jueves, 25 de junio de 2026

Por un juicio equitativo sobre la masonería (4/4)

Dice el padre Giovanni Cavalcoli en esta última parte de su ensayo: "Hoy la Masonería continúa combatiendo a la Iglesia, pero ha adoptado un método más sutil e insinuante, hecho de cortesía, de ficción y de astucia y por ello mismo más peligroso. Ella ha favorecido y sostenido a aquellos teólogos que han interpretado el Concilio en sentido modernista o para instrumentalizarlo, y éstos son los modernistas, o para combatirlo, y éstos son los lefebvrianos y en general los pasadistas. Ella ha logrado así desde hace sesenta años atizar un conflicto exasperante entre los dos partidos, que turba y trastorna la correcta reforma conciliar, obstaculizándola en los buenos frutos que de por sí ella está en grado de producir". [En la imagen: fragmento de un plano fundacional de la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, en Argentina. Su trazado revela el gran símbolo de la masonería que son la escuadra y el compás, en las uniones e intersecciones de las diagonales 73, 79, 74 y 80; 77 y 78 respectivamente].

Por un juicio equitativo sobre la masonería (4/4)
Cuarta Parte

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli cuya cuarta parte fue publicada en su blog el 25 de junio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/per-un-giudizio-equo-sulla-massoneria_01929409496.html)

