritual incorpóreo, como ha sido confirmado por el Concilio Lateranense IV del año 1215, es una creatura de Dios, en sí misma más noble que el hombre, pero en cuanto irrevocablemente rebelde a Dios por su propia culpa, está animado por un odio implacable tanto hacia Dios como hacia el hombre.
Por esto Dios permite que en el curso de la historia de este mundo (como ha sido recordado por el propio Concilio Vaticano II), esta personalidad, invisible en sí misma, aunque visible en los efectos sensibles que deja, sobre todo en el hombre, dotado de una refinada astucia y capacidad de engaño, tanto como para ser llamado por Cristo, "padre de la mentira", insiste obstinadamente, con parcial éxito, pero con la perspectiva final de la derrota, en el incitar a personas individuales y a enteras comunidades o formaciones humanas al pecado, a la violencia, al odio recíproco, a toda suerte de injusticia, discordia y opresión, hasta el punto de ser llamado por Cristo también "asesino desde el principio".
Esta creatura, luego del pecado original, siempre de acuerdo con la revelación bíblica, ha adquirido por permisión divina como castigo de Adán por su pecado, un fuerte poder en este mundo, un poder opresivo o de seducción, por el cual el hombre, incluso el más santo, sufre por la presencia de este ser malvado, tentador, encantador y corruptor. El hecho de que la pareja originaria haya confiado en la serpiente desconfiando de Dios ha dejado como huella en el género humano una maldita tendencia a preferir a veces, bajo diversos pretextos, a Satanás en vez de Dios, a dejarse engañar por el diablo.
Por esta razón, Cristo también lo llama "príncipe de este mundo" y san Pablo "espíritu del mundo", expresión curiosamente retomada (¿inconscientemente?) por Hegel (Welgeist), pero en un sentido que, según Hegel, debería ser positivo, aunque en la concepción hegeliana, como he hecho notar en mi reciente artículo en este sitio web ("La apología de la muerte en Hegel"), la referencia es precisamente al demonio, que Hegel considera el símbolo mítico de aquella "negatividad", que para el filósofo alemán es el motor de esa "dialéctica" que asegura el devenir histórico y con eso mismo el devenir de Dios identificado con la Historia.
El modo de influir de Satanás sobre los hombres y sobre los pueblos es múltiple y muy diversificado. La imaginación popular, sobre todo iconográfica, cuando piensa en el demonio o en aquellos poseídos por el demonio, los ve como seres horrendos y repugnantes, feos cuanto sea posible, repletos de odio, con los ojos saltones o inyectados en sangre, agitados por una furia desenfrenada, presas de la más cruel violencia, sedientos de sangre, vomitando las más horribles blasfemias y fogosos alaridos.
Ahora bien, todo esto no es erróneo, pero está muy lejos de representar completamente la conducta del demonio y de los "hijos de las tinieblas", es decir, de los pueblos invadidos, seducidos o en cualquier caso influenciados por el demonio, aquello que Agustín llama la "Ciudad de Satanás". La posesión diabólica constituye un fenómeno muy raro y no es fácil de diagnosticar, ciertamente temible, curable con el exorcismo.
Estos hechos no provocan daño sino a la desventurada víctima, pero no van más allá; de hecho, a veces conforman un argumento apologético para hacernos conscientes de la existencia de Satanás y, por lo tanto, para correr a reparo. Es por esto que Satanás sabe que no es con este método que él conquista a las masas, sino que tiene muchos otros, que veremos a continuación.
Por lo tanto, este aspecto no es el elemento más peligroso e insidioso de la acción de Satanás. Afecta más a la fantasía popular, que ve en el demonio más a quien asusta o daña físicamente que al sutil y fascinante tentador a la incredulidad, al odio y a la herejía.
En cambio, como advierte la Escritura, a menudo y de buena gana, para inducirnos al pecado, sobre todo de impiedad y de soberbia, él sabe también habilísimamente cómo "disfrazarse de ángel de la luz" y sugerir, por lo tanto, ideas y conductas aparentemente moderadas, de buena educación, gentiles, controladas, politically correct, como se dice hoy, pero que esconden el odio, la traición, la desconfianza, la desobediencia, la envidia y la maldad: "veneno de áspid bajo los labios", como dice el Salmo.
Es por esto que Cristo llama a los siervos del demonio con el nombre de "serpientes" y "raza de víboras", por sus insinuaciones hipócritamente escondidas, retorcidas, dulces y aparentemente inocuas, pero en realidad prontas para agredir imprevistamente y traidoramente para golpear sin piedad.
Ya el Antiguo Testamento ve en los dioses de los pueblos paganos demonios y Agustín retoma insistentemente esta idea. Tal vez ella no sería muy del agrado a ciertos dialogantes de hoy y sobre todo a los buenistas. Sin embargo, ella mantiene su verdad, aún cuando naturalmente hoy, después del Concilio Vaticano II, la Iglesia nos reclama atención a los valores de las otras religiones y de las culturas no católicas, que antes no existían. Pero con esto, el Concilio no nos autoriza absolutamente a bajar la guardia y nos obliga a tener ese sabio discernimiento que puede distinguir los espíritus, aprovechar lo bueno y rechazar lo malo.
