El núcleo de este artículo abre un debate hoy fundamental: ¿cómo entender la Misa como verdadero servicio público y no como simple ceremonia privada? ¿Qué significa que el sacerdote actúe como funcionario en nombre del pueblo y para el pueblo, y que la liturgia sea obra de la virtud de religión ordenada a la caridad? ¿No se ha perdido en muchos casos el sentido de lo sagrado, sustituido por un ritual exterior sin convicción interior? ¿Qué consecuencias tiene que algunos celebrantes reduzcan la liturgia a ocasión de transmitir sus propias ideas, olvidando que es ante todo culto divino? Este texto del padre Giovanni Cavalcoli invita a preguntarnos si la reforma litúrgica ha sido realmente comprendida y aplicada, y si la liturgia, como fuente y culmen de la vida cristiana, sigue siendo reconocida como camino hacia la experiencia mística y el encuentro transformador con Cristo. [En la imagen: detalle de "La celebración de una misa", óleo sobre tabla, pintado hacia el 1500, obra de Aert van den Bossche y taller, conservado en el Museo del Prado, Madrid].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 25 de junio de 2026
La liturgia como servicio público (1/2)
La liturgia como servicio público
Primera Parte
(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicada en su propio blog, el 22 de julio de 2022. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-liturgia-come-servizio-pubblico.html)
"Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mi" (Is 29,13)
Un sentido llamado a la unidad
La reciente Carta apostólica del Santo Padre Desiderio desideravi nos da ideas y ocasiones para ulteriores reflexiones y aclaraciones sobre este tema sublime, central, riquísimo y fecundísimo de operosidad y de santificación cristianas, que es la liturgia. El mismo Pontífice dice que propone sólo algunas reflexiones, que no pretenden agotar el tema.
El problema de la frecuentación y asistencia de los fieles a la Misa es el problema pastoral que hoy es el más importante para la Iglesia junto con el de la evangelización, al cual está conexo estrechamente, porque el propósito de evangelizar surge de una sincera participación en la Misa. Es en la Misa donde comprendemos el deber de evangelizar, recibimos el mandato de evangelizar, recibimos los estímulos sobrenaturales para esta obra de caridad, encontramos la fuerza para continuar, no obstante las dificultades y desilusiones, nuestra obra evangelizadora, encontramos confortación y consuelo por nuestros fracasos en la evangelización, por los ataques recibidos de parte de los enemigos de la Iglesia y a veces por parte de los mismos hermanos en la fe.
Un ecumenismo mal entendido ha difundido la idea de que no tienen importancia las disensiones que nos dividen de nuestros hermanos protestantes, ya que sería indiferente o facultativo aceptar la transubstanciación o la empanación, la muerte de Cristo como sacrificio expiatorio o como martirio, la Misa como sacrificio cultual o como banquete, el ministro de la asamblea como sacerdote que ofrece un sacrificio o como simple presidente de la asamblea.
La reforma de la liturgia actuada según las indicaciones de la constitución Sacrosanctum Concilium había infundido en los pastores de la Iglesia gran esperanza de un aumento de la participación en la liturgia; los Padres conciliares estaban convencidos de haber encontrado el modo de atraer mejor a la gente a la mesa eucarística. Y en cambio, lamentablemente, desde hace sesenta años asistimos, sobre todo en Europa, a una sangría continua, a un descenso impresionante de las vocaciones sacerdotales y de la participación de los fieles no sólo en la Misa, sino en todos los sacramentos.
Por el contrario, la Misa vetus ordo, que los Padres conciliares consideraron ya no adecuada para nuestro tiempo, en las últimas décadas ha experimentado y experimenta un éxito creciente entre muchos católicos, no obstante las restricciones impuestas por la autoridad eclesial. La Misa vetus ordo, sin embargo, también es cultivada por grupos cismáticos contrarios a la reforma y que acusan al novus ordo de filoluteranismo y al Concilio y a los Papas del postconcilio de modernismo.