León XIII, denunciando con coraje esta maquinación diabólica contra la Iglesia, muestra que los masones son siervos de Satanás ligados a él por un pacto maldito. El masón, en efecto, sabe que obedeciendo al diablo, después de un breve período de éxito y felicidad terrena irá al infierno, pero no le importa. Su orgullo le hace preferir estar en el infierno lejos de Dios antes que en el paraíso con Dios. El orgulloso no busca la bienaventuranza, sino la satisfacción de su propia voluntad. Y el diablo precisamente lo ayuda en ello asegurándole un éxito terreno, pero conduciéndolo consigo al infierno en el momento de la muerte, cosa que el pecador acepta con tal de satisfacer su orgullo.
Uno podría decir: pero, visto lo que le sucedió al hombre al escuchar las palabras de la serpiente, ¿cómo es posible escuchar todavía a la serpiente después del amarguísimo descubrimiento de estar "desnudo", es decir privado de los dones preternaturales de la inmortalidad, de la impasibilidad, de la perfecta agilidad y salud, del pleno dominio de las pasiones y sobre la naturaleza, de la ciencia infusa, de la paz consigo mismo, con la mujer, con la sociedad, con la naturaleza y con Dios.
Y sin embargo está precisamente aquí el contraste entre la posición masónica y la del cristiano, es decir de la Iglesia: que mientras el cristiano, consciente de la malicia del demonio y de sus propuestas, promesas y amenazas, se guarda bien de fiarse de él y de escucharlo, el masón se deja engañar por el diablo cuando éste se presenta, como lo hizo con la pareja primitiva, como aquel que verdaderamente se ocupa del hombre y lo pone en guardia contra Dios, representado como un déspota envidioso de las potencialidades divinas del hombre. Al masón, por tanto, la serpiente aparece como la liberadora del hombre, aquella que le consiente volverse Dios decidiendo del bien y del mal.
León XIII tiene, pues, razón en presentar la Masonería como inspirada por el demonio, aunque en ella sea posible rastrear aspectos válidos, que a partir del Concilio Vaticano II hoy la Iglesia no deja de reconocer. León XIII no pensó en reconocer tales aspectos, por lo cual sus palabras pueden conducirnos a una actitud de excesiva polémica. Por el contrario, el Papa Francisco, en su deseo de reconocer puntos de contacto, no ha pensado en recordarnos el aspecto de peligrosidad que la Masonería todavía hoy presenta para el bien de la Iglesia. Para asumir la actitud correcta frente a la Masonería, es necesario unir la severidad de León XIII con las aperturas de Francisco.
Es interesante también el cambio ocurrido en el derecho canónico con el nuevo Código de 1983. Mientras en el precedente Código el can. 2335 imponía la excomunión a quien daba el nombre a la Masonería, en cuanto asociación que conspira contra la Iglesia, en el nuevo Código, en el can. 1374, el texto se limita a decir: «quien da el nombre a una asociación que conspira contra la Iglesia, sea castigado con una pena justa; quien luego tal asociación promueve o dirige sea castigado con el entredicho».
El Código no nombra a la Masonería porque ella no es la única asociación que conspira contra la Iglesia. En el mundo existen muchas fuerzas políticas, culturales y religiosas que abiertamente o escondidamente ponen obstáculo, falsifican o impiden de varios modos la acción evangelizadora y salvadora de la Iglesia, incluso dentro de la misma Iglesia, donde los modernistas fácilmente realizan un catolicismo contaminado por el pensamiento masónico o de tendencia idealista o de tendencia gnóstica o panteísta.
Importante documento para conocer el juicio actual de la Iglesia sobre la Masonería es la Declaración de la CDF del 26 de noviembre de 1983, que tiene el siguiente tenor:  
«Se ha preguntado si ha cambiado la sentencia acerca de las asociaciones masónicas por el hecho de que en el nuevo Código de Derecho Canónico de ellas no se hace mención como en el viejo Código.
Esta Sagrada Congregación quiere responder que esta circunstancia debe atribuirse al criterio adoptado en la redacción, que ha sido conservado también respecto a otras asociaciones igualmente pasadas bajo silencio por el hecho de que estaban incluidas en categorías más amplias.
