lunes, 6 de julio de 2026

Fe y duda. Observaciones sobre algunas declaraciones del Cardenal Gianfranco Ravasi

Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli se adentra en la relación entre fe y duda, mostrando cómo ciertas declaraciones pueden oscurecer la certeza sobrenatural y debilitar la confianza en el depósito revelado. ¿Acaso pueden convivir la fe y la duda en el fiel cristiano? ¿No se corre el riesgo de confundir la legítima búsqueda teológica con la tentación de relativizar la doctrina? ¿No debería preocuparnos que voces directivas dentro de la Iglesia, incluso Cardenales, puedan sembrar confusión en los fieles? ¿No es urgente recuperar la fe como certeza firme y sobrenatural frente a las insinuaciones que pretenden debilitarla bajo apariencia de reflexión? Este texto del docto teólogo dominico nos invita a discernir con rigor y a permanecer fieles a la verdad católica, resistiendo la tentación de la duda corrosiva. [En la imagen: el Cardenal Gianfranco Ravasi].

Fe y duda. Observaciones sobre algunas declaraciones del cardenal Gianfranco Ravasi

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 10 de marzo de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-fede-e-il-dubbio-osservazioni-su-alcune-dichiarazioni-del-card-gianfranco-ravasi-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

En L'Osservatore Romano del pasado 9 de marzo, ha aparecido un artículo del cardenal Ravasi titulado "La duda es un buen perro guardián", donde el ilustre Articulista intentaría explicar la naturaleza del acto de fe, pero, lamentablemente, es necesario señalar ese enfoque dubitacionista, si así puedo expresarlo, que ya he criticado recientemente en este sitio con respecto a la concepción de la fe del cardenal Martini.
En este su escrito, el cardenal Ravasi hace alarde, como es habitual en él, de numerosas citas de los más dispares autores, cosa que ciertamente es el eco de muchas lecturas y muestra una notable erudición, pero también, lamentablemente, una cierta carencia de linealidad y rigor especulativos, que acaban más que para hacer claridad, con impresionar al lector, sumergiéndolo bajo un gran cúmulo de referencias brillantes pero muchas veces no pertinentes o irrelevantes, tales como para desviar del camino. La prosa no sobresale por vigor argumentativo en un tema tan grave, pero abundan las frases efectistas, los eslóganes, más de literatura que de teología.
El equivoco de fondo que recorre todo el escrito de Ravasi está dado por la confusión que él hace entre ese dudar que normalmente precede y sigue al acto de fe, aquello que yo llamaría "duda externa", y un dudar que él mismo pone en lo interno mismo del acto de fe, presentándolo como valor o mérito del acto de fe y como "componente dialéctico de la fe".
Es lo que podríamos llamar "duda interna" o lo que más comúnmente se puede llamar o viene llamado "duda de fe", signo, a decir verdad, de una fe débil y defectuosa, tanto que cualquiera que tenga práctica en el confesionario, sabe bien cómo los penitentes correctamente cada tanto se acusan de estas "dudas de fe". ¡Y pobrecito de aquel confesor que en lugar de confirmarlos en la fe tuviera la desgraciada idea de exonerarlos o acaso hasta de aprobarlos! ¿Qué dirá el cardenal Ravasi a sus penitentes? ¿Acaso les dirá: "¡Muy bien, sigue así!"...?
El articulista, de hecho, citando a Louis Evely, afirma que la fe "es un entretejido de luz y de tinieblas: posee suficiente luz para admitir, suficiente oscuridad para rechazar, suficientes razones para objetar". El que la verdad de fe presente a un tiempo luces y sombras, se puede también admitir, por su característica de iluminar la razón a la vez que la trasciende; y por lo demás tal observación se encuentra ya en el gran teólogo dominico del siglo pasado, el padre Réginald Garrigou-Lagrange.