¿Cómo se explica este fracaso de la Misa novus ordo? Las cosas no tienen relación con el nuevo rito en sí mismo, que, como subraya el Pontífice, es muy bello y atractivo en sí mismo, adecuado a las exigencias y a las aspiraciones de los hombres de nuestro tiempo. Pero se entiende que se trate de exigencias justas y legítimas. Desgraciadamente, nuestra sociedad, sobre todo la occidental, a partir del humanismo florentino del siglo XV comenzó a exaltar la dignidad del hombre de una manera exagerada.
Este proceso, agravándose con el Renacimiento, que tuvo éxito incluso en la corte pontificia, suscitó con razón la protesta de Lutero. Excepto que él mismo, en su antihumanismo exasperado con el odio hacia la razón, la negación del libre albedrío, la doctrina de la corrupción total de la naturaleza y de la concupiscencia invencible, quizás sin darse cuenta, no alcanzó emanciparse por completo del antropocentrismo renacentista, con una concepción de Dios no como fin del hombre, sino como funcional al hombre (el Dios-para-mí y en mí).
De ello se sigue que Lutero no llegó a recuperar la humildad del hombre ante Dios, sino que concibió un Dios falsamente misericordioso, en realidad un Dios connivente con el pecado, por tanto no un Dios que impone al hombre su voluntad, sino un Dios que acepta y cubre la voluntad pecadora del hombre. Pero con ello el antropocentrismo no es en absoluto derrotado sino confirmado bajo apariencias piadosas y religiosas.
El Concilio de Trento no fue al fondo de la cuestión, que era el aclarar cuál es el concepto del verdadero Dios (¿trascendente o inmanente?), se limitó a reprochar a Lutero por haberse rebelado contra el Magisterio de la Iglesia y por tanto a corregirlo de las herejías en las que había caído. Fue necesario el Concilio Vaticano I para restituir a Dios sus atributos, que los idealistas le habían quitado y pasado al hombre.
Por otra parte, el problema hoy es que el nuevo rito en muchos casos no es practicado con ese cuidado, conciencia, devoción, fidelidad y diligencia que serían requeridos por los cánones, por las rúbricas, por el ceremonial y por las directivas pastorales de la autoridad eclesial. Ciertos sacerdotes usan las fórmulas prescritas por la liturgia, pero no creen en su significado tal como es definido por el dogma. Su celebración es exteriormente correcta, por lo cual el fiel está convencido de recibir la gracia. Y de hecho la recibe, pero sólo porque la gracia de la Iglesia suple a la deficiencia del sacerdote ("supplet Ecclesia"). El celebrante, por ejemplo, que da la Comunión a un fiel sin creer en la transubstanciación, le da simplemente un trozo de pan. Sin embargo, Dios, en su misericordia, concede igualmente la gracia a aquel fiel que supone que el celebrante crea en aquello que ha hecho.
Sin embargo, después de un examen atento y prolongado, al fiel juicioso y cuidadoso no se le puede escapar la diferencia entre la Misa del sacerdote que finge creer y la del que realmente cree seriamente en ella. Quien no celebra por convicción, sino sólo para desempeñar un papel, no puede no ser reconocido a la larga por el fiel advertido y perspicaz, a menos que sea el fiel mismo quien sea una persona doble como el celebrante. En cuyo caso será fidelísimo a sus Misas.
La Misa del falso celebrante se reconoce por algunos signos. Lo que a él le interesa no es la Misa en sí misma, sino la Misa como ocasión y vehículo de sus ideas. Por eso estos sacerdotes nunca dicen la Misa solos, sino que siempre tienen necesidad de un público al cual puedan transmitir sus ideas. Por eso siempre dan la homilía. El rito viene celebrado de manera descuidada, apresurada y precipitada. La homilía, en cambio, es cuidadísima y estudiadísima, para así hacer presa de su audiencia.