Se mantiene, por tanto, inmutable la sentencia negativa de la Iglesia acerca de las asociaciones masónicas, porque sus principios se han mantenido siempre inconciliables con la doctrina de la Iglesia, por lo cual la adhesión a ellas permanece prohibida por la Iglesia. Los fieles que dan el nombre a las asociaciones masónicas se hallan en pecado grave y no pueden acceder a la Santa Comunión».
La afiliación a la Masonería está prohibida al católico porque, aunque la Masonería de palabra se declare respetuosa para sus afiliados de su libertad religiosa, en la práctica ella exige de sus asociados una obediencia absoluta a los jefes. Por esto, ella no permite al eventual católico imprudentemente afiliado a ella seguir en ciertos casos su propia conciencia de católico, que se considerase ofendida por alguna orden de los jefes. En tal caso ella es capaz de castigar incluso con la muerte.
Fue ésta la bien conocida trágica vicisitud del banquero Roberto Calvi en 1982, afiliado a la famosa logia irregular P2 de Licio Gelli. Calvi se había comprometido por mandato de los altos grados en una negociación financiera con el IOR, Instituto para las Obras de Religión de la Santa Sede, entonces dirigido por el famoso Mons. Paul Marcinkus, una operación fraudulenta en perjuicio de la Santa Sede, por desgracia con la connivencia del mismo Marcinkus, una operación por la cual la Santa Sede habría de sufrir un gravísimo daño económico en beneficio de la Masonería. Calvi, que en un primer momento había aceptado hacer de mediador, se dio cuenta en cierto momento de la maldad de tal operación y su conciencia de católico le prohibió llevarla a término. Éste fue su fin.
Es evidente que hablando de «principios de la Masonería» la CDF entiende los principios errados. Pero esto no significa que todos los principios de la Masonería sean errados. En efecto, no existe ninguna construcción humana doctrinal cuyos principios sean todos errados por el simple motivo de que el error existe en cuanto privación de verdad en una teoría conforme a verdad. Si no existiera aquella verdad, no existiría el error, así como si no existiera el enfermo no existiría la enfermedad.
Esto quiere decir que al examinar las doctrinas humanas la primera cosa que debemos hacer es descubrir aquella parte de verdad que ellas contienen. Es esta misma verdad la que nos consiente descubrir el error. Por esto, ninguna doctrina humana, por más infectada de error que esté, debe ser rechazada en bloque, sino que, si contiene errores, debe ser corregida en base a aquella parte de verdad que ella ya contiene.
Para ser más precisos es necesario tener presente que toda doctrina humana es un conjunto de proposiciones no amontonadas confusamente, pues esto sería sólo efecto de demencia, sino reducibles a algunos principios o deducibles o derivables de otros principios y recogidas en torno a ellos. Es claro que aquellas conectadas a principios correctos son verdaderas, mientras que aquellas que dependen de principios falsos serán falsas.
El mérito incomparable de la doctrina católica, en cuanto efecto de la asistencia del Espíritu Santo concedida al Papa, es el de estar libre de todo error y por tanto en grado de distinguir lo verdadero de lo falso en cualquier otra doctrina, la cual, fruto de la simple razón humana debilitada por el pecado original, por más noble y elevada que sea, no está nunca privada de errores, que sólo la doctrina católica puede corregir.
El Concilio Vaticano II ha causado en la conducta pastoral de la Iglesia respecto de las doctrinas no católicas, cristianas y no cristianas, filosóficas o religiosas de la humanidad, esta actitud orientada a un discernimiento o examen crítico más atento que en el pasado a aquella parte de verdad que se encuentra también en las doctrinas humanas más perversas y que podríamos definir incluso diabólicas (I Tm 4,1). Entre estas doctrinas se distingue la masónica, la cual a partir del siglo XVIII fue varias veces condenada en bloque por los Papas, pero que, en el nuevo clima pastoral inaugurado por el Concilio Vaticano II, aparece en su verdadera y completa realidad, no como un simple cúmulo de herejías y de impiedades, sino como una cualquiera doctrina humana basada en las simples fuerzas de una razón no iluminada por el Dios de Jesucristo, el Dios de la fe católica, sino más bien engañada por el dios de este mundo o, como lo llama Hegel, por el Weltgeist.