Pero Evely, aprobado por Ravasi, va más allá sosteniendo que la "fe" tendría iguales razones tanto para asentir a la Palabra de Dios como para rechazarla. Ciertamente en lo interno de esta fe entrarían omnes oves et boves et pecora omnia. En este punto, incluso un ateo puede tener fe. Pero yo me pregunto: ¿a qué precio, a decir verdad, de la fe misma y a qué precio para las conciencias? ¿Sería este el diálogo entre creyentes y no-creyentes? Por lo tanto, entonces, me pregunto, ¿el admitir y el rechazar están a la par, son iguales? ¿Se puede elegir lo que se prefiere, a tal punto que de todos modos nos salvamos todos?
¿La proposición de fe es una proposición indecidible? ¿Es una eterna perplejidad, que luego se asemeja al doble juego? ¿Es un eterno "tal vez que sí, tal vez que no"? ¿Es un no comprometerse del todo, como ocurre en aquello que Kierkegaard llama la "etapa estética" de la "ironía", o digamos mejor del comediante?
Es cierto que la doctrina de fe tiene un aspecto de oscuridad, pero oscuridad no significa necesariamente falsedad. Fue éste el error del racionalismo cartesiano, para el cual sólo son verdaderas las ideas "claras y distintas". Ravasi olvida que existen también las verdades oscuras, que no por eso dejan de ser verdad. Y la verdad de fe tiene precisamente esta característica. Y es lógico que sea así, tratándose de verdades sobrenaturales y divinas que superan la comprensión de nuestra limitada razón, la cual no puede no ignorar lo que va más allá de su capacidad. Esto, Ravasi lo reconoce, pero luego no es coherente en sostenerlo, como si el misterio de fe significara duda o incerteza.
Sin embargo, la razón, precisamente iluminada por la fe, se fía de la Palabra de Cristo, sabe que es verdadera aunque no sepa cómo y por qué es verdadera. No tiene la evidencia, porque no puede demostrar la materia de fe; sin embargo no tiene dudas, porque sabe que Cristo no la engaña. Esta es la verdadera fe. Y, como sabemos, Cristo, con justa razón, se preocupa tanto por nuestra salvación a que se le crea de esta manera, como nos da un claro testimonio por ejemplo en el episodio de Pedro que, caminando sobre el agua, en un cierto momento se hunde y Jesús le reprocha él: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?".
Sin embargo, es cierto que la duda, un dudar espontáneo y razonable, puede y debe muy bien tener algo que ver con la fe. Pero entonces se trata de un dudar extrínseco al acto de fe, que, si es verdadera fe, de por sí no duda, y de hecho es certeza absoluta e invencible, porque está sostenida por la fuerza divina de la gracia.
En cambio, duda legítima puede ser aquella que precede al acto de fe y que a él introduce, o lo prepara, aun cuando naturalmente su solución no puede propiamente causar el mismo acto de fe, porque el verdadero y propio acto de fe divina y teologal, es decir, el creer en Cristo y en su doctrina, es don sobrenatural del mismo Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, y por tanto no es efecto de la solución de una duda, que es acto exclusivamente propio de la razón humana con sus típicas debilidades e incertezas.
Como nos narran los Evangelios, todos aquellos que han encontrado a Cristo y han comenzado a frecuentarlo o han oído hablar de él por primera vez, oyendo luego y viendo cuanto hacía, cómo actuaba o lo que enseñaba, se han preguntado: ¿pero quién es este para realizar o decir estas maravillas? "¿Qué es esta sabiduría que le ha sido dada?", "¡manda a los espíritus inmundos y le obedecen!" y así sucesivamente, en tal modo han surgido dudas, interrogantes, y con mucha razón.
Sin embargo, reflexionando sobre estos hechos, los honestos han llegado a la conclusión irrefutable de que Jesús no podía ser simplemente un hombre como los demás, sino que gozaba de un poder divino y de una especialísima comunión con Dios. En este punto han recibido de Dios el don de la fe, fe en sus palabras, en sus promesas, en su persona, en sus instituciones, en sus mandamientos. Han entendido y creído que Jesús es el Hijo de Dios.
Por lo tanto, la duda de fe no es un "perro guardián", sino más bien un perro miope, torpe, vacilante y desdentado. El perro guardián tiene la vista buena y segura, está alerta para poder avistar a los malvivientes y atacarlos. Ahora bien, la fe es verdaderamente un perro guardián; pero precisamente por eso ella es absoluta certeza y no tiene nada que ver con la duda. La fe ciertamente puede ser probada por la duda, pero gracias a su fortaleza ella ahuyenta la duda.