En segundo lugar, estos sacerdotes tienden a mantener su Misa, en ese lugar y en ese determinado horario, para que así sus seguidores sepan dónde y cuándo encontrarlo. Por lo demás, a estos fieles no les interesa la Misa como tal, sino sólo aquella Misa dicha por ese sacerdote.
Otra cosa a notar en la presente degradación o pérdida del sentido de lo sagrado o de la religión, es que frecuentemente se ha perdido la estima por la ceremonia religiosa o litúrgica; se ha difundido una desestima o desdén por la misma virtud de religión, que es el principio de la actividad litúrgica, cuando no se cae incluso en falsas concepciones de Dios, de tipo inmanentista o panteísta; se ha perdido el gusto por el esfuerzo ascético y el amor por el sacrificio, que son las condiciones para apreciar y amar los grandes valores humanos, morales y espirituales que son mediados o ilustrados por la liturgia.
El papa Francisco no nos da una definición de la liturgia, sino que la presupone como conocida. Como veremos mejor a continuación, la esencia y los fines de la liturgia han sido definidos por Pío XII en la encíclica Mediator Dei de 1947 y han sido retomados por la Sacrosanctum Concilium.
Para entender qué es la liturgia, es importante conocer la etimología de la palabra. Ella deriva del griego leiturghìa, palabra compuesta de leitos, equivalente a demosios, que significa "público" y hace referencia al pueblo, y ergon, que significa trabajo u operación. Por lo tanto, la liturgia es un servicio público. El liturgo, es decir el sacerdote, es un oficial o funcionario público. "Público" no significa un acto colectivo, sino que se trata del acto de un solo individual oficial o funcionario o ministro, el cual desempeña un oficio o cargo público, es decir, en nombre del pueblo y para el pueblo, para el bien común en ámbito o campo religioso.
La liturgia es obra de la virtud de religión finalizada o dirigida a la caridad y motivada por la caridad. Viéndola como fons et culmen totius vitae christianae, el Concilio parece confundirla con la caridad. En cambio, Pío XII dice bien en la Mediator Dei, donde habla del "culto público" de Cristo y del sacerdote in persona Christi, que es precisamente un acto de la virtud de religión. Y santo Tomás muestra cómo la liturgia, que aquí llama "religión" porque la palabra liturgia es ignota para Tomás, está ordenada a la caridad:
"Corresponde a la caridad que el hombre se entregue a sí mismo a Dios, adhiriéndose a Él por una cierta unión espiritual. Pero que el hombre se entregue a Dios para cumplir las obras del culto divino, esto pertenece inmediatamente a la religión; mediatamente en cambio a la caridad que es el principio de la religión" ¹.
La fons et culmen, por ende, no es la liturgia, sino la caridad. La liturgia es un servicio público prestado al prójimo y acto de culto divino, donde el funcionario público es el sacerdote y el pueblo es el beneficiario de este servicio, mientras que él mismo toma parte activa en él.
La liturgia no es otra cosa que la reglamentación y la práctica oficial pública, disciplinaria, pastoral, jurídica y ceremonial de los sacramentos, que son los signos sensibles sagrados de la gracia, instituidos por Jesucristo y por Él confiados a la Iglesia, confeccionados y administrados por el sacerdote, que contienen la gracia que ellos significan, medios ordinarios de la salvación.
El ideador de la liturgia es el Padre celestial, como recita el celebrante en la introducción a la III Plegaria eucarística: "Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso".
La liturgia habla al hombre y actúa sobre el hombre a fin de conducirlo a la salvación como miembro de la Iglesia y discípulo de Cristo. La palabra es el lenguaje de la liturgia o liturgia de la palabra; la acción sobre el hombre es la praxis o pastoral litúrgica o liturgia del sacramento.
El lenguaje de la liturgia es la forma semántica con la cual el sacerdote o ministro comunica la gracia sacramental. Dicho lenguaje conoce todas las formas de la semántica y los medios de comunicación artísticos (pintura, escultura, música, danza, canto, poesía, arquitectura, vestimenta, artesanía) y literarios (símbolos, alegorías, metáforas, mitos, relatos, analogías, sentencias, parábolas, parangones), gestuales y verbales, técnicos y naturales, antiguos y modernos. La acción es la confección y la administración de los sacramentos.