Estando así las cosas, los Papas del postconcilio han dejado de atacar a la Masonería y no la nombran nunca, aunque, como hemos visto, permanece en vigor la Declaración de la CDF de 1983 y encontramos en el Código el can. 1374, ciertamente referido a la Masonería.
Por parte de las autoridades masónicas, de modo semejante, ya no se registran los ataques de antaño contra el Papa, sino que más bien ellas han agradecido y alabado el Magisterio del Papa Francisco considerándolo conforme a los valores de la Masonería. Puede haber en esta actitud un astuto intento instrumental, pero no está en absoluto excluido que el Papa, con fina prudencia y sutil discernimiento, haya logrado tocar el corazón y la conciencia de los masones honestos en aquellos valores que efectivamente son comunes a la masonería y al cristianismo.
La Masonería tiene dos almas inspiradoras: una, la originaria, ligada a las corporaciones católicas medievales de los libres constructores, edificadores de catedrales, y un alma subsiguiente, llamada «especulativa», añadida a raíz de la herejía luterana, por la cual las corporaciones rompieron la comunión con el Papa y asumieron inicialmente el cristianismo soteriológico, biblicista y subjetivista luterano y anglicano.
La Masonería realizó un giro decisivo a raíz de la reforma luterana, así como del nacimiento del anglicanismo y de las sucesivas guerras de religión. La prolongación de estas guerras hasta la paz de Westfalia de 1648 constituyó para la Europa cristiana de entonces una larga prueba espiritual y un escándalo gravísimo, que generaron una oleada de escepticismo y de desconfianza en el hecho de que la religión pueda conocer sobre el hombre y sobre Dios una verdad absoluta.
En este clima de turbación y de amarga desilusión se abrieron camino dos aparentes principios de solución: uno fue que los masones, constatando el espectáculo terrible y deprimente de cristianos que se mataban entre sí invocando el nombre de Cristo ¹ y por tanto de la Verdad, dándose cuenta de que de hecho la referencia al cristianismo no unía sino que dividía, comenzaron a creer que las religiones carecen de una verdadera universalidad capaz de hermanar a los hombres, y que era necesario recurrir a un principio superior verdaderamente resolutivo.
¿Y cuál podía ser este principio? Él apareció doble. Ante todo los masones, con Descartes, pensaron que fuese la razón. Y éste es el primer principio. Pero siempre con Descartes, lo que atrajo sucesivamente la atención fue el hecho de que Descartes ponía la razón en la luz del yo (cogito, ergo sum). Así la Masonería hizo suyo este racionalismo subjetivista, acogiendo los sucesivos desarrollos del iluminismo dieciochesco ² y los idealístico‑panteístas, fichteanos y hegelianos que se habrían de realizar en Alemania en el siglo XIX.
Por otra parte, el decaimiento de la liturgia católica causó una disminución de construcción de iglesias, de modo que las corporaciones de los libres constructores vieron disminuir las solicitudes de sus prestaciones. Al mismo tiempo el Renacimiento había exaltado sobremanera la dignidad humana, mientras el luteranismo sustituía al laico por el sacerdote. Por influjo de Lutero, la relación con Dios ya no aparecía mediada por una Iglesia visible jerárquica con el Papa a la cabeza, sino que se resolvía en lo íntimo de la conciencia subjetiva. La comunidad cristiana no era otra cosa que el fruto de la iniciativa de los creyentes. El pastor ya no era ministro de Dios, sino simple presidente de la comunidad. Cada cristiano está en posesión de la Verdad tomada directamente de la Escritura.
De aquí la idea de la Masonería de elevar sus finalidades y su modo operativo para ampliarlo a la conquista de la divinidad del hombre retomando las formas del antiguo gnosticismo ³ y asumiendo una más alta concepción de sí misma, como sociedad iniciática en la cual se asciende por grados hacia la gnosis suprema, obtenida no ya por la aceptación de fe de la revelación cristiana y de sus dogmas, mediante el magisterio de la Iglesia y del Papa, sino de las antiguas concepciones misteriosóficas, herméticas, órficas, egipcias, cabalísticas y paganas revalorizadas por el Renacimiento o por Giordano Bruno.
