Es de gran utilidad examinar con profundidad el verdadero peligro de las “doctrinas diabólicas”, para mostrar que la acción de Satanás no se limita a las posesiones espectaculares, sino que se infiltra en la inteligencia y en la voluntad para corromper el espíritu. ¿No es más grave el pecado espiritual que el carnal, cuando oscurece la mente y pervierte la conciencia? ¿No es la hipocresía, tan denunciada por Cristo, el terreno más fértil para que el demonio siembre sus engaños? ¿No se disfraza Satanás de ángel de luz para seducir incluso a teólogos, prelados y líderes culturales? ¿No es urgente discernir entre la herejía material y la formal, para no confundir al equivocado de buena fe con el impostor soberbio y obstinado? Este nuevo artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a desenmascarar las falsas doctrinas y a permanecer firmes en la verdad revelada, con la fuerza del Espíritu Santo que expulsa el espíritu de la mentira. [En la imagen: fragmento de "San Agustín obliga al diablo a participar en la liturgia cristiana", óleo sobre panel, producida entre 1471-1475, obra de Michael Pacher, perteneciente a la colección de la Alte Pinakothek, Munich, Alemania].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 5 de julio de 2026
La cuestión de las "doctrinas diabólicas"
La cuestión de las "doctrinas diabólicas"
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en L’Isola de Patmos el 19 de octubre de 2014. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/la-questione-delle-dotrine-diaboliche/)
En estos últimos años, tanto gracias a intervenciones de la Iglesia o de los Pastores, como gracias a la publicación de válidas obras sobre el tema o a la fama adquirida por valientes y talentosos exorcistas, como el padre Gabriele Amorth y otros, en muchos ambientes católicos ha sido recuperada la conciencia de la acción de Satanás en este mundo (cf. Pietro Cantoni, L’oscuro Signore), aunque haya mucho por hacer para eliminar dos persistentes errores opuestos entre sí, el primero, más extendido en los ambientes cultos, que consiste en la negación absoluta de la existencia del diablo; el segundo, en cambio, presente en los ambientes populares, que consiste en la espectacularización de la acción satánica y en la demasiada facilidad con la cual se quisiera explicar ciertos fenómenos odiosos o ciertas desgracias repetitivas. Es el caso, entonces, que encontramos ideas erróneas sobre el demonio tanto en el primer caso como en el segundo.
En cuanto a la acción de Satanás generalmente se da espacio y publicidad, a veces por una cierta inútil curiosidad o búsqueda del éxito por parte de las publicaciones sobre el tema, a los fenómenos más llamativos, desconcertantes e impresionantes, como las posesiones, las apariciones y el satanismo. Esta fenomenología, sin embargo, gracias a Dios, es bastante rara.
Por el contrario, existe otro aspecto de la acción de Satanás, más frecuente y más importante, pero menos llamativo y más descuidado, y es el que nos toca a todos de cerca, por lo cual es de interés primordial también para nuestro camino de salvación, aún cuando no tiene la espectacularidad propia del primero, sino por el contrario, ubicándose precisamente sobre el plano del espíritu (al fin de cuentas, ¿acaso no es Satanás un espíritu?) toca y afecta menos los sentidos, las emociones y la fantasía e interpela mayormente la delicada labor de la inteligencia, de la conciencia y de la voluntad, sobre todo en relación con el ejercicio de las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad, así como al ejercicio de los dones del Espíritu Santo.
El fenómeno de las posesiones o de los acosos, después de todo, constituye una severa prueba para el poseso y ciertamente involucra al hábil exorcista, pero al fin de cuentas no compromete o no pone en peligro la conducta moral del paciente, dado que, como es sabido, durante la presencia del demonio, el paciente se encuentra en un estado inconsciente, por lo cual no puede ejercer su voluntad.
En cambio, el ingreso de Satanás en la conciencia del sujeto lúcido y consciente es el verdadero problema acerca de la acción de Satanás, en cuanto él, con sus sugerencias, seducciones y tentaciones, pone en serio peligro la salud espiritual del sujeto, impulsándolo al pecado. De hecho, toda la acción de Satanás en este mundo se puede resumir en este único propósito: engañar al hombre precisamente con "doctrinas diabólicas" para persuadirlo de pecar, sabiendo que está pecando, haciéndole parecer bien el mal o mal el bien.