Los dominicos, por nuestra proverbial estima por la virtud de la fe y por la Palabra de Dios, hemos sido llamados por algunos "perros guardianes", Dominici canes. Pero sin duda, si en la gloriosa historia de ocho siglos de la Orden hubiéramos tenido que basarnos en el concepto de fe que nos presenta el cardenal Ravasi, no hubiésemos contado con las filas de santos evangelizadores, misioneros, místicos, predicadores, prelados, teólogos y mártires que hemos tenido. Por no hablar de los Santos Pontífices ¹.
La bajada de título del artículo de Ravasi habla de una fe que "se conquista sólo a través de una lucha contra las propias incertezas". Esto es cierto, pero luego lo que Ravasi escribe en el artículo no desarrolla ni demuestra este supuesto, sino que lo niega hablando de una fe que no elimina la incerteza sino que la cultiva o de una certeza forzada privada de válidos motivos. No hay duda de que la fe debe ser probada por la duda y por la incerteza; pero precisamente la victoria se obtiene no regocijándose en la duda como si fuera un aspecto normal de la fe, sino ahuyentando enérgicamente y con inteligencia la duda que muchas veces tiene las apariencias de lo verdadero y tomando conciencia con claridad de toda su irracionalidad y vanidad.
La fe es principio de acción y de la lucha contra el mal; si ella es dudosa y vacilante, no tendrá la fuerza suficiente para esta lucha, sino que caerá inevitablemente en compromisos, con el riesgo de extinguirse totalmente. Si en la fe, como dice Ravasi, "están en juego factores de incerteza", ¿qué hay de su motivo formal que es la autoridad de un Dios que no se engaña y no engaña? ¿Cómo el fiel, sobre todo si es obispo o cardenal o papa, podrá dar certeza a quien no la tiene y la necesita? ¿Con qué propósito Cristo habría dicho a Pedro confirma fratres tuos? ¿Qué acciones valientes se construyen sobre la incerteza? ¿Dónde estaría el heroísmo de los santos si ellos no tuvieran una fe firmísima y a toda prueba? O bien, ¿con qué buen sentido común los mártires deberían dar la vida por una fe incierta?
Vana es también la distinción que hace Ravasi entre "duda escéptica y duda creativa" en lo interno del acto de fe, como nota del acto de fe. La verdadera fe, como he dicho, no admite ninguna duda, por escéptica o creativa que sea. No se trata de crear nada, dejemos las creaciones a los poetas o a los estilistas de moda, se trata simplemente -ni más pero ni siquiera de menos- de adherirse fielmente y absolutamente a la verdad ya dada, que no es fruto de humana creatividad, sino de la divina sabiduría que Cristo nos comunica a través de la dogmática eclesial.
Existe en todo caso, y debe existir, una duda consecuente al acto de fe y a la recepción de la verdad de fe, motivada por la misma fe y ciertamente hecha para robustecer la fe y explicitar las verdades contenidas implícitamente en el mismo dato de fe, aquello que los teólogos llaman lo "revelado virtual", puesto en luz por la ciencia teológica, sobre todo por la dogmática y la sistemática, mientras que la duda que introduce a la fe es el objeto de la apologética o teología fundamental o iniciación a la fe, tarea sobre todo de los evangelizadores y de los catequistas.
Este dudar, externo al acto de fe y consecuente a él, solicitado por la misma fe, no toca la fe como tal, sino una problemática lógicamente y naturalmente conexa con las indudables e inmutables verdades de fe. Tal duda o tal interrogante surge precisamente sobre la base de la certeza del dato de fe y se justifica por tal dato. Tomemos un ejemplo.