De este modo el templo que ahora había que construir ya no era un templo de piedra y el templo de Salomón se convertía en el símbolo de la propia persona, en cuanto capaz de adquirir la sabiduría y de obrar eficazmente en la cultura y en la sociedad. Fue así que en logia comenzaron a afluir nobles y burgueses, intelectuales y literatos, filósofos y políticos, médicos y magistrados, militares y empresarios, en lugar de rudos albañiles. Pero esto comportó también un cambio del clima espiritual: a la religión católica se sustituían las ciencias humanísticas. Pero, ¡ay!, también la entrada de intereses ocultistas, misteriosóficos, mágicos, gnósticos y teosóficos y además la entrada de sujetos exaltados, dionisíacos, prometeicos, exhibicionistas e impostores.
Con el surgir del racionalismo cartesiano la Masonería abandonó también la fe en Cristo y en la Escritura, para elaborar un humanismo basado en una racionalidad autofundada, por la cual Dios perdía su personalidad y se convertía en el siglo XVIII en el arquitecto del universo, una mente o un espíritu inmanente a la conciencia humana, Ente supremo no porque causa primera y creador del hombre y del mundo, sino en cuanto vértice de la autotrascendencia de la razón y referente paradigmático y ejemplar ideal y regulativo de la libre voluntad humana racional ⁴. Era el Dios de Kant.
La Masonería está secretamente animada por el demonio, como dice León XIII, pero obra en ella también el Espíritu Santo, como deja entender el Papa Francisco, cuando a la entera humanidad, en la encíclica Fratelli tutti, y por tanto también a los masones, recuerda los ideales imprescindibles de la fraternidad, libertad e igualdad, notoriamente bandera de la Masonería, pero también llamados del puro Evangelio, o cuando hace apelación a los derechos del hombre, correspondientes por una parte a los diez mandamientos mosaicos y a la ley natural y por otra a las famosas declaraciones de los derechos del hombre contenidas en la declaración de independencia americana de 1776 y en la Revolución francesa, así como en el mismo estatuto de las Naciones Unidas.
Y cómo no ver en los tres documentos del Concilio que reconocen la legitimidad del pluralismo religioso y del derecho a la libertad religiosa, Unitatis redintegratio, Dignitatis humanae y Nostra aetate, un implícito reconocimiento del valor de la batalla ideal que la Masonería desde sus orígenes ha llevado adelante, quizá objeto de incomprensión por parte de la misma Iglesia, en nombre de la dignidad de la persona humana y del bien de la sociedad.
Hoy la Masonería continúa combatiendo a la Iglesia, pero ha adoptado un método más sutil e insinuante, hecho de cortesía, de ficción y de astucia y por ello mismo más peligroso. Ella ha favorecido y sostenido a aquellos teólogos que han interpretado el Concilio en sentido modernista o para instrumentalizarlo, y éstos son los modernistas, o para combatirlo, y éstos son los lefebvrianos y en general los pasadistas. Ella ha logrado así desde hace sesenta años atizar un conflicto exasperante entre los dos partidos, que turba y trastorna la correcta reforma conciliar, obstaculizándola en los buenos frutos que de por sí ella está en grado de producir.
Así ha sucedido que la Masonería apoya a aquellos teólogos incautos e imprudentes, los cuales, creyendo hacer avanzar la teología católica, como por ejemplo los rahnerianos ⁵, terminan por secundar los planes de la Masonería y por corromper la fe católica contaminándola con los errores modernos. De este modo no está dicho que estos teólogos estén inscritos en la Masonería, pero en la práctica sirven a sus intentos de destruir la Iglesia.
Hoy, sin embargo, la Iglesia y la Masonería, conscientes más que nunca de su exigencia y voluntad de obrar por el bien de la entera humanidad, por la promoción de la justicia y la supresión de las injusticias, por el progreso técnico, científico y moral del hombre, por la liberación de los oprimidos, por la afirmación de los derechos humanos, por la afirmación de los valores de la fraternidad, de la igualdad y de la libertad, así como por el respeto del pluralismo cultural y religioso, por la solución pacífica de las controversias, posiblemente sin el recurso a las armas, por la edificación de la paz, tienen como nunca ocasión y posibilidad de colaborar en estas nobilísimas finalidades por el bien de todos nosotros.