Una insuficiente definición de la liturgia es la de Cipriano Vagaggini, que reduce la liturgia al "conjunto de signos sensibles de cosas sagradas, espirituales, invisibles, instituidos por Cristo o por la Iglesia" ². Observamos que la liturgia no es un conjunto de signos, sino una actividad religiosa, referida al culto divino público, la cual, ciertamente, se sirve de signos para realizar su actividad, pero no se agota en absoluto en el conjunto de estos signos.
Una definición así hoy en día a nadie le interesa. La he citado solamente porque en la época de Pío XII gozaba de un cierto favor en la falsa idea que pudiera deducirse de la definición de Pío XII, que indudablemente se refería al aspecto jurídico-social-empírico de la liturgia. Pero se trata de una interpretación materializada y positivista de la gran definición de la Mediator Dei, que probablemente ha contribuido a extender en la Iglesia la conciencia de que la intervención del Papa, mal comprendida por Vagaggini, aún no era suficiente para llevar a cabo la reforma de la liturgia, de la cual ya por otros motivos se sentía la necesidad, de modo que la definición conciliar de la liturgia, retomando en pleno y fielmente aquella de Pío XII, anulaba la infeliz definición de Vagaggini.
El tono de la exposición del papa Francisco expresa una profunda convicción; es un tono fuertemente pastoral, persuasivo, inmediato, simple, como es el estilo del papa Francisco a veces sentido y conmovido. Nos podríamos preguntar cuál es el objetivo de esta autoritativa y comprometida intervención del Papa. Él se limita a afirmar su intención de exaltar la belleza de la liturgia y su valor como escuela de santidad y como expresión oficial y ritual del culto que la Iglesia rinde a Dios Padre en el Hijo y en el Espíritu Santo.
Enumera cuidadosamente todos los factores intelectuales, bíblicos, culturales, morales, jurídicos, lingüísticos, psicológicos, sociales, devocionales, rubricísticos, ceremoniales, espontáneos, simbólicos, artísticos y espirituales que concurren a la buena y plena celebración de la liturgia y provocan los efectos saludables a los cuales ella está ordenada.
Con qué sentimientos acercarse al misterio litúrgico
El Pontífice se detiene largamente para recordarnos el valor del estupor o asombro que debe tomarnos frente a los misterios inefables, sagrados y divinos que nos son mediados y presentados por la liturgia. Sin embargo, me permito observar que quizás el Papa usa aquí el término "asombro" ("stupore" en la versión italiana) en un sentido inapropiado, quizás no adecuado al concepto que él pretende expresar.
Estupor proviene del latín stupor, que, a decir verdad, no tiene un significado estimulante, porque significa pasmo o aturdimiento. Asimismo la palabra "estúpido" viene de estupor y los estupefacientes son las drogas. En mi opinión, sería mejor recuperar categorías bíblicas como aquellas del éxtasis ³ y del rapto ⁴, que son tradicionales en la espiritualidad cristiana. Nos hemos habituado a considerar estos actos del espíritu como extraordinarios y propios de los grandes santos y místicos. Pero no hay motivo para hacerlo. El éxtasis, como explica santo Tomás ⁵, no es más que el efecto de un amor ferviente e intenso.
Nosotros, hablando con propiedad, en cambio, estamos presos de estupor ante hechos insólitos de la vida cotidiana, por ejemplo, al constatar un acto de descuido realizado por una persona muy diligente, por la exhibición extraordinaria de un atleta que sabemos que es de bajo nivel, por la belleza inesperada de un pasaje que nos había sido descrito como trivial. En suma, las cosas por las cuales sentimos estupor o nos asombran son cosas, al fin de cuentas, al alcance de nuestra profanidad y secularidad.