La misma pregunta que María plantea al ángel que le había anunciado su próxima maternidad divina aunque permaneciendo virgen. María, observa santo Tomás de Aquino, cree firmemente y sin dudar a las palabras del ángel. Por eso viene alabada por Isabel por su fe. Sin embargo, hace una pregunta, pregunta que no se refiere en absoluto acerca del por qué de cuanto ha dicho el ángel, sino simplemente pregunta cómo se llevará a cabo esta concepción y este parto virginal. Este es el terreno en el cual surgen las dudas legítimas y es laudable plantearse interrogantes, cuya respuesta podrá hacer nueva luz sobre la verdad de fe, hacerla comprender mejor y explicitar sus virtualidades ocultas.
Muy diferente es la respuesta de Zacarías al ángel que le anuncia el nacimiento del Bautista. Aquí Zacarías duda y pregunta, pero evidentemente no como creyente sino como escéptico, ya que la duda se refiere a lo mismo que el ángel ha dicho. Aquí, entonces, evidentemente no estamos ante una duda que es consecuente a la fe, como en el caso de Nuestra Señora, sino que se trata de una duda acerca de lo que debería ser objeto de la fe. Esto parece ciertamente equivalente a la fe-duda de Martini y Ravasi, pero en realidad, como atestigua el hecho de que Zacarías es castigado, se trata de una voluntaria incredulidad. ¡Otra que fe!
Por lo demás, el cardenal Ravasi habla de una "fe robusta, un ancla sólida", la cual sin embargo implicaría el deber de "interrogarse y de investigar", dice Ravasi. Pero ¿interrogarse e investigar sobre qué? ¿Sobre el objeto de la fe? Pero entonces estamos de nuevo: si estamos inciertos o dudamos acerca de este objeto, acerca de lo que debemos creer, ¿cómo hacemos para tener una fe "robusta"?
¿De dónde vendría esa robustez o estabilidad? ¿No sería acaso completamente inmotivada e irracional? ¿Cómo es posible aferrarse firmemente a algo que afecta al sentido de nuestra vida, pero de lo cual estamos inciertos de si es verdadero o falso? ¿Podemos jugarnos así con tanta facilidad el sentido de nuestra vida? ¿Nuestra vida vale tan poco?
Además, en similares condiciones psicológicas, ¿cómo se puede escapar del riesgo del fanatismo, del fideísmo o del fundamentalismo, que por otra parte Ravasi aborrece con justa razón, y que han procurado y siguen procurando tan mala reputación al credo católico en ambientes no creyentes pero honestos? Así como es reprobable el escepticismo sistemático y "sarcástico" -y aquí Ravasi ciertamente tiene razón-, así también es correcta la necesidad de certeza; pero uno no debe tener prisa por encontrar su satisfacción.
Vale aquí el dicho de Cristo: "el que busca, encuentra". Mejor una incerteza razonable que una certeza forzada. Mejor un proceder lento y prudente que una conclusión apresurada e infundada. Pero aquí la fe no tiene nada que ver. Se trata sólo del camino hacia la fe, que es otra cosa. Está ya con Cristo quien va por el camino que a Él conduce.
Sin embargo, si Ravasi oscila y vacila al presentar la fe a los no-creyentes, a veces como firmeza a veces como incerteza, aquellos que entre los no-creyentes buscan la verdad, le dirán: decídete, por tanto: ¿sabes o no sabes lo que crees? ? ¿Estás convencido de ello o no? ¿Crees verdaderamente en ese Cristo del cual nos hablas?
La verdadera fe no es la de quien no ha encontrado y está en búsqueda. Esta actitud es digna de todo respeto, pero todavía no es la actitud del creyente. El verdadero creyente no tiene necesidad de buscar, porque ya ha encontrado. Quien ha encontrado a Cristo ¿qué es lo que todavía debe buscar? ¿Algo mejor que Cristo? Es verdad que Pascal habla de un "buscar" a quien ya se ha encontrado, pero este buscar entonces no se refiere a la fe, sino a las consecuencias de la fe en Aquel que ya se ha encontrado.
Ciertamente la fe debe ser robusta, pero no de una robustez forzada, inmotivada. No debemos confundir la certeza con el dogmatismo. El que, no teniendo aún la fe, por motivos de conciencia no tiene la certeza de que Cristo es Dios (todo el contenido de la fe se resume en esta convicción), no sólo está dispensado de creer, sino que no debe creer. Se salva lo mismo, siempre por medio de Cristo, aunque no lo sepa. Esto lo dice santo Tomás de Aquino, de quien no se puede decir que no insista acerca del deber y la importancia de creer en Jesucristo.