El Antiguo Testamento ve en las guerras libradas por los pueblos paganos contra Israel una figura profética de la recurrente guerra de los "hijos de este mundo" contra los "hijos de la luz", es decir, contra la Iglesia, de la cual guerra hablará el Evangelio, y un lenguaje similar también se encuentra en la literatura de Qumran, y en otras corrientes apocalípticas. De hecho, en el mismo Apocalipsis bíblico, como es sabido, es anunciado el choque final entre las fuerzas de Cristo cabeza de la Iglesia de los santos y las fuerzas del mal dirigidas por Satanás y sus acólitos.
Sin embargo, el enemigo también puede estar dentro de la Iglesia, así como la Iglesia visible puede tener amigos, ayudantes y colaboradores en los "buenos samaritanos", o sea no católicos, aparentemente incrédulos, laicistas o ateos, que se encuentran fuera de sus confines visibles, pero que, debido a su buena fe, ignorancia invencible, buena voluntad y honestidad natural pueden muy bien pertenecer inconscientemente a la Iglesia y ser más santos que muchos de los que pertenecen visiblemente a ella, pero como pesos muertos, es decir, no con el corazón, sino solo con el cuerpo.
De hecho, hoy más que nunca asistimos a este fenómeno a causa de un mala comprensión de la pastoral misionera del Concilio Vaticano II, por el cual, por primera vez en la historia de los Concilios, la Iglesia ya no se dirige solo a los católicos o, a lo sumo, a los cristianos no católicos, sino a todos los hombres de buena voluntad, es decir, a los hombres en cuanto tales, para lo cual no fundamenta lo que dice solo sobre la base de la doctrina católica, sino de las comunes convicciones de la razón y de la conciencia natural, para proponer a todos el Evangelio.
Con esta actitud, la Iglesia ha querido remediar un cierto defecto del período pre-conciliar, en el cual efectivamente existía la justa preocupación de tener bien claros los límites de la ortodoxia y se tuvo cuidado de preservarlos con celo, precisión y coraje, pero después se careció de la atención y de la comprensión de los aspectos válidos de las otras religiones y de las culturas diversas de aquella de la tradición greco-romana.
La Iglesia, atacada radicalmente por estos enemigos externos y abiertos, se defendió vigorosa y válidamente, golpe por golpe, con sabias advertencias, centradas condenas y sutiles refutaciones. Pero, en el fervor de la polémica, tendía a no ver o a minimizar los valores comunes de carácter humano, que podrían constituir una base de diálogo con el que modernizar, ampliar y enriquecer el edificio de la cultura católica, para tener más contactos con los hombres del propio tiempo, ayudándoles a resolver sus problemas y proponer a todos, en sus lenguas y culturas, el mensaje de Cristo.
El Vaticano II ha puesto remedio a estos defectos, pero lamentablemente su apertura al mundo moderno y a los hombres en cuanto seres racionales ha sido mal entendida por muchos, como si la nueva Iglesia a construir ya no tuviera esos límites doctrinales que habían sido fijados por la tradición y por el dogma, sino que se hubiese convertido en una especie de gelatina light, rejunte sincrético e incoherente de todas las posibles opiniones del mundo moderno, aceptadas simplemente por el hecho de ser modernas y compartidas por personajes prominentes o famosos, herejes rehabilitados, o en cualquier caso apreciados por la gran masa de la gente.
Se ha olvidado que la Iglesia es un organismo viviente, el cual, como tal, para vivir decentemente y en buena salud, debe hacer dos cosas: conservar su propia identidad y mantener relaciones con el ambiente asumiendo lo bueno y rechazando lo nocivo. El criterio de la distinción proviene en el viviente de su propia vitalidad interior, esencial y estructural, supuestamente sana, la cual evidentemente debe ser conservada, si no es que no hay renovación sino corrupción.
Algo así debería haberse hecho para aplicar verdaderamente las directivas conciliares: conservar la esencia o identidad inmutable de la Iglesia, y en base a esta autoconciencia, hacer una labor de discernimiento frente a la modernidad proponiendo lo positivo y refutando lo negativo.
Ha sido y es un acto de gran insensatez el de los modernistas de escarnecer y despreciar la actitud conservadora o tradicionalista, casi como si en sí mismo eso estuviera equivocado. Por otro lado, existen en la Iglesia, como en todas las circunstancias de la vida, incluso las más banales, cosas para conservar y cosas para tirar o para cambiar.
También aquí es importante el discernimiento que debe hacerse, en nuestro caso, sobre la base de los elementos esenciales de la Iglesia, que la misma Iglesia siempre se ha ocupado de definir, incluido el Vaticano II. La verdadera renovación o el verdadero progreso no es una revolución que cancela todo para rehacer todo como lo haría un cocinero que ha quemado una comida. Razonar de esta manera significa dar prueba de una enorme, culpable superficialidad o inmadurez intelectual. La verdadera renovación y el verdadero progreso, en cambio, son renovar y hacer avanzar lo que debe ser conservado. Progreso y tradición, reforma y fidelidad son valores inescindibles en la vida de la Iglesia como en cualquier otra forma de vida humana.