Por tanto, no sé si sea suficiente hablar de estupor o asombro ante la experiencia de los misterios divinos y de las realidades sagradas y trascendentes que nos son transmitidas y representadas por la liturgia. Quizá sería mejor hablar de conmoción, maravilla, admiración.
Es verdad que las obras de Jesús suscitan estupor ⁶; pero se trata de sus milagros o cosas imprevistas o enseñanzas que aparecen extrañas e inauditas. Representan acercamientos sensibles o iniciales o emocionantes, que no representan todavía lo íntimo de su misterio divino, cuyo contacto y cuyo descubrimiento provoca el éxtasis ⁷ o el rapto ⁸.
Cuando el autor sagrado, como por ejemplo Juan, quiere hablar de una verdadera experiencia del misterio, y por tanto de Cristo, habla de éxtasis. Y si la liturgia es experiencia del misterio de Cristo, ¿por qué no deberemos usar esa palabra? Es bueno, por lo tanto, quitar de ella las connotaciones de cosa excepcional y extraordinaria, para proponerla de nuevo como efecto psicológico normal de la experiencia y de la actividad litúrgica.
Es cierto que el éxtasis todavía en la actualidad es considerado un fenómeno raro y típico de la experiencia mística. Pero precisamente la liturgia es el mejor camino hacia la experiencia mística. En tal sentido, la liturgia es verdaderamente fons et culmen totius vitae christianae. La liturgia, como dice y repite el Papa, nos conduce al encuentro místico con Cristo. Ciertamente es un contacto mediado por los conceptos de fe, pero no deja de ser siempre un encuentro interpersonal y no una simple meditación especulativa sobre el misterio de Cristo.
Esto está clarísimo en la mente de quienes han hecho la reforma litúrgica y se lo puede ver en la meticulosidad con la cual han establecido los momentos de silencio en el curso de la celebración enumerados diligentemente por el papa Francisco. ¿Qué significan estos momentos, sino el dar espacio al éxtasis y a la experiencia mística? Es cierto que la experiencia mística es don divino impredecible y no puede ser decidida por nosotros de antemano. Sin embargo, cuando somos tomados y estamos absortos en la celebración litúrgica, somos transportados por el Espíritu Santo, por lo cual podemos estar ciertos y seguros de que, si ponemos nuestro ánimo en esta docilidad al Espíritu, en cada Misa, sacerdotes y fieles, podemos hacer una experiencia mística y entrar en éxtasis. En el éxtasis se pregusta el paraíso del cielo. ¿Y para qué está hecha la Misa, sino para ser una pregustación o anticipo del paraíso del cielo y del banquete mesiánico?
El famoso análisis de lo sacro de Rudolf Otto no está privado de valor, pero sin embargo carece de equilibrio, porque está afectado por la emotividad irracional y atormentada de Lutero. Lo sagrado es ciertamente fascinosum. Esto lo experimentamos en la liturgia. Experimentamos la dulzura, la ternura, la conmovedora bondad y la misericordia de Dios.
Por otra parte, la Escritura no duda en presentar a Dios también como tremendo, terrible y aterrador: "Aparta de mí tus golpes: ¡me consumo bajo el peso de tu mano!" (Sal 39,11). Sin embargo, Dios se aparece así a los impíos. Parece cruel con los rebeldes. Para el justo Dios no es tremendo, sino temible; no es cruel sino justo. Lutero confunde el temor con el terror y Otto se equivoca al seguir a Lutero.
El temor de Dios hace evitar el pecado y es escuela de sabiduría. El terror de Dios nos arroja a la desesperación y es la antesala de la condenación. La liturgia suscita un temor sacro, dictado por el amor, benéfico para el espíritu, que induce a la reverencia, a la obediencia, al obsequio, al homenaje, a la adoración, a la glorificación.