El imaginarse a Satanás como un ser espantoso o repugnante quiere decir detenerse sobre el plano de la metáfora y de la imaginación, sin captar el verdadero significado de la acción satánica, es decir, sin ver en Satanás su verdadera peligrosidad que, repito, reside en su refinado arte para conducirnos a pecar, para mostrarnos el pecado como atrayente.
En este sentido, Satanás no aparece como repugnante sino por el contrario aparece fascinante, seductor y encantador. Satanás trata de adormecer nuestra conciencia, de modo de no arrepentirnos del pecado cometido. Aquí reside la verdadera característica, que por lo demás es cotidiana para quien sabe advertirla, de la acción satánica. O bien inculca falsos sentimientos de culpa para bloquearnos en el cumplimiento del bien y para inducirnos a la desesperación.
Desde este punto de vista, que es el que debe ser más importante para nosotros si nos preocupamos por nuestra salvación, la acción de Satanás no tiene un carácter externo y material, atinente a los sentidos, a las emociones o a los estados de nuestro cuerpo o nuestro entorno físico, como en el primer caso, sino un aspecto sutil, interior, insinuante, podríamos decir "serpentino", que toca precisamente la vida de nuestro espíritu, nuestra intimidad, nuestras ideas, nuestras convicciones, sentimientos, tendencias o aspiraciones espirituales, nuestros actos morales, nuestra relación interpersonal con los demás, nuestra relación con Dios. Se sitúa en el nivel de las ideas, de la comunicación del pensamiento, de los mensajes verbales, de los impulsos o de los estímulos dados a la voluntad.
El objetivo principal de Satanás no es tanto la corrupción de las pasiones sino la corrupción del espíritu. No empuja tanto a los pecados carnales, sino a los espirituales: la soberbia, la impiedad, la presunción, la envidia, el odio, la hipocresía, la mentira, la duplicidad. Él plantea el obstáculo más grave para la consecución del bien, de la virtud, de Dios, obstáculo que no viene de la carne sino del espíritu o, como dice Cristo, no viene de fuera, sino de dentro, del corazón, de la voluntad.
Su objetivo es hacer que la inteligencia se vuelva turbia y falsa, y que la voluntad se vuelva injusta, doble y mala. El pecado de Satanás ha sido obviamente un pecado espiritual, siendo él puro espíritu, y por esto los pecados espirituales pueden ser llamados "diabólicos". Estos pecados, en primer lugar, contaminan el intelecto y la voluntad, el pensamiento y la acción, que son las potencias propias del espíritu.
El primer pecado espiritual, el punto de partida de la perdición, concierne por lo tanto al pensamiento: aquello que san Pablo llama "doctrina diabólica". Ella consiste en la instigación a la mentira y en la apología de la mentira acerca de los valores más importantes, que son los que conciernen a la salvación, por lo tanto la falsificación de la Palabra de Dios, de la verdad de fe, de la doctrina de la Iglesia.
La voluntad obviamente juega en el pecado del pensamiento, ya que todo pecado implica mala voluntad. Pero luego el pecado diabólico concierne también a aquellos actos que conciernen al compromiso específico de la voluntad, es decir, los pecados propiamente relacionados con la acción o la operación, la ejecución práctica del pensamiento diabólico, y aquí tenemos todos los más graves actos de la violencia, de la crueldad, del sacrilegio, de la incredulidad, de la desesperación, de la injusticia, del robo, del asesinato, del aborto, del sadomasoquismo, de la disputa, de la difamación, de la denigración, de la desobediencia, de la sedición, de la masacre, del terrorismo.
El hombre diabólico puede ser moderado, casto, sobrio, mesurado, controlado, gentil, de buenos modales, cortés, afable, bien educado, simpático, alegre, psíquicamente normal, culto, de trato refinado, aparentemente piadoso y sereno; en efecto, el demonio elige preferentemente a estas personas ajenas a los excesos emocionales, ajenas a los arrebatos de ira, a los impulsos descontrolados, personas que no despiertan sospechas, quizás ocupando altas esferas, prelados, teólogos o religiosos, y que son, por tanto, objeto de estima y de respeto, para convertirlos en instrumentos de su acción cuando quiere hacer daños verdaderamente graves a las almas y de larga duración: se trata sobre todo de los heresiarcas, cuyo influjo maligno es capaz de durar siglos.