En cambio, hoy la Iglesia se presenta, debe reconocérselo, como una especie de caótico y confuso mercado de pulgas, donde encontramos todo y lo contrario de todo, por lo que no es para sorprenderse si el mundo no se convierte porque presentamos un rostro de Iglesia que, como dijo dramáticamente Pablo VI, se auto-demuele a sí misma, con un doble magisterio, el de los obispos y el de los teólogos en contraste y en competencia unos con otros, cuando deberían ser los obispos quienes guíen y corrijan a los teólogos, para que el común honesto hombre de la calle o una persona que tiene la cabeza sobre el cuello o tiene un poco de buen sentido común se vea obligado a decirnos: pónganse de acuerdo acerca de lo que es y consideraremos la propuesta cristiana. O bien por el contrario, tiende a difundirse una imagen modernista de la Iglesia que no se corresponde a aquella verdaderamente querida por Cristo.
Es necesario encontrar o mejor alcanzar el equilibrio. Sin negar las conquistas del Vaticano II y precisamente para darles un fundamento y una credibilidad, es necesario encontrar los criterios inmutables, dogmáticos, del rostro de la Iglesia, ya bien conocidos en la tradición y sobre su base alcanzar los desarrollos y las explicitaciones del Vaticano II, superando la apariencia de "ruptura" que estos pueden dar frente al pasado. Solo así la Iglesia mostrará que ella es un verdadero organismo viviente, el Cuerpo de Cristo tal como Cristo lo querido para la salvación del mundo.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 2 de julio de 2013
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum vires malignae collectivae possint corrumpere identitatem Ecclesiae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod vires malignae collectivae non possint corrumpere identitatem Ecclesiae.
1. Quia daemon praecipue manifestatur in possessionibus individualibus horrendis et violentis, quae solum victimam afficiunt et non Ecclesiam in sua totalitate. Ergo non est ratio timendi influentiam collectivam quae Ecclesiam deformet.
2. Praeterea, videtur quod non, quia Concilium Vaticanum II aperuit Ecclesiam mundo moderno et hominibus ut talibus, agnoscendo valores in aliis religionibus et culturis. Si Ecclesia se aperit ad positiva modernitatis, non potest corrumpi a viribus malignis collectivis.
3. Item, videtur quod non, quia Ecclesia est organismum vivens Spiritu Sancto gubernatum, et ut tale continue renovatur. Ergo non potest corrumpi ab influentiis externis, cum eius interior vitalitas identitatem suam tueatur.
Sed contra est quod Christus vocat diabolum principem huius mundi et patrem mendacii, et Paulus eum appellat spiritum mundi. Sanctus Augustinus docet deos gentium esse daemones, et Concilium Lateranense IV confirmat diabolum esse creaturam spiritualem Deo rebellem.
Respondeo dicendum quod vires malignae collectivae, a Satana inspiratae, agunt in historia populorum et in culturis, incitantes ad odium, violentiam et impietatem. Daemon non est symbolus mythicus mali, sed vera persona spiritualis, invisibilis in se, sed visibilis in effectibus, quae astutia et deceptione influit super singulos et communitates. Ideo Christus eum vocat homicidam ab initio. Modus insidiosissimus eius actionis non est possessio manifesta, sed seductio sub specie bonitatis et correctionis, quae odium et proditionem abscondit. Sic ideologiae et religiones fieri possunt instrumenta Civitatis Satanae contra Civitatem Dei.
Ecclesia, post Concilium Vaticanum II, voluit se aperire dialogo cum omnibus hominibus bonae voluntatis, agnoscendo valores communes. Sed haec apertio a multis male intellecta est, quasi Ecclesia limites doctrinales amisisset et facta esset syncretismus inconditus. Oblitum est quod vera renovatio consistit in identitate essentiali conservanda et in bono discernendo a malo. Profectus et traditio, reformatio et fidelitas sunt inseparabilia in vita Ecclesiae. Hodie Ecclesia periculum patitur se exhibendi ut mercatum confusum, ubi omnia videntur valida, et ideo urget recuperare aequilibrium inter aperturam et fidelitatem, ostendendo se esse verum organismum vivum, Corpus Christi ad salutem mundi institutum.
Ad primum dicendum quod possessio individualis rara est et non constituit modum principalem actionis daemonis, qui potius seducit collective populos et ideologias, influens in historia et cultura.
Ad secundum dicendum quod Concilium hortatur ad valores agnoscendos in aliis religionibus, sed etiam obligat ad discernendum et nociva respuendum, sine custodia remissa contra vires malignas. Apertura necessitatem vigilantiae non tollit.
Ad tertium dicendum quod Ecclesia est organismum vivens, sed ut tale debet identitatem essentialem servare. Si eam amittit, non est renovatio sed corruptio. Vitalitas interior constantem discernimentum contra modernitatem requirit.
JG
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