Fratelli tutti

El fascinante ideal de la fraternidad universal es indudablemente aquel aspecto de la Masonería que, más allá de todos los contrastes, hace sentir, no obstante todo, a nosotros cristianos particularmente cercana la Masonería. ¿De dónde le viene este ideal? Obviamente del cristianismo. No olvidemos que la Masonería tiene sus primeras orígenes en las corporaciones medievales de edificadores de iglesias, obviamente católicos. Se trata, por tanto, de una preciosa huella de cristianismo permanecida en una asociación que ha producido el Himno a Satanás de Carducci.
Ciertamente, uno se podría preguntar sobre qué se funda esta fraternidad, la cual supone una familia originada de un padre y de una madre. ¿Pero el Dios de la Masonería es un Dios Padre? Parecería que los masones son hermanos sin ser hijos de un padre. ¿Pero pueden existir hermanos que no tengan un padre? He aquí, por tanto, inmediatamente el choque con nosotros cristianos: nosotros somos hermanos porque todos hijos de Dios Padre y de la Madre Iglesia. Pero –y aquí está la paradoja– los masones son hermanos sin ser hijos de un padre y de una madre. El masón se encuentra entonces solicitado por dos instancias contrarias: la fraternidad lo empuja hacia la filiación divina y Dios Padre; y con ello mismo lo abre al encuentro con Cristo Hijo de Dios y con la Iglesia, comunidad de los hijos de Dios y de los hermanos en Cristo. Pero al mismo tiempo esta fraternidad sin padre y sin madre lo empuja contra Dios Padre, contra Cristo y contra la Iglesia.
El Papa Francisco no ha hablado nunca de la Masonería, no ha recordado nunca sus errores y el peligro que ella constituye para la Iglesia. Por esto no nos ha recordado cómo contrastarla y refutar sus errores, aunque ciertamente muchas de las injusticias y de los pecados de hoy denunciados por el Papa entran en las actividades de la Masonería. Y no se puede decir que la Masonería no continúe siendo todavía hoy un grave peligro para la Iglesia y para una humanidad justa y pacífica.
Con todo ello estoy cierto de que en todo su pontificado él ha tenido en mente la Masonería y nos ha mantenido al resguardo de sus insidias y de sus seducciones. Pero lo ha hecho en aquella modalidad constructiva que nos ha sido enseñada por la pastoral postconciliar. Con todo ello, como he dicho, permanecen siendo correctos los reproches severos pronunciados por León XIII, que justifican el hecho de que todavía la Iglesia prohíba a sus hijos inscribirse en la Masonería, aunque un diálogo o una cierta colaboración con los singulares masones no estén prohibidos.
Esta atención a la Masonería la encuentro de modo particular en la encíclica Fratelli tutti donde existe un párrafo significativamente titulado Libertad, igualdad y fraternidad. Tomo de este párrafo algunos pasajes:
«La fraternidad no es sólo el resultado de condiciones de respeto por las libertades individuales y ni siquiera de una cierta regulada equidad. Aunque éstas sean condiciones de posibilidad, no bastan para que ella derive como resultado necesario. La fraternidad tiene algo positivo que ofrecer a la libertad y a la igualdad. ¿Qué sucede sin la fraternidad conscientemente cultivada, sin una voluntad política de fraternidad, traducida en una educación a la fraternidad, al diálogo, al descubrimiento de la reciprocidad y del mutuo enriquecimiento como valores? Sucede que la libertad se restringe, resultando más bien así una condición de soledad, de pura autonomía para pertenecer a alguien o a algo, o sólo para poseer o gozar. Esto no agota en absoluto la riqueza de la libertad, que está orientada sobre todo al amor» (n.103).
«Ni siquiera la igualdad se obtiene definiendo en abstracto que “todos los seres humanos son iguales”, sino que es el resultado del cultivo consciente y pedagógico de la fraternidad» (n.104).
«El individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad. Ni siquiera puede preservarnos de tantos males que se vuelven cada vez más globales. Pero el individualismo radical es el virus más difícil de derrotar. Engaña. Nos hace creer que todo consiste en dar rienda suelta a las propias ambiciones, como si acumulando ambiciones y seguridades individuales pudiésemos construir el bien común» (n.105).
El Papa presenta aquí un interesante entrelazamiento de libertad, igualdad y fraternidad mostrando cómo ellas se reclaman recíprocamente y se sostienen recíprocamente, en asegurar el bien común de la humanidad bajo el influjo de la providencia de Dios justo y misericordioso, redentor y salvador del hombre en Cristo. Ellas están al servicio una de la otra y una no puede existir sin la otra. Es falsa aquella que existe sin o contra la otra.
¿Y cuál es el factor que las destruye o falsifica todas? El individualismo, responde el Papa. ¿Pero qué entiende por individualismo? ¿Cómo y por qué lo juzga tan peligroso? Él lo ve como principio deletéreo de corrupción o impedimento del bien común. Tal condena de Francisco puede ser conectada con la condena, siempre hecha por Francisco, del idealismo, del gnosticismo y del pelagianismo.
Además, con el término «individualismo» el Papa puede entender la moderna autodivinización del individuo o del yo humano, que en la historia tiene sus orígenes en el pecado de Adán y en los últimos siglos se ha presentado en una forma particularmente influyente en el cogito racionalista cartesiano y en el yo fideísta luterano, que han conducido en los siglos siguientes hasta nuestros días al surgir del idealismo panteísta alemán, así como en el siglo pasado al actualismo gentiliano, a la subjetividad husserliana, y al Dasein heideggeriano y al fatalismo monista y eternalista de Emanuele Severino.
En esta famosa tríada la libertad se refiere a la dignidad de la persona; la igualdad se refiere a la universalidad de la naturaleza humana, y por tanto al común poseer de la razón, propiedad esencial del hombre en cuanto hombre, base ontológica de los derechos y de los deberes, comprendidos aquellos hacia Dios. Finalmente la fraternidad indica la socialidad y la llamada de la persona singular a la comunión y a la colaboración con el prójimo.
En esta obra la Iglesia sirve a un solo señor, su Señor y su Esposo, Jesucristo. ¿Y la Masonería qué hace? ¿Quiere servir a dos señores?