Estos son los autores de aquellas que san Pablo llama "doctrinas diabólicas" (cf. 1 Tm 4,1). La persona diabólica puede revestirse de una apariencia noble, puede parecer una persona muy espiritual, un profundo intelectual, un profeta inspirado, un vidente, un místico, ya que, como dice san Pablo, "Satanás se disfraza de ángel de luz" (cf. 2 Cor 11,14).
Satanás sabe hasta cierto punto incluso simular la santidad, aún cuando el ojo experto reconoce fácilmente las falsificaciones y las imposturas, ya que es una empresa demasiado difícil para Satanás. De ahí el proverbio popular italiano: "il diavolo fa le pentole, ma non i coperchi" (el diablo hace las ollas, pero no las tapas). La ficción diabólica no puede durar mucho.
Caen en la trampa solo los que quieren caer. Ordinariamente el demonio no apunta tan alto, también porque pocos aman la santidad y él quiere conquistar el mayor número posible de necios y chitrulos. Por este motivo ordinariamente se esconde bajo los rasgos y el estilo de personajes de éxito que atraen multitudes, falsos filósofos, pseudo teólogos, hábiles sofistas e impostores, reformadores de la Iglesia y de la sociedad, genios del pensamiento y de la ciencia, seductores, líderes políticos, espiritistas, hipnotizadores, actores, artistas, poetas y magos.
Pero citemos la expresión paulina en su propio contexto, que es muy interesante: "El Espíritu declara abiertamente que en los últimos tiempos algunos se apartarán de la fe, dando oídos a espíritus mentirosos y a doctrinas diabólicas, seducidos por la hipocresía de impostores, que tienen ya marcada a fuego su propia conciencia" (1 Tm 4,1-2).
En primer lugar, la referencia al Espíritu Santo, que es el Espíritu de la verdad, sirve para dar certeza a esta declaración. Los "últimos tiempos", o "plenitud de los tiempos" en el lenguaje bíblico, representan los tiempos apocalípticos, es decir, aquellos conclusivos y decisivos, los más altamente dramáticos, de la historia de la salvación, los tiempos del combate final. Recordemos la apostasía de la cual habla el Apóstol (2 Tes 2,3). Sobre todo se refieren al futuro, pero también pueden afectar al presente, pues ya en el presente se decide nuestra salvación, se edifica, se construye nuestra salvación.
La misma venida de Cristo, según el Evangelio, inaugura los "últimos tiempos" preanunciados por los profetas, últimos sí en sentido cronológico, pero sobre todo en sentido intensivo: los tiempos más cargados de significado, los tiempos resolutivos, también llamados "tiempos del fin", el fin de este mundo de pecado y de inicio del nuevo mundo de la justicia, tiempos del choque final de las fuerzas del bien contra las del mal.
En esta lucha final emergen las doctrinas más peligrosas, que son precisamente las "doctrinas diabólicas". Deben ser desenmascaradas y refutadas con la misma potencia de ese Espíritu, que revela su apariencia y su peligrosidad. Es el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, acompañado de la oración, es el Espíritu que descubre y expulsa el espíritu impuro, el espíritu de la mentira.
Estas doctrinas se predeterminan sobre todo a la destrucción o la falsificación de la fe -la herejía- de esa fe que es el inicio de la salvación. El demonio intenta suprimir la vida cristiana desde la raíz, apagando la luz de la fe con doctrinas que la hacen parecer falsa, odiosa, irracional, degradante, inhumana, intolerante, opuesta a la libertad, anticuada, superada, esclavizante y muchos otros engaños similares.
San Pablo es muy severo al juzgar a estos "espíritus mentirosos" que propagan la herejía. De hecho, declara que "están ya marcados a fuego en su propia conciencia"; por lo tanto, no están en buena fe, lo que en cambio puede ocurrir cuando uno defiende una herejía sin saber que es una herejía. En tal caso, la Iglesia ha hablado de herejía "material" ya desde los tiempos de san Agustín, la cual no es culpable, en cuanto el sujeto confunde involuntariamente el error con la verdad y la verdad con el error.