Pero aquí Tomás de Aquino se muestra extremadamente moderno en el evidenciar la libertad y la responsabilidad de la conciencia y cómo el obsequio o sumisión de fe, para decirlo con san Pablo (Rom 12,1), debe ser libre y razonable, razonado, prudente, empeñoso, sincero, ponderado y motivado, aun cuando al fin de cuentas el acto de fe en sí mismo no depende de un razonamiento -y aquí Ravasi ciertamente lo dice bien- sino del "don de Dios", del cual Cristo habla a la mujer samaritana.
La búsqueda, la investigación, como la duda, ciertamente pertenece a la fe, pero no para poner en duda el objeto o la verdad de la misma fe, sino para preparar o introducir a la fe o en cuanto que el objeto de la fe, que se resume en la divinidad de Cristo, una vez firmemente poseído y aceptado, estimula a buscar no si Cristo es o no es Dios, porque esto ya es sabido y está establecido (si no, ¿dónde está la fe?), sino a profundizar y esclarecer las insondables, inagotables y maravillosas riquezas de Cristo Dios ya creído, en quien, para decirlo con san Pablo, están encerrados todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría. Y aquí tenemos el progreso continuo del dogma, de la teología y de la espiritualidad y, en consecuencia, de la misma vida y santidad cristianas.
Debemos decir, en fin, que nos parece muy infelíz la cita que Ravasi hace, al final de su artículo, de una famosa declaración de Dostoievski: "Si alguno me demostrara que Cristo está fuera de la verdad, que verdaderamente la verdad no está en Cristo, pues bien, ¡yo preferiría quedarme lo mismo con Cristo antes que con la verdad!".
Esto no es, como dice Ravasi, "un proceder per absurdum" ²: es puramente y simplemente un absurdo y, de hecho, una grave irreverencia frente a Cristo. Por eso me gustaría preguntarle a Dostoievski: ¿Te gustaría estar con Cristo contra la verdad? ¿Es admisible un Cristo contra la verdad? Cuando es precisamente Él quien ha dicho "cualquiera que es de la verdad, escucha mi palabra" y también: "Yo soy la Verdad", sólo por citar algunas de sus palabras que nos muestran a la evidencia el nexo inescindible entre Cristo y la verdad. ¿Puede ser la fe una adhesión a Cristo prescindiendo de la verdad? ¿Puedo adherirme a Cristo despreciando la verdad? Recuerdo que lo opuesto a lo verdadero es lo falso: si se debiera preferir a Cristo a lo verdadero, eso significaría decir que Cristo está en lo falso, lo cual es una verdadera y propia blasfemia.
Hoy el cardenal Ravasi viene presentado y auspiciado por muchos como posible nuevo Pontífice; sin embargo, debemos decir con toda filial franqueza y pleno respeto al conocido y sabio Purpurado, que con estas últimas declaraciones suyas ciertamente no se prepara el terreno más favorable para ser asumido para un oficio tan alto como el de custodio de la fe -serva depositum- en nombre de Cristo para todo el Pueblo de Dios.
En el presente Año de la Fe, oportunísimamente proclamado por el venerado papa Benedicto XVI, debemos decir que de un Príncipe de la Iglesia, en el prestigioso periódico L'Osservatore Romano, los fieles comunes, a menudo probados, tentados, desviados, desconcertados por incertezas, dudas, equívocos y falsedades en el campo de la fe, se esperarían no discursos nebulosos y aproximativos que favorezcan peligrosos malentendidos e inveterados prejuicios, sino más bien palabras de esclarecimiento y confortación, como para sustentar esa "buena batalla" por la cual, libres de las tinieblas del error, accedamos a la luz de Cristo.
Finalmente, queremos formular, con respeto y confianza hacia la Redacción de L'Osservatore Romano, considerando su ilustre tradición y alta responsabilidad en relación con su cercanía a la Santa Sede, la siguiente pregunta: es decir, me pregunto si en el venerable Colegio de Cardenales que se preparan para elegir al nuevo Papa, ¿acaso no hay nadie que sepa tratar mejor que Su Eminencia el Cardenal Ravasi un tema tan fundamental como el de la fe, acerca del cual todos esperamos una nueva y poderosa luz del futuro Pontífice para el progreso de la Iglesia y la evangelización de los pueblos?

