Un artículo del padre Giovanni Cavalcoli, sobre la misión y la crisis de los institutos religiosos en la Iglesia, mostrando cómo el Espíritu suscita carismas y nuevas formas de vida consagrada, pero también cómo algunos institutos han perdido su rumbo. ¿No es acaso el equilibrio entre el don jerárquico y el don carismático lo que asegura la vitalidad eclesial? ¿No corren riesgo las Órdenes más prestigiosas, contaminadas por el modernismo, de ser degradadas y declaradas “no en plena comunión con la Iglesia”, como ya sucede con la Fraternidad San Pío X, recientemente objeto de declaración de cisma y excomunión? ¿No debería Roma, magnánima pero firme, retirar su aprobación cuando los institutos se convierten en obstáculos para la comunión? ¿No es urgente recuperar la inspiración originaria de los carismas, en plena fidelidad a la Iglesia, para que la vida religiosa siga siendo signo de santidad y esperanza en el mundo contemporáneo? Este texto, aún en su brevedad, es una iluminadora invitación a discernir con claridad y a reencontrar el equilibrio que asegura la misión de la Iglesia. [En la imagen: la Basílica de San Pedro, en Roma].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 4 de julio de 2026
La Iglesia y los institutos religiosos
La Iglesia y los Institutos religiosos
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 19 de mayo de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-chiesa-e-gli-istituti-religiosi-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
La Iglesia, desde el inicio de su historia, ha aprobado con su autoridad apostólica el surgimiento sucesivo y diversificado de muchas formas de vida común o solitaria que se prefijan la finalidad de servir a Dios y al prójimo según una especial regla de perfección evangélica en el ejercicio de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Son aquellos que comúnmente llamamos institutos u órdenes religiosas, de vida activa o contemplativa o monástica.
Ciertamente, no todo movimiento o iniciativa de este género requiere necesariamente un reconocimiento oficial por parte del obispo local o de la Santa Sede. Sino que el pueblo de Dios, en el cual también obra el Espíritu Santo, tiene la santa libertad de organizar autónomamente, siempre obviamente en el respeto de las leyes de la Iglesia y de la legítima autoridad, grupos, sociedades, movimientos, asociaciones, comunidades espontáneas, los cuales se comprometen a vivir el Evangelio de una forma más austera o más perfecta o más fervorosa, sin que sea siempre necesaria la aprobación oficial de parte de la autoridad eclesiástica, siempre que, se entiende por supuesto, respeten las normas comunes de la vida cristiana y las directrices pastorales generales de la Iglesia.
El Espíritu Santo, siempre operante en la Iglesia, decide Él, cuando y como quiera, suscitar en individuos y en grupos el deseo o la intención de una vida más perfecta y más santa. Ciertamente, la autoridad sacerdotal, por ejemplo el párroco, o el obispo debe asegurarse de que no haya desviaciones en el campo de la fe o de la moral.
Tal autoridad puede ser consultada por parte de quienes advierten esta inspiración del Espíritu, sobre todo si no tienen certeza y desean un discernimiento autorizado. La autoridad misma puede proponerse como guía oficial, pero todo sucede y debe suceder en un sereno y caritativo intercambio y recíproca ayuda entre aquella que es la función del sacerdote, presbítero u obispo y los poseedores del carisma del Espíritu Santo, dones que se refieren sobre todo al carisma profético o a las diversas iniciativas de la caridad, que conciernen tanto a hombres como a mujeres.
A lo largo de los siglos, sobre todo desde el inicio del Medioevo hasta nuestros días, han surgido Institutos, oficialmente reconocidos por la Santa Sede, que han florecido mucho y se han robustecido enormemente con una compleja y sólida organización jurídico-disciplinaria y también económica, hoy en día a escala mundial, con vínculos no solo con la Iglesia, sino también con la sociedad, la cultura y la política.