Si el novus ordo tiene un defecto que no tiene el vetus ordo es que éste infunde el temor y el tremor o estremecimiento frente al arcano, mientras que el novus ordo crea una atmósfera de tranquilidad satisfecha que nace de la convicción de que Dios es un Dios para el hombre. Nos sentimos cercanos a Dios, sin problemas, pero con una cierta superficialidad y facilonería.
Otro sentimiento importante para acercarse dignamente a la liturgia es el de la devoción. Así la define santo Tomás: "La devoción no parece ser otra cosa que una cierta voluntad de dedicarse a las cosas que conciernen a la familiaridad con Dios" ⁹. “Es un acto especial de la voluntad de hacer con prontitud aquellas cosas que conciernen al servicio divino" ¹⁰.
Por otra parte, el Papa subraya la importancia del símbolo en la liturgia y exhorta por ello a aprender el significado de los símbolos presentes en la acción litúrgica. Ellos tienen una parte esencial, junto con el conocimiento conceptual, para ayudarnos a comprender y a gustar el misterio divino que se celebra, misterio que, por su trascendencia, no se deja incluir en nuestra limitada comprensión intelectual, sino que la supera infinitamente.
Es en esta perspectiva que debemos comprender la polémica del Papa contra lo abstracto a favor de lo concreto. Él sabe muy bien que el pensar implica la abstracción, pero su blanco polémico es el abstraccionismo gnóstico e idealista, que pretende sustituir el ser por el pensamiento o resolver el ser en el pensamiento. Los símbolos litúrgicos son humildes y simples cosas concretas al alcance de toda inteligencia, las cuales sin embargo, debidamente comprendidas en su significado sagrado y religioso, divinamente revelado, elevan la mente y el corazón muy por encima de la más alta actividad teorética o especulativa del intelecto del más docto y genial de los teólogos. El símbolo en la liturgia tiene su parte al lado del signo.
El signo es un hecho natural, empírico o mental que representa o remanda o se refiere a la realidad que él significa. El concepto, por ejemplo, es un signo natural mental de la cosa conceptualizada, representativo de la cosa. El símbolo, en cambio, es un artefacto de la inventiva humana o divina, de carácter convencional.
En la liturgia, por ejemplo, el agua es a la vez signo y símbolo de la gracia, donde esta doble función ha sido establecida por Dios mismo. Es símbolo, en cuanto es asumida como algo que representa la purificación espiritual a causa de la analogía con la purificación del cuerpo operada por el agua. Pero al mismo tiempo el agua usada por el sacerdote para bautizar es signo sacramental de la gracia, que produce efectivamente aquella gracia que ese signo significa. El símbolo representa; el signo produce. El símbolo hace conocer, el signo aplica prácticamente el conocimiento.
La liturgia involucra al hombre en todas sus facultades, alma y cuerpo, sentidos e intelecto, experiencia y conciencia, afectos y voluntad, memoria y proyectos, palabras y silencio, lectura y canto, persona y sociedad, técnica y poesía, sentimientos y pasiones, movimiento y descanso, vestimenta y lugar, temporalidad y eternidad.
Fin de la Primera Parte (1/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 11 de julio de 2022
Notas
¹ Sum.Theol., II-II, q.82, a.2.
² Il senso teologico della liturgia, Edizioni Paoline 1957, p.33. Edición española: El sentido teológico de la liturgia, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1959, p.26.
³ La palabra éxtasis proviene del griego ek-stasis, que significa estar fuera de sí. Ahora bien, este salir de sí, como nota ya santo Tomás (véase la siguiente nota), puede tener un sentido positivo y un sentido negativo. En el primer caso, éxtasis es efecto del amor, que nos proyecta en el amado; en el segundo caso es la razón, que en cierto sentido, abandona al sujeto y sale de él. ¿Qué sucede propiamente, más allá de esta metáfora? Que el sujeto pierda el ejercicio normal de la razón. En tal sentido, los psicólogos hablan de alienación mental.
⁴ Sum. Theol., II-II, q.175, a.1.
⁵ Sum. Theol., I-II, q.28, a.3.