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 11 de junio de 2026

Notas

¹ Reporto sólo dos ejemplos: Maria Stuart, La tragedia di una regina, de Antonia Fraser, Mondadori Editore, Milano 1996 y A. Gollino, La strage della notte di San Bartolomeo, Giovanni De Vecchi Editore, Milano 1973.
² Véase: Giuseppe Giarrizzo, Massoneria e illuminismo nell’Europa del Settecento, Marsilio Editore, Venezia 1994. 
³ Véase: Free Masonry and the Vatican. A struggle for recognition, Britons Publishing Company, London 1968, c.7.
Este concepto de Dios como referente ético e ilustrado de Giuliano di Bernardo en su Filosofia della massoneria, Marsilio Editore, Venezia 1992, c.3..
Véase: Paolo Siano, Karl Rahner «massonico»? Il pensiero di Karl Rahner e la cultura massonica a confronto, en Fides Catholica, 2, 2007, pp.315-360; además mi artículo: Rahner e la Massoneria, en Fides Catholica, 2, 2011, pp.245-260.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo (considerado en su conjunto, vale decir, las cuatro partes publicadas), he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Massoneria sit compatibilis cum fide catholica,
vel potius demonio inspirata esse debeat

Ad hoc sic procediturVidetur quod Massoneria sit compatibilis cum fide catholica.
1. Quia proclamant valores fraternitatis, libertatis et aequalitatis, qui etiam sunt valores evangelici. Praeterea, historice contulit ad promotionem iurium humanorum et ad constitutionem institutionum internationalium, quod ostendit fructus positivos pro humanitate.
2. Videtur quod Massoneria agnoscat verum Deum, quia loquitur de Magno Architecto universi, definito ut intelligentia suprema et finis ultimus, attributa quae coincidunt cum Deo creatore. Ergo nulla esset oppositio essentialis cum fide christiana.
3. Videtur quod Massoneria possit admitti, quia in ea inveniuntur aspectus veritatis et boni, et Concilium Vaticanum II docet quod etiam in doctrinis humanis erratis pars veritatis inveniri potest quae agnoscenda et aestimanda est.

Sed contra est quod Sacra Scriptura docet serpentem Geneseos esse tentatorem qui hominem ad ruinam duxit, et Christus ipse diabolum vocat principem huius mundi. Apostolus Paulus eum appellat deum huius saeculi. Leo XIII denuntiat massones esse servos Satanae, pacto maledicto ei obligatos.

Respondeo dicendum quod Massoneria, quamvis valores proclamet qui in se boni sunt, eos tamen in principio radicaliter opposito fidei catholicae fundat. Nam peccatum originale interpretatur ut liberatio hominis per serpentem, et Lucifero tribuit officium portatoris lucis. In eius ethica virtus humilitatis ignoratur et superbia tamquam virtus exaltatur. Peccatum non videtur ut inoboedientia Deo, sed solum ut actus rationi contrarius. Deus massonicus definitur ut principium regulativum, non ut realitas ontologica, et ideo non est creator nec providens, sed ens ad autonomiam rationis ordinatum. Historice Massoneria transivit a corporibus mediaevalibus cathedralium structorum ad formam speculativam a rationalismo cartesianico, illuminismo et idealismo informam, elementa gnostica et esoterica assumens. Sub specie humanitaria et philanthropica, retinet nucleum secretum qui hominem sine Christo divinizat et ad rebellionem contra Deum impellit. Propter hoc Ecclesia, etiam post Concilium Vaticanum II, prohibitionem servat ne quis ad eam se conscribat, quamvis aliquos veritatis aspectus agnoscat. Thesis centralis est quod Massoneria substituit verum Deum creatorem per serpentem, et ideo cum fide catholica compatibilis esse non potest.

Ad primum dicendum quod valores fraternitatis, libertatis et aequalitatis authentici sunt solum cum in Deo Patre et in Christo fundantur. Fraternitas massonica, sine patre et matre, contra Deum et contra Ecclesiam ducit.
Ad secundum dicendum quod Magnus Architectus universi, secundum Massoneriam, non est Deus personalis creator, sed principium regulativum ideale, incapax creandi et salvandi. Ergo, quamvis titulis sublimibus ornatus sit, non est verus Deus.
Ad tertium dicendum quod, quamvis in Massoneria aliqua pars veritatis inveniri possit, eius principium fundamentale inconciliabile est cum doctrina catholica, quia substituit Deum creatorem per serpentem. Ideo in toto acceptari non potest, sed reicienda est ut a demonio inspirata.
   
JG

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