Estos Institutos religiosos han sido una bendición a lo largo de los siglos y muchos santos y otras instituciones han surgido de ellos. Todavía hoy ellos son preciosos para la Iglesia. Sin embargo, no ha sido raro el caso, en la historia que algunos hayan perdido el rumbo o hayan decaído o que el propósito para el que fueron constituidos haya perdido su actualidad histórica.
En estos casos o se han extinguido solos o ha sido la propia Santa Sede la que los abolió, o porque ya no son actuales o porque se han vuelto inútiles, o porque ya son incapaces de regirse y mantenerse en pie, o porque han fallado o venido a menos en su propósito originario para el cual habían sido aprobados. Un caso célebre de este segundo tipo fue la famosa Orden de los Templarios, abolida a principios del siglo XIV por el papa Clemente V a causa de su decadencia moral y de la mala administración de sus bienes, aunque la cosa no está del todo clara y hay quienes sostienen que el Papa tuvo que ceder a las presiones del rey de Francia, Felipe el Hermoso.
La relación de la autoridad eclesiástica episcopal o pontificia con los institutos religiosos se ve dificultada por el hecho de que requiere la conexión armoniosa y constructiva de dos funciones estructurales de la vida eclesial: la función sacerdotal y el ministerio profético o, como se expresa el Concilio Vaticano II en la Lumen gentium (n.4), el don jerárquico y el don carismático.
El ministerio sacerdotal constituye la estructura maestra o vertebral de la Iglesia, que, como tal, es fija y determinada: el anuncio del Evangelio, la administración de los sacramentos, el gobierno de la Iglesia; la vida religiosa representa el dinamismo espiritual, en el pueblo de Dios, laicos y sacerdotes, de la búsqueda de la santidad y de la tensión hacia el Reino, en lo concreto de la existencia, en el desarrollo de la historia, en la inmensa variedad de las iniciativas de la caridad, de la solidaridad humana, de los modos de rendir culto a Dios y de investigar "la longitud, la altura y la profundidad" del misterio de Cristo.
Hoy este problema del acuerdo o concertación entre sacerdocio y profecía se ha hecho más agudo tanto por la existencia de una crisis de identidad del sacerdote como por una concepción de la vida religiosa tendencialmente anárquica y espontaneista, por la cual los institutos religiosos se ven empañados por un modo de entender la vida eclesial como si el componente sacerdotal jerárquico fuera un peso, una carga o algo inútil o del pasado.
De ahí el surgimiento en las Órdenes más prestigiosas, como los Jesuitas, los Dominicos y los Franciscanos, de corrientes heréticas, que en cambio por sus sostenedores y seguidores son vistas como puntos avanzados, vanguardistas, de la Iglesia del futuro, expresiones de la libertad y de la renovación en el Espíritu Santo.
Estas Órdenes fueron aprobadas en su tiempo por Roma, en cuanto se ofrecieron como ayuda en su misión apostólica, pero en el momento en el cual crean obstáculos a la Santa Sede o al cuerpo episcopal, Roma podría retirar su aprobación y tales Órdenes serían automáticamente disueltas. En la medida en que ellas continúen creando estos obstáculos a Roma, el riesgo antes mencionado no es de ninguna manera aleatorio, aún cuando Roma es magnánima y se mantiene a la espera y sigue tratando de salvar lo salvable.
Estas Órdenes, contaminadas en cierta medida por el modernismo, podrían ser degradadas y declaradas, como la Fraternidad San Pío X, "no en plena comunión con la Iglesia" y esto con mucha más razón, ya que si los lefebvrianos no entienden la Tradición en el sentido correcto, al menos no se les puede acusar de herejía como a los modernistas.
De hecho, sin embargo, las Órdenes infectadas de modernismo han perdido el prestigio que tenían hace tiempo y no gozan ya como entonces de la plena confianza de la Santa Sede, la cual tiende a preferir nuevos Institutos más fieles, como por ejemplo el Opus Dei o los Franciscanos de la Inmaculada o el Instituto del Verbo Encarnado.