En cambio en la herejía verdadera y propia, llamada "formal", existe una verdadera culpabilidad, dada por el hecho de que el hereje sabe que su idea es herética y con todo aún así la defiende presentándola como verdad católica o bien simplemente negando que sea contraria a la verdad católica. Se trata de una culpa gravísima, bien descrita por el Apóstol con la expresión "tienen ya marcada a fuego su propia conciencia", casi como para significar el fuego del infierno que ya en esta vida comienza a atormentar a los herejes.
Ciertamente no es siempre fácil en la práctica distinguir al hereje formal del hereje material, pero es muy importante lograr hacer este discernimiento, ya que el comportamiento que se debe seguir en los dos casos es bastante diferente. Sin embargo, existen indicios que indirectamente pero con certeza nos permiten distinguir y por lo tanto adoptar el oportuno y adecuado comportamiento que se necesita en los dos casos.
La diferencia esencial entre los dos tipos de herejes está dada por la presencia de algunas características morales: el hereje formal es soberbio, presuntuoso, desleal, arrogante, obstinado, ambicioso, vengativo, cruel, despectivo y burlón hacia los adversarios, un implacable odiador de los que se atreven a criticarlo o reprocharlo, astuto guardián de su imagen o de su look, para procurarse la mayor fama posible en el mundo, empeñado en buscar los medios y en formar discípulos y colaboradores que lo apoyen en su impía actividad.
El hereje es objeto de fanática admiración por parte de sus seguidores, que lo sitúan por encima de cualquier otra autoridad, casi como si fuera un dios. Un ejemplo clásico es Lutero, aunque evidentemente hay que reconocer en él algunas cualidades, como su "profunda religiosidad", como decía el beato Juan Pablo II.
Por el contrario, el hereje simplemente material es en realidad ortodoxo y puede ser también un santo. Ni siquiera se le puede llamar propiamente hereje, sino que es solo una persona que está equivocada. Simplemente no se da cuenta de su error porque si se diera cuenta de él, lo rechazaría decididamente, pero Dios puede permitir que por largo tiempo y tal vez incluso durante toda la vida, no tome conciencia del error. Se trata, por lo tanto, de ignorancia no culpable, denominada "invencible", causada bien por una insuficiente formación recibida o por límites intrínsecos de su inteligencia o por incomprensiones o equívocos insuperables quizás relacionados con el ambiente, el lenguaje o con defectos del carácter o de su psique.
El hereje material, a quien también podríamos llamar pseudo-hereje, se equivoca solo en algunos puntos en el ámbito de un sistema de pensamiento sustancialmente ortodoxo y que ciertamente desde este punto de vista puede ser de gran valor y hacer mucho bien a la cultura y a la Iglesia. Incluso puede ser un místico y un maestro de santidad. Es fiel a la Iglesia, consciente, preocupado por la ortodoxia, enemigo de los herejes, humilde, piadoso, prudente, modesto, desinteresado, magnánimo, caritativo, generoso, dispuesto a corregirse cuando se da cuenta del error, manso y paciente con sus adversarios, que tal vez lo maltraten, no apegado a sus ideas, no preocupado por una fama mundana sino solo por agradar a Dios, no cerrado en sus ideas, sino siempre dispuesto a aprender. Ejemplo famoso es el Beato Antonio Rosmini.
Como se desprende del pasaje de san Pablo, la importante colaboradora de Satanás es la hipocresía. ¡Cuán a menudo hace Jesús acusaciones de hipocresía! ¿Y contra quién? ¿Contra los publicanos, las prostitutas y los pecadores? ¡No; sino contra sacerdotes, escribas y fariseos! ¡Qué lección para nosotros los sacerdotes, para los religiosos, consagrados a la perfección y a la guía de las almas! ¡Por lo tanto, es entre nosotros donde el demonio encuentra el terreno más adecuado para sembrar sus doctrinas!
Lo primero que hay que hacer en la vida -y esto vale también y sobre todo para quienes están llamados a enseñar la teología o las verdades de fe, y a guiar a las almas a la salvación- es actuar con buena conciencia ante Dios, desprendidos de la gloria humana, buscar a Dios sobre todo y a toda costa: si los hombres aprueban, bien, y si no aprueban, paciencia. Es necesario, por lo tanto, evitar la gloria humana y no ser esclavos del parecer de los demás. En cambio, el hereje se busca ante todo a sí mismo y el favor de los hombres; Dios y la religión para él son sólo un medio para afirmarse en el mundo y para obtener una gloria efímera, que sin embargo le abre a él y a sus discípulos el camino de la perdición.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 16 de mayo de 2013
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum doctrinae diabolicae sint principale periculum salutis hominis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod doctrinae diabolicae non sint principale periculum salutis hominis.