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 10 de marzo de 2013

Notas

¹ El Beato Inocencio V en el siglo XIII, el Beato Benedicto XI en el siglo XIV, San Pio V en el siglo XVI y el Siervo de Dios Benedicto XIII en el siglo XVIII.
² En buena lógica, el proceder o el demostrar por absurdo es una conclusión cuya certeza está dada por el hecho de que la proposición contraria es absurda. Pero aquí tal proceder no entra para nada, y en cambio nos encontramos ante una pura absurdidad.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum dubitatio sit principale periculum fidei

Ad hoc sic procediturVidetur quod dubitatio non sit unum ex principalibus periculis contra fidem.
1. Quia dubitatio potest esse legitimus usus rationis qui fidem purificat et reddit eam magis consciam. Sic, longe ab eo quod sit periculosa, utilis esset ad veritatem altius investigandam, cum fides sine examine posset in credulitatem labi.
2. Praeterea, videtur quod non, quia dubitatio inevitabilis est in conditione humana, et Deus ipse eam permittit tamquam occasionem humilitatis et sincerioris quaestionis. Sic dubitatio magis esset probatio quae fidem roborat quam periculum quod eam destruit.
3. Item, videtur quod non, quia fides, cum sit virtus theologalis, non potest destrui per dubitationem, cum innitatur gratiae divinae et non fragilitati hominis. Ergo, etsi homo dubitet, fides manet firma ut donum Dei.

Sed contra est quod Apostolus dicit: “In novissimis temporibus discedent quidam a fide, attendentes spiritibus erroris et doctrinis daemoniorum, in hypocrisi loquentium mendacium, et cauteriatam habentium conscientiam suam” (1 Tim 4,1-2). Christus ipse increpat discipulos propter dubitationem eorum et defectum fidei, ostendens quod dubitatio est obstaculum certitudini supernaturali. Sanctus Augustinus affirmat dubitationem contra fidem esse radicem incredulitatis, et Magisterium docet fidem esse firmum et certum assensum veritati revelatae.

Respondeo dicendum quod fides, ut virtus theologalis, est firma certitudo fundata in Verbo Dei. Dubitatio autem, cum in habitum convertitur vel tamquam habitus theologicus proponitur, grave periculum constituit, quia obscurat claritatem veritatis revelatae et debilitare potest fiduciam in deposito fidei. Dubitatio non est simplex inquisitio, sed insinuatio quae doctrinam relativizat et viam aperit falsificationi veritatis.
Verum problema non est in legitima investigatione theologica, quae fidem melius intelligere quaerit, sed in dubitatione quae sub specie reflexionis induit hominem ad putandum fidem esse incertam vel provisoriam. Haec dubitatio, etiam per voces intra Ecclesiam seminata, fideles confundere potest et eos in vita spirituali debilitare. Daemon hanc dispositionem adhibet ad doctrinas fallaces disseminandas, faciens ut fides videatur irrationabilis vel intolerabilis, et dubitatio appareat quasi signum maturitatis.
Dubitatio habitualis sopit conscientiam, impedit paenitentiam et ad desperationem inducere potest. Collocatur in ordine idearum et convictionum, directe afficiens intellectum et voluntatem. Ideo peccata spiritualia sicut superbia et hypocrisis, quae dubitationem comitantur, sunt graviora quam carnalia, quia ipsam radicem vitae spiritualis corrumpunt.

Ad primum dicendum quod inquisitio theologica est legitima, sed dubitatio ut habitus non purificat fidem, sed eam debilitat, quia fides innititur certitudini revelationis et non incertitudini.
Ad secundum dicendum quod dubitatio potest permitti a Deo ut probatio, sed non est virtus, sed tentatio quae vincenda est per fiduciam in Verbo divino.
Ad tertium dicendum quod fides, cum sit virtus theologalis, non potest destrui in se ipsa, sed potest debilitari in subiecto quod eam recipit, et propter hoc dubitatio habitualis periculum salutis constituit.
   
JG

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