En cuanto a las Órdenes en decadencia o en peligro, aunque no se consideren como tales sino más bien "avanzadas", no deben aprovecharse de la magnanimidad y de la tolerancia de Roma, sino que ante todo son invitadas por el Espíritu Santo a recuperar su inspiración originaria en la plena comunión eclesial y fidelidad a su carisma, tal como Roma lo ha aprobado y aún lo aprueba y lo promueve, ya que tal inspiración originaria mantiene plenamente su actualidad y relevancia en relación con las necesidades más profundas del mundo contemporáneo.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 19 de mayo de 2013
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum instituta religiosa possint amittere identitatem
propter ideologias et rupturam inter hierarchiam et charismata
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod instituta religiosa non possint amittere identitatem.
1. Quia Spiritus Sanctus libere suscitat charismata et novas formas vitae consecratae, etiam extra immediatum moderamen auctoritatis. Si Spiritus in eis operatur, corrumpi non possunt, cum origo eorum sit divina et finis sanctitas.
2. Praeterea, videtur quod non, quia instituta religiosa historice fuerunt benedictio Ecclesiae, dederunt sanctos et floruerunt firma ordinatione iuridica et oeconomica. Ergo identitas eorum videtur esse tuta ex fructibus praeteritis et ex approbatione Romana.
3. Item, videtur quod non, quia Roma est magnanima et tolerans, et licet quaedam instituta decrescant, semper quaerit servare quod servari potest. Ergo non est periculum corruptionis vel dissolutionis, cum auctoritas ecclesiastica se gerat patienter et benigne.
Sed contra est quod Concilium Vaticanum II in constitutione Lumen gentium docet vitam ecclesialem sustentari in harmonia inter donum hierarchicum et donum charismaticum. Historia ostendit ordines sicut Templarios a Sede Apostolica abolitos esse, cum viam et fidelitatem amisissent.
Respondeo dicendum quod identitas institutorum religiosorum pendet ex fidelitate ad charisma originarium in plena communione cum Ecclesia. Spiritus Sanctus suscitat novas formas vitae consecratae, sed auctoritas sacerdotalis debet discernere et corrigere deviationes in fide vel moribus. Cum instituta modernismo contaminantur et vitam religiosam anarchicaliter vel spontaneistice concipiunt, rumpitur harmonia inter sacerdotium et prophetiam, et tunc desinunt esse adiutorium missionis apostolicae et fiunt impedimentum. In tali casu Roma potest approbationem revocare et instituta dissolvi. Magnanimitas Romana periculum non tollit, sed conversionem et reditum ad inspirationem originariam exspectat.
Hodie ordines praeclari sicut Jesuitae, Dominici et Franciscani partem fiduciae apud Sedem Apostolicam amiserunt, dum nova instituta fideliora, sicut Opus Dei vel Franciscani Immaculatae, maiorem existimationem obtinent. Crisis identitatis sacerdotii et conceptio anarchicalis vitae religiosa auxerunt difficultatem concertationis inter hierarchiam et charismata. Ideo instituta in declinatione non debent uti tolerantia Romana, sed recuperare inspirationem originariam in plena communione ecclesiali, quia talis inspiratio plenam actualitatem et momentum servat respectu necessitatum mundi hodierni.
Ad primum dicendum quod Spiritus suscitat charismata, sed haec discernenda et approbanda sunt ab auctoritate, quia possunt deviare si non manent in communione Ecclesiae. Actio Spiritus periculum corruptionis humanae non excludit.
Ad secundum dicendum quod fructus praeteriti non identitatem praesentem garantire possunt. Historia etiam ostendit casus declinationis et dissolutionis, sicut Templariorum, quod probat approbationem initialem fidelitatem perpetuam non praestare.
Ad tertium dicendum quod magnanimitas Romana non significat instituta esse immunia a periculo, sed tempus conceditur ad fidelitatem recuperandam. Si in errore perseverant, possunt degradari vel dissolvi, sicut iam in historia factum est.
JG
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