1. Quia gravissimum in actione daemonis sunt possessiones et phaenomena extraordinaria, quae potentiam eius ostendunt et vitam fidelium in discrimen ponunt. Haec casus, licet rari, tam vehementes sunt ut videantur constituere maximam minam contra Ecclesiam et animas.
2. Praeterea, videtur quod non, quia peccata carnalia sunt frequentiora et manifestiora, et ideo magis periculosa pro vita christiana quam peccata spiritualia. Corruptio passionum, sicut luxuria vel gula, multos trahit et videtur nocentior quam errores doctrinales, qui solum aliquos intellectuales tangunt.
3. Item, videtur quod non, quia error doctrinalis potest esse ignorantia invincibilis, et tunc non esset culpabilis nec nocivus ad salutem. Multi bona fide errant, et si Deus talem errorem permittit, non potest reputari principale periculum vitae spiritualis.
Sed contra est quod Apostolus dicit: “In novissimis temporibus discedent quidam a fide, attendentes spiritibus erroris et doctrinis daemoniorum, in hypocrisi loquentium mendacium, et cauteriatam habentium conscientiam suam” (1 Tim 4,1-2). Christus ipse monet quod Satanas transfigurat se in angelum lucis (2 Cor 11,14), ostendens quod periculum gravissimum non est in spectaculo, sed in fallacia et occulto.
Respondeo dicendum quod principale propositum Satanae non est tam corruptio passionum quam corruptio spiritus. Actio eius periculosissima consistit in introductione doctrinarum falsarum quae obscurant intellectum et pervertunt voluntatem, facientes ut homo bonum pro malo et malum pro bono reputet. Daemon transfigurat se in angelum lucis, seducit sub specie sanctitatis et utitur personis cultis, influentibus et apparentibus piis ad errores disseminandos qui per saecula durant. Huiusmodi doctrinae diabolicae falsificant Verbum Dei et doctrinam Ecclesiae, et constituunt maximum impedimentum virtuti et saluti.
Verum problema non est in possessionibus, quae voluntatem aegroti non compromittunt, sed in ingressu Satanae in conscientiam lucidam et attentam, ubi suggestionibus et tentationibus impellit ad peccatum. Daemon quaerit sopire conscientiam ne fiat paenitentia, vel falsas culpas inducere ad desperationem. Sic actio eius collocatur in ordine idearum, communicationis cogitationis, verborum et impulsuum voluntatis.
Peccata spiritualia, sicut superbia, impietas, hypocrisis et mendacium, sunt graviora quam carnalia, quia radicem ipsam vitae spiritualis corrumpunt. Peccatum Satanae fuit spirituale, et ideo peccata spiritualia proprie dici possunt diabolica. Haec contaminant intellectum et voluntatem, et manifestantur in actibus violentiae, sacrilegii, iniustitiae, diffamationis et seditionis.
Daemon praecipue eligit personas cultas, urbanas et apparentibus piis, etiam praelatos et theologos, ut instrumenta suae actionis efficiat. Sic doctrinae diabolicae sub specie nobilitatis et spiritualitatis divulgantur, sed revera sunt fallaciae quae fidem destruunt. Hypocrisis est efficacissima eius socia, et ideo Christus eam saepe increpavit in scribis et pharisaeis.
Ad primum dicendum quod possessiones, licet vehementes, sunt rarae et voluntatem aegroti non laedunt. Doctrinae autem diabolicae directe conscientiam lucidam et attentam tangunt, salutem in discrimen ponentes.
Ad secundum dicendum quod peccata carnalia sunt gravia, sed spiritualia — sicut superbia et mendacium — sunt periculosiora, quia radicem vitae spiritualis corrumpunt et intellectum obscurant.
Ad tertium dicendum quod ignorantia invincibilis potest excusare, sed haeresis formalis, plena conscientia defensa, est culpabilis et gravissima. Ideo necesse est distinguere inter errorem materialem et formalem, ne bona fide errantem cum obstinato impostore confundamus.
JG
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