⁶ Mt 8,27; 9,33; Mc 6,2;7,37; Lc 2,33.48;24,12,37, etc.
⁷ Hch 10,1, 11,5; 22,17.
⁸ 2 Cor 12,2-4.
⁹ Sum.Theol., II-II, q.82, a.1.
¹⁰ Ibid.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum liturgia sit merus signorum sensibilium coetus,
vel potius publicus cultus divinus ad caritatem ordinatus
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod liturgia non sit nisi signorum sensibilium coetus a Christo vel ab Ecclesia institutus.
1. Quia sic definita est in manualibus theologiae liturgicae. Si signa sufficiunt ad significandam gratiam, non est necessarium liturgiam concipere ut publicam actionem.
2. Videtur quod liturgia idem sit ac caritas, quia Concilium eam vocat fontem et culmen vitae christianae, et caritas est culmen vitae christianae. Si ambae sunt culmen, ergo idem sunt.
3. Videtur quod liturgia solum dependeat a forma exteriori ritus, quia fidelis gratiam recipit etiam si celebrans non credit in id quod facit, cum Ecclesia suppleat defectum ministri. Si gratia aequaliter confertur, fides et devotio celebrantis irrelevantes essent.
Sed contra dicit sanctus Thomas quod ad caritatem pertinet quod homo se Deo tradat per unionem spiritualem, sed quod se tradat Deo ad opera cultus divini exercenda pertinet immediate ad religionem et solum mediate ad caritatem. Praeterea Pius XII docet in Mediator Dei liturgiam esse cultum publicum Christi et sacerdotis qui agit in persona Christi.
Respondeo dicendum quod liturgia est publicus cultus, derivatus ex vocabulo graeco *leitourghía*, opus ministri qui agit nomine populi et pro populo, ad bonum commune religiosum. Non reducitur ad signa sensibilia, quamvis eis utatur, sed est actio publica, disciplinaris, pastoralis et caeremonialis sacramentorum, a Christo institutorum et Ecclesiae traditorum. Liturgia est actus virtutis religionis, ad caritatem ordinatus, sed non idem cum ipsa. Fons et culmen vitae christianae est caritas, liturgia autem est medium et via ad eam.
Problemata hodierna non oriuntur ex ritu novus ordo, qui pulcher et idoneus est, sed ex amissione sensus sacri, ex superficialitate nonnullorum celebrantium qui formulas utuntur sine fide in earum significationem, ex diffusionibus conceptionum inmanentistarum vel pantheistarum de Deo, et ex defectu devotionis et sacrificii. Observatur quod quidam sacerdotes recte quidem exterius celebrant, sed interius vacui sunt fide, et tunc gratia ad fideles pervenit solum quia Ecclesia defectum ministri supplet. Fidelis autem attentus discernit celebrationem authenticam a ficta, et liturgia requirit fidem et devotionem ad plenam fructuositatem.
Liturgia est opus virtutis religionis ad caritatem finalizatae, et eius lingua symbolica et sacramentalis omnes facultates hominis implicat. Est cultus publicus in quo sacerdos est officialis et populus beneficiarius, et in quo opus Christi pro salute actualizatur. Ideo celebranda est cum conscientia, fidelitate et diligentia, ut cultus publicus in quo sacerdos agit in persona Christi et populus gratiam recipit.
Ad primum dicendum quod liturgia non est merus signorum coetus, sed actio religiosa publica quae signis utitur ad gratiam communicandam. Signa sunt instrumenta, non essentia.
Ad secundum dicendum quod liturgia ordinatur ad caritatem, sed non est eadem cum ea; caritas est culmen, liturgia medium. Confundere eas esset error.
Ad tertium dicendum quod, quamvis Ecclesia defectum ministri suppleat, fides et devotio celebrantis necessariae sunt ad plenitudinem fructuum. Gratia quidem confertur, sed celebratio sine convictione experientiam liturgicam pauperat et fideles confundit.
JG
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